Esta mañana el terapeuta ocupacional del centro donde trabajo me ha invitado a hacer relajación con él y con una paciente. Es un tipo un poco extraño que colecciona smileys y está especializado en risoterapia. A mí tanta risa así por huevos no me inspira confianza; me resulta un poco agresiva. No en vano reírse es enseñar los dientes.
En cualquier caso, me apetecía relajarme esta mañana. Hace un par de días que empecé a meditar de nuevo, en la típica disyuntiva de o medito o me vuelvo loca, y cada vez que lo retomo después de un tiempo sin sentarme paso unos días terribles, con las emociones a flor de piel. Es como si abriera una presa invisible y tuviera que aguantar el violento empuje del agua antes de que pueda volver a su cauce.
La paciente me ha explicado que lleva dos años viniendo a relajación y que le está siendo muy útil. "Ya sólo me tomo el valium cuando no puedo más", comenta antes de empezar. La sala es grande, está cubierta de parqué y huele a incienso. Suena una de esas musiquillas cutres de flauta y campanitas tipo Natura y las persianas están bajadas. La paciente se tumba en la camilla y yo coloco dos aislantes en el suelo. Me quito las sandalias, el reloj y los pendientes, me tumbo boca arriba y me tapo con una mantita ligera, porque sé que en breve el aire acondicionado empezará a molestarme.
El risoterapeuta habla de sentir el cuerpo y decirse a uno mismo "estoy bien, estoy en calma, estoy tranquila". Las instrucciones son un poco batiburrillo entre relajación, meditación y visualización, pero procuro no juzgar y hacer lo que me dice. Yo visualizo fatal. Me hago un lío con las perspectivas. Por ejemplo, si estoy tumbada y visualizo un campo, ¿el campo tiene que estar horizontal al suelo o paralelo a mi cara? No sé si me explico. Parece una duda estúpida, pero a mí me perturba.
Más que relajarme, me abandono a no hacer nada. Es agradable, en el sentido de que mientras estoy ahí tumbada y el risoterapeuta sonriente enuncia las instrucciones con voz grave, me siento cuidada de una forma colateral. Cuando te acostumbras a estar en el otro lado (el lado que escucha, el lado que dice las instrucciones, el lado que asiente y comprende y empatiza), es raro cambiar de frente y que alguien intente hacerte sentir bien a ti.
Vivimos en un mundo en el que la gente pasa de la gente, eso está claro. A mí en general no me cuida nadie. Me cuido yo bastante bien, las cosas como son, que hacia mí misma soy una mezcla entre autoindulgente y hedonista, pero nadie más. Me acuerdo de cuando estuvo MQEN visitándome hace un tiempo. Yo tenía que descargar un programa para uno de los módulos que tenemos que hacer en la residencia y no era capaz de encontrarlo. Estaba cansada y quería dormir la siesta. MQEN me dijo que podía dormir mientras él lo buscaba, y esa sensación de alguien haciéndose cargo me resultó extraordinaria. No estoy acostumbrada a eso últimamente. Yo reconozco que voy por la vida como si no me hiciera falta nadie y tal, pero hoy, mientras intentaba visualizar un prado horizontal a mi cara tumbada en los aislantes, me ha dado miedo de que ese cuidado indirecto y ridículo me hiciera llorar.
Esta noche estoy triste y dolorida. A veces una hace lo que puede: medita, nada, charla con amigos y escribe, y aun así se siente el corazón como debajo de una apisonadora. Menos mal que es pasajero y menos mal que sé que el agua correrá tranquila si le doy el tiempo suficiente para que lo haga. Pero por hoy es mejor dormir, así que buenas noches.