massobreloslunes: 07/12/14

sábado, 12 de julio de 2014

Sobre cómo acabé viviendo en un pueblo de 110 habitantes

Últimamente actualizo este blog tan poco que no sé muy bien qué os he contado y qué no, así que empecemos desde el principio.

El año pasado, cuando volvimos a Cádiz después de mi extraña época en Madrid, Pablo y yo vivíamos mirando a una luz al final del túnel llamada "cuando termine el PIR". Se convirtió en un caldero dorado lleno de posibilidades difusas. De algún lugar de ese caldero, surgió una idea: pasar algún tiempo escalando, antes de que nuestras articulaciones digan basta, el metabolismo nos traicione y yo entre en la menopausia. Lo sé, tengo veintinueve, pero veintinueve son casi treinta, treinta son casi cuarenta y cuarenta es casi la menopausia. ¡No hay tiempo que perder!

No creáis que nos sentamos en la mesa del salón a hacer listas de posibilidades y a barajar pros y contras. La cosa fue más o menos así:

Primero pensamos en pasar un tiempo largo viajando. El problema de ese plan era que... bueno, que yo no quiero viajar. Quiero trabajar. Por trabajar entendemos escribir. Llevo cuatro años con las ganas de escribir más quemándome en los dedos: tengo mi novela a medias y unas cuantas ideas para escribir otras. No voy a perder el tiempo en estupideces como viajar. Además, soy básicamente pobre. Me mantiene el Estado. Tengo que buscarme la vida y no puedo gastarme mis ahorros en mariposear por el planeta.

Entonces se nos ocurrió un plan B: vayámonos a vivir cerca de algún sector de escalada. Yo podría escribir, Pablo trabajaría a distancia y nos pondríamos inhumanamente fuertes. Esa idea flotaba en nuestra mente de forma imprecisa cuando un día, escalando en Loja, nos encontramos con unos amigos de Cádiz y les contamos nuestros planes. "Deberíais iros a Margalef - dijeron -. Hemos estado allí este verano y es lo mejor". Nos contaron que el pueblo era precioso, la escalada genial, la gente estupenda y, en fin, que era un paraíso en la tierra con millones de vías hermosas.

"Ok", dijimos nosotros. "Lo miraremos."

Fast forward a las navidades. De repente, descubro que me han salido días libres de debajo de la manga porque el SAS me debe horas. Pensamos en irnos a trepar a Tenerife, pero sale carísimo. "¡Vayamos a Margalef! - le digo a Pablo -, y así vemos si nos gusta para mudarnos allí". Confirmamos en 8a.nu que era buena época para escalar en la zona, reservamos habitaciones en una casa rural y para allá que nos fuimos con la Dobloneta.

Margalef era como el Disneyland de la escalada. Hermosas formaciones de piedra asomaban entre los pinos y los matorrales. Todas las mañanas, decenas de escaladores desafiaban al frío y a los elementos y se ponían a trepar por moles inhumanas. Pablo y yo hacíamos lo que podíamos.

Moles inhumanas. No, nosotros no escalamos eso

A eso de las cinco, cuando anochecía, volvíamos a nuestra casa rural, que estaba calentita por la estufa de butano, y nos dedicábamos a leer, a decir chorradas o a dibujar en Paper. Luego cenábamos los increíbles platos caseros que preparaba la dueña de la casa y nos íbamos a dormir prontito bajo kilos de mantas.

Volvimos a Cádiz. Un tiempo después,  Pablo se fue un día a escalar con unos colegas, en la furgo equipada de uno de ellos. Volvió diciendo que quería una furgo equipada y que por qué no comprábamos una y viajábamos aunque fuera un par de meses. Después podíamos irnos a Margalef, o a donde fuera que nos gustara, y yo escribiría unos cuantos best sellers que nos solucionaran la vida.

