massobreloslunes

domingo, 7 de mayo de 2006

Siesta

“Vamos a echarnos una siesta”, te digo, con la somnolencia ligera y agradable de haber comido bien. No me haces mucho caso y sigues a tus cosas, pero me tumbo en la cama sabiendo que dentro de un rato estarás a mi lado. Sin embargo, pego un respingo, medio dormida ya, cuando siento tu cuerpecito junto al mío. Te acomodas en el hueco de mi cuello y, durante un rato, no se escucha más que nuestras respiraciones acompasadas. Al cabo de un rato me despierta la alarma del móvil y me giro, mirando tu carita dormida e imperturbable. Eres toda una belleza desde este ángulo, y en tu placidez, en tus ojos cerrados, veo que confías en mí y eso me conmueve. No te importa tenerme tan cerca porque sabes que no te voy a hacer daño.
Te observo unos minutos, y debes de tener alguna pesadilla, porque tiemblas un poco contra mis manos. Decido despertarte a medias, a pesar de que seguro que protestas. Extiendo la mano, te acaricio levemente, casi te sacudo. Como esperaba, te sobresaltas y un poco más y me muerdes. Me hace gracia tu repentino ataque de malhumor y te doy un beso. Te retuerces, a medio camino entre el placer y el mosqueo, y das un par de manotazos al aire.
Finalmente me levanto y me pongo a escribir sobre nuestra siesta. Cuando me sientes incorporarme de la cama, te despiertas del todo, sueltas un sonoro maullido y te vas con tu paso elegante de gatita a seguir durmiendo en otro lado.

jueves, 4 de mayo de 2006

Hector y Musa (III) (por fin)

(Perdón por el retraso. Espero que la espera haya merecido la pena)

Hector ni siquiera pensó en intentar escapar. Sabía que no conseguiría nada con ello, y la perspectiva de perder todo lo que había ganado le aterraba. La bolsa se había vuelto blanca por la mañana, así que supuso que Musa quería encontrarse con él por la tarde, más o menos a la misma hora que la vez anterior. “Quizá no quiere quitármela”, pensó. “Puede que sea sólo un aviso, o que quiera darme algún consejo adicional”. Pero Héctor no podía engañarse: aquella tarde tendría que despedirse de la bolsita y, muy probablemente, de su recién conseguida reputación como escritor de éxito.

Hacía más calor que la última vez que había encontrado a Musa, y ya florecían unas rosas coloridas y enormes por todos los rincones del parque. Héctor se sentó en el banco, con la expresión un poco cauta de los que esperan a alguien y no saben bien por dónde vendrá.

Esta vez ella no se acercó caminando, como la otra vez; simplemente se materializó a su lado, pero lo hizo de forma tan lenta que Héctor ni siquiera se asustó. Iba vestida con un vestido blanco ligero, como de playa, y llevaba los pies tan desnudos como la otra vez. Héctor se fijó en que había complicados tatuajes alrededor de sus tobillos, como pulseras de letras historiadas y casi ininteligibles.
- Hola – murmuró, un poco amedrentado.

Ella sonrió.
- Hola – le miró con un brillo divertido en los ojos grises.
- Supongo que esto es tuyo – Héctor sacó la bolsa y la colocó frente así, casi sin mirar, como si extendiera un brazo para que le sacaran sangre. Ahora que el momento había llegado, quería terminar lo antes posible.
- Ey, ey, no tan deprisa – dijo Musa, extendiendo frente a sí las palmas de las manos -. ¿Por qué estás tan serio?
- ¿A ti qué te parece?

Mientras más acongojado se sentía Héctor, más parecía divertirse Musa. Él se enfurruñó. ¿Cómo su desgracia podía hacerle tanta gracia a quien, precisamente, se suponía que trataba de ayudarle? La miró, interrogante.
- Pues no sé – contestó ella -. Pensé que estarías contento… no te creas que no he sabido nada de ti en este tiempo: me he enterado de cada uno de tus éxitos.
- Sí, ya… muchas gracias, supongo. Pero… ahora se ha acabado todo.
- ¿Por qué dices eso? – Musa parecía apenada, como una niña que no comprende la tristeza de un adulto.
- Sin esto – Héctor señaló la bolsita, que aún tenía en las manos -, yo no soy nada.
- ¿Tú crees?
- Pues claro. ¿De dónde han salido las historias que me han hecho famoso? ¿De dónde voy a sacarlas a partir de ahora?

