massobreloslunes: febrero 2013

jueves, 28 de febrero de 2013

Ignorando con decisión el factor psicópata

Estoy sentada en la sala de reuniones de la unidad de agudos de La Paz, escuchando cómo una compañera expone un caso. Últimamente, cada vez tengo más a menudo la sensación de estar enjaulada. De tener que pasar un número preocupante de horas haciendo cosas que no quiero hacer con gente con la que no quiero estar. Disimulo el malestar viendo pacientes: toda la burocracia del mundo, las reuniones absurdas, el tiempo perdido y los asentimientos de cabeza a facultativos y coordinadores se difuminan cuando puedo ver pacientes.

El caso es que me aburro tanto que jugueteo con el móvil. Me aburro por mi culpa, ojo, que las supervisiones son interesantes; lo que pasa es que creo que estoy tan sensibilizada a la obligación de permanecer sentada en sitios que me rebelo enseguida. Abro la bandeja de entrada y actualizo. Recibo mucho correo interesante desde que abrí Psicosupervivencia, y es raro el día que los lectores no me sorprenden o me conmueven.

El suyo está pensado casi como un anuncio publicitario. "Hola, Marina - me dice -, ¿quieres tomar un café conmigo?". A mí me hace tanta gracia el comienzo que lo demás es casi innecesario, aunque agradezco la explicaciones, las propuestas y las frases graciosas. Me cuenta que le gustaría hacer algo parecido a la iniciativa de homo minimus, que pretende almorzar con una persona nueva distinta cada semana. 

Yo a ratos me canso, francamente. De lo del blog, que alguien te lea, que quiera quedar contigo y demás, y de que luego tú estés en esa desventaja tan brutal y absurda, encajando o desencajando en vete a saber qué expectativas. Esta mañana, ya lo he dicho, no estaba muy católica, así que aunque el mail me hizo sonreír, casi pensé en decirle que no. O que bueno, que sí pero con unos mínimos: algo como un cuestionario sobre él que me haga sentir menos perdida. Debería contar con el factor psicópata más a menudo.

Aun así, nada más llegar a casa abro la bandeja de entrada y le contesto que sí, que claro, que me encantaría.

Y psé, pues no sé... en realidad podría ser divertido. Sigo sin estar muy católica, con la vida en general y con conocer lectores masculinos en particular, pero no puedo decir que no. No por nada, sino porque este mundo es raro y ya dije hace unos días que quería ponerme de lado de la honestidad. Y en este mundo raro, donde me anclan a las sillas más a menudo de lo que me gustaría, y la gente juega juegos que no entiendo, y tienes que mostrarte distanciada para mostrarte interesada y viceversa, que alguien se te acerque virtualmente un jueves por la mañana y te pregunte si te quieres tomar un café con él mola. Así, sin más. Mola. Y sigo cayendo porque me sigue molando, pese a las hostias. Me siguen fascinando el valor y la autenticidad. Siempre voy a querer jugar a ese juego.

Así que bueno, en esas estamos. En tomar café con desconocidos, otra vez. Obviando el factor psicópata, otra vez. Absurdamente arrojada, siempre. Y qué más da, chavales; tengo el tobillo bien, y el coco bien, y mañana es viernes.

miércoles, 27 de febrero de 2013

Me acuerdo de ella todas las mañanas y me da pena que no esté viva. No que se haya muerto. Morirse no es una acción. No hay nada de malo en ello. El problema es no estar viva. Eso es lo que me da pena todas las mañanas, cuando llego al hospital y me acuerdo de ella. Lo que le digo es que lo siento. Siento que no estés viva. No porque te conociera tanto como para lamentar tu ausencia personalmente, emocionalmente. Lo que siento es que ya no estés aquí. Como cuando alguien se va de una fiesta temprano y ocurre algo divertido, y tú dices "hay que ver, lo bien que se lo habría pasado de haberse quedado".

Siento que no hayas podido ver hoy la nieve, acumulándose despacio sobre los tejados de las casas y las flores de los parterres. Yo hoy me he enterado de cómo esparcen la sal sobre las carreteras: con un camión muy deprimente que tiene un dispositivo giratorio y arroja en el asfalto una sal sucia, grisácea. Tampoco sé qué esperaba. ¿Hermosas ninfas arrojando la sal como si fueran pétalos de flores en una boda? El caso es que había que tener cuidado para no resbalar con ella, pero estaba bien andar así de despacio: podías sentir la tierra bajo los pies. He hecho una bola de nieve, se la he tirado a un compañero de Huelva: "tu primera bola de nieve", he afirmado. "Pues sí, la verdad es que sí", y se miraba sorprendido el charquito que ha dejado sobre su pulcro jersey de lana.

Siento que no puedas ver todo eso. Que no puedas dormir en altillos, ni beber cafés por la mañana, ni leer novelas muy, muy buenas que hacen que se te salten las lágrimas de la emoción (verídico). Ni enamorarte, o sufrir como una perra, o preguntarte si un chico te está haciendo ojitos o si mira así a todo el mundo. Ni comer pizzas de microondas, fresas con yogur griego o palomitas de maíz. Ni escribir. Lo siento mucho, aunque quizá a ti estas cosas ni siquiera te gustaban: quizá pasabas de la pizza y de escribir, o la nieve te ponía de los nervios. Quizá el gusanillo de no saber si le molas a alguien no te resultaba del todo agradable. Espero que entiendas el mensaje, aun así. Que siento muchísimo que tuvieras que morirte. Que desde que te fuiste, siento como si el tiempo que paso aquí fuera prestado, y que no sé si eso es bueno o malo. Pero que en realidad es así. Es tiempo prestado. Para mí y para todos. Gracias por hacer que me diera cuenta de eso.

PD: Hoy he subido de psiquiatría, en la segunda, a onco, en la catorce, haciendo fotos de la ciudad desde todas las ventanas. Cada vez se veía Madrid desde más arriba. Cada vez se alejaba uno más del suelo. La planta catorce es la última, y después de eso no hay nada. No obstante, el mundo parecía bonito desde allí.

Así:


martes, 26 de febrero de 2013

Más libro-insights

Tengo problemas serios con Chad Harbach. Problemas todavía más serios que con Jonathan Franzen. Preguntadme por qué. Porque si Harbach ha tardado diez años en escribir esta novela, quiere decir que ¡oh, terror! Tardará diez años en escribir la siguiente, y de aquí a diez años yo tendré la brutalidad de treinta y siete tacos y andaré por ahí sin rumbo, quizá viviendo en un coche, quizá haciendo boulder en los contenedores en un extraño mundo postapocalíptico y Sin Duda a punto de ser comida por los perros, literal o metafóricamente. Su novela llegará demasiado tarde para salvarme.

El caso es que esta mañana estaba yo saliendo de la estación de metro de Antonio Machado en dirección al centro de Salud Mental. Llevaba a Harbach en el brazo, calentito bajo la manga del chaquetón, y bajaba la cabeza para no establecer contacto visual con dos de mis compañeras de curro, que iban una escalera mecánica por delante. Hay cinco minutos andando hasta el centro de Salud Mental y yo no quería charlar con ellas; yo quería ponerme una canción alegre en el mp3, girar la cara hacia el sol de invierno en los semáforos y mirar si había escarcha en las hierbas del solar. 

Les di esquinazo, y mientras caminaba contenta escuchando a los Adslánticos, me dio por pensar en Henry, el protagonista de la novela, que llevaba dos capítulos lanzando mal la bola en los partidos de béisbol. Ya he hablado de mi relación con el béisbol, que se resume en que no sé cómo se juega y, sin embargo, ahí iba yo: ocho y media de la mañana, dos grados bajo cero y preocupadísima porque Henry estaba lanzando mal.

Entonces pensé: a ti qué te importa, Marina. Me acordé de cuando me leí "Los Pilares de la Tierra", y de ir en moto a clase por la mañana sacudiendo la cabeza incrédula porque un personaje había muerto, o de aquella otra vez, engulliendo "Ciudad de ladrones" en la biblioteca en plenos exámenes de junio, cuando terminé el libro, levanté la cabeza, miré a la gente que estudiaba en silencio y me pregunté cómo podían quedarse tan panchos. 

Hace algún tiempo decía que no entendía esa postura popular de "leer es bueno" y "todo el mundo debería leer". Pensaba: a mí qué me importa. Ni que leer necesitara de nadie. Con poder leer yo, qué más me da lo que haga el resto. Yo sostendré mi hermosa novela frente a mí, como sostenía aquel personaje de Kundera su nomeolvides frente a los ojos, y me olvidaré del mundo. Después cambié de idea, porque se me ocurrió que leer educa a la gente; no ya en cosas de cultureta gafapasta, que te permitan quedar bien en las conversaciones de vino blanco y rúcula. Leer educa en lo que es sentir en el corazón de otros. Permite averiguar sin moverse de la silla cómo es ser un jugador de béisbol universitario americano de veintidós años, y creo que eso es bueno. Porque así podré comprender mejor a los otros humanos, esos bípedos, y yo siempre he creído que comprender es un buen primer paso. Porque si la curiosidad y el amor me salvan como terapeuta y me permiten no ir por ahí asesinando pacientes o matándome yo, no hay más curiosidad y más amor que la de un buen lector hacia un buen libro.

Hoy se me ha ocurrido otro motivo por el que todo el mundo debería leer. Y es precisamente por eso: porque yo antes de ayer no sabía quién era Henry ni por qué tenía que parar bien todas las bolas en corto que le llegaran, y hoy lo sé. Hoy me importa. Aunque Henry no exista: eso da igual. Está bien que aprenda a darle importancia. Porque al fin y al cabo la vida es eso, ¿no? Crecer, trabajar, amar: todo es eso. Lo que antes no te importaba ahora sí que te importa. Te importan tus pacientes, y te importa que el mundo sepa que los antidepresivos no son superiores a los placebos en la mayoría de los estudios. Te importa tu gente, y te importa de una forma especial cierta gente a la que antes no conocías y que ahora no puedes imaginar fuera de tu mundo. Te importa el futuro de la sanidad pública. Te importa el estado de tus meniscos, la manera correcta de agarrar un romo o qué tiempo hará en la sierra este fin de semana.

