massobreloslunes: Meditación
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jueves, 25 de abril de 2013

Crazy American Climbing Project: quedan tres días

Continúo sin creerme demasiado que vaya a viajar a EEUU, francamente. La sensación, más que de ir a viajar, es la de que me van a teletransportar a la Dimensión Desconocida. Hoy leía el último libro de Natalie Goldberg, donde menciona Nuevo Mexico, Colorado, Wyoming, Nevada... y pensaba: en breve estoy yo ahí, camino de las Rocky Mountains. Es surrealista.

Llevo varios días con un dilema mental sobre el soporte de escritura para el viaje. El tema es que yo quiero viajar Y escribir. Escribir es sumamente importante. Cuando me fui de Summer Steinbeck-Hill Project, escribir fue la mitad de la diversión. De hecho, a veces me acuerdo de ese viaje y no miro las fotos: leo los posts. Ahora también quiero escribir. El problema, vamos a reconocerlo, es que yo a mano no escribo un carajo. No me gusta. Sé que debería entrenarme, y sé que quizá en algún momento haya una explosión nuclear, y sólo sobrevivamos las bacterias, yo y un montón de hojas de papel, y que entonces tendré que volver a los comienzos. Hasta ese momento, por favor: dadme un teclado.

La cosa es que llevarme el mac me da miedito, porque lo pierdo o me lo roban casi seguro. Pero comprarme cualquier otro dispositivo eletrónico para un viaje me parece absurdo. Pero quiero escribir. Pero no quiero un mini-portátil, porque después no lo uso y además salen muy malos. Pero quiero escribir. Pero no quiero un iPad, porque en mi camino hacia la conciencia y la ecuanimidad no necesito OTRO gadget de continua distracción. ¡¡Pero quiero escribir!!

¿Decisión final? Salvar todos mis archivos y llevarme este ordenador con total desapego. Y si lo pierdo o me lo roban, que en realidad no tiene por qué suceder, pues me compraré otro a plazos, qué le vamos a hacer. Pero no puedo tomar decisiones basadas en el miedo, la acumulación y el gasto loco.

Hoy hablaba con MQEN de lo genial que es meditar. Me pasa siempre: paso épocas sin tocar un cojín, luego vuelvo y es como "por qué no hacía yo esto antes, que no me acuerdo". Entonces MQEN y yo charlamos durante horas de la suerte que tenemos y de la importancia de la paz interior. A veces se siente una un poco estúpida. Ayer tomaba una cerveza (sin alcohol) con C., una lectora amorosa, y me di cuenta de que estoy teniendo revelaciones existenciales que en realidad ya tuve hace seis años, y hace cuatro, y hace dos. Hay que joderse. Te preguntas si eres cortita de entendederas, o qué estás haciendo realmente con este milagro precioso llamado vida.

Sin embargo, creo de verdad que no he desperdiciado el tiempo que he pasado sin meditar. Ha sido un tiempo de volver a buscar la solución en el lugar equivocado. De continuar manteniendo la esperanza en que ciertas cosas (una pareja, un estilo de vida, un trabajo, un físico) me iban a dar la felicidad. Hay gente que aprende con suavidad, y otros que necesitamos ostias vitales para tirar adelante. Yo me la he tenido que pegar con la muerte, la soledad, el desamor y la angustia antes de tener la motivación suficiente como para volver a sentarme. Quizá ahora podría tener miedo; temer que en algún momento volveré a perder pie y a desviarme de lo que sé que me hace feliz. Pero quiero mantener la confianza en mí misma. A lo mejor me hacen falta más rodeos que a otras personas, pero hasta ahora siempre he sabido volver a casa.

En cualquier caso hoy, concretamente, me siento muy feliz. Muy afortunada y agradecida en muchos sentidos. Cualquiera que sea el camino que me ha llevado hasta este momento concreto, este presente de escribir frente al teclado en silencio y sentir el corazón ligero, es un buen camino. Así que doy gracias por eso a quien se dé por aludido.

[Y tú, MQEN: no te me mueras nunca, ¿vale? Por favor, por favor]

lunes, 5 de septiembre de 2011

38. Sufrir (y sí, voy a volver a escribir todos los días, ¡viva y bravo!)

A veces me pregunto si mi progreso espiritual es una ilusión de mi cabeza. Por ejemplo, hoy venía caminando hacia mi casa de Cádiz preguntándome si mi moto seguiría sana y salva. Había estado leyendo un libro sobre Vipassana en el tren, y me sentía tan bien y tan superinspirada que pensaba "Bueno, si me la roban me la robaron. Qué le vamos a hacer. Soy TAN ecuánime, y estoy TAN desapegada". En ese momento se me ha enganchado la rebeca de doce euros que me compré antes de ayer en la matrícula de un coche, se ha roto y me he puesto a jurar en arameo. Imaginad: Metro cincuentaytantos de rubia angelical gritando, y cito texualmente, "me voy a cagar en la madre que te parió sesenta pares de veces". Con esto quiero decir que la diferencia entre lo que mi ego cree que ha progresado, o entre lo que sé a nivel intelectual sobre la compasión y la ecuanimidad, y lo que se empeña en hacer mi limitado corazón, es un abismo del tamaño de Dakota.

A pesar de eso, ya os digo: si comparo mis niveles de felicidad y ecuanimidad pre y post Vipassana, es como la diferencia entre ser un chimpancé o ser una ameba. Igual pensáis que exagero, pero qué va. Yo me conozco. Conozco mi mente y sé cuánto sufrimiento es capaz de generar. He vivido mi propio, pequeño y desacogedor infierno personal y sé lo que es estar dentro y estar aunque sea medio fuera.

