Preparadito en su diskete como los deberes de una niña buena. Hala, para que os quejéis luego ;)
29 de septiembre de 2005
Me levanto temprano para ir al hospital antes de marcharme a Granada. La primera vez que madrugas después del verano siempre tiene ese matiz entre tristón y excitado del comienzo de curso, lo inesperado del frío y el cielo todavía oscuro. Me desperezo, desayuno y deambulo en pijama por mi casa dormida, terminando la maleta sin prestar mucha atención a lo que meto.
Mi madre y yo hemos quedado con la ginecóloga en Urgencias, junto a la zona de partos, y continuamente entran y salen mujeres con barrigas enormes; al principio pienso que están todas de parto, pero la mayoría viene sólo a que monitoricen el latido del corazón del feto para confirmar que todo va bien. Se sientan de tres en tres en una habitación pequeñita, con las grandes panzas llenas de sensores y cables, y el sonido sincopado y submarino del corazón de sus hijos se extiende por el pasillo adyacente, donde esperamos mi madre y yo apoyadas contra la pared. De pronto sale una matrona de quirófano con un diminuto bulto envuelto en una sábana verde. Lo miro un poco incrédula. “Es un niño”, casi pregunto a mi madre, que lo mira también y sonríe. La comadrona sale al vestíbulo a avisar a la familia, y cuando entra de nuevo nosotras estiramos el cuello para intentar ver al bebé. Ella parece dudosa, pero sonríe y retira un poco la tela. El niño tiene la carita arrugada, los ojos cerrados y un puño apretado por delante del pequeño rostro de pez. Brilla aún de pegajoso líquido amniótico. Le observamos mientras escuchamos los corazones de los otros bebés que, en unos días, saldrán al mundo como él.
Es como estar en las mismas puertas de la vida.
Me gustaría preguntarle qué o a quién ha visto al otro lado, de dónde viene, qué nos trae. Es tan nuevecito. No hay ni una sola huella del mundo en su cara. Pero eso lo pienso después, mientras le recuerdo, completamente indefenso, tan inmóvil. En el momento sólo puedo intentar retener en mi mente la imagen de su rostro, que parece saber más que todos los nuestros, que viene directamente desde la raíz del misterio.
Entra la familia de la parturienta con cara de nervios, de haber dormido poco. Conjeturo que son los padres, la hermana, el cuñado y la abuela, que va un poco rezagada. No parecen ni muy ricos, ni muy pobres, ni muy felices, ni muy marginales. Normalidad en estado puro. Salen al cabo de unos minutos, sonriendo como sólo se sonríe cuando nace un niño o cuando te enamoras: desvergonzada, incontroladamente. Enhorabuena, murmuramos cuando pasan, y esbozamos una sonrisa sin ser capaces de darle esa cualidad sobrehumana que tiene la suya. Gracias, contestan, un poco aturdidos. La abuela solloza en silencio.
Una nueva vida, pienso después, mientras viajo hacia Granada por primera vez en el curso. Ruego para que sea una señal que me está enviando vete a saber quién. También para mí empezará una nueva vida o, aún mejor, una versión de la anterior con más utilidades y prestaciones, como los programas informáticos. Llego a mi piso y lo encuentro vacío, con dos vueltas de llave y las cajas esparcidas por el pasillo, e intento hacerme a la idea de que empiezo otra vez a vivir sola. Hago listas mentales: tengo que limpiar, ir al supermercado, deshacer cajas, plantar hierbabuena en el balcón, comprar una silla que no me destroce la espalda. Estiro los brazos, como para aprovechar mejor este espacio que tengo para mí sola, y me siento a contemplar la Vega en nuestra enorme terraza. Aunque la vista sería mejor si no hubiera una grúa enorme justo enfrente, me gusta mirar cómo se mueve e imaginarme que doy un paseo montada en ella.
Una nueva vida, me repito, o una versión mejorada de la antigua. Genial. Voy a echarme una siesta, que tendré que coger fuerzas. Sólo un ratito; luego me pondré a limpiar y a colocar la ropa y los libros.
Me despierto dos horas más tarde justo a tiempo para ver cómo se esfuma el sol por detrás de los edificios. Por hoy ya no podré hacer nada, porque he quedado en media hora, pero no me siento ni un poquito culpable. El curso está tan nuevo, tan por estrenar. Tengo todo el tiempo del mundo.
sábado, 1 de octubre de 2005
miércoles, 28 de septiembre de 2005
No me gusta irme sin avisar
Así que voy a dejar este mensaje para que sepáis que no sé cuándo podré volver a postear, porque me marcho a Granada y tardaré un poco en poner Internet en el piso. Puede que escriba algo desde un ciber, pero como también estaré liadilla con el comienzo de curso y demás, no aseguro nada.
Y ahora os dejo y me voy a hacer la maleta. Cuidaos mucho en mi ausencia.
