¿Quién sangra por do más pecado hubiere?,
¿Quién me cambia por tul desilusión?,
¿Quién sazona el amor con alfileres?,
¿Quién me descorazona el corazón?
¿Quién quema relicarios, pilas, naves?
¿Quién alquila mujeres de alquiler?,
¿Quién ha sacado copia de la llave
de los secretos de mi secreter?,
¿Quién oxida el limón de las campanas?
¿Quién se sabe perdido cuando gana?
¿Quién me ha metido el dedo en la nariz?
¿Quién roba, silba, reza, desayuna?
¿Quién planta girasoles en la luna?
¿Quién coño me ha robado el mes de abril?
Joaquín Sabina
miércoles, 29 de marzo de 2006
martes, 28 de marzo de 2006
Hoy hemos ido a correr
Marina: si me viera mi profesora de educación física, lloraría lagrimones como puños.
Ana: la mía me daría un cogotazo, que no fui ni dos meses a clase.
Marina: ¿y eso?
Ana: pues nada, que quería que saltáramos el potro sin manos. Estaba loca, joder. Y a los dos meses yo le dije: "mira, yo no voy a venir, así que suspéndeme si quieres".
Marina: ¿y qué hizo?
Ana: suspenderme.
Marina: ¿y tú qué hiciste?
Ana: presentarme en junio al teórico, con los gordos.
Ana: la mía me daría un cogotazo, que no fui ni dos meses a clase.
Marina: ¿y eso?
Ana: pues nada, que quería que saltáramos el potro sin manos. Estaba loca, joder. Y a los dos meses yo le dije: "mira, yo no voy a venir, así que suspéndeme si quieres".
Marina: ¿y qué hizo?
Ana: suspenderme.
Marina: ¿y tú qué hiciste?
Ana: presentarme en junio al teórico, con los gordos.
martes, 21 de marzo de 2006
Plástico para la lluvia
Creo que hoy preferiría llevar uno de esos sombreros para la lluvia, esos impermeables y redondos. También me pondría una gabardina o, aún mejor, un impermeable de plástico rojo como el que tenía cuando iba al colegio. Y botas, no os olvidéis de las botas. Para una lluvia torrencial, como lo son la mayoría de las que inundan las ciudades del sur, sí abriría el paraguas, y procuraría caminar pegadita a la marquesina, pero para una lluvia como esta, que casi parece que la estén vaporizando con un aspersor, prefiero el gorrito y todo lo demás.
Paso por la salida de un colegio y me doy cuenta de que los niños de hoy (qué mal suena, me hago vieja) ya no llevan impermeables, y que asisten impertérritos a la lluvia con el mismo chaquetón de todos los días. Sobre todo, no llevan botas. Qué tristeza de infancia si a los niños les da vergüenza ponerse botas, si ya no son invencibles cuando quieren pisar los charcos. A lo mejor algún podólogo listillo ha dicho que los pies se recalientan bajo el plástico, o alguna Bratz resultona no considera que las botas de lluvia peguen con su minifalda vaquera.
Pues yo hoy me las pondría. Y el gorrito, y el impermeable. Y sería invulnerable al agua, al frío, a la humedad y a la tristeza. Y no pisaría ningún charco, porque en el fondo soy vergonzosa y estoy un poco resfriada pero, al menos, sabría que si quisiera podría hacerlo.
Paso por la salida de un colegio y me doy cuenta de que los niños de hoy (qué mal suena, me hago vieja) ya no llevan impermeables, y que asisten impertérritos a la lluvia con el mismo chaquetón de todos los días. Sobre todo, no llevan botas. Qué tristeza de infancia si a los niños les da vergüenza ponerse botas, si ya no son invencibles cuando quieren pisar los charcos. A lo mejor algún podólogo listillo ha dicho que los pies se recalientan bajo el plástico, o alguna Bratz resultona no considera que las botas de lluvia peguen con su minifalda vaquera.
