massobreloslunes

lunes, 14 de agosto de 2006

Deshaucio

Cada vez que me mudo me extraña de nuevo la sensación del deshaucio. Me refiero a la conciencia de que ya no puedes vivir en esa casa. Las habitaciones que antes habitaste, los pasillos que recorrías, las duchas en que te lavabas o el frigorífico donde guardabas la comida ya no son tuyos. Durante un tiempo no serán de nadie y luego pasarán a otros. Estás en la calle, tan cerca, separada por unos pocos metros de aire y paredes de hormigón, y lo que antes era tan cotidiano (llegar de la facultad, abrir la puerta, colgar el abrigo) ya no va a volver a suceder. No allí, al menos.
Escribo esto porque no puedo creerme que haya perdido el derecho a recorrer tus pasillos, a tumbarme en tus sillones, a lavarme en tus grifos. A habitar en ti. Porque, igual que todas las casas en las que he vivido, tú vas a estar tan cerca y, sin embargo, tan lejos...

jueves, 3 de agosto de 2006

It could be you

- ¿Qué te parece? - me dijo él, ilusionado, después de bajar del coche y caminar un rato por las calles del pueblo.
- Maravilloso - contesté yo, entrelazando entusiasmada mi mano con la suya -. No podrías haber encontrado un sitio mejor.
- Sí, ¿verdad? - sonrió y me arrastró un poco más allá, en dirección a la plaza -. Fíjate en estas calles. En estas casas.
Realmente, era difícil encontrar un lugar así. Debía de haberle costado horas de husmear en internet, de preguntar a sus amigos de la asociación de viajeros, de mirar fotografías.
Aquel lugar era absoluta, rematada, indiscutiblemente soso. No había un ápice de atractivo en sus calles o en sus casas. La forma de construcción era monótona, el enlosetado de lo más vulgar, ni una sola de las especies de plantas que adornaban los balcones habría llamado la atención.
- La iglesia es de construcción reciente, pero no moderna - apuntó él -. Estaba muy vieja y la reconstruyeron, pero no hay nada destacable en su arquitectura: lo suficientemente moderna como para no tener interés histórico, pero no tanto como para ser vanguardista.
- Vaya - estaba realmente admirada -. ¿Y la gastronomía?
- Nada del otro mundo - afirmó él -. El clima no es bueno para los embutidos, la contaminación y la pesca han esquilmado el río y la calidad del suelo no da buenos productos de huerta. Cualquier cosa de aquí la podrías comer en la ciudad.
- Te quiero - no pude evitar decirle mientras le plantaba un beso en plena cara y volvíamos al coche para coger nuestras maletas.
Caminamos por aquellas calles en absoluto pintorescas, absorbiendo con todas nuestras fuerzas la total falta de interés turístico, la ausencia de cualquier cosa que pudiera hacer memorable nuestra visita. Sabíamos que teníamos que aprovechar. El turismo de soledad cada vez se estaba poniendo más de moda.

jueves, 27 de julio de 2006

Trapos sucios

Una de las cosas que te hace darte cuenta de que la vida, de hecho, pasa, es que cada cierto tiempo miras atrás y te avergüenzas un poco de lo que hacías o decías en el pasado. Esto pasa con mucha frecuencia cuando tienes, digamos, trece, catorce o quince años, y cada año te crees que has llegado definitivamente a la adultez y que el año anterior eras una cría vergonzosa. Yo pensaba que uno de los síntomas de estar, por fin, madurando, sería que dejaría de avergonzarme constantemente de las cosas que hago o digo. Sin embargo, he encontrado una lista de diez cosas que, a día de hoy, YA me avergüenzan. En un alarde de desmitificación de esa criatura sensible e ilustrada que creéis que soy, voy a escribirla a continuación.

1. La melodía de mi móvil es Shakira cantando Hips don’t lie. Además, me he pasado un día entero meditando si bajarme el tono en real o en polifónico.
2. En algún rincón de mi mente, quiero ser como Shakira.
3. En algún otro rincón de mi mente, quiero ser Jennifer Aniston (obsérvese la ausencia del cómo en esta frase).
4. Mi móvil tiene una foto de mi gata como fondo de pantalla. En las dos pantallas.
5. He pasado grandes momentos en compañía de novoyadecirquién (no se trata de ir avergonzando también a mis allegados) viendo Menuda noche y riéndome de los niños (insisto: niños) que salen.
6. Creo que las películas que más veces he visto en mi vida son Sister Act 2 y Dirty Dancing. En otro rincón de mi mente, estoy convencida de que son obras maestras del séptimo arte.
7. Ayer fui a ver Cars y lloré. Mucho.
8. Duermo con mi oso. Es más, ahora que en mi habitación da toda la solana matutina y que la gata del vecino se mete subrepticiamente en mi cuarto por las noches, duermo con mi madre.
9. He estado enganchada a tres ediciones de operación triunfo. TRES.
10. Escribo en un foro sobre gatos. A diario.

