massobreloslunes: Psicología
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jueves, 14 de febrero de 2013

SV 2013: ¿Superando mis traumas?

Lo que no sabéis mis queridos lectores, o quizá no recordáis, es que si San Valentín me aberra tanto es porque J. y yo lo dejamos poco después hace ya tres años, y por eso mi último recuerdo de SV está teñido de desesperación prerruptura. En sí que sea SV y no tener pareja no me importa tanto: igual de sola te puedes sentir el catorce de febrero que el veinte de octubre. Si estos dos años pasados me he puesto melancólica ha sido porque me acordaba de mí intentando avivar las llamas del amor en medio de la desesperación.

Hoy, sin embargo, ha sido un SV genial. Me lo he pasado entero terminando de escribir y corregir la Guía Práctica Para Evitar al Psicólogo. Ahora que ya está enviada y que la gente la está leyendo en sus casas, me siento rara. Pienso que nadie va a estar de acuerdo con nada de lo que he escrito (es más: pienso que a nadie le va a parecer lo bastante interesante como para terminarla) y que quién coño me creo para decirles a los demás cómo vivir. Pero bueno. Es mi eterna duda. La eterna cuestión de cómo adoptar una postura respecto a lo que debe ser la vida y mantenerla; el compromiso constante de vivir en tu particular versión de lo posible, aun sabiendo que perseguir una conclusión consistente es tan iluso como querer volar.

Y me lo he pasado muy bien, en cualquier caso. Da igual lo que pase con la guía: ¿no es genial Internet? Porque yo aquí en mi casa acabo de fabricar algo que no existiría de no ser por mí, lo he colgado en la red y ya lo han descargado 75 jipis, y nadie más que yo ha tenido que tomar la decisión de escribirlo. Y, como os comentaba hace unos días, simplemente siendo capaz de hacer algo así ya he superado mis expectativas más salvajes como escritora, así que hoy estamos de celebración. Además, después ha venido mi cita de SV, una lectora que es obviamente amor, y que aunque no me ha traído ni rosas ni molletes ha tenido el mérito increíble de colocarse frente a mí al bajar las escaleras con las muletas para amortiguarme si me la pegaba. Y hemos entrado en un bar cercano, y bebido vino, y comido tarta de chocolate, y hablado de psicología y de la vida, y he concluido que, efectivamente, no estoy en posesión de la verdad, pero que explorar las distintas maneras de aliviar el sufrimiento de la gente es lo bastante divertido como para que no me importe.

Así que bueno, ese ha sido mi SV y, sinceramente: ha sido bastante mejor que este. Ya os dije que igual resulta que vosotros, mi conjunto de lectores pacientes, sois la relación más importante que tengo ahora mismo, y que ni me importa. Porque, igual que Murakami, creo que ésta es una relación que no puedo no tener. Que incluso aunque llegue el MD, seguiré necesitando dirigirme a la masa anónima de gente que me lee, y que eso me gusta. Así que mi SV lo he pasado escribiendo para mis lectores, y no se me ocurre una forma mejor.

PD: Si alguien quiere conseguir la guía, no le va a quedar más remedio que esperar a que la corrija, que la primera hornada ya está entregada y pendiente de opinión por los jipis. Pero tranquilos, que avisaré de nuevo por aquí cuando esté lista.

Besitos amorosos.

martes, 11 de diciembre de 2012

Siete chorradas que todo psicólogo ha tenido que escuchar alguna vez

Aclaraciones previas a este post:

1) Me encanta mi trabajo, es genial y no lo cambiaría por nada del mundo.
2) Cada curro tiene su idiosincrasia, y estoy segura de que todos los gremios están hartos de cosas. Seguro que los fisioterapeutas odian que les pidan masajes o los médicos que les hagan consultas chungas de pasillo.
3) En general, la gente que me rodea respeta y valora mi trabajo.
4) Aunque no fuera así, me la pela porque yo lo respeto y lo valoro, me parece el más flipante del mundo y me acuesto todos los días dando gracias al cielo por haberlo elegido.

Dicho esto, hoy vamos a tener un arrebato sobre las diez chorradas que todo psicólogo ha escuchado alguna vez y lo que pensamos de ellas en realidad.

1. ¡No me psicoanalices! 

Vale. Lo pillo. Pillo que para ti todos los psicólogos psicoanalizan. Entiendo que no tienes que saber que el psicoanálisis está más pasado de moda que hacerse la permanente, ni que hay como veinte millones de orientaciones psicoterapéuticas más recientes e interesantes. Aun así, no te estoy psicoanalizando. Te miro y/o te escucho, punto, y muy probablemente mientras lo hago mi cerebro está pensando en dibujitos antiguos de Mickey Mouse, como el de Homer.

2. Yo es que no creo en los psicólogos.

Aquí lo que me pone de mala leche no es el concepto en sí, sino lo mal que se expresa la gente. Puedes decirme que no crees que los psicólogos sean útiles. Puedes decir que no piensas que la mayoría de la gente necesite un psicólogo. Pero no creer en los psicólogos es imposible. Estamos aquí y no necesitamos de tu fe para existir. No somos Papá Noel.

La última respuesta que estoy ensayando cuando me dicen eso es ésta:







3. Yo no soy psicólogo, pero... (seguida por cualquier tipo de afirmación acerca de la vida/ las relaciones/ el comportamiento humano/ etc).

No hace falta que aclares que no eres psicólogo. Da tu opinión y ya. Todos intentamos explicar el comportamiento de los demás y el nuestro, y tu explicación es tan válida como la mía. De nuevo: no voy por ahí juzgando a la gente, ni la psicología me da una visión arácnida perspicaz sobre Absolutamente Todo.

4. Yo soy muy psicólogo/ mis amigos me dicen que soy su psicólogo/ yo tenía que haber sido psicólogo.

No. Lo sentimos, pero no. Dar consejos a tu colega no te convierte en psicólogo. Escuchar a tu hermano y luego decirle "pues yo lo que haría sería tal y cual" no te convierte en psicólogo. Puede que tengas paciencia, puede que sepas escuchar, puede que los demás confíen en ti, pero no tienes ni puñetera idea de lo que se hace en la consulta de un psicólogo. Si todo va bien, me voy a pasar diez años formándome para ser clínica, y lo más seguro es que cuando llegue allí no haya hecho más que empezar. El comportamiento humano es complejísimo. Una intervención psicológica bien hecha es algo muy, muy delicado. Nadie dice "yo soy muy médico". Ser psicólogo no es una característica de personalidad: es una profesión.

5. Oye, tú que eres psicóloga, ¿qué hago con (situación compleja de la vida)?

No tengo ningún problema en escuchar e intentar aconsejar a la gente. Me gusta, de hecho. Lo que pasa es que está comprobado que los consejos gratuitos de un psicólogo conocido se van a la basura la mayor parte de las veces. Es una cuestión de encuadre. Lo mismo que te digo yo te lo dice un terapeuta prestigioso a setenta euros la sesión y te lo crees más; eso es así. La disposición para el cambio no es igual cuando uno va a la consulta de un profesional que cuando el profesional está enfrente tomándose un cafelito. Así que si quieres cuéntame lo que sea, pídeme opinión, pero no me la pidas "como psicóloga", porque es imposible que te la dé. No soy tu psicóloga: soy tu colega o tu amiga.

6. Y tú entonces ¿qué haces con tus pacientes? ¿charlar?

Sí, básicamente hago eso. Charlo. De la vida y tal. De Belén Esteban, Iker Casillas y la última temporada de Amar en Tiempos Revueltos. Yo entiendo que lo mío no sea tan espectacular como, qué te digo yo, intubar a un tío en parada cardiorrespiratoria, pero también es una intervención, y es complicada, y tiene consecuencias. Yo dialogo, converso, utilizo las palabras, pero no charlo.

7. Entonces, la diferencia entre un psicólogo y un psiquiatra ¿cuál es? ¿que tú no puedes medicar?

Sí, bueno. Y la carrera que hemos estudiado y tal. Ya sabes: medicina, psicología... no están exactamente superpuestas.

Mi amiga Luna siempre dice que ella no quiere medicar. Yo tampoco. Creo que no poder medicar es un estímulo para ser más creativo con todas las otras herramientas de las que dispones. Te deja desnudo. No puedes recurrir al socorrido "bueno, pues te voy a poner algo para que duermas mejor".

Que conste que me llevo muy bien con los psiquiatras en general y que los MIRes de Cádiz, en particular, son Puro Amor. Que conste también que una medicación bien puesta puede ayudar mucho, mucho.


Hale, fin de mi volunto. Seguro que me faltan frases, porque hay muchas. Pero en realidad, cuando me dicen alguna de las anteriores no me cabreo. Me encojo de hombros y pienso que está bien así. Que no sepan de psicología. En primer lugar, porque eso quiere decir que nunca han necesitado un psicólogo, y eso es genial. En segundo lugar, porque me mola que no se sepa exactamente lo que hacemos. Que podamos convertirnos, como dice Batalecotal, en la mano en la sombra. Anxo hablaba el otro día de la humildad necesaria en esto. Casi nunca se te atribuyen los cambios; casi siempre hay otra forma más lógica de explicarlo. Pero tú estás ahí y sabes lo que hay. Sabes lo que sabes y lo que curras. Y, sobre todo, sabes que en psicoterapia, como en muchos otros campos del conocimiento, una tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia.

miércoles, 31 de octubre de 2012

El Proyecto Noviembre

Queridos lectores:

Lo primero que quiero es pediros disculpas por pasarme vuestra opinión por el forro. ¿Por qué? Porque no voy a escribir una novela. Ya sé que es el segundo NaNoWriMo en el que me rajo, pero a la tercera irá la vencida. Vamos, digo yo.

Aun así, vamos a convertir noviembre en un mes especial.

Primero las malas noticias: massobreloslunes se paraliza temporalmente. No puedo sacar adelante otros proyectos si sigo empeñada en escribir aquí todos los días. Peeeero no os voy a dejar sin lectura durante todo el mes. Al contrario. A todo el que se preste voluntario le voy a ABRUMAR con mis palabras.

Yuju.

¿La temática? Vamos a sacar adelante Psicosupervivencia. Voy a escribir un libro sobre el tema. ¡¡Viva y bravo!!

¿Y por qué psicología y no ficción?

Pues no sé. Porque lo siento así ahora mismo. Es lo que me apetece. Estoy en una etapa profesional bastante intensa y bonita: me divierto con mis pacientes, aprendo un montón de ellos y me encuentro en un modo psicóloga-total. Escribir ficción ahora mismo me queda grande. No tengo el tiempo ni, sobre todo, el espacio mental necesario para hacerlo de forma que me quede más o menos contenta con el resultado. Así que voy a escribir sobre psicología. La novela llegará, en serio, pero no en esta etapa de mi vida.

No obstante, no quiero escribir el libro sola. Soy adicta a vuestro feedback. Necesito contar mis chorradas y que alguien me conteste al final del día. Es triste, pero cierto, y no tengo ni idea de cómo lo hacía antes la gente, encerrados en habitaciones, escribiendo en solitario con plumas de oca y sin conexión ADSL.

Pensé en ir publicando lo que tuviera listo en un blog privado, pero la última experiencia privatizando y añadiendo gente a la lista de lectores casi me vuelve loca, así que he pensado en un sistema más operativo: una newsletter.

(¡¡Me estoy modernizando!!)

Esto consiste en que quien quiera participar, se suscribe a la lista y recibirá todos los días del mes de noviembre un fragmento-borrador del futuro libro. La idea es poder leer vuestros comentarios y opiniones a medida que voy escribiendo. Desde un simple "me gusta/no me gusta" hasta sugerencias, aclaraciones, ideas o dudas. Me podéis contar historias que se relacionen con lo que escribo o consultar situaciones más o menos personales. Por supuesto, no utilizaré ningún material de nadie sin previo consentimiento.

