
Yo miro mucho a la gente. Tanto, que a veces creo que se sienten incómodos. Pero me gusta, que le vamos a hacer: soy una voyeur de lo cotidiano.


Ya he comentado alguna vez que mi ánimo se divide entre los días en que pienso que me puedo comer la vida y otros en que la vida se me come a mí. Hoy ha sido un día del tipo B, así que estoy cansada y desmoralizada, preguntándome qué sentido tiene todo esto, hacia dónde voy y de dónde vengo. MQEN dice que la vida sirve porque aprendes cosas. ¿Cosas para qué? Para vivir mejor. ¿Y para qué quiero vivir? Para aprender cosas. Y así, sucesivamente.
Por las mañanas cojo el autobús en el paseo marítimo. Cruzo la calle, me acerco al malecón y observo el mar, la ciudad y el amanecer tras los edificios. Es tan bonito que no se puede describir y, al mismo tiempo, cada mañana pienso que es una mierda que no pueda absorberme por completo en el cielo y el agua, porque estoy demasiado preocupada por lo que pasará cuando llegue al trabajo.
Entonces llega el autobús, me subo y miro por la ventanilla. A esa hora suelo encontrarme entre animosa y tensa. Mi trabajo es impredecible. Puedes saber qué pacientes tendrás, pero no qué te va a traer cada uno de ellos o qué clase de marrones confusos te pueden endosar tus compañeros o superiores, así que es difícil un entusiasmo sin fisuras.
Observo la playa mientras escucho en el ipod alguna canción que me haga sentir que hay vida detrás de las paredes grises del Centro de Salud Mental. Miro a las gaviotas en la orilla y a los gatos tumbados en el murete que separa el paseo de la arena y me da envidia su tranquilidad plácida. Me acuerdo de ese pasaje de la Biblia en el que Jesús decía algo así como “si Dios cuida de los pájaros del campo, ¿no va a cuidar de vosotros, que sois más importantes?”. Como razonamiento es una puta mierda, sobre todo viendo cómo se desarrollaron los hechos desde entonces para los humanos, pero reconforta en el sentido poético. Después miro a la gente que pasea o corre por la orilla. Los desocupados, o los que entran a trabajar tarde, quién sabe, y también me dan envidia por poseer un trozo de tiempo que ahora no es mío.
Odio los días como hoy, en los que la vida me parece sobre todo insatisfactoria. Aunque sepa que normalmente llegan otros en los que me parecerá bella, rica y significativa. Porque luego llegan más días en los que me vuelve a parecer insatisfactoria. Es el cuento de nunca acabar.
Hoy me lloraba una niña en consulta porque no quería separarse de su madre para pasar un test de inteligencia. Al final hemos hecho un trato. Yo ponía la alarma cinco minutos después. Su madre salía. Si cinco minutos después ella seguía llorando, llamaríamos a la madre. A los cinco minutos la alarma nos ha sorprendido a las dos pendientes de algo totalmente distinto. Por supuesto, la niña no lloraba.
Todo será cuestión de aplicarme el cuento.


Ayer salí un rato con la gente del teatro. Después de arrastrarme penosamente al aulario de la Bomba para empezar el cuarto taller, resultó que la clase me gustó un montón. La chica que da el taller es fabulosa. Últimamente me pasa una cosa curiosa: que es como si además de ver el físico de la gente pudiera percibir algo más de ellos. Las vibraciones, o algo así. De forma que ahora es como si ciertas personas brillaran más de lo normal, como si se les viera una luz interior que las hace parecer hermosas.
Erika fue la que me dijo hace algún tiempo que a ella todo el mundo le parece guapo, que cada persona es guapa a su manera. No estoy segura de haber llegado aún a ese punto, pero sí es verdad que cuando se trata de la gente a la que quiero o que me parece interesante es como si su belleza interior saliera verdaderamente a la superficie y la hiciera brillar. Todo esto para contaros que la chica que da las clases de teatro no es muy guapa, pero brilla un montón, y en ese sentido es bella.
Total, que uno de los ejercicios era hacer un guión sobre un chiste. Primero pasamos un rato contando chistes y después cada uno tenía que escoger uno para proponer una forma de escenificarlo. A mí los chistes me encantan. Me río prácticamente de todos. Uno de mis mejores recuerdos con J. eran las noches en que empezábamos a contar chistes y a reírnos como idiotas. Nos daba igual que ya nos los hubiéramos contado previamente; pasábamos horas así, muertos de risa y desvelados en la cama como niños pequeños.
Para escribir guiones tampoco tengo ningún problema, porque en general tengo la mano suelta y porque creo que los diálogos no se me dan mal. Así que tendríais que haberme visto: mientras los demás mordisqueaban los bolis y pensaban cómo hacer el ejercicio, yo ya había cogido de la pared un cuadro con las instrucciones para incendios y escribía a toda velocidad apoyada sobre él.