Y ahora os dejo y me voy a hacer la maleta. Cuidaos mucho en mi ausencia.
martes, 27 de septiembre de 2005
Por qué la otra tarde fue una tarde cojonuda
Habíamos quedado en el Balneario, un bar que han abierto junto a la playa en el viejo edificio de una casa de baños. El interior es absurdo de tan grande, con los techos enormes y las mesitas de coca-cola como perdidas en el suelo. El exterior es una terraza que se abre al mar, rodeada de columnas que en algún momento sostuvieron un gran porche. Como más de un malagueño, estoy hechizada por esas columnas que no sujetan nada, por las grandes piedras rotas, por la belleza que se ha construido a su alrededor sin necesidad de destruir nada. Quieren acabar con él con una reforma urbanística que ya está aprobada, y cada vez que lo pienso me duele como si se estuvieran cargando mi casa. Hasta entonces seguimos quedando allí, tomando café en su terraza, bebiendo cerveza en la playa y sentándonos a mirar atardeceres en la barandilla de piedra.
Jose lleva un rato esperándome. Voy hacia él y pienso que me gusta el momento en que reconoces a la persona con la que has quedado, levantas la mano, sonríes y caminas hacia ella. Paseamos por el antiguo camping hasta la playa que hay junto a los astilleros y nos sentamos con unos chicos pseudohippies: pies descalzos, bongos, porros. Uno de ellos le enseña a tocar la darbuka a una niña de unos diez años. Le mira y le habla como a una adulta, y es hermoso verlos ahí: el chico mayor, con el pelo largo y rubio de surfero; la niña morenita y espabilada, escuchándole y moviendo las manos sobre el timbal.
Luego volvemos al bar, donde hemos quedado con la PK, y nos tomamos un té moruno. Doy mordisquitos al dátil que ponen de acompañamiento, porque no soporto tanta dulzura junta y prefiero ir administrándomela. El sol es una bola tridimensional que se está escondiendo poco a poco tras las montañas del otro lado de la bahía. Me acerco con la cámara a cazarlo, y antes de darnos cuenta ya estamos los tres en la barandilla, haciéndonos fotos y liando cigarros.
- Me gustaría saltar y mojarme los pies – dice la PK.
- Pues hazlo – contesto yo, mientras fumo despacio.
- Pero es que se me llenan de arena luego.
- No pasa nada… te sientas aquí y esperas a que se te sequen.
Se ríe, habla de pulmonías, vuelve a reírse y se tira al agua. Durante un rato, salta y patalea. Jose se le une. Yo me quito los zapatos, me remango los vaqueros y me apunto también.
El agua está suave y caliente en contraste con el aire de otoño, que ya empieza a ser fresco. El mar nos está atrayendo poco a poco, y cuando empezamos a tirarnos arena húmeda a puñados (primero a los pies, luego al cuerpo entero) ya sé que vamos a acabar los tres en el agua. Jose no se lo piensa: antes de que nos demos cuenta está en calzoncillos, intentando distinguir las piedras del fondo con sus ojos miopes. PK y yo le damos más vueltas, analizamos la ropa interior que llevamos, la cantidad de luz que le queda al día y la posibilidad de que nos vea alguien conocido.
- Si se baña él y nosotras no, nos arrepentiremos – digo yo.
Me quito los vaqueros y la camiseta y me tiro al agua. No es frío lo que siento, aunque me cuesta un poco respirar de la impresión. Nos salpicamos deseándonos suerte, como hacíamos de pequeños cuando celebrábamos la noche de San Juan. Nadamos un poco. Nadie nos mira porque a nadie le interesa demasiado. Me hago la muerta y miro las estrellas que empiezan a aparecer en el cielo. Escucho el sonido que hace la arena al desplazarse por el fondo: parece como si cantaran grillos diminutos.
Empezamos a tener frío y salimos. Nos secamos con la camiseta, nos quitamos la ropa interior y nos vestimos en plan comando, con la piel todavía helada, riéndonos todavía.
Y me alegro, me alegro tanto de estar aquí, semicongelada, con el pelo húmedo y salado, con mis amigos, de noche, en otoño… me alegro tanto de no haber pensado en la pulmonía y haberme tirado, sin más, porque el agua estaba tan calentita, aunque sea casi octubre…
Jose lleva un rato esperándome. Voy hacia él y pienso que me gusta el momento en que reconoces a la persona con la que has quedado, levantas la mano, sonríes y caminas hacia ella. Paseamos por el antiguo camping hasta la playa que hay junto a los astilleros y nos sentamos con unos chicos pseudohippies: pies descalzos, bongos, porros. Uno de ellos le enseña a tocar la darbuka a una niña de unos diez años. Le mira y le habla como a una adulta, y es hermoso verlos ahí: el chico mayor, con el pelo largo y rubio de surfero; la niña morenita y espabilada, escuchándole y moviendo las manos sobre el timbal.
Luego volvemos al bar, donde hemos quedado con la PK, y nos tomamos un té moruno. Doy mordisquitos al dátil que ponen de acompañamiento, porque no soporto tanta dulzura junta y prefiero ir administrándomela. El sol es una bola tridimensional que se está escondiendo poco a poco tras las montañas del otro lado de la bahía. Me acerco con la cámara a cazarlo, y antes de darnos cuenta ya estamos los tres en la barandilla, haciéndonos fotos y liando cigarros.
- Me gustaría saltar y mojarme los pies – dice la PK.
- Pues hazlo – contesto yo, mientras fumo despacio.
- Pero es que se me llenan de arena luego.
- No pasa nada… te sientas aquí y esperas a que se te sequen.
Se ríe, habla de pulmonías, vuelve a reírse y se tira al agua. Durante un rato, salta y patalea. Jose se le une. Yo me quito los zapatos, me remango los vaqueros y me apunto también.
