massobreloslunes: 43. En el tren

sábado, 10 de septiembre de 2011

43. En el tren

Tiene más o menos mi edad, es delgada, desgarbada y moderadamente guapa. Lleva el pelo rubio y rizado, shorts verde oscuro, una camiseta negra y sandalias romanas. Se ha subido al tren en la parada de Jerez, ha dejado su bolso en el asiento de al lado y se ha ido a la plataforma del vagón a hablar por teléfono. Ha pasado así un buen rato, mientras yo me concentraba en escribir el texto de la boda y en pensar absurdeces.

Al cabo de unos minutos la chica se ha sentado a mi lado. Yo había terminado con el texto, y escribir a ordenador delante de extraños me pone nerviosa, así que he pasado la siguiente hora vagando por Internet y después he ido a la cafetería a por un bocadillo. Lomo con pimientos, aunque el factor pimientos era un poco como jugar a encontrar a Wally con los dientes.

Una cosa graciosa de los trenes es cuando te levantas y caminas entre los vagones. En un espacio de tiempo muy corto tu cerebro registra las caras de ¿cuántos? ¿cuarenta, sesenta, ochenta pasajeros? De repente tienes una visión muy clara de la variedad de vidas humanas que pueblan el planeta. Ves las expresiones de los rostros, la gente que duerme, que ve películas en el ordenador, que lee o hace sudokus. Cada uno en su historia, cada uno convencidísimo de su propia importancia. Te das cuenta de que están ocupándose al máximo en hacer que ese tiempo pase lo más rápido posible.

La chica rubia simplemente espera. Vuelvo con mi bocadillo caliente entre las manos, me siento a su lado con el mp3 en las orejas y pienso que en un rato intentará dormir o sacará un libro, pero se limita a manosear el móvil y a mirar a su alrededor como un conejo asustado. Espera algo y ese algo está al otro lado de su iPhone. Entonces a mí me entra un cabreo subterráneo e inexplicable, porque creo que esa chica debería estar haciendo lo que todos y tratar de distraer su tiempo. En lugar de poder sentirme a salvo porque ella está en su burbuja de entretenimiento, la percibo muy cerca de mí, atenta a mis movimientos, carente de vida interior. Está esperando, punto, y eso me pone nerviosa.

Entonces tengo un momento rarísimo de pánico, una especie de ataque disociativo en que no sé muy bien quién soy ni qué me pasa, pero siento un miedo helado deslizándose por mi garganta y paralizándome el cuerpo. No sé si estoy preocupada por el texto de la boda o por ver de nuevo a la mujer de mi padre, la única persona en el mundo que es manifiestamente hostil conmigo. No sé si me da miedo la intensidad familiar o si me duele la quemadura de la cuerda que me hice escalando el martes. El caso es que de repente creo que pienso y siento demasiado, que esto es demasiada intensidad para un cuerpo tan pequeño y que algo dentro de mi cabeza va a explotar.

Respiro, respiro, respiro. Cierro los ojos. Intento volver a integrarme, encontrar en mí un espacio de calma. Me quedo medio dormida mientras escucho mi respiración, amplificada por los tapones de los oídos. Entonces la chica de los rizos se levanta y yo tengo que moverme para dejarla pasar, y la veo hablar por el móvil en la plataforma con voz rápida y nerviosa. A lo mejor es por la chica rubia, pienso, este pánico súbito. Por esa chica que no sabe entretener su tiempo y sólo espera una llamada de teléfono durante las cuatro horas de tren Cádiz-Madrid.

La miro cuando vuelve y se sienta de nuevo. Los minutos pasan despacio hasta que llegamos a Madrid. A diez minutos de la hora prevista de llegada, la chica rubia saca el cargador del iPhone y lo enchufa al asiento. Me sorprende que no se le haya ocurrido antes. A los cinco minutos lo quita y me mira pidiéndome disculpas por molestar, y después recoge sus cosas y se marcha.

La veo caminando entre maletas, subiendo deprisa las escaleras mecánicas. Manosea el móvil y casi me parece oírla respirar de alivio cuando suena y se lo puede llevar a la oreja. Pienso en la inutilidad de la espera. Mi pánico parece haber disminuido un poco y me concentro en encontrar el camino a la salida. Y mientras ando por las rampas mecánicas veo a la chica rubia, y me limito a intentar transmitirle un mensaje de forma muda. No es tan importante, seguro. No esperes todo el rato.

2 comentarios:

  1. Mopi!

    Qué intrigante esa llamada...

    P.D. Espero haber salvado a un gatito.

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  2. Miauuu..

    (Es el gatito dándote las gracias ;)

    ¡Te quiero tela! ¿te lo he dicho ya? Te tengo que llamar esta semana para saber cómo te va con ese primor caído del cielo que tienes por hija.

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