En la última guardia que hice tuvimos que ingresar involuntario a uno que decía que una vecina estaba en su contra y le había robado sus poemas. Era el primer ingreso involuntario que veía, y cuando los de seguridad subieron al hombre él consintió en tumbarse en la cama para que le pincharan el neuroléptico, y luego todos nos fuimos y le dejamos ahí... yo qué sé, pensaba en la inmensa soledad de estar en la cama de una unidad de agudos y creer que tú no estás loco, que los otros conspiran para tenerte ahí y que no puedes hacer nada para remediarlo.
No quiero ir a agudos. No quiero, no quiero y no quiero. Me gustan mis neuróticos, las técnicas de relajación, los autorregistros y la gente con la que me puedo identificar. Gente que no quiere matarse ni matar a otra gente. Sobre todo, no quiero pasar este miedo. En realidad, ya lo he dicho: me ocurre siempre. Cuando empiezo un trabajo nuevo me angustio; por lo menos, ya he conseguido no llorar la primera noche. Todavía me recuerdo el día que empecé a currar de seño, cómo lloraba en el hombro de J. repitiendo "pueden conmigo, pueden conmigo". O el primer día de la beca, esta vez en el hombro de MQEN, recitando "no puedo, no puedo". Y el día que hice de guía por los subterráneos de Granada... buah, ese día lloré sola, creo recordar, pero vaya si lloré.
Así que progresamos. Creo.
Como os decía: días raros. Me da miedo que haya cambiado el viento. Ya os conté que no quería terminar el año, y ahora me invade una emoción supersticiosa. Mira que si ya no voy a ser feliz. Mira que si estoy vieja para escalar, y cuando no sean los codos será el tobillo, y mira que si soñar con las paredes con veintiséis años es una gilipollez. Mira que si lo de los tíos como maracas no es la excepción, sino la regla, y voy a acabar por mentalizarme y cambiarme de acera. Mira que... mira que si resulta que al final yo a la vida no la controlo y ella hace lo que le da la gana.
¿Cosas buenas? Ayer medité media hora, hu ha. Hoy una hora entera. Notaba mi cuerpo como si fuera de corcho: hinchado y entumecido. Respiraba, respiraba, y he recordado una vez más lo reconfortante que es descubrir que si le echas el valor suficiente puedes sentirlo todo. Esta tarde he ido al roco a no entrenar. Por ver a la gente y salir de mi casa un rato. He hecho dominadas, abdominales y flexiones, y no me he subido a trepar con una pierna porque me daba miedo torcerme otra vez el tobillo al caer.
No sé si ha cambiado el viento. Pero incluso aunque así fuera, imagino que siempre puedo mover las velas.