massobreloslunes: octubre 2011

lunes, 31 de octubre de 2011

Nanowrimo: la víspera

Si tuviera que apostar por mí misma escribiendo la Nanovela, iría a por el no en un 90% de las posibilidades. Digamos que hoy es lunes por la noche, no he cobrado, estoy premenstrual como el Averno, odio a los hombres y el hecho de tener sentimientos, me duelen las yemas de los dedos de escalar en arenisca y me siento gorda. Mañana es el primer día de noviembre. Planeo levantarme no muy temprano, hacerme un buen desayuno y ponerme a escribir. Lo que sea. Dos mil palabras, más si puedo.

He estado pensando en echarme reflejos pelirrojos. En mis veintiséis años de vida, nunca jamás he teñido ni uno solo de mis dorados cabellos. Sólo les echo camomila para que el invierno no me los deje castaños. Mi rubiez es parte de mi identidad: me encanta ser rubia y que me brille el pelo al sol refulgentemente, me encanta que me digan "rubia" así como con cariño y que a veces me confundan con una guiri. Por otra parte, siempre he querido ser pelirroja, y al mismo tiempo siempre he pensado que seguro que me queda fatal.

Y ahora os preguntaréis: Marina de mi alma, tú eres una escritora con experiencia que sabe lo que es la cohesión en un texto, así que explícame por favor qué tiene que ver el primer párrafo con el segundo.

Pues tiene que ver en que he estado planteándome muy seriamente teñirme de pelirroja mañana, así a lo loco, y después ponerme a escribir mi novela. Como si la yo pelirroja fuera la yo capaz de escribir cincuenta mil palabras en un mes. De alguna forma, es como si todo se decidiera mañana. No tengo más que unas cuantas ideas, esbozos de personajes y un atisbo levísimo de algo que no es una trama, sino como mucho un hilo argumental. Por no tener, no tengo ni motivación ni excesivas ganas. Así que si mañana me pongo a escribir y saco algo en claro, si soy capaz de escribir dos mil palabras absurdas, quizá esto tenga algún futuro. Si veo que me atasco y/o si me puede la ansiedad frente a la hoja en blanco, terminaré por abandonar.

Y me pregunto por qué no he abandonado ya, si en realidad no me apetece, si no tengo la idea nada clara, si encima me han puteado esta mañana inscribiéndome en un curso complementario de la residencia que es mortal de la vida. Creo que es porque en el fondo tengo esperanzas sobre la novela; no sobre el resultado, sino sobre el hecho de escribir. Tengo esperanzas sobre sentirme feliz escribiendo y disfrutar del proceso. Pienso que puedo hacerlo si encuentro el valor necesario para seguir adelante sin saber lo que hago.

Os contaré mañana cuántas palabras he escrito. Y prometo sacar fotos si al final me tiño el pelo.

domingo, 30 de octubre de 2011

Aprieta, bicho

A ratos me parece mentira que no lleve ni cinco meses escalando. Yo sé que la mayoría de la gente que me conoce y no escala piensa que se me ha pirado la olla, pero me da un poco igual.

He llegado a la conclusión de que igual que hay personas con más propensión a ser adictos al alcohol o a las drogas, hay otras que tienen el gen de la escalada. A la mayoría de la gente le gusta escalar cuando lo prueba, aunque sólo sea por el subidón de adrenalina que te pega cuando superas el miedo y consigues llegar arriba. Después te vas dando cuenta de todo lo que implica: que escalar duele, cuesta dinero, hay que hacer kilómetros e invertir tiempo y esfuerzo si quieres mejorar. Y al mismo tiempo descubres un enorme abanico de experiencias y aprendizaje que te enseña más sobre ti mismo, tu cuerpo, tu mente y la naturaleza. Si lo que aprendes compensa a lo que inviertes, o si el disfrute que obtienes te motiva lo bastante como para obviar todo lo demás... entonces eres escalador, y entonces estás perdido.

Hoy estábamos en el Kiosko, el bar de San Bartolo, y hacía balance de la jornada trepadora con una amiga. Lleva poco tiempo escalando (menos que yo, si cabe) y me preguntaba por qué el primer día que había ido a la roca lo había hecho mejor que hoy. Y es verdad. La vi ese día en Grazalema y era espectacular: subía sin pararse, se giraba, se lanzaba a por los cantos y no dudaba. Los últimos días se pensaba mucho más las vías, empezaba antes con el "no puedo", se quedaba parada un buen rato en los pasos y en general transmitía mucha más inseguridad y miedo. Le he dicho que probablemente tiene que ver con varias cosas: el tipo de vía, sus miedos, las expectativas que genera.

Y después está el concepto de apretar. De darlo todo, de ir a muerte. Llega un punto en la vida en que todo se vuelve medio confortable, sobre todo en el sentido físico de la palabra. Vienes, vas, te subes en el coche, te bajas del autobús. Llevas a cabo tu trabajo con más o menos acierto, llamas de vez en cuando a la gente a la que quieres, echas un polvo con tu pareja los sábados por la noche. Y no aprietas porque no tienes necesidad. No vas a muerte con nada.

Pero cuando estás escalando hay un momento en el que tienes que apretar, y en realidad no se trata sólo de hacer fuerza. La clave no es esa: es la decisión que tomas, el momento en que piensas que no puedes hacer algo pero lo intentas igual. Apagas el interruptor de tu mente que busca seguridad y confort, que te dice que te pares y te cuelgues de la cuerda y descanses tus bracitos, y simplemente te tiras a por ello. Salvas la duda y te lanzas en brazos de lo desconocido.

"Es ese momento lo que te está fallando ahora", le he dicho a mi amiga, desde mi ignorancia, claro, pero es que hoy la veía dudar en las placas de adherencia y sabía perfectamente lo que estaba pensando: "no estoy cómoda, no lo estoy, esto es muy desagradable y no quiero seguir adelante. Voy a esperar hasta estar cómoda y entonces me moveré." Por eso tardaba tanto en subir la vía, y casi podías oír un clic en su cabecita cuando se decidía a dar el siguiente paso.

El clic es lo más valioso que me ha dado la escalada. Ese pequeño salto de fe. La capacidad de adentrarte en algo sin tener nada claro que lo vayas a conseguir y hacerlo dándolo todo, apretando a muerte. Y es un regalo bello y valioso, y me alegro de haber conocido el concepto y poder aplicarlo en mi vida vertical y horizontal.

Decía Speedygirl que "Aprieta, bicho" es un buen lema. Yo lo escribí en la pizarra de mi cocina hace ya casi cinco meses, y pensé que me hartaría enseguida y lo cambiaría por alguna otra frase inspiradora. Pero la verdad es que todavía no he encontrado motivos para borrarlo.

jueves, 27 de octubre de 2011

Verdad y ficcion

Hoy estaba pensando en un libro: "El mundo después del cumpleaños", de Lionel Shriver. Me lo regaló mi madre por navidad hace dos años, cuando estaba estudiando el PIR. Por aquel entonces mi vida era un bucle de estudio y siestas, pero quería desesperadamente ese libro porque el anterior de la autora, "Tenemos que hablar de Kevin", me había gustado mucho. Así que lo engullí en los ratos libres, y como no quería empezar otra novela porque tenía el examen en tres semanas, cuando lo terminé me releía los capítulos sueltos por las noches.

Es un libro buenísimo. Muy, muy bueno. Sinopsis breve y sin spoilers más allá del segundo capítulo: Irina está casada con Lawrence, un hombre bueno y aburrido, y conoce a Ramsey Acton, un jugador profesional de snooker que por lo que describe el libro tiene que estar tremendo. Un día se van a cenar juntos así como por casualidades del destino y, en un momento dado, Irina se ve tentada a darle bambú a Ramsey Acton. A partir de ahí la novela se bifurca en dos posibilidades: lo que pasaría si Irina y Ramsey se lían y lo que pasaría si no lo hacen. Los capítulos se van alternando, los personajes son los mismos y la trama es similar, pero varía en función de la decisión que toma Irina al principio.

La idea es buenísima, pero es que además está ejecutada con maestría. La forma en que los elementos de la trama van variando en función de la versión que leemos en cada momento, cómo se comportan los personajes en una u otra posibilidad, cómo unas decisiones configuran otras, los paralelismos siniestros que se establecen en uno u otro universo... y , sobre todo, esa sensación inquietante de las dos (ir)realidades conviviendo y tú como lector sin saber qué fue lo que sucedió, aunque sepas que de hecho no sucedió nada porque todo es ficción. Leer ese libro es una experiencia, de verdad. Id a comprarlo ahora.

Pensaba en "El mundo después del cumpleaños" porque de tanto releerme los capítulos y de lo muchísimo que me gustó, los personajes se volvieron más reales para mí que muchas personas. Los detalles eran tan vivos que durante un tiempo me enganché a ponerles parmesano y ajo a las palomitas de maíz, como hacían Irina y Lawrence mientras veían la tele por la noche. Puedo recordar frases enteras de ese libro. Es maravilloso, de verdad.

¿Sabéis el tema de la sensibilidad, de ser capaz de ver el mundo con ojos de asombrado entusiasmo y demás? Pues es por los libros. Me estoy acordando de una conversación que tuve con mi madre cuando era bastante pequeña, con diez u once años. Entonces yo era una lectora muy patológica, creo que ya lo he contado. Leía mientras comía, leía en el autobús de camino al colegio y leía debajo del pupitre durante las clases. Aquel día, mi madre me dijo: "Pitu, tienes que vivir la vida, no leerla". Creo que eso venía a que no me apetecía salir a jugar con los vecinos de la urbanización. No es que yo fuera una asocial, que tenía mis amigas y tal, sino que jugar con los vecinos nunca me moló: eso de estar tranquila en mi casa y que me llamaran al porterillo me parecía como superinvasivo.

Y ahora pienso que sí, que la vida hay que vivirla, pero que si he tenido momentos de captar de verdad la esencia de las cosas y las personas, si algo me ha ayudado a entender la complejidad perversa y dulce de los humanos, son las novelas. Ni los ensayos, ni la psicología, ni siquiera escuchar a los pacientes. Los vislumbres breves de lo incognoscible me los ha dado la buena ficción.

Por eso quiero escribir una novela. Hoy, mientras colocaba la compra en la moto para volver a casa, me he dado cuenta de que el sueño de mi vida es ése. Y no se trata de ser mejor o peor escritora por escribir novelas en vez de post, ni de lo que pasa o lo que permanece: en realidad permanecer no permanece nada, puesto que somos minúsculos puntitos de vida en un universo hostil. Quiero escribir una novela porque querría ser capaz de tocar lo incognoscible con mis manos y de crear con mi ficción verdad para otros. Quiero hacer disfrutar a alguien tanto como yo he disfrutado con el trabajo ajeno.

Voy a intentar el Nano, y me imagino que de ahí saldrá un engendro extraño que no valdrá mucho. Pero en algún punto voy a darme el espacio para escribir una novela en condiciones, una novela que pueda trabajar y vivir y sentir como mía. La escribiré aunque sólo sea para que la lea MQEN, que es mi mayor fan, o para que la lean mis 38 adorables seguidores y mis fieles comentaristas. No me importa mucho el éxito. Lo que quiero es contribuir a la hermandad de escritores que han hecho esta vida perra más agradable.

Y con esto y un bizcocho, a calentar los dedos y la mente para el martes que viene.

Feliz puente. Yo veré a Vetusta Morla con DDM, conoceré a Ciudadano, escalaré y empezaré mi Nanovela. La cosa no pinta pero que nada mal.

Y no tiene nada que ver con nada, pero de verdad que tenéis que probar la pasta rellena de calabaza y avellanas de Giovanni Rana. Es como si se celebrara una fiesta en tu boca y todo el mundo estuviera invitado.

