Como no podía escribir, me he puesto a leer textos antiguos: cuentecillos, paranoias, y hasta el principio de una novela que empecé hace ahora tres años (qué barbaridad, cómo pasa el tiempo). ¿Qué de qué va la novela? Es una chorrada adolescente, que cuenta mi vida con penosa obviedad, solo que reencarnada en una chica más guapa, más alta y más ligona que yo. Típico ejercicio de proyección-remodelación del novelista. Aun así, no os creáis, algunas cosas me gustan. Se lee bastante bien, el estilo es fluido, los diálogos con creíbles y hay momentos en los que llego incluso a lucirme con la parte estética (sin pasarme).
¿Qué será de mí? ¿Por donde encontrará el camino esta joven escritora? De momento, mi mente está seca. Para colmo, hoy me he acabado “Trainspotting” y he entrado en mi clásica mini-depresión-post-libro-que-me-gusta. Lo compré después de leer “Porno”, su continuación, que cayó primero en mis manos por azares de la vida. Como ya había visto “Trainspotting”, me enteré perfectamente de la novela, y después de engullirla en tres o cuatro días de saturación lectora (tiene más de quinientas páginas) me precipité a la librería a por su precuela. Así que llevo casi novecientas páginas con los mismos entrañables protagonistas, sumergida en el sórdido ambiente de Leith e intentando comprender el curioso argot de Edimburgo, y ya es como si esos tristes degenerados fueran un poco de mi familia. Ahora todo ha terminado y me siento sola. La maldición del lector entusiasta, la llamaría yo.
Como decía antes, estoy seca de ideas. Este calor de invernadero que asola Málaga me está matando. Paso la mitad del día durmiendo y la otra mitad dando vueltas por Internet, con cara de alucinada y rebuscando en blogs ajenos la inspiración que no encuentro para el mío. Para colmo, esto está solitario que te cagas. Ni un comentario en el último post. Menos mal que he puesto el contador para cerciorarme de que alguien visita este sitio, porque sino lo cerraba por soledad y santas pascuas. Por cierto, ¿quiénes son esos visitantes fantasmas que no comentan pero sí leen? Me gustaría conoceros. Podéis comentar; no muerdo.
En fin. Mi vida en pause, como desde hace ya demasiado tiempo. Ya sabía yo que esto de la nueva yo no podía durar mucho.
Por cierto: ¿alguna recomendación para leer en verano? Joven literófila busca amante de papel desesperadamente. Más bien grueso, si puede ser.
domingo, 24 de julio de 2005
sábado, 23 de julio de 2005
Cuesta abajo
No me encuentro muy bien. No me gustan los post autocompasivos, pero era o esto o no actualizar hasta vete a saber cuándo, así que ahí va. Relato de un bajón, por Marina Díaz.
Empezó ayer con los viejitos, imagino, porque el ambiente es bueno y te ríes con ellos, pero yo tengo un exceso de imaginación morbosa y no puedo dejar de imaginármelos, dentro de unos cuentos años, postrados en una cama, haciéndose sus necesidades encima y sumidos en la oscuridad. Veo sus caras esforzándose en recordar un nombre o en reconocer el color del lápiz que están utilizando y pienso que cada vez será peor. Aunque intento desterrar esas lúgubres reflexiones a un nivel inferior de conciencia, supongo que van sedimentándose sin remedio y lastrándome la moral.