Cuando pienso en eso del infierno personal, la primera imagen que me viene es Barcelona. Yo acababa de decidir que iba a dejar el periodismo y me disponía a pasar el segundo cuatrimestre terminando algunas asignaturas para convalidarlas como créditos de libre. Quería aprovechar el tiempo que me sobraba para leer, escribir, mejorar el catalán, conocer Barcelona y un largo etcétera.

Entonces me di cuenta de que mientras más tiempo libre tenía, peor me sentía. Mi mente era una mente brutal, dolorosa, hiperactiva y perfeccionista, llena de pensamientos de todo tipo, de exigencias, de ideas, de creencias que cambiaban a cada instante, de rígidos conceptos sobre mí misma... una mente potente pero durísima, incapaz de callarse y que gritaba en mis oídos las veinticuatro horas. Con esa mente dentro de mi cabeza caminaba yo por el campus de la Autónoma en enero, febero y marzo de 2004. Ser consciente de que me había equivocado de carera y dejar la mitad de las clases había abierto una fisura entre lo que era mi vida normal hasta entonces, que encajaba con el molde de estudiante perfecta de primero de periodismo, y una existencia desbandada e incierta con la que no tenía muy claro qué hacer.

Entre clase y clase, vagaba sola por el campus. Daba vueltas por la biblioteca, pero inyectarle más materia a mi cabeza enfebrecida era todavía peor. De repente era consciente de todo lo que no sabía y una angustia existencial gigante me agarraba el pecho y me lo estrujaba. Intentaba pasear, escribía, escuchaba los recopilatorios de música que me grababa MQEN (los Para Peq) y me sentaba en mi almohada a contar mis respiraciones, pero no tenía paz. Nunca. Ni un segundo a lo largo del día.

Intenté rezar. Me iba a la Iglesia del Pi, que está en el Barri Gòtic, a la izquierda de las Ramblas. Es una iglesia preciosa en medio de la ciudad, con un gran rosetón de vidrio de colores por donde entra la luz. Me sentaba allí y rezaba: por favor, Dios, ayúdame, que no puedo más, yo sé que no creo en ti, pero es que es esto o comprarme un perro, o darme a las drogas, no sé, así que ayúdame. Lo de las drogas también lo intenté, por cierto, que le dije a mi compañera de piso que me consiguiera hachís y me lo fumaba en la ventana de mi cuarto, mirando el valle callado y cruel a mis pies. Pero nunca he sido muy de adicciones, y el hachís me mareaba sin que la angustia se fuera.

Hace un tiempo, un compañero de trabajo me preguntaba si alguna vez me había sentido paranoide respecto a los demás, y yo le decía muy segura de mí que no, que por eso me cuesta empatizar con los locos. Ahora estoy recordando que en Barcelona sí que miraba con suspicacia a la gente que caminaba por la universidad, como si ellos supieran algo sobre vivir que a mí se me escapaba. Parecían reposar con relativa calma en la existencia que les había tocado, mientras que a mí me estaba vetado eso. Les escupía en silencio un odio intenso y frío que todavía hoy me asombra.

Después llegó el 11 de marzo. Creo que toda la violencia y la tristeza que se derramaron ese día en el país hicieron que el vaso de mi aguante se volcara en alguna dirección, y decidí largarme. Ni créditos de libre, ni nada. Y en mi casa de Málaga, otra vez, la angustia mortífera. El olor del incienso que me ponía en mi habitación lila mientras intentaba sentir el miedo que me agarrotaba los brazos y las piernas. Respiraba, respiraba, respiraba y trataba de conectar con la sensación de que todo el aire del planeta se desplazaba un poquito cada vez que lo hacía.

Todavía me quedaban tres años, tres, de vida razonablemente normal en Granada, con cantidades ingentes de sufrimiento colándose por sus normales y coloridas esquinas. En primero no me adaptaba, me costó la vida sacarme el carnet de coche y tuve uno de los peores brotes de Acné del Averno que recuerdo. En segundo conocí a J. y caí atrapada en las garras perversas de nuestros comienzos oscuros. En tercero, así por nombrar un ejemplo, las prácticas de Psicología de la Percepción, que eran los martes a las ocho de la mañana, me sumían en un estado de pánico tan grande que apenas podía subir Cartuja, y ni siquiera recuerdo por qué.

Ésa era yo. Mi cabeza era como un túnel de viento. No podía ser feliz ni podía hacer feliz a nadie. Al pobre J., aunque también tenga lo suyo, lo llevaba por el camino de la amargura. Mi relación con él estaba basada en el apego, un miedo intensísimo a que me dejara por su ex y algunos rastros de algo parecido al cariño y la comodidad que nos mantenían unidos. Y lo peor, lo peor de todo eso, es que yo lo intentaba. Lo intentaba muchísimo. No me dedicaba a ver la tele, alcoholizarme y procurar pasar la vida medio qué. Iba a talleres de danza y dibujo, compraba libros de autoayuda, viajaba, veía películas New Age, ¡estudiaba psicología, por el amor de Dios! Tomaba valerianas, infusiones, Hierba de San Juan y pautas cortas de ansiolíticos cuando la cosa se ponía muy, muy mala.

Decidí meditar porque no tenía otro remedio. Cuando la gente me dice que le gustaría hacer un curso pero que no tiene tiempo o no ve el momento, les digo "ya lo encontrarás". Cuando estás muy mal, no tienes otras prioridades. Es como si tuvieras un cáncer y dijeras que no vas a ir a tratarte porque no tienes tiempo o no ves el momento. Cada uno tiene su momento cáncer, e incluso hay gente, como mi espiritualmente muy avanzada amiga Elsa, que es capaz de motivarse para meditar siendo medio feliz. A mí me hizo falta penar tela para reunir el valor necesario, pero al final no me quedaron más cojones. Así fue.