Decisiones

- Voy a escribir el Nano Y
- Voy a seguir actualizando el blog Y
- Quizá vaya publicando el Nano en otro blog Y
- Si lo termino es bastante probable que lo ponga a vuestra disposición para que lo leáis, A NO SER que sea una basura como mi novela Física o Química O sea una obra maestra y la pueda presentar a un concurso dotado con miles y miles de euros Y
- Cuando acabe noviembre abriré mi nuevo blog de Psicología para Gente Corriente, o como quiera que le llame al final.

Muchas gracias por vuestros comentarios. Han sido como vosotros: claros, tiernos, acogedores y comprensivos. Me encantan mis lectores y el ambiente que creáis. Me siento orgullosa de gustarle a gente como vosotros.

Y ahora mismo me pongo con el post del día y lo cuelgo. Dadme media horita.

Besos grandes.

¡CIUDADANO!

Te he mandado un mail, pero no sé si sigues utilizando esa dirección. Estaré en Sevilla el sábado. ¿Quieres tomar un café o algo? ¡Escríbeme! Voy a dejar un comentario en tu blog también. Un abrazo.

miércoles, 26 de octubre de 2011

To nanowrite or not to nanowrite: that is the question

A ver, peña.

Hoy tenía un día de mierda, pero de mierda absoluto y sin razón aparente. O quizá la razón era que me iba a entrevistar con mi tutora, que me estresa, y no me apetecía nada. El cambio de tiempo me sienta fatal, y lo peor es que nunca me acuerdo de un año para otro. Estoy ahí pasando calor y pienso "ay, qué ganas de fresquito, me apetece ponerme las botas altas y taparme con el edredón por la noche". Y luego llega el viento húmedo y me pone melancólica.

Para colmo, va y me dice una psicóloga del CTA que quizá mi interés aparente por todo se puede interpretar como que en el fondo todo me la chufla. Que me deje sentir más. ¿Que me deje sentir, psicóloga? Por el amor de Dios, si soy supersensible: ¡tengo un blog! Quizá deba darle la dirección y que llore con mis post de "la vida me supera". Además, ¿desde cuándo es un problema que todo te guste y te interese? Lo que ella no sabe es que dado que mi rotación por el Equipo terminó siendo el infierno en la tierra, todo lo que ha venido detrás me ha parecido estupendo. ¿Que tengo que ver citologías en Atención Primaria? Estupendo, interesantísimo, maravilloso. ¿Que tengo que vigilar controles de orina en Adicciones? Pues para adelante, genial, experiencia humana inigualable.

Después iba andando por la calle y pensaba en el Nanowrimo. Que empieza en cuatro días y todavía no tengo claro que vaya a participar. No he pensado absolutamente nada en el tema y no tengo más que cuatro ideas sobre mi proyecto de novela. No se me dan bien los esquemas previos ni las planificaciones. El asunto es que en este momento de mi vida me da mucha pereza ponerme con eso. Tengo muchas otras cosas que hacer. Me vería obligada a renunciar a algunas: entre otras, a escribir aquí, al menos durante ese mes. Y me gusta escribir aquí. Me gusta la animación que hay últimamente. No quiero dejar esto tirado un mes entero.

Pero estaba tan triste que pensaba: es un buen momento para escribir una novela. Me salvará de la ola de pena del otoño. Total: escribo post de mil palabras con relativa facilidad. Con escribir el doble al día podría completar las cincuenta mil. Dejo de nadar, dejo de publicar aquí a diario y ya sacaría el tiempo suficiente. No voy a dejar de escalar, que quede claro: antes no duermo.

El tema es que después me he ido precisamente a escalar. A Bolonia. Al Mosaico, que es una pared de arenisca alucinante atravesada por un recuadro de grietas. Llevaba (los he contado) trece días sin escalar y empezaba a tener un problema. Ha sido estar ahí, tocar las rocas con las manos y pasar otra vez todo el miedo y la alegría y la duda y la decisión y se me han quitado todas las penas. Así que ahora no quiero participar en el nanowrimo.

En serio, la escalada va a terminar por ser un problema en mi vida. Me sienta demasiado bien y paso de todo lo demás. Tengo cuatro días para decidir lo del nano y caen en un puente que adivinad cómo voy a pasar.

Nah, ya en serio, no es sólo la escalada. He pasado un montón de noviembres aburridos como el infierno, cantando "November Rain" en mi cabeza y viviendo en la melancolía. Ahora me lo estoy pasando bien, tengo un blog y quiero empezar otro (voy a hacerlo pronto; sólo necesito un nombre con gancho).

¿Qué opináis? ¿Estoy buscando excusas o simplemente no es mi momento? Yo sé que me vais a decir "es una decisión tuya, Marina, blablablá". Decidme simplemente si me vais a echar mucho de menos si dejo de escribir aquí un mes. Decidme que me queréis. Decidme que... bah, estoy demasiado cansada como para escribir con coherencia. Lo dejo aquí y os mando besitos.

lunes, 24 de octubre de 2011

Mi puntito nazi, 1: el clima

Lectores y lectoras:

Yo sé que desde aquí doy la impresión de ser una persona tope de flexible, compasiva y dulce, pero en realidad siempre he tenido un carácter muy regulero. Yo le decía a J. que soy como un chile relleno de caramelo, y él me contestaba que soy más como un chile relleno de tabasco. Lo que pasa es que con el tiempo he conseguido reprimirme autogestionarme, y creo que cada vez va siendo más fácil convivir conmigo. Ser flexible y dulce no sólo es bueno para los demás: también lo es para ti y aumenta tus niveles de felicidad.

Problema: hay ciertos temas que me ponen violenta. Yo lo llamo "mi puntito nazi", porque cuando salen esos temas me vuelvo rígida/agresiva y no hay quien me baje del burro. Ejemplos de mi puntito nazi son los perros (¡¡deportación ya!!), la música (¡¡prohibiría todas las emisiones musicales sin auriculares!!), las obras (¡¡todo está bien como está ya!!), el sueño (¡¡si quiero dormir, quiero dormir y punto!!) y algunos otros temas que ya se me irán ocurriendo para esta magna serie que empieza hoy.

Hoy vamos a hablar de mi puntito nazi con el clima. Para mí el clima ideal es sol TODO EL RATO y que nunca haga demasiado frío. Un poco de fresquito por la tarde-noche, nubes inofensivas que hagan bonitos los atardeceres y un mes o así de frío extremo para no aburrirse. Punto.

Hay que tener en cuenta que soy andaluza, y más concretamente malagueña. Yo vivo con la suposición de que el sol brillará en el cielo por defecto. Hago mis planes sin mirar el tiempo, porque el nublado es raro y la lluvia es como de ciencia ficción. Pierdo los paraguas siempre porque los uso dos veces al año y no recuerdo que me lo tengo que llevar de los sitios. Además, como buena andaluza, cuando llueve me paralizo y no hago nada de lo que tenía planeado. Para qué, si sé que mañana o pasado volverá a hacer bueno.

Fijaos si la lluvia tiene poco que ver conmigo, que cuando vivía en Málaga no tenía zapatos impermeables. Si llovía pues que se mojaran; ya se secarían. Luego llegué a Granada y conocí la hostilidad de su climatología. Allí descubrí que hay zapatos que ¡oh, maravilla!, mantienen tus pies secos cuando llueve: fue un antes y un después. En Granada me compré gorros, guantes y bufanda, descubrí que puede hacer frío aunque haga sol, invertí en un nórdico cuando me dolía el cuerpo de tiritar y gasté más dinero en calefacción que en comida. Y tiene su punto, que conste. A veces echo de menos el frío extremo, sobre todo porque opino que los gorros me favorecen.

Aquí en Cádiz la lluvia es el mal. El Mal Pluvial. Hoy por ejemplo: no he ido a trabajar porque estaba saliente de guardia. Pero es que no tengo ni puta idea de cómo me habría apañado para llegar si hubiera tenido que ir. Esto parecía el Apocalipsis. En Cádiz siempre hay viento, así que cuando llueve pues hay lluvia con viento. Ni el paraguas te va a servir para nada ni existe forma humana de que no te mojes. Hagas lo que hagas, en cuanto pases dos minutos en la calle te convertirás en un desecho humano empapado y lastimoso, y más si como yo tienes gafas y cuando se te mojan te sientes como una disminuida. Luego llegas al curro y está todo el mundo secándose los pantalones en el secador del baño, y el ambiente se llena de un espíritu colectivo de damnificados de catástrofes bastante curioso.

Así que yo paso de que llueva. Un día de lluvia al año, vale, rollo simbólico, para cuando consiga un maromo y me pueda pasar la tarde teniendo sexo romántico tras los cristales empañados. Para lo demás no le veo la gracia. No puedo coger la moto. No se puede pasear, ni escalar. Es incómodo, es molesto, hace humedades y goteras, inunda los campitos ilegales de Chiclana. Y me entristece oír llover; no sé, es como si alguien llorara todo el rato.

Mi experiencia lluviosa más intensa ocurrió hace dos inviernos, cuando el anticiclón de las Azores se desplazó y Andalucía sufrió lo que se conoce como la Galleguización. Ahí pude vivir lo que es pasarte semanas sin ver el sol y no me gustó un pelo. Me acostumbré a llevar el paraguas en el bolso. Junto a mi urbanización nació un riachuelo y podías ver las chumberas creciendo entre praderas de hierba exuberante. Se demostró mi tesis de que el norte no tiene mérito: si llueve, esto se pone igual de verde y de bonito. Tienen mérito esos olivos recios y austeros, consiguiendo no morirse después de seis meses sin que caiga una gota. Eso es una maravilla de la naturaleza.

No os creáis que no me preocupa que no me guste la lluvia. Es como que me gusten los guapos: me limita. No me hallo viviendo en sitios con menos de trescientos días de sol al año, y esos sitios son pocos.

De momento, y como tengo pasaporte gaditano hasta 2014, me limitaré a disfrutar de este clima bendito y de tener que quitarme el abrigo en enero bajo el sol del mediodía. Qué queréis que os diga. La lluvia horizontal es un precio pequeño a pagar por tener esta luz milagrosa haciéndole de prozac natural a mi maltrecho cerebro.

domingo, 23 de octubre de 2011

Las cosas claras y el paleocao espeso

La verdad la verdad, la pura verdad, es que a mí no me gusta el tonteo. El rollito de sí pero no, de te pongo ojitos y me hago la tonta. Igual es porque no se me da bien. Yo soy más de "aquí estoy yo, esto es lo que hay, si te gusta bien y si no tú te lo pierdes". Esta intensidad casi agresiva a la que os tengo acostumbrados, y que no es exactamente un imán para el global de los tíos.

Pero yo qué sé. A mí me gustan las cosas claras. Para empezar, si por mi fuera, todos llevaríamos brazaletes que indicaran nuestra situación sentimental. Algo así como:
Verde: Libre, disponible, me puedes entrar tal cual.
Rojo: Con pareja, asexual o tan emocionalmente destruido que no tienes ninguna esperanza conmigo.
Ámbar: relación complicada y a punto de acabarse, todavía pienso en mi ex, no tolero la intimidad o cualquier otra situación compleja que implique que te puedes acercar a mí, pero con precaución.

Además, nos diríamos nuestros sentimientos y expectativas con sinceridad. Anda que no sería todo mucho más fácil si yo pudiera hablar con DDM y decirle: "mira, DDM, me pareces guapo a reventar, me encanta tu fenotipo y encima eres muy listo y me estimulas el cerebro. De momento no busco al padre de mis hijos, pero querría conocerte más, psíquica y bíblicamente. Si te parece, vamos a ir teniendo sexo salvaje y luego ya veremos lo que hacemos." Entonces él podría contestarme: "Marina, me caes muy bien, pero por alguna extraña razón las rubias listas y divertidas no son mi tipo", o bien "venga, tía, vámonos a la cama con un paquete de condones y una caja de muesli y olvidémonos del mundo".

