massobreloslunes

miércoles, 19 de abril de 2006

Hector y Musa (una alegoría ingenua)

Para J.

Héctor era un profesor de matemáticas que quería ser escritor. Lo deseaba con todas sus fuerzas. Hacía poco que se había licenciado y había empezado a trabajar, así que casi parecía aún un universitario, con el pelo un poco largo y desgreñado, vaqueros y gafas de pasta.

Como os he dicho, Héctor quería ser escritor más que nada en el mundo. Adoraba las matemáticas y enseñar a sus alumnos, pero estaba convencido de que lo suyo eran las palabras. Leía todo el día, todo lo que caía en sus manos: poesía, novelas, ensayos… Además, llevaba lo que él consideraba “una vida de escritor”: vivía en una buhardilla con las paredes cubiertas de sus textos favoritos, bebía café negro, seducía y se acostaba con todas las mujeres que podía y escuchaba jazz a media noche mientras fumaba Ducados.

El problema de Hector es que no escribía.

No es que no supiera; las palabras se le daban bien, y las utilizaba con destreza, como podían atestiguar las chicas que caían regularmente sobre el desgastado colchón de su dormitorio. Pero cuando hubo escrito un poco sobre su vida, sus pensamientos, sus mujeres y su infancia, se dio cuenta de que no le quedaba mucho más que decir. Podía elucubrar sobre lo que veía por la ventana, sobre las sensaciones que tenía cuando hacía el amor con alguien por primera vez o sobre aquel día que su padre le llevó al parque de atracciones. Su gran problema era su absoluta incapacidad para inventar nada nuevo. Héctor describía, divagaba, retrataba y desbarraba, pero no era capaz de contar una sola historia decente.

“Si yo tuviera una buena historia - solía decirse -, si tuviera una sola historia, escribiría una novela maravillosa”. Por las tardes, cuando terminaba de corregir los exámenes de sus alumnos y se preparaba las clases del día siguiente, se sentaba frente a su máquina de escribir (nada de ordenadores para él, por favor; él era un bohemio) y fruncía el ceño, tratando de imaginar algo. Llamaba a la inspiración, a las musas, a los dioses. Fumaba marihuana, esnifaba cocaína y consumía cantidades cada vez más exageradas de café. Pero al final de la tarde, cuando la penumbra mortecina del anochecer inundaba la buhardilla, la hoja seguía en blanco.

Con el tiempo, Héctor se desanimó. “Qué le vamos a hacer”, se decía. “No puedo ser escritor si no tengo imaginación. Es como si un cojo quisiera correr la maratón; sencillamente, no es posible”. Leía hasta la saciedad las biografías de los escritores que más admiraba, y se preguntaba qué tenían ellos que no tuviera él para ser capaces de segregar ficción como una araña su tela: con facilidad, directamente de la nada, sin esfuerzo aparente.

Convencido de que era un farsante y un estafador, y apremiado además por las exigencias de la vida adulta, Héctor terminó por abandonar las greñas, los vaqueros y la buhardilla. Enterró definitivamente su vieja Olivetti y se mudó a un pisito mucho más nuevo y funcional en el centro de la ciudad. Empezó a vestir pantalones de pinza y a engominarse el pelo.

Un día estaba sentado en el parque, leyendo un libro (afortunadamente, esa costumbre no la había perdido) y cerrándolo a ratos para tomar el temprano sol de marzo. Cuando dejaba de leer, divagaba sobre sus temas favoritos: “si yo tuviera una buena historia – se repetía una y otra vez -… sé escribir, sé hacerlo, pero no tengo imaginación, es lo único que me falta”.

Estaba absorto en sus cavilaciones cuando vio una figura femenina acercarse por el sendero de tierra. Al principio pensó que era una anciana, porque tenía el cabello completamente blanco. Después creyó que era una mujer, porque el cuerpo, aunque más pequeño de lo normal, tenía formas adultas y proporcionadas, como si estuviera hecho a escala. Finalmente, cuando se acercó, pudo ver un rostro infantil, que enmarcaba unos ojos grises enormes. La cara de niña vieja le recordó a algo. Más tarde caería en la cuenta: se parecía a aquellos niños enfermos de cáncer que salían de vez en cuando en la tele, niños con expresión y ojos de anciano.