También dejan de importarte cosas, claro, y eso está bien: al carajo lo que piense cierta gente, al carajo las tendencias en el tamaño de los bolsos. Pero, por alguna razón, pienso que hay que darle más valor al movimiento positivo: a ensanchar el corazón, a que cada vez te quepan en él más cosas. A ser compasivo sin condescendencia. A concederle un peso a todo lo que hay sobre esta tierra. Leer te enseña a eso. Te entrena en la importancia de todo. Y eso es hermoso.

A dormir, pequeños, que no puedo con mi vida.

Leed a Harbach. 

lunes, 25 de febrero de 2013

Dos insights literarios

La primera cosa que he averiguado hoy es que leer buenas novelas me pone. Hala, ya lo he dicho.

Ayer hablaba con B. sobre qué tipos de tío pueden gustarte. Yo comentaba que los escritores ya no me atraen particularmente. Que me basta con escribir yo y que, de hecho, dos egos escritores pueden ser como trenes que se chocan. Peleas de pareja por signos de puntuación: no es recomendable. Así que no me ponen los escritores. En serio. No doy un duro por hablar con ninguno de mis escritores favoritos; es complicado que su conversación pueda ser más interesante que su prosa.

Me ponen las buenas novelas porque son evocadoras. Ayer fui a la FNAC y me hice jurar que iba a salir de psicolandia y a leer ficción. Eché una ojeada a las novedades y vi un libro de Salamandra con el nombre de Jonathan Franzen en la vitola, explicando lo muchísimo que le había gustado. Y yo con Franzen tengo un problema serio, a saber: que si recomienda el listín telefónico, yo cojo y me lo leo. Así que no miré ni la sinopsis. Eché un ojo a los primeros párrafos para comprobar que estaba bien escrito y bien traducido, y me lo llevé.

Oh, las buenas novelas. Novelas que son mejores que personas: así se titulará mi futuro recopilatorio de críticas sobre mis libros favoritos. Leer El Arte de la Defensa es mejor que charlar con un 95% de la población. Seguro. El tipo se tiró diez años escribiendo la novela. ¿Os lo imagináis? Diez años. Diez años invertidos en algo que no sabes bien si va o no a funcionar. Imagino que debía de tener una confianza inmensa oculta en algún lugar. Inseguridades, seguro: todas las del mundo, pero también una veta firme de saber que lo que tienes entre manos es muy grande. O buenos padrinos.

En cualquier caso, no sé explicar por qué me pone leer buenas novelas, pero imagino que tiene que ver con que evocan la textura de la vida. Detalles, detalles, que decía Nabokov. Acariciad tiernamente los divinos detalles. Yo leo al tal Harbach y le observo hablar de cosas que ni comprendo, de puto beisbol, por el amor de Dios; de la elegancia de un parador en corto, los escupitajos de tabaco bajo los banquillos, el sonido de la pelota en el guante o el clima congelado de Milwaukee, y es como volver a casa. Lo que es mortal de absurdo, porque yo nunca he estado en Milwaukee, y que me aspen si sé lo que es un parador en corto. Lo que sí sé es que las buenas novelas están llenas de intensidad. Y a mí la intensidad me pone.

La segunda cosa que he averiguado hoy, y que me otorga el derecho a denominarme Escritora con mayúsculas y que, de hecho, quizá me haga fabricarme un Diploma de Escritora De Verdad y autoentregármelo es la siguiente:

Estaba yo esta mañana en el hospital, inmersa en este Plan de Mejora Constante que es mi vida, y que ahora encima está aliñado con un intenso "la vida es corta y podrías morir en cualquier momento". Externamente parecía que revisaba historias clínicas, sentada en una mesa del control de enfermería. Internamente, sin embargo, estaba haciendo todo un replanteamiento vital. A ver, Marina, me decía. Es lunes, tienes resaca, te ha bajado la regla y no tienes muy claro que puedas tolerar mucho más tiempo pasarte siete horas al día en un hospital. Y no sólo eso, sino que últimamente estás perdiendo energía, duermes poco, tomas demasiado café y ves tu vida como a través de una lente borrosa. Tienes que hacer algo. En serio. Algo.

Así que me he acordado de un artículo de Leo Babauta que leí hace unos días. Algo para eliminar la neurosis de las mil listas de tareas y ochocientos objetivos. Una lista sencilla de cosas que quieres hacer todos los días. Comer una fruta. Hacer ejercicio. Estar con la gente a la que quieres. Trabajar un poco en lo que te importa. Algo sencillo, poco aparatoso. He pensado en cuál sería mi lista. Hacer ejercicio, claro, y comer una ensalada al día, que es hasta fácil porque me encantan. Y escuchar a alguien con atención plena aunque sea un rato (ya explicaré eso) y escribir. Entonces he pensado: para qué voy a poner escribir. Eso no necesito proponérmelo. Sería como proponerme dormir, o ducharme, porque lo voy a hacer igualmente; mejor lo cambio por otra cosa.

Entonces he enarcado las cejas bruscamente, verídico, y el insight me ha golpeado en la cabeza. Venga ya, hombre. Resulta que ya no soy una persona que se propone escribir y escribe, nonono. Ahora soy una persona que escribe sin proponérselo. Que escribe porque no puede no escribir.

Os juro que yo no era así antes. No tengo ni idea de cómo lo he hecho, y me molaría mucho descubrir el secreto, porque la mayoría de los escritores que conozco están neurotizados porque no escriben lo suficiente y yo así podría hacerme rica.

Así que hoy ha sido un día muy literario. Literariamente genial. Además, he leído un trozo de Ikigai que me ha gustado, en el que el autor dice que celebramos demasiado poco. Que nos cuesta muchísimo tiempo conseguir implantar un hábito y que luego apenas lo disfrutamos, con lo muchísimo que cuesta. Que hay que celebrar más a menudo nuestros logros. Así que como implanté el hábito de escribir en el mes del Michelian Challenge, voy a pasarme por lo menos un mes celebrando que soy Una Escritora De Verdad. Justo antes de las mil entradas y de la tarta de glaseado rosa, que también va a celebrar eso.

¿Qué he hecho hoy para celebrar? Llamar a Aran, que es su cumple.  Subir andando despacísimo las catorce plantas hasta oncología, parándome en cada piso para ponerme al sol frente a la ventana y observar Madrid, los coches y a la gente, contenta de ir a la catorce por mi propio pie y bajar luego. Leer mi Novela Mojabragas en el metro y también mientras merendaba un muffin de arándanos casero en La Libre. Reírme un montón de rato con Cris, que ha vuelto hoy de León, y estrujar a la gata Mia, y decidir que la ropa del tendedero la va a recoger su puta madre. Celebrar, en general. La celebración es un estado interior.

Lo dejo aquí. Acabo de decidir que hoy no voy a contestar ni un mail, ni un comentario, ni un twitter más, que no voy a leer nada que no sea la NM y que voy a cerrar el ojo a las once en punto.

Celebrar.

Sed felices, queridos.

Momento Quevedo

Este post se lo dedico a Anxo: porque la culpa de lo bien o lo mal que salga la tienen casi seguro las (¿cuatro? ¿cinco? ¿seis?) cañas que acabamos de fusilarnos en un bar cualquiera de Lavapiés

Es lo que tiene ser escritora. Que puedes levantarte una mañana de domingo a las siete y ponerte a escribir, y que lo ves normal. Te levantas, vas al baño, te planteas muy seriamente volver a meterte en la cama con las gatas, y decides que no. Te pones una taza de café y escribes, y sin saber muy bien por qué, eso te pone de buen humor para el resto del día. Como si sirviera para algo. Como si marcara una diferencia para alguien.

Bajas a desayunar a la calle. No por nada, sino porque no tienes pan. Pides un bollo inglés con mantequilla de cacahuete y mermelada de arándanos: verídico. Cosas de Madriz. Entonces te das cuenta de que te has dejado el Kindle en casa y maldices tu estrella. No pasa nada: estás en La Libre, un lugar muy mono y muy alternativo, con muchos libros de todo tipo en las estanterías y máquinas de escribir viejas por los rincones. Algo encontrarás para leer.

Entonces das con un libro de teatro. El caballero de las espuelas de oro, de Alejandro Casona. Y te das cuenta de que esa fue la primera obra en la que tuviste un papel hablado. Habías salido en otra, cierto, pero hacías de árbol, y a lo más que llegabas era a incendiarte con papel charol de colores. Entonces la profesora os propuso aprender La canción del pirata de Espronceda, y claro: la gente se aprendió el principio, los diez o veinte primeros versos, hasta el estribillo, o como se llame. Y tú, que eres una burra, te la aprendiste entera; y era para verte, tan chica, tan cabezona, en medio del escenario del salón de actos, recitando ¿cuántos? ¿cien versos? Del tirón, sin respirar. Después de aquello, la profesora te dio un papel.

Así que agarras el libro y piensas en la pinta tope de intelectual que debes de tener ahora mismo, con tu mantequilla de cacahuete y tu obra de teatro ambientada en el Siglo de Oro, y te pones a repasar la primera pieza, buscando los trozos donde aparecía tu personaje. Ni recuerdas de qué iba, pero sí que te vienen trozos a la memoria: "Sanchica, amiga... Sanchica, compañera... ¿por qué he tardado tanto en encontrarte?", dice un Quevedo moribundo. Lees el primer capítulo. Lees el último capítulo. Te estremeces con el final.

Señor, me has dado una larga vida de castigos y te he obedecido sin preguntar. Primero creí que mi castigo era el frío. Después creí que era la soledad. He necesitado una vida entera para comprender que la soledad y el frío son una misma cosa. Si volviera a nacer y volvieras a condenarme a estar solo, volvería a obedecer. ¡Pero solo para la eternidad, no! No me dejes fuera con mi soledad y con mi frío...