¿Cómo sería el mundo de las relaciones con una política de sinceridad controlada? Tampoco es plan de ir diciendo las cosas por ahí a lo crudo, que luego duelen. Pero cierta llaneza, cierto evitar perder el tiempo con rodeos inútiles, no estaría mal. También me pasa que yo creo que decido demasiado rápido si un tío me atrae o no, y a lo mejor a los demás no les pasa lo mismo y necesitan ese tiempo de cortejo danzante.

En fin. Escribo todo esto porque he pasado la tarde con DDM en el roco y vengo como superperturbada, y si no desfogo con vosotros, lectores, ya me diréis con quién. Me destruye su sonrisa, en serio, y me gustan su espalda y sus juegos de palabras. Y no quiero sufrir. Ni siquiera mínimamente. Ni siquiera el sufrimiento pequeñito de no gustarle a alguien que te gusta. En lo que a supervivencia emocional se refiere, estoy como cuando acabas de probar una vía y te has pegado un vuelo importante, y entre el miedo que has pasado y lo destruidos que tienes los antebrazos, necesitas recuperarte un poco antes de volver a intentarlo. Por mucha motivación que tengas y por mucho que te guste escalar.

Ojalá pudiera retirarme a un convento con rocódromo. O blindarme el corazón a base de cinismo y Houellebecq. O tapar la sonrisa terrible de DDM con esparadrapo del que me pongo en las heridas de los dedos.

De momento, me voy a ir a dormir, que estoy peligrosamente cerca de empezar a criticar al que inventó la reproducción sexual y cantar las maravillas de las esporas.

sábado, 22 de octubre de 2011

Turismo


Hoy te voy a enseñar Cádiz.

Empecemos desde mi balcón. Es temprano y tendrás sueño, pero merece la pena madrugar, porque aunque no sé si los amaneceres de Cádiz son los más bonitos del mundo, seguro que entran en el top ten.

Primero sal a mi terraza. Está empezando a clarear, y se ven los tejados blancos bajo el cielo azul pálido. Cádiz es blanco y azul: blanco el cielo, azules los edificios del centro. Blanca la luz, azul el mar. Mar es una palabra que vas a leer mucho hoy, así que ve acostumbrándote.

Respira, respira. Ya puedes oler la sal en el aire. Mi calle es peatonal, estrecha y un poco sucia. Esta ciudad es un poco sucia, en general; en parte porque por aquí somos así de descuidados, en parte por el viento inutilizando las papeleras. Podrás ver a algún trasnochador con la camisa abierta y los pelos tiesos, o a algún madrugador que se va a pescar o a mariscar. Empieza a conocer a la gente de Cádiz, que es alegre y desastrosa y tranquila y un poco pintas.

Venga, va, vístete. Vamos a la calle, que con un poco de suerte vemos salir el sol por detrás de la catedral. Caminemos dos minutos justos hasta el malecón: un lujo sin mérito, porque desde casi cualquier punto de Cádiz te basta andar diez minutos en línea recta para ver el mar. Ahora estamos en el Campo del Sur: no te confundas, no lo llames Paseo Marítimo, que se darán cuenta de que no eres de aquí. Es tempranito y es sábado, así que quizá haya alguna bicicleta suelta o un paseante madrugador, pero casi seguro que podrás conocer el silencio suave de las olas batiendo contra las rocas.

Paseemos un poco. Mira qué cielo lindo he puesto para ti esta mañana. Nubecitas de algodón como emborronadas con el dedo, y que a medida que amanece se van tiñendo de rosa, naranja, azul y malva. Hemos tenido suerte, porque aquí casi nunca hay nubes y la luz, esa luz antidepresiva, brillante y blanca como en los cuadros de Sorolla, te hiere las retinas y hace relucir los tejados que te enseñaba hace un rato. Ya sé que no puedes creerte lo bonito que es el paisaje que forma la curva de la ciudad bajo el cielo de colores, y esa catedral salvaje erguida entre las palmeras. Pues éste sólo es un mar, el mar de amanecer de sábado con nubes desde el Campo del Sur. Cádiz tiene miles.

Venga, cambiemos de dirección. Vamos a la Caleta. Quizá ya haya gente mariscando en las rocas si está la marea baja. Como es otoño y parece que por fin ha entrado el frío, no vas a poder ver la Caleta extrema, ese lugar que amenaza y conmueve en los meses de verano, con su pavorosa sobreocupación, sus viejas morenas jugando al bingo, sus niños calentando con pis el agua casi estancada de la playa. Ahora habrá paseantes tranquilos como nosotros, que hacen despacio el camino hacia el castillo mientras escuchan cómo les zumba en los oídos el viento de poniente. En este lugar puedes conquistar el silencio. Soy una yonqui de él, ya lo sabes, así que cuando descubrí que podía encontrarlo a diez minutos de mi casa me hice fan de este camino. Me venía en las mañanas soleadas de invierno y me apoyaba a leer en el muro de ladrillos, con los pies descalzos hundidos en la arena. Luego me metía en la orilla y me mojaba las manos y la cara: lujos de sur en enero.

Sigamos bordeando la Caleta y pasemos sin pararnos junto al Parque Genovés. Otro día tocará subir por detrás de la cascada a mirar la bahía. Pero no tenemos todo el tiempo del mundo y hay que elegir, así que vamos caminando hacia el Baluarte de la Candelaria. A medida que nos acerquemos al puerto te iré señalando los sitios: aquello es Rota, ahí está El Puerto de Santa María, ahí Puerto Real. Estás desorientado, seguro, porque Cádiz es un sitio raro, nada más que agua y más agua por todas partes, y cuando no es malecón es playa, o bahía, o marismas. No pasa nada: maréate a gusto en mi ciudad-barco. Déjate llevar. No hace falta que te orientes: estás aquí y no te vas a ir a ningún sitio.

¿Suficiente mar? Todavía queda, pero vamos a meternos un poco hacia la tierra. Aunque no vas a dejar de sentir el mar: sencillamente, no hay espacio bastante como para que dejes de olerlo e incluso de ver en el aire la luz que refleja. Pero vamos a contemplar cómo se despierta Cádiz. Las calles empiezan a llenarse de señoras que van al mercado o, mejor dicho, a la plaza. Las ves caminar esforzadas y morenas con los carritos de la compra vacíos. Luego volverán y les asomarán las hojas verdes de las zanahorias y las cebolletas por debajo de la tapa.

Las calles se atascan porque la gente se para a charlar. Se encuentran debajo de los balcones o en la puerta de las tiendas, se dicen lo mayores y guapísimos que están los mutuos niños y se cuentan cómo anda el resto de la familia. Sortea esos grupos de gaditanos socializantes y vamos a la plaza. Quizá quieras tomar un café primero: dicen que el de la Marina, en la Plaza de las Flores, es el mejor de Cádiz, así que vamos para allá, aunque sólo sea porque se llama como yo, por mirar el color de los puestos y por llevarnos media docena de claveles para ponerlos en mi salón.

¿Qué tal el café? ¿Estaba rico? Quizá te haya dado por tomar un mollete con aceite, tomate y sal. Como en Andalucía no se desayuna en ninguna parte, lo digo siempre. En la puerta de la plaza verás puestos piratas de erizos, camarones, caracoles, especias, ñoras, frutos secos. Hay quioscos de pájaros, cuchillerías, panaderías y hasta una churrería que ya a esta hora tiene una larga cola de hombres muertos de sueño, porque casi siempre son hombres los que compran churros, fíjate la próxima vez que vengas. También hay algo que a mí me parte el corazón y que no sé si se está viendo en otras ciudades: gente que vende sus cosas, las suyas, y cuando ves las mantas extendidas en el suelo y cubiertas de adornos baratos, libros viejos, cargadores de móviles y cintas VHS piensas que la vida de verdad se está poniendo muy dura. Pero no te entristezcas, hoy no; ven conmigo a la plaza y vamos a comprar pescado.

El mercado es amplio y luminoso. La fruta y la carne están en los pasillos de fuera y el pescado en el central. No te puedes creer la buena cara que tiene todo, ¿verdad? El colorido del marisco ya cocido, cómo reluce la carne blanca del cazón, las percas rosadas, el atún brillante y rojo. El bullicio, los diálogos fluidos que hablan de precios, pesos y tipos de corte. Compremos chocos, que son baratos, y un par de rodajas de salmón, que es caro pero está riquísimo, y langostinos para darnos un homenaje. Luego vamos a mi casa a meterlo todo en el frigo y a recuperar fuerzas antes de seguir.

Cojamos el coche. Tienes que verlo todo. Salir de Cádiz por la Avenida es la muerte, lo sé, pero disfruta de esta geografía curiosa, de la sensación de abandonar un barco y volver a tierra firme. Podemos salir hacia San Fernando o hacia Puerto Real y tendrás cuatro mares más para nuestra colección. Por San Fernando, el Atlántico libre a un lado y la bahía al otro; por el puente de Carranza, otros dos trozos de bahía partidos por la mitad y las gaviotas volando contigo al ras del techo de tu coche. Alucinarás todo el rato, no sabrás hacia dónde mirar, conducirás girando la cabeza como en un partido de tenis entre dos aguas. Quizá pienses, como pienso yo a veces, que te vas a volver loco de puro bonito que es todo, pero ya sabes que yo soy un poco demasiado intensa.

Ahora tú eliges. Vamos a la sierra, si quieres, a ver pueblecitos blancos que parecen sacados de un belén, a pasear por los pinsapares y a probar alguna vía en las enormes paredes de caliza. O conduzcamos hacia la playa, en medio del paisaje insólito y terrible que dibujan los pinares y los molinos de viento. Espero que seas capaz de sentir la magia de esta tierra, aunque sople el viento de levante, que no es más que el guardián feroz de lo salvaje. Podemos mirar la duna de Bolonia desde las zona de boulder del Helechal, y después despellejarnos las yemas en bloques de arenisca y caernos riendo entre los crash pads. Y luego caminaremos hacia la playa ancha y solitaria de otoño, meteremos los pies en el agua y tomaremos cervezas en los chiringuitos vacíos. El atardecer en los campos, a la vuelta, es casi tan bonito como el amanecer en la playa, y nos espera una cena de pescado fresco, un balcón abierto y una cama deshecha que da a un patio tranquilo.

Compartiste conmigo parte de tu paraíso. Aquí tienes el mío.

jueves, 20 de octubre de 2011

UCIP

Hay pocas cosas que odie más en la vida que sentarme aquí, escribir durante una hora, releer el post y concluir que es una puta mierda y que no voy a publicar eso, y después ser una samurai de la blogosfera, borrarlo todo y recomenzar. Hoy estoy en ese punto, así que al loro que venimos calentitos.

Quería hablar de mi trabajo en la UCI pediátrica, pero es que me resulta muy difícil escribir sobre las cosas realmente chungas de mi trabajo sin sentir que estoy digamos alardeando de ello, buscándole la estética al sufrimiento ajeno y fardando en plan: mirad qué huevos tengo mirando al dolor a la cara.

[Inciso: Voy a comerme un yogur de limón y a reflexionar sobre el siguiente párrafo. Me caigo de sueño y no me puedo creer que esté haciendo este ejercicio de autoexamen extremo en lugar de publicar cualquier chorrada e irme a sobar. Fin del inciso.]

Vale, bueno, pues vamos a poner una frase verdadera detrás de la otra. Hemingway style.