La extraña criatura se sentó junto a él. Vestía una blusa blanca de gasa y unos vaqueros, por los que asomaban unos piececitos descalzos, blancos y bien formados. Alzó las piernas, las cruzó sobre el banco y se quedó mirando a Héctor atentamente. Él trató de volver a concentrarse en su lectura.
- Hola – dijo ella al cabo de un rato. Tenía una voz de edad indefinida, grave y dulce.

Héctor dudó si debía o no responder.
- Hola – dijo, finalmente, y sonrió un poco.
- ¿Sabes quién soy?
- Ummm… no – “vaya, una de las locas que vagan por el parque”, se dijo, fastidiado.
- Soy la Inspiración. La Musa.
- Sí, claro. Y yo Homero reencarnado – Héctor hizo ademán de levantarse del banco.

Ella rió.
- ¡En serio! ¿No me crees?
- No mucho – Héctor se quedó mirándola. Pensó que con ese cabello blanco y los ojos grises y enormes le recordaba a alguien, pero no a alguien real, sino a algún personaje de cuento. Entonces se acordó de la Emperatriz Infantil en la Historia Interminable. Recordó que cuando leyó el libro por primera vez siendo un niño, había pensado que una niña con los cabellos blancos no podía ser bella; debía de ser más bien siniestra. Sin embargo, aquella niña-mujer era hermosa.
- Vale – ella se cruzó de brazos, divertida -. Intenta tocarme.

Héctor inclinó la cabeza y arqueó las cejas. “Vaya chiflada” pensó. Nada más que para que le dejara tranquilo, alargó la mano y la posó sobre el hombro redondo y blanco de la chica. Cuando, esperando hallar algo sólido, aflojó los músculos del brazo, éste se precipitó hacia el banco, atravesando el torso cubierto de gasa de la criatura. Héctor soltó un alarido.
- Vamos, vamos, no seas escandaloso y siéntate otra vez – ella reía ruidosamente -. Ahora te lo explico todo.

De alguna forma, Héctor volvió a la época en que era un niño devorador de libros y creía que las hadas, los duendes y las brujas existen de verdad. A pesar de su gomina y su cartera de cuero, algo de aquel niño dispuesto a creérselo todo no se había ido todavía, y supongo que fue por eso por lo que pareció aceptar con facilidad que se le había aparecido una musa precisamente a él.
- Vaya – se quitó las gafas y se frotó los ojos -. ¿Pero las musas no eran nueve?
- Esas eran las de antes, las griegas. Se hartaron hace unos cuantos siglos y se fueron de parranda al Olimpo. Ahora soy yo la que se encarga de estas cosas. Soy La Musa – exageró las palabras con tono grandilocuente -. Puedes llamarme Musa, de hecho.
- Ummm… de acuerdo – Héctor se recolocó las gafas y le sonrió -. ¿Por qué tienes el pelo blanco?
- Si tú hubieras oído todas las historias del mundo, también lo tendrías – Musa habló con una resignación casi anciana.
- Ajá. ¿Y por qué tienes cara de niña?
- Porque tengo que renacer muchas veces – ahora sonrió y, efectivamente, parecía muy joven, de no más de diez años.
- ¿Y por qué…?
- Bueno – Musa interrumpió a Héctor con impaciencia – no hablemos tanto de mí. Hemos venido aquí porque tienes un problema que solucionar, ¿no es así?

Hector suspiró, un poco avergonzado. "Así deben de sentirse los impotentes", pensó.
- Supongo que sí.
- De acuerdo… - le miró de arriba abajo hasta hacerle sonrojar -. Dices que no tienes imaginación, ¿no?
- Eso es.
- Y que quieres ser escritor, ¿correcto? – preguntaba como un médico que intenta diagnosticar a un paciente.
- Sí – Héctor miró al suelo y se rascó la coronilla. Un poco de gomina reseca se desprendió de su cabeza.
- Y que necesitas historias.
- Exacto.
- Muy bien – Musa se acarició la barbilla pensativamente y le miró a los ojos -. A ver, Héctor, ¿cuánto deseas ser escritor?
- ¡Muchísimo! – exclamó él, entusiasmado -. Es lo que más deseo de este mundo. Me apasiona escribir. Si tuviera algo sobre lo que escribir, podría hacerlo muy bien, en serio

Ella sonrió, comprensiva.
- Está bien – le dijo -. Voy a hacerte un regalo.
Una oleada de felicidad inundó a Héctor. ¡Sus plegarias habían sido escuchadas! Se le aparecía una musa y le daba inspiración. Probablemente le hechizaría y le haría capaz de escribir los libros más grandes del mundo. Tendría fama. Tendría dinero. Tendría cientos de mujeres. Tendría...

