massobreloslunes: Humanos (o las pocas ganas que tengo de estudiar)

miércoles, 15 de junio de 2005

Humanos (o las pocas ganas que tengo de estudiar)

Estabas tú y estaba yo, eso seguro, pero no recuerdo bien dónde. Una cafetería o una heladería, supongo, porque si habíamos ido al pueblo era verano, y si era verano y de día lo más probable es que hubiéramos elegido uno de esos dos sitios para sentarnos. Porque era de día, eso sí lo recuerdo: la claridad, el brillo de espejo que se le pone al mar cuando el sol está oblicuo, entrecerrar los ojos para que no me hiriera la luz.

Lo importante es que nos encontramos a David y a Fany. Mientras paseábamos por el pueblo, yo era consciente de David podía estar en cualquier parte, y tenía su silueta grabada en la mente para poder compararla con todo el que veía. Así que le divisé desde lejos e inmediatamente pensé “puede ser él”, y de repente, unos segundos después, ese pensamiento encajó con la pura realidad como en una superposición inverosímil de casualidades. Nos acercamos a saludarle, yo tirando de tu mano y tú siguiéndome desorientado, porque yo no te expliqué qué hacíamos, sino que me limité a arrastrarte entre las mesas mientras estiraba el cuello para intentar establecer contacto visual con él.

Cuando nos quedamos frente a frente los cuatro, desplegué una sonrisa efusiva, una de esas de “verte es lo mejor que me ha pasado hoy”. David también parecía alegre. Rodeaba a Fany por la cintura con su brazo ancho y moreno. No es muy alto, así que tuvo que alzar un poco la cabeza para darte la mano, y tú le sonreíste y se la estrechaste con fuerza cuando os presenté: “David, Fany este es mi novio”.

Yo ya conocía a Fany, esa criaturita rubia y frágil que es novia de David desde hace... ¿cuánto? ¿Un año? El verano anterior yo había ido al pueblo sin ti (no por nada, sino porque aún no te conocía), y poco después de llegar yo, David empezó con ella, y la cogía de la cintura igual que ahora, como a un trofeo de feria. Nunca decía “Fany”, sino “Mi Novia”, como para no confundir a un interlocutor despistado. Cuando yo bajaba a la piscina con mi libro, el tabaco y el discman, les veía a ellos abrazándose en la parte más alejada del césped, donde los pinos. Por cierto, de pequeña yo recogía las agujas de los pinos y ponía jazmines en sus extremos, y hacía pequeños ramos que iba perdiendo por las esquinas o en las manos de mi madre. Pero eso no importa ahora; lo que yo quería contarte es que David es de esos tipos que no paran de sobar a su chica, que caminan y le ponen la mano en el bolsillo trasero del pantalón, les compran rosas cada vez que pasa un chino ambulante y les regalan tangas por el Día de San Valentín.

A lo que iba: que les saludamos, intercambiamos un par de frases de compromiso (qué tal el curso, cuándo has venido, cuánto te quedas, que raro no haberte visto por la urbanización) y nos sentamos en una mesa cercana. Como ya te he dicho, no recuerdo dónde estábamos, así que no sé bien lo que pedimos. Café, helado, una granizada; quién sabe. Cuando se marchó el camarero, tú me miraste y me dijiste:
- Ella es guapísima.

Alcé un poco la cabeza, se me atragantó la respiración en la faringe y me puse rígida.
- Él también – contesté, rápida y vengativa como un espadachín.
- Vaya, yo eso no puedo juzgarlo – afirmaste, y sonreiste creyendo que la conversación no daba para más.
- Claro, y yo sí puedo juzgar que ella sea guapa, ¿no? – pregunté, con un punto de tensión en la voz -. No entiendo por qué los tíos os creéis con derecho a comentar a las tías que pasan, asumiendo que las demás nos damos cuenta de cómo son y que si no admitimos que son guapas es por envidia. Luego vosotros os encogéis de hombros y no reconocéis que un tío pueda ser guapo, porque claro, eso heriría vuestro ego, ¿verdad?
- Ey, ey, tranquila, no me ataques – y pusiste tu mano sobre la mía, que estaba adherida a la mesa como una garra.

Me callé y apreté los labios. Cuando el camarero nos trajo lo que habíamos pedido (ya te he dicho que no recuerdo qué era, y no lo entiendo, porque sabes que suelo quedarme con esos detalles), tú me acariciaste un poco la mejilla.
- Vamos, nenita, no te mosquees. Ella es guapa, él también, ¿de acuerdo? No hay por qué discutir, es un hecho objetivo. Nosotros también somos guapos, y seguro que ellos lo están comentando en su mesa.

Mi mueca ni siquiera intentaba ser una sonrisa. Te quité la mano de mi cara y les miré. Se daban cucharaditas de helado como en un anuncio de la tele. Ah, claro, si era helado debía de ser una heladería, ¿no? Porque de eso sí me acuerdo: de cómo se reían, se intercambiaban las cucharas y se lamían los restos de sustancia colorida y pegajosa de las narices y de los labios. Fruncí el ceño.
- Me enrollé con él – te dije.
- Vaya.