En relación con eso, y aquí va una primicia primiciosa, me voy a asesorar legalmente y a redactar un documento de consentimiento informado para utilizar datos clinicos, lo que quiere decir que si mis pacientes están de acuerdo, os podré contar casos reales con bastante detalle. Esto es algo que me apetece un montón hacer y que creo que puede ser muy útil para todos.

¡Estoy muy emocionada! ¡¡Voy a escribir un libro!! Voy por ahí diciéndoselo a todo el mundo, como si estuviera embarazada.

La meta, como en el NaNoWriMo, serán 50000 palabras. Todos los días actualizaré cuántas llevo. Al final del mes veré lo que he conseguido y seguiré trabajándolo y dándole forma hasta que pueda editarlo de manera más o menos decente.

Por último, anuncio que si al principio la lío un poco con los aspectos técnicos de la cosa, me disculpéis. A mí me gustaría dedicarme a escribir y punto, en vez de andar peleándome con todas las herramientas de la web 2.0 a la vez, pero me temo que no podré hasta que no sea rica y contrate a un cibersecretario.

Os agradezco mucho cada comentario y cada mail a lo largo de la andadura de este blog. Imagino que todo el que va a escribir un libro se pregunta si lo va a leer alguien. Yo que lo va a leer alguien, y aunque lo leyerais solo los que estáis ahora mismo visitando el blog, mi puñadito de fans verdaderos, ya estaría contenta.

Y paro ya, que me pongo tonta.

Para apuntaros a la lista, haced click aquí.

Ojalá que la idea os haga tanta ilusión como a mí. Nos vemos en vuestra bandeja de entrada.

lunes, 29 de octubre de 2012

Ángel y la curiosidad

El sábado por la tarde conocí a Ángel: un lector extremeño que vive en Seattle y que me escribió hace ya dos años para preguntarme sobre la Vipassana. Desde entonces nos mantenemos en contacto intermitente, pero el despiste y las diferencias horarias han atrasado el encuentro por Skype hasta el sábado a las seis de la tarde, hora española, o nueve de la mañana, hora seattlense. Yo estaba nerviosilla. Había visto Anatomía de Grey para ambientarme, porque transcurre en Seattle, y llevaba un rato haciendo tiempo frente al ordenador. No tenía claro cómo iba a resultar eso de hablar por Skype con alguien a quien no había visto nunca.

Cero motivos para la preocupación: Ángel es un encanto. Él se tomó el café matutino y yo mi descafeinado de media tarde. Hablamos un poco de todo: de la vida, el trabajo y el futuro. Intenta mirar el mundo con los ojos anchos; tanto, que en breve deja su curro y se va a viajar por Asia. Os lo voy a preguntar honestamente: ¿no es genial la vida? ¿No es genial que yo esté aquí en San Fernando y pueda hablar de proyectos internacionales con un notas que está en la otra punta del globo?

Hoy te quiero dedicar este post, Ángel. Me gustaron tu sonrisa y tu curiosidad, así que quiero responderte mejor a una de las preguntas que me hiciste cuando hablamos. Más bien es la respuesta ampliada, porque ya te la contesté parcialmente el otro día. Me preguntabas cómo hacía para sobrellevar las penas de mis pacientes además de las mías. Es una pregunta que me han hecho muchas veces. Cuando uno contesta lo mismo muchas veces, acaba respondiendo de forma automática y no se plantea que quizá hayan surgido nuevas respuestas a esa pregunta.

Te contesté de forma estándar. A saber: que a mí me producen mucha más angustia las noticias de la tele que mis pacientes, porque a ellos al menos les puedo ayudar en algo. Que procuro darme cuenta de que cada persona tiene su propio karma o, lo que es lo mismo, su propia colección de momentos para vivir asignados sobre la tierra. Que cuando veo que alguien mejora un poquito es muy gratificante.

Pero ayer pensaba en mis pacientes de la semana y me di cuenta de una cosa. No me llevo el sufrimiento a casa porque no es sólo sufrimiento. Casi nadie sólo sufre. Hay algo que se llama "buscar la parte sana", y quiere decir que está bien darse cuenta de qué áreas de la vida del paciente funcionan todavía bien. La mayoría tiene momentos de mucha luz. Es verdad que los hay que te dan cien patadas y te caen fatal, y también los que no hacen más que quejarse, y quejarse, y quejarse. Pero incluso a esos les puedes encontrar el punto. Se trata de sentarte con ellos e intentar encontrar lo que se le da bien. Y después, algo de lo que reíros juntos.

Además, para mí los pacientes son problemas. Como el cubo de Rubik que tanto nos gusta: son puzles que tienes que resolver. Apañártelas para encontrar las llaves que generan el cambio. Eso hace que enfoque el asunto desde una forma intelectual además de emocional, y que casos que podrían ser dramáticos se conviertan en interesantes. La terapia es una manipulación benevolente, y en mis mejores días gesticulo con las manos sobre la mesa cuando se marchan de la consulta, mientras murmuro "bailad, marionetas, ¡bailad!".

Por último, tengo mucha suerte. Forrest Gump decía que la vida es como una caja de bombones, y es verdad que uno tiene que abrir su propia caja para ver con qué se va encontrando. Pero en mi trabajo puedes observar cómo mucha gente desenvuelve sus bombones. Es como vivir muchas vidas a la vez. Dicen que nadie escarmienta en cabeza ajena, pero si abres bien los ojos y los oídos sí que aprendes algo. Se te ensancha la perspectiva. Percibes que esto es cíclico y que, a largo plazo, la mayoría de los problemas no tienen ninguna importancia.

Así que esta es la forma en la que yo afronto el sufrimiento de los demás. Busco luz, pienso e intento aprender. Y después salgo y me voy a escalar, para desconectar un rato y para ver si así se me ensanchan las espaldas y puedo seguir llevando en peso los secretos ajenos.

jueves, 4 de octubre de 2012

Gordos, soledad y novedades sobre el Acné del Averno

En esta vida hay muchas causas por las que luchar, así que elige una y lucha por ella. En mi caso, yo lucho por disminuir la cantidad de sufrimiento mental que tiene que aguantar la gente. Y ahora mismo, en concreto, mientras roto por Endocrino, soy una mujer en una misión, a saber: evitar la cirugía bariátrica.

La cirugía bariátrica, o reducción de estómago, consiste en que después de haber intentado perder peso un montón de tiempo con un montón de dietas bienintencionadas, sin que nadie te ayude a descubrir qué se esconde detrás de ese hambre que te devora, aterrada de vergüenza y de culpa, hundida porque te parece que el mundo no va a entender ni a aceptar nunca a nadie como tú... decides que lo único que puede hacerse contigo es abrirte en canal y cerrarte el estómago. Anular una parte de estómago y otra de intestino, disminuir tu hambre, limitar la absorción de nutrientes y obligarte por cojones a comer como es debido.

La gente adelgaza, ya lo creo que sí. También se desnutre con frecuencia preocupante, tiene diarreas, vomita, desarrolla problemas de imagen corporal, continúa teniéndole miedo a la comida y a su propio apetito. En mi opinión personal, la cirugía bariátrica es un puto drama. Y lo es porque, en realidad, es cierto que ahora mismo es la medida más efectiva contra la obesidad, y es cierto también que la obesidad en sí es un desastre. Para la imagen, la autoestima y la salud. Recordemos que no estamos hablando de personas con unos kilitos de más, sino de hombres y mujeres con ciento veinte, ciento cincuenta, doscientos kilos.

A mí me gustaría evitar aunque fuera una. Como Dios en Sodoma y Gomorra. Sacar a alguien de esa carnicería. Yo estoy convencida de que la relación con la comida es un noventa por ciento coco y un diez por ciento metabolismo, problemas de salud, genética o llámalo X. Hablas con las pacientes y todas te cuentan lo mismo: la ansiedad, la culpa, la vergüenza. Comer por aburrimiento, por impulso, porque "total, qué más me da". El horror de imaginarse una vida a dieta, las miradas de la gente por la calle y los niños que le dicen a la madre "mira, mami, mira ésa qué gorda". Por el amor de Dios: si incluso el MIR que ha entrado hoy a la consulta con la endocrinóloga ha dicho, literalmente, "qué asco de gordos".

Me generan mucha compasión. Igual que yo con mi AA (que, por cierto, creo que ha vuelto; más detalles en unos párrafos), los gordos se ven obligados a llevar su sufrimiento delante de la gente. Han tenido la desgracia de encontrar para consolarse algo que deja huella. Los demás pueden imaginar la cantidad de donuts, galletas y helados que se han comido y no deberían haber comido. Pueden apuntarles con el dedo y decir: "si tan sólo pusieras un poquito más de tu parte".

Como decía, creo que el AA ha vuelto. No puedo decir que me sorprenda, ni tampoco que no me importe. Creo que es el típico rebrote de otoño, combinado con los altos niveles de estrés que tuve que aguantar este verano, combinado con algún tipo de efecto secundario psicosomático de mis complejos y angustias. Así que estoy otra vez liada con lo mismo: que si mis dietas, mis ejercicios, mi relajación, mi paleofrikismo... mis cuatro cosas de sufridora cutánea. Y bueno, el lunes pasado pedí cita para mi médico de cabecera con un plan: pedir una derivación al dermatólogo y, posteriormente, arrastrarme sobre mis rodillas todo lo que hiciera falta para conseguir una receta de Roacután. Verídico. Era algo como "por el amor de Dios, se me está pasando la vida con esta puta enfermedad de los huevos". No podía más. Sencillamente, no podía más: no podía sola.

Puedo entender a los pacientes que se quieren reducir el estómago. Si yo me pudiera trasplantar entera la piel de la cara, lo haría. El problema es que no puedo, y que el Roacután, de hecho, es un tratamiento muy agresivo con muchos efectos secundarios, que te fríe el hígado, te daña las articulaciones, te reseca las mucosas y es tan perjudicial para un posible embarazo que te obligan a firmar un documento asegurando que vas a tomar la píldora. Y si yo realmente fuera al dermatólogo y le llorara por una receta de Roacután, sería un poco bastante hipócrita: dejándome la salud por el camino para tener una cara bonita durante un tiempo variable (porque el AA es como el mar: siempre vuelve).

Así que bueno, es una mierda esto de tener que llevar el propio dolor a la vista de todos. De verdad, es un ascazo. La pérdida de control, la vergüenza, el picor, el miedo. Leí hace poco la experiencia de otra chica con acné que utilizaba la expresión "inflicting my face on people". Algo como infligir mi cara a la gente. Es exactamente así como me siento en los días malos, y es (insisto) un sentimiento de mierda. Aun así, no os creáis; no lo llevo ni la mitad de mal que otras veces. Ando aquí experimentando con la enésima dieta superrestrictiva, durmiendo un montón y procurando tomarme la historia con calma. Ya se curará (o no).

Creo que ya lo conté, pero una de mis líneas de investigación sobre el AA fue la lectura de un libro sobre enfermedades psicosomáticas de la piel llamado Skin Deep. En él hablaba de que los problemas de piel cumplen una función en la vida de la persona, y tenías que buscar cuál era la que pensabas que se identificaba más contigo. Yo elegí dos. La primera era "your skin is playing sexual policeman", es decir: hacer de policía sexual. Creedme que es mucho más fácil pensar que la gente no te quiere por tu piel horrible que porque no les gusta cómo eres. Cuando me siento mal por el AA, ni siquiera me planteo intentar mínimamente ligar con alguien. No miro a los tíos a la cara.

