massobreloslunes: Albertina, está linda la mar...

domingo, 22 de junio de 2008

Albertina, está linda la mar...

Hoy me he encontrado a Albertina cuando iba a tomar un café en un descanso del estudio. Es curioso, porque llevo unos cuantos días pensando en ella. Bueno, tampoco es tan curioso, porque vive al lado de la biblioteca y, de hecho, últimamente me la encuentro con cierta frecuencia: en la frutería, paseando por la calle o, como hoy, hablando con el conserje en el portal de su casa.
- Es que vienen mis hermanas a pasar el fin de semana – me ha dicho -, y tengo la cuna de mi nieto en la habitación y no sé cómo cerrarla. Y le he pedido al portero que si me puede ayudar, pero dice que está muy liado. ¿Tú tienes prisa?
Así que me he encontrado luchando contra una cuna gigante e inamovible como un coloso de piedra, mientras Albertina me contaba que vaya desastre, que tiene un montón de ropa para planchar y que todavía no sabe que va a poner de comer. Al final encontramos una flecha misteriosa en uno de los laterales de la cuna, y apretando y tirando de lugares estratégicos la plegamos y la colocamos a un lado de la cama. De repente tengo clarísima la magnitud del engorro que supone un hijo.
Me marcho enseguida, rechazando el ofrecimiento de Albertina de llevarme algo de comida. Desde que se divorció anda mal de dinero, y se dedica a cocinar en casa y a vender tuppers de congelados caseros a los estudiantes. También traduce casi cualquier cosa a ocho euros la página. Ahora parece que va saliendo a flote, pero J. y yo estuvimos en su casa a finales del curso pasado y apenas nos puso unas rebanadas de pan integral y unos quesitos el caserío.

Pero yo no quería empezar esta historia así. Quería empezarla hace ya casi dos años, cuando J. y yo volvíamos de un taller de escritura en la Alpujarra donde habíamos pasado tres días escribiendo, follando y riéndonos de los demás participantes.

(J., querido J., ¿Por qué no te has casado conmigo? La vida podría haber sido siempre así).

Albertina no tenía coche y volvía con nosotros a Granada en el asiento trasero del Micra de J. Después de casi un año compartiendo taller, J. y yo apenas sabíamos nada de ella: sólo que hacía poco que se había divorciado, que era traductora de francés y que escribía francamente mal. Yo la veía fea, con una fealdad perruna y triste de mejillas caídas y nariz colorada. J. decía que era dulce, pero ya os he dicho alguna vez que él es capaz de encontrarle algo a casi cualquier mujer.
No hablábamos mucho. Yo mantenía la mano apoyada en el muslo de J. para sentir cómo se tensaban y destensaban sus cuádriceps cuando cambiaba de marcha.

[Nota: yo pensaba que era la única que hacía esto. Me parecía muy romántico y urbanamente sensual. Cuál no sería mi sorpresa al releer hace poco “El mundo según Garp” y descubrir que en la página 265 habla de cómo Helen Garp “apoyaba la cabeza en su regazo porque le gustaba sentir cómo la pierna de Michael se tensaba y relajaba al mover levemente el muslo para pasar del freno al acelerador”. Nada nuevo bajo el sol, según parece]

En la parte trasera, Albertina hacía comentarios aislados: sobre el taller, sobre el profesor, sobre la hermosa alquería donde nos habíamos alojado. Cuando salimos a la autovía, adelantamos a un autobús del Imserso, lleno de ancianos que miraban apaciblemente por las ventanas.
- Yo siempre me imaginaba así con Antonio – dijo Albertina desde el asiento trasero -. Pensaba que cuando él se jubilara iríamos de viaje con el Imserso, cogidos de la mano. Ay que ver, lo que es la vida…
Depués siguió hablando mucho rato. Tiene una voz quejosa y monocorde, y cuando te habla tienes la sensación de que te está diciendo exactamente lo que se le pasa en esos momentos por la cabeza, sin recovecos ni segundas intenciones. No recuerdo muy bien lo que nos contó: sé que nos habló de algún negocio turbio que su marido había comenzado en la Costa del Sol y de cómo, a raíz de aquello, había empezado a mostrarse distante y nervioso. Contrajo algún tipo de enfermedad mental y empezó a engañarle con otra. Tras un tiempo sin que la situación mejorara, ella había pedido el divorcio.
- Al final ni siquiera quería hacerme el amor – dijo, y J. y yo nos miramos brevemente, aterrados ante la perspectiva de Albertina practicando el sexo -. Yo siempre he sido muy cariñosa. Siempre, hasta después de veinticinco años de matrimonio. Le daba besitos en el cuello, y él me decía: “Anda, Alber, quita, que me das mucho calor”.
Se quedó callada un rato.
- Y luego la psicóloga dijo que mi hija pequeña estaba mejor con él. Así que se ha ido a vivir a su casa. Y claro, él no me pasa pensión ni nada.
Creo que Albertina habría utilizado el mismo tono para explicar cómo cocinaba las lentejas o el calor que había hecho aquel verano en la ciudad.

