massobreloslunes: Ver el mar

domingo, 11 de noviembre de 2007

Ver el mar

¡He recuperado el cuento!
No lo había perdido; simplemente, tenía el archivo copiado a medias en dos carpetas, y lo había continuado sólo en una de ellas, no sé si me explico. Aquí lo dejo entero. Es largo, no tiene diálogos etc etc, así que lo leéis si os apetece y si no pues no :) Besitos.


Es domingo por la mañana y ella va a ir a ver el mar. Ya lleva más de un mes en la gran ciudad y aún no lo ha visto; nunca ha conocido ningún lugar donde tengan el mar tan escondido. De todas formas, ella imagina el mar de la ciudad sucio y cubierto por gruesas capas de aceite, con botellas y pañales flotando suavemente junto a la orilla, así que ha decidido que cogerá el tren (por algo está en una ciudad donde el transporte público es dolorosamente eficiente) y se irá a algún pueblo bonito, blanco y costero, a mirar un mar más limpio y más tranquilo.

En su piso compartido no se oye nada. Sus compañeras pasan el fin de semana fuera, con su familia; ella es la única que, por ser de tan lejos, se quedará allí hasta navidad. Al principio le atraía aquella especie de naufragio de tres meses, la seguridad de que estaba abandonada a sus fuerzas hasta diciembre, pero ahora, a veces, también desea tener un hogar a una hora de tren. Hoy eso no tiene importancia, porque a una hora de tren también está el mar y, en el fondo, es el mismo mar que ella ve en casa, así que puede que también sea una especie de hogar.

Navega por la casa sola, callada, preparándose un desayuno minucioso: café, tostadas y zumo, que luego traga delicadamente frente a la ventana. En todo momento se comporta como si la estuvieran observando, como si fuese la protagonista de una película de autor donde cada plano tiene que cuidarse al máximo.

No sabe qué tren tiene que coger para ir al mar, pero en la gran ciudad todos los trenes salen del mismo sitio, así que decide que irá allí, mirará uno de esos grandes mapas con las líneas marcadas con diferentes colores y cogerá el tren que le indiquen. Su abuelo le había dicho antes de marchar que no se preocupara por la gran ciudad, que “lo único que hace falta saber para moverse allí es leer”. Ciertamente, era tranquilizador lo claro que estaba todo, lo bien indicado: la abundancia de carteles, de flechas y de letreros. Sólo había que tener claro dónde querías ir.

Después de tomar el desayuno y fregar lentamente los platos, se prepara un bocadillo de queso. Se lo tomará frente al mar, sentada en la arena, mirando el horizonte, y luego volverá a casa. Aunque intenta hacerlo todo lenta, calmadamente, hay una especie de ansiedad en cada uno de sus movimientos. Sabe lo que es, ya lo ha sentido antes: es el peso de todas las vidas que no está viviendo. Cada decisión que toma respecto a qué hacer con su tiempo desde que llegó a la ciudad es la negación de todas las otras cosas que no hace. Hoy verá el mar y habrá tantas cosas que no pueda hacer por ello. Reconoce que es un pensamiento estúpido, poco práctico. A veces le gustaría ser capaz de vivir, y ya está. Pero está ese nudo que siente ahora mismo, mientras coloca las lonchas de queso sobre el bocadillo, y el aire doliéndole al entrar y salir de sus fosas nasales.

El tiempo y el espacio que hay entre su piso vacío y la gran estación central, llena de gente, pasan muy rápido. En el camino piensa que en el metro la gente sólo va. No hay otra cosa que hacer, más allá de transportarse. No hay tiendas que mirar, ni parques, ni bares que disimulen la sensación de urgencia de los viajeros. Esa voluntad férrea de llegar y de que no te importe lo que pase en el camino es, cree ella, lo que hace del metro un lugar tan duro.

La gran estación central de donde salen los trenes de cercanías también está bajo tierra, pero hay algo más tranquilizador en ella, como si los trenes supieran que están a punto de salir a la superficie. Se acerca a uno de los grandes planos con líneas de colores y busca el nombre del pueblo de una compañera de su facultad, que le dijo que vivía junto al mar. Lo encuentra, busca el número y el color de la línea y va a hacia una de las máquinas enormes donde se compran los billetes. Una vez en el pueblo, podría llamar a la compañera de clase y tomar un café con ella. El problema es que, como casi siempre durante estas últimas semanas, cada vez que está sola es como si esa soledad fuera alimentándose a sí misma y haciéndose cada vez más fuerte, más inexpugnable; por eso, mientras más tiempo pasa sola, más difícil le resulta dejar de estarlo. Así que no sabe si llamará a su amiga o se quedará paseando por la orilla de su pueblo sin decir nada, ocupando su espacio en el mundo sin que nadie sepa cuál es exactamente.