La segunda era "your skin is telling the world you're not perfect". Tu piel le dice al mundo que no eres perfecta. Hay que joderse, pienso yo. ¡Claro que no soy perfecta! Claro que sufro. Sufro porque a veces me siento sola y tengo miedo del futuro, y a veces me da miedo la muerte, o que se me pase la vida, o que nadie más vuelva a abrazarme NUNCA, y la pobreza, y tener que volver a la casa familiar. Me da miedo la enfermedad mental, que toda la gente a la que quiero algún día se alejará o morirá. Me da miedo quedarme sola mientras todo el mundo forma hermosas familias felices, me da mucho, mucho miedo pasarme la vida probando dietas y milagros para librarme de esta puñetera lacra, pendiente de cómo me sientan las cosas, sin ser capaz de salir, tomarme una cerveza y un trozo de pizza, acostarme tarde y dormir poco.

Hoy es uno de esos días en los que me pregunto de qué coño va esto de la radical sinceridad bloguera, y qué clase de placer perverso encuentro en contaros mi vida. No lo sé. Algunas personas lo hacemos. Pienso en Geneen Roth, una autora que escribe precisamente sobre problemas de alimentación y que habla de su vida, sus desamores, sus problemas familiares y sus sentimientos con una crudeza impactante. Algunos lo hacemos. Pienso en cómo me siento cuando la leo y en qué misterioso mecanismo hace que saber que otras personas también pelean dificultosamente para salir adelante te haga sentir mejor.

Al final, lo malo de la gordura, del acné, de la diabetes, de otros mil problemas, otras mil historias de salud, es que nos aíslan. Me hablaba hoy una paciente de cuando le pusieron a dieta siendo niña y de cómo veía a las demás desayunar mientras ella sólo podía tragarse una pastillita verde con un vaso de agua. Dice que cree que lleva desde entonces intentando alimentar la privación de esa niña. Igual que ella quería sentarse a desayunar con las demás, yo a veces sólo quiero poder pedirme un mollete con aceite y un café con leche, y no preocuparme del gluten, del cortisol y la cafeína, de las proteínas y hormonas de la leche, de la inflamación, la hipoglucemia y todas esas mierdas.

Lo malo del AA es el aislamiento. Así que digo yo que esa es la respuesta: por eso lo escribo.

Pero supongo que al final todos estamos solos.

martes, 18 de septiembre de 2012

Reflexiones poco coherentes sobre currar en un hospital, volumen 1

Es curioso, pero la enfermedad mental me genera mucha más compasión que la física. Es ir por el hospital viendo a todos esos ancianos pluripatológicos y mi sensación, más que de comprensión y solidaridad por su sufrimiento, es que algo va muy, muy mal. "La esperanza de vida ha aumentado gracias a los avances en medicina", me dice mi madre, orgullosa, y yo pienso que para ser una especie de zombi dolorido que se mantiene vivo a base de insulina, estatinas y antihipertensivos, aliñado con analgésicos que van del gelocatil a la morfina, y regado todo ello con una generosa dosis de omeprazol que evite que se te agujeree el estómago, prefiero morirme.

Hoy estábamos atendiendo a un anciano en la interconsulta. Interconsulta quiere decir que te avisan de otros servicios del hospital porque los pacientes necesitan ayuda psicológica o psiquiátrica. Del rollo de "paciente ingresado durante un año dice estar deprimido" (lógico) o "paciente de 27 años con intervención de quiste medular que ha resultado en paraplejia verbaliza sintomatología ansiosa" (y quién no). El anciano de hoy, más que deprimido, estaba cabreado. "Si es que yo no he bebido nunca alcohol, señorita", decía, "ni fumado tabaco. Yo esperaba poder disfrutar de mi vejez y mi vejez me ha engañado". Luego decía que se le estaba clavando la cuña en la espalda y gritaba algo como "¿usted se cree que se le puede hacer esto a un cristiano?".

Su puntito histriónico lo tenía, el buen señor.

Los martes por la tarde me quedo en la UCI pediátrica, y como ahora paso toda la mañana dando vueltas por el hospital, procuro salir a comer fuera para despejarme. Hoy estaba el día un poco nublado, y como ahora me he vuelto nortéfila, casi agradecía el punto melancólico y el relativo fresquito del mediodía. Camino hacia la orilla de la playa, extiendo el pañuelo con estrellitas que llevaba en el cuello esta mañana y me siento encima con las piernas cruzadas. Me tomo mi cartón de gazpacho del Mercadona y unos pastelitos de bonitato y salmón que cociné ayer en el horno.

Después entro otra vez en el hospital, me pongo la bata, suspiro. Lo de ponerse la bata está lleno como de resignación, y al mismo tiempo te da cierto poder extraño. La bata dentro del hospital te cambia. Los médicos te saludan aunque no te conozcan, la gente te deja sitio en el ascensor, todo el que te ve caminar asume que tienes algo que hacer y que es importante.

Me resulta curioso que, a estas alturas de la vida y después de haber jurado que no quería ser médico, esté trabajando ahora en un hospital. Me siento un poco como jugando a Anatomía de Grey, y tengo que esforzarme por recordar que mi misión en esta vida no es entender cómo se insuliniza a un paciente. Me doy cuenta una vez más de que las cosas que nos interesan a mí y a mis locos compañeros de Salud Mental, en general al resto de la gente le importa un pimiento. A mí me resulta extraño lo de los médicos. ¿Cómo se pueden disociar los síntomas físicos de la vida de la persona? ¿Por qué no les entra curiosidad por saber qué hace que la obesa mórbida no pueda dejar de comer, o que el adolescente se niegue a controlarse la diabetes?

Puede sonar raro, pero me sentía mucho más cómoda en Agudos. Los locos son ciento cincuenta millones de veces más interesantes, sorprendentes, variados y (para mi gusto) dignos de compasión que los enfermos somáticos. Que te cuenten que les duele mucho la planta de los pies porque no les llega el riego sanguíneo no se puede comparar a que te cuenten que, de repente, todos los policías de la comisaría del pueblo se han convertido en zombis. Supongo que sobre gustos no hay nada escrito.

En general, en estos días, al llegar a casa tengo que sacudirme el poso de la enfermedad como si fuera un olor persistente que se te ha quedado pegado. Mirarme los pies y congratularme de que no tengan úlceras, agradecer a mi páncreas su funcionamiento razonablemente eficiente, tocarme la cintura para asegurarme de que no acumulo michelines que me van a llevar a la diabetes. Recordar que nada de lo que haga es un seguro para que la vejez no me traicione y, a la vez, que no debo aplazar las cosas.

Interesante currar en un hospital, cierto. Pero me alegro de que mañana sea miércoles, que son los días de Vejer, de la terapia con Anxo y de esos momentos en los que te das cuenta de que las palabras son tan poderosas como las estatinas, y de que con cuatro paredes, imaginación y un poco de amor por el riesgo y de amor a secas, en una buena consulta de psicologia puede pasar cualquier cosa.

lunes, 25 de junio de 2012

CT

Estoy sentada junto a la orientadora laboral que viene una vez al mes a la Comunidad Terapéutica. Le he dicho que quiero verla trabajar, así que observo cómo aconseja a los pacientes para insertarse en el mundo laboral.

La Comunidad Terapéutica es un poco como el sótano de unos grandes almacenes, en el sentido de que por mucho que bajes, ya no hay nada más. Te has quedado sin recursos, y todo lo que le queda al paciente después de los intentos por tratarle ambulatoriamente, después de las crisis espectaculares y los ingresos en Agudos, es esto. Vivir allí o acudir a media pensión, pasar la mañana en talleres variados, pasear por los pinares y aprender a gestionar su propia medicación. Si pueden, insertarse en la vida con el porcentaje de minusvalía que les corresponda.

Si os digo la verdad, ahora pienso que antes de empezar el PIR no tenía ni puta idea de en qué consistía. Al menos desde el punto de vista existencial. No sabía que el sufrimiento mental podía ser tan intenso y tener tantas caras. Ahora creo que uno va por los distintos dispositivos y que a cada uno debe encontrarle un sentido. Los objetivos de cada rotación, los que te enumeran en el BOE para aprobarte después el curso de residencia, son secundarios; lo importante es hallar tu tarea principal en cada lugar.

En Agudos, por ejemplo, yo trataba de entender. No desde un punto de vista biológico, en plan que si el eje dopaminérgico se hiperactiva y tú te pones a delirar como un chalao, sino desde un punto de vista más intuitivo, más visceral. Qué ha llevado a esta persona a acabar amarrada en una cama llamándole George Clooney al psicólogo de la planta. Suele haber mucho más detrás; el delirio es falso, las alucinaciones son malas pasadas de tu cerebro, pero el sufrimiento es real y ésta es la única forma que estás encontrando para expresarlo. Así que aunque a veces sintiera que no podía hacer mucho más que esperar a que esponjara el Risperdal, al menos intentaba entender, abría mucho los oídos y los ojos, y de esa forma por lo menos no me sentía inútil. Si me apuráis, creo que sencillamente comprender a alguien, comprenderle de verdad y desde tus huesos, le da una entidad a su sufrimiento y le ayuda de una forma silenciosa.

Ahora, en la Comunidad Terapéutica, busco mi misión. Las dos primeras semanas casi me deprimo en serio. Aquello es menos estrambótico que la planta, pero mucho más duro. Los pacientes van de un taller a otro mirando el reloj para ver cuándo llega la hora de marcharse a fumar un cigarro. Y si te fijas en sus caras abotargadas por la medicación, te das cuenta de que la mayoría no es que esté aburrido, ni enfadado. La mayoría tiene la cara triste: están muy, muy tristes.

Hace algún tiempo una chica me dijo que, según los budistas, estar loco era una forma inferior de reencarnación, como una penitencia kármica. Me pareció cruel, pero es verdad que cuando uno mira a los pacientes no se puede librar del pensamiento de que sus vidas están recortadas para siempre. Y no me estoy refiriendo al estigma social, al síndrome metabólico de los antipsicóticos ni a los dramas que vive la mayoría en su casa y en su barrio. Me refiero a su sensibilidad, a la capacidad para percibir el mundo y relacionarse con los otros. Parece que les hayan recubierto el alma de corcho, y que los restos de angustia psicótica que les ha dejado la medicación sean lo poco real que les queda.

Entra al despacho uno de los pacientes: un chico jovencito que debutó con un episodio delirante hace un par de años. Es un chico aplicado, que va a todas las actividades aunque le cueste seguirlas, y ahora se nota que está poniendo todo su esfuerzo en enterarse de los talleres que la orientadora le va enumerando. Entonces ella menciona el de vidrieras y le explica que puede aprender a trabajar con cristales de colores como los de las iglesias. A él se le ilumina la cara, y a partir de ahí no quiere saber nada más de los otros talleres, "a mí me ha gustado el de los vidrios", repite. Yo miro sus ojos iluminados y pienso que me gustaría sacarle una foto; la chica no ha encendido la luz del despacho, así que el resplandor grisáceo del nublado se cuela por la ventana y se refleja en su piel. Parece tan sinceramente entusiasmado con los vidrios de colores. A mí se me está partiendo el corazón y no sé por qué.

