... de publicar cuentos antiguos cuando estás de exámenes y no tienes mucho tiempo para escribir;) Que conste que esta vez no es falta de inspiración, sino que estoy demasiado ocupada intentando que no me psicobiofollen como para andarme con chorradas literarias :p
Así que aquí os dejo un cuento del año que fui al taller de escritura (2003) y que está publicado en un librito que sacamos al acabar el curso. Sólo se hizo una miniedición para los del taller, pero si le queréis echar un vistazo pedídmelo, que es muy chulo, un libro de verdad, con sus tapas y todo (y sale una foto mía en la que estoy superguapa)(y soy la autora más joven de todos) xD. Como siempre, espero que os guste.
URBANISMO
Si aquella mañana Alfredo no hubiera tenido que atarse los cordones de los zapatos de camino al trabajo, no se habría dado cuenta de que habían quitado los bancos. Pero cuando fue a sentarse para rehacer los lazos advirtió que, en efecto, no había bancos, y en su lugar sólo quedaban los hierros desnudos que habían sido las patas.
Tal vez haya sido el ayuntamiento, que pretende renovarlos y que los sustituirá, como siempre, por algún horror vanguardista, pensó. Desde su casa hasta la oficina todos los bancos habían desaparecido, dejando siempre los mismos cadáveres tristes de patas metálicas. El ministerio de obras públicas cada vez está peor, se dijo. Vete tú a saber lo que pondrán ahora. Cuando regresó ya casi lo había olvidado; estaba en forma y los cordones de sus zapatos no se le volvieron a rebelar.
Al llegar a su casa escuchó a Mercedes en la cocina y el ruido de la tele en el cuarto de estar. Sobre el sofá Anselmo, su suegro, veía el telediario de las tres.
- Buenas tardes, Anselmo. ¿No sale hoy a pasear?
El anciano no respondió. Alfredo supuso que no le había oído. Pobre hombre, pensó, mientras le miraba observar el televisor con los ojos entrecerrados. Estaba medio sordo, pero no subía el volumen de la tele para que los demás no lo notaran.
Al volver al la salita revisó el correo, que le esperaba encima del aparador. Le llamó la atención un sobre azul, alargado y de letras sobrias. Señores de Rodríguez Vera, decía el sobre. Le dio la vuelta. Ministerio de obras públicas, ponía en el lugar del remitente. Rajó el borde con la uña y sacó el papel, un folio blanco, con membrete y varias filas de letras de imprenta.
- ¿Qué es eso? – preguntó Mercedes, llegando desde la cocina con los platos y los vasos en equilibrio.
- Una carta del gobierno – dijo Alfredo -. Veremos a ver.
- Anda, no será nada.
- “El ministerio de obras públicas y, con él, el Gobierno Central, tiene el gusto de informarle de las nuevas disposiciones adoptadas a partir de hoy en materia de urbanismo – leyó Alfredo, mientras se sentaba a la mesa a medio poner -. Se informa a los ciudadanos de que a partir de hoy se eliminará el mobiliario urbano para usos de esparcimiento. Esto se debe al mal empleo que de éste se viene realizando, y que fomenta actividades relacionadas con la violencia juvenil y las pandillas”.
- Bendito sea Dios – dijo Mercedes.
- “Para evitar en lo posible los daños que esta disposición pudiera causar eventulemente a colectivos como las personas de la tercera edad o los afectados por una minusvalía física, el ayuntamiento de su ciudad instalará, en breve, zonas de reposo y ocio urbano, techadas y convenientemente vigiladas. Deseándoles que disfruten al máximo las ventajas que de estas disposiciones se derivarán, se despide atentamente nosequién talycual, secretario de yonosedonde” – terminó de leer Alfredo - Zonas de reposo y ocio. Estamos locos, desde luego.
Mercedes sacudió la cabeza mientras colocaba los cubiertos a ambos lados de los platos.