Y sin darte cuenta estás teniendo un Momento Quevedo. Aquí en Lavapiés, en enero de 2013, con tu flequillo y tu smartphone y tu mantequilla de cacahuete, tú, Marina, estás flipando a tope porque Quevedo era genial. Te acuerdas de la cursilada aquella de la terapia poética que escribiste una vez: algo como que recitar poesía sosiega el espíritu. Eras joven e inexperta, pero te sigue valiendo. La poesía te reconforta. Intentas recitar su soneto famoso, el de Amor constante más allá de la muerte, y te fallan dos versos, como siempre. Pero te acuerdas de la mayoría. Te acuerdas de lo importante. Y es para verte esta mañana de domingo, buscando el sol en la acera de detrás del Reina Sofía, con la atención puesta en el pie izquierdo para no perder el equilibrio y recitando:

Alma, a quien todo un Dios prisión ha sido
venas, que humor a tanto fuego han dado
médulas, que han gloriosamente ardido

Y con el "gloriosamente" agitas un poco un puño. Gloriosamente. ¿Serás boba? Y después continúas:

Su cuerpo dejará, no su cuidado
Serán ceniza, mas tendrá sentido;
polvo serán, mas polvo enamorado.

Y ahí te quedas tú, tan contentísima, con tu momento Quevedo, atravesando por la cara cinco siglos y tendiéndole la mano a Don Francisco como si le comprendieras. Con tu absoluto convencimiento de que cuando tú te mueras vas a ser polvo enamorado: polvo contemporáneo, sí, de smartphone y twitter y mascarilla de pelo, pero igual de enamorada y desesperada que cualquier poeta miserable. Caminas recitando en este día helado de Madrid, bajo un sol de febrero que no deja de ser un consuelo tan mísero como puede serlo casi cualquier cosa para un corazón que duele. Y estás contenta, pese a todo. Está bien así.


sábado, 23 de febrero de 2013

Pesadillas (un minicuento con final feliz)

Procuraba tener siempre pareja, y aunque la gente la creía incapaz de estar sola, la verdadera razón eran las pesadillas. No sucedía muy a menudo, pero al menos dos o tres veces al mes se despertaba sudando y con la respiración entrecortada en medio de pesadillas extrañas, donde personajes de contornos nítidos en tonos sepia la amenazaban con gestos que sólo entendía ella. Así que intentaba tener siempre a alguien al lado para no morirse de miedo.

Cada uno reaccionaba de una manera. Marcos la abrazaba fuerte y le obligaba a respirar al mismo compás que él, como si estuviera dando a luz. Alberto se empeñaba en que se levantaran a la cocina a tomar un colacao y hablar de otra cosa; "si te quedas dormida ahora - decía -, volverás a soñar con lo mismo". Víctor dormía tan profundo que ella tenía que clavarle las uñas para que se despertara, y entonces él se cabreaba un montón, y gruñía, y le repetía por quincuagésimoctava vez que más le valía pedir hora en el psicólogo, y ella se quedaba frita arrullada por sus quejas.

Pero supo que Jaime era el hombre de su vida la primera noche que tuvo una pesadilla con él. Porque cuando se despertó, como siempre, muerta de miedo (jadeante, empapada en sudor, con el corazón latiéndole a mil por hora), Jaime abrió enseguida los ojos. ¿Tienes una pesadilla?, le preguntó. Ella asintió sin decir nada, mientras intentaba recuperar el aliento. Él la miró y le acarició la mejilla con suavidad. Tranquila, susurró. Entonces le cogió la mano, se la metió en los pantalones y se rodeó el pene con ella. Hale, le dijo. A dormir. Y ella se rió tanto, tanto, tanto que nunca más volvió a tener pesadillas.

viernes, 22 de febrero de 2013

El metro y la nieve


Voy sentada en el metro, camino de casa y leyendo en el Kindle. No ha sido una jornada de curro particularmente inspiradora, pero como es mi primer día post-baja, he ido toda la mañana por la vida en plan marciano de Toy Story. Ya sabéis: el de "el gaaaaancho... se mueeeeve". Ahora estoy cansada y hambrienta, así que he perdido parte de mi entusiasmo. Aun así, me siento casi feliz mientras apoyo la cabeza contra la pared del vagón y toco la pantalla para pasar las páginas.

Entonces algo me sorprende. Es una lluvia sutil sobre mi Kindle. Un polvito ligero y blanco que cae tan despacio que casi puedo oír una musica de navidad. Miro al suelo y veo unos tacones marrones y unos tobillos con medias color café. Subo despacio la cabeza y recorro unos pantalones de pinza gris, una blusa color crema y un abrigo con pinta de caro.

Y justo encima de todo eso, debajo de una cuidada melena con mechas rubias, una mujer de mediana edad lleva la cartera en el codo y se está comiendo un Fresquito. Un Fresquito. Esos sobres con una piruleta en forma de lengua que se moja en pica-pica, se chupa con fruición y que cuando se te acaba el pica-pica pierde toda la gracia (¿alguien se ha terminado alguna vez la piruleta de un Fresquito?).

La mujer mira la lluvia de pica-pica, me mira a mí, chupa avergonzada su piruleta. Y yo tengo ganas de decirle que no se preocupe. Que la vida mola. Que está muy bien que se coma un Fresquito mientras vigila que nadie le robe su bonita cartera de piel. Y que tal día como hoy, de incorporación laboral y recuperación progresiva de esta vida que es mía, una lluvia de pica-pica en mitad del metro me parece casi un buen augurio.

miércoles, 20 de febrero de 2013

Mi tobillo, mi corazón y tú

Esta es la última carta que voy a escribirte, como decía la canción aquella sumamente hortera de Los Cucas. La del chuchuchu. La cantaba a gritos en la feria cuando tenía catorce años, pero bueno; no es esa la cuestión. El tema es que ya no te voy a escribir más. No por aquí. Te he escrito mucho en este blog, desde el día que te conocí. A veces con más claridad; a veces con menos.

Ayer hablábamos de lesiones. De cómo recuperarlas: de escayolar o no escayolar, de fisios que te clavan los dedos en el tobillo hinchado. Me contabas cómo tú te hiciste una vez un esguince y te arrancaste la férula en cuanto llegaste a tu casa. Qué bruto eres, te dije. Yo no he descubierto todavía cuál es la mejor manera de cuidar un esguince; lo que sí sé es que hoy me duele bastante menos que ayer, y que cuando algo que te dolía mucho deja de dolerte, es mágico.

Eso pienso mientras camino en dirección al centro de salud para recoger mi parte de alta. Pienso que todo el mundo debería tener un esguince para valorar lo que es andar sin dolor, y que a todo el mundo deberían partirle el corazón para sentir el alivio cuando se recompone. Hoy he llegado a la conclusión de que la mejor manera de caminar normal cuanto antes es caminar normal cuanto antes, así que ya no cojeo. Voy muy, muy despacio, mirando las baldosas frente a mí y procurando no tropezarme con nada. Desde fuera debe parecer que estoy ensayando algún tipo de caminar lento y sexy.

Desplazarme por estas calles es milagroso. Cuando he salido de casa, el cielo tenía un azul particular: un azul tipo la primavera está mucho más cerca de lo que tú piensas. Mientras paseaba y observaba el interior de los bares, he recuperado el sentimiento madrileño: la fascinación por la de gente y sitios y cafés y tiendas y posibilidades que tiene este sitio. Llevaba muchos días sintiéndome fuera de todo esto. Hoy, por fin, recupero algo de mi espacio en una ciudad que todavía no es mía.

Hablar contigo y no sentir dolor es casi tan mágico como poder andar.

Así que no tengo mucho más que decirte. No por aquí. Hay otros canales. Más sanos, más lógicos, con menos necesidad de metáforas o de hablar a medias. Esos son los que quiero utilizar ahora, porque a mí también me gusta saber de ti. Hoy te he escrito esto porque... bueno, no sé: por lo de siempre. Porque será como sea, pero esta es nuestra historia, y todas las historias se merecen que se les escriba un bonito final.

Sin más. Cuídate. No te voy a repetir ya más que vales mucho, porque lo sabes. Ayer me contaste que vas aprendiendo que quizá seas hasta valiente y todo, y claro que lo eres. Tú me has construido un poco. Si pudiera elegir, no querría haberme hecho el esguince, pero mientras caminaba hoy despacito y sentía cómo vuelven a hacer su trabajo los ligamentos del tobillo, pensaba que me gusta la yo lesionada. Que es fuerte y valiente, que escribe mucho y que me cae bien. Tú también me caes bien, y me cae bien la yo que he sido contigo, así que estoy contenta. Y bueno, nunca he sabido por qué, y seguramente ni siquiera debería ser así, pero siempre vas a poder contar conmigo. No te olvides nunca, ¿vale? Por si acaso.

martes, 19 de febrero de 2013

Amor

- ¿Qué te pongo?
- Condones.

La farmacéutica levantó un poco las cejas. Estaba más acostumbrada al "preservativos" o al "unacajadepreservativosporfavor", todo así junto, muy rápido, como quien pide droga. El chico sonreía ampliamente.
- Eh... vale, muy bien. ¿de qué tipo?
- De los mejores.
- ¿Cómo que de los mejores?
- Pues eso - asintió con la cabeza -. De los mejores que tengas. Quiero condones del taco.

La farmacéutica resopló. Miró al chico con más atención: no tendría más de dieciocho o diecinueve años, y llevaba una gorra y una sudadera ancha.
- Es que lo de los mejores pues... depende de lo que a ti te guste.
- A ver, se supone que usted entiende de esto. ¿Cuáles son los de marca?