- Lo que más pena me ha dado ha sido lo del sexo – me dijo J. después de dejarla en su casa -. Qué humillante.
- A mí lo que más pena me ha dado ha sido lo de la hija – dije yo.
- En cualquier caso, estar casado con Albertina tiene que ser muy raro.
- Sí.

Así que ahora me la encuentro de vez en cuando por su barrio, y parece que va tirando, entre traducciones y lasañas congeladas. En la frutería me pregunta cómo preparo yo los champiñones y, casi sin transición, si he vuelto o no con J. “Con la buena pareja que hacíais” dice siempre, con su perenne tristeza perruna. Yo me encojo de hombros y sonrío. “Qué le vamos a hacer”, digo, “así es la vida”. “Desde luego, hija”, contesta ella. “Si algo está claro es que la vida es así”.
Y se marcha a su casa solitaria, con las manos llenas de bolsas del Día, pensando en cualquier cosa no necesariamente importante.

6 comentarios:

  1. Sólo le he echado un ojo al texto. Mañana lo volveré a leer. Pero que sepas que me acabas de conquistar para siempre: ¡Estás releyendo "el mundo según Garp", que es mi libro preferido!

    Te diré más, lo robé de la biblioteca de mi barrio en vez de comprarlo, porque me gustaba el ejemplar tan manoseado y leído por mí y por todas mis compañeras de facultad a las que se lo presté.

    Un abrazo

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  2. Es un libro maravilloso. Lo he leído casi todo de John Irving y me siguen encantando sus novelas-río, pero Garp es insuperable. Él mismo dijo que es la única novela suya que ha gustado a todo el mundo. La verdad es que he disfrutado mucho releyéndola: ha vuelto a sorprenderme y he descubierto matices nuevos. Y he adorado absolutamente a Jenny Fields. Qué personaje más encantador.

    Un beso grande y gracias por comentar :)

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  3. aunke suene cruel me he hinchado de reir.

    elsachi

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  4. Fields es el mejor personaje de la novela, sin duda.
    Si no te has leído "Hasta que te encuentre", no te pierdes nada. No es de las mejores.
    El resto son todas geniales. Mis favoritas son "Príncipes de Maine, Reyes de Nueva Inglaterra", "Un hijo del circo", y "El hotel New Hampshire", y sobre todas las cosas, Garp.

    Ten cuidado con las traductoras, que siempre van buscando los dobles sentidos. Te lo digo por experiencia...

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  5. Estoy totalmente de acuerdo contigo. "Hasta que te encuentre", aunque es entretenida (lo que tiene mucho mérito para una novela de mil páginas), tampoco es nada del otro mundo.

    Mi segunda favorita también es "Príncipes de Maine", aunque no he leído las otras dos que mencionas. Empecé "Libertad para los osos", pero me pareció excesivamente raro y lo dejé xD "La cuarta mano" y "Una mujer difícil" también molan bastante. Pero, como tú dices, no hay nada como Garp.

    Me gustan algunos pasajes maravillosos que tiene, como cuando describe en Garp cómo llamaban a Walt cuando estaba en la bañera, y cómo le llaman después de lo del coche. Me gusta que sus personajes están increíblemente vivos, a pesar de todo su absurdo.

    Un placer hablar contigo de literatura. Besitos.

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  6. A mí es que Garp me marcó mucho, porque nunca había leído una novela así, con ese humor y esos personajes tan absurdos pero tan reales. Y las situaciones que a pesar de lo rebuscado, parece que puedan llegar a pasar.

    Te recomiendo El hotel New Hampshire encarecidamente. Yo la considero una especie de continuación de Garp.
    Libertad para los osos tampoco pude acabarla, pero porque la empecé a leir en francés. La epopeya del bebedor de agua, dobles parejas son prescindibles.

    Oración por Owen... no sé, no está mal, demasiado religioso para mi gusto, pero deja buen sabor de boca.

    Se me había olvidado una mujer difícil. Sin duda está también entre las mejores. A ver si me pongo y te escribo todos los subrayados de mi edición de Garp.

    El placer es mío, sin duda.
    Un abrazo

    Me pongo a releer de nuevo mi Garp, por enésima vez. Me vuelve a picar el gusanillo de J. Irving.

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