- De todas formas, tienen razón en lo del pandilleo, ¿eh, Alfredo? O me vas a decir tú que tiene buena pinta el grupito ese que se junta los viernes enfrente del portal.
- Ya, mujer, ya. A ver si llega ya el niño y podemos comer, ¿no? – preguntó Alfredo.
- Eso digo yo. Pero tú sabes que este hasta y media no aparece, se queda ahí tonteando con los amigos y se le olvida mirar el reloj.
- ¿Y tu padre, ya ha comido? – preguntó Alfredo, mientras se servía un plato de sopa.
- Ajá. ¿Quieres pan frito para la sopa?
- No, déjalo, a ver si me pongo un poco a régimen.
Sonó el timbre y Mercedes abrió.
- Hombre, Alfredito, hijo, cómo tú por aquí, qué honor tenerte en casa a la hora.
Con un hosco resoplido, Alfredo hijo fue hacia su cuarto.
- Yo voy a empezar ya, con vuestro permiso, que esto se enfría – declaró Alfredo, removiendo con la cuchara su plato.
Volvió la mirada hacia el televisor. Emitían un anuncio de un modelo nuevo de Nissan. El viejo Fiat estaba hecho polvo. Tal vez, pensó Alfredo, mientras soplaba una cucharada de caldo para enfriarlo, podríamos comprarnos uno de esos, a plazos. Es bonito.
martes, 7 de junio de 2005
miércoles, 1 de junio de 2005
Así nos va
Cosas que puedes hacer para cambiar el mundo:
Primero: FUMA PORROS. Esto es fundamental. En este mundo de hoy, si no fumas porros no eres nadie. Es una forma activa de protestar contra el sistema, ¡claro que sí! Siéntate toda la tarde en un lugar y fuma, chaval. Que no te importe estar contribuyendo de forma activa a la explotación, los cultivos ilegales, las mafias y el enriquecimiento de unos pocos. Si estás más implicado, puedes hacer campaña a favor de la legalización del cannabis. Claro, tú tienes buenas intenciones, estás en contra de tooodas las cosas malas que implica su ilegalidad: entorpecer su uso terapéutico, las adulteraciones… ¡qué bueno eres! Pero mientras sigue fumando tu costo recién salido del culo de un moro, claro está. Eso, perdonad que os diga, es como comer jamón e ir a protestar al matadero.
Segundo: viste RARO. No hace falta que te favorezca; basta con que sea raro. Puedes emplear el mismo esfuerzo que una pija en componer tu ropa de hippie, pero sin duda lo tuyo estará mucho mejor visto por los de tu clan. Además, no es necesario que la ropa que llevas sea escogida en función de, digamos, sus materias no-animales, su fabricación artesana o su comercio justo, qué va; basta con que encaje con tu estilo. Tienes permiso para la incoherencia: llevar banderas de Jamaica sin tener ni puta idea de ese país, de los rastafari o de su ideología; usar camisetas del Ché sabiendo sólo que se apellidaba Guevara o ponerte una palestina al cuello sin poseer más noción del tema que la básica.
Tercero: haz malabares. Emplea horas y horas de tu tiempo en dominar un objeto (cariocas, bolas, mazas, palos chinos…) de la mejor forma posible. Luego emplea más horas y horas en mostrar a los demás tu habilidad. Aprovecha tu divina juventud y fórmate: ¡aprende malabares!
Cuarto: toca los timbales, la llamada de guerra de la revolución moderna. Tu sonido dotará al ambiente de ese aire chachi-étnico que hará que tú y los de tu grupo sintáis que sois diferentes. Muy bien. Si no sabes tocar los timbales, no pasa nada; cuando escuches a alguien que lo hace, di “qué guapo”, menea un poco las caderas y haz tu contribución al universo hippie-guay.
Quinto: hazte rastas, piercings, tatuajes. Sí señor; tú has aprendido que en este mundo lo importante es el exterior, y los grandes cambios, los de fuera. Ofrece una alternativa: en lugar de tatuarte el conejito de playboy, tatúate un tribal que signifique algo profundo.
