massobreloslunes: Cosas Que Amo
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lunes, 19 de julio de 2021

Objetos



Mi abuela murió el pasado Día de Todos los Santos. No es ningún drama: era mayor y hacía tiempo que había perdido la cabeza, y en esta época loca de COVID, aislamiento y mascarillas, la pobre ya no tenía mucho de lo que disfrutar.

La cuestión es que hoy se han reunido mis seis tíos a repartir sus pertenencias. No tengo claro qué se ha llevado mi madre; el único recado que yo le di fue: pide el reloj con la campana.

Se trata de un reloj antiguo cubierto con una campana de cristal. Lo tuvimos un tiempo en mi casa y siempre me gustó: me parecía mágico, como la rosa de La bella y la bestia. Cuando le dije a mi madre hace un par de días que me gustaba, me respondió: 

—Pero ¿para qué lo quieres tú, si no sabes dónde vas a poner el huevo?

No le falta razón. Ahora mismo hay como seis universos de distancia entre la yo actual y Marina comprándose una casa o instalándose a largo plazo en algún sitio. Aun así, no sé, me gusta este reloj y me gusta pensar que algún día tendré dónde ponerlo. 

Esto me ha hecho pensar en objetos a los que doy valor sentimental, que no son muchos.

Así que recuerde ahora mismo (e imagino que si no lo recuerdo ahora mismo, será porque no cuenta) solo se me ocurren tres: mi alianza de casada, mi llavero de Matilda y el Señor Chupete.

La alianza me la compré en el Multiplaza Escazú: un enorme centro comercial de San José donde me pasé un día probándome todo lo que tuvieran en blanco tratando de encontrar algo para la boda. 

Había perdido la esperanza de encontrar una. En todo sitios las hacían solo por encargo y no estaríamos en San José el tiempo suficiente. Me resigné a casarme sin alianza y pedir una más adelante.

Sin mucha fe, entré en una de las varias joyerías del Multiplaza. Aquel día llovía un montón y se escuchaba el aguacero contra los tejados del centro comercial. 

—Quiero una alianza —dije.

—¿Oro blanco, rosa, con diamantes...?

—Oro amarillo normal, de las de toda la vida.

«Señora —me entraron ganas de decirle—, si usted supiera. Nunca pensé que me casaría. Tengo hasta una etiqueta en mi blog sobre eso. Incluso aunque encontré a mi Maromo Definitivo, no creía que lo convencería para hacerlo oficial porque es de los de a mí el Estado no va a decirme a quién quiero. Pero ME CASO, SEÑORA, y el mundo ha de saberlo, y por eso quiero que mi alianza parezca una alianza y no cualquier otra cosa hippie».

Solo tenían una pareja de alianzas de oro amarillo. Me probé la más pequeña y me encajaba como anillo al dedo (JAJAJA). Además, me pareció preciosa. No sé cuántos kilates tiene, pero su dorado es como muy mágico y puro. 

La compré en el momento y luego me encerré en un baño del centro comercial, me senté sobre la tapa del váter, deshice los lazos de la bolsa y de la cajita donde me la habían guardado y me la probé con gran orgullo.

Quedaban solo dos semanas para la boda y me las pasé deseando que llegara para poder ponerme mi anillo.

E igual parece muy superficial en plan esclava del patriarcado, pero estoy orgullosa de mi anillo porque mi relación con Pablo es lo que me hace sentir más orgullosa de mi vida ahora mismo. Es lo que mejor me está saliendo. Mi hija me enorgullece, claro, pero no me da la sensación de que sea mérito mío nada de lo que hace. Mi matrimonio es otra cosa: eso sí que me lo he ganado con sangre, sudor y lágrimas.

En cuanto al llavero de Matilda: creo que ya he hablado de él otras veces. Me lo regaló mi querido Anxo por sorpresa. Se lo encargó a su madre, que iba a la feria del libro de Frankfurt, si no me equivoco, donde ella había comprado uno igual varios años antes. 

No sé si es el llavero en sí o el hecho de que hubiera tanta logística involucrada en el regalo (su madre, la feria del libro de Frankfurt, que su madre lo trajera de Guadalajara, donde vivía, a Cádiz). El caso es que fue uno de los regalos que más me han conmovido en mi vida.

El último objeto entrañable lo perdimos en el avión de España a Costa Rica. Se trata del Señor Chupete: el primer chupete de Alana y su favorito desde que nació, al que Pablo le había cortado el asa para que no se lo quitara sin querer con su manita. Imaginaba ese chupete como uno de los pocos objetos de mi hija que guardaría toda la vida, pero se perdió para siempre entre los asientos de un avión de Iberia cualquiera.

Es lo que tienen los objetos con valor sentimental, supongo; que su destino último es perderse en el olvido. O igual solo soy yo con mi despiste.

domingo, 1 de marzo de 2020

All Joy And No Fun

Hay un libro sobre crianza que se llama All Joy And No Fun: The Paradoxes Of Modern Parenthood.

Habla de cómo tener un hijo no te hace feliz, en el sentido de darte un montón de momentos felices, porque a menudo es cansado, y nunca estás en flow. Sin embargo, te da mucha alegría. Una alegría explosiva, existencial, difícil de describir.

Por ejemplo: este viernes pasado. Pablo y yo habíamos pasado la mañana trabajando mientras Alana estaba con Lua, la canguro. Después de comer, quedamos con ellas en el parque para relevar a Lua y llevarnos a la nena para casa.

Íbamos andando por las calles del centro, con Pablo casi corriendo mientras me tiraba de la mano como un niño que va a ver a los Reyes. «¡Alana, Alana —exclamaba—, ¡vamos con Alana!».

Yo andaba a velocidad normal, porque quiero a mi hija con el alma, pero un viernes de sobremesa no estaba para muchos trotes.

Cuando llegamos al parque, Pablo empezó a mirar para todas partes, buscando el carrito rosa fucsia que la hortera de una servidora le compró a la nena. Por fin, la localizó y empezó a llamarla mientras corría hacia ella.

Yo seguí caminando, cegada por el sol de media tarde, hasta que la vi. Llevaba dos coletas, que yo casi nunca le hago porque se las quita enseguida y me desespera, e iba vestida con una sudadera roja con capucha y unos vaqueritos caídos, como un rapero diminuto.

Caminaba hacia mí con el sol de espaldas, que hacía brillar sus dos coletas con un halo dorado. Era de una belleza dolorosa. ¿Sabes cuando estás con un chico guapo, y camina hacia ti, y no puedes creerte que sea tuyo y que seas tú la destinataria de esos pasos? Así me sentía yo. Sin poder creerme que esa fuera mi hija.

Después jugamos a perseguirnos, y Alana golpeó con un palo una escultura metálica durante HORAS, y se tiró en el suelo revolcándose en el polvo como una croqueta.

All Joy And Quite A Lot Of Fun, diría yo.

lunes, 2 de septiembre de 2019

Septiembre

Y el fresco por las mañanas. Y taparse otra vez por las noches. Y buscarse entre las sábanas en vez de apartarse porque el calor de un abrazo ya es excesivo. Y poder vestir a Alana con algo en vez de tenerla siempre en pañal y sudando como un pollo a la hora de la siesta. Y la noche llega antes. Y la mañana después. Y a mí me ayuda porque demasiada luz me satura el cerebro. Y el olor a proyectos que se parece al del café aunque yo ya no tome. Y volver al gimnasio y a reírme de Muslitos, el tipo que siempre lleva los muslos al aire aunque no los tenga particularmente sexys. Y a las clases de piano en la casa cutre y desaliñada de mi profesor. Y a la de música de bebés para Alana. Y usar de nuevo el Bullet Journal, que lo tengo abandonado. Y los boniatos a la vuelta de la esquina. Y el Pumpkin Spice Latte, que Dios lo bendiga.

Me encanta septiembre. Feliz septiembre.

martes, 27 de agosto de 2019

Mi niña y la lluvia

Hoy Alana y yo hemos ido a hacer la compra. Al volver a casa nos ha pillado un chaparrón terrible y hemos tenido que refugiarnos en una cafetería. Ya era casi la hora de darle de cenar y acostarla, así que me preocupaba que se pusiera nerviosa. Sin embargo, estaba tranquila y entretenida entre mis brazos, alternando entre chuperretear un trozo de cartón y comerse una galleta de chocolate.

Creo que estaba tranquila por la lluvia. Se la quedaba mirando muy atenta y a ratos giraba la cabeza y me sonreía con la boca llena de galleta. A Alana no le gusta estar en brazos; siempre quiere escaparse y salir a explorar el mundo. Hoy no parecía importarle. Estaba ahí quieta sobre mí, absorbiendo el chaparrón con sus ojazos azules, tocándome con sus manitas regordetas para asegurarse de que no me había ido.

Después, cuando ha escampado un poco, hemos subido a casa por el camino que atraviesa el bosque. El agua de lluvia serpenteaba entre las piedras. «Mira, bebé —le he dicho—, esas son las piscinas donde se bañan los duendes», e inmediatamente me ha dado vergüenza contarle algo tan cutre porque ni siquiera sé de qué tamaño es un duende. Alana sacudía el manojo de llaves que yo le había dado para que se entretuviera. A ella no le importa que no sepa demasiado del tallaje fantástico.

A ella no le importan mis inexactitudes y mis errores. Imagino que de eso va crecer: lo que dicen tus padres te va importando cada vez más, hasta que, como te descuides, te pueden sacar de quicio con dos palabras. Lo pienso mucho eso cuando miro a mi hija. Veo esta etapa como un precioso y breve oasis de amor filial y me pregunto si me aguantará cuando tenga mi edad.

De momento, caminamos por el bosque. Comemos galletas. Se deja mecer por la noche antes de que la meta en la cuna mientras le canto una nana de los Beatles. Aguanta mis chaparrones de besos aunque se revuelva entre mis brazos pidiendo que la deje en el suelo. 

De momento, mi niña y yo miramos juntas la lluvia.


jueves, 19 de enero de 2017

Ser el exterior de otros

Esta mañana he mandado un mail hablando de la próxima publicación de la novela. Para los que estáis interesados: os podéis apuntar aquí y os avisaré. Si has recibido el mail de esta mañana, no hace falta que te apuntes de nuevo. Ya te he fichado y no puedes escapar, muahahah

(A ver, mentira, sí puedes escapar. Estarás siempre a un clic de la libertad. Pero una de mis reglas para la vida es: no desperdicies nunca una oportunidad para la risa malvada)

He recibido muchos mails muy cariñosos y entusiastas sobre la publicación de la novela. Gracias a todos. En este momento trágico de mi vida, en que escribo solitaria en mi piso, rodeada de gatos, comiendo legumbres para ahorrar y pasando frío por las noches, publicar la novela es una satisfacción enorme. Me emociona mucho que os haga ilusión, y confío en no decepcionaros.