Pues yo hoy me las pondría. Y el gorrito, y el impermeable. Y sería invulnerable al agua, al frío, a la humedad y a la tristeza. Y no pisaría ningún charco, porque en el fondo soy vergonzosa y estoy un poco resfriada pero, al menos, sabría que si quisiera podría hacerlo.
lunes, 13 de marzo de 2006
Fantasmas
Ella está desnuda, con la gata en brazos, de pie frente a la cama, esperando en silencio a que él se despierte. Como si su mirada tuviera alguna suerte de poder telepático, se restriega los ojos y se incorpora un poco.
- La gata ve cosas – dice ella.
Él gruñe algo ininteligible.
- En serio – se sienta en la cama y deja al animal sobre el edredón. Fiona camina despacio, estirando el lomo, y comienza a amasar con las patas delanteras el pecho desnudo de él.
- Pero ¿cómo que cosas? – pregunta él, apartando al animal de encima, sin saber si aún sigue dormido -. ¿Qué cosas?
- Yo qué sé – contesta ella, y tirita un poco.
- Anda, ven, que te vas a resfriar – alza la manta invitándola a entrar al calor de la cama.
- La he oído maullar y me he levantado a ver qué pasaba – ella se desliza junto a su cuerpo cálido y restriega los pies contra el vello de sus piernas -, y me la he encontrado de pie en el salón, mirando muy fijamente delante de sí, con los pelos erizados.
- Ya ves tú - gruñe él -. Es una gata, por Dios, ve cosas por todas partes. Se queda mirando el humo, la comida, su reflejo en la ventana… Anda, vamos a dormirnos otra vez.
- Sí, pero hazme un hueco.
Aún no se ha acostumbrado a dormir acompañado y, sin darse cuenta, se ha desplazado al centro de la cama y apenas le ha dejado una esquina libre. Rueda hasta su lado y ella se estira, mientras la gata se acomoda a los pies de ambos. Durante unos minutos, permanecen en silencio.
- Pero…
- Qué – él mira disimuladamente la hora en el despertador de la mesilla y piensa en cuánto odia ir a trabajar sin haber dormido lo suficiente. A ella no parece importarle, ella y sus historias de gatos y fantasmas.
- Pues que estaba temblando. Temblaba, te lo juro, como cuando la bañamos y acaba de salir de la ducha.
- Tendría frío.
- Es una gata. No puede tener frío, porque tiene todo el cuerpo cubierto de… ¿cómo se llamaba? Ah, sí, pelo.
Él resopla, fastidiado por su intento de ser sarcástica. No podría callarse, dejarse de historias y dormirse, ahí, tan mona, acurrucadita en su hombro, dulce y silenciosa.
- Puedes no creerme, si quieres, pero esa gata ve algo. Ve cosas.
Se da la vuelta, le pega un tirón a la manta y cierra los ojos. Desde el otro lado de la cama, él es capaz de imaginar sus párpados apretados, y no puede evitar sonreír.
- Claro, cariño – se acurruca en torno a su espalda, la abraza, le besa la nuca sudorosa -. No me extrañaría que viera algo. Los animales tienen un sexto sentido.
“Mmmhh”, hace ella.
- Que sí, cielo – y de repente ya le dan igual los fantasmas y los gatos, porque está ahí, encogida y preciosa, y él sólo quiere que se de la vuelta y le abrace, tan desnuda y tan suave, y que vuelvan a dormirse juntos con la gata ronroneando feliz a los pies de la cama -. Esta casa es muy antigua. Igual hay algún espíritu o algo.
- Yo no creo en los espíritus – su voz emerge de nuevo entre las sábanas, con un destello desafiante -. Pero no sé. Igual hay presencias, o algo.
- Claro, mi amor. Presencias. Pero no pasa nada, mira a la gata: está ahí toda feliz a los pies de la cama. Anda, vamos a dormir.
Ella gruñe un poco, se da la vuelta y le abraza, ajustando su cuerpo para tocar la mayor superficie de piel posible. A él le encanta esa manera de abrazar. Nunca ha conocido a una mujer que haga eso, ese desplazarse como un movimiento de placas tectónicas y encajar los bultos en los huecos con precisión de ingeniera.
