massobreloslunes: 41. Supervivencia emocional, I

jueves, 8 de septiembre de 2011

41. Supervivencia emocional, I

Me estoy leyendo el libro de la supervivencia del que os hablé el otro día ("Quién vive, quién muere y por qué", de Lawrence Gonzales) y me está gustando un montón. Es un rollo muy psicológico, que diría mi profe de escalada. Explica cómo funciona la mente de la gente en situaciones límites y la forma en que ciertos errores cognitivos, que en la vida cotidiana no tienen grandes consecuencias, en la naturaleza pueden ser fatales. Apasionante de principio a fin.

Yo siempre he pensado que en una situación límite sería de las que mueren, igual que siempre he pensado que en una dictadura sería de las cobardes que se quedan calladitas en su casa por miedo a que las torturen. No me veo como superviviente. Igual es porque pienso que soy débil y torpe, y que si en mi propia casa voy dándome con los quicios de las puertas, seguro que en la montaña la lío con algún despiste y muero de la forma más absurda.

Sin embargo, he estado pensando en lo que me comentó Anónimo76 sobre la supervivencia emocional y el libro que podría escribir yo, titulado (su propuesta) "Quién mueve montañas, quién se estrella contra ellas y por qué". En realidad, hay mucho en común entre la supervivencia física y la emocional, entendiendo sobrevivir emocionalmente como no sufrir por amor. Que te duela es normal, pero el sufrimiento lo pones tú.

Una de las cosas que más me está gustando del libro es que te da cierta sensación de control. A pesar de que los accidentes se llaman así porque en teoría son accidentales, si los analizas en profundidad te das cuenta de que sí que hay variables que dependen de ti y que puedes manejar hasta cierto punto. A mí con el amor me pasa un poco igual. Cuando algo no sale bien, o no todo lo bien que podría, me siento a merced de los elementos. Mi pobre corazón indefenso, ahí a la intemperie; me lo imagino clavado en la punta de una lanza mientras la lluvia y la nieve lo zarandean. Entro en bucles de autocompasión. Pobrecita yo, pobrecita yo, por qué me pasa esto a mí si soy genial.

Pero sí que se pueden hacer cosas. Para que no te partan el corazón, para no sufrir; para que las heridas sean limpias y sanen rápido. Para tener la sensación, no muy útil pero sí reconfortante, de que estás haciéndolo todo bien, y que si la historia no tiene un final feliz al menos por ti no ha quedado.

En uno de los primeros capítulos del libro, el autor explica un accidente de tres escaladores que intentaron una vía de largos en Yosemite. Empezaron más tarde de la cuenta, les pilló una tormenta y le cayó un rayo a uno de ellos. Según el autor, el problema se resume en que estaban tan obcecados en el plan que habían trazado, en la imagen mental que se habían hecho de la situación, que no fueron capaces de darse cuenta de los impedimentos reales (retrasos, cambios en el parte meteorológico, cansancio) que se interponían entre esa imagen y ellos.

En el amor nuestra capacidad para sustituir la realidad momento a momento por esquemas que nos hacemos de las cosas es alucinante. Cuando pienso en el tema del plan aplicado al ámbito emocional me viene a la mente mi relación con J. En términos de supervivencia creo que con él lo hice (casi) todo mal. Sobreviví porque soy fuerte y tengo recursos, pero tal y como afronté la situación podía haber acabado chiflada.

Yo tenía muchos planes respecto a nosotros: pensaba que nos casaríamos y que tendríamos niños con déficit de atención que me sacarían de quicio. Me imaginaba perfectamente a J. jugando al escalextric con nuestro hijo mientras yo me ponía de los nervios y les gritaba que quitaran la pista del salón, que íbamos a comer. Gran parte de mis juicios hacia la relación estaban basados en ese plan/paja mental que yo me había hecho sobre pasar toda mi vida con J., y cada palabra o discusión que teníamos la multiplicaba hasta llenar esos años hipotéticos que íbamos a pasar juntos.

Porque yo tenía un plan. Quería estar segura. La perspectiva de estar siempre con J. y levantarme todos los días olfateando su nuca cálida no es que me hiciera mortalmente feliz, pero me parecía algo a lo que podía aferrarme. Y es absurdo mirado desde aquí, porque ahora J. está en Bonn y yo en Cádiz, y no pienso en él más que de vez en cuando y con cierto cariño inofensivo. Pero no se trata sólo de que hayamos cortado; él podría haber muerto, yo me podría haber enamorado de otro. No teníamos que pasar toda la vida juntos y, sin embargo, ese plan obcecaba mi perepción de lo que él era y de nuestra relación momento a momento.

En el post anterior, Isabel comentaba que le extraña el miedo al compromiso. El compromiso es el intento de hacer que las condiciones del entorno sean razonablemente estables, conocidas y seguras. Es el equivalente de pensar que si empezamos a escalar a las ocho, a las tres podemos estar de vuelta y la tormenta no nos pillará. Cuando las condiciones cambian, el tiempo se pone malo, estamos más cansados de la cuenta o nos perdemos, todo eso no sirve. Cuando una relación se deteriora y nos empeñamos en el plan mental que teníamos hasta entonces, en que tenemos una hipoteca común, o nos hemos casado, o sencillamente todos dicen que somos perfectos el uno para el otro... nos aferramos al plan y no vemos la realidad.