Sexto (aplicable a diversos ámbitos de tu vida): haz lo mismo, pero diferente. Es decir: en ver de comprar en X, compra en Y; en vez de consumir pendientes de plata, consúmelos de madera; en vez de ir a tal bar, ve a tal otro; en vez de alisarte el pelo, hazte rastas… Y tú que creías, como Miguelito en el de Mafalda, haber salido del montón de los que ven la televisión… y ahora estás en el montón de los que no la ven. Putada, ¿eh?
Séptimo: sobre todo, vuelve al redil. Que todos tus hábitos de vida sean reversibles, ya sabes: esos que cambiarás cuando trabajes, te asientes y te conviertas en adulto. Ahora eres joven: haz el loco. Buscar cambios reales, duraderos y enriquecedores para ti y tu medio NO es el camino. ¿Nunca has pensado que si te vas tanto al extremo es porque sabes que algún día tendrás que volver?
Y luego, cuando tengas coche(s), casa(s), barco y Digital Plus, no te olvides de contarles a tus hijos lo alternativo que eras tú a su edad.
PD1: Que nadie se sulfure; no quiero generalizar. Quien quiera, que se de por aludido.
PD2: No, no me creo superior. Pero es que los hippy-pollas, como los llama mi amiga PK, me ponen muy nerviosa. Como le pasa a mucha gente con los pijos, solo que lo mío es políticamente menos correcto. Qué se le va a hacer.
Primero: FUMA PORROS. Esto es fundamental. En este mundo de hoy, si no fumas porros no eres nadie. Es una forma activa de protestar contra el sistema, ¡claro que sí! Siéntate toda la tarde en un lugar y fuma, chaval. Que no te importe estar contribuyendo de forma activa a la explotación, los cultivos ilegales, las mafias y el enriquecimiento de unos pocos. Si estás más implicado, puedes hacer campaña a favor de la legalización del cannabis. Claro, tú tienes buenas intenciones, estás en contra de tooodas las cosas malas que implica su ilegalidad: entorpecer su uso terapéutico, las adulteraciones… ¡qué bueno eres! Pero mientras sigue fumando tu costo recién salido del culo de un moro, claro está. Eso, perdonad que os diga, es como comer jamón e ir a protestar al matadero.
Segundo: viste RARO. No hace falta que te favorezca; basta con que sea raro. Puedes emplear el mismo esfuerzo que una pija en componer tu ropa de hippie, pero sin duda lo tuyo estará mucho mejor visto por los de tu clan. Además, no es necesario que la ropa que llevas sea escogida en función de, digamos, sus materias no-animales, su fabricación artesana o su comercio justo, qué va; basta con que encaje con tu estilo. Tienes permiso para la incoherencia: llevar banderas de Jamaica sin tener ni puta idea de ese país, de los rastafari o de su ideología; usar camisetas del Ché sabiendo sólo que se apellidaba Guevara o ponerte una palestina al cuello sin poseer más noción del tema que la básica.
Tercero: haz malabares. Emplea horas y horas de tu tiempo en dominar un objeto (cariocas, bolas, mazas, palos chinos…) de la mejor forma posible. Luego emplea más horas y horas en mostrar a los demás tu habilidad. Aprovecha tu divina juventud y fórmate: ¡aprende malabares!
Cuarto: toca los timbales, la llamada de guerra de la revolución moderna. Tu sonido dotará al ambiente de ese aire chachi-étnico que hará que tú y los de tu grupo sintáis que sois diferentes. Muy bien. Si no sabes tocar los timbales, no pasa nada; cuando escuches a alguien que lo hace, di “qué guapo”, menea un poco las caderas y haz tu contribución al universo hippie-guay.
Quinto: hazte rastas, piercings, tatuajes. Sí señor; tú has aprendido que en este mundo lo importante es el exterior, y los grandes cambios, los de fuera. Ofrece una alternativa: en lugar de tatuarte el conejito de playboy, tatúate un tribal que signifique algo profundo.