El agua está suave y caliente en contraste con el aire de otoño, que ya empieza a ser fresco. El mar nos está atrayendo poco a poco, y cuando empezamos a tirarnos arena húmeda a puñados (primero a los pies, luego al cuerpo entero) ya sé que vamos a acabar los tres en el agua. Jose no se lo piensa: antes de que nos demos cuenta está en calzoncillos, intentando distinguir las piedras del fondo con sus ojos miopes. PK y yo le damos más vueltas, analizamos la ropa interior que llevamos, la cantidad de luz que le queda al día y la posibilidad de que nos vea alguien conocido.
- Si se baña él y nosotras no, nos arrepentiremos – digo yo.
Me quito los vaqueros y la camiseta y me tiro al agua. No es frío lo que siento, aunque me cuesta un poco respirar de la impresión. Nos salpicamos deseándonos suerte, como hacíamos de pequeños cuando celebrábamos la noche de San Juan. Nadamos un poco. Nadie nos mira porque a nadie le interesa demasiado. Me hago la muerta y miro las estrellas que empiezan a aparecer en el cielo. Escucho el sonido que hace la arena al desplazarse por el fondo: parece como si cantaran grillos diminutos.
Empezamos a tener frío y salimos. Nos secamos con la camiseta, nos quitamos la ropa interior y nos vestimos en plan comando, con la piel todavía helada, riéndonos todavía.
Y me alegro, me alegro tanto de estar aquí, semicongelada, con el pelo húmedo y salado, con mis amigos, de noche, en otoño… me alegro tanto de no haber pensado en la pulmonía y haberme tirado, sin más, porque el agua estaba tan calentita, aunque sea casi octubre…
viernes, 23 de septiembre de 2005
25 ideas para escritores confusos
1. Encuentra tu propia forma de hacer las cosas y confía en ella.
2. No utilices la escritura para hacerte querer.
3. Recuerda que a veces te salvará la vida y otras te dejará tirado como a un perro.
4. Miente descaradamente, pero se auténtico en tus mentiras. Encuentra la diferencia entre la mentira y la trampa y no seas tramposo.
5. Lee mucho, lee con los cinco sentidos, lee absorto tirado en un sillón mientras se va poco a poco la luz de la tarde, lee con una linterna debajo de la cama.
> 5. 1. Encuentra los autores y los libros que te dan ganas de escribir y procura tenerlos cerca.
6. No te fíes de los que dicen que es mejor escribir a mano. Tampoco de los que decimos que es mejor escribir en el ordenador. (Ver consejo 1).
7. Haz el mismo caso a las críticas buenas que a las malas. Después de una mala crítica, date un poco al vicio y vuelve otra vez con más fuerza.
8. Contigo mismo, sé humilde y endiosado al mismo tiempo.
9. Aprópiate indebidamente de las vidas ajenas. Cotillea mucho.
10. Para el bloqueo, recuerda a tito Hem y esta frase suya: “No te preocupes. Hasta ahora has escrito y seguirás escribiendo. Lo único que tienes que hacer es escribir una frase verídica. Escribe una frase tan verídica como sepas”.(París era una fiesta)
11. No te olvides de la tercera persona. Mira más a tu alrededor que a tu ombligo.
12. Haz de la escritura un arte ecológico: recicla tus miserias.
13. No seas moralista.
14. El lector no es tonto.
15. Sabes más de lo que crees… y sin duda tu escritura sabe más que tú.
16. No se trata de vivir primero y de escribir después, sino de hacer ambas cosas a un tiempo y dejar que se alimenten mutuamente
17. Tómatelo a broma. No vas a salvar al mundo con tus libros.
18. Busca a gente que escriba y no te sientas un bicho raro.
19. Enseña lo que haces, pero no des mucho la brasa.
20. Explora… escribe cuentos infantiles, novelas policiacas, guiones de teatro, poesía moderna y textos para las cajas de los cereales.
21. Ten a la escritura como esposa y búscate una amante (pintura, teatro, baile) para olvidarte de ella de vez en cuando.
22. Ten en cuenta que escribir no ha hecho feliz a nadie.
23. Si quieres dejarlo, recuerda que es posible vivir una valiosa vida en un planeta del univeso sin ser escritor.
24. Ignora el consejo anterior y no lo dejes nunca.
25. Ignora todos los consejos anteriores y quédate sólo con el primero.
Esto es, más o menos, lo que me han enseñado mis años de pseudoescritora. El 23 es una frase de "El vendedor de cuentos", de Jostein Gaarder. Tanto el 2 como el 22 son de esta señora.
Básicamente lo he escrito para mí misma, pero si puede servirle a alguien, mejor. He publicado los primeros 25 consejos (aunque no me gusta llamarlos así) que se me han ocurrido, y supongo que dentro de un tiempo los revisaré y corregiré; en cualquier caso, me gustan. A ver si no soy yo la primera que se olvida de alguno.
PD: Mi favorito es el 2.
2. No utilices la escritura para hacerte querer.
3. Recuerda que a veces te salvará la vida y otras te dejará tirado como a un perro.
4. Miente descaradamente, pero se auténtico en tus mentiras. Encuentra la diferencia entre la mentira y la trampa y no seas tramposo.