Después de empezar a practicar Vipassana he sido de todo menos perfecta. La he liado tela en muchos sentidos, con muchas personas. Continúo llamando gratuitamente monguers a mis amigas y gruñéndole a mi madre. A veces lloro, a veces como demasiado, hace un año rompí la puerta de un armario en medio de una discusión con mi hermano y sigo siendo gordófoba. Rompo corazones, me dejo romper el mío, mi mejor amigo no me habla y tengo el ego del tamaño de la catedral de Cádiz, pero menos bonito.

Y aun así, la diferencia entre el antes y el ahora es abismal. Enorme. La cantidad de sufrimiento que tenía comparado con el que tengo es como lo que cuentan las parturientas del dolor de parto comparado con el dolor de la inyección para la epidural. Irrisorio. Desestimable.

Sobre todo, ya no estoy desesperada. En general, claro. Tengo mis momentos de pensar que la vida me supera, y que total, tanto esfuerzo para al final morirse y a ver si lo de la reencarnación va a ser un cuento chino y lo que pasa es que te disuelves en la nada y ya está. Pero sé lo que hay que hacer y cómo hacerlo, sé cuál es el túnel y dónde está la luz, y ese conocimiento me da una tranquilidad que es más sólida que cualquier otra cosa que haya tenido.

Así que cuando la gente me pregunta si lo recomiendo... pues claro que lo recomiendo. ¿Cómo no lo voy a recomendar? Si me ha salvado la vida. Lo que pasa es que creo que uno debe hablar poco y hacer mucho. Debe demostrar con su vida y su actitud lo que esto ha supuesto para él. Debe centrarse en transformarse a sí mismo y, a partir de ahí, dar a los demás, ser generoso y compasivo, tener el corazón abierto, aprender, seguir, seguir, seguir. Hablar sobre el tema, o escribir sobre ello, tampoco vale de tanto, sobre todo si no se acompaña con la práctica.

Aun así yo lo escribo, por si os sirve. Me ha salido así. Llevaba una hora intentando postear algo en el blog y todo me parecía basuril, y no sé por qué, escribiendo sobre (algunos de) los momentos más difíciles de mi vida, me estoy sintiendo contenta y plena. Será la alquimia mágica de poner las cosas en palabras. O será que estoy agradecida. Quién sabe.

PD: Casi olvido el link.

jueves, 25 de agosto de 2011

El viaje interior y el viaje exterior

Escribir sobre viajar me resulta complicado. Creo que es porque pienso que a los lectores no les va a interesar, ya que cuando la gente me cuenta sus viajes a mí sólo me interesa moderadamente. Eso me lo dijo una vez mi amigo A., el que no me habla, que tenía entre sus virtufectos (palabra que acabo de inventarme y que quiere decir que algo es a la vez una virtud y un defecto) que era muy sincero. Me dijo: "Enséñame las fotos de tu viaje si quieres, pero en realidad las fotos de otra gente me interesan poco". Dejando de lado su crudeza, no le falta razón.

Yo no soy una gran viajera. No sé si es porque no me interesa mucho o porque no he viajado lo suficiente como para que me pique el gusanillo. Decir que viajar no te interesa mucho es como decir que no te gustan los perros: un tabú en nuestra sociedad. Ojo, que no es que no me guste viajar; me gusta un montón. Simplemente, no lo priorizo. En los últimos años he dedicado gran parte de mi tiempo libre y mi dinero disponible a meditar. Mi amiga Elsa dice que a lo mejor ya hemos ocupado muchas vidas pasadas en tener experiencias emocionantes e irnos de fiesta, y que en ésta toca el viaje interior. No tengo ni idea. A mí me ha cuadrado así y ya está.

El tema del viaje interior versus el viaje exterior para mí ha estado claro por lo siguiente: yo no era feliz. Cuando uno no es feliz no importa lo mucho que huya: su infelicidad le perseguirá como su sombra. Creo que ya os he hablado alguna vez de mi gran enemiga existencial la angustia. Estar angustiado es horroroso. Cuando leí "Espartaco", en la parte final, cuando los crucifican a todos en la Via Apia, el autor habla de que hay quien se daba golpes en la cabeza contra el madero para morirse antes. Así me siento yo con la angustia. Quiero golpearme la cabeza contra la pared para que desaparezca. Ahora me pasa menos, pero antes de empezar a meditar tenía épocas en las que me pasaba así semanas. Semanas ininterrumpidas de querer golpearte contra un muro. Imaginadlo.

Cuando tenía veintidós años me di cuenta de que mi vida era estupenda: tenía un bonito piso en el Realejo, un novio moderadamente guay, una carrera que me encantaba, amigos, aficiones, una ciudad soñada y una familia disfuncional a nivel estándar que me quería bastante. Y aun así estaba angustiada. Ahí fue cuando decidí que me iba a meditar y mi vida cambió para siempre. Ahora considero que tuve un montón de suerte. Si mi novio hubiera sido un capullo o mi carrera una mierda, habría pensado que bastaba con cambiar eso para ser feliz. O que necesitaba irme a otro país o a otra ciudad. En lugar de eso, empecé a meditar. Goenka, el industrial birmano que organizó los cursos a los que yo voy, dice algo así en la introducción de un libro sobre Vipassana: "Cuando descubrí la meditación, fue como si toda mi vida hubiera vagado por calles oscuras y de repente alguien hubiera encendido la luz".

Confesión: llevo sin meditar un montón de tiempo. No sé exactamente por qué. MQEN dice que con esto de la meditación dar un paso hacia atrás es dar veinte. Es muy, muy fácil dejarse ir, sobre todo si uno se encuentra moderadamente bien. Mi madre dice que para meditar hay que encontrarse un poquito mal: si te encuentras bien, no meditas porque piensas que no te hace falta, y si te encuentras mal no puedes meditar porque estás muy desequilibrado. Yo ya he dicho que creo que últimamente estoy un poco desequilibrada, pero al menos es un desequilibrio en plan inocuo y guay. También creo que no voy a hacer nada de lo que no esté muy convencida. Meditar es duro de narices. Si no estás convencido se convierte en una tortura. Aun así, yo sé que volveré a meditar. Está ahí. También sé que todo el esfuerzo que he hecho hasta ahora ha dado frutos, aunque tenga que cuidarlos para que no se pochen.