Musa le sacó de su ensimismamiento.
- Toma – le dijo, entregándole una bolsita de paño, como las que debían de llevar los hombres de la Edad Media para guardar sus pesadas monedas.
- ¿Y esto qué narices es? – preguntó Héctor, examinando la bolsita. Se sentía ligeramente decepcionado. Un trocito de tela arrugada con un cordón no iba a convertirle en escritor.

Continuará...

lunes, 17 de abril de 2006

Me voy a hacer famosa

No exactamente, pero voy a empezar a subir los peldaños de la escalera que me llevará a la fama, el dinero, el Planeta y el Nobel (por ese orden, más o menos). El lunes que viene leeré este relatillo en el Anaïs, un bar de aquí de Granada donde se hacen muchas lecturas de cuentos, presentaciones de libros y demás. ¡Qué emoción, qué emoción! No sé si hay alguien que me lee que sea de Granada (aparte de los que ya conozco, claro), pero estáis todos invitados a darme ánimos, conocerme o intentar ligar conmigo :D.
(Vale, vale, no es exactamente un Gran Acontecimiento, pero por algo se empieza, ¿no?).
También se admiten comentarios y correcciones al cuento en cuestión.
Besitos a todos.

sábado, 15 de abril de 2006

Mierda

El 6 de Abril este blog hizo un año y yo ni me acordé. Tampoco me acordé del post número 100. Qué puñetero desastre que soy.
De todas formas, felicidades a mí misma, a este blog tontorrón y sin nombre, a los ciento y pico post que llevo y a las personitas que se pasan por aquí de vez en cuando. Me alegro de haber dado una vuelta al sol subida en este cohete de palabras. Viva Internet, su libertad de expresión y sus posibilidades. No es que este blog haya llegado muy lejos, que sea muy leído o que sea excesivamente bueno, pero es mío y está escrito con bastante sinceridad y con mucha ilusión.
Espero seguir aquí muchos años más dando la brasa, mirando la realidad como un post potencial y conociendo a gente estupenda. Gracias a todos por dedicarme un ratito de vuestras vidas. Os quiero.
***************
Por otra parte, Dios está sentado en su nube, me mira y se descojona.

viernes, 14 de abril de 2006

Stop

Si lo intentas con esfuerzo, puedes parar el tiempo. Te lo digo yo, que lo he hecho un par de veces. Atiende bien y te lo explico.
Tienes que escoger un día en el que no haya nada muy importante que hacer, como un día de vacaciones: un viernes santo, por ejemplo. Después tienes que esperar a una hora del día en la que no tengas nada planeado, en la que no hayas quedado (puede que acabes de volver de tomarte un helado en buena compañía, o de echar un café con las amigas) ni tengas que, digamos, cenar o ducharte para salir. Ésta puede ser una buena hora: las nueve de la noche, demasiado pronto para empezar a hacerse la cena, demasiado tarde para merendar y con un par de horas por delante antes de que llegue la hora de irte de nuevo. Entonces quizás puedas parar el tiempo.
Mejor con lluvia, sí, mejor, porque la lluvia también parará el exterior, ya que en el sur no sabemos hacer nada si llueve. Hoy los tronos no saldrán y tú puedes jugar a que no existe el tiempo. Ponte una puena canción, una canción melancólica y larga, como digamos Hurt, de los NIN. Procura no ponerte melancólica, porque estás parando el tiempo, y la melancolía no existe cuando has conseguido suspenderte en mitad de la nada y dejar quietas las manecillas del reloj. No te preocupes porque las vacaciones estén a punto de terminarse, por la inminente vuelta a las clases, a la rutina. Eso no tiene cabida en tu islita de tiempo detenido, sólo tuyo. Con los NIN y la lluvia de fondo, escribe un poco, sin pensar, haciendo de la escritura un acto continuo, sin principio ni fin, como si fuera un ritmo de respiración, un latido. No pares, no corrijas; toca el teclado como si estuvieras tocando un piano o un cuerpo. Si la canción se acaba, ponla de nuevo, porque no queremos que midas el tiempo por la duración de las canciones: escúchala una y otra vez como si fuera un único tema muy largo.
Es difícil sostener el tiempo parado. Hace falta mucha concentración, como cuando intentas dejar la mente en blanco o mantenerte en equilibrio sobre una barra. Tarde o temprano, se romperá el hechizo, avanzará el reloj y te hartarás de escuchar la misma canción una y otra vez. Tu estómago empezará a reclamar su cena y la gata te maullará pidiendo que le llenes el comedero.
Pero bueno, durante unos minutos has parado el tiempo. Es un logro bastante enorme, si lo piensas.

