massobreloslunes

lunes, 20 de noviembre de 2006

Eva y la intensidad

Me gustan las pastelerías porque están hechas totalmente para el placer. No hay nada de nutritivo en sus cremas azucaradas o en sus guindas de colores imposibles. No tienen más justificación que, digamos, un sex-shop y, sin embargo, al contrario que éstos, han conseguido mantener un aura de respetabilidad hogareña.
En Barcelona había muchas pastelerías que, además de exhibir unos dulces preciosos, sofisticados y carísimos en sus escaparates, tenían un par de mesitas en el interior para sentarte a tomar café. No he visto sitios así en otra ciudad, pero igual es porque no me he fijado mucho. La cuestión es que me encantaban las pastelerías-cafés de allí. Eva y yo solíamos ir a una que había cerca de las ramblas, cerca también de la iglesia del Pi donde yo me sentaba a pedirle a Dios que me devolviera mi felicidad. Se llama la Croissanteria del Pi, y no es especialmente pintoresca, ni muy barata, ni muy especial. La verdad, mientras estuve en Barcelona no me distinguí especialmente por descubrir lugares recónditos (estaba demasiado ocupada intentando mantener la cordura). Lo que quiero decir es que no busquéis la Croissanteria del Pi como un lugar bohemio que os ha recomendado una bloguera desconocida, porque es un sitio la mar de corrientito y de precios tirando a altos. Es, eso sí, muy bonito, con una decoración de cajas de galleta antiguas y lámparas coquetas, como con encajitos, creo recordar. Allí nos íbamos Eva y yo a escribir algunas tardes, yo con mi libreta del ojo en la portada y ella con un cuaderno precioso de papel reciclado que se ataba alrededor con un cordel.
Eva nunca quería enseñarme nada de lo que escribía. Cuando hablo de ella siempre me refiero a sus ojos azules, enormes y asustados, y al punto de locura que tenía cuando decía cosas como “ODIO el periodismo y ODIO a todo el mundo”. Sin embargo, era bastante más que una tía rara (aunque creedme que era muy rara). A veces te hablaba con pasión de las cosas: de su batería, por ejemplo, o del cuadro de Degas que había pintado en la pared de su cuarto. Otras veces parecía que se quería morir, o que nunca había hecho en su vida nada que mereciera la pena. Así como Mariana era la luz, Eva no era exactamente la oscuridad, pero sí se parecía a uno de esos días nublados en los que no va a llover y te ciega un cielo de una deslumbrante claridad gris.
Cuando la conocí, me contaba cómo se había enamorado de su profesor de balonmano. Estaba loca por él, por un tipo nosecuántos años mayor que ella, con mujer e hijos, que entrenaba a su equipo en Mallorca y vivía en un pueblecito de la costa occidental. Los sábados por la mañana, Eva cogía su bicicleta y pedaleaba hasta el pueblo de su profesor. Puedo imaginarla, corriendo a todo lo que le daban los pulmones, porque en el deporte Eva era igual de extrema que para todo lo demás. Luego se sentaba detrás de un seto y se quedaba mirando fíjamente la puerta de la casa de su entrenador, hasta que veía a éste salir con su mujer y sus hijos. “Casi todos los sábados hacían algo”, me contaba. “A veces ellos también iban en bici, todos con casco, como en un anuncio de biofrutas. Otras, se montaban en el coche con una nevera y pilas de sandwiches y se iban de picnic, al bosque o a alguno de esos sitios acondicionados para domingueros”. Cuando me contó lo de la bici, le dije que había algo de masoquista en aquello. “Qué va”, contestó ella. “Cuando salía de allí me sentía muy bien. No es que me gustara que estuviera con otra, pero me daba cuenta de que era un buen marido y un buen padre, y pensaba que sería igual conmigo cuando yo le consiguiera”.
No os sorprendáis. Ya os he dicho que estaba bastante loca.
No sé en qué acabó la historia de Eva y su profesor. Mientras yo estuve en Barcelona, ella hizo lo posible por olvidarle: pillaba borracheras descomunales jueves, viernes y sábado y se enroscaba en el cuello del primer tío que le dejara. Cuando iba a Mallorca, quedaba con otros chicos, por lo que me contó, y nunca más confesó ninguna excursión intempestiva al pueblo de su entrenador.
Sin embargo, prefiero pensar que la historia sí siguió, y que ella consiguió seducirle al más puro estilo Lolita, a pesar de que no era guapa (pero tampoco nada fea, que quede claro). Quiero creer que después de unos cuantos encuentros turbulentos, se dio cuenta de que aquel tipo no era para tanto: tenía barriga debajo de la sudadera del equipo, y siempre se levantaba de la cama a toda prisa, alegando que tenía que recoger a los niños de las actividades extraescolares. Entonces Eva le dejó, y él, desesperado, iba a la puerta de su casa en bicicleta para ver cómo ella salía y entraba, a veces de la mano de algún chico, otras veces sola. Pero cómo va a ser eso, diréis, si Eva estaba en Barcelona. Yo que sé. Sólo estoy diciendo lo que me gustaría que hubiera ocurrido.