De todas formas, no toda la culpa la tiene el Alemán, como llaman por allí a la enfermedad maldita. En mi casa me eché una siesta tremenda, una de esas en las que luchas durante horas contigo misma porque te quieres levantar y no puedes. Luego ensayé al piano durante una hora. Ayer el terral volvió a caer sobra mi ciudad, y me chorreaba el sudor por la nuca mientras destrozaba a Mozart. Luego fui a clase, y cuando me vi luchando con una línea de pentagrama como los abuelitos luchan con las sumas, pensé: “soy idiota. Tengo veinte años y me estoy gastando una pasta en aprender a tocar el piano, y no soy capaz siquiera de descifrar unas miserables notas en clave de sol. Hay veinticincomil millones de chavales en el conservatorio que se descojonarían si me vieran”. Alla, mi profe de piano, me habló de Julia, una chica que daba clases con ella cuando yo empecé. Ganó un concurso de canciones del Ayuntamiento y tiene una propuesta para grabar con Sony. Flipa, chaval. “También les hablo de ti a mis otros alumnos, no te creas – me dice-. Les cuento que daba clases a una chica a la que le gustaba mucho escribir y que ahora está en Barcelona”. Le dije el primer día que volví a clases, hace una semana, que me había ido a Granada, pero creo que se le ha olvidado. No la corrijo y lo dejo estar. Barcelona suena mejor. Cuando bajo las escaleras de su edificio con mi archivador de partituras bajo el brazo, me siento vieja. Luego me acuerdo de mi madre: “no empieces ya a sentirte vieja, porque a partir de ahora cada vez tendrás más años y sólo podrá ir a peor”.
Hoy he pasado la mañana durmiendo y soñando que me inventaba chistes malos. Por la tarde he pintado la barandilla de la escalera, intentando descaradamente colocarme con el disolvente y sin conseguir nada más que marearme. Ahora me voy con Funes al cine; si la peli no es buena, esto no tendrá remedio, así que cruzo los dedos para que hayamos acertado eligiendo.
Empezó ayer con los viejitos, imagino, porque el ambiente es bueno y te ríes con ellos, pero yo tengo un exceso de imaginación morbosa y no puedo dejar de imaginármelos, dentro de unos cuentos años, postrados en una cama, haciéndose sus necesidades encima y sumidos en la oscuridad. Veo sus caras esforzándose en recordar un nombre o en reconocer el color del lápiz que están utilizando y pienso que cada vez será peor. Aunque intento desterrar esas lúgubres reflexiones a un nivel inferior de conciencia, supongo que van sedimentándose sin remedio y lastrándome la moral.
De todas formas, no toda la culpa la tiene el Alemán, como llaman por allí a la enfermedad maldita. En mi casa me eché una siesta tremenda, una de esas en las que luchas durante horas contigo misma porque te quieres levantar y no puedes. Luego ensayé al piano durante una hora. Ayer el terral volvió a caer sobra mi ciudad, y me chorreaba el sudor por la nuca mientras destrozaba a Mozart. Luego fui a clase, y cuando me vi luchando con una línea de pentagrama como los abuelitos luchan con las sumas, pensé: “soy idiota. Tengo veinte años y me estoy gastando una pasta en aprender a tocar el piano, y no soy capaz siquiera de descifrar unas miserables notas en clave de sol. Hay veinticincomil millones de chavales en el conservatorio que se descojonarían si me vieran”. Alla, mi profe de piano, me habló de Julia, una chica que daba clases con ella cuando yo empecé. Ganó un concurso de canciones del Ayuntamiento y tiene una propuesta para grabar con Sony. Flipa, chaval. “También les hablo de ti a mis otros alumnos, no te creas – me dice-. Les cuento que daba clases a una chica a la que le gustaba mucho escribir y que ahora está en Barcelona”. Le dije el primer día que volví a clases, hace una semana, que me había ido a Granada, pero creo que se le ha olvidado. No la corrijo y lo dejo estar. Barcelona suena mejor. Cuando bajo las escaleras de su edificio con mi archivador de partituras bajo el brazo, me siento vieja. Luego me acuerdo de mi madre: “no empieces ya a sentirte vieja, porque a partir de ahora cada vez tendrás más años y sólo podrá ir a peor”.
Hoy he pasado la mañana durmiendo y soñando que me inventaba chistes malos. Por la tarde he pintado la barandilla de la escalera, intentando descaradamente colocarme con el disolvente y sin conseguir nada más que marearme. Ahora me voy con Funes al cine; si la peli no es buena, esto no tendrá remedio, así que cruzo los dedos para que hayamos acertado eligiendo.
miércoles, 20 de julio de 2005
Él también es paciente conmigo
Ejercicios de escritura nocturna: Imagina a tu ángel de la guarda. Descríbele, ¿qué aspecto tiene? ¿Qué funciones cumple? Ahora imagina que le conoces: ¿cómo es? ¿qué hacéis juntos? Escribe durante media hora.