¿A qué venía esto? Creo que al tema del viaje interior y el viaje exterior. De un tiempo a esta parte sí me apetece más viajar por fuera. Creo que estoy más preparada. Cuando uno viaja es fácil ponerse en modo aferrar. Aferrar experiencias, sensaciones, momentos. Estar todo el día con la cámara de fotos en la mano, querer probar todos los platos típicos aunque revientes, machacarse los pies en los museos, arrasar con la tienda de recuerdos. Ahora viajo distinto. Es una buena manera de experimentar la impermanencia, de fluir de una forma diferente. Saber que el sitio en el que estás y las personas a las que conoces se irán relativamente pronto. Encontrar un equilibrio entre aprovechar el tiempo y no asfixiarlo tanto entre los dedos como para que se te muera.

Últimamente también me da vueltas la idea de hacer un Gran Viaje cuando termine el PIR. Claro, que también me molaría hacer un Gran Viaje Interior e irme a vivir a un centro de meditación unos meses. Y también querría escribir una novela. Supongo que ahí está mi tema. La mayoría de la gente elegiría el Gran Viaje Normal. Entre irse tres meses a recorrer Sudamérica e irse tres meses a poner el culo en un cojín, o quedarse un año tecleando en silencio frente a un portátil, estoy convencida de que la mayoría elegiría Sudamérica. A mí el cojín y el portátil me parecen viajes igual de alucinantes. No sé.

Lo que sí sé es que para mí estar bien por dentro es condición indispensable para estar bien por fuera. Cuando tienes paz, la tienes en cualquier sitio, y entonces no es que los viajes molen: es que todo se convierte en un viaje. Y esa es la forma que a mí me gusta de vivir mi vida.

martes, 26 de abril de 2011

Minutos



Nota previa: éste es un post un poco raro, que seguramente sólo será comprendido por completo por los freaks de la meditación. Pero me apetecía escribirlo.
Nota previa 2/mini-glosario: un sankhara es una reacción de deseo o aversión, lo que se intenta eliminar cuando meditas. El metta es el amor compasivo que envías a los demás después de meditar. Servir en un curso, aunque suene raro, es ir allí a ayudar de voluntario en la organización, la limpieza, la cocina etc.




No sé qué edad tiene. No sé su apellido. No sé a qué se dedica. Nos hemos pasado diez días sirviendo juntos en un curso de meditación y desconozco la mayoría de los datos básicos sobre él, de lo que "se debe saber" de una persona.

Los dos somos managers del curso, es decir: somos las personas encargadas de solucionar los problemas de los meditadores. Desde querer una manta hasta querer dejar el curso: todo pasa por el manager. Es un trabajo muy bonito pero muy exigente: meditas muchas horas, tienes la cabeza en mil sitios y eres la primera barrera contra la que se estrellan las negatividades de los estudiantes.

Él y yo, por tanto, somos compañeros de fatigas. Entre el poco tiempo libre que tenemos y que las comidas las hacemos separados, la verdad es que apenas cruzamos cinco o diez frases al día. Nada de larguísimos monólogos explicándonos lo que creemos que somos o lo que esperamos de la vida. En las pausas entre meditación y meditación cambiamos una mirada, una sonrisa, una frase. La sentada debe empezar a una hora concreta y él y yo somos los encargados de tocar el gong. Mientras miramos el reloj esperando a que llegue el momento, me dice "aquí me he dado cuenta de lo mucho que dura un minuto". Yo sonrío, y desde entonces miro mis minutos con cariño y silenciosa admiración, como si cada uno de ellos fuera una enorme moneda redonda.

A la hora de la siesta siempre coincidimos en la cocina. Nos levantamos diez minutos antes que los demás para dar el gong y nos tomamos un rooibos y restos de postre lactovegetariano. Ahí intercambiamos algo más de información: sobre mi trabajo, sobre su vida, sobre la importancia de fluir, el miedo al compromiso, el miedo al cambio. Es dulce. No es borde, ni trata de ser ingenioso, ni me desafía: es simplemente dulce, simplemente bueno.

Tiene rastas. No me gustan los chicos con rastas: me parecen antihigiénicas y no veo que favorezcan. Además, es como superhippy. De estos que compran pañuelos en la India (y dicen "India" en vez de "la India") y luego los venden en el mercadillo. Y es mayor. Bueno, no muy mayor, pero tendrá sus treintaytantos fáciles. Pero es moreno. Me gustan los morenos. Tiene los hombros anchos, y la manera en que sus pies descalzos caminan por la sala de meditación es extrañamente sexy.

Sin embargo, no he venido al curso a ligar, así que observo. Observo mis sensaciones y procuro no buscar más de lo necesario sus ojos castaños en las pausas entre horas. Le pillo mirándome a veces mientras comemos. Yo a veces también le miro a él. Pero no tonteo, no digo frases con segundas intenciones, no me pongo guapa. Sólo soy yo misma, pequeña y ajetreada, de la sala de meditación a la cocina, intentando centrarme en la práctica. Aun así, me noto la calidez en el pecho cuando me sonríe, el nudo en el estómago cuando nos acercamos más de lo normal.

Nos contamos historias de Buda en los intervalos. Me explica que han tenido que sacar un nido de hormigas de la sala y que se le partía el corazón al ver cómo se agrupaban en el camino de tierra para darse calor. También me cuenta cómo cierra y abre las ventanas de la sala en los descansos: "con intención, que la gente medite bien cuando las cierro, que el aire limpie los sankharas cuando las abro". Le escucho traducir las preguntas de los estudiantes a la profesora, que no sabe castellano. Cuando ella responde en inglés él traduce intentando imitar su tono para transmitir el metta.