5. Lee mucho, lee con los cinco sentidos, lee absorto tirado en un sillón mientras se va poco a poco la luz de la tarde, lee con una linterna debajo de la cama.
> 5. 1. Encuentra los autores y los libros que te dan ganas de escribir y procura tenerlos cerca.
6. No te fíes de los que dicen que es mejor escribir a mano. Tampoco de los que decimos que es mejor escribir en el ordenador. (Ver consejo 1).
7. Haz el mismo caso a las críticas buenas que a las malas. Después de una mala crítica, date un poco al vicio y vuelve otra vez con más fuerza.
8. Contigo mismo, sé humilde y endiosado al mismo tiempo.
9. Aprópiate indebidamente de las vidas ajenas. Cotillea mucho.
10. Para el bloqueo, recuerda a tito Hem y esta frase suya: “No te preocupes. Hasta ahora has escrito y seguirás escribiendo. Lo único que tienes que hacer es escribir una frase verídica. Escribe una frase tan verídica como sepas”.(París era una fiesta)
11. No te olvides de la tercera persona. Mira más a tu alrededor que a tu ombligo.
12. Haz de la escritura un arte ecológico: recicla tus miserias.
13. No seas moralista.
14. El lector no es tonto.
15. Sabes más de lo que crees… y sin duda tu escritura sabe más que tú.
16. No se trata de vivir primero y de escribir después, sino de hacer ambas cosas a un tiempo y dejar que se alimenten mutuamente
17. Tómatelo a broma. No vas a salvar al mundo con tus libros.
18. Busca a gente que escriba y no te sientas un bicho raro.
19. Enseña lo que haces, pero no des mucho la brasa.
20. Explora… escribe cuentos infantiles, novelas policiacas, guiones de teatro, poesía moderna y textos para las cajas de los cereales.
21. Ten a la escritura como esposa y búscate una amante (pintura, teatro, baile) para olvidarte de ella de vez en cuando.
22. Ten en cuenta que escribir no ha hecho feliz a nadie.
23. Si quieres dejarlo, recuerda que es posible vivir una valiosa vida en un planeta del univeso sin ser escritor.
24. Ignora el consejo anterior y no lo dejes nunca.
25. Ignora todos los consejos anteriores y quédate sólo con el primero.
Esto es, más o menos, lo que me han enseñado mis años de pseudoescritora. El 23 es una frase de "El vendedor de cuentos", de Jostein Gaarder. Tanto el 2 como el 22 son de esta señora.
Básicamente lo he escrito para mí misma, pero si puede servirle a alguien, mejor. He publicado los primeros 25 consejos (aunque no me gusta llamarlos así) que se me han ocurrido, y supongo que dentro de un tiempo los revisaré y corregiré; en cualquier caso, me gustan. A ver si no soy yo la primera que se olvida de alguno.
PD: Mi favorito es el 2.
miércoles, 21 de septiembre de 2005
21-S
Hoy es el Día Mundial del Alzheimer, y en la asociación donde estoy de voluntaria llevamos semanas preparándolo. Hemos vendido pulseritas y bolsas perfumadas, hemos colgado pósters y se ha preparado una cena de gala para socios. Los enfermos, cada uno a su manera, han pintado cuadros para hacer una exposición: cuadros coloridos y torpes, como los de los niños pequeños, con casas, árboles y estrellas de mar.
Yo (concretamente, como diría Elvira Lindo)llevo varios días pensando qué escribiría en el post de hoy. Quería hacer ver lo dañina que es la enfermedad y lo necesarias que son las ayudas. Quería contaros que el trabajo allí es bonito, aunque a veces estés media hora para ayudar a uno de ellos a recortar una línea recta y te preguntes “¿qué coño hago yo aquí en vez de estar en la playa?”.
No sabía cómo hacerlo sin caer en el sentimentalismo fácil, en el “oh-oh-qué-buena-soy” o en la reivindicación socio-revolucionaria. No me gusta escribir sobre este tipo de temas por lo mismo que no me gustó Mar Adentro: porque me parece tramposo hacer literatura, o cine, o lo que sea, sobre algo que tiene una carga moral tan grande. Opino que se confunde el juicio moral con el que merece la calidad de la obra, nos hacemos la picha un lío y acabamos con catorce Goyas de más en el bolsillo… pero bueno, ese es un tema polémico en el que no me quiero meter ahora :S
Así que he decidido limitarme, sencillamente, a contaros cómo son mis abuelitos. Todos sabemos que el Alzheimer es una enfermedad dolorosa. Creo que hasta el menos empático puede imaginarse lo que significa ir perdiendo las facultades a lo largo de diez o doce años y acabar sin saber, como decía Antonia, ni que estás vivo, haciéndote tus necesidades encima y teniendo que ser alimentado con una jeriguilla. Eso duele. Le duele al paciente, le duele a su familia y le duele a cualquiera que pase por ahí. Pero mis abuelos no son sólo pacientes. Son personitas. Tienen la enormidad de una vida entera dentro y no te la saben explicar, pero se les cuela en las miradas y en los gestos. Tendríais que ver cómo se esfuerzan en hacer sus trabajos, aunque les tiemble la mano al agarrar el boli. Cómo se disculpan cuando te preguntan y cómo sonríen cuando les dices lo mucho que te gusta lo que han hecho. Algunos de mis abuelitos tienen, lo juro, sonrisas que iluminan aceras enteras.