Lo intuí al principio y lo confirmo ahora. Mi labor en la Comunidad Terapéutica es devolverles la dignidad a mis pacientes. Intentar aceptar en algún lugar de mi corazón que la vida que les ha tocado vivir es ésta, y que yo soy la primera que tiene que darle un valor si quiero que ellos también se lo den. Es complicado, porque la compasión y la condescendencia están demasiado cerca, y una siente en los huesos que la vida es injusta de verdad. Pero intento mentalizarme de esto todos los días, y creo que es lo más importante que puedo aprender aquí. Que todo está iluminado, como la cara de mi paciente pensando en vidrios de colores frente a la ventana del despacho. Que todos importamos. Que todo importa.

miércoles, 6 de junio de 2012

Carta a un MIR de psiquiatría

Hey, MIR:

Hoy te quiero escribir concretamente a ti para contarte una cosa bonita. Hemos estado tomando algo al mediodía y me ha encantado verte, como siempre. Llevo regular este cambio de rotación. Cada vez que te adaptas a un sitio y después tienes que irte es un poco como ser expulsado... no exactamente del paraíso, pero sí de un lugar al que ya te habías acostumbrado. Como minidespidos sucesivos: el PIR es una ETT constante. Así que me consuela verte y que me cuentes cómo van las cosas en la Unidad.

No es fácil esto, ¿eh, MIR? Por eso me gusta charlar contigo desde que te conocí: porque eres objetivo sin perder el optimismo, y porque desde el principio te tomaste este camino como lo que es. Nada perfecto pero sí bastante interesante. Por eso te quiero contar que esta tarde, después de comer y echar una mini siesta, he cogido la furgo y me he ido al centro de salud donde estuve rotando el año pasado. Allí me empeñé en ver pacientes aunque en principio no estuviera previsto, porque me parecía que podía ser útil. Presenté el proyecto, a la directora le pareció bien y me abrieron una agenda los lunes por la tarde.

Ahora imagíname, MIR, todos los lunes de julio y agosto, desde las tres hasta las siete, viendo pacientes nuevos como si no hubiera un mañana. Uno cada media hora. Yo en la consulta, el centro casi en penumbra, la playa a trescientos metros, mis camisetas de tirantes gritando debajo de la bata. De aquellas consultas recuerdo un batiburillo de penas y a mí intentando hacerlo lo mejor que podía. La idea era ver a los pacientes una o como mucho dos veces y luego mandarlos otra vez a su médico de cabecera.

Hoy estaba un poco triste, MIR, porque a veces siento que no llego. Me siento una farsa profesional, verídico: con todo mi desastre a cuestas, creyendo que podría hacer mucho más, que a veces me limito a apagar fuegos. He vuelto a primaria para revisar las consultas que hice el año pasado, porque voy a publicar un poster con los resultados y quería echar cuentas. Cuántos pacientes vi, a cuántos derivé, cuántos mejoraron. El objetivo era evitar que pequeños problemas se conviertan en grandes trastornos. Transmitir un poco eso que tú y yo sabemos: que la vida no es perfecta, que a veces uno está triste, o angustiado, o se siente solo, pero que eso no quiere decir que necesite ir a un centro de salud mental.

He empezado a repasar historias. De la mayoría aún me acordaba: del chico de la alopecia, de la chavala que estaba deprimida porque, después de mucho tiempo pidiéndoselo, su novio francés se había venido a vivir a Cádiz y no sabía qué hacer con él. De la mujer que adelgazaba sin parar y estaba convencida de que nadie podía verla. Del señor con infarto de miocardio que se había quedado asustado para siempre.

En total, veintisiete pacientes, MIR. Que no está mal para menos de dos meses. De esos veintisiete, sólo uno tuvo que ir después a salud mental. Uno. Los demás siguieron con sus vidas, y si miras el resto de la historia la mayoría vuelve a su médico a contar catarros y esguinces de tobillo. Alguno se queja otra vez de ansiedad o de tristeza, pero son los menos.

Y entonces me entra una cosa por dentro que igual se puede llamar orgullo. Porque cuando me fui del centro de salud intenté seguir con las consultas, pero no fue posible. No ahondemos en las razones, que los blogs los carga el diablo. El caso es que a pesar de eso, ahí están esos veintisiete pacientes, ¿sabes? Que son veintisiete personas con veintisiete vidas, y no es que yo se las arreglase, pero se les dio una respuesta, se intentó aliviar su sufrimiento, hubo un cambio.

Por eso estamos aquí, MIR. Igual yo soy un poco farsa como psicóloga a veces, y seguro que podría hacerlo mejor. El sistema también podría ser mejor. Tú y yo podríamos estar más contentos, en general, o por lo menos sentir que estos cuatro años nos están llevando hacia algún puerto medio seguro. No siempre es así. A veces nos balanceamos en lo precario de este extraño presente. Aun así, resistimos. Tenemos que resistir. Por todo: por esos momentos en consulta en los que sientes que estás conectando con alguien y que sólo por eso merece la pena. Por las cocacolas compartidas y el tabaco de liar al sol. Porque nos reímos casi siempre. Y por los pacientes, MIR, sobre todo por eso; porque a veces pasa, a veces hay un cambio, a veces significas algo. Y en ese momento, tú y yo lo sabemos, todo lo demás merece la pena más que de sobra.

viernes, 4 de mayo de 2012

Preocupante pesimismo de viernes

Una unidad de agudos, en realidad, es igual que en las pelis. Los pacientes paseando con la mirada ida, los mutistas, los agresivos, los maniacos. Uno que canturrea solo, otra que se desmaya de histerismo en medio del pasillo, otro que necesita correr en calcetines por las noches porque si no, no puede dormir. Los contenidos, amarrados a sus camas y gritando "¡Dejadme salir! ¡Yo no estoy loco!". Los que bajan por las mañanas a que les den terapia electroconvulsiva. Y, aun así, tú te acostumbras a eso, entras, sales, saludas, sonríes, intentas trabajar y te tomas tus yogures a media mañana. Como en todos lados, hay momentos aburridos, y también días desesperantes en los que te harías una camiseta que pusiera "no te voy a dar el alta hoy por mucho que te empeñes" o "no, aquí no se puede fumar".

Otros días, sin embargo, la realidad te atrapa y te sobrecoge, y tú no puedes más que asistir boquiabierto y asombrado a las muchas maneras de sufrir que tiene la gente. Y yo hoy me he reído y casi he llorado también cuando después de su entrevista la pequeñita se resistía a marcharse del despacho, y nos miraba a los ojos, y nos preguntaba si íbamos a acordarnos después de ella... y antes de cerrar la puerta me ha dicho adiós con la mano, así enfundada en su bata naranja, y el psicólogo me ha mirado y me ha dicho "qué ganas tiene de establecer un vínculo, ¿verdad?". Y yo me he tenido que morder los labios para no llorar.

Porque en una unidad de agudos uno puede ver de verdad que la soledad y el abandono taran a la gente, y que algunas familias, algunos entornos, convierten a ciertos seres sensibles en carne de cañón. Buceas por las historias de pacientes antiguos y ves ingresos y más ingresos y salidas y otros ingresos, listas y listas de fármacos, diagnósticos, entrevistas. Todas las veces que alguien se ha sentado delante de ese paciente y le ha preguntado "a ver, qué te pasa", y tú como profesional lo haces con la mejor intención, claro, pero no puedes obviar la realidad de que después te vas a tu casa y tus pacientes se quedan solos. También la pequeñita. A mí de verdad que a ratos me estruja el corazón pensar que ahora estoy aquí en mi casa y que ellos están tumbados en las habitaciones azules de la planta, con esos pijamas tan horrorosos que les dan, en medio de su angustia o de su pena. Esa angustia psicótica tan solitaria, esa certeza de que el mundo es raro y tú no entiendes las cosas y hay mucha gente que quiere hacerte daño sin que sepas por qué. Que en realidad no se diferencia de la angustia de cualquiera más que en una cuestión de grado.

Abro el google y no sé por qué mierda pero me salta siempre con publicidad de periódicos que no quiero leer y estúpidos artículos de suplemento para mujeres. Ventajas de ser soltera, se titula uno: anímate, la soltería está de moda. Sustitutos para el sexo, se llama otro, verídico, y menciona el chocolate, el deporte y la danza del vientre. Yo me cabreo porque no es esa la solución. Porque todos necesitamos vincularnos hasta el punto de terminar haciéndonos los remolones para salir del despacho del psiquiatra que nos trata. Necesitamos amor de una forma enorme e indescriptible, y no es malo, no es nada malo, es completamente normal, y la solución no es atiborrarse de chocolate mientras se piensa en lo genial que es ser independiente. No sé cuál es la solución, pero estoy harta de solterismo irracional y también de familias taradas. Los humanos venimos mal hecho, faltos de equipamiento, incapaces para el vivir, y al final los que pagan el pato son mis queridos renglones torcidos de Dios, que vagan por los dispositivos de salud mental preguntándose qué les está pasando.

Esta tarde tenía muchas cosas que hacer y al final me he escaqueado de la mitad. Porque ha sido una mañana dura, aunque bonita, aunque dura, y necesitaba descansar de ella. Todavía no sé si quiero seguir toda la vida en esto. Me enseña cosas, está claro, seguramente las cosas más importantes que puede aprender uno, y a veces pienso que tiene la culpa de que se me esté poniendo esta cara de adulta que apenas reconozco. Pero a veces me pregunto si el precio que tengo que pagar por aprenderlas no puede llegar a ser demasiado alto.

miércoles, 28 de marzo de 2012

El típico post que desde el principio se gana la etiqueta de "Cosas absurdas que sólo me interesan a mí"

NOTA PREVIA: como este post trata sobre nutrición, aprovecho para decir que si alguien tiene interés por las soluciones dietéticas/naturales al Acné del Averno, puede escribirme a massobreloslunes (arroba) gmail.com y le mando un documento que he elaborado al respecto. También os agradecería que difundierais la información si conocéis a alguien que sufra este problema. FIN DE LA NOTA PREVIA.

Quería escribir sobre la huelga, pero tengo tantas lagunas en política y economía que iba a quedar cutre como el infierno. Así que resumo: yo voy a la huelga. Porque no me gusta lo que veo. Y porque si no voy yo, que soy joven, sin cargas, que me puedo permitir un bocado en la nómina, que no voy a ser despedida ni, de hecho, contratada cuando termine el PIR... entonces decidme a mí quién cojones va. Así que eso: que voy.

Por lo demás... mi vida prosigue en su tranquilo cauce. No ha aparecido la ballena, pero sí un pescadito curioso en forma de viaje de escalada a Marruecos la semana que viene. En otro orden de cosas, últimamente paso la mayor parte de mi tiempo libre haciendo cosas inmensamente frikis, como entrenar en el rocódromo con inusitado empeño o leer sobre teorías psicológicas de la obesidad.

Resulta que en los paleoforos la última idea sobre la obesidad tiene que ver con lo que se llama "food reward", o recompensa alimentaria. El tema es, resumiendo, que la comida que comemos en la actualidad está tan procesada, inundada de sabor y texturas y sumamente llena de calorías que actúa sobre nuestro cerebro como una droga, nos motiva a conseguir cada vez más y nos impide saber cuándo estamos realmente llenos.

A mí la nutrición me fascina. Es curioso, porque antes de toda esta historia del Acné del Averno me importaba un carajal, más o menos. Tenía mis ideas sobre lo que era "comer de todo", y una vaga intuición de que lo integral era mejor que lo refinado. Desde que empecé a investigar la nutrición paleo se me ha abierto una ventana al futuro y está llena de comida.

Lo de la comida como recompensa me tiene subyugada. Llevo tres días leyendo sin parar sobre el asunto y contándoselo a quien me quiera oír. Que la comida tenga poder sobre ti creo que es algo que sólo se entiende si la comida tiene poder sobre ti. Y sobre mí lo tiene. No sólo el chocolate. Me gustan los sabores fuertes, las texturas, lo agridulce, lo ácido. Me gusta que la comida me estimule, me entretenga y me consuele. Y bueno, resulta que eso puede ser un problema en un momento dado. Porque cuando la comida no es comida, sino droga en el sentido cerebral de la palabra, no la valoramos como comida, sino como una droga. ¿Cómo funcionan las drogas? Dejándonos siempre con ganas de más.