martes, 11 de abril de 2006

¡¡Quiero ser escritora!! ¡¡Quiero ser escritora!!

¿A qué se dedica Marina en estas vacaciones de Semana Santa?
a) A disfrutar de lujos tipo baño limpio/cocina limpia/nevera llena (¡gratis!).
b) A buscar a su gata por toda la urbanización (la tía ha descubierto las ventajas de la libertad y se pasea a su antojo por patios y muros).
c) A quedar con sus amigas-de-la-infancia-a-las-que-adora.
d) A intentar ver tronos de refilón y sin que se note mucho, porque ella es progre y no puede admitir que le encanta la Semana Santa hasta el punto de ponerle los vellos como escarpias.
e) A leer a este señor.
No me ha gustado demasiado el blog de Rafa Fernández. Había escrito una larga crítica destructiva pero, de repente, me ha entrado cargo de conciencia y he pensado que entre blogueros no hay que despellejarse, que para eso está el gran mundo editorial. Además, yo no quería decir eso. Lo que quería decir es que, cuando estaba a punto de abandonar micabeza.com rogando a Dios que no me enviara nunca a un tío como Sigmundo, me dio por ver los vídeos. El primero que sale es el de Rafa en fin de año. Nos cuenta con su acento canario que él pasó la nochevieja solo, en calzoncillos, con un libro de Henry Miller en la mano y gritando ¡¡quiero ser escritor!! en cada campanada. Que luego se dio cuenta de que llevaba diez años pidiendo lo mismo y de que, al fin y al cabo, escritor ya era. Una mierda de escritor (son sus palabras, que conste) pero escritor, al fin y al cabo. Entonces cambió su petición por un "¡¡quiero ser escritor de éxito!!". Dado que ha ganado el premio al Mejor Blog De España y América Latina (ahí es nada), creo que su deseo se cumplió.
Esta historia tiene tres moralejas, a elegir una:
a) Es verdad que todos somos escritores. Uno de los axiomas literarios de Marina es: si escribes, eres escritor. Bueno, malo o regular, pero escritor. Porque, al fin y al cabo, ¿qué diferencia al nobel de literatura de mí? Vale, él es mejor (de momento xD), y cuando se sienta a escribir lo hace con expectativas de que le publiquen y aclamen. Pero cuando ese tío terminó su discurso de agradecimiento, se bajó del estrado y se fue a casa, también tuvo que sacar una hoja en blanco y comenzar a escribir. Sin seguridad, sin saber si iba a quedarse atascado en el siguiente capítulo, sin saber si su nueva obra llegaría al nivel de las anteriores. Cuando yo me siento a escribir, tampoco tengo seguridad, tampoco sé si me va a salir algo medio aceptable o una puñetera mierda. Vale que a nadie le importe, pero en esencia es lo mismo. Hale, Mr.Pinter, no se crea usted tanto. Lo que quiero decir es que ese tío es escritor y yo soy escritora, aunque muera sin que me conozcan más que las decenas de personas bienintencionadas que se pasan por aquí de vez en cuando.
b) Hasta el más repugnante y capullo de los escritores pretenciosos te puede regalar un momento bonito.
c) Debería pasar mi próxima nochevieja pidiendo con cada campanada algo parecido a lo del amigo Fernández, visto el éxito.
Hale, me despido. No estoy escribiendo mucho porque asumo que todos andáis por ahí, entre playas o inciensarios, y tampoc no us fa de res que una esté aquí comiéndose la cabeza para daros de leer.

martes, 4 de abril de 2006

Plegarias atendidas

Desde que volvía a creer en Dios, todo era mucho más fácil. Había unificado todo lo que (según ella) iba mal en su vida y lo había achacado a una única entidad cruel y manipuladora: un Dios sádico, juguetón y malévolo que se reía de ella sentado en su nube. Una vez que hubo asumido la presencia de aquella fuerza poderosa en su destino, decidió que lo mejor era congraciarse con ella. Desde entonces, mantenía con Dios una conversación más continua y fluida que en toda su vida, más incluso que cuando era pequeña y tenía tanto miedo al infierno que no podía dormirse sin decir sus oraciones.