Uno de los mails que he recibido me ha llamado mucho la atención. Me escribía una lectora contándome la pena que le da saber que Pablo y yo nos hemos separado, porque para ella éramos un ideal de relación (cito de memoria).

Es curioso. En primer lugar, habla mucho del poder de las palabras para llevar belleza a los rincones de la vida. Yo he llevado en mis 31 años sobre la Tierra una existencia pavorosamente normal. No he hecho grandes viajes, ni completado proyectos fascinantes, ni tenido tórridas aventuras. Como mucho, he hecho viajes divertidos, proyectos que no están mal y aventuras con un grado de torridez que probablemente la mayoría de vosotros también habéis vivido.

Pero ah, las palabras. A mí me pasa, conmigo misma. Leo lo que escribía aquí hace tres, cinco o diez años, y pienso: pero qué vida más guay llevaba esa chica. Cuando en realidad en el momento, mientras lo vivía, mi rutina era de lo más común.

Esta mañana he leído una frase en The Daily Stoic que creo que encaja muy bien con todo esto:

There is clarity (and joy) in seeing what others can't see, in finding grace and harmony in places others overlook. Isn't that far better than seeing the world as some dark place?

Hay claridad (y alegría) en ver lo que otros no pueden ver, en encontrar gracia y armonía en lugares que a otros les pasan desapercibidos. ¿No es mucho mejor esto que ver el mundo como un lugar oscuro?

Los humanos somos criaturas increíbles. Contenemos el mundo entero en nuestra mente. Podemos traer al aquí y al ahora todo el dolor y la alegría que hemos experimentado o que creemos que vamos a vivir. Y eso tiene una cara oscura, claro: cuando sufres porque sí, sin ningún riesgo inminente para tu integridad, porque te estás acordando de aquel chico que te partió el corazón o porque te da mucha pena no saber si habrá una quinta temporada de Sherlock (le pasó a una amiga).

Pero tiene una cara fantástica, y es que uno puede entrenar la capacidad de traer luz al presente escribiendo sobre él. Eso es lo que he hecho yo en este blog para mí misma todos estos años. Escribes, y relacionas unas cosas con otras, y bañas tu realidad con la extraña belleza de una especie de poesía. Después la recuerdas así, con ese discreto halo de luz, y tu pasado se redime.

El efecto también es visible para algunas personas de tu alrededor, como supongo que le pasó a la chica del mail. A mí me ocurre con los poetas y los cantantes, cuando pienso que me encantaría ser la chica a la que Sabina le escribió Y sin embargo o A la orilla de la chimenea.

Luego está la realidad, claro, y la realidad siempre es menos poética de lo que parece. Pasa conmigo y con Pablo, y seguro que también con Sabina y sus mujeres; al fin y al cabo, lo que dice Y sin embargo es, básicamente: pienso en ti, pero me estoy acostando con otras.

Así que este post tiene dos moralejas (oh, my god, la psicoescritura se está apoderando de mi alma y ya no puedo escribir sin leccioncitas).

La primera es que no compares tu interior con el exterior de otros. Sobre esto escribí en Psicosupervivencia hace tiempo ya. Y, sobre todo, no compares tu interior con mi exterior, el de Marina, porque yo soy una persona muy normal con una vida interior muy rica que la salva del suicidio, sí, pero que a veces es difícil compatibilizar con la alegría.

La segunda, la más importante, es que tú puedes traer a tu realidad, sea la que sea, esa misma belleza y esa luz que ves en las vidas de otros, y que muy probablemente el arte (o su sucedáneo) tenga mucho que ver con eso. Mis partes favoritas de mi vida son las que he escrito. Seguro que tú, lectora del mail de hoy, puedes escribir sobre el lugar donde quiera que estés ahora. O pintar, o hacerle fotos, o scrapbooks, o escribir con caligrafía bonita una frase que escuches hoy por la calle.

La belleza está a un paso de distancia. Y es lo más infravalorado y misericordioso de ser humano.

miércoles, 8 de junio de 2016

Todo es mejor en Granada


Estoy en la terraza de mi casa de las afueras de Granada, y miro cómo cae despacio la oscuridad mientras la fresquita se mezcla con el calor que desprenden las paredes. Esta tarde la he pasado en la biblioteca de mi pueblo, dejando que el aire acondicionado me empapara los huesos. Salgo contenta, caminando entre el aire espeso, con el sol de media tarde rebotando en mis gafas, pensando que las bibliotecas son lugares esencialmente buenos.

En las bibliotecas del mundo está mi hogar, oh-ah-uh.

Estoy leyendo Skagboys, la precuela de Trainspotting. ¿Cómo yo, que soy dulce, y sensible, y casi rubia, he acabado leyéndome entera esta trilogía tan sórdida? Los personajes se dan palizas, se chutan y se prostituyen. Hace un par de semanas estuvo mi padre en casa, y cuando vio el libro sacudió la cabeza. "¿Está bien?", le pregunté yo. "Bueno... bien, bien, no es la palabra", contestó él, y se estremeció un poco.

Salgo de la biblioteca, entonces, con Skagboys pesándome en el bolso. Me he prometido que si escribía lo suficiente, me iría a tomar un batido al centro comercial del Serrallo. Resulta que hay un puesto de batidos de frutas, que es obviamente impersonal y que está en mitad del edificio, hecho de plástico, infestado de capitalismo satánico y tal, pero los batidos están riquísimos, y se está fresquito, y entra la luz por el techo, así que Pablo y yo vamos mucho.

Pero mientras camino hacia el coche me entra la duda: ¿y si cierran pronto? Así que me voy a casa y saludo a la gata, que se revuelca entusiasta contra el suelo de mármol, y abro las ventanas para que empiece a correr el aire: hay que aprovechar cuando cae el sol, como en una especie de Ramadán de la temperatura. Y me hago el batido que me pensaba pedir en el Serrallo: leche con plátano, miel y cacao en polvo.

Me tumbo en el sofá, batido en mano, con Skagboys sobre los muslos. Recuerdo que una compañera de piso traductora me dijo una vez que habían usado Trainspotting como proyecto de clase, y que era muy complejo. La edición de Anagrama está llena de notas al pie, muchas de ellas de argot rimado: utilizar una referencia que rima como sustituto de la palabra. Por ejemplo, "echar un Nat King" es echar un polvo (Nat King Cole = hole = polvo). Todo el libro está salpicado de oscuras expresiones escocesas, y pienso en que el traductor debe de tener un conocimiento muy profundo del dialecto y de la cultura  escocesa, y que resulta bonito cuando alguien conoce algo en profundidad. Y también que es un arte sutil traducir toda la jerga de Leith que vomita Welsh y convertirla en algo que no suene a Leticia Sabater puesta de coca. "Los traductores españoles son mejores que los escritores españoles", me dijo una vez mi madre. Quizá tenga razón. No leo a los suficientes autores españoles como para saberlo.

Después me levanto, doy un par de vueltas por la casa, saco el ordenador, contesto mails y finalmente decido salir a la terraza. No tengo claro que haga más fresco fuera que dentro, pero me da igual: se está bien aquí, con la mesa de plástico cubierta con un hule violeta, observando cómo se apaga el cielo y se encienden las farolas.

Estoy tan catetamente feliz de estar de vuelta en Andalucía que me da hasta vergüenza no querer vivir en otro sitio ni ser una nómada digital. Estoy feliz bajo este calor desenfrenado. Me gusta huir de él en las bibliotecas que pisaba cuando estudiaba aquí, y al salir de allí, en chanclas, con un libro bajo el brazo, me siento igual que entonces, cuando me iba a estudiar con una novela de Henning Mankell debajo de los apuntes.

Hoy hablaba con Warren, un amigo de EEUU que vive en Almería. "The problem with Andalucía", me decía él, consternado, "es que durante tres meses no puedes hacer básicamente nada durante el día en el exterior". Ah, my friend, pero es que esa es la cuestión. That's the deal. Tienes que aprender a echar siesta y salir por la noche con la fresquita a la terraza de casa, a darte palmadas en los muslos para ahuyentar los mosquitos. Así te adaptas, como andaluz, igual que se adapta el resto de la humanidad a los rincones de este raro planeta.

Pero it's fucking worth it, man. O como se diga eso en argot rimado.


lunes, 11 de abril de 2016

Werther's Original de avellana y almendra

Estoy sentada en el Pont, que es como le llamamos al bar del camping que abrieron en verano frente a nuestra casa. Tiene mesas de madera y estufa de leña, y me gusta tanto la música que ponen (pop-rock español de los últimos 30 años, AKA la duración de mi vida) que paro cada dos por tres para tararear y me cunde poquísimo. Paula, la dueña, se parte de risa conmigo porque dice que me las sé todas. "En serio - le contesto yo - es que esta podría ser mi lista de reproducción".

El Pont es probablemente lo tercero que más voy a echar de menos de aquí. Un lugar donde trabajar a gusto es un lujo cuando eres freelance. Me gusta venir y sentarme un rato en la barra con Paula o con Jose, su marido. Paula es catalana y Jose es sevillano. Son como un chiste con patas: él se ríe de la sardana y ella me cuenta, preocupada, que este verano va a ir a un festival de cante jondo y no sabe si va a gustarle.

Después vengo a una de las mesas y me pongo a trabajar con mi infusión, o mi colacao, y mordisqueo el caramelo que ponen siempre con las bebidas: los Werther's Original de avellana y almendra. A Pablo le encantan, así que para su cumpleaños le compré a Paula y a Jose la mitad de una de sus bolsas industriales. Esparcí doscientos cincuenta caramelos por toda la casa; cuando los vio, Pablo me dijo: "gracias, ¡me has regalado diabetes!".

¿Qué pasó con los doscientos cincuenta caramelos del cumpleaños de Pablo?

Nos comimos gran parte de ellos. Estaban demasiado accesibles.

También le regalamos un puñado a Ana, la que lleva la tienda del pueblo. Ana es rumana (rum-Ana!) y creo que está tan hasta el gorro del pueblo como yo. Ahora se está sacando el carnet de conducir, y temo que cuando lo consiga huya de aquí sin mirar atrás. Habla una mezcla muy curiosa de catalán y español, y a veces, cuando voy a comprar, me secuestra la compra detrás del mostrador para que me quede hablando un rato con ella.