Mi trabajo en la UCI pediátrica consiste en dar apoyo psicológico a los padres de los niños que están ingresados. Voy allí una vez en semana, pero no todos los días tenemos trabajo; hay épocas afortunadamente tranquilas en las que las camas de la UCI están vacías. Cuando tenemos trabajo es a la vez horrible y precioso. Horrible porque vives putos dramas. Uno de los últimos casos que hemos tenido era un bebé de seis meses con una enfermedad neurodegenerativa mortal. Llevaba un mes agonizando en el hospital. Los padres le alimentaban y le daban de beber pensando en que lo único que conseguían era fortalecer su cuerpo y hacer que tardara más en morirse. Dime tú, como profesional, qué intervención haces en eso.

Pero la haces. Te pones el pijama, te amarras la coleta y te sientas en la silla a aguantar el tirón. No haces más que recibir un dolor que esos padres no saben bien dónde poner. Yo al principio pensaba que el trabajo de la UCI no era muy útil. ¿Qué les dices tú que pueda aliviar su dolor? ¿Realmente hay maneras mejores de afrontar una situación que es objetivamente una putada? Muchas veces los propios padres te lo dicen: "no sé muy bien qué podéis hacer por mí, porque esto es una mierda y nadie va a cambiar eso". Y entonces tú, tócate los pies, no sólo tienes que estar ahí tragando miseria humana, sino que encima sientes que te están haciendo un favor.

Sin embargo, ya os digo: te sientas y aguantas. Y si sabes lo que haces, o incluso aunque no lo sepas: si tienes buena voluntad y te consideras capacitado para llevar en tu espalda parte del dolor de esa gente, se va obrando la magia. Al principio sólo necesitan que les escuches. Necesitan que les oiga alguien que no sea su pareja, que está igual o peor, ni su familia, que vaa medias entre la preocupación, el hastío y los consejos bienintencionados, ni los médicos, que parece que con salvarles la vida a su hijo ya lo han hecho todo. Tu figura como persona ajena a la familia, como persona que no quiere a su bebé más de lo que querría a otro bebé cualquiera, se vuelve valiosa.

La experiencia es preciosa. Yo ya os he contado que entro en momentos de intensidad y presencia verdadera delante de los pacientes, aunque también entro en momentos de "Dios, qué coñazo, sal de mi consulta que me meo", que conste. En la UCI es todavía más fuerte. Miras las caras de los padres, que están pálidos y ojerosos, que no se peinan y se visten de cualquier manera. La realidad adquiere los contornos definidos y brillantes de una película. Escuchas, escuchas, escuchas. Si las pocas frases que dices están bien elegidas, notas el cambio. La magia imperceptible de sentirse comprendidos y compartidos. Se van más ligeros y entonces tú piensas: sí señor, joder, esto sirve, poco pero sirve, funciona, reduce en algo el nivel del putadómetro planetario. Y te levantas orgulloso, sintiendo que esta tarde te has ganado el pan.

Ver a padres hechos polvo y a niños agonizando es muy desagradable y, aun así, yo hoy me siento agradecida. Porque soy capaz de salir del hospital, que es el más feo de Andalucía, by the way, acercarme a la playa, mirar al mar y sentirme contenta. Por debajo de la tristeza gris que me han colgado mis pacientes sobre los hombros, yo todavía puedo ver la alegría. Soy consciente de que mi misión es quitarme ese manto y seguir viviendo, honrar mis circunstancias y la feliz casualidad de que en este momento la desgracia no me haya tocado a mí. Escalar con mis preciosos brazos y piernas.

El otro día pensaba en qué es vivir como si no hubiera un mañana. Como si cada día fuera el último. No se puede vivir así, porque si cada día fuera el último yo me lo pasaría comiendo chocolate y teniendo sexo con algún maromo guapo que se prestara. Hay que vivir consciente de la fragilidad, consciente del abismo y, aun así, alegre y fuerte. Hay que vivir persiguiendo un sentido, y de esa forma, aunque tus días sean monótonos y DDM pase de tu culo y tengas Acné del Averno y te acuestes sola en la cama más cómoda del mundo, te daría igual morirte al día siguiente, porque tienes un propósito.

Hoy he apretado muchísimo en el roco. Apretar es jerga de escalada, y significa ir a muerte, darlo todo. Bromeo con mis rocoamigos con que apretar se está convirtiendo en mi forma de vida y ya aprieto nadando, aprieto escribiendo y aprieto queriendo.Lo he escrito en la pizarra de mi cocina: aprieta, bicho. Ahí está el tema. Vives apretando, vives a muerte, vives dándolo todo aunque darlo todo no signifique más que percibir esta hermosa experiencia humana con todos tus sentidos e intentar aprender de ella.

Y aunque sólo sea por agotamiento, esta entrada se termina aquí. Apretad, bichos, que esto son cuatro días, dos de ellos llueve y los otros dos hay que aprovecharlos para escalar. Real y metafóricamente.

miércoles, 19 de octubre de 2011

Los detalles bonitos

Pues como no todo en la vida va a ser protestar, hoy os voy a hablar de los detalles bonitos que se repiten a menudo en mi vida. Reflexionándolo me he dado cuenta de que son un montón, y de que vivo a medio camino entre el hedonismo y la indolencia.

El cafelito de por las mañanas. Me rechifla ese momento. Ya os conté que hago café nuevo todos los días sólo para que huela. Mezclo con cafeína y sin cafeína para no convertirme en una verborreica insoportable. Mientras lo preparo me pongo una única canción, porque no me da tiempo a más, y procuro que sea bonita y motivante a la par que tranquila y zen. Le echo leche de coco (no me preguntéis por qué de coco, ya hace tiempo que perdí el norte con el tema de la dieta), abro el ordenador, chateo con Kpot por el facebook y leo blogs. Fuera ya hace fresquito y salgo un rato al balcón para respirar el aire de la calle. Entonces vuelvo a meterme en casa y noto el contraste entre el fresco de fuera y el breve calor con olor a café de mi casita, y me encanta.

Ducharme. Me flipa ducharme y es genial tener que hacerlo todos los días. El agua megacaliente, los champús con olores ricos, los geles suaves, los exfoliantes de vainilla. A veces también me lavo los dientes en la ducha, que es algo que me encanta y no sé por qué. Ducharse después de machacarse en la piscina es aún más fabuloso, aunque últimamente me lo están jorobando porque le han bajado la temperatura al agua, y yo si no está hipercaliente como que no lo disfruto tanto. Pero como estamos hablando de detalles bonitos, no voy a ahondar en el tema.

El momento en que me voy del curro. No nos confundamos: mi trabajo me encanta, y la rotación donde estoy ahora es particularmente tranquila y está llena de gente encantadora. Pero ese momento en el que termina la jornada laboral y salgo del CTA con mi bolso en una mano, las gafas de sol en la otra y una sonrisa gigantesca, y le deseo a todo el mundo feliz tarde o feliz finde, y pienso en que a partir de ahí el día es mío... no tiene precio. Además, trabajar sólo una tarde a la semana ha aumentado mi calidad de vida en diez mil.

Podemos seguir con otros dos momentos fabulosos y diarios: cuando llego a mi casa al mediodía y la saludo, ¡hola, casa! (esto es verídico, saludo a mi casa en voz alta cada vez que llego. No lo hago por ser adorable; me sale solo), y me pongo a hacerme la comida oyendo música mientras picoteo aceitunas y palitos de cangrejo. Luego está el momento en el que con mi tripita llena de paleopapeo me tumbo en el sofá chaiselonguero a dormir la siesta. Bajo la persiana a la mitad, coloco la almohada, me pongo los tapones de los oídos para no oír cómo los de la obra de al lado cortan metal y me quedo dormidita con la tranquilidad de los justos.

El momento de antes de acostarme. Creo que éste es mi favorito. Termino de escribir el post del día y eso me pone de muy buen humor. Escribir casi siempre me hace sentir bien, independientemente del resultado. Dejo de decir chorradas por el chat del Facebook, friego los platos de la cena y apago el ordenador. Me lavo los dientes, recojo un poco el dormitorio, me echo medio litro de colonia de estas gigantes de baño. Echo la llave de la casa y ese gesto me llena de una seguridad tranquila. Y me meto en la cama tapadita con el nórdico, que ya empieza a agradecerse después del verano más largo del mundo. Es genial porque mi cama es muy cómoda y por el silencio: los vecinos duermen, la Viña duerme y por mi calle no pasan coches. Soy una yonki del silencio, así que me tumbo a escuchar su suave inocuidad. Como tengo la conciencia tranquila, me duermo con facilidad, normalmente pensando en post futuros o en chicos guapos.

Más momentos geniales, aunque no se repitan todos los días. Abrazar a José Luis los jueves al mediodía en la UCIP, cuando llega hecho polvo de la URA y me saluda con su "¡Hola, corazona!". Poner las manos ardiendo en la bebida fresquita justo después de apretar en el rocódromo. Volver a Cádiz en la furgo de Irene, cotilleando y hablando de lo tremendo que está DDM. Que me suene el móvil y sea alguna personita linda. Conducir por el Campo del Sur oliendo el mar bajo el sol suave de otoño. Reíiiiirse mucho, todo lo posible, de cualquier chorrada. Encontrar comentarios vuestros en el blog (no es un mensaje subliminal, realmente es un momento muy bonito). El break para comer tortitas de arroz con chocolate a media mañana. Elegir color para pintarme las uñas.

Jo, mi vida es guay. Virgencita, que me quede como estoy.

(Quizá le añadiría un poco de sexo salvaje con DDM, pero por lo demás estoy bastante satisfecha)

martes, 18 de octubre de 2011

Los detalles molestos

Mi amiga Pilar, gran psiquiatra y mejor persona, me dijo una vez que la vida está llena de detalles molestos. Es una frase que se me ha quedado grabada a fuego en el selebro, porque mira que a mí me gusta la vida en general y la mía en particular, pero esos detalles molestos que se repiten todos los días te hacen pensar que, no importa cuánto te lo curres o lo bien que te vayan las cosas: esto de la existencia no está bien inventado.

Detalles molestos de la vida doméstica. Estos son los peores. Creo que nunca, nunca jamás me acostumbraré a tener que limpiar, recoger y hacer tareas del hogar en general el resto de mi vida. Espero ganar lo suficiente algún día para pagarle a alguien y que lo haga por mí, pero teniendo en cuenta que al Octubre Austero probablemente le sigan Noviembre Ahorrador y Diciembre Sencillo, no lo veo muy cercano en el tiempo.

La colada. Me saca de quicio. No sé por qué; creo que es porque consta de pasos diferidos en el tiempo. Es decir: yo para las tareas del hogar tiene que ser que me agarre el impulso y las haga del tirón. Así que cuando me da el impulso de poner la lavadora, todo va bien durante unos diez minutos. Después se me olvida y paso a otra cosa. Para cuando la lavadora termina, yo ya no tengo ni putas ganas de tender. Entonces he de esperar a que me vuelva a dar el impulso mientras me mira con su lucecita roja parapadeante y acusadora cada vez que entro al baño. Tiendo con esfuerzo de titanes y entonces ya paso de destender y la terraza se convierte simplemente en una prolongación de mi armario, hasta que ya no me quedan bragas limpias (lo que yo denomino el Punto Crítico de la Colada) y recomienzo el proceso.

Cambiar el papel higiénico y la bolsa de basura. Curiosamente, sacar la basura no me importa tanto. Me da sensación de "qué buen rollo que los desechos salgan de mi casa puntual e higiénicamente". Pero volver a casa y cambiar la bolsa, no sé por qué, me exaspera. Lo peor es que espero hasta abrir y cerrar el cubo un par de veces para tirar algo y aberrar ante la ausencia de bolsa antes de poner una nueva. Soy lo peor. Lo del papel higiénico es más de lo mismo. He encontrado unos rollos del carrefour que miden en teoría el triple que uno normal, a costa de ser finísimos, claro. Me da igual siempre y cuando maximice el tiempo que tarda en acabarse. Se me está ocurriendo en estos momentos comprar rollos industriales como los de los bares, pero quizá sea excesivo.