Así, cuando se levantaba por las mañanas, y pensaba que todo el mundo más allá de su cama era inhóspito y triste, y se colocaba el despertador recién apagado en la almohada para seguir durmiendo un poco más, le decía a Dios: "De acuerdo, tío, yo me levanto, lo juro, me levanto e intento ser feliz, pero tú tienes que hacer que hoy haya sol. Puedes colocar un par de nubes si quieres, pero no muchas, porque si no hay sol, yo te juro que me vuelvo a meter en la cama con un par de trankimazines y no salgo hasta mañana". Entonces sí, entonces encontraba las fuerzas para levantarse y se levantaba, convencida de que había oído cómo Dios, medio benévolo, medio bromista, le estrechaba la mano desde su nube para cerrar el trato. Luego cogía el coche, y entonces sus peticiones sonaban más o menos así: ·"Dios, con la putada tan grande que me has hecho, que tiene huevos, por lo menos compórtate conmigo esta mañana y consígueme un aparcamiento cerca del trabajo. Ah, y un 20 Minutos, anda". Que no es que le interesara demasiado la actualidad, pero le gustaba leer el horóscopo antes de sentarse a su mesa cada mañana.

Su día era como una especie de negociación con un padre severo, pero indulgente. Era una prisionera que pedía pequeñas gracias a su captor a cambio de no quejarse demasiado por mantenerla encerrada en su torre. “Tú, y sólo tú - le decía a su deidad particular – eres el culpable de que las cosas hayan pasado así, porque tampoco te costaba tanto que todo sucediera de otra manera, y entonces no sería todo tan desastroso ni tan catastrófico. Así que ahora no te queda otra que hacerme la vida un poquito más fácil”. Y Dios, medio avergonzado de haberse reído de ella en tantas otras ocasiones, lo hacía: le buscaba los mejores aparcamientos, le conseguía las cajeras más rápidas y los funcionarios más amables, las mesas mejor situadas y el café más sabroso.

Un tiempo después, cuando él vino a buscarla de nuevo y le dijo todo eso de “me he dado cuenta de que sin ti mi vida no tiene sentido, y quiero que estemos juntos, y quiero darte tantas cosas”, ella (los ojos dilatados, las manos temblorosas y el corazón palpitándole) le dijo que no. Después, mientras le miraba marcharse cabizbajo con las manos metidas en los bolsillos de su chaqueta, se dirigió a Dios, enfadada y divertida al mismo tiempo: “Te habías creído que ibas a librarte de mí, ¿eh?”.

Y regresó a casa, sonriendo y escuchando el tap tap de sus tacones sobre la acera.