Otros pocos se los llevó la hermana de Pablo, que vive en Madrid y nos cuida a Kalimera cuando estamos de viaje. Kalimera es la cosa número 1 que me llevo del pueblo, pero no es lo que más voy a echar de menos porque se viene con nosotros. Cuando paso por delante de la tubería donde la encontramos me acuerdo de cómo maullaba, pobrecita, como un pájaro histérico, y no me puedo creer que el culo gordo que tiene ahora le cupiera alguna vez en ese hueco.

Un gran porcentaje de los caramelos se los comieron Vane y Simón. Vane y Simón son lo segundo que más voy a echar de menos, aunque no viven aquí, sino en el pueblo de al lado. Si no fuera por ellos, nos habríamos muerto de pena. Aunque tardamos meses, a nuestro estilo, en quedar con ellos por primera vez, ahora somos asiduos a su casa a medio restaurar y a las cenas de verduras al horno que prepara Vane en honor de Pablo.

La última persona que comió caramelos de cumpleaños fue Oli, el hijo de Simón y Vane. Oli va a ser lo que más voy a echar de menos de aquí. Tiene trece años y es un librepensador. Le gustan los robots, las películas postapocalípticas y, más recientemente, una chica de Barcelona a la que conoció en un campamento. A veces se viene a cenar a casa, hacemos palomitas y las comemos en el sofá mientras vemos una peli en el proyector. Dice siempre lo que piensa, y cuando sonríe entrecerrando los ojos me derrito un poco.

El problema con Oli es que cuando volvamos a Margalef, de aquí a unos meses, o a un año, todo estará más o menos igual. Paula y Jose seguirán con sus bromas bilingües, Ana seguirá mezclando idiomas detrás de la barra y el perro loco de mi vecino seguirá ladrando como un chalado cada vez que nos lo encontramos al salir de casa. Vane seguirá teniendo su humor andaluz y su genio nórdico, y Simón seguirá haciendo juegos de palabras como "si el que cura los huesos es el osteópata, el que cura la psique qué es, ¿el psicópata?".

Pero Oli no. Oli estará más alto, quizá con la voz ronca, o con cuatro pelos tiesos en el bigote. Ya no querrá ver pelis postapocalípticas ni hablar de robots inventados. Y en unos años más se afeitará, y no dirá tres palabras seguidas, y nosotros, Pablo y yo, ya no seremos parte de su vida cotidiana, sino una gente que viene de vez en cuando y le dice "qué grande estás".

Así que quizá Oli no sea lo que más voy a echar de menos del pueblo. Quizá Oli, este Oli, sea lo único que de verdad va a quedarse aquí y a no volver nunca.

viernes, 8 de abril de 2016

El diario de Ana Frank

Hace un par de días estaba charlando por whatsapp con Kaperucito mientras releía entradas de este blog. Las entradas antiguas me producen una mezcla curiosa de sentimientos: algunas las leo por encima porque me dan vergüenza ajena, otras me encantan, otras me aburren. En general, me asombra la distancia que percibo entre yo y la Marina de entonces, porque nunca pensé que llegaría a sentirme tan distinta.

El caso es que Kaperucito y yo nos desafiamos mutuamente a escribir una entrada en nuestros respectivos blogs personales antes de que terminara la semana. Y aquí estoy.

Hace un par de semanas leí un libro llamado "Become an Idea Machine" y decidí empezar a pensar diez ideas todos los días. La teoría del libro es que la capacidad de tener ideas es como un músculo que se atrofia si no lo utilizas lo suficiente, y que las ideas son la mayor riqueza de la que puedes disponer en el mundo actual.

Me gusta mucho el ejercicio. Es mágico. De repente, existen diez nuevas ideas que antes no estaban, y no importa si son buenas o malas: lo importante es que están ahí. Es acostumbrarse a crear todos los días. No me resulta extremadamente difícil. Lo curioso es que lo he propuesto a unas cuantas personas de mi alrededor y a nadie le ha entusiasmado ni un poco. ¿Es poco interesante tener ideas? ¿No resulta lo bastante concreto, lo bastante productivo?

Dentro de dos semanas Pablo y yo nos mudamos a Granada. ¿No es increíble? Nunca pensé que volvería a vivir allí. No sé cuánto tiempo estaremos y hasta qué punto se parecerá a la última vez. Sospecho que va a parecerse poco. En cualquier caso, tengo ganas de marcharme del pueblo. Sobre todo porque en estos dos últimos años siento que hay partes de mi vida que se han empobrecido y que quiero volver a repoblar.

Tener ideas es parte del proceso de volver a traer cosas a mi vida. No creo que el empobrecimiento haya sido del todo malo; un buen blogger lo llamaría minimalismo y escribiría un artículo en Medium. Aquí he tenido la oportunidad de reflexionar sobre algunos temas a mi ritmo y creo que eso ha estado bien. Y ha habido buenos momentos y mucho oxígeno. Ni tan mal. Pero ahora quiero volver a tener estímulos, ideas y hasta objetos innecesarios. Creo que es lo que me hace falta en esta etapa.

¿Qué tiene que ver Ana Frank con todo esto? La propuesta de hoy para el ejercicio de las ideas era: piensa en 10 preguntas que le harías a un personaje histórico al que admiras. La primera persona que se me ha venido a la cabeza ha sido Ana Frank. Cuando era adolescente, me leí su diario varias veces mientras luchaba con mi inconstancia para escribir uno. Las tapas estaban manchadas de algún líquido oscuro y mordisqueadas por Sindy, la perrita de mi amiga Caro, a quien se lo había dejado para que compartiera mi entusiasmo. Quería inventarme una amiga imaginaria como Kitty y quería que en mi vida pasaran cosas dramáticas para poder escribirlas.

¿Por qué el personaje histórico al que más admiro o, al menos, el primero que se me viene a la cabeza, es Ana Frank? No fue una benefactora de la humanidad al nivel de, pongamos, la Madre Teresa. Supongo que Ana Frank demostró que la intimidad es una poderosa forma de conexión. La mayor parte del diario no se centra en reflexionar sobre la guerra ni sobre el antisemitismo. Lo que más encuentras son pinceladas de vida normal en medio del terror, y muchas pequeñas molestias cotidianas: las peleas con su madre, la comida repetitiva y los turnos para usar el baño. Con Ana uno aprende que incluso escondiéndote de la muerte te preocupa el estado de tu pelo.

Y es probable que nadie hubiera leído un ensayo sesudo sobre el horror de la guerra escrito por una chica de catorce años. El mérito de Ana fue mostrarse al mundo como una persona completa, tridimensional. Permitir que la gente conectara con la tragedia a partir de su pequeña gran historia, al precio de ser completamente vulnerable, 100% sincera.

Se me acaba de ocurrir una pregunta que no he incluido en mi lista de 10. A saber: "si hubieras sobrevivido a los campos, ¿habrías dejado que publicaran tu diario?". No sé qué respondería Ana. Ya dije alguna vez que habría sido una buena bloguera. Quizá estando viva no habría querido destapar las intimidades de su adolescencia, o habría creído que no interesaban a nadie. Quizá habría preferido esperar a la web 2.0 y disolver sus secretos en este frenesí de exhibicionismo.

En cualquier caso: la entrada de hoy va por Ana, y por Kaperucito. Por todos los que algún día han creído que la intimidad tiene algún valor más allá del autobombo. Un poco, también, por la Marina del Pasado. Y por ti, lector, por supuesto.

lunes, 14 de septiembre de 2015

De cómo conocí a vuestro Pablo (la explicación cuántica)

Como no le he contado a Pablo que estoy publicando aquí, puedo escribir sobre él de forma medio escondida, casi secreta, y decir que es fantástico sin sentir que le estoy haciendo la pelota. Así que hoy os voy a contar la verdadera razón de por qué conocí a Pablo. Esto es un secreto, que conste, porque yo siempre me posiciono en contra de la ley de la atracción y de las creencias pseudomágicas. Pero he aquí lo que me pasó a mí:

Hace ahora dos años y cuatro meses, fui de viaje a EEUU. El primer fin de semana que pasé allí, Pablo y Jenna me invitaron a ir con ellos de Camping a Shelf Road. Alquilé en el REI (una especie de Decathlon extremadamente profesional) un saco de dormir, pero no quedaban de mujer y me dieron de hombre. Pablo y Jenna me prestaron una tienda para que durmiera y yo me metí en mi saco de hombre, que era demasiado grande y fino para mí. Me congelé de frío toda la noche. Recuerdo aquella noche como una de las más solitarias de mi vida. Era la metáfora perfecta: estaba muerta de frío y no podía hacer nada para escapar.

Al día siguiente, mientras caminábamos hacia el sector de escalada, tuve un pensamiento alto y claro. Me dirigí al hombre de mi vida, ese que yo sabía que estaba en alguna parte, y le dije: "Ya me he hartado de esperarte. Te necesito ahora. Ven ya, por favor".

Y una semana después, conocí a Pablo.

Curioso, ¿no?

Probablemente fue casualidad. Pero quién sabe si de mi frío y mi soledad, y de todos esos años que pasé tratando de ser mejor persona para merecerme a mi chico cuando llegara, surgió un único pensamiento, poderoso cual patronus de Harry Potter, que convocó a Pablo desde un remoto rincón del sur de Colorado.

Eso era lo que quería contaros hoy.

Posdata: tengo escrito un post sobre esa noche, pero no me apetece enlazarlo. Lo podéis buscar en los archivos si os apetece, o en google; creo que se titula "todos los fríos el frío".
Posdata 2: sí, es probable que haya tardado más en escribir la posdata que en enlazar el post.

viernes, 4 de septiembre de 2015

Mi felicidad

Desde hace unas cuantas semanas, estoy extrañamente feliz. Y digo extrañamente porque ya os conté el último día que llevaba meses con una nube negra sobre mi cabeza, como si mi vida estuviera metida en un agujero que cada vez se hacía más y más estrecho. Ahora, de repente, ha vuelto la luz y todo parece apetecible y emocionante. 

Disfruto de mi chico, de mi gata y del silencio.

De Pablo disfruto todo el rato. ¿Sabéis eso de "no darse cuenta de lo que tienes hasta que lo pierdes"? A mí no me pasa. Yo me doy cuenta todo el rato de que tengo a este chico fabuloso, del que me gusta hasta cómo coloca los tuppers en el lavavajillas. 

Pablo ha cambiado todo lo que yo creía saber que era una relación. Hace un par de días, una amiga nos dijo que "no se sabía dónde empezaba el uno y dónde terminaba el otro", y yo me lo tomé como un halago. Me da igual ser absurdamente codependiente de Pablo, me da igual estar fusionada con él y acostarme por las noches pensando que me da pena dormir porque en ese rato no podemos estar juntos. Ahora me creo la teoría de la media naranja y de las almas gemelas, y pienso que nadie en el mundo está tan enamorado como nosotros y que seremos así siempre. Es un amor irracional y apabullante, y me encanta.

