Esta mañana hemos hecho un taller de mindfulness con los pacientes. Se trata de reunirlos a todos en una sala de grupos y enseñarles mini-meditaciones y estiramientos tipo yoga. Es agradable. Hoy pensaba mucho en el contacto con los pacientes y en la extraña forma en que enriquecen mi vida. Me dan la oportunidad de estar y de escuchar de otra manera. Te entrenan en absorber por completo tu atención en el otro, en dejar tu ego a un lado y enterarte de verdad de lo que te están contando. Además, son auténticos. Es curioso, porque yo tenía mis prejuicios respecto al tipo de relación que se puede establecer entre un paciente y su terapeuta. Pensaba que no podía ser otra cosa que un vínculo forzado. Pero no es así; quizá sea porque me encariño con un apio, pero yo a mis pacientes les quiero, y les agradezco de una forma que nunca podrán imaginarse que se muestren frente a mí tal y como son.
El caso es que estaba ahí sentada, intentando encontrar un mínimo de paz en medio de un lugar que es la guerra, y entonces he girado un momento la cabeza para ver quién estaba a mi lado. Era una señora mayor, de unos setenta y muchos u ochenta años. Su piel era bonita, de esa forma en que sólo puede serlo una piel que ha cambiado tanto que ya no se compara consigo misma, y que ha adquirido una textura de arrugas y manchas totalmente nueva. Le brillaba el pelo ralo y blanco a la luz que entraba por las persianas entrecerradas.
Entonces he pensado: "cómo va a molar ser vieja". Y me he quedado sorprendidísima por ese pensamiento, porque yo no quiero ser vieja ni tampoco quiero morirme. No quiero estar funcionalmente limitada ni pensar que me queda poco tiempo en este mundo precioso. Y, aun así, en ese momento concreto, no sé si por el taller de mindfulness o por mi loco cerebro ciclotímico, he tenido ese pensamiento con mucha claridad. A menudo pienso en lo que queda por venir en los próximos años y me alegro, porque pienso que va a ser bueno. Pero esta mañana me ha entrado mucha intriga por imaginar cómo voy a ser cuando sea anciana, y cómo me sentiré cuando me mire al espejo y observe mis mejillas arrugadas y mi pelo blanco. Qué clase de mirada tendrán mis ojos. Me gustaría ser una anciana hipersabia y amorosa, tener el cerebro a pleno rendimiento y vivir en una casa muy bonita con muebles de colores. Haber encontrado el amor el amor y envejecido como los viejecitos de "Up", sin hijos pero felices y con quizá un par de gatos, y que él se muera antes que yo, porque será así de galante, y echarle mucho de menos y hacer galletas para los nietos de otra gente.
Después se me ha pasado, lógico, porque insisto en que no quiero ser vieja; de hecho, quiero ponerme súper fuerte y escalar muy locamente. Pero me ha gustado esa sensación. Esa curiosidad. Me contó Anxo hace algún tiempo que, al parecer, cuando le preguntaron a Erickson qué iba a hacer cuando cumplió 90 años, dijo que intentaría descubrir qué cosas bonitas podía ofrecer la vida a esa edad. Ojalá yo también llegue a los 90, y ojalá pueda ser de esa manera.
Y eso. Que si total, ya escribo como las viejas a veces; al menos, cuando sea anciana no quedará tan raro.
jueves, 14 de marzo de 2013
Verdad. Ficción.
Me dice el señor M. que escribo poca ficción, aunque a mi favor diré que hay ya 76 posts con la etiqueta "relatos", así que ni tan mal. Yo antes pensaba que no escribía ficción porque no tenía la imaginación suficiente. Últimamente, como tengo delirios de omnipotencia, estoy convencida de que podría escribir toda la ficción que quisiera si. Si tuviera más tiempo. Más energía. Más ganas.
La ficción es una florecilla delicada que crece en condiciones propicias. Es complicada. Si quiero escribir ficción, tengo que poner mi cerebro en ese modo. El pensamiento analítico, que es uno de mis mejores colegas, deja de servirme, y he de colocar la mente en el modo de las asociaciones laxas. Entonces me vuelvo inútil para todo lo demás y camino con torpeza a través de mi trabajo y de la vida cotidiana, así que no puedo pasarme con la ficción. Por otra parte, hoy he aprendido en un libro sobre hábitos que mientras más tiempo pasa uno pensando en un problema, más creativas son las soluciones que encuentra. Es complicado ser creativo en los cinco minutos que tengo a diario para reflexionar sobre qué escribir aquí.