(Y vale, sí, este tipo de post es una especie de versión bloguera de la programación de la tele en verano. No esperéis mucho más durante estos meses)
(También quería que os riérais un poco ;)

domingo, 23 de julio de 2006

Lecciones de Marina sobre el amor. Vol 1

Gerva me contó una vez que su padre siempre decía que el amor es como una copa. Una vez que se rompe, puedes intentar arreglarla, pero nunca es lo mismo.
No sé si la vida se deja reducir a metáforas tan simplistas, pero sí es cierto que una vez que haces daño a alguien, nunca es lo mismo. Luego intentas arreglarlo y es como cuando tratas de salir de las arenas movedizas; cada vez te hundes más y más, y esta metáfora sí que no es buena, porque es más que hundirse: es como clavarse pinchos, intentar desenredarse de una zarza, donde cada movimiento produce más daño, y más sangre.
Por eso, aunque te consideres más o menos una buena persona, hay veces que tienes que aceptar que has hecho daño. Hay veces en que lo mejor es apartarse y dejar que sea la vida, y no tú, quien cure las heridas. No puedes pretender edificar sobre cimientos podridos. Tampoco puedes querer volver a vivir en una casa que abandonaste.
No puedes pretender salvar a quien tú misma has hundido.
He dicho.

jueves, 13 de julio de 2006

Rompiendo el hielo

Vas instalándote en las vacaciones como quien se instala en una casa nueva. Al fin y al cabo, llevas mes y medio paseando tu cuerpecito de biblioteca en biblioteca, arrastrándolo bajo el calor de la tarde en Granada y metiéndole a presión conocimientos más o menos útiles. Eso de encontrarte de repente sin nada que hacer, ociosísima y tumbadísima en casa, con la playa a dos pasos y empalmando una siesta con otra te resulta, cuando menos, raro. Pero te acomodas, porque es fácil acomodarse a esto, no es como si te meten en un campo de concentración o te ponen a trabajar en la mina, pongamos por caso. Es fácil acostumbrarse al playeo matutino con la Albina, vuelta y vuelta al sol como los espetos; a los desayunos con tranquilidad y DVD de Friends en versión original; a las noches viendo cortos en la terraza del Larios y tomando tapas en el Beato. Pasa tan rápido el tiempo aquí en Málaga... cada verano se empalma con el anterior en una sucesión de tiempo ininterrumpido y no te das cuenta de que entre uno y otro hay un curso entero, y de un año para otro la gente termina las carreras, corta con sus novios/as, se opera las tetas o se va de casa. Y tú ahí, intentando hacer tu vida como quien hace un tapiz.
Es raro volver a casa, siempre es raro. Hasta la gata lo nota, la pobre, recluida por voluntad propia en mi cuarto y bufándole al perro cada vez que osa acercarse por sus dominios. Mi familia me ha dijado sola y se han pirado, cada uno a un sitio, porque en esta casa siempre fuimos todos un poco a nuestra bola. Yo abro la nevera y echo de menos mi comida, mi té de vainilla, mi bolognesa vegetal, y hago una compra a mi estilo pero no es lo mismo. Marina, eres una nostálgica de mierda y una nostálgica absurda, porque llevas un mes repitiendo que quieres Málaga y quieres verano y quieres casita, y ahora estás aquí dando vueltas en una casa vacía y extrañando las comidas para gorda de Ana, los desnudos intempestivos de Mariano y hasta los platos sucios de Josy. Extrañando las bajadas a media mañana del Albaicín, con los ojos hinchados de haber dormido poco y la conciencia tan intranquila como la entrepierna.
A lo mejor es así como yo hago las cosas. J. dice que a él le gustan las despedidas "a la francesa", que cuando algo acaba asume que ya se ha acabado y pasa a lo siguiente. Muy bonito, muy vitalista, muy progre. Servidora, si no dramatiza un poco, revienta. Si no hace unos pocos de aspavientos cada vez que empieza un verano, acaba un curso, empieza el año, llegan las navidades, se cambia de casa y etc etc etc, Marina se muere. Como dijo Santi el otro día, "Marina es muy de Querido diario.
Este va a ser mi tercer verano bloguero. Es raro bloguear en verano, asistir a las crisis existenciales de todos los blogueros que se quedan en casa muriéndose de calor y de aburrimiento e intentar sacar algo de creatividad de tu cabecita derretida. Todos los veranos me propongo escribir más, y casi nunca lo hago. Como mucho, me mantengo.
No encuentro la forma de terminar el post, y me noto un poco oxidada después de tanto tiempo sin escribir. Simplemente, quería contaros cómo me va y poner fin al parón de exámenes, que estaba empezando a atraparme con el típico círculo vicioso de "como no tengo ganas de escribir, no escribo, y como no escribo, no tengo ganas de escribir". Este post sólo intenta romper el hielo para poder empezar otra vez con más fuerza.
A veces, la mejor manera de terminar es poner un punto. Y ya está. Punto. Ahí lo tenéis. Punto.