Escondió la cabeza entre las manos. Lo peor, pensaba, sería enfrentarse a su recién conseguida popularidad. Habría sido más fácil dejarlo todo como estaba antes; cuando nadie sabía de sus afanes por ser escritor, nadie podía sentirse decepcionado si no lo conseguía. Ahora tenía una agente, un editor, un anticipo por su segunda novela y un montón de cartas en el buzón suplicándole que siguiera escribiendo. Cuando todos vieran que no era capaz de hacerlo, empezarían a correr todo tipo de rumores: se hablaría de falso talento, de un golpe de suerte de principiante que no se iba a repetir. Quizás hasta le acusaran de plagio.

Estaba tan absorto imaginando su propia desgracia que Musa tuvo que soplarle cuidadosamente en la oreja.
- Eh, tú – le dijo, traviesa.
- Qué – Héctor contestó con el tono de voz monocorde de un adolescente enfurruñado.
- Puedes hacerlo.
- ¿Qué es lo que puedo hacer?
- Seguir adelante. Seguir escribiendo.
- ¿Tú crees?
- Claro. Atiéndeme.

Musa se sentó con las piernas cruzadas mirando a Héctor, como había hecho el día que se conocieron. Con la seriedad y la dulzura de una maestra de escuela, comenzó a hablar.
- ¿Sabes que la mayoría de los cuentos tienen un truco? Pues el tuyo, el que te ha sucedido, también.
- ¿A qué te refieres?
- Las bolitas no eran mágicas. No creaban ficción. Eran sólo un espejo… una manera de que pudieras ver cómo trabaja tu mente.
- Eso es imposible – Héctor pensó que Musa le mentía para consolarle.
- Claro que sí. Tú pusiste todos los ingredientes; yo sólo te proporcioné la manera de juntarlos, de visualizar lo que ya estaba dentro de tu cabeza.

Musa sonrió indulgente ante la cara de asombro de Héctor.
- A ver… Tú buscabas las bolitas, ¿no es cierto? – él asintió con la cabeza -. Ahí ya estabas poniendo el primer ingrediente: la observación. Prestabas atención a todo lo que tenías a tu alrededor, ibas a sitios donde nunca habías estado para cazar nuevas historias.

Héctor se rascó la cabeza y asintió.
- Supongo que sí.
- Muy bien. Después mirabas las burbujas para enterarte de la historia, ¿verdad? Ahí estabas dándole espacio a tu creatividad para que trabajase. Mientras observabas la bola, creabas vacío en tu mente, y las historias, que eran tuyas, podían salir a la luz y se reflejaban en la burbuja.
- ¿En serio? – aunque no terminaba de creerlo del todo, Héctor empezaba a sentirse algo mejor.
- Claro. Y después escribías, y muchas veces incluso entonces añadías detalles de tu propia cosecha a lo que habías visto.
- Eso sí es cierto – admitió él.
- Es difícil hacer ficción – observó Musa -. Cualquiera no está capacitado para ver las historias allí donde existen, pero está claro que tú sí. Y lo más difícil no es ver un fragmento de esas historias y ser capaz de imaginar el resto, sino entender qué quieres contar a través de esa historia. Nadie se hace buen escritor a base de anécdotas.
- Entiendo – Héctor frunció un poco el ceño, sin estar seguro de comprenderlo realmente del todo.
- Es complicado encontrar la ficción y es difícil trabajar con ella, porque es una materia rebelde y escurridiza, pero lo que consigas decir de esa manera llegará mucho más fuerte a la cabeza y al corazón de los que te lean que cualquier reflexión, ensayo o discurso. La verdad está en la ficción.
- Eso lo dijo Martin Amis, ¿no? ¿Utilizó él la bolsa?

Musa le guiñó un ojo.
- No puedo decírtelo. Lo importante es que el trabajo lo has hecho tú solito, y podrás seguir haciéndolo aunque yo me lleve esto – y al decirlo, cogió con suavidad la bolsa de entre los dedos de Héctor que, sin darse cuenta, había dejado de apretarlos en torno a ella -. Tendrás que trabajar duro y ser capaz de mantener ese espacio del que te hablaba antes, el vacío mental que precede a la creatividad. Deberás aprender a cazar historias sin la ayuda de la bolsa… aunque podrás llevar papel y lápiz.

Héctor sonrió. Se sentía ligero, como una burbuja de aquellas que le habían acompañado durante tanto tiempo.
- Pero será duro… - musitó, mirando largamente los ojos grises de Musa.
- Nadie dijo que fuera fácil -. Y antes de desaparecer, Musa estampó un beso ligero en la nariz del chico.

Y pese a que sabía que ella era incorpórea como un espíritu, Héctor juraría que había sentido en la piel el roce diminuto de sus labios.

jueves, 27 de abril de 2006

Donde tienes la olla...

