massobreloslunes: Palabras

sábado, 14 de enero de 2006

Palabras

Este es el primer cuento que escribí en el taller. Como estoy de exámenes y no tengo mucho tiempo para escribir, os lo dejo por si os apetece leerlo :)

PALABRAS

Escribo deprisa para que se me pase más rápido el rato que me queda para verle. Apenas hace un mes que le conozco y ya se ha convertido en una pieza de mi vida, como las clases, como el sueño, como el tiempo frente al portátil: las horas con Jorge, que me espera en su casa esta noche cuando termine la clase.

No sé por qué me ha citado con tanta urgencia. Nos hemos visto esta mañana en mi facultad; ha venido a verme y hemos tomado café sentados en los escalones, con el aire frío y el sol despertándonos la cara. Como no podemos besarnos, concentramos la sensualidad en el beso de saludo y el de despedida: le veo aparecer, flaquito, con su barba de un par de días, levantando la mano para saludarme como si me conociera de hace más tiempo, y me dejo caer junto a su cuello mientras le doy un único beso largo de amiga íntima. Después sonreímos, hablamos, nos preguntamos qué tal nos va el día. Se echa dos sobres de azúcar en el café, lo remueve, derrama la mitad en el plato y me mira desde detrás de sus pestañas, agrupadas en zigzag como cuando acabas de salir de la piscina. Le miro la boca y pienso en cuándo le voy a poder besar como la noche que nos conocimos. Puede que nunca. A lo mejor ya ha cerrado definitivamente la veda para mí.

No sé si es sincero, si juega, si miente. Me habla de Julia, pero siempre de pasada, como si mencionara a su hermana o a su madre, a una persona que forma inevitablemente parte de su vida. A mí me gusta imaginarla. No le pregunto por ella porque prefiero construirla de la nada, como si fuera mía en lugar de suya. Julia, delgada, morena; guapa, pero no despampanante. Estudia… ciencias, seguro que es de ciencias. De ambientales, quizás, o ingeniera. Es seria con un punto de dulzura, y buena. Puede que haga deporte. No puedo imaginar su relación con Jorge porque no soy capaz de pensarle a él mirando a otra que no sea yo, y no es que me haya mirado tanto como para considerarle mío; sencillamente, no sé cómo habla en otro lenguaje que no sea el que él y yo compartimos.

Yo soy la otra, hay que joderse. Soy la otra porque soy la lista, la literata, la cómplice. Julia es la novia no sé por qué; a lo mejor sólo supo estar en el lugar adecuado en el momento adecuado. Pero dejemos en paz a Julia; ella no tiene la culpa. Ella pasea inocentemente su carpeta por el campus, se va de tapas con Jorge, se acuesta con él, duerme tranquilamente a su lado. Yo escribo y él me lee, él escribe y yo le leo, y de eso, de palabras, se construye algo tembloroso e ingrávido que no sé bien si se puede llamar relación.

No sé a dónde lleva esto, ni quiero saberlo. Sólo quiero verle cruzarse por mi vida de vez en cuando. Me acuerdo de la primera noche, cuando nos conocimos. “Me fascinabas tanto que necesitaba tocarte”, me dijo él, poco después del primer beso. “Hacer el amor contigo – dijo luego -, ha sido como hacerlo con todas tus palabras”. Yo boqueé un par de veces como un pez fuera del agua y me dije: “te ha camelado y te hará sufrir”. Y una parte de mí, la dramática, la que adora verse metida en situaciones escabrosas, sonrió y dijo “Está bien. Cuando hay dolor es porque hay vida”.

Después nos hemos visto un par de veces, con Julia vigilándonos invisible como una maestra severa. Beso de saludo, beso de despedida, en la mejilla, cogiéndonos las manos o tocándonos la cintura. Beso de propina cuando nos alejamos para marcharnos, de los que se tiran al aire con la punta de los dedos. Los otros besos, los de verdad, se los lleva Julia. Pero no estoy enfadada con ella, no la odio, no quiero que desaparezca. La acepto en Jorge igual que acepto el color de sus ojos o el desigual dibujo de su barba. Yo no soy quién para decirle a la vida cómo organizarse. Me siento frente a Jorge y una cerveza, o frente a Jorge y un café, y doy y recibo palabras. No me importa, creedme, porque me fío más de ellas que de los besos. Quizás intento atraparle en mi túnel de palabras para que se quede conmigo, aunque tampoco pasa nada si se va; Julia no es mala chica, le cuidará bien. Tal vez lo que importa de todo esto no es Julia, ni Jorge, ni yo. Tal vez son sólo las palabras; las que escribo yo, las que escribe él, las que nos decimos, las que nos callamos; las que me salen ahora mismo mientras muevo el boli bajo la luz halógena de las lámparas, con las piernas torcidas y un ligero dolor en el cuello.

Me ha dicho que vaya a su casa después de clase. No sé por qué, si habíamos quedado el sábado. Creo que acaba de leer mi último texto.

Voy a mirar el reloj, a ver si ha llegado ya la hora de irse.

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