massobreloslunes: Esta ciudad

martes, 21 de diciembre de 2010

Esta ciudad




Llevo unos cuantos días aplazando el escribir aquí. ¿Por qué? Pues, para empezar, porque escribir es una actividad como muy aplazable. No es urgente, no da hambre, ni sed, ni frío. Uno sólo tiene el gusanillo en el estómago, las ganas de contar debajo de la lengua, pero al fin y al cabo las ideas son mucho más bonitas en la propia cabeza que en los post. Mi cabeza está llena de ideas interesantes, de frases acertadas e ingeniosos diálogos. El blog es demasiado unidimensional y el resultado siempre se me queda corto.

La otra razón es que quería hablar de mi visita a Granada pero no sé muy bien cómo expresar las sensaciones que he tenido allí. Además, soy como un poco repetitiva, con mi rollo de Granada por aquí, Cádiz por allá. Un poco jartible, que dicen en Cádiz. Aun así, lo contaré, que es mi verdad y las verdades están para ser explicadas.

La cuestión es que pensaba que me pondría muy triste por no estar allí haciendo el PIR. Desde que empecé la residencia, a veces me pasa que tengo días de "debería-estar-en-Granada". Los días "debería-estar-en-Granada" son días en los que tengo cristalino que tendría que haber escogido el San Cecilio y me pregunto qué coño pinto yo en Cádiz con lo bien que vivía allí. Yo no suelo arrepentirme de las cosas. Lo veo una pérdida de tiempo. Pero los días "debería-estar-en-Granada" son pavorosamente claros y me llenan de certidumbre sobre lo equivocada que estoy.

Así que ir a Granada por primera vez durante la residencia era un reto. Pensaba que me iba a morir de la pena y a arrepentir como el infierno. Sin embargo, aunque he muerto de la pena, era una pena distinta a la que preveía. Pensaba que mi pena vendría de no estar allí. Pero una vez allí, me sentía extraña por las calles, como caminando en los sueños de otro. Como si los sentimientos me los estuvieran prestando. La densidad de recuerdos por metro cuadrado de la ciudad es excesiva, mayor que en ningún otro lugar, incluso que en Málaga. Camino por allí como los botes salvavidas del Titanic: apartando cadáveres con los remos.

Y eso que allí he sido muy feliz, sí, pero también muy miserable. De hecho, si me pongo a mirar año por año, tampoco es que haya sido la época de mi vida. En primero estaba deprimida post-Barcelona. En segundo estaba enajenada por J. En tercero seguía enajenada por J. y además tenía ansiedad recurrente y aburrimiento patológico. Cuarto es una de las pocas épocas de mi vida que borraría entera sin remordimientos. Quinto estuvo bastante bien. Así que creo que no es mala idea empezar de nuevo en un sitio distinto. ¿En serio querría hacer la residencia allí? ¿Con mi yo del pasado sentada en los bancos de las plazas? ¿Con la ausencia de mis amigos gritándome desde los bares de tapas?

El último día quedé con el Húngaro. También a él le veía descontextualizado, como recortado de una revista y pegado con photoshop. Me contó una historia sobre los conflictos de Europa del Este sobre la que piensa hacer la tesis y de la que entendí la mitad. Luego me dijo que él también se da cuenta de que todo ha cambiado, que incluso sus profesores se han ido al extranjero por la crisis, que en Granada ya apenas queda nadie.

Me puse muy triste cuando le abracé antes de irme. Mi Hungarito. Me entristece volver a ver a la gente y que las conversaciones se conviertan en resúmenes acelerados de lo que ha sido tu vida en el último año. Dani era mi compañero de piso. Le daba un beso de buenas noches antes de dormir. Le oía gruñir desde su cuarto cuando se despertaba de resaca. Me contaba historias de Venezuela mientras almorzábamos y me perseguía al baño sin parar de hablar hasta que yo le regañaba y le cerraba la puerta en las narices. La PK y yo nos reíamos de él y de su manía de cenar tres veces, ensuciar media vajilla y luego no entender por qué tenía que fregar él siempre los platos. Ahora está ahí, recortado sobre un bar en el que no había estado antes, contándome que en breve quiere irse a viajar por Europa para hacer su tesis. Quejándose de que pronto no quedarán pisos en Granada que nos alojen.

La ciudad esta vez me parece dura, casi hostil. Será el frío. Me siento estafada mientras miro a los estudiantes tomando tapas en los bares que eran míos. Te crees que va a durar para siempre y va y se acaba. Tú creces, tus amigos se marchan y entran a ocupar su espacio chavales que ahora te parecen demasiado jóvenes.

Así que me alegro de haberme ido, aunque suene un poco a justificación. Seguro que también me alegraría de haberme quedado. No existiría esta brecha. Trazaría nuevos caminos por las calles de la ciudad (de mi casa al trabajo, por ejemplo) y no extrañaría el mar ancho de Cádiz porque no lo conozco. Pero ahora me alegro de haberme ido, porque la tristeza pesa mucho. Necesito distancia.

Porque lo triste no es haberme ido yo. Lo triste es que se ha ido casi toda la gente a la que quiero.
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Esta ciudad de huelga intermitente,
sus avenidas largas como látigos,
y plazas que recuerdan viejas citas
y nombres que los tiempos han borrado.

Esta ciudad con obras infinitas,
con bosques de cemento amurallado,
con lluvias de neón y agua bendita
y muertos que descansan solitarios.

Esta ciudad que sabe de nostalgias,
de poderes, de guerras que han pasado,
de copas, de bohemia, de la noche,
de música y poemas entregados.

Esta ciudad que baila con tu cuerpo
a ritmo de boleros o de tangos,
que sueña con tus labios, se emborracha
y luego llora cuando te has marchado.

Esta ciudad sin duda no es la nuestra,
o tal vez se parezca demasiado.

(Javier Benítez - Esteban Valdivieso).




1 comentario:

  1. Eso es lo más duro de volver a los sitios donde has sido feliz, que la gente que estaba ya no está o se ha vuelto distinta. A mí eso también me pasa.

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