Sacar el reciclaje. Dios, esto sí que lo odio. El contenedor de reciclaje está a tomar viento, y nunca mejor dicho, porque lo han colocado en el paseo marítimo y le da un montón el levante. Así que cuando consigo reunir fuerza de voluntad y juntar los diez millones de cartones que he acumulado un mes, salgo al contenedor y el maldito viento me los vuela, con lo que tengo que corretear por la acera recogiendo unos mientras los demás se siguen volando. Reciclar es el maligno. En serio, yo no tengo la puñetera culpa de que los fabricantes lo envasen TODO como si no se fuera a abrir nunca, ni tampoco tengo la culpa de no poder ir ya al mercado los sábados porque quiero escalar. Así que, por favor, un poquito de responsabilidad embaladora o de poner cubos en sitios resguardados.

Lavar los cubiertos. Lavar platos me gusta: es como muy mecánico y además no hay más cojones que hacerlo. No es como por ejemplo limpiar el polvo, que se puede prolongar durante tiempo indefinido. Pero cuando ya tienes todo lo grande listo y sólo te quedan los cubiertos... es lo peor. Es como una propina maligna, y te preguntas cómo lo has hecho para ensuciar tres cucharas, dos cuchillos, un tenedor y el sacacorchos para desayunar. Además, se esconden por lugares recónditos del fregadero para putearte. Tampoco me gusta lavar cacharros muy grandes, rollo ollas y demás, pero creo que eso es por pura incomodidad física.

Pararme en los semáforos. No todo va a ser lo mucho que me aberran las tareas del hogar. Pararse en los semáforos imagino que le incomoda a todo el mundo: por eso es un detalle molesto de la vida. Además, me pasa como con todos los otros detalles molestos: me da coraje TODAS las putas veces. Un poner: la Avenida de Cádiz. No importa lo rápido que vayas o la suerte que tengas: de Cortadura a Puertatierra te van a tocar SEGURO entre tres y cuatro semáforos. Es así, no depende de ti, están programados de esa forma. Pues aun así me creo que podrían no tocarme y me cabreo cuando se me ponen en ámbar.

También me resulta muy, muy molesto tener que subir a los pisos por las escaleras. No sé por qué. Sé que es reciente, pero ahora mismo soy una chica deportista, así que no debería importarme. Hago deporte todos los días, verídico, e incluso hasta podría decir que lo disfruto. Aun así, subo y bajo a mi casa en ascensor SIEMPRE, y son dos pisos. A ver, para ese ejercicio de mierda y para hacer el esfuerzo en momentos en los que no estoy mentalizada, paso y me dedico a ser transportada mientras me miro los bíceps en el espejo.

¿Más cosas? Ponerme y quitarme las gafas cuando me pongo el casco. Que se me quede tieso el flequillo después de la siesta. Los huesos de las chirimoyas, ¿qué le pasaba a Dios cuando las inventó? Los perros. Los perros son muy, muy molestos y no, no me gustan, y no, no pienso que ser un amante de los perros te haga mejor persona. Los abrefáciles que no lo son. Los enchufes difíciles de alcanzar. Ir de copiloto y tener que darle las cosas al piloto porque está conduciendo. Abrir y cerrar manualmente las puertas de los garajes.

Que conste que este post es sólo un break en mi habitual tónica de Dios, cómo flipo con el vivir, y que mañana seguiremos con nuestra programación alegrecompasiva de los últimos meses. De hecho, ya estoy escribiendo mentalmente un post de detalles bonitos que tiene la vida, y que superan con creces a los molestos.

PD: Ésta es la típica entrada en la que no tenéis excusa para no comentar y contarme vuestros detalles molestos, ¿eh? Así que a ver si os comportáis, que los comentarios molan diez mil.

domingo, 16 de octubre de 2011

Por eso me quedé soltera, IV: Mi relación ideal

Últimamente me pasa que ya no busco tanto características concretas en un hombre, sino de la relación que pueda establecer con él. En lugar de hacer listas fastuosas como las cuarenta exigencias de Golfo, pienso más bien en una manera de actuar juntos. En la interacción.

Quiero sinceridad. Que cada paso que demos se base en el intento de ser honestos con nosotros mismos y con el otro.

Quiero tacto. Cariñitos a toneladas. Quiero fisicalidad, que nos toquemos, que nos sintamos, que nos abracemos.

Quiero ternura. Que minimicemos los defectos del otro y amemos sus cualidades. Quiero que mi pareja me mire con cariño cuando soy desordenada, cuando pido más chocolate o cuando me golpeo con el quicio de la puerta porque no tengo equilibrio.

Quiero respeto. Que siempre nos hablemos con consideración y tacto. Que no nos critiquemos nunca delante de otras personas, porque no nos sale. Que no perdamos los papeles ni en la peor de las discusiones.

Quiero humor. Mucho humor. Mucha alegría. Risas, juego, tomarnos la vida en broma, reírnos de los chistes malos, despertar riendo, follar riendo (también se puede follar serios de vez en cuando, que tiene su punto).

Quiero comunicación, lo que no quiere decir hablar obsesivamente de nuestros sentimientos todo el rato. Creo que si los sentimientos están claros y si uno tiene en cuenta el punto 1 (la sinceridad) no es necesario. Pero quiero que estemos en contacto, que nos queramos con palabras. Y, por el amor de Dios, quiero que me conteste los mensajes. Siempre.

Quiero que no haya luchas de poder. Que seamos generosos. Que no se nos olvide el otro y que empaticemos.

Quiero independencia pero quiero que contemos el uno con el otro. Que sea factible cambiar los planes por el otro, esforzarse un poco, sacrificarse a veces. Quiero tener un hueco en la vida de mi pareja. No quiero ser su prioridad siempre, pero sí a veces.

Y que nos admiremos. Que seamos nuestras mutuas personas favoritas. Que sepamos apoyarnos sin asfixiarnos.

Lamentablemente, no tengo claro que esto me vaya a ocurrir y, de hecho, por eso esto va archivado en la saga de "por eso me quedé soltera". Porque, seamos sinceros: la gente está como unas maracas. Los guapos están todos neurotizados. Los buenos están todos pillados, pero los solteros son todavía peores, porque están recubiertos de múltiples capas de despecho y cinismo.

Si confío en un rincón de mi ser es porque, por lógica, pienso: si yo, que soy fabulosa, estoy soltera y disponible y sé querer y existo, debe de haber por ahí otro chico que sea fabuloso, esté soltero, disponible y exista. Y seguro que va buscando a una chica como yo. O quizá no, claro. Yo qué sé. Hoy estoy tan cansada que me siento como drogada. Y no sé ni siquiera por qué he escrito este post. Es un poco absurdo esto de planear cosas o soñar con cosas que no sabes siquiera si van a ocurrir.

En fin. Feliz lunes.

sábado, 15 de octubre de 2011

Pantanos, fotografía y la mente del principiante

Estoy aprendiendo fotografía.

Correción: estoy haciendo fotos.

Yo siempre he acechado la vida más que vivirla. Cuando empezaba algo nuevo, me dedicaba a aprenderlo todo de forma teórica antes de probar la práctica, lo que no es más que una forma difusa y controladora del miedo. Recuerdo cuando me compré la bici en Granada. Pasé semanas estudiando las calles mientras caminaba por ella: en qué dirección iban, cuáles me permitían ir por la acera, cuáles tenían demasiada cuesta y poco espacio para pasar, dónde podía aparcar. La mayoría de la gente se monta en la bici, pedalea y punto. Yo quería tenerlo todo controlado.

Últimamente intento zambullirme más directamente en la esencia de las cosas. No leo sobre escalada: escalo y escucho a otros escaladores. No aprendo fotografía: hago fotografías. Seguro que me beneficiaría de un curso o de más tutoriales, pero ahora mismo sé cuatro cosas básicas y lo que quiero es sacar fotos. Encontrar mi propia forma de hacerlo, experimentar y equivocarme.

Cuando uno lleva tanto tiempo haciendo algo como yo escribiendo, está muy bien aprender otras formas de expresión. Te devuelve al comienzo: cuando estás tan perdido y la distancia entre lo que tu mente imagina y lo que eres capaz de hacer es tan grande que la frustración aparece enseguida. Me llevo la cámara a la montaña y saco fotos mientras la gente escala. Me gustaría aprender a hacer buenos retratos. Los retratos son una cosa linda: otra manera de capturar la esencia de las personas. Un chaval que me molaba hasta que se reveló como un zumbado neurótico me dijo una vez que para hacer buenos retratos hay que ver cómo es la persona y cómo le gustaría ser. Me pareció una frase hermosa y perspicaz, y me pareció una buena definición de mi propio trabajo.

Así que me llevo la réflex al campo con el objetivo chungo que traía de serie y fotografío cosas. Me gusta lo no verbal de la fotografía: cómo te obliga a pararte y absorberte completamente en lo que ven tus ojos, parando por un momento la maquinaria inagotable de la mente. Intentas capturar la sensación en una imagen y en general no lo consigues, pero cundo sucede, o cuando a ti te parece que sucede, es precioso.

El fin de semana pasado fui al Chorro a escalar. Apreté muchísimo y a la tercera vía no podía con mi vida, así que agarré la cámara y bajé hasta el pantano a ver si experimentaba un poco. Me encontraba tan sumamente feliz. Estaba en medio de la naturaleza, acababa de encadenar una vía bonita y moderadamente exigente. Me rodeaban personas lindas y alegres y me había comido un trozo de tarta de chocolate, naranja y nueces demasiado buena para pertenecer a esta realidad.

Bajé por el sendero, llegué a los coches y miré a mi alrededor. Mis ojos capturaban las imágenes y la luz, y después lo que salía en la pantalla de la cámara me resultaba preocupantemente limitado. Saqué las furgos de frente, con la enormes y hermosas paredes de escalada al fondo. Enfoqué las hojas de olivo con el pantano detrás. Caminé hacia la orilla, me saqué los zapatos y metí mis pies doloridos en el agua, pensando en que les voy a coger cariño hasta a los juanetes que te hacen los gatos. Me tumbé en la arena, me agaché sobre las piedras, intenté buscar distintos enfoques, diferentes ángulos. No sabía lo que estaba haciendo, en realidad, pero ya lo descubriría.

Me lo paso bien haciendo fotos. En algún punto me apuntaré a hacer un curso de una semana que dan en Cádiz y que tiene bastante buena pinta. Seguro que así le saco más rendimiento a mi cámara y a mi objetivo chungo. Pero ahora mismo me resulta muy placentero ir por ahí sin exigencias, sin demasiadas herramientas, sabiendo poca cosa más que regular la luz manejando el diafragma y el obturador de forma medio intuitiva. Pero me zambullo en la realidad y busco mi propia mirada de las cosas. No me exijo nada porque no tengo nada.

Aquí os dejo algunas muestras de la tarde del pantano. No tengo ni zorra de procesamiento fotográfico, por cierto, así que están tal cual, con alguna intervención del botón "mejorar" que trae el iPhoto. Lo importante para mí es que esas imágenes están ahí y me recuerdan una tarde linda, un momento solitario y feliz, vagando con la cámara mientras el viento me zumbaba en los oídos, con las paredes de escalada vigilándome eternas y serias, con mis amigos divirtiéndose a lo lejos y la luz de la tarde atravesando los olivos de mi preciosa tierra andaluza.







Mi magnesera querida, que me da apoyo físico y psicológico cuando las vías se ponen chungas.

La orillita. Paso de sacar mis pies, que salen feos.


Amo los olivos. Punto.


Al fondo, Desplomilandia. Preciosas y sombreadas paredes malagueñas.