Sexto (aplicable a diversos ámbitos de tu vida): haz lo mismo, pero diferente. Es decir: en ver de comprar en X, compra en Y; en vez de consumir pendientes de plata, consúmelos de madera; en vez de ir a tal bar, ve a tal otro; en vez de alisarte el pelo, hazte rastas… Y tú que creías, como Miguelito en el de Mafalda, haber salido del montón de los que ven la televisión… y ahora estás en el montón de los que no la ven. Putada, ¿eh?
Séptimo: sobre todo, vuelve al redil. Que todos tus hábitos de vida sean reversibles, ya sabes: esos que cambiarás cuando trabajes, te asientes y te conviertas en adulto. Ahora eres joven: haz el loco. Buscar cambios reales, duraderos y enriquecedores para ti y tu medio NO es el camino. ¿Nunca has pensado que si te vas tanto al extremo es porque sabes que algún día tendrás que volver?
Y luego, cuando tengas coche(s), casa(s), barco y Digital Plus, no te olvides de contarles a tus hijos lo alternativo que eras tú a su edad.
PD1: Que nadie se sulfure; no quiero generalizar. Quien quiera, que se de por aludido.
PD2: No, no me creo superior. Pero es que los hippy-pollas, como los llama mi amiga PK, me ponen muy nerviosa. Como le pasa a mucha gente con los pijos, solo que lo mío es políticamente menos correcto. Qué se le va a hacer.
jueves, 19 de mayo de 2005
miércoles, 18 de mayo de 2005
Nuevas Buenas
He decidido ampliar la temática de este blog. Es que estoy viendo que si lo dejo de sitio-purista-sólo-de-cuentos corro el riesgo de quedarme sin lectores (no por nada, sino porque no es tan fácil que se te aparezca la musa y terminar un cuento decente en un tiempo medio aceptable, y los blogs poco actualizados aburren). Tras darle muchas vueltas y barajar la posibilidad de crear otro blog en plan cuentavidas, he decidido sencillamente abrir la veda en este, porque a) así puedo escribir más a menudo mis pequeñas paranoias sin necesidad de transformarlas en “literatura” y b) cuando me salga un engendrillo, podréis leerlo sin necesidad de tener que estar pulsando ningún link.
Después de esta pequeña noticia, aquí va algo que escribí el otro día y que no es exactamente un cuento (aunque puede ser un comienzo).
“Ella y yo hacemos el amor sin practicar el sexo. Yo lo sé y ella lo sabe, pero nos callamos la boca.
Cuando hace calor, la abrazo y recorro con la mano el surco sudoroso de su columna. El sudor es agua y sal, es líquido y cálido, es un fluido que, sobre todo, le pertenece.
A veces me deja lavarle el pelo. Se tiende, vestida, en el suelo del baño, con la alfombrilla debajo para no coger frío, y apoya la cabeza en el borde de la bañera. Yo le aprieto el cuero cabelludo con los dedos y le aclaro la espuma con cuidado, procurando no echarle agua en los ojos.
Cuando como en su casa, coge las aceitunas con los dedos y luego me los tiende para que chupe el líquido salino. Yo le doy el yogur y observo cómo absorbe el contenido viscoso de la cuchara. Me quita las patatas fritas de la mano con su boca, y deja que le limpie con una servilleta el zumo de naranja que le queda en los dedos después de pelarla.
Le pinto los labios, y a veces le visto como a una muñeca. Le ato el cinturón y se lo ajusto a las caderas, y aprovecho para hurgar con los pulgares en el hueco que deja la pelvis. Cubro sus piececitos blancos, que se llenan fácilmente de rozaduras, con calcetines de colores, y le amarro los zapatos sin apretar demasiado. Ella me afeita, y a menudo me corta, pero creo que lo hace sólo para poder masticar un poco de papel higiénico y colocármelo, empapado en saliva, sobre la herida.