Vuelve el silencio, y la sostiene en sus brazos esperando a que se sobresalte un par de veces, como siempre hace justo antes de dormirse, inquieta por vete a saber qué sueños.
- Entonces me crees, ¿no? – murmura, medio dormida ya.
- Claro que te creo, cariño. Claro.
- La gata ve cosas – dice ella.
Él gruñe algo ininteligible.
- En serio – se sienta en la cama y deja al animal sobre el edredón. Fiona camina despacio, estirando el lomo, y comienza a amasar con las patas delanteras el pecho desnudo de él.
- Pero ¿cómo que cosas? – pregunta él, apartando al animal de encima, sin saber si aún sigue dormido -. ¿Qué cosas?
- Yo qué sé – contesta ella, y tirita un poco.
- Anda, ven, que te vas a resfriar – alza la manta invitándola a entrar al calor de la cama.
- La he oído maullar y me he levantado a ver qué pasaba – ella se desliza junto a su cuerpo cálido y restriega los pies contra el vello de sus piernas -, y me la he encontrado de pie en el salón, mirando muy fijamente delante de sí, con los pelos erizados.
- Ya ves tú - gruñe él -. Es una gata, por Dios, ve cosas por todas partes. Se queda mirando el humo, la comida, su reflejo en la ventana… Anda, vamos a dormirnos otra vez.
- Sí, pero hazme un hueco.
Aún no se ha acostumbrado a dormir acompañado y, sin darse cuenta, se ha desplazado al centro de la cama y apenas le ha dejado una esquina libre. Rueda hasta su lado y ella se estira, mientras la gata se acomoda a los pies de ambos. Durante unos minutos, permanecen en silencio.
- Pero…
- Qué – él mira disimuladamente la hora en el despertador de la mesilla y piensa en cuánto odia ir a trabajar sin haber dormido lo suficiente. A ella no parece importarle, ella y sus historias de gatos y fantasmas.
- Pues que estaba temblando. Temblaba, te lo juro, como cuando la bañamos y acaba de salir de la ducha.
- Tendría frío.
- Es una gata. No puede tener frío, porque tiene todo el cuerpo cubierto de… ¿cómo se llamaba? Ah, sí, pelo.
Él resopla, fastidiado por su intento de ser sarcástica. No podría callarse, dejarse de historias y dormirse, ahí, tan mona, acurrucadita en su hombro, dulce y silenciosa.
- Puedes no creerme, si quieres, pero esa gata ve algo. Ve cosas.
Se da la vuelta, le pega un tirón a la manta y cierra los ojos. Desde el otro lado de la cama, él es capaz de imaginar sus párpados apretados, y no puede evitar sonreír.
- Claro, cariño – se acurruca en torno a su espalda, la abraza, le besa la nuca sudorosa -. No me extrañaría que viera algo. Los animales tienen un sexto sentido.
“Mmmhh”, hace ella.
- Que sí, cielo – y de repente ya le dan igual los fantasmas y los gatos, porque está ahí, encogida y preciosa, y él sólo quiere que se de la vuelta y le abrace, tan desnuda y tan suave, y que vuelvan a dormirse juntos con la gata ronroneando feliz a los pies de la cama -. Esta casa es muy antigua. Igual hay algún espíritu o algo.
- Yo no creo en los espíritus – su voz emerge de nuevo entre las sábanas, con un destello desafiante -. Pero no sé. Igual hay presencias, o algo.
- Claro, mi amor. Presencias. Pero no pasa nada, mira a la gata: está ahí toda feliz a los pies de la cama. Anda, vamos a dormir.
Ella gruñe un poco, se da la vuelta y le abraza, ajustando su cuerpo para tocar la mayor superficie de piel posible. A él le encanta esa manera de abrazar. Nunca ha conocido a una mujer que haga eso, ese desplazarse como un movimiento de placas tectónicas y encajar los bultos en los huecos con precisión de ingeniera.
Vuelve el silencio, y la sostiene en sus brazos esperando a que se sobresalte un par de veces, como siempre hace justo antes de dormirse, inquieta por vete a saber qué sueños.
- Entonces me crees, ¿no? – murmura, medio dormida ya.