Y ésta es mi foto favorita del finde. Que estará sobreexpuesta y lo que queráis, pero me da exactamente igual. Blanca se llenó de sol y ese momento no se me olvidará nunca.

jueves, 13 de octubre de 2011

Para Tatiana y su hija

He empezado a escribir un post para Tatiana y luego lo he borrado. ¿La razón? Que he comenzado a sentir una incomodidad extraña. No sólo por escribir sobre el Acné del Averno, que de por sí ya me resulta complicado, sino por escribir sobre el Acné del Averno y mi madre. Luego he dado un par de vueltas por la casa, me he lavado los dientes, me he mirado al espejo, he reflexionado y me he dicho: va, Marina, escríbelo. Luego ya decidirás si lo publicas, pero debes escribirlo y atravesar esa sensación de incomodidad.

No estoy segura de saber qué consejo dar a los padres cuyos hijos tienen problemas de salud. No tengo hijos, y por lo que me han dicho es una experiencia que no se parece a nada. Sí puedo contar en algo mi experiencia como hija con problemas de piel. También hay que tener en cuenta que no creo que sea igual tener una hija con acné que una hija con cáncer, pero bueno; es mi tema y es de lo que puedo hablar.

Ya he comentado que los problemas de piel son un tipo especial de problema. La piel es la barrera que te separa de los demás, y se pasa mal por ella en la medida en que se pasa mal por los otros. Nos daría igual tener acné si no hubiera nadie para verlo: es la reacción de los demás ante nuestra piel, o más bien la reacción que pensamos que tendrán los demás ante nuestra piel, lo que tememos de verdad.

Cuando, además de afrontar nuestro propio dolor, tenemos que afrontar el de las personas que nos quieren, se vuelve doblemente duro. En el caso de mi madre, ella me veía y me ve sufrir tanto por mi piel que tiene el mismo pánico que yo a que empeore. Lo ha pasado igual de mal que yo o peor con cada rebrote maligno. Llegamos a un punto en el que una de las cosas que más miedo me daba de empeorar era decírselo a mi madre. No quiero que esto se interprete como que ella ha actuado mal o ha tenido la culpa de nada, porque siempre me ha apoyado muchísimo en todo este tema, tanto emocional como económicamente. Pero sí es verdad que a veces su angustia me angustiaba.

Tatiana: por mucho que sufras por tu hija, no puedes sufrir tanto como ella. No le hará ningún bien. Es su piel y es su problema, es decir: no puedes apropiarte de él. Es bueno que trabaje el aspecto psicosomático del asunto: no sólo hasta qué punto puede influir lo psicológico en la enfermedad o sus manifestaciones, sino también la aceptación y la capacidad para convivir con ella. A ti te toca también trabajar esa aceptación. Si ella percibe tu pánico, el suyo crecerá. Necesita espacio para poder sentir su dolor y su miedo sin que a ti te aterre.

Cuando dejé la píldora, una de las cosas que más me importaba era que mi madre supiera que yo estaba bien. Se lo decía cada vez que hablábamos por teléfono: "Creo que va mejor, creo que está funcionando". Entonces me di cuenta de que mi piel empeoraba sospechosamente cada vez que iba a Málaga, y que era lo que más me preocupaba antes de ir allí. Necesitaba demostrarle a mi madre que estaba bien y que controlaba la situación, que había tomado la decisión correcta y que sabría salir de aquello. No deja de ser curioso cómo eso se puede extrapolar a más facetas de mi vida, no sólo a la piel.

Al final, una de las veces que fui a Málaga me senté con mi madre y le dije que necesitaba que no se preocupara por mí. Que a lo mejor mi cara empeoraba, pero que no era tan terrible y que la necesitaba tranquila para poder seguir buscando una solución. No sé exactamente cuáles fueron las palabras que utilicé, pero el mensaje era ése. Ella me dijo: "si yo sé que a ti no te preocupa, a mí no me preocupa". "A mí no me preocupa", dije yo, y ahí zanjamos el tema.

Me da la impresión de que desde entonces ha disminuido la importancia que mi madre le da a mi acné. El otro día hablábamos por teléfono y yo le dije que tenía la cara mucho mejor. "Yo creo que eso ya se te está quitando, Pitu", dijo ella, como si el acné fuera un problema común, corriente y transitorio en lugar de la Enfermedad Maligna y Temible con la que hemos luchado toda mi vida adulta. Quizá lo sea. Y después pasamos a otro tema y punto.

Los hijos tienen que luchar sus propias batallas y ya tienen bastante con su miedo. Eso no quiere decir que haya que trivializar su sufrimiento, pero tampoco hay que apropiárselo. No serás mejor madre por sufrir tanto como tu hija, así que no hagas que ella lleve también el peso de tu miedo sobre sus hombros. Es chungo tener problemas de piel, pero todos tenemos problemas. Tu hija se tendrá que enfrentar a muchos de ellos y tú no podrás protegerla. Su enfermedad será una manera de aprender y de crecer, y en ese proceso tú podrás estar con ella, pero no podrás ser ella.

Como tú muy bien has dicho, podría ser peor. Se puede vivir una vida feliz y hermosa con la piel chunga. Se puede amar y ser amado, ser puede una sentir guapa y estupenda y digna de aprecio. Tu hija es preciosa, seguro, y si tú puedes ver su belleza podrás ayudarle a que ella también la vea. La vida está llena de cosas hermosas, más allá de unas manchas o unos granos en la piel, y debemos ser agradecidos.

Espero de verdad que tu hija mejore y que las dos consigáis salir de ésta. No os deis por vencidas. Explorad distintos caminos, trabajad por una solución o por un alivio sin olvidaros de vivir el presente. Siento que tengáis que estar pasando por esto, pero seguro que saldréis fortalecidas. Y de verdad que os deseo lo mejor.

Os mando un abrazo grande, grande.

miércoles, 12 de octubre de 2011

Lo que de verdad quiero escribir

Llevo una hora intentando escribir. Lo juro. Pero estoy muy cansada. Muy, muy cansada. Iba a escribir cuatro frases para disculparme, pero de alguna forma siento como si eso fuera darme por vencida y me deprime. Así que utilizaré la técnica de "lo que de verdad quiero escribir". Consiste en empezar con esa frase y darle un poco a la escritura automática, sin pensar demasiado. Quizá el resultado sea confuso, así que os pido disculpas de antemano.

Lo que de verdad quiero escribir es que DDM es rubio y me encanta. Que hoy pensaba: "me gusta tu fenotipo", mientras le veía escalar sin camiseta y me fijaba en su piel pálida y un poco pecosa, su pelo claro y cortito y sus ojos azules o verdes, no lo tengo claro, mirando atentamente la roca. Me recuerda a algún actor/cantante americano, pero quizá no sea a ninguno en concreto, sino al concepto de actor/cantante americano. Cuando sonríe me destruye. Al mismo tiempo, no creo que vaya a salir nada de esto, no sé por qué. Lo intuyo, punto.

Lo que de verdad quiero escribir es que hoy iba pensando que escalar tiene todo lo que tiene la vida en dosis pequeñas. Tiene miedo, superación, autoconocimiento. Amigos, campo, planes, emoción. Adrenalina, refuerzos positivos, castigos inmediatos. A lo mejor por eso hay quien vive para escalar: porque, realmente, cuando te metes en el asunto no parece que te haga falta mucho más. Pero tranquilidad, que no pienso dedicarme sólo a escalar y escalar como si no hubiera un mañana. Que todavía me gusta la vida cuando no incluye cuerdas.

Lo que de verdad quiero escribir es que me gustaría muy mucho que las cosas con J. hubieran salido bien. Con J. o con alguien. Me gustaría no tener que recorrer el camino hacia volver a conocer tanto a alguien y que ese alguien me conociera a mí y supiera de mi vulnerabilidad. los comienzos me asustan, me inquieta volver a ponerme en esa cuerda floja en la que cada cosa que dices o haces te puede inclinar hacia el vacío.

Lo que de verdad quiero escribir es que ser tierno no es más que reconocer que el otro, como tú, está roto y es frágil, y que eso no es una debilidad ni una vergüenza: es bonito. Por eso no podría convivir con la falta de ternura: porque necesito que alguien entienda a esa parte de mí que está rota.

Lo que de verdad quiero escribir es que la vida me supera, me arrolla, me pasa por encima como un tsunami gigante, y si tan sólo pudiera pararla un rato, ponerla en pause para reflexionar un poco, para que se asiente todo lo que vivo y siento antes de que nuevas vivencias y experiencias tomen el sitio de las anteriores a toda velocidad... O al menos pasar rápidamente al final de la película y ver que todo sale bien, para después volver al principio y ser espectadora de mi propia vida, tranquilamente, sin aprensión, comiendo palomitas en la cómoda butaca de mi mente.

Proyecto

Ciruelos y ciruelas:

Llevo ya un tiempo barruntando la idea de escribir un blog sobre psicología/autoayuda/espiritualidad/crecimiento personal, llámalo X. Me gustaría enfocarlo de manera distinta a lo que ya hay: que fuera algo divertido, pragmático y un poco extremo, ya me conocéis. Por un lado lo quiero hacer por gusto, pero también con vistas a mi desarrollo profesional, es decir: darme a conocer, poder publicar artículos en plan divulgativo en otros medios, gestar el embrión de un best seller millonario que me permita vivir sin dar golpe... etc etc. Todo esto poco a poco y como vaya surgiendo.

Me gustaría que me contarais si, conociéndome ya bastante y habiendo leído artículos míos de ese estilo, podría ser interesante crear algo así. Si os gustaría leerlo. Qué os gusta más y qué menos cuando escribo sobre esos temas. Qué enfoque podría adoptar, qué tono, si estaría bien incluir anécdotas mías, anécdotas de pacientes... lo que se os ocurra. También me sería muy útil un título.

Mañana prometo volver con un post más enjundioso, o algo.

Gracias de antemano y buenas noches.

Os quiero.

lunes, 10 de octubre de 2011

Supervivencia emocional III: Sobre seguridad y protección

Al final sí que está adquiriendo esto toda la pinta de convertirse en una magna obra de la autoayuda al límite... Anónimo76: tienes derecho a parte de los beneficios.

La mayoría ya sabéis, o intuís, que he tenido una especie de desengaño pseudoamoroso en las últimas semanas. Después de años repitiendo el bucle de mi vida con y sin J., esto ha sido como recordar de golpe lo maravilloso y lo terrible que puede llegar a ser involucrarse emocionalmente con alguien. Ya estoy mejor, porque yo soy una chica resiliente, pero la semana pasada se me juntó toda esta historia con el síndrome premenstrual y tuve momentos de estar verdaderamente cabreada, desilusionada y triste.

Lo que más me preocupaba del tema no era lo que había pasado, porque al final no tiene remedio y ha sido como ha sido, y porque creo que por una vez en mi vida miserable de ameba del amor he actuado bien casi todo el rato. Me preocupaba no saber cómo iba a protegerme de algo parecido en el futuro. Repasaba todos mis movimientos, mis acciones, lo que había dicho, mis niveles de atención/cariño/pasión. Me preguntaba si había sido demasiado clara, intensa, directa, arriesgada, llámalo X. Por más vueltas que le daba, siempre concluía que lo haría todo otra vez más o menos igual, y eso me angustiaba a morir porque quería encontrar la forma de evitar sentir de nuevo ese dolor.

Esta mañana he ido a Sevilla con José Luis a un curso de sistémica sobre terapia de pareja. Mi profesión es TAN bonita. El ponente de hoy era un poco monótono, pero me encanta tener un trabajo donde la gente se reúne durante horas a debatir cómo puede hacer que otra gente se sienta mejor. Es como que te chorrea el buen karma por las sienes.