Este se cree que está comprando vaqueros, pensó ella.
- Las marcas son más o menos iguales. Todas las que tenemos aquí cumplen con los controles de sanidad y seguridad.
- Eso está bien, que no quiero que se pinchen.
- A ver - se dio la vuelta y empezó a tirar cajas sobre el mostrador con cierta brusquedad -. Tenemos estriados. Tenemos ultrafinos. Tenemos de los que retrasan la eyaculación.
- ¿Tardas más en correrte? Hala, ¿y eso cómo lo hacen?
- Le ponen alguna sustancia, un anestésico suave, si no me equivoco.
- ¿Y que se me duerma la polla? Yo paso.
 - A ver, no es que se te duerma del todo - estudia una carrera para esto, se dijo -, pero si no te gustan, te puedes llevar otros.
- Pero es que yo quiero los mejores. Los mejores-mejores, no sé si me entiendes.

Sonó el pitido que indicaba que alguien acababa de entrar a la farmacia. Era un chico también joven, pero menos: un treintañero con aspecto despistado y gafas de pasta.
- Si yo te entiendo, pero te digo que eso es una cuestión de gustos. Llévate los más caros.
- ¿Y cuáles son los más caros?
- A ver... ocho con cuarenta... diez con veinticinco... estos. Los del anestésico.
- Ni de coña.

El chico se volvió hacia el treintañero, que miraba la colección de preservativos sobre el mostrador intentando enterarse de qué iba la cosa.
- ¿Tú qué crees? ¿Cuáles son los mejores?
- Pues...yo qué sé... depende de los gustos.
- ¿Verdad? - la farmacéutica asintió - ¡eso le he dicho yo!

El chico se quedó en silencio. Pasó la mano por los envoltorios de colores, levantó las cajas, las giró en sus manos.
- Es que ella es La Mejor.

 La farmacéutica y el treintañero pudieron escuchar las mayúsculas.
- Me llevo estos - el chaval agarró la caja de ultrasensibles.

La farmacéutica los envolvió en papel con el logotipo de la farmacia, pensando que la serpiente y la copa nunca se habían visto en una parecida. Le observaron marchar con los Mejores Condones en la mano, casi saltando por la acera.
- Las hay con suerte - dijo el treintañero, subiéndose las gafas con el índice.

Ella tardó un par de segundos en contestar.
- Sí, la verdad. Las hay con suerte.

Y se apresuró a guardar de nuevo todas las cajas de preservativos mientras pensaba en el amor, esa mala hierba.

lunes, 18 de febrero de 2013

Ocho años, mil entradas

Queridos míos:

Resulta que, tal día como hoy, este humilde blog lleva publicadas novecientas setenta y dos entradas. Así, como suena. Esto quiere decir que dentro de más o menos un mes, publicaremos la entrada número mil. ¡¡Viva y bravo!!

Mil es bastante de casi cualquier cosa, así que es motivo para estar orgullosa y contenta. Si hiciera mil tartas, o escalara mil vías, o aprendiera mil canciones a la guitarra, sería una gran repostera/ escaladora/ guitarrista. De momento, no sé si soy una gran escritora, pero he decidido autoadjudicarme desde ya el título de Gran Bloguera.

Cierto que cojeo un poco en algunos aspectos del mundo blog. Como me recuerda con rencor el señor M. cada vez que aparece, respondo a los comentarios sólo por temporadas. Comento en blogs ajenos muy de vez en cuando. Mi blogroll es medio simbólico. Digamos que soy una bloguera egocéntrica que escribe y escribe y escribe y punto, y que en la cosa social me quedo un poco corta. Pero bueno. Escribir y punto está bastante bien.

La cosa es que quiero celebrar las mil entradas. No sé exactamente cómo. Sé que a) va a haber una tarta y velas de mil y que b) os tengo preparada una sorpresa y una no sorpresa. La no sorpresa os la voy a decir ya, y es que el día de la entrada número mil, por fin, nos vamos a mudar a nuestro propio dominio. Massobreloslunes.com: ya era hora. La sorpresa, lógicamente, es una sorpresa. Vamos a inventarnos ya un nombre estrafalario para ponerle iniciales, ¿vale? Le vamos a llamar la Increíble Sorpresa de las Mil Entradas, o ISME, que está bien porque es un acrónimo y por tanto se puede pronunciar*

Además de la tarta, la ISME y la NOSME (NO Sorpresa de las Mil Entradas), me gustaría hacer algo más. Algo que os involucre a vosotros. Pero no tengo claro qué.

¿Fiesta en Madrid con la tarta y los lectores de aquí? Muy raro. Ya os voy conociendo por separado, pero juntaros a todos para que habléis de mí me parece excesivo. Aunque va a ser una tarta genial, lo advierto. Con glaseado rosa.

¿Contribución vuestra sobre el blog? Algo como "y entonces massobreloslunes me cambió la vida porque... (inserta tu historia personal)". O bueno, "massobreloslunes me entretiene por las mañanas mientras me tomo el café". A mí ya me vale.

¿Concurso de... yo qué sé... postales? ¿Retratos de así me imagino a Marina? Y luego llegarían caricaturas de mí con muchos rulos, muchos gatos y churretes de chocolate, y una nube saliendo de mi cabeza en la que pondría: "¿¿¿cuándo llegará el Maromo Definitivo???"

Uf, no sé. Es todo como egomaníaco. ¿Alguien tiene alguna idea mejor? Si no, podemos limitarnos a la tarta, y la ISME, y me dejáis comentarios bonitos en la entrada número mil, y ya está.

*Desde que tengo a la RAE en la barra de herramientas, hablo con esta propiedad.






domingo, 17 de febrero de 2013

Esguince mental

A veces estás escribiendo, y escribiendo, y venga a escribir (esa es mi vida) y de repente das un patinazo. Como cuando caminas. E, igual que me pasó hace diez días con el esguince, todo se tuerce y te caes al suelo partida de dolor. No sé por qué, pero estos dos últimos días ha sido así. Me sentía, como dice Natalie Goldberg en uno de sus libros, "explotada por la musa". Tenía que ver con la GPPEP, creo yo. Es cierto que es un texto sobre psicología y que no es tan íntimo como esto, pero no deja de ser escritura y de haber salido de mis manos y mi cabeza. Sigue siendo personal, significa exponerse y también duele.

A veces los pacientes tienen ansiedad y se quejan porque la medicación los seda. Yo siempre les digo que esto es como la cara y la cruz de una moneda:  no puedes tenerlas a ambas al mismo tiempo. Y no puedes estar tranquilito y no sedado. O te sedas, o vives la vida con su angustia y su dolor. Creo que con esto es igual. Tienes que elegir. O escribes con todas sus consecuencias o no escribes y te callas la boca.

Ayer fue un día malo. Malo nivel que en un momento dado me tuve que resignar a que estaba muy, muy triste y muy, muy amargada de tener el pie mal y muy, muy cansada de intentar aprovechar el tiempo, ser una buena psicóloga en todos los ámbitos de mi vida y buscarle un sentido a los días. Me tiré en el sofá y me dormí con las dos gatas encima. Me desperté preguntándome si quiero seguir haciendo esto. Escribir en general y escribir sobre mí en particular. ¿Qué sentido tiene? Me deja en una posición muy débil. Soy el equivalente existencial al animal que se tira en el suelo descubriendo el cuello.

Entonces pensé que en los libros que me han ayudado a mí la gente se exponía. En la de desconocidos que me han contado sus penas y debilidades de forma más o menos directa. Pensé que esta era mi forma de hacer las cosas y que sí que merece la pena. Y decidí que no me lo iba a plantear más; que iba a hacerlo, punto. Que no es ni bueno ni malo. Que, como dice Harold Brodkey, que escribió con crudeza sobre su SIDA, su homosexualidad y la proximidad de su muerte, "no creo en el sentido de la intimidad o, mejor dicho: no creo en dejar la memoria en manos y bocas ajenas" (cito de memoria, que no he podido encontrar la frase en Google).

En estos días post escayola vuelvo a caminar por la casa. Cuando pude sostenerme de nuevo sobre los dos pies, fue mágico. Está bien recuperar poco a poco lo que antes dabas por sentado. Lo aprecias de nuevo. Camino muy despacio, como si estuviera aprendiendo a andar, procurando estar atenta al contacto de mis pies sobre el suelo. Lo mismo me pasa cada vez que tengo esguinces mentales de escritora. He de recuperar el ritmo, ponerme otra vez de pie, tener cuidado para no volver a abrir las heridas. Lo importante es seguir adelante. No abusar del reposo. Y, sobre todo, tener en cuenta que andas en una dirección. Que andas porque crees en la posibilidad de llegar a alguna parte.

jueves, 14 de febrero de 2013

SV 2013: ¿Superando mis traumas?

Lo que no sabéis mis queridos lectores, o quizá no recordáis, es que si San Valentín me aberra tanto es porque J. y yo lo dejamos poco después hace ya tres años, y por eso mi último recuerdo de SV está teñido de desesperación prerruptura. En sí que sea SV y no tener pareja no me importa tanto: igual de sola te puedes sentir el catorce de febrero que el veinte de octubre. Si estos dos años pasados me he puesto melancólica ha sido porque me acordaba de mí intentando avivar las llamas del amor en medio de la desesperación.

Hoy, sin embargo, ha sido un SV genial. Me lo he pasado entero terminando de escribir y corregir la Guía Práctica Para Evitar al Psicólogo. Ahora que ya está enviada y que la gente la está leyendo en sus casas, me siento rara. Pienso que nadie va a estar de acuerdo con nada de lo que he escrito (es más: pienso que a nadie le va a parecer lo bastante interesante como para terminarla) y que quién coño me creo para decirles a los demás cómo vivir. Pero bueno. Es mi eterna duda. La eterna cuestión de cómo adoptar una postura respecto a lo que debe ser la vida y mantenerla; el compromiso constante de vivir en tu particular versión de lo posible, aun sabiendo que perseguir una conclusión consistente es tan iluso como querer volar.