- Claro que te creo, cariño. Claro.
blablablablabla
Bien, joder, bien, por fin he pillado un ordenador en esta puñetera biblioteca. Que tampoco es que tenga muchas ganas de dar vueltas por Internet como una subnormal, pero qué queréis, si tengo una hora libre y la gente de mi clase que está en la cafetería no me cae bien, y me he dejado el libro en casa. A ver si escribo, que no puede ser, que tengo el blog abandonado... y no es que no tenga ideas, que alguna tengo, qué queréis que os diga, no soy boba, pero es como si me hubiera hartado ya de escucharme a mí misma perorar sobre la vida y la muerte en este rincón dejado de la mano de dios. Aunque claro, tiene razón Golfo cuando dice que a los lectores hay que "darles de leer", que si no se aburren y se van a otro sitio que actualice con más frecuencia. Que cansa eso de ver siempre el mismo post en la cabecera de la página: "todo tiene una explicación". Pues claro que la tiene, Marina, ya nos hemos enterado todos, pesada: ahora haz el favor de poner tus deditos a trabajar y dejarnos algo que, al menos, nos entretenga.
Que ya lo he dicho, que no es que no tenga ideas, sino que me ha cogido la astenia primaveral por banda y me ha tenido dos días físicamente inválida y otros dos emocionalmente inútil. Y entre unas cosas y otras yo, que soy delicadita, lo confieso, no tenía ganas de acercarme a la maldita página de blogger ni de cerca. Aunque el otro día escribí, que no os creáis que me dedico sólo a irme de fiesta y dormir siestas resacosas (que también). Qué va: el otro día escribí un montón, página y media de desvaríos pseudoreligiosos. Lo tengo que corregir, ya os lo enseñaré... el resultado no me gustó mucho, pero lo importante es la idea, que no es mala.
A ver cuánto tiempo me queda para entrar a clase... diez minutos largos. Qué le cuento yo a esta gente en diez minutos largos. Pues nada, qué os digo, que también leo, que escritora que no lee chungo, porque se enreda en su propio berenjenal de palabras y no sale nunca de ahí, de mirarse y remirarse el ombligo. Así que estoy con "El guardián entre el centeno" y con la biografía de Frida Kalho (qué progre). Y también blogueo, porque qué queréis que os diga, si por ahí hay gente cojonuda, mucho mejor que los columnistas de los periódicos, ya lo he dicho muchas veces: gente más original, menos cansada de sí misma, más viva.
(La chica de al lado me mira teclear frenéticamente y piensa "qué interesante tiene que ser el mail que está escribiendo esa chica).
Así que eso, busco blogs y me encuentro a gente cojonuda, como este señor o este otro (que, por cierto, son muy amiguetes) y pienso: vaya gente estupenda que hay por ahí, cuánta creatividad, cuanto pensamiento chiflado bullendo por cabecitas ajenas. No como tú, Marina, hija, que por no tener no tienes ni nombre para el blog, que te pones aquí a soltar chorradas porque, admítelo, NO SE TE OCURRE NADA MEJOR y pretendes que la gente lo lea y te comente y te diga: ¡qué bien, tía, me ha encantado! Que no, chavala, que
no es eso lo que estábamos buscando. Qué astenia ni qué ocho cuartos. Céntrate ya y ponte a escribir.
(Y me voy, que tengo que entrar a clase)
Que ya lo he dicho, que no es que no tenga ideas, sino que me ha cogido la astenia primaveral por banda y me ha tenido dos días físicamente inválida y otros dos emocionalmente inútil. Y entre unas cosas y otras yo, que soy delicadita, lo confieso, no tenía ganas de acercarme a la maldita página de blogger ni de cerca. Aunque el otro día escribí, que no os creáis que me dedico sólo a irme de fiesta y dormir siestas resacosas (que también). Qué va: el otro día escribí un montón, página y media de desvaríos pseudoreligiosos. Lo tengo que corregir, ya os lo enseñaré... el resultado no me gustó mucho, pero lo importante es la idea, que no es mala.