El ponente ha dicho que una de las labores del terapeuta es construir significados nuevos. Darle una narrativa distinta a los mismos hechos, de forma que lo que ha pasado sea menos doloroso porque se puede entender. A veces es tan sencillo como eso. Una parte importante es quitarle al otro la intencionalidad negativa. El otro no nos hace daño porque nos odie ni porque sea una mala persona. Lo hace porque lleva su propio equipaje y porque sufre; la mayoría de las veces apenas tiene que ver con nosotros.

Me ha gustado esa visión tan compasiva de la terapia. Ayudar a construir una comprensión del sufrimiento del otro: generar empatía, disolver el rencor y la rabia, ayudar al perdón. Son cosas que le molan a la yo pseudobudista, que quiere ser toda amor aunque luego le pegue un par de gritos a los viejos que conducen vespas con cascos de mediohuevo.

A mitad de la conferencia he salido a tomarme un café de máquina porque me estaba quedando sopa después del madrugón. He sacado un capuchino de esos liofilizados y asquerosos y me he salido a la parte delantera del aulario del Virgen del Rocío. El sol ya empezaba a calentar y las estudiantes de medicina paseaban sus melenas larguísimas por las aceras del campus. He pensado que todo eso de la compasión es cojonudo, y que yo siento empatía por los teleoperadores, los perros y los bancos del parque, pero que sigo teniendo la misma duda. Cómo cojones me protejo yo. La semana pasada me vacunaron contra la gripe, ¿no hay vacuna contra el desamor? Que me la pongo aunque sea cara.

Entonces, justo ahí, sosteniendo mi vaso de café mientras contemplaba a la gente, he tenido una revelación. Tú ya te has protegido, Marina. Lo has hecho bien. Has vivido la situación, has calibrado los riesgos, has decidido dar y has dado mucho. Te ha costado un poco, pero cuando la cosa se ha puesto chunga has sido capaz de analizar la realidad, hacerle caso a tu corazón y bajarte del tren cuando no te molaba la estación a la que se dirigía. Has sabido protegerte. Lo que pasa es que no es lo mismo protegerse que blindarse. No es lo mismo no sufrir que no sentir.

Es como en la escalada. Ya te puedes poner arneses, cuerdas y cascos, que escalar duele. Lo sentimos, pero es así: te duelen los dedos, se te pelan las yemas, se te cansan los músculos, tienes agujetas, te golpeas las rodillas si como yo eres medio monguer y apoyas mal los pies. Escalar duele y vivir duele. No hay más cojones. Vives y te estás muriendo, ¿qué quieres que te diga? ¿Que hay una manera de pasar por la existencia sin mal de amor? ¿Sin que te duela perder a alguien que te gusta? ¿Sin experimentar decepciones, vacíos, inseguridades y miedo? Pues no creo que exista, Marina, francamente.

El otro día me miraba la quemadura que me hice en la pierna con la cuerda de escalada hace ya casi un mes y que está ya prácticamente curada, aunque me ha costado penar tela con el Furacin y sus muertos. Me encantan las costras y observar cómo se cierran las heridas: me enseña que la naturaleza del cuerpo es sanar, si se hacen las cosas bien y se espera lo suficiente.

El corazón también sana, y lo hace mejor si las heridas son limpias.

Sé protegerme. Por eso arriesgo.

domingo, 9 de octubre de 2011

Clasficaciones inventadas, I: Los niveles del gustar

Este fin de semana, entre trepajes y furgoneteos varios, andaba yo pensando en los matices del gustar. Cómo la atracción es tan variada y sutil como personas hay en el planeta tierra. Ahora que navego más a gusto por los mares de la soltería, sobre todo desde que me dio por escalar y estoy comprobando que hay un porcentaje preocupante de escaladores buenorros, me he dado cuenta de que te pueden gustar tíos/as de muchas maneras. A continuación os cuento los niveles del gustar que he experimentado yo, aunque no sé si están todos los que son o son todos los que están. Es un primer borrador.

No te gusta pero querrías que te gustara. Esto quiere decir que a cierto nivel sí te gusta. Te parece guapo, conveniente, buena persona, apropiado, cómodo. Pero falta algo. Quizá lo que podríamos definir como chispa. Ni siquiera se trata de atractivo físico, porque a mí me ha pasado esto con chicos que me parecían realmente guapos y es muy triste. A veces he llegado a pensar que se trataba sólo del olor, o de las feromonas. El caso es que cuando pasa, no tiene remedio. Y para los que no saben si la chispa es importante, repetiré lo que le comenté una vez a Primaveritis: intenta arrancar una moto sin chispa. Intenta encender un mechero sin chispa. Nada que hacer.

Una variante es cuando no te gusta pero querrías que te gustara porque tú a él sí le gustas. Esto es una putada. Piensas: con lo a gusto que me daría yo el lote con este chico, que está tan bien dispuesto y que me mira con ojos de cordero degollado, si tan sólo me atravesara una pasión devastadora por él, aunque fuera un ratito. Pero nada, que de donde no hay no se puede sacar. Como leí una vez en algún sitio: en el mundo sí hay amor, pero está mal colocado.

Te hace gracia... pero en verdad no. Conoces a un chico, te fijas un poco y no tienes claro si te gusta o no. Se decidirá en sutiles matices: lo que diga, lo que haga, su voz, su acento, su sonrisa... Aquí cada uno tiene miles de millones de manías; un poner: no creo que pudiera enrollarme con un tío que cecea. La cortada de rollo se puede producir en un segundo. Cuando yo tenía diecisiete años me pasé un montón de días muriendo de amor por el monitor de un campamento, que encima también me hacía ojitos... hasta que me confesó que no quería cumplir veinte años siendo virgen. Cortada de rollo mortal. A mí se me puede cortar el rollo en milésimas de segundo por detalles diminutos; no sé si le pasa a todo el mundo, pero me jode porque me estropea hermosas posibilidades amatorias.

Te hace gracia... y al final sí. Esto mola. Esos momentos en los que estás decidiendo si un maromo te entra o no por los ojos y por el corazoncito... Saludas, das dos besos, te presentas... luego charlas un rato, te vas, le miras de reojo, charlas, te vuelves a ir y cuando te quieres dar cuenta resulta que sí, que te mola. A partir de ahí, según se desarrolle la cosa y dependiendo de si triunfas o no, será más bien bonito o más bien frustrante. Pero en general me gusta cuando alguien me gusta, valga la redundancia.

Te da igual una cosa que la otra. Éste es un nivel agradable del gustar, más que nada porque te permite maniobrar con comodidad. Si alguien te gusta de verdad de verdad, te vuelves gilipollas, estás acojonado, todo te importa un montón y no sabes muy bien cómo actuar. Pareces estúpida, te muestras ansiosa y esto puede deteriorar tus habilidades de ligue, e incluso ahuyentar al chaval. Si te la pela un poco, en plan "oye, pues yo te daría bambú, pero tampoco creo que vayas a ser el padre de mis hijos", es mucho más fácil ser natural, interesante e incluso hacerte la difícil... porque no es que te hagas la difícil, es que como te da un poco igual puedes llegar a pasar del tema y a provocar el instinto cazador del maromo en cuestión. Los tíos son así. Lo que pasa con este nivel del gustar es que como arriesgas poco, también ganas poco, y es probable que lo que suceda no quede para la historia de "ligues que nunca olvidaré y contaré a mis nietos en plan Los Puentes de Madison".

Te duele mirarle. Aquí ya estamos hablando de palabras mayores. Es esa persona que parece que se construyó en un molde de feromonas a imagen y semejanza de las tuyas. Que combina un atractivo natural con parecerse a tu actor favorito, u oler super bien, o tener gestos adorables, o una voz increíble, o unas manos de ensueño, o todo a la vez, y viste bien, y su altura es perfecta, y calibra bien el tonteo, y no la caga ni te corta brutalmente el rollo... cuando el porcentaje de seguridad de los niveles a los que querrías tener sexo con esa persona es de un 100%. Cuando se acerca a ti caminando por la calle y tú te sientes la persona más afortunada de la tierra. Cuando te duele mirarle.

Normalmente el Dolor De Mirar (DDM) no aparece así de forma súbita y gratuita, porque para que sea verdadero tiene que combinarse con cierta atracción intelectual/emocional y cierta interacción persona-persona. Esto quiere decir que un tío puede evolucionar desde el nivel "te hace gracia y al final sí" o incluso desde el de "te da igual una cosa que la otra" al nivel DDM.

El dolor de mirar no correspondido es mortal. Es como "Señor, por qué pones frente a mí a este ejemplar si me está vetado. Por qué no seré como Scarlett Johansson y me los podré llevar a todos al huerto con un pestañeo. Por qué, oh, por qué tengo órganos sexuales si no los puedo utilizar con este maromo." Muy, muy frustrante. Es regresar a la adolescencia, cuando me gustaban chavales guapérrimos tres años mayores que yo que ni me miraban ni lo harían jamás. Prefiero estar muerta por dentro, gracias.

El dolor de mirar correspondido es mortal también. Mortal de precioso cuando sucede, cuando realmente ESTÁ PASANDO AHORA EN ESTE INSTANTE y tú querrías tener más piel y más ojos sólo para poder sentir con más intensidad. Pero el dolor de mirar es finito, por una cosa o por otra; es más, la propia finitud del fenómeno puede incrementar los niveles de dolor. No es lo mismo saber que vas a ver a ese chaval todos los días de tu vida que cuando, por ejemplo, es un italiano hippy buenorro del que te despedirás en veinticuatro horas para siempre jamás. Entonces la cosa se vuelve agotadora. Te quieres morir y matar al mismo tiempo. Sabes que se terminará, incluso si no es italiano, porque al final a todo se acostumbra uno, y a mí J. me daba dolor de mirar al principio y luego había días que me daba dolor, pero de cabeza.

Además, el dolor de mirar es una droga dura. Es puro crack adictivo para tus neuronas del amor. Y cuando se acaba, por una cosa o por otra, quieres más y más, y estás dispuesto a hacer lo que sea por conseguirlo. Ahí se gestan los amores fatales y los dramas de la vida: en ese apego tremendo a lo que sientes cuando esa persona te permite tocarle, y mirarle, y olerle y darle bambú, y luego de repente no. La mayor putada de la vida ever. Si te pasa (y te pasará) céntrate en que aunque piensas que no, muchas otras personas te pueden dar DDM, de verdad; es pura cuestión de números y hay más tíos que peces.

La cuestión de este asunto, ahora que lo pienso, es que en mis relaciones serias siempre ha habido dolor de mirar. Cuando no lo ha habido, cuando la cosa ha sido dudosa y no he tenido al menos al principio momentos de "me quiero morir de lo mucho que me gustas", el tema no ha tirado para adelante. Así que me pregunto si será una condición necesaria para encontrar el amor verdadero o si un tío en alguno de los niveles anteriores puede evolucionar hasta ser el padre de mis hijos. La cosa me preocupa (relativamente, teniendo en cuenta que el nivel de problemática de mi vida actual tiende a cero). ¿Opiniones, gustos, colores?

Nota para cotillas: sí, ha aparecido recientemente uno de nivel DDM. Ha llegado a ese nivel en dos horas. Y ahora yo padezco una curiosa mezcla de emoción y miedito.

jueves, 6 de octubre de 2011

Fa che sia Vita

Hoy ha sido un día extraño, de estos de todo cambia cambia todo y no puedes estar puteada mucho tiempo porque el mundo no te deja. De esos que cuando te pones a repasarlo sentada frente al escritorio se descomponen en momentos brillantes como los cristales de un caleidoscopio. Momentos de vida en tecnicolor.