Compra un periódico antes de subir al tren. Tira la edición del día a la papelera y se queda con el suplemento dominical. Le gustan los reportajes largos sobre sitios lejanos, libros que no ha leído, personas distintas a ella. Tiene la esperanza de que todas esas páginas vayan sedimentando en algún lugar de su cuerpo y construyéndolo, rellenándolo como los frascos de sal de colores que hacía en clase cuando era pequeña. Así que lee el suplemento aplicadamente, como si alguien fuera a examinarla a la mañana siguiente o como si a alguien le importara.

Mira su billete y busca el andén por donde pasará el cercanías. Ya ha aprendido en qué tiene que fijarse: número, estación, andén, dirección. Combina toda esa información en su cabeza y se dirige a la vía con paso seguro. Se sienta en una banco y lee su dominical, pero reconoce que no le gusta nada la sensación de toda esa gente que se marcha antes que ella, de todos esos trenes que llegan y se van sin ella.

Por fin aparece su tren. Se queda quieta en el andén hasta que la máquina para por completo; luego, como si llevara toda la vida haciéndolo, entra por la puerta que le queda más cercana y se sienta.

Mira alternativamente su revista y a la gente que le rodea. Se fija en las expresiones de la cara, en los que suben y bajan, en las conversaciones, algunas de ellas en un idioma que desconoce. Enseguida el tren sube a la superficie y ella observa cómo va cambiando el paisaje: primero la gran ciudad, compacta, altiva, que le da la impresión de no estar habitada por gente real. Luego los barrios periféricos, que más que sucios son mugrientos, con una leve pátina de porquería acumulada por los años. 

Pasan las paradas y no oye anunciar la suya. Comprende que se ha equivocado mucho antes de tomar la decisión de levantarse a mirar el mapa. No le gusta que le tomen por paleta, pero finalmente no tiene más remedio que admitir que, de alguna forma que se le escapa, se ha subido al tren que no era. Está segura de haber mirado bien todos los datos: número, estación, andén, dirección y, sin embargo, se ha equivocado. “No pasa nada”, se dice, “ bajaré y cogeré el tren de vuelta”. Así que, como si lo hubiera hecho toda la vida, espera a que el cercanías se detenga y baja despacio, con el bolso apretado bajo el codo y el dominical en la mano.

La parada en la que está no parece muy importante. De hecho, para ir al pequeño pueblo-dormitorio que le da nombre, hay que cruzar las vías por encima, sin ninguna medida de seguridad de esas que ella pensaba que estaban ya en todas partes. Tantea los raíles con el pie, temerosa de sentir la vibración de un tren cercano, y cruza. Al otro lado no hay nadie que espere el tren de vuelta, y los pocos pasajeros que se han bajado con ella emprenden enseguida el camino hacia sitios que les son conocidos. Cuando ella ve que el último de sus compañeros de viaje ha desaparecido detrás de una fachada, se sienta en el banquito de plástico a esperar el tren de vuelta a la ciudad.

El lugar donde está no es feo; simplemente no hay nadie, y en los márgenes de las vías crecen plantas resecas. Ella no se atreve a volver la mirada y a examinar el lugar donde ha aterrizado, a aventurar si será un barrio industrial, residencial u obrero. No quiere estar allí, porque no es allí donde ella quería ir; quería ir a ver el mar, y se ha equivocado de tren, y ahora está perdida, y cuando estamos perdidos no nos interesa saber sobre el lugar donde nos hemos perdido, sino encontrar rápidamente la manera de volver a la ruta correcta.

De repente tiene la certeza de que el tren no va a pasar. Por supuesto, esa certeza no dura más de unos segundos. Pero ese momento de clarividencia es tan potente que, a toda velocidad, pasan por su cabeza imágenes de cómo será su vida si nunca jamás llega un tren que la devuelva al lugar de donde vino.

Después, cuando es de nuevo consciente de que tarde o temprano llegará un tren en la dirección adecuada, se da cuenta de que igualmente nunca será lo mismo; de que, en cualquier caso, ella quería ir a ver el mar sin perderse primero, y todo lo que haga ahora se sale de aquel primer recorrido que trazó con tanta seguridad en los planos de su domingo.

Luego, en efecto, llega el tren, con su uniforme velocidad de máquina eléctrica y, sin pensarlo, ella agarra su revista, se queda quieta hasta que la máquina para, se sube y se va de allí para siempre.

3 comentarios:

  1. Espero que ese tren no fuese un cercanías de los que se supone han de llegar a Barna...
    Salud/OS
    Y felicidades por la recuperación.
    ¿Cómo lo hiciste?
    Precioso cuento.

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  2. mopi!!!!

    soy elsi.ya me he puesto más o menos al día con tu blog. más que un cuento yo lo llamaría un "cuenta". Tiene "poco cuento" y cuenta las cosas que por chorras que parezcan son las que nos cuentan.

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