A ver cuánto tiempo me queda para entrar a clase... diez minutos largos. Qué le cuento yo a esta gente en diez minutos largos. Pues nada, qué os digo, que también leo, que escritora que no lee chungo, porque se enreda en su propio berenjenal de palabras y no sale nunca de ahí, de mirarse y remirarse el ombligo. Así que estoy con "El guardián entre el centeno" y con la biografía de Frida Kalho (qué progre). Y también blogueo, porque qué queréis que os diga, si por ahí hay gente cojonuda, mucho mejor que los columnistas de los periódicos, ya lo he dicho muchas veces: gente más original, menos cansada de sí misma, más viva.
(La chica de al lado me mira teclear frenéticamente y piensa "qué interesante tiene que ser el mail que está escribiendo esa chica).
Así que eso, busco blogs y me encuentro a gente cojonuda, como este señor o este otro (que, por cierto, son muy amiguetes) y pienso: vaya gente estupenda que hay por ahí, cuánta creatividad, cuanto pensamiento chiflado bullendo por cabecitas ajenas. No como tú, Marina, hija, que por no tener no tienes ni nombre para el blog, que te pones aquí a soltar chorradas porque, admítelo, NO SE TE OCURRE NADA MEJOR y pretendes que la gente lo lea y te comente y te diga: ¡qué bien, tía, me ha encantado! Que no, chavala, que
no es eso lo que estábamos buscando. Qué astenia ni qué ocho cuartos. Céntrate ya y ponte a escribir.
(Y me voy, que tengo que entrar a clase)
viernes, 3 de marzo de 2006
Todo tiene su explicación
Nadie lo diría al verte ahora, Asun, tan mona, con tus botas de Camper hasta media pierna, tu falda vaquera, tu flequillo desfilado que te cubre parte del ojo izquierdo y que te recoges para corregir exámenes. Ninguno de los alumnos que están sentados en las incómodas bancas de madera, odiándote en silencio, apretando el boli como si quisieran apretar tu blanco cuellecito y mirando el reloj cada dos por tres, averiguaría tus razones. Si casi pareces una de ellos, con la vocecita aniñada y esa manera de hablar medio sonriendo quien sabe si por timidez o por intentar ganarte su simpatía. Nadie tiene ni idea, Asun, pero la cuestión es que si ellos están aquí un viernes a las ocho de la mañana para hacer una práctica obligatoria (“y a quien no venga, punto menos en el examen, que lo sepáis”); si anoche se quedaron vacíos los bares que pensaban visitar, y no se bebieron las litronas que se pensaban beber, y no ligaron con la chica aquella tan guapa a la que tenían echado el ojo; si todo eso es así, lo es por una razón muy concreta. Ya has explicado la práctica y te quedas sentada en el borde de la mesa, como los profes enrollados de las teleseries americanas, viéndoles escribir en silencio o preguntarle susurrando al de al lado. Te divierte imaginar en tu cara una mueca malvada que no te atreves a poner, porque tú sí sabes por qué están aquí.
Porque los jueves, mientras atronaba el radiocasette de los del piso de arriba, y escuchabas canturrear a tu compañera de piso y la veías entrar cada dos por tres en tu habitación para preguntarte su opinión sobre la ropa que iba a ponerse (“porque esta es bonita, pero es muy de te quiero follar, ¿no te parece mejor algo menos obvio?”), tú arrastrabas tus cansados ojos por los apuntes de álgebra, o los de dibujo, o los de química, y pegabas toquecitos impacientes en el techo con el palo de una fregona. Porque el día del patrón, cuando las escaleras de la facultad se llenaban de estudiantes borrachos, vasos vacíos y vómitos, tú esquivabas los hielos medio derretidos para entrar a la biblioteca a buscar la bibliografía del enésimo trabajo para subir nota. Porque cuando todos se ponían de acuerdo para no entrar a clase el día de la fiesta de la primavera, ahí estabas tú, sola en la segunda fila como el fiel seguidor de algún grupo de rock acabado, y no sabías qué te gustaba más, si la cara de fastidio del profesor al ver que tenía que dar clase o la de tus compañeros al comprobar que habían perdido un día de apuntes y tú no estabas dispuesta a dejárselos.
