massobreloslunes

sábado, 1 de septiembre de 2007

El jueves decidí, anticipadamente, celebrar que terminaba mi trabajo. Me corté el pelo en mi peluquería carísima y me compré un libro de seiscientas páginas (“Tenemos que hablar de Kevin”, de Lionel Shriver. Lo último de Anagrama, para qué lo vamos a negar).

Durante los últimos días, había deseado pasar este fin de semana sola, en algún sitio tranquilo, para poder reflexionar. Este no ha sido (no está siendo) un mal verano, un verano del que me arrepienta o algo parecido. He trabajado mucho, y me hacía falta; me he sentido útil y, como decía en el post anterior, he aprendido muchas delicadas y sutiles lecciones sobre la vida. Pero, durante estos dos meses (desde que abandoné mi bonito piso del Realejo y metí – otra vez – mis pertenencias en cajas), he sentido como si entre mi yo físico (la persona que iba a trabajar, quedaba con J. o salía a tomarse unas cervezas) y lo demás no existiera absolutamente nada. Quiero decir, que de alguna forma era como si lo que antes era mi identidad (mis pensamientos, mis sentimientos, mis elucubraciones) hubiera desaparecido. Ha sido una sensación horrorosa; peor que la angustia, peor que la tristeza. Era un descontrol leve, pero preocupante: durante todo este verano, me he sentido como si intentara dar las curvas con una marcha demasiado larga.

Como decía, quería estar sola. De haber podido, habría reservado plaza en algún retiro tipo Rancho Relaxo y me habría metido allí a dormir todo el día, a comer bien y a dejar, sencillamente, que el gracioso regalo de no hacer nada se deslizara por mis cansados músculos. Al final, no obstante, me había resignado a entrar y salir de casa atravesando la mirada de mi madre y a oír hablar a J. de la inmediata entrega de su próximo proyecto. No se me ocurría dónde ir sin parecer rarita y acabar, al final, atontada por el ritmo monótono de mis propios pensamientos.

Sin embargo, se ve que hay parte de verdad en eso de que el universo conspira para que consigamos lo que queremos. Mi madre se ha ido a casa de mis tíos, mi hermano anda enredado en algún escabroso lío con su ¿ex?novia y no aparece por casa y mi novio está tremendamente ocupado con la mencionada entrega. Así que estoy sola. Me estoy dedicando básicamente a leer. Mi relación con la lectura es tan irregular como muchas de mis otras aficciones, y después de tropezar con “Monte Miseria”, de Shem (que al final he abandonado; ya hace tiempo que soy capaz de dejar los libros a medias), llevaba todo el verano leyendo poquísimo. Durante esos periodos que paso sin leer, olvido lo mucho que me gusta. El libro que estoy leyendo habla de la madre de un asesino de instituto americano: con todo lujo de detalles (¡seiscientas páginas!) explora la relación de la madre con su hijo, desde antes de su embarazo hasta su “sangrienta, mortal epifanía” (palabras textuales de la contraportada), y está bastante bien: me da ganas de escribir.

Me está gustando estar sola. Salgo a ratos con gente, porque tampoco confío tanto en mi propia psique como para dejarla a su bola un fin de semana entero. Pero estar sola en casa es reconfortante, porque todas las huellas que voy dejando son mías: mis platos sucios, mis sábanas revueltas, mi bolso abandonado en mitad del salón. La elocuencia y la inamovilidad de esas huellas, que no cambian a no ser que las cambie yo, me recuerdan que estoy ahí, que estoy viva y que sí que hay alguien entre mi cuerpo y todo lo demás. Y eso, me parece, es exactamente lo que necesitaba.

1 comentario:

  1. Estar así te va a sentar bien... es una fase de "amueblamiento mental" que si se hace con calma y organizándolo todo (como parece que es el caso) te puede servir mucho y bien para el futuro.
    Salud/OS!

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