Más tarde, mientras caminaba con una compañera en dirección a la Viña, intentaba explicarle que es que escribir es lo mío. Que no me cuesta ningún trabajo. Por eso me he apuntado a teatro, al fin y al cabo, a pesar de que reniegue en ocasiones. Porque el teatro todavía me resulta peligroso. Escribir... bueno, es un poco peligroso, pero no tanto. Escribo aquí, también escribo en mis cuadernos o en archivos que vagan por mi ordenador, y tengo tanta costumbre de ponerme frente a mí misma que ya casi nada me da miedo. El teatro sí: todavía paso vergüenza, me bloqueo y me pongo nerviosa, y eso es emocionante.
(Al final mi guión quedó guay. Monté el chiste de los presos y la silla eléctrica rota. Ya os lo contaré en alguna ocasión).

Mi vecina es fan de Bisbal. No de la música cutre en general, no: de Bisbal. Se pone los discos enteritos en bucle, la tía. Y eso me lleva a reflexionar sobre esta vida insatisfactoria, en general, y sobre la gente, en particular.
Esta tarde estaba como desanimadísima, porque por la mañana ha venido una paciente con su madre y se han puesto a regañarme por una historia que no viene al caso. Basta que escriba aquí que ver pacientes me relaja para que se pongan de acuerdo y me amarguen el lunes.
Total, que muy desanimada. Toda la hora de meditación pensando que la vida me sobrepasa y que tenía que llamar a Funes para darle la brasa sobre el tema y sobre que a mí esto del Dhamma no me funciona. Entre nosotros ese tipo de diálogos se desarrolla más o menos así:
Yo: Pepito, a mí esto del Dhamma no me sirve. Todo es impermanente menos mi sufrimiento.
Él: no, Peq... ya verás como tu sufrimiento es impermanente. Obsérvalo, que es tu verdad.
Yo: Vaya consuelo de mierda. Odio a Buda.
Él: ¡No te metas con Buda!
Y así.
Al final, sin embargo, entre el meditar (que en verdad ayuda), poner Fito mientras friego los platos y que estoy escribiendo una novela para adolescentes y me lo paso muy bien, ya no estoy tan desanimada. La vida me sigue sobrepasando pero, ¿a quién no?
Lo de la novela es curioso. Resulta que la empecé cuando tenía como diecisiete años, un verano que me aburría. Escribí como unas cuarenta páginas de estupideces, y la he retomado hace poco para trabajar algo de ficción a pesar del mortal bloqueo que tengo desde hace meses. Es como el hacer punto de la literatura: no me cuesta mucho hacerla avanzar, construir los diálogos e inventarme tontadas tipo Física o Química, y me mantiene entretenida y practicando.
Digo que es curioso porque cuando uno lee a escritores consagrados hablar de escritura, que es un tema que nos gusta mucho a los del gremio, siempre dicen cosas del tipo de “los personajes cobran vida propia y hacen lo que quieren”. Yo hasta ahora siempre había pensado que eso eran gilipolleces. ¿Cómo van a hacer lo que quieran? No son reales, salen de tu cabeza. Si no puedes controlar ni a tus personajes, apaga y vámonos.
Desde que estoy escribiendo mi novela adolescente, sin embargo, me he dado cuenta de que es cierto. Mi protagonista, que es tan divina de la muerte como quería serlo yo cuando tenía diecisiete, hace lo que le sale del mismo. Yo le había buscado un novio estupendo y se acaba de liar con su colega buenorro, la muy zorrón. No es que yo no quisiera, pero tampoco estaba en mis planes, y ahora no sé cómo arreglarlo.
En fin, que yo lo que quería decir hoy, en realidad, es que la gente es un coñazo. Convivir con ella, escucharla en consulta y hasta escribir sobre ella. Todo el mundo hace lo que le da la gana, hasta los seres inexistentes, y yo no me sé manejar ni a mí. ¿Qué hago cobrando por ser psicóloga? ¿A quién quiero engañar?
Posdata: si algún día consigo acabar mi novela adolescente (algo que dudo, porque soy una floja) seguramente la meta en un cajón por siempre jamás porque me avergonzaré de ella. Además, nadie querría publicármela si sigo transmitiendo valores terribles a nuestra juventud. Lo que quiero decir es que no me pidáis que la enseñe, que paso.



Agrupar los objetos, regalos y libros lejana y cercanamente relacionados con la persona a olvidar. Buscar una bolsa de plástico, introducir dentro, cerrar con un fuerte nudo. Repetir la operación con varias bolsas de plástico y varios fuertes nudos. Arrojar a un lugar de difícil acceso, preferiblemente un pozo sin fondo o un barranco sin demasiado eco.
Seleccionar los buenos momentos, recuerdos, cualidades, imágenes agradables. Arrugar enérgicamente hasta que los bordes pinchen en los dedos. Escoger el más negro y recóndito rincón del corazón, introducir allí, suturar con cuidado e hilo hipoalergénico.