Me he levantado encontrándome fatal, pero fatal de la vida. Lo he achacado a que ayer me pusieron la vacuna de la gripe y me habrá hecho una mini reacción, porque me dolían todos los huesos como si se me estuvieran deshaciendo. A media mañana he hecho relajación con la hija de una paciente alcohólica. Sé que trabaja y estudia, y que hace encaje de bolillos para dedicarse este rato, así que pongo todo mi esfuerzo para que mi voz rasposa suene lo más calmada posible. Se tumba en la camilla sin quitarse las gafas, y cuando al terminar me dice que cree que se ha dormido le digo que no importa. "Será que tu cuerpo lo necesitaba". Después de que se marche me tumbo yo en la camilla un rato, cierro los ojos y me mando metta a mí misma: "que este corazón herido sane, que este cuerpo dolido se libere".

Cuando vuelvo al despacho me llama el trabajador social. "¿Quieres ver algo bonito?", pregunta, y me lleva a la ventana de su consulta. Desde allí podemos ver el patio de la guardería cercana, donde diez o doce niños de menos de dos años están sentados muy serios en sus sillitas. Por conjunción de los astros ninguno llora, y les ves ahí, tan peinaditos y frescos en el aire de la mañana que casi puedes oler el nenuco en sus coronillas.

Al mediodía me sigo encontrando fatal. Tengo un hambre del Averno y no puedo subir al comedor hasta que no llegue José Luis. Me compro una tableta de chocolate negro en el Supersol y me la voy comiendo mientras camino por la Avenida pensando: soy un espíritu hambriento, algo dentro de mí no se calmará nunca y el chocolate no es la solución. En el comedor una médico desconocida me cede el último caqui. En realidad está verde y me pica toda la boca como si estuviera comiendo pelusa, así que tengo que escupirlo y enterrarlo bajo servilletas para que la médico amable no vea cómo lo tiro.

Al salir del curro me acerco a la playa de Cortadura, donde Irene, Pablo y Eva están tirados al sol después de pegarse una mariscada en casa de Pablo. Qué mal vivimos, dicen, cuánto sufrimos. Se les ve plenos, morenos y bellos en este sol de octubre tan tranquilo y raro. No van a estar plenos, los cabrones, si han ido al mercado esta mañana y luego se han puesto ciegos de buen marisco gaditano a siete euros por cabeza. Mañana nos vamos al Chorro. Planeamos la logística del Mercadona y el porcentaje de personas que habrá por cada perro y de botellas de vino que habrá por cada persona.

Luego Pablo y yo nos vamos al roco a entrenar un rato. Me siento capaz y fuerte hoy, con ganas de apretar. Voy con tanto ímpetu que me caigo desde las presas de arriba y vuelo un par de metros antes de aterrizar de espaldas sobre los colchones. Cualquier día me quedo gilipollas con esto de la escalada y la vigorexia, pienso, y justo entonces entra un chico mayor, con el pelo largo y una camiseta de los Ramones, que le explica a mi profe que tuvo un accidente hace años en las calas de Roches y que le gustaría escalar. Lleva bastón y no tiene claro cómo acceder desde su coche a los sectores. Dios, cómo amo a mis brazos y a mis piernas, pienso.

Trepamos un rato Pablo, una chica nueva, un chico también nuevo preocupantemente guapo y yo. El chico preocupantemente guapo marca fatal, pero me sujeta suavemente por los riñones cuando hay un paso largo y a mí me da lo mismo cómo marque. Me perturban los guapos y sus sonrisas, y me perturban todavía más los guapos que parecen simpáticos, y éste sonríe y parece simpático y es amable y me perturba.

Y luego cañas, tapitas, el aire templado de este otoño que se resiste a serlo. Yo no sé a vosotros, pero a mí últimamente me resulta fácil encontrar la bondad y la belleza a mi alrededor. No sé si será porque las busco o porque tengo un montón de suerte. Pero en realidad, a pesar de lo que publique aquí en mis grandes momentos de éxtasis pseudoliterario, vivo rodeada de un montón de miserias. Quiero decir, que hoy he tenido que escuchar a un chaval explicarme que le habían llevado a prisión por "cuatro puñalaíllas", así, textual, cuatro puñalaíllas que según él eran en defensa propia. Luego ha contado que hace cinco años encontró a su hermano colgado en la lámpara de su habitación. Y al mediodía, mientras esperaba frente a la UCI pediátrica a que llegara José Luis, ha pasado una camilla con un niño; son curiosos los niños camino de quirófano, porque suelen ir sentados en la cama, mirándolo todo con atención mientras su padre o su madre se clavan una sonrisa con chinchetas.

Lo que quiero decir, y me he liado hoy mucho muchísimo, más de lo que suelo a pesar de tener siempre la tecla fácil, es que si tienes brazos, y piernas, y la cabeza sana, y amigos, y dinero para llegar a fin de mes, y un techo sobre tu cabeza, y aire, y sol, y Cádiz o no Cádiz pero lo que sea... si estás medio bien, qué quieres que te diga: ser feliz, encontrar la verdad y la bondad y la belleza a tu alrededor todos los días, esforzarte por ver lo bueno de la gente... no es un privilegio ni una estupidez de neohippie: es una obligación moral. Tienes la Obligación Moral de buscar tu felicidad y después repartirla. Si estás descontento con algo, cámbialo. Búscalo, esfuérzate, sonríe. Vive y ama, joder, que esto son dos días.

Y después de daros, una vez más, esta chapa inmensa a la que deberíais estar acostumbrados, me voy a dormir en mi casa tranquila, en mi barrio lindo, en mi vida en tecnicolor.

miércoles, 5 de octubre de 2011

Pacientes, uñas, mi blog es un bucle y los títulos cada vez se me dan peor

Pues todo apunta a que me voy a convertir en una de esas personas irritantes que no pueden estar sin hacer deporte ni sin escribir. Yo que pensaba que mi cuerpo y mi mente tendían de manera automática a la vagancia, y resulta que esto de cansar los músculos físicos y/o los psicológicos tiene su puntito adictivo.

Todo esto lo digo porque hoy, después de darme mi machaque piscinero de miércoles, cenar una ensalada rica, cantar un rato con la guitarra y meditar, he mirado el móvil y he pensado "mira tú, las diez y media, una hora estupenda para meterme en la cama y recuperar el sueño que llevo atrasado desde junio". Me he tumbado boca arriba haciendo la equis y me he dicho "encima ya has escrito un post esta mañana, Marina, en un alarde de previsión y premura, así que te puedes dormir con la tranquilidad del deber cumplido". Pero me debo de haber sugestionado, porque he pasado una hora con los ojos como platos y al final me encuentro aquí, con un paleocao calentito entre las manos y la ventana de blogger otra vez abierta.

Esta tarde he ido al equipo a ver a un par de pacientes que tenía pendientes de antes de verano. Una es P., mi paciente favorita, que está mucho mejor. Le he dado el alta y me he permitido el gusto de quitarle del ordenador el diagnóstico de trastorno de personalidad que le puso el psiquiatra, que en Salud Mental se reparte como reparten folletos los compradores de oro: a cascoporro. P. no tiene un trastorno de personalidad. P. tiene problemas, como todos, y busca soluciones, como todos, solo que a veces las encuentra y a veces no. La he visto increíblemente relajada, contenta y dulce. No sé qué ha marcado la diferencia entre que su ansiedad la paralizara y que ahora pueda convivir con ella. Tal vez haya sido yo, tal vez el trankimazin retard. Quién sabe.

Ha sido bonito ver pacientes de nuevo, aunque el equipo de Cádiz me deprima como pocos edificios del mundo. Siempre he dicho que el problema está en el color de las paredes. No sé a qué arquitecto iluminado se le ocurrió la idea de pintar un centro de salud mental de gris asfalto. Aun así, es genial entrar en la consulta y repetir los gestos familiares: encender el ordenador, introducir mi clave, abrir las historias. Sacar mi archivador atestado de papeles y buscar mis apuntes a mano sobre los pacientes, escritos con una letra tan fea que hasta a mí me cuesta entenderla. Repasar los genogramas para acordarme de los nombres de los padres, las parejas, los hijos. Cada historia clínica es eso, una historia, y cuando la escribo en el ordenador o la repaso en mis papeles sucios siento que estoy honrando la individualidad de esa persona, el relato de su sufrimiento, su propia huella sobre la tierra. Todos somos prescindibles e importantes al mismo tiempo.

La otra paciente, S., tiene un problema alimentario y está fatal. Me da pena, porque es una buena chiquilla, muy dulce y con capacidad de darse cuenta de las cosas, pero está atrapada en sus impulsos y en su mente. Ayer hablaba con Elsa de lo difícil que es contemplar el sufrimiento de los demás cuando no puedes hacer mucho por remediarlo. Supongo que podría trabajar más con S., pero como no voy a ir por las tardes tengo que derivarla. Pero no es sólo que no vaya a verla más, o que no me sienta con la capacidad o los recursos para tratar un trastorno alimentario, sino que ahora mismo la percibo aferrada a su sufrimiento y no sé si yo o mi intento de ayuda tienen cabida. A veces se puede y a veces no. Así que me siento frente a ella y la contemplo en sus detalles tiernos. Me gusta mirar cómo se arreglan los pacientes: sus pendientes, el tinte del pelo, la ropa que eligen... me parece como un gesto de compasión hacia sí mismos que está presente en todos y no sé por qué, pero me conmueve.

Hablo con S. y la escucho, sobre todo. Me dice que me ha echado de menos en verano. Pienso que mis pacientes podrían formar un grupo en Facebook: yo también quiero que Marina siga pasando consulta en Cádiz, y la idea es egocéntrica y graciosa y me hace sonreír. Mis pacientes me aprecian, y yo en general les aprecio a ellos. Aunque no sé si tiene mucho mérito que me digan que me echarán de menos. Tiene que ser muy agradable ir al psicólogo. Cuando hablas con una persona cualquiera, normalmente la conversación no es más que una alternancia de "pues yo" y "pues a mí". Un psicólogo te presta toda su atención, a ti y a tus pequeñas desdichas, y eso por sí solo tiene que ser muy terapéutico.

Al final acabo diciéndole a S. lo que digo siempre cuando alguien está desesperanzado y cuando yo no tengo ni puta idea de qué decirle: "poquito a poco". Como intervención terapéutica es una mierda, pero no deja de ser cierto. Poquito a poco, S., si perseveras, encontrarás una solución porque, como dice siempre mi padre, en esta vida todo tiene solución menos la muerte. Pero eso ya no se lo digo, que mezclar la psicología con mi padre y sus dichos populares me parece pasarse de campechana.

Termino mi consulta superbreve, salgo al pasillo, intercambio un par de frases con el guardia de seguridad. Tengo que mandar un fax para cambiar la guardia de este mes con mi R pequeña, así que enciendo el ordenador de administración y tecleo rápido. Me gusta saber dónde están las cosas y poder manejarme. Entro al despacho de Pilar, mi psiquiatra amiga, y charlamos un rato sobre la guardia que me he cambiado para que me toque con ella. Le acaban de regalar una polvera de Chanel muy bonita y me pregunta cómo se abre. Yo le enseño mi esmalte de uñas nuevo, el naranja fosforito, porque a Pilar siempre le han gustado mis uñas de colores. "Es que te las pintas muy bien", me dice siempre, "a mí me quedan como rugosas". "Es la calidad del esmalte, Pilar", sentencio yo, y pienso que en ese anhelo de pintarse las uñas hay unas ganas ocultas de llevar color en las manos.

Y es lo guay de escribir, que te permite cristalizar los momentos en un álbum físico-psíquico-emocional y darte cuenta de las cosas. Como me pasó ayer, que me di cuenta de que tenía que ser compasiva hacia mí misma. O como ahora mismo, que se me acaba de ocurrir que no estaría mal llevarme un par de esmaltes a la guardia y enseñarle a Pilar que cuando la materia prima es buena, el acabado también tiene que serlo. Que la perfección se alcanza con la práctica. Y que nunca es demasiado tarde para llevar las uñas de un color encantadoramente hortera.