Me da pena irme. No tendría sentido fuera del curso. Por las rastas, por India, porque él tiene miedo al compromiso y yo tengo miedo al miedo. Así que me da pena que se rompa este vínculo tan frágil, esta burbuja de cariño mudo que hemos construido estos diez días. Una burbuja rara de freaks del Dhamma.

El último día estamos coordinando a los estudiantes en equipos para la limpieza del centro. Él se encarga de la cocina, y cuando paso por allí camino a los baños, con el cubo en una mano y la fregona en la otra, me mira sonriente.
- ¿Dónde estás? - me pregunta, refiriéndose a los equipos de limpieza. Me da la sensación de que es un poco por decir algo, por saludarme.

Yo le miro a los ojos.
- Estoy aquí - le digo, y sonrío.

Él se queda desconcertado un segundo y luego también sonríe.
- Aquí y ahora, ¿no?
- Sí, aquí y ahora.

Y ese minuto, de repente, dura un siglo.

martes, 12 de abril de 2011

Pausa

Me voy a Barcelona a meditar. Vuelvo el 24. Lo siento, yo odio cuando los blogs que me gustan hacen pausas. Quería dejar post programados, pero teniendo en cuenta que me quedan diez minutos para salir y aún no he metido la mitad de las cosas en la maleta, no creo que sea factible. Os lo compensaré, palabrita.

Os quiero.

PD: Me han gustado mucho todas las aportaciones al post anterior, ya comentaré cuando vuelva que como siempre lo he dejado todo para última hora y no me da tiempo.

martes, 5 de octubre de 2010

No me he muerto, solo estaba cansada

El domingo, último día del curso, me levanté a las cuatro de la mañana después de haber dormido como cinco horas. Medité, escuchamos la última charla, desayunamos. Ayudé a limpiar la cocina del centro y fregué como doscientos millones de platos. Fui con Funes al aeropuerto y almorzamos dos hamburguesas carísimas, más que nada por paliar un poco el mono de carne.

[Nota: quizá este sea un buen momento para confesar que llevo tres años comiendo carne. Mucha carne.]

Viajé en avión a Sevilla y di vueltas por la estación de Santa Justa haciendo tiempo para mi tren, mientras miraba alucinada los escaparates de las tiendas. Después de diez días sepultada en el campo catalán, sin escuchar más que mis pensamientos y el ruido del gong, estar allí en medio de aquellos escaparates llenos de luces y objetos me parecía absurdo. ¿Qué clase de mundo es éste, donde podemos dedicar tiendas enteras a cosas tan estúpidas como bolsos o pendientes?, pensaba. Recordé la escena de “Mi vida sin mí” en la que la protagonista dice que se da cuenta de que la manera en que tenemos organizado el mundo: los supermercados, las tiendas de ropa, las luces, la publicidad y los carteles... todo eso no es más que un intento por olvidar que vamos a morirnos.

Había pensado también en eso en Barcelona, con Funes, frente a nuestras carísimas hamburguesas con bacon y queso. Le explico a MQEN que desde que estoy intentando aprender más sobre nutrición, después de haber tenido el insight de que llevo años alimentándome a base de atún y pasta, encuentro mucha información contradictoria. La leche es buena para los huesos, la leche te chupa el calcio de los huesos. La soja es buena, la soja causa trastornos hormonales. Los cereales son sanos, los cereales te raspan los intestinos. La carne roja es necesaria, la carne roja se pudre en tu interior y crea toxinas venenosas que te llevan a la gota y al cáncer.

Expongo todo esto preocupada mientras Funes mastica los nachos de acompañamiento embadurnados de mayonesa. Después traga, me mira muy serio y me dice:

- Lo que pasa, Peq – hace una pausa, bebe zumo de piña –, es que la gente no quiere aceptar que un día tendrá que morirse.

Maldito y sabio y largo ex novio.

Durante el curso, cuando sonaba el gong para el descanso o la comida, me levantaba desde mi sitio en la segunda fila y caminaba hacia la puerta. En el camino veía los sitios de meditación de cada uno llenos de cojines y mantas. Hay gente que acumula hasta seis o siete cojines a lo largo de un curso. Yo misma tenía cinco: dos para el culo, dos para la rodilla derecha y uno para la rodilla izquierda. Después de los primeros veinte minutos de curso vas añadiendo más y más, pensando que si te colocas un poco más alta la rodilla y un poco más recta la espalda, dejará de dolerte y podrás concentrarte en la meditación.

Miro los cojines y pienso: he aquí nuestro intento para escapar del dolor.

Y al final todo es lo mismo. Las tiendas de bolsos en la estación de Santa Justa. Los alimentos biológicos, las dietas crudiveganas. Las montañas de cojines en el centro de meditación. Toda la vida intentando escapar del dolor. Hasta que al final no te queda más remedio que enfrentarte a él y atravesarlo.

El sexto día del curso estoy angustiada. Me duelen muchísimo las rodillas. Ya os conté que había ido al médico por mi rodilla izquierda, que me tiene muy mosqueada. El día seis estoy agobiada porque no sé si observar el dolor es sensato o sólo me va a llevar a quedarme inválida. Esto dicho así puede sonar raro, pero cuando no puedes hablar con nadie los pensamientos se magnifican y te asustan, como sombras chinescas proyectadas en una pared desnuda.

Así que me acerco a la profesora en el turno de preguntas. Es una india que pone cara ceñuda cuando medita, pero que sonríe mucho cuando te habla. Le explico que tengo miedo a estar forzando demasiado y haciéndome daño. “Puedes moverte cuando no estés en firme determinación” (las horas de firme determinación son horas en las que haces el propósito de no moverte). “Pero observa el dolor – me dice, sonriendo todo el rato -. El dolor no es más que una sensación”.