Y ahora tú, Asun, ahí sentada sobre la mesa del profesor balanceando tus botas como una niña en un columpio, no tienes claro por qué hiciste todo aquello; por qué no subiste al piso de arriba, o te sentaste en las escaleras a beber vasos de cerveza a un euro, o fuiste a la fiesta de la primavera a trasegar tinto al sol. Pero sí sabes por qué estás haciendo esto, y piensas en alguna Asun camuflada entre las filas de estudiantes abúlicos que se sintió contenta anoche por no tener que inventarse una excusa para no salir. Atreviéndote por fin a esbozar esa mueca malvada, te echas hacia atrás el flequillo desfilado, bajas de la mesa de un pequeño saltito y te acercas a ellos para ir, fila por fila, recogiendo las prácticas que tienen que entregarte.
Porque los jueves, mientras atronaba el radiocasette de los del piso de arriba, y escuchabas canturrear a tu compañera de piso y la veías entrar cada dos por tres en tu habitación para preguntarte su opinión sobre la ropa que iba a ponerse (“porque esta es bonita, pero es muy de te quiero follar, ¿no te parece mejor algo menos obvio?”), tú arrastrabas tus cansados ojos por los apuntes de álgebra, o los de dibujo, o los de química, y pegabas toquecitos impacientes en el techo con el palo de una fregona. Porque el día del patrón, cuando las escaleras de la facultad se llenaban de estudiantes borrachos, vasos vacíos y vómitos, tú esquivabas los hielos medio derretidos para entrar a la biblioteca a buscar la bibliografía del enésimo trabajo para subir nota. Porque cuando todos se ponían de acuerdo para no entrar a clase el día de la fiesta de la primavera, ahí estabas tú, sola en la segunda fila como el fiel seguidor de algún grupo de rock acabado, y no sabías qué te gustaba más, si la cara de fastidio del profesor al ver que tenía que dar clase o la de tus compañeros al comprobar que habían perdido un día de apuntes y tú no estabas dispuesta a dejárselos.
Y ahora tú, Asun, ahí sentada sobre la mesa del profesor balanceando tus botas como una niña en un columpio, no tienes claro por qué hiciste todo aquello; por qué no subiste al piso de arriba, o te sentaste en las escaleras a beber vasos de cerveza a un euro, o fuiste a la fiesta de la primavera a trasegar tinto al sol. Pero sí sabes por qué estás haciendo esto, y piensas en alguna Asun camuflada entre las filas de estudiantes abúlicos que se sintió contenta anoche por no tener que inventarse una excusa para no salir. Atreviéndote por fin a esbozar esa mueca malvada, te echas hacia atrás el flequillo desfilado, bajas de la mesa de un pequeño saltito y te acercas a ellos para ir, fila por fila, recogiendo las prácticas que tienen que entregarte.
sábado, 25 de febrero de 2006
...va a efectuar su salida en el andén número...
No me gusta viajar. A ver, no me malinterpretéis. Me gusta conocer sitios diferentes, pero odio toda la parafernalia de hacer maletas, ir a aeropuertos o estaciones y trasladar mi cuerpecillo en el tiempo y en el espacio para aparecer en un lugar lejano. Creo que no me importaría viajar si pudiera trasladarme de un lado a otro con un chasquido de dedos, como hacía la boba de Sabrina o como me imagino que hace el bobo de Harry Potter (a quien no leo por principio). Pero arrancarme sin más del sitio donde vivo y plantarme en el lugar de destino me retuerce el espíritu.
¿A qué viene esta reflexión? A que yo no quería que hubiera puente. Estaba yo en Granada toda reconvertida a estudiante modelo y maruja hogareña y, de repente, un puente, y todo el mundo levantando el vuelo de la ciudad como una bandada de aves migratorias. Después de la maratón examinadora me apetece estar en casa, con mis compañeras; salir, claro que sí, salir de tapas, y al cine, y de cervezas, y de copas... pero por favor, en una sola ciudad. Eso de andar haciendo y deshaciendo maletas no me sienta bien.