Le ayudo a fregar los platos, y cuando tiene los guantes puestos, me pide que le rasque la espalda y que le coloque detrás de la oreja los mechones que le caen sobre la cara. Amarro su delantal y deshago su cola de caballo cuando acaba.
Salimos a la calle y le pongo la chaqueta, abrochándole los botones desde detrás. Llueve y se mete bajo mi paraguas, apretándose contra mí, y si se moja le sacudo las gotas de lluvia de la melena.
Me deja que limpie sus gafas con la camiseta y guarda mi cartera en su bolso. Le espío, y lo sabe, a través de la rejilla de la puerta cuando entra al baño.
Luego llega su novio y le achucha, muerde sus labios, le estruja el culo. Yo pienso que vaya ingenuo, y ella se calla, pero sé que en el fondo piensa igual.”
Después de esta pequeña noticia, aquí va algo que escribí el otro día y que no es exactamente un cuento (aunque puede ser un comienzo).
“Ella y yo hacemos el amor sin practicar el sexo. Yo lo sé y ella lo sabe, pero nos callamos la boca.
Cuando hace calor, la abrazo y recorro con la mano el surco sudoroso de su columna. El sudor es agua y sal, es líquido y cálido, es un fluido que, sobre todo, le pertenece.
A veces me deja lavarle el pelo. Se tiende, vestida, en el suelo del baño, con la alfombrilla debajo para no coger frío, y apoya la cabeza en el borde de la bañera. Yo le aprieto el cuero cabelludo con los dedos y le aclaro la espuma con cuidado, procurando no echarle agua en los ojos.
Cuando como en su casa, coge las aceitunas con los dedos y luego me los tiende para que chupe el líquido salino. Yo le doy el yogur y observo cómo absorbe el contenido viscoso de la cuchara. Me quita las patatas fritas de la mano con su boca, y deja que le limpie con una servilleta el zumo de naranja que le queda en los dedos después de pelarla.
Le pinto los labios, y a veces le visto como a una muñeca. Le ato el cinturón y se lo ajusto a las caderas, y aprovecho para hurgar con los pulgares en el hueco que deja la pelvis. Cubro sus piececitos blancos, que se llenan fácilmente de rozaduras, con calcetines de colores, y le amarro los zapatos sin apretar demasiado. Ella me afeita, y a menudo me corta, pero creo que lo hace sólo para poder masticar un poco de papel higiénico y colocármelo, empapado en saliva, sobre la herida.
Le ayudo a fregar los platos, y cuando tiene los guantes puestos, me pide que le rasque la espalda y que le coloque detrás de la oreja los mechones que le caen sobre la cara. Amarro su delantal y deshago su cola de caballo cuando acaba.
Salimos a la calle y le pongo la chaqueta, abrochándole los botones desde detrás. Llueve y se mete bajo mi paraguas, apretándose contra mí, y si se moja le sacudo las gotas de lluvia de la melena.
Me deja que limpie sus gafas con la camiseta y guarda mi cartera en su bolso. Le espío, y lo sabe, a través de la rejilla de la puerta cuando entra al baño.
Luego llega su novio y le achucha, muerde sus labios, le estruja el culo. Yo pienso que vaya ingenuo, y ella se calla, pero sé que en el fondo piensa igual.”
lunes, 16 de mayo de 2005
Cementerio de ideas
Llevo diez días casi sin respirar. O casi sin escribir, que es lo mismo. Hoy, por fin, me he decidido a coger el ordenador, porque si sigo sin dejarme tiempo para lo que más me gusta, me moriré.