El autor del libro aconseja estar dispuesto a abandonar todos los planes y vivir en el presente. Dejarse acoger por la flexibilidad de saber que nada es seguro. No podemos controlarlo todo y, sin duda, no podemos controlar al otro. No es que sea bueno o malo; es que es imposible. Así que en los profundos bosques del amor, vamos a centrarnos en lo que tenemos ahora, en lo que llevamos verdaderamente en la mochila, en la realidad que transcurre frente a nuestros ojos, a veces dolorosa, a veces mágica. No todo es cuestión de suerte. No es una partida de billar. Se puede (y se debe) sobrevivir.

7 comentarios:

  1. No aferrarse al plan, joer, era eso! Siempre se me olvida XDDDDDDDDD

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  2. Me ha gustado mucho esta entrada. Me dan ganas de leerme el libro.Se me ocurren mil cosas que comentar. Me quedo tan solo con la moraleja vivida en mis carnes de lo absurdo de aferrarse a algo por necesidad de sentirse seguros cuando ese algo o ese alguien está construido sobre un pilar solo visible a nuestros ojos, probablemente inexistente.

    ¡Vaya rollo que acabo de soltar!

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  3. Entonces, el miedo al compromiso es el miedo a la incapacidad para ser conscientes y aceptar la realidad, a veces dolorosa, y actuar en consecuencia, como cuando no sale adelante una cordada de montaña por falta de confianza en la capacidad de anteponer la realidad a la necesidad de cumplir con el plan, con el proyecto con el que nos sentimos seguros ¿no?



    Isabel

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  4. Ole tú, con lo bien que escribes podrías convertirte en una Jorge Bucay con enjundia! Podrías hablar de la pupa que hacen las conductas gobernadas por reglas y forrarte, para dedicarte en exclusiva a vivir y meditar, y además ayudarías a los demás! Leí en algún post que te gusta la terapia de aceptación y compromiso, has hecho algún curso con Luciano o conoces algún libro sobre eso que merezca la pena?

    Pásalo bien en la boda, ya nos contarás! :D

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  5. Me mola que el aprendizaje que se extrae (lo mismo lo he entendido todo mal) es que se pueden hacer las cosas bien, tener cierto control, sabiendo que no hay plan seguro, o sea, aceptando el descontrol. ¡Ay!

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  6. Speedy: Jajaja es eso y más cosas, pero me parece un consejo útil.

    Daltvila: ¡Léete el libro! Es muy chulo, de verdad. Yo me lo he merendado en tres días y me han quedado ganas de más.
    La seguridad es TAN falsa. Nunca estás seguro. Y cuando aceptas eso, paradójicamente, puedes sentirte seguro en esa inseguridad. Entonces puedes dejar de invertir cantidades enormes de esfuerzo en creer que estás seguro y dedicarte a disfrutar de la vida.

    Isabel: supongo que cierto grado de compromiso es importante, igual que planear una salida a la montaña lo es. El miedo al compromiso, creo yo, es miedo a que las cosas salgan mal y ese compromiso se rompa. No se puede tener miedo a lo que creemos que va a salir bien. El compromiso y la flexibilidad tienen que estar juntos, en plan: por una parte me comprometo en el buen sentido, creo en esto y aguantaré las circunstancias difíciles. Pero por otro intentaré ver la realidad tal y como es y no la ajustaré a lo que yo querría que fuera.

    UFDALL: Quizá algún día me lance a la autoayuda, pero ahora mismo si me planteara un proyecto largo sería algo de ficción. Creo. Pero sí que me molaría demasiado escribir bestsellers y ser supermillonaria.

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  7. Gran post. Y no lo digo por el librito ni por el asunto del nombre del librito sino porque se trata de un tema que me interesa y al que recientemente, por razones que no vienen al caso, yo también le he dado muchas vueltas. Mi conclusión es que la mayor parte del tiempo sobrevivimos y ni siquiera sabemos por qué. Será que para sobrevivir no hace falta aferrarse a un plan, que el cuerpo conserva siempre, incluso en los momentos peores, la habilidad secreta de vomitarte. Lo que me aterra de todo lo que dices o de esta idea del pequeño control ( controlar las variables que dependen de uno) frente al viejo y absolutista gran control ( intentar que todo aparezca ya programado con años de antelación en el teletexto)es que sigue siendo una ficción y además bastante tramposa: creer que existe uno y que luego existen los demás. Y añadir además a esta oposición tan pueril cierto barniz de justicia cósmica: si cumplo con mis deberes privados, el universo me recompensará, me lo hará saber. Pues no, va a ser que no. Lo cierto es que cuando uno piensa en el papel decisivo que juega la suerte en la ecuación, es como para echarse a temblar. Te juro que estremece.

    Bueno , tampoco sé si esto estaba exactamente relacionado con lo que has escrito, pero hoy tengo un día bastante raro. Mis disculpas.

    Anónimo76

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