El Escritor miró a los ojos a la Escritora. "Tengo que pedirte algo", le dijo. "Lo que quieras", contestó ella, besándole suavemente los labios. "Te conozco. Sé cómo funciona tu cabeza. Sé que trabajas incansablemente para producir ficción, que escribir es más que tu vida". La Escritora asintió, le acarició la mejilla y le miró a los ojos, interrogante. El Escritor sudaba, parecía nervioso. "No quiero ser tu historia. No quiero ser un personaje. No me conviertas en historia nunca, por favor". Ella le tranquilizó: "Claro que no, mi amor. Tú no eres una historia, eres una persona, eres la persona a la que amo". La Escritora besó el pelo del escritor, sus ojos, su mandíbula. El Escritor acunó a la Escritora en sus brazos, la estrechó contra su pecho, le dio las gracias.

Cuando el Escritor cerró la puerta tras de sí, la Escritora se dirigió a su mesa de trabajo y sacó un taco de hojas del primer cajón. Lenta, deliberadamente, rompió en pedacitos muy pequeños cada una de las páginas de su flamante proyecto de novela.

martes, 25 de abril de 2006

Estreno en sociedad

Ayer hice mi lectura en el Anaïs, y sólo vino UN fan de este blog (gracias, Adri). MUY mal xD Es broma, yo sé que a la mayoría os pilla lejos el asunto, así que os perdono.
La cosa fue bastante bien, aunque yo estaba nerviosilla, porque había un montón de gente. Antes de mí leyeron un italiano, un señor y una chica vestida de ángel (lo que hay que ver). No os puedo dar mi opinión sobre sus textos porque estaba demasiado preocupada intentando no sucumbir al pánico.
Aguanté hasta que me tocó sin salir corriendo, bebiendo cerveza para envalentonarme, y cuando me quise dar cuenta ahí estaba yo, toda insignificante, en un banquito tipo el Club de la Comedia y con el micro frente a mí. Dije algo así como "bueno este... es mi primera lectura, espero no hacerlo demasiado mal y agradezco a César la oportunidad de compartir esto con vosotros" (intento de congraciarme con el público). Después me dije a mí misma: "Vamos, Marina, es tu cuento, y de cómo lo leas dependerá si le llega o no a la gente, y tiene que llegarle, ¡¡TIENE QUE LLEGARLE!!". Así que saqué mi mejor voz de lectora, mis años dando teatro en el colegio y mi reserva de emergencia de valor y arranqué a leer.
Los que me oyeron dicen que estuve muy tranquilita y bien, que no me tembló la voz ni nada (viva yo). En general, quedé bastante contenta con el resultado, aunque ahora mismo ni siquiera recuerdo si me aplaudieron (imagino que sí, pero no me acuerdo del momento, en serio).
Después me sentí muy escritora famosa (bueno, dejémoslo en escritora a secas) hablando con la gente que me comentaba el relato y me decía que le había gustado mucho. Estoy muy contenta y con muchas ganas de seguir escribiendo y de mejorar :)
Por cierto, no os preocupéis que la tercera parte de "Hector y Musa" está al llegar. Pero paciencia, porfa, paciencia.
Gracias por vuestro apoyo y besos para todos.

sábado, 22 de abril de 2006

Hector y Musa (II)

Musa parecía divertida ante su sorpresa.
- Es un guarda-historias. También se le llama “la bolsa de Clío”, la musa de la épica. Muchos escritores famosos la han tenido alguna vez. No me está permitido decirte sus nombres, porque los desprestigiaría, pero si tú supieras cuántos narradores se han servido de este artilugio… - acarició la bolsita casi con cariño y la puso en las manos de Héctor.
- ¿Y cómo funciona? – el entusiasmo volvía a inundar al chico, mientras trataba de averiguar qué escritores la habrían utilizado alguna vez. ¿Shakespeare? ¿Cervantes?
- Te explico… ¿ves a esa pareja de ancianos de allí? – Musa se acercó un poco a donde estaba Héctor y señaló a dos viejecitos sentados en un banco, a unos diez metros de distancia.
- Ajá.
- Muy bien. Míralos con mucha atención.

Héctor entrecerró los ojos por el brillo del sol y fijó la vista en los ancianos. No parecían hacer nada en especial; él leía un periódico acercándoselo mucho a los ojos y ella tenía la mirada perdida mientras apoyaba una mano en la rodilla de él.
- No veo nada – protestó.
- Mira bien.
Entonces lo vio. Entre los dos viejitos flotaba una bola diminuta, del tamaño de una canica grande, traslúcida y brillante como una pompa de jabón.
- ¿Qué es eso?
- Abre tu bolsa y lo verás.