Y me lo he pasado muy bien, en cualquier caso. Da igual lo que pase con la guía: ¿no es genial Internet? Porque yo aquí en mi casa acabo de fabricar algo que no existiría de no ser por mí, lo he colgado en la red y ya lo han descargado 75 jipis, y nadie más que yo ha tenido que tomar la decisión de escribirlo. Y, como os comentaba hace unos días, simplemente siendo capaz de hacer algo así ya he superado mis expectativas más salvajes como escritora, así que hoy estamos de celebración. Además, después ha venido mi cita de SV, una lectora que es obviamente amor, y que aunque no me ha traído ni rosas ni molletes ha tenido el mérito increíble de colocarse frente a mí al bajar las escaleras con las muletas para amortiguarme si me la pegaba. Y hemos entrado en un bar cercano, y bebido vino, y comido tarta de chocolate, y hablado de psicología y de la vida, y he concluido que, efectivamente, no estoy en posesión de la verdad, pero que explorar las distintas maneras de aliviar el sufrimiento de la gente es lo bastante divertido como para que no me importe.

Así que bueno, ese ha sido mi SV y, sinceramente: ha sido bastante mejor que este. Ya os dije que igual resulta que vosotros, mi conjunto de lectores pacientes, sois la relación más importante que tengo ahora mismo, y que ni me importa. Porque, igual que Murakami, creo que ésta es una relación que no puedo no tener. Que incluso aunque llegue el MD, seguiré necesitando dirigirme a la masa anónima de gente que me lee, y que eso me gusta. Así que mi SV lo he pasado escribiendo para mis lectores, y no se me ocurre una forma mejor.

PD: Si alguien quiere conseguir la guía, no le va a quedar más remedio que esperar a que la corrija, que la primera hornada ya está entregada y pendiente de opinión por los jipis. Pero tranquilos, que avisaré de nuevo por aquí cuando esté lista.

Besitos amorosos.

miércoles, 13 de febrero de 2013

Profesiones inventadas, 2: El anecdotista

El anecdotista inventa anécdotas para la gente. No se trata de vulgares recuerdos, de esos que todo el mundo tiene, sino de anécdotas originales y divertidas que quedan bien en una primera cita o en una reunión social.

El anecdotista sabe adaptar su material al público que lo recibirá. Puede crear una historia para que un universitario presuma frente a sus colegas. En ese caso, hablará de aquel día, en el instituto, en que se quedó un rato después de clase y la profe de francés, aquella rubia demasiado pintada de tetas gloriosas, le pidió que le grabara con su smartphone mientras se masturbaba en un pupitre. Para la chica a la que el estudiante quiere impresionar, sin embargo, el anecdotista inventará que hace muchos años, cuando era tan pequeño que apenas se acuerda, su abuelo le llevó a un risco cercano al pueblo donde podía verse anidar al alimoche, pero que no hubo suerte y no divisaron ninguno. Y que años después, cuando el abuelo murió de insuficiencia respiratoria sin que nadie lo esperara, el chico caminó hacia el risco con el corazón encogido y justo allí, mientras se permitía llorar todo lo que no había llorado en el funeral, vio como un alimoche dibujaba un círculo elegante en el cielo de la tarde y se perdía en el horizonte.

El anecdotista sabe que la frontera entre lo interesante y lo irreal es delicada, así que procura medirse. Nunca inventará que te acostaste con un cantante famoso, pero quizá sea capaz de mencionar los suficientes datos verosímiles sobre bares, fechas y películas como para que hagas creer que te tomaste una copa con él una noche de marcha en Barcelona. También sabe que la combinación de emoción y sorpresa es la ganadora, así que toca los resortes de la gente para que hagas de ellos lo que tú quieras. La próxima vez que te llegue una historia curiosa por una red social (ya sabes: animales sabios, bebés asombrosos, increíbles historias de amor a primera vista en el metro) y te veas haciendo clics en páginas que te llevan a otras páginas, plantéate que quizá esté detrás la mano del anecdotista.

El anecdotista, por último, es consciente de que lo más importante no es el público, y por eso también te vende anécdotas privadas a un módico precio. Te las cuenta varias veces hasta que acabas por creértelas, y te encanta recordar aquel día que tuviste que ayudar en un parto de emergencia porque el avión estaba en medio del océano y no daba tiempo a llegar a un hospital, o cuando una compañera recibió un ramo de rosas en el trabajo y tú, que nunca en tu vida habías recibido rosas, te encontraste con otro en casa por pura casualidad.

A veces te sientes culpable porque sabes que tu anécdota es mentira. La cuentas frente a la gente o la recuerdas en silencio y te sientes una farsa. En ese caso, el servicio del anecdotista incluye la posibilidad de llamarle entre dudas. "No te preocupes", contestará él. "Ningún recuerdo de nadie existe ya. ¿Qué importa que los tuyos no existieran nunca?".

PD: Otorgo un Premio Especial del Público a quien recuerde cuál era la otra profesión inventada sin usar google.

martes, 12 de febrero de 2013

Vida de una coja

Acaba de terminar el quinto día de mi convalecencia esguincera, y el sentimiento que me inunda de forma más potente es el de un Gran Perezón. Todo es TAN cansado. Todo cuesta el triple. Vestirse, hacer la cama, ducharse, ir al baño, cocinar, desplazarse. Por no hablar de las subidas y bajadas de las Escaleras del Averno.

Evaluemos la situación.

Adecuación a las instrucciones médicas: regulera. Ayer fui por fin capaz de pincharme el Clexane que me habían dado en urgencias, y he de decir que inyectarse a uno mismo da una grima suprema. Me hice un moratón gigante, por torpe, y me dolió un montón. Lo del pie en alto va muy regular. Demasiada deambulación, me temo; como resultado, la base de mis dedos está gris. Pero es que la inmovilidad me aberra. Quizá sea mejor tardar un poco más en curarme el pie y mantener la salud mental.

Adquisición de nuevas habilidades: óptima. Tengo la pierna derecha como un cable de acero a causa del frecuente desplazamiento monópedo. Las muletas van bien, gracias a mi poderoso tren superior de escaladora. El problema es llevar objetos, especialmente líquidos. No puedo dar saltitos con líquidos en la mano, así que me desplazo con mi pierna hábil a lo James Brown mientras sujeto la taza en una mano y las gatas me miran, anonadadas. Lo de subir y bajar los cinco pisos con muletas para que me dé el aire tiene mucho mérito, pero es que si no me empieza a entrar síndrome Ana Frank y me pongo violenta.

Aprovechamiento del reposo: razonable. Tonteo mucho por los mundos virtuales. Aun así, hoy he terminado la increíble y maravillosa Guía Práctica para Evitar al Psicólogo, que podréis obtener por el módico precio de gratis siguiendo las instrucciones que aparecen aquí. Ha sido guay escribir tanto. Me ha hecho sentir merecedora de pertenecer a la especie humana, a pesar de mi invalidez. Cuando escribo soy poderosa. Soy SuperMarina y me dan igual la vida, los esguinces, la proximidad de San Valentín y todo.

Proximidad de San Valentín, por cierto: la tolero. Tengo un plan para el jueves que incluye a una lectora que es amor, la promesa de molletes y quizá una caña en algún bar en diez metros a la redonda. De hecho, hoy he rechazado otro plan propuesto por un Galante Admirador o GA (¿le vale como seudónimo, señor M.?) que se había ofrecido para quedar el jueves y ayudarme a sobrellevar SV sin defenestrarme.

Más sobre los maromos: estoy en trámites de gestionar una ingesta de alcohol programada con ChMM, en línea con el compromiso con la honestidad del que hablaba ayer. Más detalles en tiempo real vía Twitter.

Y poco más. He llamado a un paciente para explicarle lo del esguince y casi le hago una entrevista clínica completa por teléfono, en pleno síndrome de abstinencia laboral. Si alguien queda conmigo estos días y le pregunto si él o alguien de su familia ha sido visto alguna vez en Salud Mental, por favor, que me disculpe: es la costumbre.

De todo se aprende, gente. Hasta de la cojera temporal. Aun así, espero que el traumatólogo me dé buenas noticias el viernes y reincorporarme al mundo deambulante. Por otra parte, si la enfermedad me sirve como excusa para la mencionada ingesta programada de alcohol con ChMM, ni tan mal.

Gracias a todos los lectores amorosos que se han interesado por mí y me han dado cariño y consejitos. Gracias a la gente que intenta convencerme de que inspiro amor en lugar de celivibraciones. Si yo no es por ser negativa: mi celivifrecuencia es una pura cuestión objetiva y observable. Gracias también a los lectores amordio (a saber: LauraBQA y KHaL Yeleytr), porque mi ambivalencia hacia vosotros, vuestros pintaúñas caros y vuestras correcciones prematuras de mis ebooks os hacen aún más adorables. Que sepáis todos, y muy especialmente GA, que no contesto los comentarios últimamente porque el Firefox no me deja (verídico) y cambiar al Safari me da perezón. Pero me esforzaré más. Creo. Y a los mails contesto siempre. O casi.

Os quiero, chicos. El día que muera Internet muero yo con él. Todavía no entiendo bien cómo sobrevivió Ana Frank sin perder la olla.

PD: Estado de la mar: marejadilla.

Escrihonestación

Tengo tres ideas para hoy:

Escritura.

Honestidad.

Aceptación.

Sobre la escritura: reflexiono que nunca pensé que me vería en ésta. En sentirme tan cómoda como escritora. Desayuno con Álex en la Libre, y mientras engullo mi panecillo inglés con crema de queso y mermelada de arándanos, convenientemente denominado Barnes, charlamos sobre escribir y sobre lo que significa para nosotros. Hablamos acerca de la posibilidad de parar de escribir, y le digo una frase de Paul Auster que antes repetía mucho: "No es que escribir me produzca una gran placer, pero es mucho peor si no lo hago". Aunque ahora sea mentira, porque ahora escribir sí que me produce un gran placer, y lo compruebo en estos mismos momentos, en estos instantes de flow silencioso que me regala como cada día este ratito frente al portátil.