domingo, 29 de octubre de 2006

FAQ

Rueda de prensa. Flashes de fotógrafos destellando por doquier. Por una esquina asoma la pequeña Matilda, poco más de metro y medio de rubia peleona, un poco intimidada por tanta expectación. Se sienta en una mesa donde varios micrófonos se yerguen desafiantes. La masa de periodistas se ha erizado de manos levantadas.

- Ejem... - Matilda carraspea para probar los micros -. Contestaré por orden a todas las preguntas.
Va señalando alternativamente a los reporteros, que estiran el brazo como si quisieran hacerlo crecer.
- ¿Por qué este cambio de dirección? - pregunta una chica rubia, con pinta de acabar de salir de una facultad supermoderna.
- Veamos... El cambio de dirección tiene dos razones. La primera es de orden completamente personal. El otro blog estaba cargado de referencias y de historias que siento que ya no me pertenecen. Seguir escribiendo ahí era como cargar con el lastre de un pasado que, aunque es mío, tampoco tengo ganas de estar recordando a diario. La segunda razón es un poco más social. Aunque yo soy una exhibicionista emocional y no me suele importar mucho lo que piensen de mí, hay ciertas razones para que ciertos posts no sean accesibles a cierta gente. Y como no tenía ganas de ir censurando el blog como si de un periódico en tiempos de franco se tratara, he pensado que lo mejor es hacer borrón y cuenta nueva.
- ¿Y por qué el pseudónimo?
- Más que nada, para dificultar, en la medida de lo posible, que me vuelvan a encontrar... o más que nada, que relacionen a Matilda con la chica del otro blog.
- Pero ¿no te parece un poco ingenuo todo esto? Quien te quiera encontrar, te va a encontrar.
- Ya, sí, eso está claro... la cuestión no es impedir, la cuestión es dificultar. Tampoco es que quiera desaparecer del mapa. La situación no exige medidas tan drásticas.
- ¿Y el nombre? ¿Más sobre los lunes?
- Bueno, es un nombre como otro cualquiera del que probablemente me hartaré en dos semanas, ya me conocéis. En cualquier caso, para mí significa que en la vida hay que hablar de los lunes más que de los sábados, de la desazón y la rutina más que del ocio o de las mañanas soleadas.Todo tiene cabida en la escritura, pero los lunes son más interesantes.
- ¿Y Matilda? ¿Eres tan pedante como para identificarte con ella?
- Para ser sinceros, Matilda leía incluso más que yo y bastante antes que yo. No me puedo identificar con ella porque ella es superdotada y yo soy normal (tirando a lista, pero normal). A mí de Matilda me encantan su sinceridad, su mirada sobre el mundo y su amor por la lectura. Lo importante de Matilda no es la pila de libros sobre la que se sienta, sino el que tiene entre las manos, y los ojos abiertos, despiertos, que miran al mundo y no al libro. Vale, no he conseguido no parecer un poco pedante, pero espero que al menos se entienda.
- ¿Y qué pasa con tu blog antiguo? ¿Lo vas a perder definitivamente?
- No sé muy bien qué hacer con él... para mí lo ideal sería colgarlo con una dirección cualquiera, para que la gente se lo encontrara por casualidad y lo pudiera leer. Sin embargo, igual sí, igual desaparece. Si alguien tiene mucho interés en leer algo, me lo puede pedir... quizás incluso haga una versión impresa del blog y me lo quede yo. Eso está por decidir.