Héctor desenganchó torpemente el cordoncito y abrió la bolsa con las manos. Como impulsada por una extraña atracción magnética, la burbuja se elevó, voló en dirección a donde estaban sentados y se introdujo en ella.
- ¡Vaya! – Héctor miró en el interior de la bolsita para ver mejor la burbuja - ¿Y ahora qué?
- Verás…

Musa metió su delicada mano en la bolsa y sacó la bolita.
- Tienes que hacerlo con mucho cuidado, porque se escurre…

La colocó en la palma de su mano y la puso frente a los atónitos ojos de Héctor.
- Obsérvala con mucha atención.

De pronto, la burbuja comenzó a hincharse lentamente hasta adquirir el aspecto de una bola de cristal, como la que usan las pitonisas y los adivinos. En el interior, como en la pantalla de un televisor, estaban los dos ancianos del banco en lo que parecía un saloncito antiguo, de casa de abuela.
- ¿Qué hacen? – preguntó Héctor.
- Shhh… atiende y verás.

Al principio los viejitos permanecían inmóviles, con el tono azulado de un televisor reflejado en sus caras arrugadas. Entonces la anciana se levantó y comenzó a increpar a su marido señalándole con el dedo. Las voces se escuchaban muy bajito, pero Héctor creyó entender que el anciano estaba haciéndose pasar por viudo y tirándole los tejos a una señora del hogar del jubilado, sin importarle un comino que su santa esposa estuviera aún vivita y coleando. Él se defendía, alegando que en toda su vida sólo había conocido a una hembra (“¡una!”, repetía indignado, levantando el índice frente a las narices de su mujer) y que tenía ganas de probar cosas nuevas. Ella contestaba que a los sesenta y cinco años ya se le había pasado un poco la edad de innovar. Y así prosiguieron durante un rato, mientras Musa y Héctor les observaban sin poder evitar reírse a carcajadas. Al cabo de unos minutos, la burbuja se deshizo en el aire, reventando suavemente con un “cling” de campanilla antigua y dejando unas motas de polvo plateado flotando en la brisa.
- Vaya… - dijo Héctor -. Ha sido alucinante.

En su cabeza se estaba dibujando a toda velocidad un cuento sobre la pareja de ancianos. Sería un cuento estupendo, con humor, con tragedia, con amor. Casi tenía ganas de despedirse de Musa e irse a casa a escribirlo.
- Tranquilo – dijo ella, como si le hubiera leído el pensamiento – ya tendrás tiempo. Ahora lo importante es que comprendas cómo funciona la bolsa. Puedes llevarla contigo todo el día. Tendrás que estar muy atento para ver las historias porque, como has visto, las burbujas son bastante pequeñas. Una vez que caces alguna, la tendrás a tu disposición y podrás ver la historia cuando estés a solas como lo hemos hecho ahora con los ancianos. Sólo podrás verlas una vez, pero creo que será más que suficiente, ¿no?

Hector asintió.
- Creo que lo he entendido bien.
- De acuerdo – Musa sonrió, satisfecha -. Hay algunas reglas respecto a la bolsa.

“Siempre hay reglas cuando te entregan un objeto mágico - pensó Héctor, recordando los cuentos que había leído de niño - Normalmente la gente no las respeta y pierden su don, pero a mí no va a pasarme eso”. Miró a Musa con atención, dispuesto a registrar esas reglas en su cabeza y a no romperlas bajo ningún concepto.
- Primera regla: no hablar a nadie de la bolsa. Por una lado, porque nadie te creerá, ya que las burbujas sólo podrás verlas tú. Por otro, porque si lo haces, desaparecerán la bolsa y tu don, y no volverás a verme nunca.
- Entendido – Héctor ponía cara de niño que está aprendiendo la lección.
- Pero no te pongas tan serio, hombre, que eso no va a pasar – Musa rió -. Simplemente tengo que advertirte. Es como un protocolo.
- Ya, ya, comprendo.
- Segundo, utilizar esas historias sólo para escribir sobre ellas. No podrás hacer uso de la información que recibas para aprovecharte de la gente, ni siquiera para intentar ayudarles. Es ficción, sólo ficción, y así es como debes tratarla: como si saliera directamente de tu cabeza.
- Muy bien – Héctor, que nunca había tenido vocación de buen samaritano, pensó que no le sería difícil cumplir con esa parte del trato.
- Tercero: este regalo tiene fecha de caducidad. No te voy a decir un plazo de tiempo concreto, porque eso depende de ti y del uso que hagas de él. Sin embargo, llegará un momento en el que la bolsa cambiará de color, como un aviso. Pasará de ser marrón oscura, como es ahora, a ser blanca, como mi pelo. En el momento en que eso suceda, deberás venir aquí y nos encontraremos otra vez para que me la devuelvas. Si intentas escapar con ella o si no acudes a la cita, la bolsa desaparecerá, y también todo lo que hayas conseguido con ella: libros, premios, publicaciones… todo.