Ahora, a mis veintisiete años, me veo en la curiosa posición de no contemplar ni por una milésima de segundo la posibilidad de dejar de escribir. Siempre pensé que me daría por vencida. Que dónde iba yo con el tema de la escritura. Estaba segura de que abandonaría en algún punto, y de que sería una adulta aburrida con un trabajo estándar y diría "es una pena que lo dejara; con lo bien que se me daba".

Cuando era más pequeña escuchaba la canción de Sabina: "no tenía salida el callejón del cuartel/ para el desertor del batallón/ de los nacidos para perder", y pensaba que yo estaba allí: con el traje gris de la multitud, incapaz de escapar de un porvenir chungo, incapaz de salir tan corriendo como lo había hecho él.

A estas alturas de la vida, aunque nunca consiguiera nada más como escritora de lo que he logrado hasta ahora y que no es mucho, puedo decir que he llegado más lejos de lo que habría soñado nunca. Para empezar, porque no me he dado por vencida. Pero es que además es eso: que escucho a Álex y debato con él sobre la posibilidad de no escribir como sobre un concepto abstracto y entretenido, pero no-puedo-no-escribir. Eso es así. Le planteo la duda fundamental del escritor: ¿preferirías dejar de escribir o dejar de leer? Yo dejaría de escribir antes que de leer, seguro, pero si dejara de escribir me moriría de la pena.

Sobre la honestidad: ojalá pudiera comprometerme con eso. A lo mejor no hacen falta semáforos de disponibilidad sexual, ni lloriquear sobre cómo está montada esta sociedad de mierda. A lo mejor sólo hace falta que yo sea honesta, y no me refiero a invitar a ChMM a tomar un café, que tampoco es tan grave, sino a decir las cosas y desentenderme de los resultados. Tengo verdades mucho más graves y más difíciles que un potencial café con ChMM. Más prohibidas, más oscuras, más si tú supieras lo que yo pienso quizá no me podrías mirar a la cara. Hay muchos sentimientos dormidos o anestesiados en este corazón tan pequeño, y ojalá pudiera comprometerme con ellos de forma radical y pelar las capas de mi cebolla emocional hasta quedarme sin nada.

Pero no puedo, punto. Aún no. En algún momento dejaré de tener miedo. Pero aún no.

Sobre aceptar: intento que cada día cuente. Quiero estar sana y tener a mi tobillo de vuelta, y al mismo tiempo sé que tengo la responsabilidad de aceptar bien esto. Por mí, por mis pacientes, porque estas cosas nunca suceden en un buen momento y porque no puedo pretender ayudar a los demás a que se adapten a vivir sin un pulmón o sin su marido muerto cuando yo no puedo convivir con un esguince de tobillo. Así que procuro disfrutar de estos días. Del esforzadísimo paseo con muletas hasta el desayuno de la Libre. De observar cómo se estira la gata al sol sobre la silla del salón. De escuchar reírse a Cris y a sus colegas mientras se tatúan imperdibles en las caderas (verídico) y de escribir como si no hubiera un mañana un mini ebook para Psicosupervivencia (más información pronto).

Hay momentos en la vida que parece que no merecen la pena, como recuperarse de un esguince, o como estar terminal. "Animar a los moribundos es una tarea de Sísifo", me dice J. por el Skype, y le contesto que no es exactamente así; el problema de Sísifo era que la piedra volvía a caerse cada noche; el problema de los moribundos es, precisamente, que la piedra se cae y punto, y que después de eso ya no hay nada. Lo que quiero decir es que todos los momentos están llenos de dignidad, y a mí estos momentos míos me parecen muy raros. Miro a toda la gente con sus tobillos sanos y me resulta extraño pensar que tantas cosas que amo están ahora mismo fuera de mi alcance. Sé que como pensamiento es un dramón injustificado, y que también está injustificado hablar de esto y de los enfermos terminales en el mismo párrafo, pero no sé si me estoy explicando. No puedo andar, no puedo correr, no puedo escalar, y cruzar hoy mi calle de lado a lado me ha costado la misma vida, y hoy por hoy esa es mi realidad, y es rara.

En cualquier caso, estoy más animada que los días anteriores. Más reconciliada. Me encuentro mejor desde que he decidido que todo tiene que contar y que tengo que hacer que merezcan la pena todas mis horas sobre esta tierra. Sigo preguntándome las mismas cosas al final del día: si he ayudado a alguien, si he expresado amor hacia alguien, si he aumentado mi nivel de atención, mi nivel de conciencia; si la respuesta es que sí, está todo bien, pueda o no andar, pueda o no escalar.

Gracias a todos los que me estáis mandando ánimos vía mail, twitter, comentarios y etcétera. Haced el favor, por cierto, de comentar el post anterior, que me quedó bien bonito. Y seguid ahí. Yo estoy comprometida con esto porque vosotros estáis comprometidos con esto. Y a día de hoy, madrugada del doce de febrero de 2013, a menos de cuarenta y ocho horas de constatar, un año más, mi incapacidad absoluta para generar amor romántico, va a resultar que mi relación con este blog y con vosotros es la más importante que tengo en mi vida. No sé si eso es bueno o malo, pero gracias.


domingo, 10 de febrero de 2013

Tú en febrero, todavía

Lo que tú no sabías esa noche es que yo no quería volver. Que esa noche, concretamente esa noche, pensaba mandarte de una vez por todas al olvido y seguir con mi vida, y que nada de la charla intensa y negociadora que habíamos mantenido minutos antes había servido para moverme un milímetro de mi postura. Entonces sacaste aquel relato: una hoja de papel sobre la muerte de tu abuela. Me la alargaste para pedirme opinión. Yo sabía que harías lo que quisieras. Que aguantarías estoicamente mis broncas por escribir frases de seis líneas, que discutiríamos un par de comas y que después tú corregirías el texto como te diera la gana. Anda que no teníamos broncas tú y yo por corregir textos. Eres una bruja, me decías, y yo así no puedo escribir. No respetas lo que hago. Tú siempre más y mejor.

Aun así, me pudo la curiosidad, cogí la hoja y empecé a leer. Y ahí estabas tú. Ahí estaba esa escritura nunca perfecta, pero sí sensible. Así has sido siempre. Capaz de ponerle palabras a las cosas con una precisión preocupante. Y durante mucho tiempo me bastó con eso, y me bastó también aquella noche. Te vi de pie junto a tu abuela muerta de miedo, con ganas de decirle todo lo que te habías callado en años, sabiendo que no podías acompañarla más allá de la última frontera, y me reenamoré de ti como una gilipollas.

Esa noche volví contigo por el relato. Lo corregiste como te dio la gana, claro; aun así, volví contigo porque quería estar con alguien capaz de sentir de esa manera.

Te sigo leyendo. Cada vez menos, porque publicas poco, pero te sigo leyendo. Me sigue sorprendiendo tu capacidad para sentir las cosas. Hoy hablas de por qué nos gusta ser parte de relatos, y explicas esa cualidad de peso existencial que sentirnos narrados aporta a nuestras vidas. Me recuerdas a cuando tenía catorce o quince años y decía mucho eso de que alguien era "un personaje". Y cómo me dio por ponerme mística, Matilda style, y reflexionar sobre que ser un personaje estaba bien porque quería decir que eras interesante. Ni bueno ni malo; interesante, y lo bastante lleno de matices como para que alguien quisiera escribir sobre ti.

Hoy leo lo de los relatos y me encanta que hayas puesto palabras a algo que yo había pensado desde siempre. Que sentirnos narrados es desafiar a la muerte. Yo escribo sobre la gente, ¿sabes? También sobre ti. Lo estoy haciendo ahora. Eres mi personaje. Y me siento mal cuando lo hago, verídico: como si estuviera robando almas o poseyendo realidades ajenas. Me propongo siempre inventar más, aliñar con más ficción los trozos de esta realidad que me fascina. Aun así, acabo relatando a la gente a la que conozco. No sé si les gusta o no. No sé si les da más peso. Ya lo he dicho; trato de entender y, en cualquier caso, ya no sé ser de otra manera.

Decía Hornby en 31 canciones que dejamos de escuchar un tema cuando, de alguna forma, lo resolvemos. Cuando deja de ser un enigma. Mientras siga escribiéndote, seguiré resolviéndote. Mientras tú sigas escribiendo y yo siga teniendo ganas de leerte, seguirás creando enigma, siendo enigma. Compartiré esto con el mundo porque me hace falta, y porque no creo que te importe ser parte de mi relato a estas alturas. Seguiré siempre un poco enamorada de alguien capaz de sentir como tú.

Y como último secreto, te confieso que eres mi lugar seguro. Que en los talleres de relajación del hospital a menudo nos dicen que imaginemos un lugar donde nos sintamos completamente a salvo, totalmente seguros; que yo siempre lo intento con las playas, los campos y el sandwich de plumas en que he convertido mi cama. Aun así, terminas por ser tú. Tú tendido bocarriba sobre tu cama de COU, inmóvil bajo el sol de media tarde, serio y dormido a la hora de la siesta. Yo encajada sobre tu pecho, tranquila como la gata Mia ahora mismo en mi regazo, sin ninguna necesidad de moverme, de acomodarme, de rascarme. Cien por cien conforme con el hueco que estaba ocupando en el espacio y el tiempo.

Que sigas siendo mi lugar seguro a estas alturas; hay que joderse. Confesiones de domingo de una mujer con esguince.

Aun así, gracias. Por escribir, por ser y por venir a calmar a mi mente inquieta en los ejercicios de imaginación guiada. Espero que alguien o algo te quite por fin el protagonismo de mis febreros. Quizá el año que viene. Quizá otro año.

sábado, 9 de febrero de 2013

Lesionada

Cuando te lesionas, siempre tienes la sensación de que podías haberlo evitado con facilidad y te sientes gilipollas. Eso fue lo primero que pensé el jueves, justo después de escurrirme de una presa roma y notar cómo crujía mi tobillo izquierdo sobre el colchón del roco. Es un instante. Un puto instante. Y lo cambia todo. Me quedé tendida boca abajo sobre la lona, hiperventilando y llorando como una chiflada. La gente del roco se portó muy bien. Todos me consolaban: va, tía, es sólo un esguince, cuando te quieras dar cuenta estás aquí otra vez, y total, hace un montón de frío y todavía no es buena época para la roca. Yo sollozaba descontrolada: que no, que todo es una mierda, que yo quiero escalar y todo es una mierda.