De Kalimera me gusta su curiosidad. Le interesan nuestras duchas, las películas que vemos, lo que hay detrás de cada mueble y dentro de cada bolsa. Su curiosidad es mayor que su instinto de supervivencia, y por eso cuando pasamos la aspiradora o me seco el pelo ella se queda un momento quieta, luchando contra el miedo que le da el ruido, antes de alejarse saltando sobre sus patitas blancas. Es extremadamente gatuna: molesta y adorable, juguetona y perezosa. De repente está saltando sobre ti como un ninja entrenado, y al momento siguiente se tumba a dormir y se tapa la cara con la patita porque le molesta la luz.

Y luego está el silencio hondo que hay en el pueblo después del verano, suspendido en el aire como lo contrario a una tormenta eléctrica. Salimos a escalar y hay una paz profunda, intensa, que se extiende por el cielo nublado de septiembre. Y disfruto del silencio y de sus posibilidades, de ver por fin lo que hago y lo que escribo como una oportunidad y no como una obligación.

Feliz, en resumen. Tan sencillo y complicado como eso.

lunes, 2 de septiembre de 2013

Back home

A menudo, cuando no sé qué escribir, comienzo describiendo dónde estoy o lo que tengo enfrente. Ahora mismo, por ejemplo, estoy sentada en la mesa del salón de mi nuevo y temporal hogar en Cádiz. Bebo cacao vegano, resisto las ganas de levantarme a apagar la luz de la cocina y observo con el rabillo del ojo a Pablo, que lee a Paul Auster sentado en el sofá.

Este momento es una buena metáfora. Porque antes mis ratos de escritura sólo nos comprendían a mí y a la escritura. Todo lo que había frente a mis ojos era un espacio vacío, y en ese espacio las palabras resonaban y encontraban su camino hasta mis dedos. Ahora en ese espacio, justo en la esquina de mi campo visual, está Pablo, y eso no es ni mejor ni peor; es. Y digo que es una metáfora porque es exactamente lo que ha pasado en mi vida: no se trata (solo) de tener a alguien a quien abrazar y querer y achuchar y atormentar con mis monólogos. Se trata de que él está al costado de mi mente, en la esquina de mi campo visual, y esa es la nueva forma que elijo de vivir mi vida.

Sé que he abandonado esto bastante tiempo, pero ha llegado septiembre y el abandono terminó: volvemos al ring con más furia que nunca. Estos últimos meses han sido difíciles, en el sentido de que no conseguía encontrar mi lugar sobre la Tierra. Madrid me tenía apartada de mi órbita y luchando por recuperar el centro, y la perspectiva de que Pablo se marchara durante vete a saber cuánto tiempo a miles de kilómetros de distancia me encadenaba voluntaria a sus huesitos. Ahora Pablo se queda, y llega el otoño, y volvemos al cole en las frescas mañanas de fin del verano, así que ha llegado el momento de retomar los proyectos como quien empieza una colección por fascículos: con la convicción de que esta vez seguiremos hasta el final.

Ayer llegamos a Cádiz a eso de las cinco, porque habíamos salido temprano de Málaga para eludir el sol de la tarde en los ojos. Colocamos las cosas, echamos una siesta rápida acucharados en la cama y nos fuimos a la playa. Soplaba un levante discreto. Ya está, pensaba yo; ahora Pablo conoce el levante, se da cuenta de lo que es Cádiz de verdad y de lo que soy yo de verdad, y se va. De vuelta a Buenos Aires, después a San Francisco, después a Honolulu, o al punto de la tierra más lejano a mí que encuentre.

Él, por su parte, arrima un poco a la mía su silla de playa y me dice que el viento le gusta. Que le parece agradable el airecito.

Nos giramos de espaldas al mar, para que la luz no le haga polvo los ojos claros, y charlamos arrejuntados toda la tarde. Cuando queda poco para que el sol se ponga, nos damos la vuelta y nos ponemos la ropa sobre los bañadores, porque empieza a refrescar. Yo me enrollo en mi toalla seca y observamos cómo el movimiento del sol hacia el horizonte se nota a ojos vista. Detrás de nosotros, una señora mayor canta a voces: "al sol le llaman Lorenzo, y a la Luna, Catalina". "Welcome to Andalucía", se dice a sí mismo Pablo, y yo me río. "La he contratado yo, para que anime el espectáculo".

El sol baja despacio. "Still there, still there, still there", repetimos nosotros, imitando a Jesse y Céline en Before Midnight, que vimos hace ya un par de meses en un cine de Madrid. La señora cantora exclama: "está el sol hoy redondito, redondito, como una teta mía panza arriba", y nosotros nos reímos, mientras me doy cuenta de que cualquier cosa que cuente de Cádiz no podrá ser nunca una exageración. "Still there, still there, and... it's gone". Los últimos restos se zambullen como una carpa de luz sobre el agua. Nosotros recogemos las sillas y nos vamos a casa.

Hoy hemos pasado la tarde en el centro, haciendo mandaos, lo que antes consistía en mí yendo entusiasmada de un lado a otro y ahora es lo mismo, pero con Pablo de mi mano mirándome con una mezcla entre "eres una maruja y yo esta parte de ti la desconocía" y "pero te quiero. Creo". Yo estoy TAN feliz de estar de vuelta. Madrid me aberró TANTO los últimos meses, que cuando empujo sin querer a una señora y ella me sonríe, y cuando la del Zara Home me aconseja que no compre las sábanas hoy, que mañana vienen más baratas, y cuando el tendero les da una vuelta cuidadosa a los huevos en la caja para comprobar que no están rotos, se me escapa la sonrisa de los labios.

Estoy de vuelta en muchos sentidos. Estoy en casa en muchos, muchos sentidos. Ya es hora, dice Vetusta. Ya es hora de replegar las alas rumbo a casa. Casa es muchas cosas. Es Cádiz ahora, pero sólo por lo que Cádiz significa y porque aquí puedo, por fin, escuchar mis pensamientos. Soy yo aquí sentada, escribiendo de nuevo y comprobando que cabe otra persona en el extremo de mi campo visual. Y Casa es Pablo. Ahora mismo, sobre todo, casa es Pablo, y Pablo está en casa.

miércoles, 24 de octubre de 2012

Tu primer día en el mundo

Tu nombre significa verdadera, justa, sincera, y hoy es tu primer día en el mundo. Y vaya día, pienso mientras espero el autobús a la salida del hospital. Llueve como si ese mismo mundo se estuviera acabando. Así llueve en la Ciudad del Viento, el lugar donde te ha tocado nacer; aquí no nos andamos con chiquitas. Yo he apoyado la cadera en la pared de un soportal y estoy leyendo "Mentiras de verano", de Bernard Schlink. Disfruto como un cerdito, porque Schlink es muy bueno. No sé qué te espera en la vida, pequeña niña con nombre de verdad, pero ojalá te guste leer. Seguro que sí. A tu padre le gusta y tu abuela dirige una biblioteca revolucionaria. Eres una niña con suerte.

Pienso en tu primer día mientras el autobús navega por las calles inundadas de la Isla. La gente se asoma a los barrotes de las casas bajas que hay cerca de Camposoto y le grita al conductor que vaya despacio. Como si el conductor no lo supiera. Yo planeo hacer una tarta esta tarde y llevarla mañana al hospital, y mientras me pregunto qué pasaría si el autobús se queda encallado en esta Venecia súbita, intento decidirme entre un brownie de chocolate y una tarta de manzana. A favor del brownie: lo controlo, me sale bien, le gusta a todo el mundo. A favor de la tarta de manzana: tengo manzanas en casa y pega con esta tarde. No me preguntes por qué, pequeña, pero pegan el aroma de la manzana y la canela saliendo desde el horno y mezclándose con la lluvia detrás de la ventana.

Llego a mi piso, almuerzo sopa y ensalada con salmón, contesto con excesivo entusiasmo el mail de un lector. Has de saber, pequeña niña con nombre de verdad, que el mundo es un lugar precioso. Ojalá llegues a darte cuenta. La vida es muy corta: tú sólo has gastado un día y yo ya he dejado atrás varios miles de los que me tocaban. Pero es ancha, mi niña, y transcurre entre los cauces de nuestra mente con la misma fuerza que el agua esta mañana por las calles de la Isla. A la vida, como a mi furgo, como a ciertas mujeres, le cabe tela. Ésa es la sensación que tengo hoy, mientras contesto el mail de un lector encantador que, curiosamente, se llama casi como tu papá, y que me demuestra por enésima vez que la gente con ilusión e ideas existe: que sólo hay que encontrarla.

Después de contestar el mail voy al súper, porque aunque las manzanas reposan, redondas y rojas, sobre la encimera de la cocina, me faltan algunos ingredientes para la receta que he elegido. Me acerco al Supersol en chándal, con las llaves en la mano, cruzando el espacio fantasma de la calle Real donde se supone que debería haber un tranvía. También la calle Real es ancha y está llena de espacio entre la gente que pasea. El súper no tiene mucha variedad, pero yo elijo con cuidado los limones, la leche entera gallega, la mantequilla asturiana. Ojalá todo esto sepa rico, pequeña, porque tú te lo mereces.

Vuelvo a casa, me lavo las manos, pongo a José González en el ordenador. Igual lo escuchas algún día, en un futuro lejanísimo en que yo seré una anciana rodeada de gatos y tú una jovencita intelectual y adorable. Me cuesta describir su música, pero digamos que es buena para hacer cosas que requieren tranquilidad de espíritu. Como dibujar o cocinar tartas de manzana. Me relajo y sigo la receta paso por paso con sumo cuidado. Meto el dedo en la masa un par de veces, lo confieso, pero confío en que a ningún miembro de tu linda familia le importe. Cuezo las manzanas en zumo de limón y azúcar, bato la mantequilla con más azúcar, huevos y harina. Mido la levadura con poca fe. Los pasteles nunca me suben y siempre echo el doble para compensar, pero esta vez quiero ser exacta. La tarta que he elegido, pequeña niña con nombre de verdad, se llama tarta de manzana con crumble de canela. El crumble es como una cobertura crujiente de grumitos. Me gusta la idea de la diferencia de texturas, y también que es una tarta larga de hacer, sosegada. En tu primer día en el mundo, pequeña, te mereces que alguien piense en ti y te dedique algunas horas de su tiempo.