Se te congeló la sonrisa en el rostro, porque no eres de piedra, al fin y al cabo, y porque he leído que a los hombres os duele más la infidelidad física que la psicológica, por el rollo de la evolución y de esparcir vuestra semilla. De todas formas no fue una infidelidad, eso te lo recuerdo ahora para que no te enfades conmigo, porque yo a ti ni siquiera te conocía cuando estuve con David.
- ¿Cuándo? – ya no te hacía gracia y te habías vuelto lacónico e inquisitivo, una especie de policía del amor. Entonces creo que me repantingué en el asiento y te conté la historia. Supongo que me interrumpirías varias veces, preguntando por los detalles o reflexionando sobre la situación, pero ahora te la relataré del tirón, tal y como la recuerdo porque, como comprenderás, no memoricé todas tus intervenciones.

Cuando tenía doce o trece años, soñaba que me llegaba la pubertad como un vendaval y arreglaba todos mis defectos. Rellenaba mis huesos de niña pequeña con los abultamientos indicados, me tallaba curvas en las caderas, aumentaba mi estatura y deshacía mi panza infantil y redonda. Eso sucedía durante el invierno, y para el verano yo ya era “una mujer” y desataba los comentarios de las señoras del edificio, que se pasan todo el día en la piscina, observando desde sus sillas de plástico a todo el que se les cruza. Y entonces él, David, dos años mayor que yo, moreno, fornido, no muy alto pero con los músculos de los brazos como tallados en piedra, me veía entrar por la verja de hierro de la piscina y se le descolgaba la mandíbula de pura admiración. A partir de ahí no tenía muy claro como se desarrollaban los hechos, pero sin duda acabábamos él y yo de noche en algún sitio romántico (la playa, el espigón, el montecito que había junto a la urbanización antes de que construyeran el hipermercado), y él me besaba hasta que amanecía.

Y la pubertad llegó, claro, pero no como yo me esperaba, sino un poco a su manera: aunque se me abultó el cuerpo, no crecí mucho, mi nariz se desbancó de mi cara con un extraño cambio de forma y mi tripa se negó a desaparecer. Aquel verano no me quitaba la camiseta en la piscina con la excusa de que un medicamento me había vuelto fotosensible. Las mujeres del edificio comentaban: “Hay que ver cómo se ha puesto la chica de la Mariluz”, dejando ese “cómo” en el aire, ni bueno ni malo, sólo llamativo como mi espontánea mutación. Al año siguiente, dejé de ir al pueblo a veranear.

Aparecí de nuevo el verano antes de que pasara todo esto que te estoy contando, cuando ya me había asentado en mi cuerpo, había adelgazado un poco y me importaba bastante menos que antes lo que un chaval renegrido y simplón pudiera pensar de mí. Regresé hecha una diva de ciudad a la que no le importaba bajarse sola a la piscina, sin pandilla, sin más justificación que matar el tiempo con sus libros y su música. David se acercó a saludarme el primer día que me vio. Yo fumaba y formaba aritos con el humo, y procuraba no hacer con mi rostro ningún gesto que no fuera de superioridad, de condescendencia o de hastío. Él me miraba un poco asombrado y me sonreía, diciéndome que saliera esa noche con la pandilla y con él, que todos se acordaban de mí aunque hiciera algunos años que no me veían. Me puso al día de los cotilleos, de cómo chicos y chicas se emparejaban y se separaban como los cristales de un caleidoscopio. Entre calada y calada, yo fruncí el ceño y le dije que “si eso ya le avisaría”.

Y qué quieres que te diga, fui. Porque una no es de piedra, y porque me lo debía, ¿entiendes? Se lo debía a aquella yo con camiseta que se murió de calor durante todo un verano, a la que iba sola a la playa, al espigón y al montecito y se imaginaba diálogos con un compañero invisible. Así que me tragué el orgullo, me puse guapa y me reuní con David y los demás en el portal. Todos olían a ducha y a colonia. Me saludaron con aparente simpatía, aunque es lo de siempre, que las chicas recelan y los chicos se cortan, ya sabes. Como a mí me daba igual, pasé de niñas en minifalda y de niños encamisados y convertí aquella noche en un tobogán que me llevara directamente a la boca de David. Para qué te voy a dar más detalles, si tú no eres morboso y no creo que sea esa la parte de la historia que más te interesa.

Yo le utilicé, él me utilizó, qué más da. Nos enrollamos y no volvimos a hablarnos, ni yo volví a hablar con ningún integrante de aquel grupo empapado en perfume y en inseguridades de pueblo de verano. Llámame creída, pero seguí bajando sola a la piscina, y cuando vi a David restregarse con Fany bajo los pinos, me dio igual.

Te conté toda la historia y te quedaste muy callado. Cuando ellos se levantaron de la mesa, pasaron por la nuestra a saludarnos. “Hasta luego, ya nos veremos por la piscina”. Pero tú y yo volvimos a casa al día siguiente, así que no les vimos más.

Todo esto te lo cuento ahora, aunque han pasado muchos años, porque tú no te acuerdas. Tampoco es muy importante, y yo sé que tú no tienes buena memoria, así que da igual; lo único que quería era demostrarte que no tienes razón. Que no es verdad que nuestra relación haya sido perfecta desde el principio.

Es igual, cariño, somos humanos. En cuanto al lugar donde estábamos, te lo diré otro día, en cuanto se me venga a la cabeza.

No hay comentarios:

Publicar un comentario