Mi ángel de la guarda es un ángel del tipo AA: Animador de Artistas. Se dedica básicamente a hacerme escribir. La mayor parte de mis problemas no le importan demasiado; él sólo coge mi dedito extendido hacia alguna injusticia de la vida y lo empuja con suavidad en dirección a la pantalla de mi ordenador. Cada vez que termino un cuento o un texto que me gusta, me aplaude estrepitosamente y me masajea los hombros, provocando que las endorfinas inunden mi cerebro y me hagan creer que vuelo. Así, mediente una rudimentaria técnica de refuerzo-castigo, mi AA consigue que vuelva, después de todo y pase lo que pase, a teclear sobre estas patitas de mosca que son las letras.
También tiene otras funciones. Se ríe tanto de mí que me obliga a que me ría yo misma. Me esconde las llaves, me tira los vasos y me mancha la ropa, pero sé que sólo pretende que me de cuenta de que estoy perdida, o no estoy centrada, o no voy en la dirección correcta. Me susurra al oído por dónde debo ir, y a veces le escucho y otras paso meses canturreando en voz alta para no tener que hacerle caso. Al final, sin embargo, casi siempre tiene razón.
Me imagino que me lo encuentro. Se materializa aquí mismo, al lado de la cama, mientras escribo. No me asusta porque se vuelve corpóreo muy despacio, para que me de tiempo a acostumbrarme a su figura. Se levanta y viene hacia donde estoy. “Ven – me dice – tengo que enseñarte algo”. Él es un ángel de los de enormes alas en la espalda, aunque quizás vista con vaqueros y zapatillas de deporte, como los que salen en las películas americanas. Pero alas tiene seguro, porque me agarra entre sus brazos y me saca volando a través de la ventana.
Primero sobrevuela la bahía. Se tiende bocarriba en el aire, a pocos metros del mar, conmigo tumbada sobre él como sobre un colchón de playa. “Mira el cielo”, me dice. A poca distancia, detrás de nosotros, se reflejan las luces hirientes de los sardineros. Hay más estrellas que en cualquiera de las noches que he pasado en el campo; él es capaz de convocarlas todas, porque está hecho del mismo material que ellas. Yo cierro los ojos, y debajo de mí el rumor de las olas es como el de una tubería subterránea, con el agua gorgoteando entre las rocas y los pececillos siseando por debajo. Puedo verlos, alumbran como ascuas plateadas; las hago señas para que se alejen de los sardineros y me recuesto otra vez sobre mi ángel a mirar el cielo. Star gazing, pienso. Gaze es mirar fijamente, y Stargazing era el pie de foto de una ilustración del Rey León que tenía en un libro de colorear. Pienso en si mis antepasados me estarán observando desde arriba, como Mufasa a Simba. Luego recuerdo a Momo e intento escuchar la música de las estrellas, que es la música que suena dentro del corazón de cada uno.
Al cabo de un rato, mi ángel, que me conoce y sabe que estoy a punto de quedarme dormida, da un quiebro en el aire y empieza a volar de nuevo. Ahora me lleva a mirar por la ventana de las casas donde vive gente a la que quiero. Todos duermen. Veo a mis amigos de Málaga, los recientes y los antiguos. Luego, a toda velocidad, me lleva a Granada para que contemple durmiendo a los de allí. Pasamos por Toledo, donde descansa Mariana, y por Mallorca, para ver a Ana. Nos damos una vuelta por Barcelona. A toda velocidad, nos acercamos a Irlanda a ver a la PK, que está tumbada con el ceño un poco fruncido y me recuerda a las noches que dormí a su lado cuando estábamos en los scouts. Mi ángel me mira fijamente: “¿Ves?” me dice “todos duermen. Están lejos, pero están bien, ¿lo entiendes?”. Le miro y asiento.