Hoy casi me lo salto. El post, quiero decir. Porque para escribir porquería autocompasiva, o hablar de lo cansada que estoy, o de esta sensación que tengo últimamente de estar quedándome vacía a fuerza de intentar dar y, aun así, no ser capaz de hacer otra cosa... bueno, todo eso no sirve para nada. Aun así, escribo. Por daros de leer, como decía siempre J. Reflexiono sobre la ficción y pienso que es otro escalón, otro estamento de la creación literaria. Esta tarde he ido con Guille a la FNAC a mirar libros. Era para vernos, caminando Lavapiés arriba, yo llorando contra su hombro de pura angustia existencial después de un día de curro asqueroso, él consolándome suavito. En la FNAC los libros de no ficción y de ficción están separados en plantas distintas. Ya hablé una vez acerca de los libros que no vas a leer nunca, y de cómo aun así te hacen bien, reposando sobre las estanterías. Me hace bien la no ficción, ese saber colectivo que espera a que tengas el tiempo suficiente para dedicárselo. Pero la ficción, es decir: las novelas, los relatos, todas esas historias colocadas una junto a otra, todo el fruto de las horas de trabajo de una gente que se dedica a inventarse lo que no existe como si importara... eso me convence de que hay un Dios. Entendiendo a Dios como un ente espiritual indefinido, o un propósito colectivo universal, o algún otro tipo de destilado de belleza.
He comprado "El regreso", lo último de Schlink. Queremos mucho a Schlink en este blog, ¿verdad, chavales? Saltaba escaleras abajo con el libro en la mano, mientras Guille decía: "a los niños, caramelos; a las adolescentes, un novio; a Marina, un libro". "Pero no cualquier libro - decía yo -. No cualquier libro".
A vees te salvan las palabras que no existen. A veces, las que existen.
En una estantería he encontrado un libro de minicuentos que me ha llamado la atención y de cuyo nombre no puedo acordarme. Sí recuerdo, sin embargo, el relato que más me ha gustado de los que he leído.
"Quiero echarte de menos. Quiero darme la vuelta y encontrarte".
No recuerdo el título. Pero es eso. Es exactamente eso.
La ficción es una florecilla delicada que crece en condiciones propicias. Es complicada. Si quiero escribir ficción, tengo que poner mi cerebro en ese modo. El pensamiento analítico, que es uno de mis mejores colegas, deja de servirme, y he de colocar la mente en el modo de las asociaciones laxas. Entonces me vuelvo inútil para todo lo demás y camino con torpeza a través de mi trabajo y de la vida cotidiana, así que no puedo pasarme con la ficción. Por otra parte, hoy he aprendido en un libro sobre hábitos que mientras más tiempo pasa uno pensando en un problema, más creativas son las soluciones que encuentra. Es complicado ser creativo en los cinco minutos que tengo a diario para reflexionar sobre qué escribir aquí.
Hoy casi me lo salto. El post, quiero decir. Porque para escribir porquería autocompasiva, o hablar de lo cansada que estoy, o de esta sensación que tengo últimamente de estar quedándome vacía a fuerza de intentar dar y, aun así, no ser capaz de hacer otra cosa... bueno, todo eso no sirve para nada. Aun así, escribo. Por daros de leer, como decía siempre J. Reflexiono sobre la ficción y pienso que es otro escalón, otro estamento de la creación literaria. Esta tarde he ido con Guille a la FNAC a mirar libros. Era para vernos, caminando Lavapiés arriba, yo llorando contra su hombro de pura angustia existencial después de un día de curro asqueroso, él consolándome suavito. En la FNAC los libros de no ficción y de ficción están separados en plantas distintas. Ya hablé una vez acerca de los libros que no vas a leer nunca, y de cómo aun así te hacen bien, reposando sobre las estanterías. Me hace bien la no ficción, ese saber colectivo que espera a que tengas el tiempo suficiente para dedicárselo. Pero la ficción, es decir: las novelas, los relatos, todas esas historias colocadas una junto a otra, todo el fruto de las horas de trabajo de una gente que se dedica a inventarse lo que no existe como si importara... eso me convence de que hay un Dios. Entendiendo a Dios como un ente espiritual indefinido, o un propósito colectivo universal, o algún otro tipo de destilado de belleza.
He comprado "El regreso", lo último de Schlink. Queremos mucho a Schlink en este blog, ¿verdad, chavales? Saltaba escaleras abajo con el libro en la mano, mientras Guille decía: "a los niños, caramelos; a las adolescentes, un novio; a Marina, un libro". "Pero no cualquier libro - decía yo -. No cualquier libro".
A vees te salvan las palabras que no existen. A veces, las que existen.
En una estantería he encontrado un libro de minicuentos que me ha llamado la atención y de cuyo nombre no puedo acordarme. Sí recuerdo, sin embargo, el relato que más me ha gustado de los que he leído.
"Quiero echarte de menos. Quiero darme la vuelta y encontrarte".
No recuerdo el título. Pero es eso. Es exactamente eso.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)