Como Victoria, que se me acerca y me dice “guapa” con los enormes ojos azules muy abiertos y el pelo blanco formando una especie de aureola en torno a su cabeza… la misma Victoria que aprieta los lápices de colores en la mano porque teme que se los vayan a quitar, y gruñe y protesta cuando se los cogemos para guardarlos.
O Carmen, que te cuenta varias veces al día las mismas historias, con las mismas palabras y riéndose exactamente en los mismos sitios. “Mi marío… mi marío era mu gueno, pero to era pa sus hijos… y a mí, si yo le pedía un vestido, me compraba tres que cuando me los ponía me se quedaban antiguos. Así que yo me enfadé y no me acosté más con él… - hace una pausa y se inclina hacia mí como para decirme un secreto -. Aluego me arrepentí, pero como a los arrepentíos son a los que quiere el señor…” y se ríe, irreverente, bamboleando su enorme tripa y sus carrillos mofletudos.
O Mario, que me da abrazos de oso y me dice “Te quiero musho”, así, con “sh”, y me pone carita de cachorrillo para que le de doble ración de aperitivo.
O Juan José, que gruñe todo el rato y apenas se le entiende, pero siempre acaba los gruñidos con una sesión de sonrisas, como diciendo “si yo no soy malo y tú lo sabes, si yo no le haría daño ni a una mosca”… (que no es lo que dice, porque no sabe, pero es lo que quiere decir, porque yo lo sé).
O Rafaela, que se ríe y mueve la lengua hacia ambos lados de la boca en una mueca inverosímil, y dice “la leshe que te dieron” en voz muy bajita cada vez que la levantamos para que haga un poco de gimnasia.
O Juana, que me llama “preciosa” y me abraza, pero a veces se pone triste y no sabemos muy bien por qué.
O Juan, al que en su pueblo llamaban “el Bonito”y que te mira sabiendo que él, aunque sea diabético, apenas pueda escribir y ande con bastón, alguna vez fue “El Bonito” y, en algún lugar bajo su gorra gris, lo sigue siendo.
O Paco, que no es capaz ni de distinguir un color de otro, que apenas puede colorear, que casi no puede ni hablar y que, sin embargo, a veces sonríe.
O el otro Paco, que sabe en qué consiste su enfermedad y lo que le espera, pero se toma cada mañana tan en serio como si fuera su primer día de colegio.
Siguen teniendo cualidades de persona. Pueden estrujarte el corazón o alegrarte la mañana. Pueden ser adorables y aborrecibles, gruñones, juguetones, retorcidos y dulces. Y no me estoy haciendo la buena si os digo que cuando voy allí lo hago más por mí que por ellos.
Yo sé que este post es de los que vais a leer a saltos, si es que lo leéis… De esos que tienen poco gancho, poca calidad literaria y demasiado sentimentalismo.
Pero qué queréis que os diga. Yo tenía que hacerlo.
(Y hoy, para no variar, se me quedan cortas las palabras)
Yo (concretamente, como diría Elvira Lindo)llevo varios días pensando qué escribiría en el post de hoy. Quería hacer ver lo dañina que es la enfermedad y lo necesarias que son las ayudas. Quería contaros que el trabajo allí es bonito, aunque a veces estés media hora para ayudar a uno de ellos a recortar una línea recta y te preguntes “¿qué coño hago yo aquí en vez de estar en la playa?”.
No sabía cómo hacerlo sin caer en el sentimentalismo fácil, en el “oh-oh-qué-buena-soy” o en la reivindicación socio-revolucionaria. No me gusta escribir sobre este tipo de temas por lo mismo que no me gustó Mar Adentro: porque me parece tramposo hacer literatura, o cine, o lo que sea, sobre algo que tiene una carga moral tan grande. Opino que se confunde el juicio moral con el que merece la calidad de la obra, nos hacemos la picha un lío y acabamos con catorce Goyas de más en el bolsillo… pero bueno, ese es un tema polémico en el que no me quiero meter ahora :S
Así que he decidido limitarme, sencillamente, a contaros cómo son mis abuelitos. Todos sabemos que el Alzheimer es una enfermedad dolorosa. Creo que hasta el menos empático puede imaginarse lo que significa ir perdiendo las facultades a lo largo de diez o doce años y acabar sin saber, como decía Antonia, ni que estás vivo, haciéndote tus necesidades encima y teniendo que ser alimentado con una jeriguilla. Eso duele. Le duele al paciente, le duele a su familia y le duele a cualquiera que pase por ahí. Pero mis abuelos no son sólo pacientes. Son personitas. Tienen la enormidad de una vida entera dentro y no te la saben explicar, pero se les cuela en las miradas y en los gestos. Tendríais que ver cómo se esfuerzan en hacer sus trabajos, aunque les tiemble la mano al agarrar el boli. Cómo se disculpan cuando te preguntan y cómo sonríen cuando les dices lo mucho que te gusta lo que han hecho. Algunos de mis abuelitos tienen, lo juro, sonrisas que iluminan aceras enteras.