Es un tema precioso del que tal día como hoy podría hablar hasta el infinito. De hecho, ni siquiera pensaba escribir hoy sobre ello. Me parece la típica frikada que no le importa a nadie nada más que a mí. Pero es una teoría tan sumamente bonita y explicativa que de verdad que creo que puede marcar el futuro de la investigación sobre obesidad. El hecho de alimentarse todo el rato con comida rápida e hiperprocesada trastorna tanto tu cerebro que hace que pierda el norte acerca de qué peso y porcentaje de grasa corporal es ideal para ti; de esta forma, te vuelves incapaz de regular tu ingesta y te pones gordo como un zollo.

(Vale, igual este post está siendo un coñazo. Si habéis llegado hasta aquí y comentáis, decid "gatito".)

Stephan Guyenet, un bioquímico americano que está hecho una máquina de divulgar vía este blog y que se ha convertido en la última semana en mi ídolo-absoluto-al-que-me-tiraría-sólo-por-lo-mucho-que-me-mola-lo-que-investiga, propone soluciones para todo este asunto de la adicción de la comida. Soluciones que pasan por un camino tan trillado como novedoso: SIMPLIFICA. Evita los alimentos procesados. Deja de echarle mayonesa a todo. Usa menos sal. Usa menos aliños. Disminuye la variedad de tus comidas. No salgas tanto a comer fuera. Come tus comidas una por una. Yo añadiría: no hagas de la comida tu principal fuente de placer. Encuentra formas alternativas de divertirte, de relacionarte, de aliviar el estrés.

La gente escucha estas cosas y se echa las manos a la cabeza. ¿Qué? ¿Renunciar a la comida superrica? ¿Renunciar a mis oasis de placer y autosatisfacción en medio de una vida estresante y ocupada? A nadie le gusta escuchar esto. Queremos creer que si quitamos las grasas, o quitamos los carbohidratos, o sólo comemos proteínas puras y salvado de avena, podremos prepararnos cosas igualmente buenas y permanecer delgados.

Y bueno, el tema no es la comida. Aunque la comida es muy importante. El tema es un poco el concepto, ¿sabéis? El concepto de la simplicidad, del sacrificio o de lo que verdaderamente importa en la vida. El hecho de juntarse para consumir cosas (objetos, alimentos, bebidas, drogas) en vez de para hacer cosas. Escalar me gusta por muchas razones, pero una de las más importantes es que no consumes nada, aparte del material y las barritas de muesli. Vas allí a hacer algo. Algo que te importa mientras lo haces, por la simple satisfacción de hacerlo, por superarte a ti mismo, por poner a prueba tus límites. Sobrepasas la incomodidad física, el dolor y el miedo. Vives, joder.

Así que si este asunto de la comida como recompensa y de la dieta simple como solución se populariza, no tengo claro que guste. A nadie le gusta darse cuenta de que parte de la solución a lo mejor es disminuir un poco el nivel de placer que se espera obtener con las cosas. Dejar de enfocar la vida como si fuera un surtidor de sensaciones. En fin, yo qué sé. Este mundo cada vez me gusta menos. Cada vez querría imaginarme más en un entorno tranquilo, menos estimulante, más silencioso. Donde las horas fueran más largas. Donde poder leer en un rincón o compartir historias bonitas. Donde escribir y escalar, claro.

Y lo dejo aquí, que se me ha ido el coco y que en mi camino hacia la simplicidad voy a tener que dejar este blog para ver si consigo irme a dormir antes.

jueves, 9 de febrero de 2012

Puntos gatillo

A veces le pregunto a la gente si le gusta su trabajo. No por juzgar si han acertado o no, sino porque quiero saber qué se siente siendo pescadero, o taxista, o ingeniero eléctrico a sueldo del ayuntamiento. Si están contentos con la forma en que están empleando sus horas. A mí me gusta tanto el mío que me da penita cuando veo a la gente vender su tiempo a cambio de dinero sin obtener nada a cambio. Como le comentaba hoy a M., es como cuando una mujer te dice que nunca ha tenido un orgasmo; la miras pensando que no sabe lo que se pierde.

Hoy, mientras la fisio me masajea el tobillo izquierdo, reflexiono sobre cómo será pasar los días tocando a desconocidos e intentando acabar con su dolor. Cierro los ojos, ladeo la cabeza y me dejo mecer por la musiquita relajante con piar de pájaros que sale desde unos altavoces escondidos. Me pregunta en qué trabajo, y cuando le digo que soy psicóloga me cuenta que ella cree que su profesión también tiene mucho de psicológico. Que empieza a tocar espaldas y cuellos doloridos y al final salen emociones enterradas. No me extraña, en realidad: da a una persona atención en una habitación cerrada y llorará de alivio solo por tener a alguien que le escuche.

Te voy a tocar los puntos gatillo ahora, me dice, y empieza a clavarme el pulgar en los tendones. Me quejo suavemente, pero un poco por avisar, que yo aguanto bien el dolor. Ahora empezará a disminuir, aclara ella, y es cierto: después de un rato de presión, el dolor se disuelve. Le pido que me explique lo de los puntos gatillo. "Los músculos acumulan tensión en ciertas áreas y allí se forma una isquemia, un lugar donde la sangre no llega bien. Lo pulsamos con los dedos y la sangre acude. Eso causa el dolor, pero también hace que la zona se irrigue y que sea más fácil sanarla."

Cambiemos de escenario. Estamos en consulta un paciente, el psicólogo de la Unidad y yo, y hablamos de su episodio psicótico y de su infancia. El psicólogo ha dibujado una línea con boli sobre la parte trasera de un papel en sucio, y al principio ha marcado los momentos dolorosos con rayitas verticales y el episodio actual con un círculo negro.

Entonces el paciente comienza a quejarse de las voces que se escuchan en la habitación de al lado. Está muy enfadado y quiere levantarse para pedirles que dejen de hablar de él, que no le falten al respeto. Y cuando el psicólogo le pide que se centre y le trae de vuelta a la hoja de papel, a las dolorosas rayitas verticales, agarra el bolígrafo casi con violencia. Prolonga la línea hasta el final del folio. Aquí estoy yo, dice señalando el final de su adolescencia dibujada. Y hacia aquí seguiré. Marca una flecha. Y mañana estaré aquí, y aquí habrá otro episodio psicótico. Dibuja un garabato violento. Y pasado mañana estaré aquí - otra flecha -, y habrá otro brote psicótico - otro garabato -, y entretanto está mi corazón, que a veces va despacio y a veces va deprisa, pero que me duele tanto, tanto...

Se lleva la mano al pecho y levanta los ojos hacia nosotros, desolado.

Hoy estoy muy cansada. No estoy escribiendo a gusto. No tiene que ver con nada: ha sido una mañana larga, hemos tenido comida de trabajo y luego he estado tomando un café en Puerto Real con el Kpot. Me ha acompañado a la parada del autobús para Cádiz, y nos hemos reído muchísimo mientras tramábamos planes conjuntos para conquistar a DDM sentados sobre un banquito de piedra helada. Después la fisio, yo pensando que estoy dispuesta a pagar todas las sesiones que haga falta solo por tener esta sensación tan agradable de que alguien va a hacerse cargo de mi dolor. Y los puntos gatillo. Los lugares donde pulsar para que acuda la sangre.

Pienso en mi paciente. El día que llegó a la Unidad nos explicaba que la olanzapina, que es un neuroléptico, se la habían recetado para sus problemas cardíacos. Creíamos que estaba negando la realidad, pero hoy entiendo que en el fondo es cierto. Que le damos fármacos porque le duele el corazón. Todos tenemos puntos gatillo y una manera distinta de contraer el alma para protegerlos. Y en días como hoy, mientras calibro moviendo el tobillo si está mejor o peor que antes de que me lo manipularan, me pregunto si siempre son capaces de sanar o si a veces la isquemia es tan grave que no hay pulsación bienintencionada que pueda arreglar el daño.

sábado, 21 de enero de 2012

Locos, II

Esta semana ha sido estupenda. Me gusta mucho, mucho Agudos. Mucho hasta el punto de tener ganas verdaderas de ir a trabajar por las mañanas, que es algo que no me ha llegado a pasar en otros dispositivos. Pero es que es superguay. Os cuento un poco, y si me pongo pesada con el tema me lo decís e intentaré reprimirme.

La Unidad de Salud Mental es una planta del hospital. Se llega por una puerta a la que tienes que llamar para que te abran o por un ascensor que te deja allí directamente; para bajar sí hace falta llave. Simplemente subir por las mañanas en ese ascensor y pulsar la cuarta me hace sentir un poco peligrosa: ahí voy yo, pienso, caminando decidida hacia la locura. En cuanto sales al vestíbulo ves el cotarro: enfermeros, celadores y los pacientes con sus pijamas azul desteñido, sus zapatillas y a veces sus batas de andar por casa. Unos están sentados, otros hablan y otros simplemente deambulan por allí.

"¿Aquello es como en las películas?", me pregunta la gente. Pues un poco sí. El otro día entré en un grupo clavado a los de "Alguien voló sobre el nido del cuco", con su maníaca agresiva, su catatónico con la mirada perdida al que los demás intentan convencer para que hable y sus paranoides apoyándose entre sí en la idea de que claro que la tele se comunica contigo con mensajes secretos, hombre: a mí también me pasa. A veces hay que amarrar pacientes a la cama y gritan; otros lloran a voces, insultan a sus familiares, se pegan o saltan el mostrador de enfermería amenazando al personal con un cepillo de dientes. La mayoría del tiempo, por otra parte, el ambiente es más o menos tranquilo.

Es un sitio tragicómico. La octava vez que una paciente entra en la consulta diciendo que no se va a poner el inyectable ni muerta y que se quiere ir a su casa PERO YA te tienes que reír, porque no te queda otra. Pero otras veces, la mayoría de las veces, de hecho, intuyes el sufrimiento y la soledad del trastorno mental grave y te estremece. Yo siempre digo que todos estamos rotos en algún punto, pero estas personas están rotas de verdad. Les faltan piezas de la mente que los demás traemos más o menos de serie: el sentido del yo, la percepción adecuada de la realidad, la capacidad de confiar en la gente. Lo que más me afecta es la fuerte sensación de que su cabeza se ha estropeado porque no podían aguantar la presión del entorno. Que se han roto por sufrir. Hay muchos locos con historias de maltratos, abusos y crianza inadecuada. Entonces tú te imaginas el grado de dolor que hace falta para que hayan llegado a donde están y se te ponen los pelos de punta.

A veces voy por el pasillo y veo a algún paciente solo, sentado en la galería, recibiendo el sol a través de los cristales. En un aire que siempre está un poco enrarecido porque no se pueden abrir las ventanas para que no se tire nadie. Otras veces los ves en el taller, dibujando, o coloreando, o haciendo estiramientos, como niños grandes en un colegio raro.

Yo nunca pienso en mis pacientes cuando estoy en mi casa, eso es así; tengo una capacidad casi psicopática para desconectar cuando salgo del curro y, sin embargo, hace un rato me he descubierto imaginándome a los internos de la Unidad en estos momentos, tumbados en sus camas. Solos de verdad. No solos como yo en mi piso de la Viña, con mi ordenador y mi blog y mi Vetusta Morla y mis movidas, no. Solos nivel no entiendo por qué la gente que se supone que me quiere me ha encerrado aquí, o nivel no sé qué cojones he hecho con mi vida para acabar ingresado en Salud Mental.