Desenterrar los malos momentos, defectos, palabras hirientes, sentimientos dolidos. Mezclar en vaso largo con una aceituna y unas gotas de limón. Beber muy frío y en ayunas al menos tres veces al día.
Prolongar la operación hasta lograr los resultados deseados, repitiendo cada paso las veces que sea necesario. Esperar cierto dolor de corazón en el lugar de la cicatriz, especialmente los días de invierno y en los cambios de estación.
Es lunes por la noche y voy camino de la estación para coger el autobús dirección Cádiz. Hay pocas cosas que me depriman más que los regresos en autobús los domingos por la noche (cámbiese domingo por lunes festivo), y si no me harté de viajes cuando estudiaba en Granada ahora me voy a Cádiz, que está a más del doble de distancia.
Mi padre conduce como si le fuera la vida en ello o como si tuviera que apagar un incendio. “Esta parte de Málaga me deprime”, me dice mientras maniobra entre los socavones de las obras del metro. Es verdad. Las luces de neón de las cafeterías brillan detrás del pavimento levantado, y parece como si viviéramos en un mundo post-apocalíptico y decadente.
Llego a la estación, agarro mi maleta, yergo la cabeza y me voy hacia el autobús. Soy una adulta, pienso. El viernes estuve con unos compañeros de colegio tomando una tapa, y en un momento, mientras recordábamos historias de cuando éramos pequeños, uno de ellos dijo “qué niños éramos... y qué niños somos. Seguimos siendo niños, niños que pagan facturas”.
Me pregunto si hay un momento en el que una se mira al espejo y dice “coño, una mujer”. A mí todavía no me pasa. Me miro y no me veo muy distinta a cuando tenía quince, dieciséis, diecisiete años. Me creo que si me pusiera unos vaqueros anchos, una sudadera y unas zapatillas podría pasar por una de las que van al instituto que hay junto a mi casa. Cuando lo cierto es que ya a veces la gente me llama de usted, y no sólo los pacientes.
Espero a que llegue el conductor del autobús en el andén, apoyada en la máquina de agua mineral. Todo sigue brillando con una luz que me resulta siniestra, supongo que por no haberme acostumbrado todavía al cambio de hora. A mi lado pasan los estudiantes que van hacia Granada. Los andenes contienen la posibilidad del lugar a donde viajan. Ahora mismo nada me diferencia de las personas que van a otra ciudad, pero en realidad, puesto que el viaje es un trámite, es como si un abismo separara a los que esperan en el andén 24 de los que estamos en el 19. Envidio un poco a los estudiantes. Para empezar, porque su viaje dura la mitad que el mío. Para continuar, porque recuerdo la alegría privada y absurda que me invadía cuando veía aparecer Granada, posada tranquila a los pies de la Sierra.
Luego me subo al autobús y me coloco junto a una ventanilla. Miro hacia fuera, pero en realidad estoy observando mi reflejo. Veo cómo mi pecho se levanta y baja mientras respiro, y es como si fuera otra persona la que respirara, como si no reconociera la piel blanca que se mueve sobre mis músculos.
Las dos primeras horas me las paso viendo series en el mac. Después paramos en Algeciras, bajo, estiro las piernas, subo y enfilamos hacia Jerez, cruzando la sierra de los Alcornocales. En ese momento, mientras cruzas el parque natural vacío de pueblos, es cuando te parece que te alejas del mundo, que en lugar de ir a otra ciudad viajas a un territorio perdido y lejano.
La sensación de alejarse despacio es terapéutica. Ha sido un fin de semana turbulento en algunos aspectos, y volver es raro siempre, no importa la de veces que te vayas. Mientras me deslizo hacia la esquina del mapa que es Cádiz es como si sintiera alrededor el aire cada vez más limpio. Sé que es una ilusión, que en unos años Cádiz estará igual de lleno de recuerdos que todo lo demás. Ensuciar las ciudades de pasado es cuestión de tiempo. Pero ahora me gusta viajar hasta allí, parar en San Fernando y después cruzar el puente entre el océano y la bahía, seguir recto por la Avenida y llegar a Cádiz antiguo, que es como una ciudadela rodeada de mar, casi como un barco enorme. Cuando llegas allí, te bajas porque el autobús se ha quedado sin tierra que recorrer, y eso te da una reconfortante sensación de objetivo cumplido, de posibilidades agotadas.
Y cojo un taxi, llego a mi casa, la saludo, la ventilo, me lavo los dientes, paso tres pueblos de deshacer la maleta, me meto en la cama. Otro regreso. Mi vida corriendo a la misma velocidad que las ruedas del bus sobre la carretera. Y recuerdo una frase de nosequién (¿Monterroso?). Qué absurdos recipientes de tristeza somos todos.