Como Victoria, que se me acerca y me dice “guapa” con los enormes ojos azules muy abiertos y el pelo blanco formando una especie de aureola en torno a su cabeza… la misma Victoria que aprieta los lápices de colores en la mano porque teme que se los vayan a quitar, y gruñe y protesta cuando se los cogemos para guardarlos.
O Carmen, que te cuenta varias veces al día las mismas historias, con las mismas palabras y riéndose exactamente en los mismos sitios. “Mi marío… mi marío era mu gueno, pero to era pa sus hijos… y a mí, si yo le pedía un vestido, me compraba tres que cuando me los ponía me se quedaban antiguos. Así que yo me enfadé y no me acosté más con él… - hace una pausa y se inclina hacia mí como para decirme un secreto -. Aluego me arrepentí, pero como a los arrepentíos son a los que quiere el señor…” y se ríe, irreverente, bamboleando su enorme tripa y sus carrillos mofletudos.
O Mario, que me da abrazos de oso y me dice “Te quiero musho”, así, con “sh”, y me pone carita de cachorrillo para que le de doble ración de aperitivo.
O Juan José, que gruñe todo el rato y apenas se le entiende, pero siempre acaba los gruñidos con una sesión de sonrisas, como diciendo “si yo no soy malo y tú lo sabes, si yo no le haría daño ni a una mosca”… (que no es lo que dice, porque no sabe, pero es lo que quiere decir, porque yo lo sé).
O Rafaela, que se ríe y mueve la lengua hacia ambos lados de la boca en una mueca inverosímil, y dice “la leshe que te dieron” en voz muy bajita cada vez que la levantamos para que haga un poco de gimnasia.
O Juana, que me llama “preciosa” y me abraza, pero a veces se pone triste y no sabemos muy bien por qué.
O Juan, al que en su pueblo llamaban “el Bonito”y que te mira sabiendo que él, aunque sea diabético, apenas pueda escribir y ande con bastón, alguna vez fue “El Bonito” y, en algún lugar bajo su gorra gris, lo sigue siendo.
O Paco, que no es capaz ni de distinguir un color de otro, que apenas puede colorear, que casi no puede ni hablar y que, sin embargo, a veces sonríe.
O el otro Paco, que sabe en qué consiste su enfermedad y lo que le espera, pero se toma cada mañana tan en serio como si fuera su primer día de colegio.
Siguen teniendo cualidades de persona. Pueden estrujarte el corazón o alegrarte la mañana. Pueden ser adorables y aborrecibles, gruñones, juguetones, retorcidos y dulces. Y no me estoy haciendo la buena si os digo que cuando voy allí lo hago más por mí que por ellos.
Yo sé que este post es de los que vais a leer a saltos, si es que lo leéis… De esos que tienen poco gancho, poca calidad literaria y demasiado sentimentalismo.
Pero qué queréis que os diga. Yo tenía que hacerlo.
(Y hoy, para no variar, se me quedan cortas las palabras)
sábado, 17 de septiembre de 2005
Pequeña Pieza para Piano Solo
El está tocando y la ve entrar en el salón por el rabillo del ojo. No deja de mirar, alternativamente, la partitura y las teclas; sabe que si tuerce la cabeza, perderá el hilo y tendrá que volver a empezar. Pero nota que ella está ahí, sentada en el sillón con algún papel entre las manos, las piernas recogidas y la cabeza un poco ladeada.
“Y yo que siempre me quejo de que no quiere escucharme”, se dice a sí mismo, y sonríe un poco. “Tal vez esta sea su manera de valorarme, tal vez sea su forma de decirme que no cree que sea una estupidez que esté aprendiendo a tocar el piano ahora”. Sabe que a veces los ensayos son monótonos, porque hay que repetir muchas veces los fragmentos difíciles, así que, como no quiere aburrirla, decide que hoy no va a ensayar, sino a intrepretar su (escaso) repertorio al completo, con concentración, con sensibilidad.
Ella no se ha cambiado aún de ropa y lleva las media puestas. Le gustan sus pies sin zapatos, pero con medias. Mientras arranca con Für Elise esforzándose por no equivocarse, piensa que tal vez luego le quite las medias muy despacito y le recorra con los dedos las marcas del vientre. Con la parte de su oído que no dedica a la melodía, le escucha dar vueltas a los papeles que sostiene en el regazo. Imagina la carita de concentración, los dedos de uñas pulidas buscando datos en los documentos.
Todo el mundo conoce Für Elise, pero poca gente la ha escuchado entera. Él se la sabe completa, las tres partes, y mientras comienza la segunda, intentando dar con ese andante cantabile que tanto le cuesta a veces, piensa que a ella, en el fondo, le gusta su forma de ser, aunque últimamente se peleen tanto, porque de lo contrario no se sentaría a oírle tocar. “Es su manera de decirme que me quiere”, se dice, y sonríe satisfecho porque, por una vez desde hace ya unos cuantos meses, siente que conectan, que es mentira todo eso que se dice a sí mismo a veces sobre el error que cometió al casarse. “Sí que me quiere – asiente suavemente con la cabeza -, y no le molesta que ensaye, como yo pensaba. Creía que le molestaba, pero puede que no; puede que trabaje mejor oyéndome. Dicen que la música clásica favorece la concentración, no?”. Todo esto piensa él mientras inicia la tercera parte: con la izquierda da repetidamente un la muy bajo y con la derecha debe pulsar acordes complicados para su mano de principiante, así que deja de pensar, porque no quiere equivocarse; ahora no.