Por hoy ya está bien, así que el ángel me trae de nuevo a casa y me sienta frente al ordenador. “Ahora escríbelo todo”, casi me ordena. Vuelve a sentarse en la cama y se desvanece, otra vez muy despacio, para que me de tiempo a decirle adiós con la mano mientras se va.
La idea de este post se la tengo que agradecer a Pipe, que ha escrito uno mucho mejor sobre el mismo tema en su blog. No dejéis de visitarle, es muy bueno.
Mi ángel de la guarda es un ángel del tipo AA: Animador de Artistas. Se dedica básicamente a hacerme escribir. La mayor parte de mis problemas no le importan demasiado; él sólo coge mi dedito extendido hacia alguna injusticia de la vida y lo empuja con suavidad en dirección a la pantalla de mi ordenador. Cada vez que termino un cuento o un texto que me gusta, me aplaude estrepitosamente y me masajea los hombros, provocando que las endorfinas inunden mi cerebro y me hagan creer que vuelo. Así, mediente una rudimentaria técnica de refuerzo-castigo, mi AA consigue que vuelva, después de todo y pase lo que pase, a teclear sobre estas patitas de mosca que son las letras.
También tiene otras funciones. Se ríe tanto de mí que me obliga a que me ría yo misma. Me esconde las llaves, me tira los vasos y me mancha la ropa, pero sé que sólo pretende que me de cuenta de que estoy perdida, o no estoy centrada, o no voy en la dirección correcta. Me susurra al oído por dónde debo ir, y a veces le escucho y otras paso meses canturreando en voz alta para no tener que hacerle caso. Al final, sin embargo, casi siempre tiene razón.
Me imagino que me lo encuentro. Se materializa aquí mismo, al lado de la cama, mientras escribo. No me asusta porque se vuelve corpóreo muy despacio, para que me de tiempo a acostumbrarme a su figura. Se levanta y viene hacia donde estoy. “Ven – me dice – tengo que enseñarte algo”. Él es un ángel de los de enormes alas en la espalda, aunque quizás vista con vaqueros y zapatillas de deporte, como los que salen en las películas americanas. Pero alas tiene seguro, porque me agarra entre sus brazos y me saca volando a través de la ventana.
Primero sobrevuela la bahía. Se tiende bocarriba en el aire, a pocos metros del mar, conmigo tumbada sobre él como sobre un colchón de playa. “Mira el cielo”, me dice. A poca distancia, detrás de nosotros, se reflejan las luces hirientes de los sardineros. Hay más estrellas que en cualquiera de las noches que he pasado en el campo; él es capaz de convocarlas todas, porque está hecho del mismo material que ellas. Yo cierro los ojos, y debajo de mí el rumor de las olas es como el de una tubería subterránea, con el agua gorgoteando entre las rocas y los pececillos siseando por debajo. Puedo verlos, alumbran como ascuas plateadas; las hago señas para que se alejen de los sardineros y me recuesto otra vez sobre mi ángel a mirar el cielo. Star gazing, pienso. Gaze es mirar fijamente, y Stargazing era el pie de foto de una ilustración del Rey León que tenía en un libro de colorear. Pienso en si mis antepasados me estarán observando desde arriba, como Mufasa a Simba. Luego recuerdo a Momo e intento escuchar la música de las estrellas, que es la música que suena dentro del corazón de cada uno.
Al cabo de un rato, mi ángel, que me conoce y sabe que estoy a punto de quedarme dormida, da un quiebro en el aire y empieza a volar de nuevo. Ahora me lleva a mirar por la ventana de las casas donde vive gente a la que quiero. Todos duermen. Veo a mis amigos de Málaga, los recientes y los antiguos. Luego, a toda velocidad, me lleva a Granada para que contemple durmiendo a los de allí. Pasamos por Toledo, donde descansa Mariana, y por Mallorca, para ver a Ana. Nos damos una vuelta por Barcelona. A toda velocidad, nos acercamos a Irlanda a ver a la PK, que está tumbada con el ceño un poco fruncido y me recuerda a las noches que dormí a su lado cuando estábamos en los scouts. Mi ángel me mira fijamente: “¿Ves?” me dice “todos duermen. Están lejos, pero están bien, ¿lo entiendes?”. Le miro y asiento.