Quería contaros muchas cosas. Se me ocurren ideas dispersas que no sé muy bien por donde enfocar. Quería hablaros de mí volviendo de Pamplona, cruzando en tren los paisajes húmedos y verdes de Navarra y pensando que sé muy poco de amor, pero lo que sé lo estoy aprendiendo a base de hostias. Quería contaros cómo me sentí cuando salí del metro de Madrid en Plaza de Castilla y me encontré en medio de las Torres Kio, que proyectaban una sombra enorme en la mañana soleada, contemplando a los repartidores de periódicos gratuitos y a los jovencitos con máster y corbata que cruzaban de un edificio a otro.
Luego fue pasando la semana, y quise contaros que mi madre, cuando estaba embarazada de mí, se tumbaba en la sala de ecografías del hospital las noches que tenía guardia y se dedicaba a pasarse el ecógrafo por la barriga y a mirarme en la pantallita. Me acordé de mi mayor enemiga de la infancia y me entraron ganas de escribir un cuento sobre ella. Subía y bajaba los 74 escalones de mi facultad y pensaba, rabiosa, en cuándo iba a tener tiempo para escribir, por fin, un cuento titulado "todos los ingenieros van al cielo" (mi título favorito), en lugar de colorear láminas del cerebro humano con rotuladores carioca (es a lo que me dedico últimamente).
Este fin de semana he estado en Madrid, y por el camino iba ensayando palabras para explica lo mucho que amo el paisaje andaluz, los olivos plateados, la tierra roja. Me acordé de "los amores inútiles", una frase que se me ocurrió hace tiempo y sobre la que quería escribir.
Ahora estoy aquí, cansada, con los ojos enrojecidos, pensando en todo lo que podría haber escrito y no he hecho, o peor aún: en todas las ideas que han muerto, pequeñitas y olvidadas, porque no he podido pensar en ellas el rato suficiente como para que se fijen en mi cerebro.
(Esto como muestra, para que veáis las joyas literarias que me está haciendo perder la puta psicobiología.)
Quería contaros muchas cosas. Se me ocurren ideas dispersas que no sé muy bien por donde enfocar. Quería hablaros de mí volviendo de Pamplona, cruzando en tren los paisajes húmedos y verdes de Navarra y pensando que sé muy poco de amor, pero lo que sé lo estoy aprendiendo a base de hostias. Quería contaros cómo me sentí cuando salí del metro de Madrid en Plaza de Castilla y me encontré en medio de las Torres Kio, que proyectaban una sombra enorme en la mañana soleada, contemplando a los repartidores de periódicos gratuitos y a los jovencitos con máster y corbata que cruzaban de un edificio a otro.
Luego fue pasando la semana, y quise contaros que mi madre, cuando estaba embarazada de mí, se tumbaba en la sala de ecografías del hospital las noches que tenía guardia y se dedicaba a pasarse el ecógrafo por la barriga y a mirarme en la pantallita. Me acordé de mi mayor enemiga de la infancia y me entraron ganas de escribir un cuento sobre ella. Subía y bajaba los 74 escalones de mi facultad y pensaba, rabiosa, en cuándo iba a tener tiempo para escribir, por fin, un cuento titulado "todos los ingenieros van al cielo" (mi título favorito), en lugar de colorear láminas del cerebro humano con rotuladores carioca (es a lo que me dedico últimamente).
Este fin de semana he estado en Madrid, y por el camino iba ensayando palabras para explica lo mucho que amo el paisaje andaluz, los olivos plateados, la tierra roja. Me acordé de "los amores inútiles", una frase que se me ocurrió hace tiempo y sobre la que quería escribir.
Ahora estoy aquí, cansada, con los ojos enrojecidos, pensando en todo lo que podría haber escrito y no he hecho, o peor aún: en todas las ideas que han muerto, pequeñitas y olvidadas, porque no he podido pensar en ellas el rato suficiente como para que se fijen en mi cerebro.