Y planteado así no sé por qué me gusta tanto. A lo mejor es porque, aunque no tengas claro si puedes ayudar mucho, al menos quieres intentar entender, y sólo entender algunas cosas, vislumbrar un pedazo de verdad a tu alrededor, ya me parece bonito. Porque ponerse en juego y poder sentir cosas también es bonito. Porque atisbas la posibilidad de descubrir qué tienen de sano los locos y qué tienen de loco los sanos. Y porque está guay intentar, o creer al menos, o llámalo X, que en la enorme capa de dolor que cubre el mundo esta niña de aquí intenta ser parte de la solución en vez de parte del problema.

PD: Creo que es la primera entrada que etiqueto a la vez como "Contenta" y como "Penita".

jueves, 19 de enero de 2012

Locos, I

Estoy en consulta con el psicólogo de la Unidad de Agudos. Delante tenemos a un paciente que está convencido de que su madre le ha internado para poder incapacitarlo y quedarse con su piso. Insiste en que él llevaba meses tomándose todos los días el Risperdal en gotas delante de su médico y en que cuando le quisieron cambiar la medicación por un inyectable fue a denunciarlo al juzgado de guardia.

Lo tengo todo en una carpeta, dice, ¿quiere que vaya a buscarla?

El psicólogo se lo piensa unos nanosegundos y después asiente. El paciente vuelve a los cinco minutos con una gruesa carpeta de cuero que abre con una llavecita, y a mí me enternece muchísimo que abra su carpeta con una llave y no sé por qué. Empieza a cubrir la mesa con papeles y a explicarnos qué es cada uno: ésta es la cita con el médico, ésta es la denuncia que hice al juzgado de guardia, ésta es la solicitud que tengo que presentar para la entrevista de trabajo. Para él todos esos papeles demuestran su teoría con una claridad abrumadora. Después de escucharle un rato el psicólogo carraspea, "tenemos cosas que hacer", le dice, y él nos mira con ojos desolados desde detrás de sus papeles porque sabe que no le estamos creyendo.

Entonces me acuerdo de Sandra, una niña de ocho años a la que estuve viendo el año pasado en el Equipo. Tenía el pelo rubio, los ojos azules, un padre en la cárcel y una madre heroinómana. Venía con su abuela, que había asumido la custodia y la vestía de punta en blanco. Cuando yo salía a buscarla y la veía balancear sus calcetines de colegio de monjas en la silla de la sala de espera, se me alegraba la mañana. Era una de esas niñas dulces y listas que saben que lo son.

Sandra siempre llevaba un bolsito, y cuando entraba en mi consulta se empeñaba en sacar todos sus objetos y explicarme qué era cada uno. Ésta es mi mamá, me decía, mostrándome una foto de carnet donde una mujer joven y escuálida miraba seria al frente; y ésta es mi otra abuela, y éste es mi hermano pequeño. Sacaba bolígrafos, cromos, gormitis, una libreta de colores, una pulsera, chocolatinas, y los iba colocando sobre el escritorio como quien monta un top manta.

El paciente de hoy, que extiende sus papeles sobre la mesa, se parece mucho a Sandra con su bolsito. Los dos intentan construirse una historia y apuntalar la verdad con sus objetos. Sandra, con su padre en la cárcel, su madre en una institución y sus juguetes esparcidos por tres casas distintas, necesita llevar ese bolsito porque ahí está ella, y necesita enseñármelo para que yo le dé entidad y reconozca que existe. El paciente de hoy acumula las pruebas porque quiere salir de la soledad terrible que implica que nadie se crea lo que está contando. Imaginad que vuestra verdad es mentira y que la gente lo sabe.

Pensaba que no podría entender a los locos, pero a lo mejor la frontera que nos separa no es tan grande. Mi parte escritora lo entiende. Yo asesinaba a personajes cuando me enfadaba con J. Incluso cuando cuento cosas reales, les doy formato narrativo. A veces no puedes expresar una emoción con palabras abstractas, no puedes expresar el dolor, y entonces acumulas detalles y metáforas. Explicas la manera en que él te preparaba el desayuno o se rascaba la cabeza cuando estaba confuso, o cómo le gustaba dormir la siesta en el cuadrado de sol que entraba por la ventana del cuarto. Mis detalles son los objetos de mi bolsito o las citaciones judiciales de la cartera de cuero: son mi verdad.

Nos extrañamos de que los locos no quieran dejar de delirar, pero cuando uno se ha instalado en su delirio y es la única manera que tiene de expresar sus emociones no puede abandonarlo, porque entonces se queda sin nada. ¿Cómo le vas a quitar su historia a un hombre? Nuestras historias son probablemente nuestro único patrimonio verdadero.

Espero que el paciente de la cartera encuentre la forma de expresar su dolor sin hacer daño a nadie. Que deje de creerse sus metáforas o que las adapte para que a los demás nos quepan en la mente. Espero que Sandra deje de necesitar llevar a todas partes su bolsito para saber quién es. Yo seguiré cubriendo el escritorio de este blog con mis detalles y mis extrañas metáforas, aunque a veces parezca un top manta emocional lamentable. Pero es mucho más que eso. Para mí es muy importante. Es mi forma de hacer las paces con la realidad. Y vosotros sois los que estáis al otro lado de la mesa para aceptar mi verdad, y no sabéis lo mucho que me ayuda eso a mantenerme cuerda.

domingo, 20 de noviembre de 2011

Intervención en crisis

El martes pasado vi a un paciente que no era mío porque su referente estaba ocupada y él había venido sin cita. "Conténlo hasta que le puedan ajustar la medicación", me dijo su psicóloga, lo que no deja de tener telita como instrucción profesional, pero para qué vamos a ahondar en ese tipo de heridas. La cuestión es que me metí en una consulta con un chaval al que no conocía en absoluto y que moqueaba y lloraba diciendo que no podía con su vida y que quería morirse.

Lo primero que te entra es un pánico mortal. Tu cerebro quiere buscar soluciones a los problemas que te trae el paciente. Quieres decirle que se anime y que la cosa no está tan mal. Si la cosa está verdaderamente mal, y a veces lo está, sientes cómo crece en tu interior el miedo a no servir de nada. Mi paciente, al que vamos a llamar David, estaba sentado enfrente de mí contándome que habían abusado de él cuando era pequeño. Y yo, que tenía el ordenador con el Facebook abierto y que no había podido tomarme mi meriendita de media mañana, me preguntaba hipoglucémica y desconcertada qué coño podía decirle a este chaval que le hiciera sentir mejor.

El primer paso, por absurdo que parezca, es traer clínex. Y agua. Aunque no les haga falta. Punto uno, porque llorar sin clínex es muy molesto; la vida ya es perra como para sobrellevarla moqueando. Punto dos, porque aunque no tengan sed es bonito sentir que te cuidan. Después te tienes que recomponer tú, como profesional: percibe tu miedo, identifícalo y átalo corto. Que no te pueda. Deja a un lado tu ego, remángate la camisa metafórica y húndete hasta los codos en la miseria ajena para ver si puedes ayudar en algo.

Después de eso puedes intentar entender. Olvidarte de que tú eres la profesional y se supone que debes ofrecer respuestas, despojarte de tus expectativas y escuchar de verdad al que tienes delante. David me suelta un montón de datos en muy poco tiempo. Me habla de lo mucho que piensa en el hombre que abusó de él, de que está agobiado por coger la baja y que le echen del trabajo, de sus problemas con la novia.

Intentas entender y después pones palabras. Es increíble y precioso cómo nombrar las cosas las hace reales y dignas de respeto. ¿Sabéis lo que vuelve loca a la gente? Que no se les vea, que se niegue la realidad de su sufrimiento. He visto a mujeres abusadas por sus padres que lo que realmente no pueden asimilar es que sus madres les dijeran que eso no tenía importancia. A David le digo algo como "veo que estás muy agobiado", y me asiente con los ojos empañados como si le estuviera revelando la realidad de su existencia.

Buscas los pequeños atisbos de luz, porque la hay. La parte que no está rota. David me habla de su hija y le pregunto cómo se llama. Le pido que me enseñe fotos, y saca de su cartera un par de ellas donde se ve a una niña de mofletes redondos, no especialmente guapa, pero sí muy tierna. Es preciosa, le digo, y le pido que me hable de ella; no por nada, sino porque recordar estas cosas bonitas está activando las conexiones positivas de su cerebro y actuando de calmante natural. Como yo cuando escribo sobre la PK para escapar de la penita.

Estableces pequeños compromisos. Algo que el paciente pueda hacer en los próximos días o las próximas horas, hasta la siguiente vez que vaya a venir o hasta que se le pueda dar otra ayuda. Las crisis te sumen en un tunel de presente intenso y desesperado. Muchas veces sólo hace falta dar al dolor una dimensión temporal, de cosa que acaba y da paso a otros momentos. Cambiar el encuadre, introducir la palabra mañana, o el lunes, o la proxima semana.

Y ofreces esperanza. Hablas de la gente que está dispuesta a ayudarle, empezando por ti, porque parte de tu trabajo es simplemente convertirte en ese pretexto para salir adelante, demostrar que tu paciente te interesa. De nuevo miras, y ese acto de mirar y ver con compasión al otro se vuelve curativo.

Todo esto que acabo de explicar en realidad no es más que un parchecito. Es como dar un ibuprofeno cuando detrás hay una enfermedad enorme que lleva gestándose años. Te queda mucho por trabajar con ese paciente, e incluso después de muchas sesiones no esperes que vas a dejarle en estado de revista, porque las personas no son coches. Pero a pesar de esto, del realismo pragmático que no puedes perder si trabajas en esto, te sientes contenta. Por ti, por haber sabido mantener la calma y cruzar a través de la oscuridad y de tu propio miedo. Y porque armada simplemente con palabras, has conseguido que una persona deje de llorar. Que sonría un poco. Que no se pula los clínex de propaganda farmacéutica que tienes en el escritorio. Y eso, a pesar de ser bastante de andar por casa, no deja de parecerme un pequeño milagro.

jueves, 20 de octubre de 2011

UCIP

Hay pocas cosas que odie más en la vida que sentarme aquí, escribir durante una hora, releer el post y concluir que es una puta mierda y que no voy a publicar eso, y después ser una samurai de la blogosfera, borrarlo todo y recomenzar. Hoy estoy en ese punto, así que al loro que venimos calentitos.

Quería hablar de mi trabajo en la UCI pediátrica, pero es que me resulta muy difícil escribir sobre las cosas realmente chungas de mi trabajo sin sentir que estoy digamos alardeando de ello, buscándole la estética al sufrimiento ajeno y fardando en plan: mirad qué huevos tengo mirando al dolor a la cara.

[Inciso: Voy a comerme un yogur de limón y a reflexionar sobre el siguiente párrafo. Me caigo de sueño y no me puedo creer que esté haciendo este ejercicio de autoexamen extremo en lugar de publicar cualquier chorrada e irme a sobar. Fin del inciso.]

Vale, bueno, pues vamos a poner una frase verdadera detrás de la otra. Hemingway style.

Mi trabajo en la UCI pediátrica consiste en dar apoyo psicológico a los padres de los niños que están ingresados. Voy allí una vez en semana, pero no todos los días tenemos trabajo; hay épocas afortunadamente tranquilas en las que las camas de la UCI están vacías. Cuando tenemos trabajo es a la vez horrible y precioso. Horrible porque vives putos dramas. Uno de los últimos casos que hemos tenido era un bebé de seis meses con una enfermedad neurodegenerativa mortal. Llevaba un mes agonizando en el hospital. Los padres le alimentaban y le daban de beber pensando en que lo único que conseguían era fortalecer su cuerpo y hacer que tardara más en morirse. Dime tú, como profesional, qué intervención haces en eso.