A cuenta de esto, me pregunto qué narices hago yo, en ese caso, estudiando fuera. Hace tres años yo sólo viajaba un par de veces en todo el curso: a Madrid a ver a mi familia y, con suerte, algún viajecito del colegio o un fin de semana en Cádiz con mis tíos hippies. Luego se me ocurrió la brillante idea de largarme a Barcelona, imagino que seducida por demasiadas contraportadas de libros que hablan de "empezar una nueva vida" o de "huir en busca de su destino", y mi vida se convirtio en un hacer y deshacer una maleta negra que, por cierto, tiene la manía de no sostenerse de pie y es tremendamente incómoda. Para ir de Barcelona a Málaga tenía que hacer un trayecto de media hora del campus de la Autónoma a Plaza Catalunya, otra media hora de allí a El Prat y luego, con el consabido intermedio de una horita entre facturación y embarque, otra hora y media más hasta Málaga. Un maldito infierno. También iba a Pamplona, y entonces tocaba arrastrar la dichosa maleta negra de la Vila a Plaza Catalunya, de allí a Sants y luego aguantar siete benditas horas y media (que dentro de lo que cabe no estaban mal, puesto que yo viajaba hacia El Amor; peores eran las de vuelta) hasta llegar a Pamplona. Recuerdo cómo se iba apagando la luz a través de las llanuras desiertas de Aragón, y cómo era ya noche cerrada cuando parábamos en Tudela y yo miraba las casas grises y húmedas a través de mi ventanilla y pensaba que vivir allí no debía de ser nada divertido.
Ahora que estudio en Granada es todo más fácil: veinte minutos de autobus urbano (aplastada, eso sí, entre doscientos estudiantes con maleta que se han apañado para apiñarse todos en el vehiculo) y una hora y media hasta mi hermosa ciudad maritima, sin necesidad de reservas de billete o de cancelaciones a última hora. Pero creo que, en el fondo, no hay tanta diferencia entre mis odiseas catalanas y los aceptablemente cómodos viajes Granada-Málaga. Para ambos tienes que sacar las raíces del suelo y transplantarlas a otra tierra. Ambos implican que no eres del todo ni de un sitio ni del otro, que no perteneces demasiado a ninguna parte. Cuando yo iba a Pamplona y paseaba de la mano de Funes protestando por la lluvia, miraba a todos aquellos pamploneses tan serios y tan del norte y envidiaba su pertenencia a la ciudad. Seguro que ellos no se planteaban traslados intempestivos como los que yo parecía verme obligada a hacer a todas horas. Ellos, igual que yo había hecho toda mi vida en Málaga, eran de allí, de Pamplona; esa noche irían a sus casas, se acostarían, y a la mañana siguiente saludarían al portero, llevarían a sus hijos al colegio, irían a trabajar y así por los siglos de los siglos. Yo, en menos de cuarenta y ocho horas, tendría que meter mi vida de fin de semana en la, insisto, molesta maleta negra y hacerme casi ocho horas semidormida en un bus nocturno hasta llegar otra vez a Sants.
Claro que me gusta estudiar fuera, no os creáis, aunque a veces me dé la sensación de que no hago más que lavar platos. Me gusta, sobre todo, saber que estoy construyendo mi vida como hace una araña con su telita y que puedo hacerlo exactamente a mi manera. Me gusta poder decidir cuándo me levanto y cuándo me quedo en la cama, con quién salgo, a quién dejo entrar o con quién me acuesto. Pero ya he decidido que de mayor me asentaré en algún lugar (no necesariamente Málaga; la verdad es que no descarto ninguna ciudad, ni ningún país), echaré mis raíces y sólo saldré de allí para ver a mis padres en Navidad, como los americanos, o tal vez para hacer algún viaje cultural/exótico a algún lugar no demasiado masificado del planeta.
Y quien quiera verme, que viaje él.
¿A qué viene esta reflexión? A que yo no quería que hubiera puente. Estaba yo en Granada toda reconvertida a estudiante modelo y maruja hogareña y, de repente, un puente, y todo el mundo levantando el vuelo de la ciudad como una bandada de aves migratorias. Después de la maratón examinadora me apetece estar en casa, con mis compañeras; salir, claro que sí, salir de tapas, y al cine, y de cervezas, y de copas... pero por favor, en una sola ciudad. Eso de andar haciendo y deshaciendo maletas no me sienta bien.