Sigue habiendo manos levantadas, pero Matilda está un poco mareada y, además, necesita ir al baño. Antes de marcharse, se disculpa por no haber podido ser más prolija en sus respuestas y asegura que va a seguir ahí al pie del cañón, como antes, escribiendo chorradas y hablando de vez en cuando de sí misma en tercera persona.
Luego se baja dando un saltito de la silla y echa a andar por la tarima para, acto seguido, desaparecer por una puertecita y ponerse a buscar los servicios frenéticamente.

domingo, 22 de octubre de 2006

Lecciones de Marina sobre el amor, volumen II

En los cuentos siempre hay una advertencia. Cuando el mago, o el hada, o quienquiera que sea que va a ayudar o a imponer una prueba al héroe, le explica cómo debe hacerlo, suele incluir un aviso. “No toques nada” o “no comas nada” o “no mires a los ojos de la estatua” o “no vuelvas la vista atrás”. Y siempre, no falla, el héroe cae en la trampa y hace caso omiso de las instrucciones. Luego, en general, aunque las cosas se embarullen por su culpa, encuentra la forma de salir airoso, que para eso es un cuento y termina bien. Hoy me pregunto: ¿por qué? La advertencia era sencilla. Era un compromiso. Decir una cosa y hacerla. Es por tu bien, no por putearte. Y los héroes siguen liándola, cogiendo comida o tocando las riquezas o mirando atrás como subnormales. Podrías haberlo hecho bien, podrías haber sido rico y feliz, podrías haber salido victorioso y no lo has hecho.
Los cuentos son la realidad. Los humanos tocamos la plancha para ver si está caliente y pasamos los dedos por encima de los cuchillos para ver si están afilados. Nuestras madres nos dicen que nos abriguemos y no lo hacemos. Nuestras parejas nos dicen que no les mintamos y lo hacemos. Y luego, cuando nos quemamos, nos cortamos, nos resfriamos o nos dejan, nos quejamos.
Así nos va.

martes, 17 de octubre de 2006

Extraña mezcla

Creo que lo malo, no ya de escribir, que al fin y al cabo tampoco escribo tanto, sino de leer, es que una acaba adquiriendo una especie de deformación no profesional, por así decirlo. Se podría llamar "sentido de la historia" (me lo acabo de inventar). En mi caso, consiste en que tiendo a buscar que mi vida, o incluso las vidas de los demás, tengan una conexión, un orden. Las personas no son personas, sino personajes, y tienen sus motivaciones ocultas, sus caracteres arquetípicos y una especie de destino, fatal o no, que los lleva a un sitio que no tengo muy claro cuál es, pero existe.
Así, miro mi vida y pienso que si fuera una novela no tendría ni pies ni cabeza. Como mucho, sería un mamotreto tipo John Irving, como "El Mundo según Garp": un libro que no tiene más remedio que gustarte pero cuyo argumento, al final, no podrías explicar con precisión. Una sucesión más o menos entretenida de peripecias vitales que no se sabe bien si llevan a alguna parte.
Todo esto viene a que J. me dijo el otro día una frase que me gustó: "la extraña mezcla de circunstancias que es mi vida, y que no tengo más remedio que aceptar, porque no tengo otra". Yo a veces veo mi vida un poco absurda. Ni mala ni buena; absurda, sin más. Y la mayoría del tiempo no la acepto y me pongo a buscar frenéticamente el personaje que le falta o el cápitulo que le dará un poco de redondez al argumento.
Hoy, sin embargo, he desayunado en la facultad un mollete y un café con leche. Mientras esperaba en la barra he suspirado profundamente. "Vaya suspiro, hija mía", me ha dicho el camarero mientras me servía la leche en el café. "Es que estoy contenta", me he apresurado a aclarar yo, "contenta de desayunar".
Así que hoy sí que me gusta esta extraña mezcla de circunstancias que es mi vida.

martes, 10 de octubre de 2006

Escala de valores

Está la escritura, sí. Está que el arte, o su sucedáneo, no se censura. Está la sinceridad, los exorcismos vía literaria; está que mi verdad es mi verdad, y es mi decisión contarla o no hacerlo, y que los castillos de arena de los demás son, pues eso, sus castillos, y no es mi responsabilidad mantenerlos en pie.