Héctor asintió con cara seria. Se le ocurrió que en los cuentos las reglas, los deseos, las hadas, siempre eran tres, como en aquella ocasión.
- Entonces está todo claro, ¿no? – Musa parecía una abogada que explica a su cliente con claridad los términos de un trato antes de hacerle firmar al pie de la hoja.
- Como el agua.
- Muy bien. Entonces tenemos que despedirnos – extendió la mano frente a sí y sonrió. Héctor extendió la suya e hizo ademán de estrecharla, olvidando que Musa era incorpórea y transparente como el humo. Ella se rió ruidosamente, tiró un beso al aire y desapareció.

A partir de entonces, todo fue mucho más sencillo para Héctor. Las historias crecías como setas a su alrededor. Le bastaba sentarse, por ejemplo, en el patio del instituto durante el recreo, para ver un montón de bolitas flotando junto a sus alumnos. Las cazaba disimuladamente con su bolsa, y después, una vez en casa, se enteraba de que aquella chica tan buena estudiante estaba embarazada del macarra de la clase, o de que aquel otro tenía que ayudar a su madre en la peluquería y no quería decírselo a nadie, porque le avergonzaba pasarse la tarde barriendo pelo de señora. Otras veces Héctor iba a tomar un café a la sala de profesores y cazaba en forma de burbujas todos los amoríos, los odios y las rencillas que flotaban en el aparentemente bien avenido claustro. Se enteró de que la profesora de educación física, tan alegre y risueña, tenía que cuidar de su madre anciana y a veces hacía complicados planes para acabar con ella y que pareciera un accidente. También descubrió el romance que unía al de filosofía con el de literatura (“estos chicos de letras…” pensó) y el amor platónico de la anciana profesora de latín por el jovencito que daba música en la ESO.

Aunque tenía en su poder los cotilleos más jugosos del instituto, Héctor mantenía la boca cerrada. No cayó en la tentación de comentar la pluma del de filosofía, de aconsejar a la chica de su clase sobre su embarazo o de intentar proteger a la anciana madre de la profesora de gimnasia. Se limitaba a pasar las tardes escribiendo sobre ellos, haciéndolos vivir en la nueva máquina de escribir que se había comprado poco después de la visita de Musa. Terminó varios cuentos muy buenos y ganó un par de premios provinciales con dotaciones importantes. Sin embargo, para Héctor los premios eran lo de menos; lo importante es que estaba feliz de tener por fin sobre qué escribir, de poder pasar las tardes enhebrando historias como siempre había soñado.

Con la práctica, descubrió nuevas propiedades de las burbujas que Musa no le había contado. Por ejemplo, comprobó que a veces, cuando abría la bolsa en casa y sacaba las bolitas, dos o más se unían entre sí caprichosamente y formaban una nueva historia, más compleja y larga. Otras veces las burbujas no salían de las personas que le rodeaban sino, por ejemplo, de los libros que leía o de las películas que iba a ver al cine. A veces incluso flotaban alrededor de su propia cabeza, y cuando las cogía para mirarlas, le contaban historias de su infancia o fragmentos de su vida que, sin que él se hubiera dado cuenta nunca, eran muy apropiados como material para un cuento.

Mientras más escribía y más confianza en sí mismo adquiría, con más fuerza volvían a Héctor sus antiguos hábitos. Volvió a dejarse crecer el pelo, se mudó al barrio bohemio de la ciudad y cambió las lentillas por sus queridas gafas de pasta. Su vida sexual, que había decaído bastante como resultado de su crisis artística, renació de entre sus cenizas, y pronto pasaba otra vez la mayoría de las noches acompañado por mujeres preciosas que escuchaban sus cuentos con los ojos muy abiertos.

Al poco tiempo, Héctor se dio cuenta de que no podía pasar la vida escribiendo sobre alumnos y profesores de un instituto de provincias, y comenzó a salir “de caza”, como a él le gustaba llamarlo. Todas las tardes se recorría la ciudad en busca de burbujas mágicas. Iba a las tiendas, a los parques, a los portales. Acudía a conferencias, se apuntaba a excursiones y se sentaba en los bancos de las calles a ver pasar a la gente. Las bolitas estaban por todas partes, y llegó un momento en que tuvo que darse un descanso, porque no daba abasto para escribir la enorme cantidad de historias que acumulaba a lo largo del día.