Ojalá siempre sea así. Ojalá siempre tengas a alguien que te piense y te quiera. Seguro que no te va a faltar amor. Has tenido suerte, en serio: has caído en un sitio bueno, con unos buenos padres y un buen hermano, con vientos que barren la pena en las dos direcciones y la sustituyen por una sensación alegre de continuo movimiento. Crecerás rodeada de libros y de risa. Serás en la vida todo lo que quieras ser, y vivirás muchos momentos hermosos, llenos de luz azul y de olor a canela en las tardes de otoño.

Por mi parte, paso parte de los cuarenta minutos de cocción mirando fijamente al horno y amenazándole de muerte. Si me jodes la tarta, maldito engendro de Satán, te mataré. Miro la foto de la receta en la página web de donde la he sacado. Después vuelvo al horno y comparo mi tarta con la foto. Después miro el reloj. Cuando abro no las tengo todas conmigo (¿no te encanta esa expresión?), y el vaho que sale del horno me empaña las gafas. Gruño, las limpio, observo el aspecto de la tarta y el del crumble. La tapo con un trapo y me tumbo en el sofá a seguir leyendo a Schlink, mientras con una mano aparto los mosquitos que persisten en el otoño gaditano a pesar (o quizá a causa de) esta lluvia salvaje.

Y adivina qué, pequeña niña con nombre de verdad. Hace unos minutos he cortado la tarta en pedazos para meterla en un tupper y no he podido resistirme a probar uno. Y la tarta, tu tarta, está perfecta. Y tendrías que ver lo mal que se me ha dado siempre la repostería. Pero la tarta es perfecta, de verdad, y deliciosa. La manzana está tierna, el bizcocho esponjoso, el crumble cruje. Es una tarta genial, y espero que algún día te enteres de que en tu primer día en la tierra se hizo una tarta perfecta a lo largo de varias horas de música y cariño contenido. Yo, personalmente, lo consideraría un buen augurio.

Sin más, me despido, deseándote que vivas una vida larga y sana y seas feliz. Que siempre tengas alegría, libros y alguien a quien querer. Que haya en ella muchas tartas y un poco de suerte. Y acuérdate siempre de ser amable.

Creando recuerdos

Parece ser que hay un ejercicio de terapia no sé si familiar o estratégica que consiste en prescribir a la familia que cree recuerdos. Se supone que, igual que uno se esfuerza por salir guapo en las fotos para mirarlas luego, hará su vida más agradable si la piensa como material de futuros recuerdos. Yo últimamente tengo a menudo la sensación de estar creando recuerdos. Porque algunos momentos de mi vida cotidiana son de una belleza impactante, y no belleza de puestas de sol, que también, sino belleza humana, mental, sensible: llamémosle belleza vital.

En eso pienso en la guardia del sábado con el MIR, que es amor. Es la única persona del mundo capaz de quitarte la angustia de los falsos viernes pre-guardias y hacerte llegar con ganas al hospital. La tarde es muy tranquila y la pasamos charlando entre la cafetería y los escalones al sol, junto a la puerta lateral del edificio antiguo. ¿Cuántas horas seguidas charlamos?, me pregunto después. Si echas la cuenta, pueden haber sido cuatro o cinco, de forma relajada pero ininterrumpida. Tomamos cocacolas sentados frente al tanatorio. Recordamos a los pacientes que compartíamos en Agudos. Entablamos amistad con una gata romana y flaca que se frota entusiasmada contra nuestras piernas.

Por la noche quedamos con la adjunta para tomar algo en la cafetería. A ella no le gusta el sandwich de pollo, así en general, pero se pide uno, porque ha educado a todo el personal de la cafetería para que se lo haga a su manera: con dos tostadas en lugar de con tres, sin mantequilla y muy tostadito. Mientras se lo preparan, le ponen una tapa de croquetas y se toma una cerveza con el codo apoyado en la barra. Lo hace en todas las guardias, todas las noches. Es absurdo, es decir: podría limitarse a pedir algo que sí le gustara en vez de traer en jaque a los camareros con el sandwich de pollo. Pero el sandwich es su cosa, y le da motivos para esperar un rato acodada en la barra y charlar con quien quiera que se esté quejando en ese momento de tener que aplastarle las rebanadas de pan bimbo con la espátula.

Cada uno tiene su cosa en las guardias, ¿verdad, MIR?, le comento mientras nos acercamos a la cafetería. Creo que mi cosa van a ser los colacaos de media noche, digo luego; desde que descubrí que la cafetería abre 24 horas no me puedo resistir a un colacao calentito justo antes de meterme entre las sábanas tiesas de la habitación de residentes. Pero después de la cena lo que me apetecen son conguitos, no sé por qué, y el MIR y yo cruzamos el vestíbulo desierto en dirección a la máquina de vending, que sólo puede ofrecerme unos M&Ms normales. Me los como con entusiasmo mientras el MIR fuma, intento que la gata se coma un yogur que he robado del comedor y la bautizo como Julia, por algo tan sencillo como que el gato de la adjunta del sandwich se llama Julio.

Nos vamos al dormitorio y charlamos otro rato. A ver si no llaman, dice el MIR, colocando con cuidado el busca sobre la mesilla de noche. Ya verás como no, contesto, ya verás como todo va a ir bien. Tú siempre haces que sienta que las cosas van a salir bien: me haces sentir segura. A pesar de que creo firmemente en lo que digo, a las dos suena la musiquilla de Nokia y nos levantamos sin una queja, y mientras caminamos por los pasillos desiertos que comunican el edificio viejo con el nuevo, miro la marca de las sábanas en la mejilla del MIR y pienso en la poquísima vergüenza que tiene el hospital recortándonos dinero de las guardias a los residentes. Después vemos al paciente, me deleito en la calma bondadosa del MIR y volvemos a la cama. Antes, eso sí, paso por la cafetería para tomarme mi colacao de media noche. Porque es mi cosa. Buenas noches, le deseo por segunda vez al MIR antes de dormir. Piensa en cosas bonitas. Tú también, me dice él. Piensa en Julia.

Últimamente, cuando tengo que hacer algo que no me apetece, como sacar la ropa de invierno, o lavar los platos, o acercarme a dar apoyo moral al roco nuevo que estamos construyendo aunque no sepa soldar hierros, me digo: Marina, ésta es tu vida, es la única que tienes y es tu responsabilidad hacer que funcione. Y me pongo al lío. Y, en general, estoy orgullosa de esta vida que estoy construyendo: de su gente, sobre todo, y de que sé que en el futuro me acordaré del MIR y de mí, juntos y contentos en las guardias de sábado, burlando la muerte sentados a las puertas del tanatorio y tentando a los gatos perdidos con colacaos de medianoche.


martes, 2 de octubre de 2012

Port Aventura

La última vez que viajamos con mi padre fue a Port Aventura. Lo gracioso es que ya habíamos estado allí antes. Yo, concretamente, dos veces: una con mis padres, con los dos, cuando era tan pequeña que no llegaba a la línea que marcaba el límite para montarse en las atracciones peligrosas. Recuerdo cómo miraba de lejos el Dragón Khan, intentando imaginarme el calibre de la experiencia de sentir mi cuerpo manejado en esas direcciones, a esas velocidades. Después volví en el viaje de fin de estudios del colegio y por fin me atreví a subirme en el Dragón Khan, y hasta compré la foto de recuerdo, en la que salimos la PK y yo agarradas de la mano. Era de noche, era nuestro último viaje de la jornada y recuerdo cómo puse todos mis sentidos en aquel momento, intentando cristalizar una felicidad que se me escapaba.

El caso es que mi padre decidió ir allí, no sé por qué. Le había cogido el gusto a las montañas rusas desde que le convencí para probar el Space Mountain, en Eurodisney. Creo que para mi padre las montañas rusas fueron como para mí la escalada: la prueba de que todavía podía ser otro tipo de persona. Continuamos con el Jaguar, en Isla Mágica; si queréis mi opinión, las montañas rusas colgantes están a años luz de las normales. Creo que el balanceo compensa la fuerza centrífuga y la sensación es mucho más descafeinada.

No recuerdo mucho de aquel viaje. Lo que sí recuerdo es que sólo saqué un par de fotos. Mi padre dejó de hacer dos cosas en los viajes cuando se separó: una era poner música en el coche, y la otra hacer fotos de los viajes. Luego, directamente dejamos de viajar todos juntos, pero bueno; eso fue ya hace demasiado tiempo como para ponerme melancólica. También recuerdo que el segundo día compramos unas pulseras rojas que te daban prioridad para montarte en las atracciones importantes: el Dragón Khan, una barca gigante que se tiraba desde un volcán y te ponía chorreando y nosequé otros sitios. Y cuando cruzamos las puertas de entrada con nuestras pulseras en las muñecas, mi padre dijo algo como: "A ver, por favor, que alguien nos vaya apartando pobres", y a mí me hizo mucha gracia.

Me encantaría volver a Port Aventura. No sé si habrá hueco para eso en mi apretada agenda de viajes de escalada/ jippys/ couchsurferos/ low cost, pero en algún punto de mi vida me gustaría gastarme el absurdo precio de la entrada y quizá el absurdo precio de una pulserita de ricos, y entrar en ese universo controlado de experiencias de imitación. Restaurantes que imitan a mexicanos. Espectáculos que imitan las danzas indonesias. Enormes montañas rusas que imitan las mariposas en el estómago, o las emociones, o quizá el amor.

Me gustan mucho, mucho, mucho las montañas rusas. Ninguna otra atracción se les parece: ni las caídas libres, ni las ruedas infernales. Las montañas rusas son un viaje. Va, recordadlo ahora. Cómo te subes, te colocan las protecciones de seguridad y algún empleado desganado les pega un tirón para ver si están bien fijas. Luego eres tú quien se pone a dar tirones para probar mientras subes la primera cuesta, esa que va tan despacito y que te hace plantearte qué coño pintas aquí, pudiendo estar abajo hartándote de nachos de imitación. Te preguntas qué harías si te dieras cuenta ahora de que tus protecciones están sueltas. ¿Te oirían si chillaras? ¿Podrías bajarte y descolgarte por los hierros? Después empieza el recorrido, la velocidad, el miedo controlado y el cielo mezclado con la tierra. Gritar sin censuras; ahora que lo pienso, a lo mejor la gracia de las montañas rusas está en poder gritar.