Salgo de allí un poco cabreada. Mi cabeza me está ofreciendo una bonita exposición de cómo va a ser mi vida sin rodillas. Condenada a no hacer nada donde intervenga la gravedad, a dedicarme a nadar y al aquagym, como las viejas. Al final me rindo frente a las sombras de mi mente. Decido que si me quedo sin rodillas, pues sin rodillas me quedé. Que me pongan prótesis, que al menos no me dolerá cuando medite.

Al día siguiente, el dolor de rodillas desaparece.

Me cuesta expresar todo lo que he aprendido y estoy aprendiendo gracias a la meditación. Sólo puedo decir que es el viaje más fascinante, el que más sentido tiene. El único que merece la pena.

Cuando acabas el primer curso llamas a la gente y les explicas que te has pasado diez días sin hablar, que la firme determinación es terrible, que estás harto del comino en las comidas y bueno, que meditar está guay y tal. Luego ya sigues practicando, vas haciendo cursos y cada vez es más difícil transmitirle a la gente lo que has aprendido. ¿Qué tal el curso?, te preguntan. Y tú: bien, bien, con sus cosas pero muy bien. Porque ese viaje de diez días que tú has hecho lo has hecho sola. ¿Quién va a entender que tú has comprendido las ataduras de tu deseo o el valor de la renuncia? ¿Cómo (y para qué) vas a explicarlo?

¿A quién va a importarle? ¿Para qué vas a escribirlo en un blog?

Porque escribes para ti, supongo. Meditas para ti. Al final estás sola, y no es malo. Al final se va toda la gente, se van todos los momentos, y sólo quedas tú. Con tus palabras, con tus rodillas. Con tu firme determinación. Con tu dolor inabarcable.

martes, 14 de septiembre de 2010

Cuarto curso de Vipassana

Me voy a meditar diez días, así que estaré off hasta el 26.

Tengo muchas ganas. Por qué alguien tiene ganas de encerrarse diez días en mitad de la Cataluña rural y meditar diez horas diarias en silencio, es algo que no acierto a comprender. Pero es que la paz interior engancha.

He hecho una larga lista de buenos propósitos para cuando vuelva. Bueno, tampoco es tan larga. Para empezar, escribir más ficción algo de ficción, aunque ese es como mi eterno propósito y en realidad llevo ya bastante tiempo bloqueada. Pero bueno. Actualizar más a menudo (eterno propósito también). Pagarme una conexión a Internet en condiciones, que por algo soy milypicoeurista y porque yo lo valgo. Comprarme un piano. Seguir meditando. Seguir nadando. Seguir, seguir, hasta que el cuerpo aguante.

Os quiero. Estad atentos el día 25 por la mañana. Es el día del metta (energía positiva que se envía al final de los cursos de Vipassana). Yo mandaré mucho, pero hay que estar disponible para recibirlo. Así que sintonizad vuestras antenitas con el buen rollo meditador.

Deseadme suerte, salud, paciencia y ecuanimidad.

Y sed buenos.

viernes, 13 de agosto de 2010

La felicidad subversiva

Hoy estoy cansada. Diría que estoy triste, pero en realidad no: simplemente estoy cansada y como un poco atontolinada por el calor. Llevo toda la tarde sola, paseando por el centro y después cocinando en casa y viendo Bones. De verdad que no entiendo el problema de la gente con estar sola. A mí no es que estar sola me guste o me deje de gustar. Es que no lo percibo como un estado raro o antinatural. Para mí es mucho más difícil estar con gente; no quiero decir que no me guste, pero sí que me resulta más exigente y me produce mucha más tensión que la soledad. Es como si yo sola fuera yo, y yo con gente fuera una metonimia de mí misma, el todo que hay debajo por la parte que se muestra cuando te encuentras con otros.

Supongo que esto de llevar bien la soledad tiene que ver con meditar y con que ahora mi mente está mucho más tranquila que hace años. Me acuerdo de que cuando fui a Barcelona era incapaz de gestionar el tiempo que pasaba sola. Mi mente me engullía y me aterraba con la inmensidad de su confusión. Me levantaba por las mañanas intentando decidir qué hacer ese día, en constante tensión por aprovechar mi tiempo y mis horas, esforzándome hasta la médula en que mi vida mereciera la pena. Hiciera lo que hiciera, al final nunca estaba contenta. Siempre deseaba estar en otro sitio. A mi día siempre le faltaban horas.

Ahora mi vida es sumamente normal, pero por dentro me siento salvaje. No sé cómo explicarlo, pero es como si todos los actos de mi día estuvieran llenos de significado, y el simple hecho de sentirme contenta y tranquila en un mundo donde lo normal es estar agobiado y triste pareciera subversivo.

Una de las cosas que más me está costando vencer en mi camino espiritual/personal es el apego a las ideas, a las emociones y a las experiencias. Cuesta renunciar a la intensidad, sobre todo cuando te lo pasas tan bien como yo enganchándote al drama. Tanto el sufrimiento emocional como las discusiones intelectuales proporcionan una pseudosatisfacción pajillera de la que es difícil desengancharse.

Sin embargo, cuando atisbas aunque sea un resquicio de paz interior te das cuenta de que es todo lo que hace falta. Tienes paz y eres capaz de hacer todo eso que dicen los libros de autoayuda de disfrutar las cosas pequeñas, de encarar los días con la energía y la capacidad suficiente para actuar conforme a lo que crees y a lo que quieres conseguir. Al lado de la paz, la intensidad que antes te resultaba placentera ahora te parece una basura, un sucedáneo violento y ansioso de la felicidad verdadera.