Pero la haces. Te pones el pijama, te amarras la coleta y te sientas en la silla a aguantar el tirón. No haces más que recibir un dolor que esos padres no saben bien dónde poner. Yo al principio pensaba que el trabajo de la UCI no era muy útil. ¿Qué les dices tú que pueda aliviar su dolor? ¿Realmente hay maneras mejores de afrontar una situación que es objetivamente una putada? Muchas veces los propios padres te lo dicen: "no sé muy bien qué podéis hacer por mí, porque esto es una mierda y nadie va a cambiar eso". Y entonces tú, tócate los pies, no sólo tienes que estar ahí tragando miseria humana, sino que encima sientes que te están haciendo un favor.

Sin embargo, ya os digo: te sientas y aguantas. Y si sabes lo que haces, o incluso aunque no lo sepas: si tienes buena voluntad y te consideras capacitado para llevar en tu espalda parte del dolor de esa gente, se va obrando la magia. Al principio sólo necesitan que les escuches. Necesitan que les oiga alguien que no sea su pareja, que está igual o peor, ni su familia, que vaa medias entre la preocupación, el hastío y los consejos bienintencionados, ni los médicos, que parece que con salvarles la vida a su hijo ya lo han hecho todo. Tu figura como persona ajena a la familia, como persona que no quiere a su bebé más de lo que querría a otro bebé cualquiera, se vuelve valiosa.

La experiencia es preciosa. Yo ya os he contado que entro en momentos de intensidad y presencia verdadera delante de los pacientes, aunque también entro en momentos de "Dios, qué coñazo, sal de mi consulta que me meo", que conste. En la UCI es todavía más fuerte. Miras las caras de los padres, que están pálidos y ojerosos, que no se peinan y se visten de cualquier manera. La realidad adquiere los contornos definidos y brillantes de una película. Escuchas, escuchas, escuchas. Si las pocas frases que dices están bien elegidas, notas el cambio. La magia imperceptible de sentirse comprendidos y compartidos. Se van más ligeros y entonces tú piensas: sí señor, joder, esto sirve, poco pero sirve, funciona, reduce en algo el nivel del putadómetro planetario. Y te levantas orgulloso, sintiendo que esta tarde te has ganado el pan.

Ver a padres hechos polvo y a niños agonizando es muy desagradable y, aun así, yo hoy me siento agradecida. Porque soy capaz de salir del hospital, que es el más feo de Andalucía, by the way, acercarme a la playa, mirar al mar y sentirme contenta. Por debajo de la tristeza gris que me han colgado mis pacientes sobre los hombros, yo todavía puedo ver la alegría. Soy consciente de que mi misión es quitarme ese manto y seguir viviendo, honrar mis circunstancias y la feliz casualidad de que en este momento la desgracia no me haya tocado a mí. Escalar con mis preciosos brazos y piernas.

El otro día pensaba en qué es vivir como si no hubiera un mañana. Como si cada día fuera el último. No se puede vivir así, porque si cada día fuera el último yo me lo pasaría comiendo chocolate y teniendo sexo con algún maromo guapo que se prestara. Hay que vivir consciente de la fragilidad, consciente del abismo y, aun así, alegre y fuerte. Hay que vivir persiguiendo un sentido, y de esa forma, aunque tus días sean monótonos y DDM pase de tu culo y tengas Acné del Averno y te acuestes sola en la cama más cómoda del mundo, te daría igual morirte al día siguiente, porque tienes un propósito.

Hoy he apretado muchísimo en el roco. Apretar es jerga de escalada, y significa ir a muerte, darlo todo. Bromeo con mis rocoamigos con que apretar se está convirtiendo en mi forma de vida y ya aprieto nadando, aprieto escribiendo y aprieto queriendo.Lo he escrito en la pizarra de mi cocina: aprieta, bicho. Ahí está el tema. Vives apretando, vives a muerte, vives dándolo todo aunque darlo todo no signifique más que percibir esta hermosa experiencia humana con todos tus sentidos e intentar aprender de ella.

Y aunque sólo sea por agotamiento, esta entrada se termina aquí. Apretad, bichos, que esto son cuatro días, dos de ellos llueve y los otros dos hay que aprovecharlos para escalar. Real y metafóricamente.

miércoles, 12 de octubre de 2011

Proyecto

Ciruelos y ciruelas:

Llevo ya un tiempo barruntando la idea de escribir un blog sobre psicología/autoayuda/espiritualidad/crecimiento personal, llámalo X. Me gustaría enfocarlo de manera distinta a lo que ya hay: que fuera algo divertido, pragmático y un poco extremo, ya me conocéis. Por un lado lo quiero hacer por gusto, pero también con vistas a mi desarrollo profesional, es decir: darme a conocer, poder publicar artículos en plan divulgativo en otros medios, gestar el embrión de un best seller millonario que me permita vivir sin dar golpe... etc etc. Todo esto poco a poco y como vaya surgiendo.

Me gustaría que me contarais si, conociéndome ya bastante y habiendo leído artículos míos de ese estilo, podría ser interesante crear algo así. Si os gustaría leerlo. Qué os gusta más y qué menos cuando escribo sobre esos temas. Qué enfoque podría adoptar, qué tono, si estaría bien incluir anécdotas mías, anécdotas de pacientes... lo que se os ocurra. También me sería muy útil un título.

Mañana prometo volver con un post más enjundioso, o algo.

Gracias de antemano y buenas noches.

Os quiero.

miércoles, 21 de septiembre de 2011

53. Gema y la lealtad

Reflexiono mucho sobre la función que cumple un psicólogo. Ya os he dicho muchas veces que es una profesión súper extraña: eso de estar ahí diciéndole a la gente cómo vivir la vida. Además, cada paciente es un mundo. A unos les enseñas técnicas y consejitos prácticos y con otros te limitas a escuchar. Con muchos lo importante es la relación que estableces: no tanto lo que le dices como el vínculo que se forma, el hueco que llegas a ocupar en su vida.

Y hoy os voy a contar un ejemplo bonito de eso: el caso de mi paciente antifavorita, a la que vamos a llamar por ejemplo Gema. Igual que os hablaba ayer del cariñito que le cogí a P., que es amor con ansiedad, Gema me aberraba desde el primer momento que entró en la consulta. Era quejica, me llevaba la contraria y se empeñaba en empeorar. Cada vez que veía su nombre en la lista de pacientes del día me amargaba la mañana.

Resumiendo el caso: a Gema no le gustaba su curro y se había dado de baja por ansiedad. Si se le quitaba la ansiedad, tendría que volver al curro y no quería. Ergo, la ansiedad no se le iba a quitar en la vida. Sin embargo, venía a la consulta a pedirme que yo se la quitara, colocándome en lo que llamaremos "El doble vínculo de quiero seguir de baja para siempre y a la vez encontrarme bien, arréglalo", y que es muy común en la sanidad pública.

A medida que pasaba el tiempo, el asunto se complicaba. Gema iba desarrollando síntomas nuevos y terribles, como despersonalizarse mientras cuidaba a los niños en el parque, tener mini desmayos conduciendo el coche o sufrir violentos ataques de pánico cuando la inspección médica le obligó a volver a trabajar. Además, me pedía una media de siete informes al mes. También la veía psiquiatría, y por supuesto ningún fármaco le hacía efecto: el prozac le daba sueño, los tranquilizantes se lo quitaban y le aparecían toooodos los efectos secundarios de toooodos los prospectos.

Después de seis meses de tratamiento infructuoso, yo me dedicaba a sentarme frente a Gema con la barbilla apoyada en la mano, a asentir con cara de comprensión y a intentar meter baza en el relato de sus desdichas con sugerencias que ella inmediatamente contradecía. Yo no tenía claro para qué le servía venir a la consulta, pero sabía que iba a seguir en tratamiento forever, por el tema de la baja y porque entre medias de todo esto se le había ocurrido llevar a juicio a su empresa, al SAS, al INSS y a todo quisqui por reincorporarla y posteriormente despedirla. Y claro, para el juicio necesitaba estar en tratamiento psicológico y necesitaba (más) informes.

Cuando yo pensaba que Gema no me podía dar más motivos para odiarla a muerte, va y me trae una carta del juzgado donde se me convoca como perito de la acusación para el juicio que había emprendido contra medio Cádiz. Marronazo del quince. Yo nunca había estado en un juicio y me daba miedito, y además tampoco tenía claro si declarar contra mi empresa (el SAS) era ético o beneficioso para mí. Lo consulté con mi jefe y me dijo que yo podía negarme por incompatibilidad de intereses, pero que hiciera lo que quisiera. Entonces Gema me miró con sus ojos claros que siempre estaban mustios y me dijo:
- Si tú no vienes, el juicio no servirá de nada y no podré reclamar.

Así que me dio lástima. Pensé que a mí qué más me daba ir que no ir. Y fui al juicio. Para colmo, Gema me regañó por estar allí con menos de diez minutos de antelación, a pesar de que tuvimos que esperar como tres horas a que nos hicieran pasar. Como experiencia fue curiosa. Al final lo único que tuve que hacer fue ratificar los dos mil millones de informes que le había hecho a Gema y declarar un par de cosas. Gracias a mis visionados de Ally McBeal y mi aplomo natural, creo que no se dio mal la cosa. Una vez pasado el trago, Gema me medio agradeció el gesto, en medio de sus ansiedades y despersonalizaciones, y la cosa quedó ahí.

Dejé de currar el el Equipo del Averno, derivé a Gema a otra psicóloga y me quedé más a gusto que un arbusto.

Y si habéis tenido la paciencia de llegar hasta aquí, tranquilos, que la parte bonita llega en breve.

De los ciento cincuenta pacientes que me comí en el año que me explotaron como a una esclava trabajé en el Equipo, Gema fue la que me dejó peor sabor de boca. Me caía muy, muy mal y me sentía inútil. La vi como veinte veces, le escribí miles de informes, supervisé el caso con mi tutora, se lo comenté a mis compañeros. Intenté todas las estrategias que se me ocurrieron, lo hablé con la psiquiatra que llevaba el caso y le mandé metta mientras meditaba. Nada. Cero. Niente.

Dos meses después de cambiar de rotación, cuando estaba en el centro de salud y volvía de tomar café, me encontré a la madre de Gema en la calle. Al principio no me vio y pensé en hacerme la loca, pero estaba intrigada por saber qué había pasado con el juicio, así que me acerqué y la saludé. Charlé con ella un rato y resultó que estaba esperando a Gema, que había entrado en el centro de salud a pedirle nosequé a su médico (apuesto mi cabeza a que era un informe).

En cuanto la vi salir, supe que estaba mejor. Caminaba erguida, estaba más llenita y parecía casi despreocupada. Y cuando me vio, oh maravilla, sonrió encantada y siniestra como Miércoles Adams en la segunda peli. De verdad que sólo había visto sonreír a Gema una vez, cuando le felicité la Navidad, y me dieron casi escalofríos.

Resulta que el juicio había ido mal. Aún no sabía el resultado, pero seguramente iba a perder y nadie le compensaría que la hubieran echado del trabajo, según ella injustamente. Y aun así, estaba contenta y decía encontrarse mejor y estar saliendo adelante. Entonces me miró y me dijo algo que no se me olvidará nunca.
- ¿Sabes lo que marcó el punto de inflexión, Marina?
- Sorpréndeme (casi seguro que no contesté esto, pero lo pensé).
- Cuando viniste al juicio. No sabes lo que significó que alguien hiciera eso por mí. Cuando te pusiste ahí de pie y dijiste que yo realmente estaba mal, que decía la verdad y que me había pasado todo lo que ponías en los informes, sentí que alguien estaba dispuesto a apostar por mí. Significó mucho para mí, de verdad, y te lo agradezco.

Y me dio un abrazo enorme que yo le devolví, porque en el fondo hasta a los pacientes coñazo les coges cariño, aunque sólo sea por el efecto de la mera exposición.