jueves, 22 de junio de 2006

Siete

Hace calor, el aire está espeso e inmóvil y yo, que quiero esperar a que refresque un poco antes de ponerme a repasar para mañana, me digo que si te llamo, que total, ya hemos hablado esta mañana, y a lo mejor me pongo pesada, pero ¿y si te llamo? Así que me acerco al teléfono, voy marcando las cifras y me hago creer que aún me lo estoy pensando mientras termino de pulsar los dígitos. Luego los pitidos, y yo anticipando tu voz, y luego la mía, “pues nada, que he vuelto de la biblioteca y no hay nadie en casa, no sabía qué hacer, quería desearte suerte, y darte ánimos, que debes de estar hecho polvo de tanta fórmula y tanta historia, y bueno, decirte que hace calor, y que a veces pienso qué hago yo aquí, suspendida sobre una ciudad ajena en esta terraza enorme, y que ahora voy a ducharme y a repasar, y que mientras menos te veo, más ganas me entran de escribir…”. Van dejándose caer los pitidos, uno tras otro, y recuerdo que cuando yo era pequeña mi madre me dijo que debía esperar siete tonos antes de colgar, y siempre me he ceñido a esa regla, porque después de siete tonos, si alguien lo quiere coger, lo coge, y si no es tontería seguir insistiendo. “…y eso, pues nada, que no sabía qué hacer, que estoy contando bicicletas asomada al balcón, y como tengo las llamadas nacionales gratis, he pensado en llamarte, y que ahora seguramente bajaré a comprarme una leche merengada, y eso, que estoy bien, aburrida de estudiar y del calor, pero bien…” y termino de contarte eso mientras suenan los últimos pitidos, seis, siete, y luego cuelgo, y ya está.

Yonqui literaria

Una vez cada cierto tiempo, a veces con eones de diferencia, se encuentra un autor que nos encanta. De pronto te parece mentira que hayas pasado X años de tu vida sin disfrutar algo tan bueno y te bebes hasta el último libro suyo que puedas conseguir. A mí no me pasa mucho; encuentro cosas que me gustan, claro, pero esa fruición absoluta, esas ganas de devorar, cada vez me atacan menos. Será la edad.
Sin embargo, hace unos días se me ocurrió sacar de la biblioteca un libro de relatos de Roald Dahl. Había leído Matilda, claro, y Charlie y la Fábrica de Chocolate, y Charlie y el Gran Ascensor de Cristal, y obviamente pensaba que era de la mejor literatura infantil que se ha hecho nunca (por Dios, una fábrica enorme de chocolate, el el Libro Supremo Infantil, sin duda). Son libros auténticamente bien hechos, desde la honradez, desde la ternura, sin asomo de paternalismo, con un deje de crueldad y con muchísimo amor hacia (algunos de) sus personajes.
Bueno, pues el otro día agarré el libro ("Historias extraordinarias") y me dije "hala, Marina, vamos a leernos un relatito para olvidarnos de los exámenes y luego seguimos estudiando" (yo es que de mí misma hablo en plural mayestático). Dos horas después, pasaba la página doscientos veinte del libro y lo cerraba, completamente exhausta. La tarde de estudio, perdida absolutamente, y yo hiperexcitada y con hambre de más.
Desde entonces me he leído a razón de libro por tarde otros dos libros y medio del amigo Dahl. Ese tío es un puto genio. La bibliotecaria me ve sacar todas sus obras como una desquiciada y sacude la cabeza, comprensiva. Marina leyendo en el autobús, ignorando a sus amigos para sentarse a leer sola en la cafetería de la facultad, ignorando a sus compañeras de piso para leer mientras come... Vaya, como cuando leía de pequeña y era enana y repelente y pedante y absolutamente feliz.
No se me da bien comentar libros... además, los libros no se comentan, se leen. Pero no podía dejar pasar estos días de exámenes y universo Dalhiano sin recomendaros que os déis un paseo por sus cuentos. Están tan bien hechos que ni siquiera puedes verle los hilos, como un fantástico marionetista que hace que ignores que hay alguien detrás moviendo los muñecos. Los cuentos son redondos, son agudos, son estremecedores, son divertidos, son crueles. A decir verdad, este hombre me va a retirar del mundo de la literatura, porque dudo mucho que en toda mi vida se me ocurra una sola idea tan buena como las de sus relatos. Pero bueno; cada uno es como es, y tiene lo que tiene.
Podría tirarme un siglo hablando de Roald Dahl, porque leerle me está haciendo pensar mucho sobre la literatura, la imaginación y la vida (temblad, lectores, temblad). Pero tengo que dormir y estudiar y comer y estudiar y toda esa vida tan maravillosa que llevo ahora y que tango tiempo me deja libre para escribir y pensar en mis cosas. Así que no leáis a Dahl, al menos no hasta que llegue el verano, porque en cuanto lo tengáis entre manos no os va a dejar hacer otra cosa.