massobreloslunes: No se lo cuentes a nadie

lunes, 1 de agosto de 2005

No se lo cuentes a nadie

Me gustó tanto la página del link que os dejé ayer que me he empeñado en escribir algo al respecto, aunque no sé muy bien por dónde empezar.
Secretos. ¿Tenéis alguno? Uno real, muy fuerte, muy grande, guardado en algún lugar de vuestras neuronas, protegido por un código que tiene una orden inequívoca: no contar. Nunca. A nadie.
Hace un año, mi amiga Elsa (algún día os hablaré de ella) nos pidió a cada uno de sus amigos un secreto como regalo de cumpleaños. Tenía que ser inédito, como un cuento para concurso; si lo sabía alguien más, sólo una persona, ya no valía. Entonces no comprendí para qué quería exactamente nuestros secretos. No soy cotilla, porque no me alcanza la memoria para sentir curiosidad durante mucho tiempo, así que no le veo la gracia a eso de los secretos. ¿Y qué si lo sabes? No puedes contarlo.
Ahora opino que el verdadero valor de contar un secreto es que te une a la otra persona. A veces estás con alguien con quien no has llegado más allá de una conversación superficial, y las circunstancias (un botellón, una noche de luna llena, una juerga compartida o una situación límite) te hacen que le confieses lo que nunca habrías dicho a nadie. Entonces nace una corriente cálida de solidaridad inesperada, una lucecita de comprensión mutua. Los secretos nos recuerdan lo más débil y lo más fuerte de nosotros mismos, y en ellos podemos reconocernos y hacer que nos reconozcan.
Muchas veces los extraños son mejores que los amigos, porque no nos juzgan, y supongo que en eso se basa el éxito de postsecret. Podemos liberarnos de ese secreto que nos oprime, contarlo en enormes letras, componer incluso una bonita postal para mostrarlo al mundo, y sabemos que nadie nos juzgará. Lo leerán personas de todo el mundo y nosotros, protegidos por el anonimato, seremos contemplados como lo que somos: seres humanos con debilidades, con dobles fondos en los cajones de nuestras mentes, pero por los que es posible sentir compasión. Cuando lees las postales de la web, te sientes conmovido. Incluso ante las peores declaraciones (como una mujer que afirma estar segura de que habría sido un violador de haber nacido hombre) nos sentimos hermanados en esa suciedad común que nos hace a todos humanos. Habría que vernos, sin embargo, cara a cara con la persona que escribió el post. Si fuera nuestro novio, nuestra hermana o nuestro vecino de enfrente, no creo que nos portáramos tan bien. Empezaríamos a marujear, acicatados por la realidad tangible de la persona que cuenta el secreto, impulsados a creernos mejor que ella aunque sólo sea por unos segundos.
Yo tengo algunos secretos inofensivos que puedo contar aquí. Cuando era más pequeña, me gustaba husmear en los baños ajenos. No soy la primera persona que lo hace, que conste; ya he sabido de más de uno que comparte mi hobbie (me parece incluso recordar a un columnista que afirmaba hacer lo mismo). Creedme que es divertido descubrir quién usa champú anticaspa, quién tiene hemorroides o quién necesita enormes compresas tipo pañal. Hay algo muy íntimo y oscuro en registrar baños ajenos. Se trata de descubrir cómo y dónde nos apañamos las personas para volvernos aceptables, higiénicos y atractivos. Es la línea que separa la cara que tenemos cuando nos levantamos de la que enseñamos al mundo el resto del día.
Otro de mis secretos es que hace relativamente poco que dejé de tener amigos invisibles. El último lo dejé marchar a los catorce años, cuando empecé a estar demasiado entretenida con el mundo real como para acordarme de que él estaba ahí, ocurrente, leal e infalible, alimentado por tentáculos de mi mente que se extendían más allás de mí misma. Pero lo cierto es que, de vez, en cuando, le llamo, se sienta en el borde de mi cama y mantenemos conversaciones invisibles como él, mientras cierro los ojos y empiezo a dormirme.
Si tuviera que mandar algo a postsecret, no sé muy bien qué escribiría. Ahora mismo no hay nada que me oprima especialmente el corazón. Ya hace tiempo que le destapé a Funes todo el pastel que soy yo, y el último gran secreto que ni siquiera sabía él se lo llevó Elsa. De todas formas, confío en que vuelvan a crecerme, como hongos misteriosos y alucinógenos. Hacen la vida bastante más divertida.

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