Por fin, de nuevo, el estribillo, o como se llame en música clásica. Ha llegado al final casi sin errores, con apenas unos cuantos resbalones entre tecla y tecla. Mientras termina la pieza, siente el corazón henchido de cariño, de agradecimiento. Acaba, sostiene durante un rato las últimas notas (las en ambas manos) y respira, mientras escucha cómo el sonido se diluye en el aire, alargado por el pedal derecho.
Antes de comenzar la segunda pieza que quiere regalarle a su mujer, se detiene un segundo a escuchar un latido metálico que rompe el silencio de la habitación.
La mira, y cuando ve los moscardones negros de los auriculares en sus orejas pequeñas y blancas, no dice nada. Gira la cabeza, cierra las partituras, fija la vista en la madera brillante del piano y se pone a tocar escalas de do con las dos manos, seca, machaconamente.
“Y yo que siempre me quejo de que no quiere escucharme”, se dice a sí mismo, y sonríe un poco. “Tal vez esta sea su manera de valorarme, tal vez sea su forma de decirme que no cree que sea una estupidez que esté aprendiendo a tocar el piano ahora”. Sabe que a veces los ensayos son monótonos, porque hay que repetir muchas veces los fragmentos difíciles, así que, como no quiere aburrirla, decide que hoy no va a ensayar, sino a intrepretar su (escaso) repertorio al completo, con concentración, con sensibilidad.
Ella no se ha cambiado aún de ropa y lleva las media puestas. Le gustan sus pies sin zapatos, pero con medias. Mientras arranca con Für Elise esforzándose por no equivocarse, piensa que tal vez luego le quite las medias muy despacito y le recorra con los dedos las marcas del vientre. Con la parte de su oído que no dedica a la melodía, le escucha dar vueltas a los papeles que sostiene en el regazo. Imagina la carita de concentración, los dedos de uñas pulidas buscando datos en los documentos.
Todo el mundo conoce Für Elise, pero poca gente la ha escuchado entera. Él se la sabe completa, las tres partes, y mientras comienza la segunda, intentando dar con ese andante cantabile que tanto le cuesta a veces, piensa que a ella, en el fondo, le gusta su forma de ser, aunque últimamente se peleen tanto, porque de lo contrario no se sentaría a oírle tocar. “Es su manera de decirme que me quiere”, se dice, y sonríe satisfecho porque, por una vez desde hace ya unos cuantos meses, siente que conectan, que es mentira todo eso que se dice a sí mismo a veces sobre el error que cometió al casarse. “Sí que me quiere – asiente suavemente con la cabeza -, y no le molesta que ensaye, como yo pensaba. Creía que le molestaba, pero puede que no; puede que trabaje mejor oyéndome. Dicen que la música clásica favorece la concentración, no?”. Todo esto piensa él mientras inicia la tercera parte: con la izquierda da repetidamente un la muy bajo y con la derecha debe pulsar acordes complicados para su mano de principiante, así que deja de pensar, porque no quiere equivocarse; ahora no.
Por fin, de nuevo, el estribillo, o como se llame en música clásica. Ha llegado al final casi sin errores, con apenas unos cuantos resbalones entre tecla y tecla. Mientras termina la pieza, siente el corazón henchido de cariño, de agradecimiento. Acaba, sostiene durante un rato las últimas notas (las en ambas manos) y respira, mientras escucha cómo el sonido se diluye en el aire, alargado por el pedal derecho.
Antes de comenzar la segunda pieza que quiere regalarle a su mujer, se detiene un segundo a escuchar un latido metálico que rompe el silencio de la habitación.
La mira, y cuando ve los moscardones negros de los auriculares en sus orejas pequeñas y blancas, no dice nada. Gira la cabeza, cierra las partituras, fija la vista en la madera brillante del piano y se pone a tocar escalas de do con las dos manos, seca, machaconamente.
miércoles, 14 de septiembre de 2005
Esta noche no sé qué voy a postear, pero voy a postear
Más que nada, porque os quiero contar que llevo varios días irritable, eléctrica, como con síndrome premenstrual agudo. Salgo, entro, cocino, voy a los abuelitos, duermo mucho, leo mucho, escribo un poco, y entre todo eso se me filtra una mala ostia contenida que me escuece en los ojos y me agarra los hombros en forma de dolorosa contractura de trapecio. ¿Por qué? No sabría deciros.
Pero no quiero estar mal y no pienso estar mal, y lucho. Ayer puse música, agarré la almohada y me puse a darle hostias a la cama, y cuando más emocionada estaba, cuando ya pensaba que iba a conseguir deshacerme de toda esa electricidad estática del organismo, me cargué la bombilla de mi cuarto, y del cabreo estuve a punto de hacer trizas unos cuantos platos. Acabé en casa de Elsa bebiendo sangría, fumando y cantando Fito a todo volumen, yéndome demasiado temprano y sabiendo que hoy, nada más levantarme, iba a sentirme igual de mal.