Recuerdo otra cosa de Port Aventura con mi padre. Volvimos en coche desde Salou hasta nuestro hotel en Barcelona, ya de noche. A mi padre nunca le ha gustado conducir de noche, y creo que de ahí he heredado yo una precaución casi supersticiosa a viajar cuando está oscuro. Mi hermano se había quedado frito en el asiento trasero; me lo imagino tirado con el cuello torcido y la boca abierta, como dormía de pequeño. Mi padre me prohibió dormirme. "Necesito que hables conmigo durante el viaje - me dijo - para no dormirme yo y que no tengamos un accidente". Y no sé de qué hablaríamos: supongo que del Dragón Khan, de lo que queríamos ver en Barcelona o de lo divertido que había sido jugar a ser ricos con nuestras pulseras prioritarias. Pero sí recuerdo las luces en la carretera, la intuición del silencio detrás de los cristales y esa sensación, ahora tantas veces repetida, de que con mis palabras estaba cumpliendo una misión importante.


PD: Me chivó mi hermano hace poco que hay una nueva montaña rusa en Port Aventura y acabo de buscarla en Google. Se llama Shambhala, y aunque me dé pena que a su lado el Dragón Khan parezca hasta pequeñito, me encantaría probar en algún momento sus enormes y salvajes curvas blancas.




lunes, 30 de julio de 2012

Amenazando de muerte a los grandes escritores contemporáneos; así me va

A ver, Jonathan Franzen: tú y yo tenemos un problema.

Lo sé en cuanto salgo hoy a la calle con Las correcciones bajo el brazo y me siento en una terracita de la plaza a tomar un tinto. He pasado la mañana en casa, terminando un absurdo trabajo de investigación del curro, y opino que ha llegado mi momento de relax de lunes. Tu libro y yo tenemos una cuenta pendiente. Reconozco que te aparqué el sábado y me llevé el Kindle a la guardia, porque ocupa menos, y que entre paciente y paciente me leí una novela cutre de David Safier que, no obstante, me hizo reír mucho un par de veces. Ya hablaré de la experiencia Kindle, por cierto, pero adelanto que no sabes cuánto me alegro de tener tu libro en papel. Porque tu historia, tus palabras, se merecen ocupar un lugar real en el mundo, tener dimensiones y peso.

El caso, Jonathan, es que a ver, cómo te lo digo: yo quiero ser escritora. Vale, corrijo, que escritora ya soy. Yo quiero escribir más y mejor, quizá algo largo, quizá una novela, y no hacerme rica (aunque no estaría mal) pero que me leyera mínimamente alguien y, sobre todo, sentirme orgullosa de lo que escribo. Pensar que he hecho un buen trabajo relatando las cosas de la vida.

Y ahora llegas tú con tu estúpida prosa fabulosa y ¿dónde quedo yo, Jonathan? Eso pienso cuando el Camarero Muy Amable del bar de la plaza me trae el tinto y unas aceitunas partidas y amargas. Ataco las cincuenta últimas páginas de tu libro con resolución. Hay algo solemne y triste en terminar un libro que te gusta de verdad. Yo leo un par de párrafos de tu novela. Suspiro admirada y paseo la vista por la plaza. Bebo un poco de tinto. Leo otro par de párrafos. Suspiro admirada. Y así.

A mi alrededor, el mediodía isleño tiene los contorno nítidos de una peli costumbrista. Las mujeres con chanclas y el pelo muy largo, los hombres con la camisa un poco abierta que toman copas de manzanilla en la puerta del bar. La luz blanca, el poniente suave. Yo estoy francamente preocupada, Jonathan, porque a ver cómo le explico a la gente que si Dios iba buscando hombres buenos por Sodoma y Gomorra para ver si podía salvarlas, yo salvaría a esta humanidad si sé que en ellas existe alguien que tiene como tú la capacidad de percibir y describir así de bien el tejido terrible y hermoso del que está hecho la vida.

No sé, Jonathan. Yo ya hace tiempo que renuncié a ser una buena crítica literaria. Como lectora soy anárquica, y cuando quiero hablar de lo que me gusta me quedo tan corta que me frustro. Pero hoy es que estoy cabreada contigo, simplemente, y no puedo escribir aquí como si nada, como si hoy el último capítulo de tu libro no me hubiera parecido tan cruelmente brillante que me han dado ganas de gritar.

En fin. Qué quieres que te diga. Tú a lo tuyo: a escribir con esa precisión y belleza, tocando mi cráneo con tus palabras hasta que resuena estilo gong de un convento tibetano. A violar palabras cual jovencitas indefensas, Jonathan, que de verdad que lo que tú haces con la lengua escrita debería estar penado por la ley. A explicar motivaciones humanas oscuras y simples con facilidad de artesano experimentado. A regalarme bonitos mediodías y la experiencia de sentir que no importa qué le pase al mundo, que con un buen libro a mano una tiene algo parecido a un seguro de felicidad.

Tú a lo tuyo, Jonathan, insisto. No te prives. Pero luego no te quejes si yo leo otra de tus novelas y decido que para qué intentarlo y me quedo sentada en una esquina, enfurruñada, repasando las páginas para tratar de descubrir tus artimañas de mago. Si cierro el portátil para siempre y me dedico a la jardinería o a la restauración de muebles. Si me vuelvo loca en las librerías, agitando novelas chungas sobre mi cabeza y gritando algo como "¡¡todo esto es una mierda!!. Y, sobre todo, si un día te conozco en persona y no me queda más remedio que partirte las piernas.

miércoles, 6 de junio de 2012

Carta a un MIR de psiquiatría

Hey, MIR:

Hoy te quiero escribir concretamente a ti para contarte una cosa bonita. Hemos estado tomando algo al mediodía y me ha encantado verte, como siempre. Llevo regular este cambio de rotación. Cada vez que te adaptas a un sitio y después tienes que irte es un poco como ser expulsado... no exactamente del paraíso, pero sí de un lugar al que ya te habías acostumbrado. Como minidespidos sucesivos: el PIR es una ETT constante. Así que me consuela verte y que me cuentes cómo van las cosas en la Unidad.

No es fácil esto, ¿eh, MIR? Por eso me gusta charlar contigo desde que te conocí: porque eres objetivo sin perder el optimismo, y porque desde el principio te tomaste este camino como lo que es. Nada perfecto pero sí bastante interesante. Por eso te quiero contar que esta tarde, después de comer y echar una mini siesta, he cogido la furgo y me he ido al centro de salud donde estuve rotando el año pasado. Allí me empeñé en ver pacientes aunque en principio no estuviera previsto, porque me parecía que podía ser útil. Presenté el proyecto, a la directora le pareció bien y me abrieron una agenda los lunes por la tarde.

Ahora imagíname, MIR, todos los lunes de julio y agosto, desde las tres hasta las siete, viendo pacientes nuevos como si no hubiera un mañana. Uno cada media hora. Yo en la consulta, el centro casi en penumbra, la playa a trescientos metros, mis camisetas de tirantes gritando debajo de la bata. De aquellas consultas recuerdo un batiburillo de penas y a mí intentando hacerlo lo mejor que podía. La idea era ver a los pacientes una o como mucho dos veces y luego mandarlos otra vez a su médico de cabecera.

Hoy estaba un poco triste, MIR, porque a veces siento que no llego. Me siento una farsa profesional, verídico: con todo mi desastre a cuestas, creyendo que podría hacer mucho más, que a veces me limito a apagar fuegos. He vuelto a primaria para revisar las consultas que hice el año pasado, porque voy a publicar un poster con los resultados y quería echar cuentas. Cuántos pacientes vi, a cuántos derivé, cuántos mejoraron. El objetivo era evitar que pequeños problemas se conviertan en grandes trastornos. Transmitir un poco eso que tú y yo sabemos: que la vida no es perfecta, que a veces uno está triste, o angustiado, o se siente solo, pero que eso no quiere decir que necesite ir a un centro de salud mental.

He empezado a repasar historias. De la mayoría aún me acordaba: del chico de la alopecia, de la chavala que estaba deprimida porque, después de mucho tiempo pidiéndoselo, su novio francés se había venido a vivir a Cádiz y no sabía qué hacer con él. De la mujer que adelgazaba sin parar y estaba convencida de que nadie podía verla. Del señor con infarto de miocardio que se había quedado asustado para siempre.

En total, veintisiete pacientes, MIR. Que no está mal para menos de dos meses. De esos veintisiete, sólo uno tuvo que ir después a salud mental. Uno. Los demás siguieron con sus vidas, y si miras el resto de la historia la mayoría vuelve a su médico a contar catarros y esguinces de tobillo. Alguno se queja otra vez de ansiedad o de tristeza, pero son los menos.

Y entonces me entra una cosa por dentro que igual se puede llamar orgullo. Porque cuando me fui del centro de salud intenté seguir con las consultas, pero no fue posible. No ahondemos en las razones, que los blogs los carga el diablo. El caso es que a pesar de eso, ahí están esos veintisiete pacientes, ¿sabes? Que son veintisiete personas con veintisiete vidas, y no es que yo se las arreglase, pero se les dio una respuesta, se intentó aliviar su sufrimiento, hubo un cambio.

Por eso estamos aquí, MIR. Igual yo soy un poco farsa como psicóloga a veces, y seguro que podría hacerlo mejor. El sistema también podría ser mejor. Tú y yo podríamos estar más contentos, en general, o por lo menos sentir que estos cuatro años nos están llevando hacia algún puerto medio seguro. No siempre es así. A veces nos balanceamos en lo precario de este extraño presente. Aun así, resistimos. Tenemos que resistir. Por todo: por esos momentos en consulta en los que sientes que estás conectando con alguien y que sólo por eso merece la pena. Por las cocacolas compartidas y el tabaco de liar al sol. Porque nos reímos casi siempre. Y por los pacientes, MIR, sobre todo por eso; porque a veces pasa, a veces hay un cambio, a veces significas algo. Y en ese momento, tú y yo lo sabemos, todo lo demás merece la pena más que de sobra.

jueves, 17 de mayo de 2012

Esa delicada frontera entre la tristeza y la falta de sueño

¿Qué puedes escribir cuando estás triste? No te sale escribir cosas alegres, porque estás triste. Tus intentos de humor no te hacen gracia. Querrías contar que con la furgo tienes mucho menos peligro del que piensa el Kpot, que te llama "el Ángel de la Muerte", aunque el tema de aparcarla y/o moverla en espacios pequeños se te da regular. Que ayer te fuiste al Mercadona a comprar cosas pesadas sólo porque no tenías que llevarlas después a cuestas, y que después te pasaste diez minutos buscando la palanca para abrir el depósito de gasolina cuando el coche no tiene ninguna. Pero esas cosas, que en su momento te hicieron mucha gracia, ahora mismo te resultan forzadas y huecas porque tú en realidad sólo quieres dormir.