domingo, 2 de abril de 2006

Accidente II: el testigo

- ¿A quién le toca? Ah, Meli, eres tú, no te había visto… no veas la tardecita que llevo, y encima con estos calores, que si estamos así en Marzo no te quiero yo contar cuando llegue Junio... Dime qué te pongo, guapa. Sí, han venido estupendos esta semana, maduritos, lo que pasa es que están algo caros, pero muy ricos. Que ya es difícil que salga un tomate bueno, que los de ahora no saben a nada. ¿Te llevas un kilo, entonces? Muy bien. Pues nada, hija, ¿te has enterado de la que se ha liado esta mañana? Aquí delante mismo, en el semáforo éste, que tiene más mala sombra… A ver, van doscientos gramos de más, ¿te los dejo? Pues eso, que yo siempre lo digo, que como está en cuesta la calle, la gente se embala y si se pone el semáforo en rojo se lo saltan. ¿Qué más? Pues mira, tengo de las golden, las reinetas y las fugi éstas, o fuji, o como se diga… Sí, estas son más dulces, te pongo, ¿no? Y nada, pues dos muchachos que iban en un Polo, como el de mi hijo pero en azulón, se han parado en el semáforo y uno que venía a toda pastilla desde arriba les ha dado por detrás. A ver, unas cebollitas, ¿de malla o sueltas? ¿Qué más? Sí, espera, las patatas las tengo detrás del mostrador. Y eso, Meli, como te decía, que no te puedes imaginar, un topetazo… con la puerta cerrada se ha oído aquí y hemos dado todos un bote que no veas. Llévate unas fresitas, ¿no? son de las primeras, pero vienen dulces. Mira, te pongo unas pocas y las pruebas, y ya si eso otro día te llevas más. Pues la chica al principio parecía que no tenía nada, pero luego parece ser que se había mordido la lengua, qué repelús. Pero vamos, nada grave. Lo malo es que el chico no llevaba cinturón y ha dado con la cabeza contra el parabrisas. Bueno, no te puedes imaginar, sangre por todas partes. Que ha salido la chica luego del coche y tenía los pantalones empapados, y le hemos dicho “mira a ver si tienes algo en las piernas”, y ha dicho “qué va, si es de él”. A mí se me ha bajado la tensión y todo de verlo, me he tenido que sentar aquí dentro un rato. Claro, que la sangre es muy escandalosa, que cuando se cayó mi Antonio Jesús del tobogán parecía que se había hecho una desgracia y luego fueron dos puntillos. Una berenjenita te pongo, ¿grande o pequeña? ¿Vas a hacer pisto? Ay, hija, a mí el pisto me sale muy bueno, mi Antonio siempre me está pidiendo que le haga. Nada, eso no tiene secreto más que dejarlo mucho rato a fuego lento, sin prisas, y luego cocerlo bien con el tomate, para que empape. Y una ramita de laurel, que siempre le da buen sabor. Y bueno, como te puedes imaginar, el del coche de atrás ha salido más fresco que una lechuga. Si es que eso siempre pasa: el que tiene la culpa es el que menos se hace. No, hija, setas no me quedan, champiñones tengo, ¿te pongo? A ver, van cuatrocientos gramos, ¿así va bien? Es que el lunes es mal día para la verdura, mañana va Antonio al mercado y tenemos de todo. Bueno, como te decía, el de atrás estupendamente, andando ha salido, porque le ha saltado el airbag y le ha hecho colchón… pero Meli, el chico de delante… ay madre, pobrecillo, si han llegado los de la ambulancia y ni se movía. Y la chica ni lloraba, angelito, de la impresión. Que hija, tiene delito, que vas tú tan tranquilo con tu coche, parándote en tus semáforos, y viene un chalado de éstos y te busca la ruina. ¿Pimientos rojos o verdes? ¿Qué son, para rellenar? Pues mira, te pongo estos que están más bonitos, más derechitos, y así los rellenas más fácil. ¿Qué los haces, al horno o fritos? Mujer, al horno tardan más, pero fritos son más trabajosos. Y nada, la que se ha liado aquí, te puedes figurar, que parece que nadie tiene otra cosa que hacer que mirar la desgracia ajena. Y claro, opiniones para todos los gustos, que como yo digo, eso es como el culo, que todos tenemos. Unos que si dadle agua, que si no le déis, que si movedle, que si no le mováis… Y yo es que me enciendo, porque luego al de detrás le pagará el seguro los daños y hale, a la carretera a seguir jugándose su vida y la de los demás. Aunque digo yo que ahora con eso del carnet con puntos a ver si se ponen más serios, porque esto no puede ser, hija, no puede ser. ¿Las zanahorias las quieres sueltas o en bandeja? A ver, en bandeja te salen más baratas, pero éstas son más buenecitas, te duran más luego. Las otras enseguida se ponen blandas. ¿Qué te estaba yo diciendo…? Ah, sí, el chico… pues nada, enseguida vino la ambulancia y se lo llevó, con oxígeno y eso, pero qué quieres que te diga… yo creo que ese no sale, porque tenía más mala carita, todo blanco, blanco… Y se dio un buen golpe, que dejó el cristal hecho pedazos. Así que ya ves, entretenida que hemos tenido la mañana… Luego todo el mundo hablando, que la gente es de un morboso... que parece que no tienen cosa mejor en la vida que hablar de los demás. Mejor nos iría si nos ocupásemos cada uno de lo nuestro. ¿Ya está? Pues ocho con setenta son. Nada, hija, no te preocupes, que tengo cambio, si a esta hora con eso no hay problema. Mira, guapa, un poquito de perejil te meto, que eso nunca sobra. ¿Joaquín mejor? Pues nada, bonita, dale besos. Hale, hasta la próxima, adiós.