A cuenta de esto, me pregunto qué narices hago yo, en ese caso, estudiando fuera. Hace tres años yo sólo viajaba un par de veces en todo el curso: a Madrid a ver a mi familia y, con suerte, algún viajecito del colegio o un fin de semana en Cádiz con mis tíos hippies. Luego se me ocurrió la brillante idea de largarme a Barcelona, imagino que seducida por demasiadas contraportadas de libros que hablan de "empezar una nueva vida" o de "huir en busca de su destino", y mi vida se convirtio en un hacer y deshacer una maleta negra que, por cierto, tiene la manía de no sostenerse de pie y es tremendamente incómoda. Para ir de Barcelona a Málaga tenía que hacer un trayecto de media hora del campus de la Autónoma a Plaza Catalunya, otra media hora de allí a El Prat y luego, con el consabido intermedio de una horita entre facturación y embarque, otra hora y media más hasta Málaga. Un maldito infierno. También iba a Pamplona, y entonces tocaba arrastrar la dichosa maleta negra de la Vila a Plaza Catalunya, de allí a Sants y luego aguantar siete benditas horas y media (que dentro de lo que cabe no estaban mal, puesto que yo viajaba hacia El Amor; peores eran las de vuelta) hasta llegar a Pamplona. Recuerdo cómo se iba apagando la luz a través de las llanuras desiertas de Aragón, y cómo era ya noche cerrada cuando parábamos en Tudela y yo miraba las casas grises y húmedas a través de mi ventanilla y pensaba que vivir allí no debía de ser nada divertido.
Ahora que estudio en Granada es todo más fácil: veinte minutos de autobus urbano (aplastada, eso sí, entre doscientos estudiantes con maleta que se han apañado para apiñarse todos en el vehiculo) y una hora y media hasta mi hermosa ciudad maritima, sin necesidad de reservas de billete o de cancelaciones a última hora. Pero creo que, en el fondo, no hay tanta diferencia entre mis odiseas catalanas y los aceptablemente cómodos viajes Granada-Málaga. Para ambos tienes que sacar las raíces del suelo y transplantarlas a otra tierra. Ambos implican que no eres del todo ni de un sitio ni del otro, que no perteneces demasiado a ninguna parte. Cuando yo iba a Pamplona y paseaba de la mano de Funes protestando por la lluvia, miraba a todos aquellos pamploneses tan serios y tan del norte y envidiaba su pertenencia a la ciudad. Seguro que ellos no se planteaban traslados intempestivos como los que yo parecía verme obligada a hacer a todas horas. Ellos, igual que yo había hecho toda mi vida en Málaga, eran de allí, de Pamplona; esa noche irían a sus casas, se acostarían, y a la mañana siguiente saludarían al portero, llevarían a sus hijos al colegio, irían a trabajar y así por los siglos de los siglos. Yo, en menos de cuarenta y ocho horas, tendría que meter mi vida de fin de semana en la, insisto, molesta maleta negra y hacerme casi ocho horas semidormida en un bus nocturno hasta llegar otra vez a Sants.
Claro que me gusta estudiar fuera, no os creáis, aunque a veces me dé la sensación de que no hago más que lavar platos. Me gusta, sobre todo, saber que estoy construyendo mi vida como hace una araña con su telita y que puedo hacerlo exactamente a mi manera. Me gusta poder decidir cuándo me levanto y cuándo me quedo en la cama, con quién salgo, a quién dejo entrar o con quién me acuesto. Pero ya he decidido que de mayor me asentaré en algún lugar (no necesariamente Málaga; la verdad es que no descarto ninguna ciudad, ni ningún país), echaré mis raíces y sólo saldré de allí para ver a mis padres en Navidad, como los americanos, o tal vez para hacer algún viaje cultural/exótico a algún lugar no demasiado masificado del planeta.
Y quien quiera verme, que viaje él.
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