(Esto como muestra, para que veáis las joyas literarias que me está haciendo perder la puta psicobiología.)
viernes, 29 de abril de 2005
ADVERTENCIA
La autora del blog se marcha durante cinco largos y estupendos días a ver a su UGA (Único Gran Amor) a Pamplona. Su intención es relajarse, disfrutar, prácticar el sexo etc, así que no pretende postear nada nuevo hasta su regreso. Pretendía escribir un cuentecillo (que tiene medio apañao) antes de marcharse, para entretener a sus contados y apreciados lectores, pero le ha dado un ataque menstrual de los gordos y lleva un par de días semipostrada, así que no ha podido ser.
El lapsus de tiempo sin actualizar que le espera a este lugar no quiere decir, por tanto, que a su autora se le haya agotado la creatividad o que no pretenda publicar Nada Más Nunca. Volverá. Así que volved vosotros también. Ruega que no la abandonéis para siempre y que regreséis de aquí a una semana.
Os manda un beso gordo.
Marina.
El lapsus de tiempo sin actualizar que le espera a este lugar no quiere decir, por tanto, que a su autora se le haya agotado la creatividad o que no pretenda publicar Nada Más Nunca. Volverá. Así que volved vosotros también. Ruega que no la abandonéis para siempre y que regreséis de aquí a una semana.
Os manda un beso gordo.
Marina.
martes, 26 de abril de 2005
¡Viva ella!
Hoy he ido a una conferencia de Almudena Grandes titulada “La escritura como experiencia”. Me enteré casualmente por el Aula Magna, lo que confirma mi teoría de que las cosas te buscan cuando estás preparada para ellas. Iba sola, ya sabéis: sentada en el extremo de una fila, ojeando un libro y mirando inquieta a mi alrededor, pensando “seguro que todo el mundo me observa con pena y piensa que no tengo amigos”. Así soy yo: carne de paranoia.
Almudena es alta y corpulenta, viste de negro y apoya la cabeza en la mano extendiendo el meñique, como en las fotos de la solapa de sus libros. A mí no es que me mate su forma de hacer literatura, porque a veces me empalaga, pero es una de las escritoras más conocidas del país, y qué coño, yo nunca he oído hablar a un escritor de tanto éxito. Soltó algunos tópicos, pero tiene gracia cuando habla, y me conquistó cuando dijo que ella quería hacer Clásica, que es raro pero que a ella lo que le gustaba era el latín. Yo, que me pasé el bachillerato traduciendo embobada en el aula enorme y fría donde nos desterraron a los de humanidades, la entendí.
En el turno de preguntas, me lo pensé bien antes de hablar. Era una sola pregunta, una sola gran oportunidad para que una escritora auténtica me hablara directamente a mí (madre mía). Apunté varias opciones en la parte de atrás del cuaderno. ¿Te ha hecho feliz la escritura? ¿Qué opinas de los talleres literarios? ¿Qué te parece el fenómeno Código Da Vinci? Al final le pregunté sobre la soledad. “¿De dónde se saca la fuerza para pasar seis o siete horas diarias delante de un ordenador, sin nadie más que tus personajes, sin saber si lo que estás haciendo vale de algo o es carne de cajón?”
Asintió, pero estaba algo sorprendida. “Bueno – dijo -, es que a mí escribir me gusta. Es mi oficio. He aprendido a gestionar la soledad, igual que se aprende cualquier otro trabajo. Yo disfruto escribiendo”.
Asentí y di las gracias. Me habría dado un golpe en la frente de haber podido. ¡Claro, coño! Me enredo tanto en mis (estúpidos) debates místicos sobre la escritura que se me olvida la clave de la cuestión: que me gusta. Que si con once años me planté frente al ordenador de mis padres y me puse a escribir chorradas sobre niñas pelirrojas y viajes a Hawai (sí, esos eran mis primeros temas, qué pasa), fue porque me gustaba. No había ningún tipo de trascendencia ahí; en aquel momento no se me había metido aún en la cabeza que mi única forma de encontrar el sentido de la vida era escribiendo y que escribir es una lucha constante contra la resistencia y contra el mundo casi. Pues claro. Si es que el problema es que nos olvidamos de la base.