Es una pena que esa paz sea difícil de alcanzar y conservar. Enseguida viene algo que te desequilibra y te olvidas, te vuelves a enganchar a las emociones y a las ideas y sientes el breve respiro de estar arrastrado por la misma corriente de deseo y de ego que el resto de la humanidad. Lo subversivo es difícil y solitario a veces, y lamentablemente éste no es un camino recto. Pero si sólo fuera capaz de mantener el recuerdo de cómo me siento ahora, de lo sencillo que me parece todo, del descanso que supone abandonar la lucha y la tensión, creo que haría lo que fuera por continuar viviendo de esta manera.

lunes, 2 de agosto de 2010

La píldora roja del Dhamma

Hoy voy a deciros algo muy seriamente:

No meditéis nunca.

No vayáis nunca a un curso de Vipassana.

Porque meditar es una putada. Cualquier parecido con la imagen idílica de una persona tranquila y en paz llegando al Nirvana sobre un cojín redondo es pura coincidencia.

La verdad es que te sientas a meditar y no sabes con lo que te vas a encontrar. Y que, salvo excepciones, te encuentras con sorpresas muy desagradables. Puedes darte cuenta de que eres un inmenso pozo de rabia y miedo escondido bajo una apariencia inofensiva y feliz. Puedes descubrir que llevas años arrastrando tristezas a las que ni te atrevías a poner nombre.

Y lo peor de la Vipassana, lo peor peor de todo, es que es como cuando Neo, el de Matrix, elige la pastilla roja en vez de quedarse con la azul y volver a su anterior estado ignorante. Una vez que has elegido vivir de esa forma, no hay vuelta atrás. Esto no quiere decir que no te desvíes. Claro que te desvías, cada día de tu vida es una constante desviación, pero has llegado a atisbar la dirección de la verdad y no deja de parpadear delante de ti como una señal luminosa enorme.

Además, como camino es un coñazo. Porque no se dedica sólo a prometerte bienestar, relax y sanación. No te dice lo estupendamente que te vas a sentir cuando acudas a un taller de fin de semana que te cuesta cuatrocientos euros o pagues un dineral por una consulta de naturopatía o un masaje japonés. Te dicen que vayas gratis, qué cabrones. Te regalan la comida y el alojamiento y te sientan a meditar diez horas diarias durante diez días. A sufrir dolores e incomodidades sobre un cojín y a levantarte a las cuatro de la mañana (sí, he dicho a las cuatro de la mañana).

Te dicen que aprender a meditar es aprender a morir.
Te dicen que la vida es en su mayoría Dukkha, sufrimiento. Sufrimiento por lo que queremos y no tenemos y por lo que tenemos y no queremos.
Te dicen que todo pasa, que no puedes aferrarte a nada y que sólo te amas a ti mismo y a tu ego gigantesco.
Te dicen que llevas toda la vida dormido.

Encima tienen hasta un código moral. Joder. Nada de "don't worry, be hippie" ni de amor libre y mescalina. Qué va. Abstente de intoxicantes, de sexualidad dañina (¡¡y sexualidad dañina es casi todo!!), no mientas, no robes, no mates. Nadie te obliga. Allá tú si haces cualquiera de estas cosas. Pero si las haces, no avanzas. Tenlo muy claro.

Y con ese panorama de sufrimiento, abstemiez y castidad, te sueltan en el mundo, para que te equivoques como una perra y luches contra tus debilidades. Tú puedes intentar olvidarte y volver atrás, al punto donde elegiste tomar la pastilla roja, a ver si ahora puedes por un casual cambiar a la azul y volver a ese estado en el que creías que la felicidad existía y que estaba escondida detrás de un número suficiente de sensaciones agradables. Pero qué va. Estás ahí con tu código moral, tu técnica milenaria y tu caudal de sufrimiento y no puedes hacer otra cosa que enfrentarte a él con el máximo valor posible.

Entonces, después de todo este panorama desolador, hay momentos (ni siquiera días o semanas, sólo momentos) en los que atisbas una felicidad distinta a la que te habían vendido. Una paz tan fresca, tan limpia y tan alegre que te parece mentira que haya quien busque algo distinto a eso. E incluso en medio de las oleadas de dolor, de tristeza y de miedo, te das cuenta de que tienes un asidero. Algo con lo que darle sentido. Una herramienta con la que enfrentarte a tus debilidades que da una dirección a tu vida y llena tus días de significado.

¿Compensa? No lo sé. A veces creo que no. La mayoría de las veces estoy segura de que sí. Pero, por si acaso, no lo probéis. No meditéis nunca. Escoged la píldora azul ahora que todavía estáis a tiempo.

viernes, 7 de agosto de 2009

Exnovios, lectores y otras víctimas del Dhamma

J. se ha ido a meditar. Mi madre dice que tengo que dejar de deprimir a mis exnovios y luego mandarles a meditar para que se arreglen. "Francamente, mamá", le digo, "es una visión del asunto no falsa, pero sí un poco simplista".

En cualquier caso, os quería contar lo que me pasó en el último curso de Vipassana al que fui, que no pude terminar porque mi muela del juicio decidió salir gloriosamente de mi encía entre litros de pus y kilos de dolor no ecuanimizable.

Al curso había ido yo con MQEN, el primer exnovio que ha pasado por el proceso "Marina-depresión-meditación" (y que, por cierto, está bastante contento con el cambio... el cambio depresión-meditación, no el cambio Marina-meditación, espero). Estaba muy contenta de ir con él, aunque casi le da un soponcio el día que me tuve que ir por lo de la muela y no pude avisarle, porque pensaba que me había dado una embolia y nadie quería decírselo para que no se preocupara. (¿Por qué una embolia? Pues no sé, preguntádselo a él).

El caso es que el primer día, cuando todavía se podía hablar, me encontré con una chica en el baño cuyo nombre no mencionaré aquí por cuestiones de privacidad y blablablá.