Así que piensas en contar lo que te lleva poniendo triste todo el día, pero a lo mejor no es tan buena idea. No tienes claro si va a ser mejor o peor. El caso es que en el curro han empezado a primera hora a hablar de recortes, y a ti te han dicho en cuánto se te queda tu sueldo base y te han dado ganas de llorar. Y no sólo porque te recorten el sueldo, que bueno, a las malas tienes un sueldo, de hambre no te mueres, tienes para vivir y para tus caprichitos. Es más bien porque encima es eso, que tienes que estar agradecida, cuando en realidad eres una mujer de veintisiete años con una licenciatura que sacó el puesto doce entre tres mil personas, que toma decisiones, asume responsabilidades y trabaja todo lo bien que puede.

El caso es que a media mañana te avisa el MIR para bajar a la despedida de los residentes de cuarto año. Tú ya has dicho muchas veces que el MIR es amor en estado puro, y tenerle rotando en la Unidad contigo es de lo mejor que te podía pasar. Porque él te ve, aunque a veces se ponga pesado con su "¿qué te pasa, PIR?" y tú tengas que explicarle que es sólo la hipoglucemia de las dos de la tarde. Porque conserva la calma en medio de la tormenta y el optimismo en medio del pesimismo. Así que bajáis los dos juntos por las escaleras, que a él no le gustan los ascensores y tú estás dispuesta a hacer el esfuerzo aunque prefieras ir en dirección ascendente. Te miras en el espejo. Vas supermona hoy, con unos vaqueros negro, una camiseta de tirantes de color coral y la bata remangada hasta los codos que te da un aspecto así como de profesional casual, de extra mal pagada de Anatomía de Grey.

Os sentáis en la primera fila del salón de actos. La ceremonia en sí pues nada, un rollo, o más bien un rollo si no formas parte de la ceremonia, ni conoces a los mires, ni nada. Estáis ahí para dar apoyo moral a la psiquiatra, que además ha ganado un áccesit a la mejor trayectoria y se merece vuestro aplauso. Cuchicheas con el MIR y le cuentas un chiste que acabas de inventarte: Va un hombre a urgencias y le dice al médico "oiga, que me duele el ojo", y el médico le contesta "porque tiene un cuerpo extraño", y el hombre dice "y usted una cara rara, pero no veo qué tiene que ver eso con el ojo". El MIR se ríe, no sé si por educación; a ti, personalmente, te parece un buen chiste.

Salen dos residentes a dar el discurso de despedida. El típico discurso jocoso. Van vestidos con batas rotas y manchadas, llevan cajas de cartón y colocan frente al atril unos carteles donde pone "limosna" y "dame un contratito". Hablan de la residencia, de las guardias, los adjuntos, las fiestas, los marrones, los amigos y, en fin, un poco todo lo que es esto. Tienen su gracia incluso para ti, que no los conoces y no eres médico, pero en realidad, mientras te ríes a ratos y toqueteas el móvil cuando te aburres, todo esto no deja de parecerte muy, muy triste. Porque ahí hay treinta o cuarenta personas que son buenos profesionales. Especialistas de área. Gente que ha tenido en sus manos la vida o la salud de otra gente, y que ahora están aquí haciendo bromas sobre cómo en breve se van a quedar sin trabajo. 

Así que bueno, te encoges de hombros y te preguntas cómo estará el asunto cuando acabes tú, dentro de dos años. "Vamos a tomarnos una coca cola", te dice el MIR, que está saliente de guardia y ha dormido cuatro horas. Os coláis en la cafetería, que es grande y luminosa,y pedís un par de coca colas light, la tuya con mucho hielo. Cómo te molan los extremos térmicos. Charláis de las cosas que os gustan de la Unidad y de las que no. El MIR entiende bien. Es un chico sensato y crítico sin cinismo. Esta mañana habéis visto un paciente juntos; le has pedido permiso para entrar con él porque atendiste al paciente en Urgencias la primera vez que vino y te interesa pero, sobre todo, porque te gusta pasar consulta con el MIR y observar su forma compasiva y atenta de escuchar.

"Nos están recortando la vida", dices tú. "No compares la vida con el dinero, PIR. Ni por un momento. El valor de la vida es incalculable". El MIR no es un tipo especialmente optimista: es realista, y cree de forma realista y sensata que encontraremos la forma de sobrevivir cuando terminemos la residencia. "Tú no te preocupes por eso. Nosotros valemos y seremos capaces de adaptarnos". Te encoges de hombros y piensas que ojalá que sí, pero que en cualquier caso a ratos te resulta difícil encontrar tu sitio en un sistema que parece no quererte. 

Lo que sí querrías es decirle al MIR lo muchísimo que te gusta tenerle cerca para que te recuerde las cosas importantes, y que él igual no lo sabe, pero su presencia tranquila y sólida en la Unidad te alegra las mañanas. No es que te quite la tristeza. El día transcurre a medias entre el cansancio físico y el agotamiento mental. Llegas, comes, sigues colocando cajas de la mudanza, te tumbas cinco minutos en la cama y cuando te quieres dar cuenta estás roncando suavito. Te acercas al roco, intentas colgarte, no te salen un par de pasos duros y tienes ganas de llorar como una idiota, no porque te importe un carajo hacer éste o aquel paso, sino porque quieres tener fuerzas para esto. No quieres que lo otro, lo feo, te quite fuerzas para lo que te gusta, para lo hermoso, que es trepar y es la roca además de muchísimas otras cosas. Pero bueno; te vas a casa, cenas arroz a la cubana acordándote de cuando te lo preparaba J. y procuras subir temprano a tu cuarto. Sólo es cansancio, y lo sabes. El cansancio nunca mató a nadie.

Buscas los puntos luminosos, buscas tema para el blog y piensas en el MIR, que es amor. Al final es lo que queda en todo esto, en toda esta crisis de mierda que nos tiene paralizados y asustados como ciervos iluminados por un faro muy pontente. Queda amor, queda esfuerzo, quedan personas lindas. Queda hacer chistes, como el del ojo o como uno que ha dicho esta mañana que si esto acaba en guerra, mandemos a luchar a los pensionistas y así nos los quitamos de encima. Que es un humor muy negro, lo sé, que tú para la risa siempre has sido oscura.

Y ahora te obligas a cerrar esto y a dormir por Dios Marina que no paras un puto segundo quieta. Y te das cuenta de que escribir lo ha vuelto a hacer. No arreglar nada. No ponerte contenta. Pero sí darte una entidad. Darle una forma a esto. Algo que se parece de forma sospechosa a un sentido.

jueves, 26 de abril de 2012

50%

Así que tú eres la reina de la casa. Tienes el cuerpo pequeño, la cabeza grande, el pelo rubio natural y un cerebro poderoso. Con un año cantas canciones enteras de Ana Belén, con dos has aprendido sola la mayoría de las letras del abecedario, con tres lees. Eres buena, cariñosa, despierta, tranquila; tu único problema, al parecer, es que te gusta tanto el mundo que por las noches no quieres dormir. Yo no me quiero costar, repites a quien quiera oírte. Así que tu madre inventa cuentos larguísimos donde nunca pasa nada malo, para que no te den miedo, y los graba en una cinta que te pone en bucle antes de dormir.

Pero resulta que tus padres deciden que contigo no les basta y se ponen otra vez a procrear. Y como tu madre es fértil como un huerto abonado y tu padre donde pone el ojo pone la bala, cuando te quieres dar cuenta han traído a casa a una pelotilla rubia que, por lo menos, tiene todavía más cabeza que tú y hace que parezcas menos desproporcionada.

No es exactamente malo, pero te resulta... no sé, molesto. Lloriquea. Se pone penoso. Reclama atención. Tú eres tan, tan buena y él es menos bueno que tú y, aun así, le quieren. Miente sobre los deberes, trapichea con los juguetes, se hace amigo de los niños mayores del colegio para que le den pizza al mediodía. No come bien. Hace bola. Te llama a menudo a gritos desde la otra punta de la casa y tú, que te lo pasas mejor con los libros que con la mayoría de las personas, no encuentras la forma de compartir el tiempo con ese bicho inquieto y quejicoso. Te quejas a tus padres, que te dicen que no son el rey Salomón. Te tienes que buscar la vida en la relación personal obligatoria más complicada que vas a encontrarte.

Crecéis. Las cosas no mejoran. Cuando tú tienes uso de razón él no, cuando él la va adquiriendo tú te estás convirtiendo en una preadolescente absurda. Él quiere jugar y tú leer la Superpop. Cada vez que llega a una etapa tú ya has saltado a la siguiente, así que es complicado que os entendáis. Además sois tan, tan distintos. Tú con tu hiperresponsabilidad, tu obsesión con lo justo, tu asertividad, tus ganas de ser siempre la mejor en todo. Él con su todo me la pela existencial, su ley del mínimo esfuerzo, su capacidad para argumentar desde la nada y tener siempre razón.

Pero es muy gracioso, las cosas como son; hasta le eligen para un programa de la tele de esos de niños graciosos. En el colegio todo el mundo le conoce. Tú eres la mayor y, aun así, eres "la hermana de". Y es listo, el cabrón, porque mira que es vago, y mira que en su vida se habrá leído tres libros y, aun así, escribe bien: redacta claro y con contundencia. Sabe de memoria canciones al piano sin tener ni puta idea de solfeo, aprende solo a tocar la guitarra, tarda menos en conducir un coche a la perfección que tú en distinguir el embrague del acelerador. Vuestro sentido del humor se superpone con exactitud, y en vuestros mejores momentos os podéis pasar horas descojonados delante del Youtube. Tiene sus propias ideas, no deja que nadie le pisotee y cuando quiere algo moverá cielo y tierra para conseguirlo.

Te ha puteado muchas veces. Vas a coger tu bici y te encuentras con que ha utilizado las ruedas para un montaje de la facultad. Quieres tu guitarra y él se la ha prestado a nosequién que a su vez se la ha prestado a otro. Pone música cuando tú estudias, se come el jamón bueno con sus amigotes, se lleva el coche aunque le hubieras dicho que te hacía falta a ti.

Pero no deja de ser la persona de la tierra que más código genético comparte contigo; mínimo un 50%, si no te acuerdas mal de la genética que aprendiste en el cole. El único que entiende de verdad, para bien y para mal, lo que es ser hijo de tus padres, sobrino de tus tíos, nieto de tus abuelos. El que en las reuniones familiares mira el panorama, te mira a ti y se descojona, y luego toca la guitarra mientras tú cantas o canta mientras tú tocas. El que te lleva y te trae en coche aunque tú le prohibieras usar tu moto cuando te cabreabas con él. Es tan distinto a ti y a la vez tan parecido, como el perfil de tu sombra, y la manera en que encuentra la felicidad en las cosas simples te fascina.