Pero también está la gente que te importa, y cosas menos tangibles que las letras pero más reales que ese ente informe al que llamamos literatura. Están la tristeza, el dolor y el miedo, la culpa y la angustia, el perdón y la reconciliación.

Cada uno los ordena de una manera. Para mí, sin duda, la escritura, o su sucedáneo, va después.

miércoles, 4 de octubre de 2006

Ingenioso diálogo estilo ingenioso filólogo

- ¿Es usted la bloguera que me llamó para concertar una cita?
- La misma.
- De acuerdo, pase y siéntese.
- Gracias, doctor. Qué consulta más agradable tiene.
- Dejémonos de cortesías y vamos al grano. ¿Qué síntomas tiene?
- Veamos... no puedo bloguear.
- Vaya, vaya... así que no puede... Seamos francos: ¿no puede o no quiere?
- Quiero, doctor, quiero, pero las circunstancias de la vida me lo imposibilitan.
- ¿Qué circunstancias?
- Pues... para empezar, no tengo línea de teléfono en casa.
- Vaya por Dios... eso es grave. Pero quizás pueda usted encontrar una vía alternativa... un ciber o algo parecido.
- Verá: el único ciber que hay cerca de mi casa es un locutorio diminuto donde no se puede postear.
- ¿Por?
- Primero: es muy pequeño; segundo: hay mucha gente siempre entrando, saliendo y gritando; tercero: los teclados son una porquería, están duros como piedras, y no es que yo sea una fetichista de los teclados, pero con esos, francamente, no se puede.
- Pues estamos buenos.
- Eso opino yo. Además, mi gatita está enferma, mi chico está lejos, tengo que fregar platos y, en general, estoy dentro de la pequeña crisis del comienzo de curso: adaptación y etc.
- Entonces...
- ¿Me dará la baja?
- Bueno, es un caso un poco especial, quizás pueda hacerlo... pero no por mucho tiempo. Le firmaré una baja del territorio bloguero durante unos días, pero no más. En cuanto sus circunstancias cambien, debe usted retomar su labor. De lo contrario, perderá sus privilegios y dejará de percibir sus remuneraciones.
- ¿Qué remuneraciones, doctor, si a mí por esto no me dan un duro?
- Remuneraciones simbólicas, hija... comentarios, respeto ajeno, links...
- Bah, tampoco pierdo mucho, entonces.
- Usted sabrá. Yo con firmarle el papelito, cumplo.
- De acuerdo, doctor, muchas gracias.
- De nada, guapa, a mandar.