Con la idea de la furgo en la mente, volvimos a Margalef en febrero para mis últimas vacaciones como PIR. Allí decidimos que sí, que nos gustaba y que nos íbamos unos meses. "Total - pensábamos -, si nos hartamos, siempre nos podemos ir. No nos vamos a comprar una casa, ni a aceptar un trabajo, ni a meter a ningún hijo en el colegio." Así que antes de darnos cuenta, teníamos a la fantástica dueña de la casa rural buscándonos casa en el pueblo.

Mientras, en Cádiz...

... nos obsesionamos buscando una furgo. Durante más o menos un mes, vivimos y respiramos furgos. Aumentábamos el presupuesto cada día. Se nos antojaba TODO. Después de mucho dar vueltas y de un par de experiencias traumáticas con vendedores dudosos, Pablo se plantó en Lleida y se trajo a la que hemos bautizado como Tofuneta: porque, entre otras cosas, tiene una nevera que mi querido novio vegano atiborra de tofu antes de cada excursión.

La furgo en todo su esplendor. También la usamos para secuestrar personas

De alguna forma, firmamos el contrato de un piso en Margalef para seis meses prorrogables. Una parte de mí era consciente de que nuestros planes sonaban surrealistas. "¿Qué vas a hacer cuando termines?", me preguntaban amigos y familares. Esperaban una respuesta como: "hacer la tesis/ montar una privada/ ver si sale algo". Yo contestaba: "nos vamos de viaje con la furgo y luego a vivir a un pueblo". La gente meneaba la cabeza, con una divertida mezcla entre envidia y escepticismo.

El 19 de mayo terminé el PIR y me quedé como se deben de quedar las madres después del parto: a gusto. Pasamos el siguiente mes en Cádiz: mi intención era terminar millones de proyectos y acabé no haciendo ninguno. Pero bueno; shit happens, y al menos fui a la playa.

Llegó la hora de la mudanza, y Pablo y yo, que siempre nos habíamos considerado minimalistas, nos dimos cuenta de que en nuestras dos furgos apenas nos cabían los trastos. Llevábamos, entre otras cosas: dos escritorios, una silla, un colchón de matrimonio, un crashpad para hacer búlder, lámparas, muchos más libros de los que estoy dispuesta a admitir y sus trastos aparatos de cocina vegana. Después de un viaje de once horas conduciendo una furgo cada uno, en el que casi nos matamos mandándonos mensajes de voz por whatsapp, llegamos a Margalef.



Así es como hemos acabado viviendo en un pueblo de 110 habitantes (112 ahora).

Si uno analiza la concatenación de hechos, es bastante rara. ¿Y si no nos hubiéramos encontrado con nuestros colegas en Loja? ¿Y si los billetes para Tenerife hubieran sido más baratos? Entonces no estaría mirando el hermoso paisaje del Priorat por la ventana desde mi nuevo estudio. Porque YES, tengo un estudio, y después de medio año escribiendo en el salón, es estupendo poder encerrarme en una habitación como cuando era adolescente.

Pero de nuestro piso os hablaré más adelante. De momento, quedaos con esta introducción a lo que llamaremos mi ENV: Extraña y Nueva Vida.

Próximamente...

... "Nuestro espectacular dúplex", o "Por qué mi piso de pueblo de 110 habitantes es la mejor casa que he tenido nunca, incluyendo la de mis padres".

... "Viviendo en la naturaleza", o "Cómo Pablo ha salido hace dos horas a dar un paseo y me acaba de escribir diciendo que cree que se ha perdido".

... "Escalar (casi) todos los días", o "Me estoy poniendo más fuerte que el vinagre y nunca pensé que eso me pasaría a mí".

... "Mi futuro profesional", o "Paso de la psicología: voy a escribir novelas".

... "European Rock Trip", o "No sé si dos meses conviviendo en la Tofuneta acabarán en matrimonio o en separación definitiva".

(Nota: por quincuagésimoctava vez en los últimos meses, me propongo escribir más a menudo. ¿Lo conseguiré? ¿Decepcionaré de nuevo a mis tristes decenas de lectores? Descúbrelo apuntándote a la lista de correo)