Luego medité sobre la segunda parte de su respuesta: gestionar la soledad. No sufrir la soledad, ni soportarla, sino gestionarla. Escribir, quedarse frente al ordenador, no asustarse aunque haga horas que no ves a un ser humano y dudes que tu capacidad de relacionarte socialmente siga intacta. Y después, salir a la calle y conocer gente interesante. Aprender a trabajar con la soledad igual que aprendes a trabajar con el bisturí, con los ladrillos o con la pintura al óleo.
¡Viva Almudena, viva!
Prometo que lo próximo que postee será otra criatura, porque me pongo a meditar gilipolleces sobre el oficio de escritor y no lo practico (muy mal).
PD: No sería justo acabar este post sin decir que Almudena Grandes es muy muy maja y que su conferencia ha sido interesante, estimulante y estupenda. Hala.
Almudena es alta y corpulenta, viste de negro y apoya la cabeza en la mano extendiendo el meñique, como en las fotos de la solapa de sus libros. A mí no es que me mate su forma de hacer literatura, porque a veces me empalaga, pero es una de las escritoras más conocidas del país, y qué coño, yo nunca he oído hablar a un escritor de tanto éxito. Soltó algunos tópicos, pero tiene gracia cuando habla, y me conquistó cuando dijo que ella quería hacer Clásica, que es raro pero que a ella lo que le gustaba era el latín. Yo, que me pasé el bachillerato traduciendo embobada en el aula enorme y fría donde nos desterraron a los de humanidades, la entendí.
En el turno de preguntas, me lo pensé bien antes de hablar. Era una sola pregunta, una sola gran oportunidad para que una escritora auténtica me hablara directamente a mí (madre mía). Apunté varias opciones en la parte de atrás del cuaderno. ¿Te ha hecho feliz la escritura? ¿Qué opinas de los talleres literarios? ¿Qué te parece el fenómeno Código Da Vinci? Al final le pregunté sobre la soledad. “¿De dónde se saca la fuerza para pasar seis o siete horas diarias delante de un ordenador, sin nadie más que tus personajes, sin saber si lo que estás haciendo vale de algo o es carne de cajón?”
Asintió, pero estaba algo sorprendida. “Bueno – dijo -, es que a mí escribir me gusta. Es mi oficio. He aprendido a gestionar la soledad, igual que se aprende cualquier otro trabajo. Yo disfruto escribiendo”.
Asentí y di las gracias. Me habría dado un golpe en la frente de haber podido. ¡Claro, coño! Me enredo tanto en mis (estúpidos) debates místicos sobre la escritura que se me olvida la clave de la cuestión: que me gusta. Que si con once años me planté frente al ordenador de mis padres y me puse a escribir chorradas sobre niñas pelirrojas y viajes a Hawai (sí, esos eran mis primeros temas, qué pasa), fue porque me gustaba. No había ningún tipo de trascendencia ahí; en aquel momento no se me había metido aún en la cabeza que mi única forma de encontrar el sentido de la vida era escribiendo y que escribir es una lucha constante contra la resistencia y contra el mundo casi. Pues claro. Si es que el problema es que nos olvidamos de la base.
Luego medité sobre la segunda parte de su respuesta: gestionar la soledad. No sufrir la soledad, ni soportarla, sino gestionarla. Escribir, quedarse frente al ordenador, no asustarse aunque haga horas que no ves a un ser humano y dudes que tu capacidad de relacionarte socialmente siga intacta. Y después, salir a la calle y conocer gente interesante. Aprender a trabajar con la soledad igual que aprendes a trabajar con el bisturí, con los ladrillos o con la pintura al óleo.
¡Viva Almudena, viva!
Prometo que lo próximo que postee será otra criatura, porque me pongo a meditar gilipolleces sobre el oficio de escritor y no lo practico (muy mal).
PD: No sería justo acabar este post sin decir que Almudena Grandes es muy muy maja y que su conferencia ha sido interesante, estimulante y estupenda. Hala.
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