Después de unos meses de escribir cuentos y ganar premios, Héctor pensó que podía atreverse con una novela. La empezó con una burbuja que le llamó especialmente la atención, y que había recogido de una chica a la que vio en el cementerio, contemplando un entierro desde detrás de un ciprés. Después comprobó asombrado que era como si todas las burbujas que recogía tuvieran que ver de alguna manera con la historia de la chica, uniéndose a ella y agrandándola cada vez más. En apenas un año, ya tenía trescientas páginas de una novela que, si bien no era la obra del siglo, le parecía bastante buena. No tuvo que recorrer muchas editoriales antes de conseguir publicarla, y cuando se quiso dar cuenta, estaba en todas las estanterías de las librerías del país.

La novela cosechó buenas críticas. Todos hablaban de la forma en que Héctor era capaz de enganchar a sus lectores con una prosa brillante y una fascinante manera de manejar a los personajes y las situaciones. “Consigue que los personajes parezcan conocidos al cabo de unas pocas páginas”, decía uno. “Desde el primer capítulo hasta el último, teje una trama que es capaz de quitarnos el sueño durante días”, afirmaba otro. “Sorprendente debut” decían casi todos. El público también acogió muy bien el libro, y al cabo de unos meses, Héctor se encontró con que ganaba suficiente dinero como para dejar su trabajo en el instituto y dedicarse a escribir a tiempo completo.

No se lo podía creer. En poco menos de dos años había conseguido aquello con lo que siempre había soñado: fama, popularidad, reconocimiento. Todo él era pura creatividad, auténtica efervescencia artística. No le daba el tiempo para escribir sobre todo el material que tenía. La gente le paraba por la calle y le decía cómo su hermosa novela les había conmocionado, les había hecho reír y llorar. Concedía entrevistas, acudía a programas especiales y pronunciaba conferencias.

Sin embargo, no todo era felicidad para Héctor. Mientras más tiempo pasaba, mientras mejor le iban las cosas, más miedo tenía a que un día la bolsa se volviese blanca y él perdiera su don para cazar historias. Sabía que era capaz de escribir bien, y que gran parte del mérito de aquella novela era suyo, pero también sabía que no podría funcionar si no tenía la bolsa. Por las noches no dormía pensando en otra espantosa época de sequía, en tardes y tardes sentado frente a su máquina de escribir, tecleando su nombre para desafiar a la insultante blancura del folio. Se fue mustiando poco a poco, carcomido por el miedo; dejó casi por completo la vida pública y se encerró en su casa a mirar obsesivamente su bolsita guarda-historias. Como no salía a la calle, pronto dejó de ver burbujas a su alrededor y se quedó sin temas para escribir. No hacía más que beber whisky y pensar obsesivamente en cómo podría convencer a Musa para que le dejase la bolsa un tiempo más… sólo unos años, hasta que él fuera un escritor consolidado y pudiera dedicarse a escribir artículos insulsos apoyándose en los éxitos ya logrados. Pensó en amenazarle, en suplicarle, en venderle su alma si es que ella la aceptaba.

En esas estaba, metido en una nebulosa de pánico y alcohol, cuando sucedió lo que había estado temiendo tanto tiempo: la bolsa se volvió blanca como el cabello de Musa. Héctor la miró varias veces, se frotó los ojos, la guardó y la volvió a sacar, pero no había error posible: la bolsa era blanca, y eso quería decir que su tiempo con ella se había terminado.

Continuará... me está ocupando más de lo que pensaba, así que he decidido publicar esta parte y dejar el final para el siguiente post. Lo siento ;)

miércoles, 19 de abril de 2006

Hector y Musa (una alegoría ingenua)

Para J.

Héctor era un profesor de matemáticas que quería ser escritor. Lo deseaba con todas sus fuerzas. Hacía poco que se había licenciado y había empezado a trabajar, así que casi parecía aún un universitario, con el pelo un poco largo y desgreñado, vaqueros y gafas de pasta.

Como os he dicho, Héctor quería ser escritor más que nada en el mundo. Adoraba las matemáticas y enseñar a sus alumnos, pero estaba convencido de que lo suyo eran las palabras. Leía todo el día, todo lo que caía en sus manos: poesía, novelas, ensayos… Además, llevaba lo que él consideraba “una vida de escritor”: vivía en una buhardilla con las paredes cubiertas de sus textos favoritos, bebía café negro, seducía y se acostaba con todas las mujeres que podía y escuchaba jazz a media noche mientras fumaba Ducados.