Por hoy ya está bien, así que el ángel me trae de nuevo a casa y me sienta frente al ordenador. “Ahora escríbelo todo”, casi me ordena. Vuelve a sentarse en la cama y se desvanece, otra vez muy despacio, para que me de tiempo a decirle adiós con la mano mientras se va.
La idea de este post se la tengo que agradecer a Pipe, que ha escrito uno mucho mejor sobre el mismo tema en su blog. No dejéis de visitarle, es muy bueno.
martes, 19 de julio de 2005
Uterina
Ayer estábamos a cuarenta grados a las dos de la mañana, así que Funes y yo decidimos darnos un baño nocturno en la piscina. Había una luna ovoide y feucha, y el viento caliente soplaba sobre el agua mientras nosotros nos buscábamos buceando por debajo. Al salir, el aire sobre la piel húmeda daba frío y, en contraste, el agua parecía casi caliente. "Así es como debe sentirse un bebé fuera del útero", dije. Me sumergí y me acurruqué, e intenté conectar con la yo feto que pasó así nueve meses. Tal vez la postura y las sensaciones podían despertar el antiquísimo recuerdo, almacenado en algun área oxidada de mi cerebro, y hacerme sentir de nuevo la tranquilidad submarina, la ausencia completa de deseo, la satisfacción flotante de antes de nacer. Pataleé un poco como imaginé que lo haría un niño. Salí a respirar, y vi que Funes me imitaba al otro lado de la piscina, encogiendo sus largos brazos y piernas y formando un bulto picudo. Volví a hundirme y por un momento casi lo sentí: el silencio, el calor húmedo, la ligereza. La paz.
Luego salí, me sequé a mí misma con mi adquirida autonomía humana, me vestí sola. Ya no eres una niña, me dije. Ya no vas a volver a sentirte segura nunca más. Suspiré y me acurruqué junto a mi chico. "Qué le vamos a hacer", pensé.
Luego salí, me sequé a mí misma con mi adquirida autonomía humana, me vestí sola. Ya no eres una niña, me dije. Ya no vas a volver a sentirte segura nunca más. Suspiré y me acurruqué junto a mi chico. "Qué le vamos a hacer", pensé.
domingo, 17 de julio de 2005
Marina Bis
Yo: He decidido que voy a cambiar de vida. Voy a ser diferente.
Funes: ¿Sí?
Yo: Sí. Una nueva yo.
Funes: ¿Y cómo es esa nueva tú?
Yo: Positiva. Positiva y...
Funes: ¿Y?
Yo: y chachi. Positiva y chachi.
Funes: Me parece muy bien.
Yo: Pues no debería.
Funes: ¿por qué?
Yo: Pues porque todavía no estoy muy segura de si a la nueva yo le gustas tú.
Funes: ¿Y eso?
Yo: No sé. Ella es... Ella es fuerte (golpeo con el vaso sobre la mesa), es alegre, es valiente, es independiente (le señalo con el dedo) y pasa de novios cursis.
Funes: (me aparta el dedo señalador y sonríe) vaya por Dios. Pues avísame cuando lo hayas decidido. Perdón; cuando ella lo haya decidido.
Yo: (le miro. paciencia infinita, cara de padre comprensivo, sonrisa de enamorado estúpido) (resoplo).
Funes: ¿Por qué resoplas?
Yo: porque me tienes harta ya con tanto amor.
(algunos minutos después).
Yo: la nueva yo te quiere, vaya que sí.
Funes: ¿Sí?
Yo: Sí. Una nueva yo.
Funes: ¿Y cómo es esa nueva tú?
Yo: Positiva. Positiva y...
Funes: ¿Y?
Yo: y chachi. Positiva y chachi.
Funes: Me parece muy bien.
Yo: Pues no debería.
Funes: ¿por qué?
Yo: Pues porque todavía no estoy muy segura de si a la nueva yo le gustas tú.
Funes: ¿Y eso?
