massobreloslunes: A film by Isabel Coixet

domingo, 23 de octubre de 2005

A film by Isabel Coixet

Ayer fuimos a ver “La vida secreta de las palabras”. Dejando de lado que la película tiene un título tan hermoso como para hacerme soñar y escribir durante páginas, me gustó bastante. Es dura, eso sí. Salí de allí preguntándome cómo se hace para conocer el dolor del mundo, para saber del sufrimiento que experimentan a diario millones de personas, y seguir sobreviviendo, comprando ropa, enamorándose y soñando. No se trata de una reflexión sociopolítica, de una arenga contra el consumismo o de una queja filosófica. Es más bien una duda acerca de la materia humana, de la materia del alma: ¿de qué está hecha? ¿de chicle pegajoso y adaptable? Porque oyendo lo que oí ayer, debería pasarme días llorando, en silencio, vete a saber si rezando. En cambio, aquí estoy, escribiendo trivialidades y pensando en qué voy a hacer esta tarde y en si cierta personita va a llamarme o no. Entonces, ¿soy mala? Porque no es sólo la película: son Wilma y Katrina, es el hambre y el SIDA, son los abuelitos, las violaciones, los terroristas suicidas volando en mil pedazos.
El planeta está dolorosamente partido en dos. Aquí, en la parte superior, en la azotea, sabemos que algo espantoso está pasando en el sótano. Como no podemos, ni queremos, ir a arreglarles la vida a los de abajo, intentamos seguir con nuestras fiestas, nuestra ansiedad, nuestros libros de autoayuda y nuestra comida china. De cuando en cuando, dejamos que rueden unas monedas, en forma de donativo, hacia la parte de abajo. Otras veces ayudamos a alguien que ha conseguido subir. Otras, las peores, volvemos a echarle a patadas hacia el agujero que le ha tocado en suerte en el reparto de bolas del destino.
Tampoco creo que tengamos la culpa. No lo quiero creer. Hoy tengo un interrogante gigante en la cabeza, hecho de preguntas que vienen resonando durante siglos en cabezas más pensantes que la mía.
En la película había también trozos de argumento que no terminé de entender bien. Ya sabéis: los típicos cabos sueltos que dejan algunos guiones para hacerse los interesantes. Mientras repaso los diálogos con la mente y busco alguna pista que me permita desentrañar los misterios, me pregunto si nuestra vida no estará hecha de eso: de cuestiones que no vamos a comprender nunca del todo, de cuentos que nunca van a terminar con una palabra “Fin” en gruesas letras de molde. Yo quiero creer que las historias que componen mi vida sí acaban, que “al final todo está bien, y si no no es el final”. Luego me encuentro con inconexos capítulos que se mezclan unos con otros, con tramas absurdas que cualquier crítico deploraría si esto fuera una novela en lugar de pura existencia irrazonable. Hay muchos finales abiertos en mi historia; de esos que si ocurrieran en una película de verdad me harían preguntarme ¿ya se ha acabado? Y quedarme en la sala a oscuras leyendo los créditos para ver si me proporcionan algún tipo de clave. Y esperar durante meses a ver si ruedan la segunda parte. Y resignarme, y comprar las entradas para otra peli, y verla mientras como muy despacio un Toblerone, porque no me gustan demasiado las palomitas de maíz.

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