El problema de Hector es que no escribía.

No es que no supiera; las palabras se le daban bien, y las utilizaba con destreza, como podían atestiguar las chicas que caían regularmente sobre el desgastado colchón de su dormitorio. Pero cuando hubo escrito un poco sobre su vida, sus pensamientos, sus mujeres y su infancia, se dio cuenta de que no le quedaba mucho más que decir. Podía elucubrar sobre lo que veía por la ventana, sobre las sensaciones que tenía cuando hacía el amor con alguien por primera vez o sobre aquel día que su padre le llevó al parque de atracciones. Su gran problema era su absoluta incapacidad para inventar nada nuevo. Héctor describía, divagaba, retrataba y desbarraba, pero no era capaz de contar una sola historia decente.

“Si yo tuviera una buena historia - solía decirse -, si tuviera una sola historia, escribiría una novela maravillosa”. Por las tardes, cuando terminaba de corregir los exámenes de sus alumnos y se preparaba las clases del día siguiente, se sentaba frente a su máquina de escribir (nada de ordenadores para él, por favor; él era un bohemio) y fruncía el ceño, tratando de imaginar algo. Llamaba a la inspiración, a las musas, a los dioses. Fumaba marihuana, esnifaba cocaína y consumía cantidades cada vez más exageradas de café. Pero al final de la tarde, cuando la penumbra mortecina del anochecer inundaba la buhardilla, la hoja seguía en blanco.

Con el tiempo, Héctor se desanimó. “Qué le vamos a hacer”, se decía. “No puedo ser escritor si no tengo imaginación. Es como si un cojo quisiera correr la maratón; sencillamente, no es posible”. Leía hasta la saciedad las biografías de los escritores que más admiraba, y se preguntaba qué tenían ellos que no tuviera él para ser capaces de segregar ficción como una araña su tela: con facilidad, directamente de la nada, sin esfuerzo aparente.

Convencido de que era un farsante y un estafador, y apremiado además por las exigencias de la vida adulta, Héctor terminó por abandonar las greñas, los vaqueros y la buhardilla. Enterró definitivamente su vieja Olivetti y se mudó a un pisito mucho más nuevo y funcional en el centro de la ciudad. Empezó a vestir pantalones de pinza y a engominarse el pelo.

Un día estaba sentado en el parque, leyendo un libro (afortunadamente, esa costumbre no la había perdido) y cerrándolo a ratos para tomar el temprano sol de marzo. Cuando dejaba de leer, divagaba sobre sus temas favoritos: “si yo tuviera una buena historia – se repetía una y otra vez -… sé escribir, sé hacerlo, pero no tengo imaginación, es lo único que me falta”.

Estaba absorto en sus cavilaciones cuando vio una figura femenina acercarse por el sendero de tierra. Al principio pensó que era una anciana, porque tenía el cabello completamente blanco. Después creyó que era una mujer, porque el cuerpo, aunque más pequeño de lo normal, tenía formas adultas y proporcionadas, como si estuviera hecho a escala. Finalmente, cuando se acercó, pudo ver un rostro infantil, que enmarcaba unos ojos grises enormes. La cara de niña vieja le recordó a algo. Más tarde caería en la cuenta: se parecía a aquellos niños enfermos de cáncer que salían de vez en cuando en la tele, niños con expresión y ojos de anciano.

La extraña criatura se sentó junto a él. Vestía una blusa blanca de gasa y unos vaqueros, por los que asomaban unos piececitos descalzos, blancos y bien formados. Alzó las piernas, las cruzó sobre el banco y se quedó mirando a Héctor atentamente. Él trató de volver a concentrarse en su lectura.
- Hola – dijo ella al cabo de un rato. Tenía una voz de edad indefinida, grave y dulce.

Héctor dudó si debía o no responder.
- Hola – dijo, finalmente, y sonrió un poco.
- ¿Sabes quién soy?
- Ummm… no – “vaya, una de las locas que vagan por el parque”, se dijo, fastidiado.
- Soy la Inspiración. La Musa.
- Sí, claro. Y yo Homero reencarnado – Héctor hizo ademán de levantarse del banco.

Ella rió.
- ¡En serio! ¿No me crees?
- No mucho – Héctor se quedó mirándola. Pensó que con ese cabello blanco y los ojos grises y enormes le recordaba a alguien, pero no a alguien real, sino a algún personaje de cuento. Entonces se acordó de la Emperatriz Infantil en la Historia Interminable. Recordó que cuando leyó el libro por primera vez siendo un niño, había pensado que una niña con los cabellos blancos no podía ser bella; debía de ser más bien siniestra. Sin embargo, aquella niña-mujer era hermosa.
- Vale – ella se cruzó de brazos, divertida -. Intenta tocarme.