Yo: No sé. Ella es... Ella es fuerte (golpeo con el vaso sobre la mesa), es alegre, es valiente, es independiente (le señalo con el dedo) y pasa de novios cursis.
Funes: (me aparta el dedo señalador y sonríe) vaya por Dios. Pues avísame cuando lo hayas decidido. Perdón; cuando ella lo haya decidido.
Yo: (le miro. paciencia infinita, cara de padre comprensivo, sonrisa de enamorado estúpido) (resoplo).
Funes: ¿Por qué resoplas?
Yo: porque me tienes harta ya con tanto amor.
(algunos minutos después).
Yo: la nueva yo te quiere, vaya que sí.
jueves, 14 de julio de 2005
Verano cruel
Parece que he acabado con la depresión post exámenes y empiezo a sentirme cómoda sin hacer nada. Aquí va un resumen de lo que estoy haciendo/pienso hacer este verano. No me propongo demasiados objetivos porque acabo de revisar mi lista del año pasado para el curso y sólo he cumplido dos o tres. Un desastre, vaya. En fin, allá va:
- Conducir. Mi madre me lleva cada día a dar vueltas suicidas por barrios desconocidos y ya me voy soltando.
- Trabajar de voluntaria en la asociación de Alzheimer, por obra y gracia de mi suegra ;)
- Corregir mis cuentos y publicarlos en yoescribo.com
- Irme de camping con **Funes** y atreverme a hacer nudismo xD
- Aprovechar para quedar con los amigos a los que no veo durante el curso.
- Cambiar el tono amarillo Simpson de mi piel por un café con leche claro (lo máximo a lo que llego sin ponerme en riesgo serio de cáncer de piel. Por cierto: evitad la crema solar deliplús - marca mercadona - que ayer me la eché y me quemé).
- Engancharme a Operación Triunfo (bastante más entretenido que MCGiver)
- Ummm... lo que surja.
No son grandes planes, pero menos da una piedra. Me conformo con no volver a deprimirme hasta, al menos, Septiembre.
Echo muchísimo de menos Granada, tanto tanto que voy a ir mañana con Jose a por mi PIN para hacer la automatrícula (en efecto: he tenido un año entero para pedirlo y no me he acordado). A pesar de echarla de menos, está bien estar aquí, con mi moto, mis amigos, mi chico, mi piscina y mi aire acondicionado. Y el año que viene todo será un poquito mejor, lo intuyo.
No sé por qué, me ha salido un tono algo triste en este post. Y estoy bien, en serio. Será que aún no me he despertado del todo.
- Conducir. Mi madre me lleva cada día a dar vueltas suicidas por barrios desconocidos y ya me voy soltando.
- Trabajar de voluntaria en la asociación de Alzheimer, por obra y gracia de mi suegra ;)
- Corregir mis cuentos y publicarlos en yoescribo.com
- Irme de camping con **Funes** y atreverme a hacer nudismo xD
- Aprovechar para quedar con los amigos a los que no veo durante el curso.
- Cambiar el tono amarillo Simpson de mi piel por un café con leche claro (lo máximo a lo que llego sin ponerme en riesgo serio de cáncer de piel. Por cierto: evitad la crema solar deliplús - marca mercadona - que ayer me la eché y me quemé).
- Engancharme a Operación Triunfo (bastante más entretenido que MCGiver)
- Ummm... lo que surja.
No son grandes planes, pero menos da una piedra. Me conformo con no volver a deprimirme hasta, al menos, Septiembre.
Echo muchísimo de menos Granada, tanto tanto que voy a ir mañana con Jose a por mi PIN para hacer la automatrícula (en efecto: he tenido un año entero para pedirlo y no me he acordado). A pesar de echarla de menos, está bien estar aquí, con mi moto, mis amigos, mi chico, mi piscina y mi aire acondicionado. Y el año que viene todo será un poquito mejor, lo intuyo.
No sé por qué, me ha salido un tono algo triste en este post. Y estoy bien, en serio. Será que aún no me he despertado del todo.
sábado, 9 de julio de 2005
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