Así que al final me quedó un bonito recuerdo de Gema. No tengo claro cuál es la moraleja de esta historia. Creo que aprendí que la lealtad es importante y puede ser por sí misma terapéutica. Y también que no hay que sobrevalorar, pero tampoco infravalorar, el papel que ocupas en la vida de la gente. Me alegré de verdad de verla mejor y me sentí orgullosa, de mí y de ella. Y la vida siguió, y ahora echo mucho de menos tener pacientes propios y por eso os cuento estas historias, y además acoso a mis expacientes cuando me los encuentro por la calle... pero ésa es otra historia, y debe ser contada en otra ocasión.

domingo, 18 de septiembre de 2011

49. Guardia

Estoy en la sala de estar de los médicos con la psiquiatra y la residente de psiquiatría. Nos hemos tumbado cada una en un sofá y dividimos nuestra atención entre la tele, el whatsapp y el techo. Estar de guardia es extraño. De repente el mundo se reduce a las paredes del hospital y a las veinticuatro horas que tienes que pasar en él. Se te van cansando los ojos de la luz del fluorescente y te vas sintiendo cada vez más alejada del mundo.

No es tan terrible, pero tampoco parece fácil. Nos han llamado tres veces, en los tres casos por intentos autolíticos de distinta intensidad y naturaleza. Una se había zampado varias cajas de pastillas y llevaba desde ayer en observación adormilada en una camilla. Otra se había tomado cuatro benzos y tres chupitos de whisky. La otra tenía las piernas abrasadas de quemaduras de cigarros y había intentado tirarse por una ventana. Viva la salud mental.

No tengo muy claro por qué elegí este trabajo. Cuando pasas un rato rodeada de desgracias puedes sentirlo de forma física. El dolor se transmite a través del aire como las ondas de radio y te va poniendo mustia. Es delicado: puede afrontarse cuando estás bien y te sientes fuerte y generosa, pero si estás mal te sobrepasa. Cuando trabajaba en el equipo pasé mañanas de verdadero pánico en las que me preparaba el desayuno y me arrullaba en voz alta "tú puedes, Marina, puedes hacerlo, tranquila, puedes ir allí".

Hoy concretamente, como me siento feliz y fuerte como los limones, el contacto con los suicidas vocacionales despierta mis ganas de vivir. Sobre todo, me da perspectiva. No quiero crear más sufrimiento gratuito. No tengo por qué hacerlo. Para mí, que soy lista y con recursos, que tengo amigos y gente que me quiere, ser feliz es una obligación ética. Por eso a veces me da rabia ver que alguien se tortura por cosas poco importantes. Me dan ganas de traerles un ratito aquí y decirles: mira, esto es lo que hay, así vive la gente, así de desigualmente se baten en el duelo de la vida. Aprovecha lo que tienes, mira lo positivo, tira hacia delante, da cariño a los que tienes cerca. Déjate de miedos y de neurosis, abre tu corazón, perdona a los que te hirieron y aprende a escalar. Hazte cargo de tu felicidad. Espabila, cojones.

Pero en realidad no debe de ser tan fácil, ni siquiera para los que de verdad tenemos la botella medio llena. Es rara la vida. Es trabajosa. No sé por qué elegí esta profesión, cuando seguro que las hay más fáciles o, por lo menos, más alegres. No creo que tenga que ver con ser particularmente buena persona. Dicen que los que vivían cerca de las centrales nucleares se sentían menos inseguros frente a un posible riesgo de desastre nuclear. Tener cerca el peligro te hace pensar que puedes controlarlo. A lo mejor pienso que ver el sufrimiento todos los días me ayuda a mantener la perspectiva, o incluso que puede inmunizarme. Me siento sensata y dura mirando a los ojos de los suicidas.

No sé cómo acabar este post. No sé si es fácil o difícil salir del sufrimiento. No sé si querer trabajar con la pena ajena es noble o increíblemente patológico. En realidad estoy hoy aquí por no hacer tardes entre semana. No tengo especial interés por pasar un sábado oyendo historias de gente que quiere morirse. Preferiría estar escalando o teniendo sexo. Y tampoco sé por qué elegí este trabajo. A lo mejor me gusta, a lo mejor pienso que tengo lo suficiente como para empezar a dar. A lo mejor alguien tiene que hacerlo.

Ahora mis compañeras se han ido, la sala está en silencio y la combinación de fluorescentes, linóleo y sofás de polipiel es un poco deprimente. Pienso en los hospitales, tan llenos de pena y ruido. Mi alrededor está lleno de enfermos y muertos, y yo aguanto aquí con una conexión a Internet y una fe inquebrantable en el proceso de la vida.

Me voy ya a dormir, que me estoy poniendo mística. Os quiero y os agradezco los ánimos.

sábado, 13 de agosto de 2011

29. Psicóloga

Hoy me he puesto a pensar en por qué me hice psicóloga. Mi madre dice que para ser feliz tienes que acertar con el trabajo y con la pareja, y aunque creo que es mucho exigirse a uno en cuestión de precisión vital, sí que es verdad que equivocarse en cualquiera de las dos áreas acarrea mucho sufrimiento. A mí me gusta mi curro, así que al menos no vivo en la angustia vital de estar vendiendo mi tiempo al mejor postor sin sacar nada a cambio. Es una suerte muy grande y no está de más recordármelo de vez en cuando para ser capaz de apreciarlo.

Una cosa que me gustaría dejar clara es que no creo que ser psicóloga sea el único trabajo que me puede hacer feliz. El trabajo de mi vida sería ser escritora full time, seguro. Creo que he nacido para eso. Pero por cuestión de prioridades en la vida y por no convertirme en una John Kennedy Toole más rubia y con menos talento, he decidido aplicar eso del primum vivere, deinde scribire, o más bien primum laborare y ganar dinero, que eso ya no sé decirlo en latín.

Pero incluso no siendo escritora ni siendo psicóloga, estoy segura de que hay muchos otros trabajos que me podrían hacer feliz y que podría desempeñar bien. Tiendo a entusiasmarme con las cosas. Casi cualquier profesión que fuera un poco creativa y que me permitiera aplicar la inteligencia podría valerme. A veces me planteo incluso que en algún momento me gustaría intentar algo completamente diferente, como vivir en el campo, trabajar en la naturaleza o ser cirujana menor para pasar los días tocando el cuerpo de la gente.

Aun así, ser psicóloga se parece bastante a mi trabajo ideal. La primera e importante razón es que me permite usar el cerebro. Cada consulta es diferente, y todos los pacientes retan tu capacidad de analizar, sintetizar, abordar, convencer y hasta manipular, en el buen sentido de la palabra. Y si eso me entusiasma ahora, que lo hago de forma intuitiva y sin tener ni puta idea, no quiero imaginarme cuando vaya controlando un poco más el asunto. También es muy creativo, sobre todo si como os he dicho no tienes ni puta idea y lo solventas inventando tareas raras y escenificando tú sola cuentecitos tipo Jorge Bucay.

Pero aunque me mola poner a prueba a mi cerebro, para mí no es la ventaja más importante de mi curro.

¿Queréis saber por qué me decidí al final a hacer psicología? Porque lo estaba pasando tan de puta pena después de haber dejado el periodismo y Barcelona que quería ayudar en lo posible a que otras personas lo pasaran un poco menos mal. Me di cuenta de que lo que más hace sufrir en esta vida es una mente mal entrenada. El infierno es uno mismo. Me atravesó una vocación tremenda por aliviar el sufrimiento ajeno, y es esa vocación extraña e inesperada la que me hace tirar adelante en los días malos.

Cuando uno vincula su felicidad a objetivos o a situaciones termina por sentirse vacío. Se alcanza una meta, luego otra, luego otra y al final uno siempre vuelve a la insatisfacción como motor y a lo bien que iría todo si solo tuviera otro trabajo, encontrara pareja o se le quitara de una puñetera vez el Acné del Averno. Yo intento vincular mi felicidad a valores que pueda poner en práctica todos los días. Creo que estoy aquí para intentar, con mi minúscula voluntad y mi corazón cansado, ser cada día un poco más consciente y un poco más compasiva. Procuro aprender de todo lo que me pasa. Mi trabajo me permite ejercitar esos valores. Y encima me pagan.

Hace algún tiempo leí que en la vida todos tenemos un proyecto exterior y uno interior. El interior es en realidad el más importante, y el exterior es el que lo soporta económicamente, logísticamente o llámalo X. Supongo que en mi caso los dos coinciden, se nutren mutuamente y se hacen más fuertes. No sé si ha sido mi acierto, la suerte o el destino, pero no está de más recordar que es así, porque si no es fácil ver la botella medio vacía y olvidar que, lo mire por donde lo mire, soy una privilegiada.

Y tengo que parar ya con el optimismo asqueroso y la felicidad desbordante, porque me vais a odiar de principio a fin y os vais a ir a leer blogs de penas, que son más entretenidos.

lunes, 18 de julio de 2011

6. La inutilidad laboral

Hoy ha vuelto a mi consulta el chico de la alopecia. El dermatólogo le ha mandado un montón de lociones y pastillas, trankimazin incluído, y le ha dicho que se rape. Ahora se le ven todas las calvas y no quiere salir de su casa.

La consulta de hoy ha sido extraña. Él estaba cabreado con el mundo, y yo creo que me encontraba demasiado sobrepasada por la empatía como para servir de algo. Además, tengo los músculos y la mente un poco trillados después de escalar todo el fin de semana, y en realidad no quería más que irme a casa a cenar una tortilla de ibuprofenos.

Intentaba pensar a toda velocidad qué podía decirle que le sirviera de algo. ¿Qué me habría servido a mí en los primeros tiempos del Acné del Averno?

1) Aléjate de los dermatólogos como de una plaga de escorpiones. Son unos inútiles que sólo tratan síntomas sin buscar causas.
2) Tienes derecho a pasarlo mal y a cabrearte. Que "sólo" sea un problema estético no quiere decir que no vaya a hacerte sufrir.
3) Es tu problema, y es tu responsabilidad. Te ha tocado esto como podía haberte tocado otra cosa y es una putada, pero ahora eres tú quien se tiene que hacer cargo.
4) Entiendo tu dolor.

He omitido 1) porque a lo mejor dan con la solución para el pobre chaval. 2) y 4) creo que quedan bien, pero me da la impresión de que 3) le ha deprimido un poco. Mola ser una víctima cuando tienes dieciséis años. Mola pensar que si sólo tuvieras una piel mejor o un pelo lustroso, tu vida se arreglaría. Y mola tener la esperanza de que en algún lugar de la tierra hay alguien que te va a coger tiernamente en sus brazos y te lo va a arreglar todo.

Al final me he sentido inútil por varias razones. Porque no es mi problema, sino el suyo, y no puedo tratarle como si me estuviera tratando a mí. Porque no puedo pedirle al chaval que se sobreponga cuando yo le saco diez años y una carrera de psicología y todavía hay días en que el estado de mi piel es lo único en que pienso. Porque por mucho que yo quiera comunicarle algo de lo que he aprendido, en realidad él tendrá que aprenderlo por sí mismo, y no sirve de nada que yo intente inyectarle en el cerebro sabiduría de enferma crónica en media hora de consulta. Ha sido muy frustrante.

No sé si se ha ido peor de lo que llegó o si algo de lo que le he dicho resonará en su cabeza en algún momento. Espero que sea capaz de sacar el suficiente valor como para no pasarse el resto del verano sin ir a la playa, que asuma su responsabilidad y que intente hacer en casa los ejercicios de relajación. Pero sobre todo, de verdad de verdad, espero que le funcionen los corticoides y el minoxidilo, que le crezca una cabellera larga y espesa y que no tenga que preocuparse por estas chorradas dermoexistenciales nunca jamás.