Tardé un buen rato en conseguir coordinar las neuronas suficientes como para decidir que me iba al hopital. Mi tobillo tenía un huevo morado de un tamaño curioso. "Es horrible, horrible - repetía yo -. Tiene una pinta horrible". Verídico. Nunca se me había inflamado tanto un tobillo en tan poco tiempo. Me imaginaba roturas, operaciones y recuperaciones larguísimas.

Me acompañó al hospital Álex, el novio de una amiga, que había venido esa tarde a entrenar por primera vez. Tuvo el mérito enorme de convertir un rato angustioso en uno agradable. Estuvimos charlando de escritura, de blogs y de los Aristogatos. A mí después del primer analgésico intramuscular me empezó a entrar la risa absurda, y cuando el técnico de rayos me preguntó si tenía posibilidades de estar embarazada, le expliqué algo sobre la imposibilidad en estos momentos de algo así, mis celivibraciones y lo mala que está la cosa. Después me dio un ataque de risa mientras me pinchaban heparina y casi pateo al residente cuando intentó cortarme mis vaqueros favoritos. "Es que me hacen un culo estupendo", expliqué. Tuve momentos de despersonalización, en los que pensaba que esto no me podía estar pasando a mí. No me podía haber hecho un esguince de una forma tan absurda. Quería despertarme con normalidad y poder seguir con mi vida.

Ayer estaba sumamente triste. Por muchas cosas, no sé. No sólo por el esguince. Por la sensación de injusticia y de desprotección. La vida es injusta e incierta, eso ya lo sabemos todos, pero ayer concretamente me preguntaba qué mensaje me estaba mandando el universo. Ha sido una semana de mierda. Primero perdí mi cámara, luego resulta que el embrague de mi furgo no va bien y arreglarlo me sale por un pico, y ahora me quedo sin tobillo. La salud mal, el dinero mal, del amor ni hablamos, y encima todos los días rondando por Muertelandia y con mi precario equilibrio mental pendiente de un hilo.

No sé. Por primera vez en mucho tiempo, me encuentro desbordada.

Hoy el día ha ido mejor. He conseguido organizarme para escribir, leer y trabajar algo en Psicosupervivencia. He hecho suspensiones de dedos y dominadas en la espaldera que tenemos en el salón. Cuando le mandé ayer a Juanjo, mi colega valenciano, las fotos de la escayola por el whatsapp, me dijo que tenía mucha suerte; que ojalá él tuviera jodido el pie en lugar del tendón del dedo desde navidades. Que se pondría inhumano haciendo campus.

Están locos, estos escaladores.

El caso es que hoy, mientras ponía el lavavajillas apoyada en una muleta, pensaba que a saber lo que te va a tocar en esta vida, y que mira que si en lugar de un esguince me hubieran amputado la pierna y me tuviera que acostumbrar a vivir así. ¿Qué iba a hacer entonces? ¿Autocompadecerme? Tendría que tirar adelante de alguna forma.

A ratos pienso que es verdad que en esta sociedad no se tolera el malestar, pero que igual yo sí que estoy viendo demasiado malestar. Que la gente no se entera de las Verdades Chungas, pero que yo últimamente estoy convirtiendo mi vida en una Verdad Chunga y que las cosas tampoco son tan así. Y que quizá torcerse el tobillo es una buena defensa. No creo que las cosas pasen por una razón. Creo que esto es azar y punto, y que es nuestra esforzada mente narrativa la que se empeña en encontrarle un sentido a los acontecimientos. Aun así, quizá mi tobillo me está protegiendo de observar más desgracias durante unos días. A lo mejor no me viene mal quedarme en casa viendo pelis y durmiendo más de la cuenta, y olvidarme por un ratito de Muertelandia.

El miércoles tuve a una paciente con un duelo complicado. Estaba tan triste que me empezó a dar pena que su ser querido se hubiera muerto, en plan "con lo majo que era". ¿Estamos locos? No me puede dar pena que se muera el ser querido de otra persona. No lo puedo sentir como una pérdida personal, ni tener ganas de haberle conocido por lo majo que parece en palabras de mi paciente. Es excesivo y tengo que encontrar la manera de racionar todo eso, porque si no se me va a ir la olla.

[Concluyo diciendo que hoy ya estoy mejor y que creo que voy en marcha hacia reconciliarme con mi nuevo estatus de lesionada. Estoy planeando paseos con muletas por Lavapiés. Las muletas te ponen los brazos fuertes y no hay que perder esa oportunidad nunca. Aunque sólo sea porque no me puedo permitir bajar el ritmo de cara a mi viaje a Denver. O porque bueno, ahí está el pobre Juanjo haciendo senderismo porque su tendón no le deja escalar, y hay que ser solidarios con los colegas]

PD: Si de verdad, de verdad, queréis animarme, pasaros por Psicosupervivencia y compartid/comentad/suscribiros a la lista de correo. Necesito que alguien me convenza de que puedo ayudar a los demás, porque últimamente no me siento muy capaz *modo autocompasivo off.

lunes, 4 de febrero de 2013

El sandwich de plumas

Mi día de hoy ha sido asqueroso nivel oncología, así que en lugar de ponernos serios y hablar de que igual se me está pirando un poco la olla porque voy viendo a la muerte en todas partes, rollo Destino Final, vamos a escribir un post absurdo para olvidar que la realidad es básicamente una puta mierda.

El post se subtitula: por qué si eres un maromo bueno, interesante, escalador y razonablemente atractivo debes tener sexo conmigo PRONTO.

Antes de continuar, querido lector, tómate tu tiempo. Los humanos somos seres rapidillos a los que nos gusta anticiparnos y buscar explicaciones. Estarás pensando que te voy a contar otra vez que soy a la par estupenda y entusiasta, y que lo explícito de mis posts con la etiqueta "no puedo creer que no tuviera etiqueta para sexo" habla por sí solo. Después lloriquearé un rato diciendo que quiero un novio, empezaré a penar porque San Valentín se acerca y culminaré con un intento de salvar mi dignidad diciendo "pero el sexo sin compromiso no me afecta, así que venid a mí".

Pues no. Listo, que eres un listo.

Resulta que de un tiempo a esta parte, me he dado cuenta de que mi querido nórdico, el que compré en el Hipercor de Granada (pronúnciese hipercá) hace ya cinco años, no abriga tanto como antes. No sé por qué. Quizá las plumas han perdido plumicidad. Quizá envejezco y soy más friolera. Quizá me he quitado una capa cálida de grasita corporal. La cuestión es que últimamente el frío y yo hemos entrado en escalada, como EEUU y la URSS, y cuando me he querido dar cuenta, estaba durmiendo con leotardos térmicos, leggins, calcetines, camiseta térmica, pijama, forro polar, el nórdico y una manta. Verídico. A pesar de eso, me levantaba helada. Esta casa no está muy bien aislada y es un ático, así que de madrugada se parece demasiado a un iglú.

Así que hoy, después de darle un par de vueltas y concluir que total, en algún punto tendré que empezar a alimentarme de arroz blanco así que de perdidos al río, me he plantado en El Corte Inglés a aprovechar la Semana Fantástica de las Sábanas, o algo parecido. Que todas las semanas son fantásticas en el Corte Inglés, por otra parte, así que no tiene mérito haber pillado esta. He enganchado a un señor muy amable, nivel el Vendedor Motivado de los vaqueros de este verano, y le he dicho que quiero un edredón calentito con buena relación calidad-precio. Este señor ha tenido más suerte que VM, porque como el edredón no tiene por qué hacerme buen culo, soy menos sibarita. Me ha vendido un nórdico tirolés con nosecuántos millones de plumas de ganso y cientos de hilos de satén entretejidos, que encima estaba a mitad de precio y que venía en una cómoda funda de algodón.

"Es una buena compra", repetía el señor mientras me cobraba. "Más le vale - he contestado -, porque como siga pasando frío por las noches, va a tener usted un karma horrible". Ha sonreído con pavor. No sabe que se lo digo en serio.

Después he llegado a casa lista para hacer la cama y cambiar mi vida nocturna. He sacado el edredón antiguo y me disponía a guardarlo cuando he recordado algo. Una de las que llamaremos "las lecciones para la vida de Marian Keyes". Ahora mismo sólo recuerdo otra, que es: "si me quedara una hora de vida, la pasaría haciendo galletas en forma de zapato", pero seguro que hay más, porque MK es muy sabia. Lo que he recordado hoy es algo que hacía la protagonista de uno de sus libros y a lo que llamaremos el sandwich de plumas.

El sandwich de plumas no es una mera comodidad. Es lujuria. Es pereza. Es todos los pecados capitales a la vez, menos quizá la gula, pero sólo porque no puedes comer edredón nórdico.

Consiste en que utilizas dos nórdicos, dos. Uno lo colocas sobre el colchón y lo tapas con la bajera; el otro lo metes en su funda y lo pones encima. Como resultado, duermes con nórdico por arriba y otro por abajo, en un maravilloso bocadillo de calor y suavidad del que el despertador te arrancará sin piedad y con lágrimas en los ojos.

Así es mi cama ahora.

Y por eso, maromo bueno, interesante, escalador y razonablemente atractivo, éste (y no otro) es el momento óptimo para tener sexo conmigo. Porque podrás experimentar el sandwich de plumas con una rubia natural emocionalmente deprivada y debes hacerlo ahora, antes de que llegue la primavera y tenga que decirle adiós a mis dos maravillosos nórdicos. Así que ya sabes: no pierdas el tiempo. Esto es como la Semana Fantástica del Corte Inglés: luego habrá más oportunidades de conseguir beneficios, pero éstos, concretamente, tienen fecha de caducidad.

