massobreloslunes: El olmito

domingo, 20 de junio de 2010

El olmito

Hace poco más de un año le compré a mi mejor amigo un bonsai para su cumpleaños.

He aquí por qué lo hice.

Hace poco más de tres años, mi amigo tenía un bonsai. Alguien se lo había regalado, no recuerdo bien quién, y él lo cuidaba con esmero. Por las noches lo sacaba a la ventana para que le diera la brisa. Durante el día lo metía en su habitación para poder contemplarlo. O quizá era al revés: lo sacaba de día para que tomara el sol y lo metía de noche para que no pasara frío. En realidad no me acuerdo.

Un día se le cayó el bonsai por la ventana. De día, o de noche, cuando fuera que lo sacaba. Fue a recuperarlo al alféizar de la ventana y el bonsai ya no estaba. Le recuerdo contándomelo con los ojos tristes, y recuerdo cómo me dijo "Es que no era un objeto cualquiera. Era un ser vivo, no sé. Era un arbolito". Vale, el resto de la frase quizá me lo esté inventando para rellenar el post, pero estoy segura de que dijo "era un arbolito", y a mí el concepto de arbolito se me quedó clavado hasta dos años más tarde, cuando fui al vivero que hay cerca de la Lancha de Cenes a buscar un bonsai nuevo para su cumpleaños.

Hay muchos tipos de bonsai. Allí tenían desde pequeños olivos hasta granados que daban frutos diminutos. A mí me gustaron los olmos, porque parecían árboles reales en miniatura. A ver, entendedme, todos los bonsais son árboles en miniatura, pero unos más que otros. La proporción tronco-hoja es importante. Las hojas demasiado grandes hacen que el bonsai parezca una planta amorfa. Encontré un olmito bien proporcionado y me lo llevé a casa. Tenía quince años, creo recordar.

Cuando llegué a casa le recorté con cuidado los brotes nuevos, que se proyectaban hacia el exterior como si fueran pelos tiesos. Era un bonsai precioso, precioso. Producía la sensación mágica de tener un trocito de bosque en la habitación. Era distinto a tener una planta, como si los quince años que había pasado siendo cultivado en el vivero estuvieran acumulados en su pequeño tronco e irradiaran fuerza desde mi ventana. Se lo regalé a mi amigo. Le gustó, creo.

Al principio de este curso, mi amigo se fue de Erasmus a Holanda y me dejó el arbolito. Estuvo muy bien conmigo durante un par de meses; lo cuidé con esmero. Un bonsai no se riega de forma normal, porque el agua lava la tierra y se van los nutrientes. Hay que sumergir la bandeja con tierra en agua sin llegar a cubrirla del todo y dejarlo así un par de horas. También hay que recortar los brotecitos verdes y echar algo de agua en las hojas de vez en cuando para quitar el polvo.

A finales de septiembre me fui a un curso de Vipassana y olvidé decirle a mi madre que regara el bonsai. Me acordé cuando llevaba un par de días meditando en Barcelona, pero para aquel entonces ya no podía contactar con el exterior. Recuerdo cómo me dolió pensar que el arbolito estaba solo en mi cuarto muriéndose de sed y no poder hacer nada para remediarlo.

Cuando llegué a casa, el bonsai daba pena. Sus bonitas ramas tenían un color amarillo parduzco y las hojas se habían caído y estaban esparcidas sobre mi mesa. De verdad que me dolió verlo, mi arbolito medio muerto, quince años de amor y de esfuerzo enviados a la mierda por un despiste de diez días.

Me pasé otros dos meses intentando salvar al bonsai. No era sólo que quisiera revivirlo para entregárselo a mi amigo. Cargarte el regalo que le has hecho a alguien es algo realmente chungo. Es que me daba muchísima pena imaginar que tiraba a la basura al arbolito. Porque era un arbolito. Sólo de pensar en sostener su pequeño y fuerte tronquito de olmo y lanzarlo al contenedor y al olvido hacía que se me partiera el corazón.

Pero el olmito nunca volvió a ser el mismo, y le tuve que decir adiós hace ya unos cuantos meses. Es doloroso destruir algo que amas. Es doloroso renunciar a algo cuando además sabes que todo es culpa tuya.

¿Cuál es la moraleja de esta historia y por qué la cuento hoy aquí?

Pues la cuento aquí para que el olmito no caiga en el olvido. Porque me habría gustado que pudierais verlo y sentir la serenidad que emanaba, tan pequeño y robusto, desde su bandeja de cerámica verde.

Y la moraleja es: no importa los años que se dediquen a una obra. No importa la acumulación de esfuerzo ni los créditos que uno piense que puede conseguir por él. Lo importante es estar siempre atentos. No olvidarnos de las cosas importantes.

Y no dejar de regar nunca el olmito.

4 comentarios:

  1. Me siento lleno de esperanza zen.

    ResponderEliminar
  2. Lo importante es no descuidar las cosas que amas, las cosas realmente importantes... sea un olmo, o sea lo que sea...
    Te sigo, desde ya.
    Un saludo.

    ResponderEliminar
  3. K.: me alegro de haber infundido sentimientos cálidos en su frío corazón.

    Beto: bienvenido y gracias por seguirme.

    Besitos a los dos.

    ResponderEliminar
  4. Una entrada magnifica Marina.
    Besos

    ResponderEliminar