Héctor inclinó la cabeza y arqueó las cejas. “Vaya chiflada” pensó. Nada más que para que le dejara tranquilo, alargó la mano y la posó sobre el hombro redondo y blanco de la chica. Cuando, esperando hallar algo sólido, aflojó los músculos del brazo, éste se precipitó hacia el banco, atravesando el torso cubierto de gasa de la criatura. Héctor soltó un alarido.
- Vamos, vamos, no seas escandaloso y siéntate otra vez – ella reía ruidosamente -. Ahora te lo explico todo.

De alguna forma, Héctor volvió a la época en que era un niño devorador de libros y creía que las hadas, los duendes y las brujas existen de verdad. A pesar de su gomina y su cartera de cuero, algo de aquel niño dispuesto a creérselo todo no se había ido todavía, y supongo que fue por eso por lo que pareció aceptar con facilidad que se le había aparecido una musa precisamente a él.
- Vaya – se quitó las gafas y se frotó los ojos -. ¿Pero las musas no eran nueve?
- Esas eran las de antes, las griegas. Se hartaron hace unos cuantos siglos y se fueron de parranda al Olimpo. Ahora soy yo la que se encarga de estas cosas. Soy La Musa – exageró las palabras con tono grandilocuente -. Puedes llamarme Musa, de hecho.
- Ummm… de acuerdo – Héctor se recolocó las gafas y le sonrió -. ¿Por qué tienes el pelo blanco?
- Si tú hubieras oído todas las historias del mundo, también lo tendrías – Musa habló con una resignación casi anciana.
- Ajá. ¿Y por qué tienes cara de niña?
- Porque tengo que renacer muchas veces – ahora sonrió y, efectivamente, parecía muy joven, de no más de diez años.
- ¿Y por qué…?
- Bueno – Musa interrumpió a Héctor con impaciencia – no hablemos tanto de mí. Hemos venido aquí porque tienes un problema que solucionar, ¿no es así?

Hector suspiró, un poco avergonzado. "Así deben de sentirse los impotentes", pensó.
- Supongo que sí.
- De acuerdo… - le miró de arriba abajo hasta hacerle sonrojar -. Dices que no tienes imaginación, ¿no?
- Eso es.
- Y que quieres ser escritor, ¿correcto? – preguntaba como un médico que intenta diagnosticar a un paciente.
- Sí – Héctor miró al suelo y se rascó la coronilla. Un poco de gomina reseca se desprendió de su cabeza.
- Y que necesitas historias.
- Exacto.
- Muy bien – Musa se acarició la barbilla pensativamente y le miró a los ojos -. A ver, Héctor, ¿cuánto deseas ser escritor?
- ¡Muchísimo! – exclamó él, entusiasmado -. Es lo que más deseo de este mundo. Me apasiona escribir. Si tuviera algo sobre lo que escribir, podría hacerlo muy bien, en serio

Ella sonrió, comprensiva.
- Está bien – le dijo -. Voy a hacerte un regalo.
Una oleada de felicidad inundó a Héctor. ¡Sus plegarias habían sido escuchadas! Se le aparecía una musa y le daba inspiración. Probablemente le hechizaría y le haría capaz de escribir los libros más grandes del mundo. Tendría fama. Tendría dinero. Tendría cientos de mujeres. Tendría...

Musa le sacó de su ensimismamiento.
- Toma – le dijo, entregándole una bolsita de paño, como las que debían de llevar los hombres de la Edad Media para guardar sus pesadas monedas.
- ¿Y esto qué narices es? – preguntó Héctor, examinando la bolsita. Se sentía ligeramente decepcionado. Un trocito de tela arrugada con un cordón no iba a convertirle en escritor.

Continuará...

lunes, 17 de abril de 2006

Me voy a hacer famosa

No exactamente, pero voy a empezar a subir los peldaños de la escalera que me llevará a la fama, el dinero, el Planeta y el Nobel (por ese orden, más o menos). El lunes que viene leeré este relatillo en el Anaïs, un bar de aquí de Granada donde se hacen muchas lecturas de cuentos, presentaciones de libros y demás. ¡Qué emoción, qué emoción! No sé si hay alguien que me lee que sea de Granada (aparte de los que ya conozco, claro), pero estáis todos invitados a darme ánimos, conocerme o intentar ligar conmigo :D.
(Vale, vale, no es exactamente un Gran Acontecimiento, pero por algo se empieza, ¿no?).
También se admiten comentarios y correcciones al cuento en cuestión.
Besitos a todos.