Hoy he tocado el piano rabiando contra Satie y su lento Gimnopedio (es la pieza con la que estoy ahora), deseando saberme algo furioso o tener suficientes conocimientos de música como para inventármelo. Luego he ido a la librería. Observaba las cubiertas brillantes de los libros, los cogía, los ojeaba, miraba el precio, los volvía a soltar. Cuando tenga mi propio dinero voy a gastarme todo el sueldo en novedades-literarias-de-pasta-dura-excesivamente-caros-en-proporción-a-su-número-de-páginas. Ahora mismo sólo me puedo permitir clásicos de bolsillo de segunda mano, y casi ni aun así.
(Cuando era pequeña, iba a la librería con mi padre y elegía varios libros. Luego él los miraba, calibraba el peso y la dificultad y hacía una estimación de cuánto iban a durarme. Si no eran más de un par de días, me hacía elegir otro.)
Después, en la moto, cantaba “So Payaso” a todo pulmón, y hablaba sola, y recitaba poemas de Benedetti poniendo acento uruaguayo. “Porque te escondes dulce en el orgullo, pequeña y dulce, corazón coraza”. Y a la lista de requisitos para mi futuro Gran Amor que estoy haciendo desde que leí esto he añadido: “que me pida que le recite poemas de memoria”. También he tenido una idea para un cuento, y barajaba frases, posibles principios y posibles finales mientras zigzagueaba entre coches y autobuses, sin prestar mucha atención, obviamente jugándome la vida.
Esta noche me he puesto guapa, con la falda larga que tiene dos cascabeles colgando de la cintura y me hace sentir como un hadita o un duende. Me he ido por ahí con mis amigos, hemos cenado y nos hemos sentado en el jardín de la catedral. He contado aquella anécdota de cuando Rocío estaba aprendiendo a esquiar y bajó una pista azul entera haciendo cuña, a unos ciento ciencuenta kilómetros por hora y gritando “¡Sorry! ¡Perdón! ¡Merci!”, y de pronto aprendió a hacer paralelo porque si no giraba se mataba. Me he reído como una loca y me he atrevido a ponerme un poco triste, porque ha llegado septiembre y mis amigas se van, cada una a la ciudad donde estudia, y se nos acaba este verano que hemos tenido, tan largo, tan drogadicto, tan bueno.
Y ahora estoy aquí, blogueando un poco, escribiendo otro poco, y se me ocurre que ya sé por qué quiero postear: porque nunca me había sentido tan bien estando mal y quería contároslo.
Pero no quiero estar mal y no pienso estar mal, y lucho. Ayer puse música, agarré la almohada y me puse a darle hostias a la cama, y cuando más emocionada estaba, cuando ya pensaba que iba a conseguir deshacerme de toda esa electricidad estática del organismo, me cargué la bombilla de mi cuarto, y del cabreo estuve a punto de hacer trizas unos cuantos platos. Acabé en casa de Elsa bebiendo sangría, fumando y cantando Fito a todo volumen, yéndome demasiado temprano y sabiendo que hoy, nada más levantarme, iba a sentirme igual de mal.
Hoy he tocado el piano rabiando contra Satie y su lento Gimnopedio (es la pieza con la que estoy ahora), deseando saberme algo furioso o tener suficientes conocimientos de música como para inventármelo. Luego he ido a la librería. Observaba las cubiertas brillantes de los libros, los cogía, los ojeaba, miraba el precio, los volvía a soltar. Cuando tenga mi propio dinero voy a gastarme todo el sueldo en novedades-literarias-de-pasta-dura-excesivamente-caros-en-proporción-a-su-número-de-páginas. Ahora mismo sólo me puedo permitir clásicos de bolsillo de segunda mano, y casi ni aun así.
(Cuando era pequeña, iba a la librería con mi padre y elegía varios libros. Luego él los miraba, calibraba el peso y la dificultad y hacía una estimación de cuánto iban a durarme. Si no eran más de un par de días, me hacía elegir otro.)
Después, en la moto, cantaba “So Payaso” a todo pulmón, y hablaba sola, y recitaba poemas de Benedetti poniendo acento uruaguayo. “Porque te escondes dulce en el orgullo, pequeña y dulce, corazón coraza”. Y a la lista de requisitos para mi futuro Gran Amor que estoy haciendo desde que leí esto he añadido: “que me pida que le recite poemas de memoria”. También he tenido una idea para un cuento, y barajaba frases, posibles principios y posibles finales mientras zigzagueaba entre coches y autobuses, sin prestar mucha atención, obviamente jugándome la vida.
Esta noche me he puesto guapa, con la falda larga que tiene dos cascabeles colgando de la cintura y me hace sentir como un hadita o un duende. Me he ido por ahí con mis amigos, hemos cenado y nos hemos sentado en el jardín de la catedral. He contado aquella anécdota de cuando Rocío estaba aprendiendo a esquiar y bajó una pista azul entera haciendo cuña, a unos ciento ciencuenta kilómetros por hora y gritando “¡Sorry! ¡Perdón! ¡Merci!”, y de pronto aprendió a hacer paralelo porque si no giraba se mataba. Me he reído como una loca y me he atrevido a ponerme un poco triste, porque ha llegado septiembre y mis amigas se van, cada una a la ciudad donde estudia, y se nos acaba este verano que hemos tenido, tan largo, tan drogadicto, tan bueno.
Y ahora estoy aquí, blogueando un poco, escribiendo otro poco, y se me ocurre que ya sé por qué quiero postear: porque nunca me había sentido tan bien estando mal y quería contároslo.
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