(Aprovecho para decir que quien quiera seguir mis estupideces musicales en Melomarina, e incluso apuntarse a escuchar los disquitos conmigo, lo mejor que puede hacer es agregarme a twitter -> @marinalunes, porque he configurado el Tumblr para que se coordine con twitter y avisar cada vez que publique algo nuevo. He dicho)

Mi última estupidez

Mi última estupidez no es haber perdido mi cámara réflex, aunque eso es algo que ha sucedido hoy. Lo de la cámara se lo he contado a los jipis de la lista de correo de psicosupervivencia, que son amor, y ya está aceptado y superado. Mi última estupidez es que hoy he ido a la Fnac y no se me ha ocurrido otra cosa que comprarme "1001 discos que hay que escuchar antes de morir". Que yo sé que estoy muy pesada con la muerte y tal, pero esta vez la cosa iba más de música que de muerte.

Mi absoluta carencia de gusto musical es de mis mayores vergüenzas. Soy una persona que por las mañanas se sube al metro y se pone Gangnam Style sólo para mirar a la gente, imaginarles bailando en plan flashmob y reírse sola. Acto seguido, continúo mi programación matutina con "La raja de tu falda", "Hips don't lie" y perlas así. Lo único que me salva de la vergüenza musical es pensarme como una persona a la que al menos le gustan Sabina y Extremoduro, que son como medio dignos, y que le da mucha importancia a las letras bonitas.

Cuando empecé con MQEN no sabía nada de la vida, así que cometí el error de decirle que me recomendara música. MQEN es amor y es musicólogo, pero de recomendar(me) música no tiene ni idea. Creo que en algún lugar de su mente esperaba que yo mutara y me transformara en el tipo de persona que valora las suites de rock sinfónico de veinte minutos de duración, pero eso no iba a suceder. Yo hacía esfuerzos descomunales por comprender y apreciar su música, pero terminaba quedándome con las baladas sencillitas de cada álbum.

Terminé con MQEN y decidí escuchar lo que me saliera del potorro el resto de mi vida, y aquí me veo. Veintisiete años, un halo de culturilla polivalente y los gustos musicales de una espectadora de Físcia o Química (porque yo NUNCA he visto Física o Química, qué va, y además Cabano no me ponía nada, nonono). Y bueno, a estas alturas no es que me importe lo que nadie piense de mí, pero opino que quizá me esté perdiendo algo. La oportunidad de apreciar otros niveles de belleza. En realidad me gusta la música, y cuando encuentro algo que me conmueve soy muy feliz. El problema es que estoy un poco perdida. Mis padres nunca le han dado mucha importancia a la música; son de gustos más bien sencillotes. Mi hermano tuvo su época reggaetón y su época rap, y no sé bien por dónde anda ahora, así que tampoco es útil. J. era igual de terrible que MQEN para encontrar convergencias musicales conmigo, y mis amigas hacen cosas como confesar en momentos insospechados que se escapaban en feria para ir a los conciertos de Andy y Lucas. Verídico.

Así que bueno, sé que es como muy cutre comprarse un libro que se llame "1001 discos que hay que escuchar antes de morir" y pretender escucharlos en el Spotify. La cultura musical, en teoría, no se adquiere así. Mola más el rollo "yo tenía doce años y con mi paga semanal me compraba cintas para que me las grabara el vecino" Pero qué queréis que os diga. Me gusta organizarme. Me gusta que las cosas tengan un método y orientarme en el espacio tiempo. Me mola que alguien seleccione artistas, discos y canciones, y que encima me explique cosas de unos y otros. Me da sensación de seguridad.

Así que aquí estoy, con mi libro y mi suscripción premium (que ya la tenía de antes, por cierto, para escuchar a Shakira sin interrupciones publicitarias). No tengo claro por dónde empezar. Por orden cronológico me aberra un poco; si tengo que estar meses escuchando música de los 50, quizá pierda el interés por este proyecto. Así que creo que voy a ir saltando un poco entre épocas, según me vaya fluyendo la movida. Me gustaría escribir sobre los discos que voy escuchando, pero tengo un problema serio con la escritura, a saber: me paso. Escribo DEMASIADO para tener además un trabajo a jornada completa. Aun así, como no tengo remedio, he abierto un tumblr para la ocasión, porque además creo que es la única red social que me falta por explorar (junto con Pinterest, que no lo pillo guay, pero bueno; dadme tiempo. Las redes sociales son como los pantalones de pitillo: al principio te horripilan y luego no podrías vivir sin ellos).

Resumiendo el percal: voy a escuchar música y quizá escriba algo sobre ello. Quizá no. Tampoco os matéis mirando el tumblr porque igual duro dos días. Si duro más de dos días, os lo haré saber para que volváis por allí. Si voy a buen ritmo, quizá llegue a los treinta años con... bueno, no con un culturón musical de la ostia, pero al menos con respuestas menos vergonzosas para la pregunta "y a ti qué música te gusta".

Y digo que es una estupidez porque mi vida es un macroproyecto constante y todo, en realidad, ¿para qué? Cualquier día me dejo de metas e historias y me tumbo delante de la tele a ver Sálvame mientras me alimento de tuppers del chino. Cualquier día, como diría Miguelito el de Mafalda, doy el marinazo.

Tened una muy feliz semana, lectores queridos. Moláis.


domingo, 3 de febrero de 2013

Contrastes

Llevo un rato aquí sentada pensando sobre qué escribir. A veces me noto... no sé cómo explicarlo... descontextualizada. Como si mi escritura no estuviera relacionada con mi vida. Sobre todo hoy, que es sábado pero estoy sola en casa y sin ganas de salir. Podría ser cualquier día. Creo que la gente se está manifestando en Génova, y no me importaría ir si tuviera con quién. Ahora mismo, sin embargo, estoy sentada con Mia sobre el regazo (es tan ligera esta gata; parece de pluma) y no tengo intención de levantarme para manifestarme por nada.

He pasado la mañana comprando pintaúñas con Laura, una lectora que podría ser amor pero es odio, porque me acaba de presentar una marca maravillosa de esmaltes a diecisiete euros el tarro. Aun así, lo hemos pasado muy bien. Laura es estupenda, es preciosa y divertida hasta hacerte llorar. La expresión "tengo la vejiga como la gaita de Hevia" ha llegado hoy a mi vida para quedarse.

Sin embargo, aquí estoy yo sentada y pensando otra vez en la muerte.

Ayer por la mañana estaba en un ordenador del curro, grabando un CD con instrucciones de relajación para una paciente terminal. Había estado practicando con ella unos minutos antes y, madre mía: su cuerpecito tumbado inmóvil en una cama es bastante más de lo que cualquiera debería soportar. Bajaba yo después las doce plantas hasta psiquiatría pensando: "por favor, por favor, que sea capaz de hacer esto, que tenga fuerzas, por favor", y no sabía ni a quién se lo estaba pidiendo, porque no creo para nada en el Hombre del Espacio. No escribo esto para que penséis que soy fuerte, ni valiente, ni que pobrecita yo. He elegido estar ahí y no creo que sea más fuerte ni más valiente que nadie. Mi sensación con esto es muy rara. Al principio no sentía más que una piedad espantosa y mal entendida, un horror sin fisuras. Ahora es algo más parecido a una percepción global de todo. Algo un poco más ecuánime. Como si mirara a los moribundos y comprendiera de forma intuitiva que yo estaré ahí también en algún punto. Que hoy te toca a ti y mañana a mí, y que todo forma parte de algo más grande, más colectivo, como si estuviéramos desempeñando papeles aleatorios en una obra de teatro gigante.

Mientras grababa el CD se acercó mi tutora. "¿Para quién es eso?", preguntó. "Para una paciente de la catorce, que tiene mucho dolor". "¿Cómo estás llevando el tema del dolor?". Me encogí de hombros. "El dolor no lo llevo mal - contesté -. Lo que llevo fatal es la muerte". Me llevó a un despacho y estuvo hablando conmigo un rato. Que si onco es duro, que si es normal que se pase mal, etcétera. "Si sales de ésta, todo lo demás te va a parecer muy fácil. Incluida tu vida".

Tiene razón. La imagen de mi paciente tumbada me acompaña todo el rato en estos días. Es como un contraste constante con mi realidad y no me pone triste. Al contrario. Me hace sentir tan, tan contenta de tener todavía un futuro. Tan contenta de cualquier cosa, de todas las estupideces mínimas, de poder caminar escuchando música y cantando en voz alta cuando el trepidar del metro disimula mi voz. Te das cuenta de que lo estabas enfocando mal. De que todo lo que defines como molesto, u horrible, o angustioso, no es más que vida, afortunados pedazos de vida humana, oportunidades para olerlo todo, saborearlo todo, sentirlo todo.

Ayer hablaba con Cris sobre esto y sobre todo lo que haríamos y diríamos si nos fuéramos a morir en tres meses. Confesaríamos nuestros amores silenciosos, seríamos valientes y honestas. "Lo que pasa es que no nos vamos a morir en tres meses", dijo Cris. "Ya".

Yo no creo que haya que vivir como si te fueras a morir mañana. Sería todo demasiado loco y extremo. Sí hay que vivir como si te fueras a morir en algún punto. A lo mejor no es tan difícil. A lo mejor basta con comprender que todo está iluminado y que no se trata de buscar lo positivo. No hay positivo ni negativo. Hay vida, eso es todo, y las cosas van pasando y tú sólo te tienes que quedar ahí, lo más presente y atento posible. Disfrutar de esto que estás viviendo: experimentar tu tristeza y tu miedo con la misma profundidad que tu alegría y darte cuenta de que los momentos son preciosos. Todos. Es hermoso el momento en que te enamoras y también cuando te parten el corazón. Son hermosos el calor y el frío, el placer y el dolor.

Pensadlo así: casi todo está bien cuando no estás muerto.

Buenas noches y feliz domingo.