miércoles, 27 de septiembre de 2006

Clementina

No puedo dormir, pensando en angustias existenciales como el amor, el tiempo y la distancia o por qué mi padre ya no me da las buenas noches. Con las lágrimas rodándome por las mejillas sin esfuerzo, como lágrimas de princesa de cuento, bajo al salón y me abrazo a la Clemen. Para ser más exactos, Clementina está hecha un ovillo en su sillón (sí, su sillón), y yo me enrosco a ella procurando no tocarla demasiado, para que no se agobie. Está un poco apagada, pero normalmente no es lo que se dice la gata más activa del mundo, así que no me preocupo. Durante al menos media hora las dos estamos así, juntas, yo acariciándole el lomo, ella cambiando de postura de vez en cuando para que le haga cosquillas por aquí o por allá. A ratos, simplemente, pongo mi mano sobre su cuerpo y la siento subir y bajar al ritmo de su respiración. Luego intento yo respirar al ritmo de sus ronroneos y, poco a poco, voy relajándome, como contagiándome de su paz.
Me incorporo y me inclino sobre ella para darle el beso de buenas noches en la cabecita naranja, cuando de repente la veo. Es una gota rosada y redonda que reposa junto a mi gata, sobre la tela beige que cubre el sillón. Al principio creo que es malta (una sustancia que se les da a los gatos para que no vomiten el pelo), pero la toco, la huelo y me doy cuenta de que es sangre.
De repente un miedo frío me sube por la espalda. Mi gatita sangra. La pregunta principal es ¿por dónde? Lo primero que pienso es en el culito: cáncer de colon, metástasis, muerte. Así soy yo, amigos: optimista. Le miro en el lugar donde el lomo pierde su digno nombre, pero no hay nada; ni rastro de sangre. Entonces descubro una herida en el lomo que sangra no copiosa pero sí notablemente.
Aquí es donde me acojono. Pregunto a mi madre, la médico, que reposa tranquilamente en su cama. “Comprime”, me dice “haz un apósito con gasas y algodón y comprime”. Así que yo bajo e intento comprimir, pero la gata se queja, se revuelve, intenta arañarme sin mucho éxito (porque la Clemen no saca las uñas en la vida). En un descuido, sale por la ventana, baja las escaleras y se esconde en el coche del vecino. Hemos perdido a la paciente, señores. Vuelvo a casa y agarro lo único que motiva a Clementina por encima de todas las cosas: su comedero repleto de pienso para gatos gordos. Lo agito y acude una gata quejosa pero motivada, bamboleando su panza a ambos lados del cuerpo. Mientras come, puedo ver mejor la herida. No es muy grande, pero sangra. Subo a consultarle a san google: primeros auxilios en animales. Heridas: si sangran, comprimir y llevar a veterinario.
Bajo de nuevo. Miss Mandarina se ha subido al sillón y vuelve a reposar, llenándolo todo de sangre. Entonces le hablo: “Clementina, ha llegado el momento de ser valientes. Duele, pero a veces hay que aguantarse el dolor. No siempre, pero a veces sí, y esta es una de esas veces. Y por eso ahora yo te voy a coger por el cuellecito para que no te muevas y te voy a poner esto en la herida”.
Los animales están dramáticamente indefensos. Clementina no me entiende, y por eso le da pavor que yo le aplique el apósito en su herida. Sólo sabe que duele y que ella no quiere dolor, así que intenta zafarse. En este caso, yo le causo un dolor menor para evitar un mal mayor y, aun así, ella sufre. Si fuera humana, podría controlarse, abstraerse, distraerse, pero no puede. Aunque creo que me comprende un poco, porque cuando le acaricio el cuello mientras comprimo la herida y le musito palabras de apoyo, se deja hacer… gruñendo un poco, pero se deja. Se zafa al cabo de un rato, pero es suficiente como para cortar la hemorragia de momento. Mañana la llevaremos al veterinario, siempre y cuando siga sin sangrar cuando yo haya acabado este texto (si no va ahora derechita).
Cuando he empezado a escribir sobre la Clemen quería contaros algo rollo literario-intimista: el miedo que me ha entrado de que a mi gatita, uno de los seres a los que más quiero en el mundo, le pasara algo. Quería decir que todos los malos rollos de mi cabeza se han desvanecido y me he concentrado en que la chiquitita no sufra.
Pero no puedo acabar este post sin aclararos que, leyendo lo anterior, ¿cómo iba yo a comer, por Dios, animales? ¿Cómo iba a apoyar a una industria en la que a miles de animales se les inflige dolor, físico y moral, sin que nadie les dé unas palabritas de aliento, y sin más fin que el de servir a nuestros paladares, nuestros pies o nuestro abrigo? Los que tenemos la suerte de convivir con animales y podemos ver en ellos el dolor, la incomprensión y el miedo (un miedo que no puede ser elaborado, ni paliado, ni apartado… un miedo que es total, porque no cuenta con las herramientas que poseemos los hombres para alejarlo), deberíamos (de hecho, debemos) empatizar con el sufrimiento de los millones (MILLONES) de criaturas que pasan por eso durante TODOS los días de su vida sólo por no ser tan monos como nuestros gatos/perros/chinchillas/peces de colores.
Nunca me ha gustado hablar de ese tema en este blog, pero una de mis consignas es la honestidad, y siendo honesta esta noche, lo que quería escribir era exactamente esto.