massobreloslunes: Accidente I: la víctima

viernes, 31 de marzo de 2006

Accidente I: la víctima

Aquí os dejo otro ejercicio del taller. Se trataba de describir un accidente desde tres puntos de vista: la víctima, un testigo y el conductor de la ambulancia. Esta es la primera entrega, y en los próximos días os dejo las otras dos, a ver qué os parecen.

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Llévame a casa, le dije justo después de que me anunciara que no iba a dejarla. Claro, dijo él, solícito, incapaz de negarme aquella última gracia de condenado, casi contento de poder quedar, en el último momento, como una buena persona. Le miré buscar las llaves del coche por el apartamento mientras me ponía los zapatos y me limpiaba el rímel con un pañuelo de papel.

Me gustaba ser su copiloto, y mientras observaba sus gestos precisos de conductor, pensé que ya no iba a ser su copiloto nunca más y torcí un poco más la cabeza hacia la ventanilla. Él sintonizó a ciegas alguna emisora, una canción de pop inofensivo

Con la cabeza apoyada en el respaldo del asiento, pensé que ojalá se desprendiera de ella un cabello largo y rizado y fuera a parar a la bonita tapicería oscura. Imaginé a su novia (novia con todas las letras, novia de ir al cine, de pasear de la mano, de presentar a los padres, de llevar en una foto de carnet dentro de la cartera) encontrando el pelo y preguntando de quién era. Él podría dar cualquier excusa, porque también tiene amigas a las que llevar en el coche, y compañeras de facultad, y primas, y hermanas, pero se podría pálido de repente y no podría disimular la verdad. Ella sacudiría la cabeza, incrédula “no, no puedo creerlo, no puedo creer que me hayas hecho esto”, lloraría un poco, gritaría bastante y luego saldría del coche dando un portazo y esfumándose en la niebla de las cosas que no importan. Luego él vendría a buscarme y nos iríamos lejos de allí, y entonces yo dejaría de ser la amante (amante de citas clandestinas a mitad de semana, de sexo ansioso y desesperado, de roces inofensivos en la calle y violentos mordiscos una vez traspasado el umbral de la puerta) y me convertiría en la novia (novia de parques y cines y padres).

Sentí más que nunca la fuerza de la gravedad pegándome al asiento del coche, el cinturón partiéndome el pecho en dos como una frontera. Él movía la palanca de cambios con sus hermosas manos morenas, giraba de vez en cuando la cabeza hacia el retrovisor y callaba. Allí sentada, deseé que algo congelara ese momento, que nos suspendiera a los dos en aquel coche y nos sellara juntos para siempre, porque todo aquello (la música, el dolor, el rímel y mis fantaseos con cabellos descolgados) no estaba mal, era pura tristeza y podía sobrellevarla con elegancia de actriz de cine, pero después de eso vendría bajarme en la puerta de mi casa y decirle adiós, buscar las llaves en el bolso y enfrentarme a toda una vida hecha de días sin él. Miré por la ventanilla a los estudiantes caminando con las carpetas bajo el brazo, a las fruteras sacudiendo el polvo a la mercancía de la puerta, a los ancianos comentando las obras desde los bancos, y quise que las leyes de la física se retorcieran y abrieran una grieta en la tranquila cotidianeidad de aquella tarde de marzo.

Concentrada como estaba en aislarnos dentro de aquella cabina de metal, en inmortalizarnos como dos figuras de cera tal y como estábamos en ese momento (quietos, silenciosos, casi enfadados, pero compartiendo los metros cúbicos de aire del interior), el choque no me sorprendió mucho. Ninguno de los dos gritamos cuando, al pararnos en el semáforo, el Ibiza blanco nos embistió por detrás. Yo me incliné bruscamente hacia delante y quedé sostenida por el cinturón de seguridad a pocos centímetros del salpicadero. Me mordí la lengua y la sentí líquida dentro de la boca, derramándose en un elegante hilo de sangre por la comisura de mis labios. Él salió despedido sin que el cinturón que olvidó ponerse (no sé si por pena o por pura prisa) lo impidiera, y su frente impactó contra el cristal delantero, dejándolo partido en trocitos como una tela de araña. Luego volvió a su sitio y quedó inmóvil sobre el asiento, con la cabeza descolgada como cuando duermes en un autobús, y todos los cristales del mundo le cayeron encima.

Despacio, quejándome un poco por un dolor difuso en las costillas, le agarré suavemente por los hombros y le tendí boca arriba sobre mis muslos, sosteniéndole con cuidado la cabeza. Quedó inmóvil en mis piernas, hermoso, como dormido. Así sí, mi amor, pensé, mientras le acariciaba delicadamente la cara, cruzada por diminutos hilos de sangre. Así sí.

1 comentario:

  1. simplemente genial, me he enganchado como nunca, he sentido el golpe, los instantes de shock, el amor, la rabia; y el final es estupendo.

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