Tú te has marchado porque quieres, y tienes tus razones, pero lo cierto es que ahora le entiendes más desde la distancia, y ojalá pudieras ser para él mejor de lo que eres, no sabes muy bien cómo explicarlo. Más útil, más cariñosa, algo más parecido a lo que debería ser una hermana. Así que le das dinero en navidad, buscas regalos bonitos para su cumpleaños, le prestas tu casa y le prometes que le dejarás tu furgo. Intentas construir cimientos nuevos para épocas nuevas.

Ya habéis crecido. Os habéis hecho mayores. Hoy cumple veintitrés años y tú estás convencida de que vino a la tierra para enseñarte cosas. Sobre ti, tu impaciencia, tu furia, tu capacidad para pasar dos horas meditando y pensando en el amor y cinco minutos después mandarle a la mierda a gritos por el hueco de la escalera. Y también tu parte luminosa y tu esfuerzo valiente por seguir adelante. Sobre él, y el hecho cierto de que su forma de ver la vida es tan válida como la tuya y tiene mucho más que enseñarte de lo que te atreves a reconocer. Lo mejor de los dos es que perdonáis deprisa; qué bien que sí os parezcáis en eso.

Una cosa está clara: se hace querer, y tú descubres sorprendida, después de todos estos años, de mosqueos frecuentes, de distancia generalizada, de cercanía ocasional, de estar condenados a entenderos... pues que sí, que le quieres. Seguramente de la forma más rara en que has querido a nadie en tu vida; pero le quieres mucho. Y escribes sobre él porque nunca lo habías hecho y porque te apetece, no sin antes advertirle a tu madre con mucha seriedad que si le enseña esto privatizarás el blog para siempre y nunca jamás podrá leer nada tuyo y no le dedicarás ni un best seller.

Felicidades, bro.

martes, 3 de abril de 2012

Las pasiones son pasiones por algo

La gente es curiosa.

Todas las mañanas bajo a desayunar con los compañeros de la Unidad. Es como una coreografía bien aprendida: un adjunto paga (se van turnando) y un residente pide (también nos turnamos). Como el bar es medio self-service, hay que coger las cucharillas, platos, azúcar/miel/sacarina y relleno para las tostadas. Alguien va a por vasos de agua para todos. Nos sentamos siempre en la misma mesa. En ese contexto, yo he tenido el atrevimiento de ¡oh! variar cada cierto tiempo lo que pido para beber. Qué queréis que os diga. A veces me apetece una cosa y a veces otra. Allí todo el mundo tiene SU bebida, que es como su huella dactilar, y cuando decido atrevidamente cambiar mi menta poleo por un descafeinado de máquina, me miran con reprobación.

Otra cosa que pasa con los humanos es que frente a una oferta variada de estímulos más o menos reforzantes, tendemos a consumir una cantidad proporcional según el placer que nos producen, incluso aunque nos gusten más bien poco. Ejemplo: mesa de restaurante con raciones de jamón de pata negra, lomo ibérico, salchichón de Málaga y queso. Ordenados así en función de cuánto me gustan a mí, Marina. En lugar de cebarnos a jamón y pasar del queso, tenderemos a comer proporcionalmente de cada cosa, incluso si el queso nos la refanfinfla, como es mi caso desde que me pasé dos años de vegetariana comiendo queso en todos los restaurantes del mundo.

¿A qué viene esto? Pues a que estaba yo esta mañana sentada en la mesa bebiendo mi café subversivo y hablando del viaje de mañana. Y oye, es curioso, porque a la gente le parece bien que escales, pero le raya que sólo escales. El MIR (que es amor) y mi psicólogo adjunto, que también es muy majo, estaban empeñados en que yo, además de escalar, debería hacer algo más. Como senderismo. Y bueno, yo qué sé, qué queréis que os diga. El senderismo me gustaba bastante cuando no había probado la vertical. Ahora mismo se me hace un poco como el queso de los deportes de naturaleza.

Yo entiendo que sea difícil empatizar con mi entusiasmo escalador. Pero es que escalar es jamón de pata negra. No es nada aburrido. Es el antiaburrimiento. "Es que hay que hacer de todo", me dice el MIR. Y yo me pregunto ¿por qué? ¿quién ha dicho eso? Si algo te gusta, haz eso. Si te gusta y no haces daño a nadie, ¿por qué no aprovechar? ¿Por qué no profundizar y apasionarte con algo? Quién sabe; igual un día te escoñas y ya no puedes escalar, y entonces tendrás todo el tiempo del mundo para ir al cine, tomar cañitas e incluso hacer senderismo, líbreme el Señor. Es como si diera miedo la idea de que una persona pueda estar verdaderamente absorta o implicada en algo; como si al no compartir esa pasión, temiéramos quedarnos fuera.

Todo esto os lo cuento porque estoy ridículamente emocionada ante la perspectiva de irme de viaje escalador mañana. Claro que hay muchos tipos de viaje, igual que hay muchos tipos de vida, pero llega un momento en que uno tiene que elegir. Porque el tiempo en la tierra es limitado y tenemos suerte si encontramos algo que amamos de verdad. Y porque bueno, la operación bikini está en marcha, las lorzas amenazan y, la verdad, es tontería desperdiciar calorías con el aburrido queso teniendo al lado un buen plato de jamón de pata negra.

Si alguien me necesita en estos días, estaré aquí.

martes, 31 de enero de 2012

Mi roco


Acabo de llegar de entrenar. Llevaba sin ir al roco desde diciembre por culpa del maldito tobillo, y aunque todavía me molesta un poco no podía ya más con mi vida sedentaria. Así que ayer fui a la ortopedia y me compré la tobillera más cara que tenían, y hoy me he plantado allí para apretar un rato.

Mi roco es, casi seguro, el más cutre del planeta Tierra. Con decir que nos han cortado el agua por impago y ahora no se puede mear. Está sucio nivel mi inmunidad se ha incrementado desde que entreno allí, y desordenado nivel un día llegué a mi casa y me había traído unos calcetines que no eran míos.

Los entrenamientos transcurren más o menos así: llegas en coche, aparcas en zona prohibida justo delante de la puerta y te encuentras abierta la persiana metálica. Entras lanzando un sonoro "illoooooooooooo" al que se te contestará con otro "illoooooooooooo" más o menos igual de sonoro. Empiezan los saludos: aquí en Andalucía das dos besos cuando llegas y dos cuando te vas, y da exactamente igual que te vieras por última vez hace un mes o hace dos horas y/o que estés sudando como un cerdo porque llevas un rato entrenando. Si son dos tíos cambian los dos besos por darse la mano y palmadas muy fuerte. "Qué pasa, quillo", "Aquí estamos a ver si entrenamos un poquito", "¿Lleváis mucho rato?", "Desde las cuatro de la tarde" (risa que indica que es broma y que acaban de llegar, exactamente igual que tú.) Etc, etc.

Te cambias. Hace un frío que te cagas (la calefacción no se conoce en Cádiz, ¿lo he dicho ya?) porque, además, la puerta no cierra y entra corrientazo húmedo desde la calle. Pero bueno; así al menos se airea y tu inmunidad aumenta aún más. Te cambias y te congelas. Si eres yo, calientas un poco; si eres cualquier otro, estiras mínimamente los brazos y te cuelgas de los tablones mientras te ríes de Marina, que está haciendo rotaciones de codos como en las clases de educación física del cole.

Después cada uno entrena un poco según sus gustos y caracteres. Jugamos a un dos mas dos, que yo no sé por qué se llama así si siempre vamos de tres en tres. Consiste en que el primero elige tres presas para las manos y pone los pies donde quiera; el siguiente repite lo del primero y pone otras tres; y así hasta que uno se cae. Siempre hay alguno que destroza el dos mas dos poniendo pasos imposibles de la muerte, y si jugamos tíos y tías nosotras solemos quedarnos intentando repetir, un poner, los veinte primeros movimientos, mientras ellos se retan en la parte más inclinada y emiten sonidos guturales.

Hay momentos para todo. Momentos en los que hay cinco notas compitiendo por un trozo de pared, y momentos en los que somos diez personas y solo hay una escalando, y los demás miramos, charlamos, animamos o nos peleamos por la música. Hay quien se marca vías y las repite un día detrás de otro. Hay quien le pide a otro que le vaya señalando las presas y luego le insulta cuando le pone pasos demasiado difíciles. Después los tíos compiten a ver quién se hace más dominadas y las tías practicamos posturas de yoga en el cuarto donde el Maik pega las palizas. A veces colgamos la cuerda de equilibrio de dos parabolts que hemos puesto en la pared para la ocasión y practicamos un rato.

Al final nadie entrena lo que quería. Los que venían decididos a intentar cuarenta movimientos seguidos para practicar continuidad acaban ensayando bloques duros de pocos pasos y cayendo reventados sobre los colchones. Los que querían ensayar su vía se enganchan al dos mas dos y protestan porque la gente no va lo suficientemente rápido. Y siempre hay alguien que al final dice "vamos a tomarnos algo", y algunos se quedan entrenando más rato y otros se dejan arrastrar al Lucky, el bar de la esquina. Nos sentamos fuera, porque los fumadores siguen imponiendo sus criterios nazis, pero nos da un poco igual porque venimos calentitos. El Lucky saca cañas, vinos y unas aceitunas riquísimas que aún no ha querido revelarnos dónde compra, y el Kpot dice "prohibido limpiarse el magnesio en el caldito de las aceitunas", mientras zabulle los dedos blancos en la cazuelita y se ríe muy alto.

Para cuando llego a Cádiz son las mil, como hoy, y acabo cenando tortitas de maíz con mantequilla porque no me dan las manos para prepararme nada. Estoy hecha polvo y me quedan ocho horas y pico para encajar otra vez en Puerto Real para ir al trabajo. Nuestro roco es un poco de aquella manera, lo confieso, y no creo que allí podamos entrenar ninguno como para acabar haciendo octavo grado. Ni falta que nos hace.

Y mientras miro las páginas web de los rocos de Madrid, anticipando los casi ocho meses que parece que pasaré allí el año que viene, pienso que bueno, que el nuestro no tiene vías largas para hacer con cuerda, ni gimnasio, ni sauna, ni duchas. De hecho, insisto en que no tiene ni agua. Es el sitio más cutre ever y nosotros los escaladores menos disciplinados del planeta. Pero no creo que haya otro roco igual. Y cuando esté ahí en Madrid acojonada, entrenando en mega rocos super equipados y rodeada de ochogradistas, pensaré en la Puerta Amarilla y me dará un montón de nostalgia.