- Oye, ¿tú eres Marina? - me dijo.
- Sí, ¿y tú?
- Yo soy X., la amiga de Y., ¿te acuerdas de mí?

Resultó que nos habíamos visto en feria y que era lectora habitual del blog.

- ¿Y cómo tú por aquí?
- Pues nada, que leí sobre la Vipassana en tu blog y he decidido probar.

No sé qué le pareció el curso, porque ya os digo que me tuve que ir a mitad y después no he tenido oportunidad de hablar con ella, pero me alegró mucho saber que mi indecente proselitismo vipasssanero sirve de algo, y sobre todo de que no va a ser necesario salir con, deprimir a y convencer a todas las personas que conozco para que se animen a probar.

Espero que a J. también le sirva, que está muy pochito.

domingo, 2 de agosto de 2009

Lo que sé sobre la felicidad

(Nota: he escrito esto a raíz de una conversación con una persona. Sin embargo, persona, esto NO va dirigido a ti ni tienes por qué tomártelo como una respuesta. Es una reflexión mía, la he escrito aquí por si puede aprovecharle a alguien, y punto)

Yo creo que la felicidad no existe, y que en el momento en que todos aceptemos eso, seguir adelante nos va a resultar muchísimo más fácil. La felicidad, entendida como un estado de continuo éxtasis y armonía con el mundo y con los demás, es una mentira; es como la zanahoria del burro, que nos sirve para seguir caminando pero que nunca va a estar en nuestro estómago.

¿Quién puede creerse que es posible conseguir esa supuesta felicidad? Vivimos en un mundo impredecible, aleatorio y complicado, y el final de nuestros cuerpos es morir y pudrirse. Sólo por eso, por el hecho de que algún día tendremos que despedirnos de todo (¡¡De todo!! Del sol, del mar, del sexo, del sushi, de nuestros amigos, de la hierba, de nuestra colonia favorita, de correr, de respirar... tú y yo, Obama y Beyoncé) la felicidad como un estado constante de bienestar es inconcebible. Cuanto más ordenadito y tranquilo lo tenemos todo en nuestras vidas, más fácil es que venga alguien y nos lo joda. Perdemos dinero, nuestro novio nos deja, nos diagnostican un cáncer y a tomar viento la felicidad. O, simplemente, nos levantamos una mañana con el paso cambiado y en lugar de sentirnos contentos, nos sentimos tristes, o enfadados, o desilusionados.

La vida está llena de malas sensaciones. Como mucho, podemos aspirar a pequeños momentos de tranquilidad, de alegría, de ilusión. Con práctica, podemos incluso atisbar la paz interior. Pero tampoco la paz está exenta de sensaciones desagradables; sólo la iluminación lo está, y ni siquiera tengo claro que la iluminación exista (no por nada, sino porque todavía no lo he vivido).

Ya he dicho muchas veces que para mí la meditación es el camino para la paz interior (que no para la felicidad entendida como he explicado antes). Es el camino (para mí) porque es el que he experimentado y el único que me está funcionando. Sin embargo, incluso a un nivel un poco menos espiritual, la perspectiva de la propia vida puede cambiar mucho si dejamos de pensar en términos de "sentir"y nos enfocamos en "hacer". Sentirse bien todo el rato es imposible, y es el deseo de sentirnos bien el que nos paraliza.

Es mentira que podamos elegir cómo reaccionar ante las cosas, en el sentido de que no podemos elegir nuestras sensaciones. Eso es una mentira de la psicología cognitivo-conductual: cambia tus pensamientos y cambiarás tus sensaciones. Aunque esto fuera cierto, aunque el vínculo pensamiento-sensación fuera así de sencillo y de unívoco, no podemos controlar nuestros pensamientos. Con un poco de introspección se da uno cuenta de que la mente viaja a gran velocidad y de que, además de la corriente de autohabla que solemos generar todo el día, existen otros pensamientos muchísimo más sutiles y veloces. Una sensación puede venir en respuesta a un pensamiento claramente formulado o a una percepción casi inconsciente, que ha desencadenado una oleada de recuerdos o de imágenes que nos han puesto tristes sin que nos demos cuenta.

Lo que sí podemos controlar es el hecho de intentar movernos constantemente en la dirección de aquello que nos importa. Elegir lo que nos importa en el ámbito laboral, social, familiar, físico o lo que sea y movernos en esa dirección es algo que está al alcance de cualquiera. No se trata de objetivos, porque un objetivo es algo estático, y la vida cambia todo el rato. Ir en dirección a algo es como ir al este. Siempre se puede ir hacia el este, porque el este ni llega ni se acaba nunca.

Por ejemplo: yo me muevo hacia ser una mejor profesional. Ahora mismo estoy estudiando con ese objetivo. Cuando saque mi plaza PIR, seguiré moviéndome: haré la residencia, estudiaré terapia ACT, abriré mi consulta, quizá oposite a psicóloga de la seguridad social... el número de cosas que puedo hacer para ser mejor profesional es infinito. En ese camino, probablemente tenga malos momentos. Estaré estresada, cansada, aburrida, no tendré ganas de escuchar a mis pacientes, perderé pacientes que no están contentos con mi manera de trabajar. Sin embargo, eso no querrá decir que yo no siga moviéndome en dirección a lo que me importa en todo momento. Elegir un camino profesional que sólo me reportara satisfacciones sería prácticamente imposible, y tengo que estar dispuesta a la frustración para seguir creciendo.

Tengo el carnet de conducir desde hace casi cinco años y he conducido poquísimo, porque no tengo coche y por ciudad prefiero ir en mi moto. Sin embargo, intento coger el coche de mi madre de vez en cuando por carretera para no perder la práctica. Cada vez que tengo que hacer un viaje (Málaga-Granada, por ejemplo) lo paso un poco mal. No es que vaya acojonada, pero voy en tensión y me canso mucho, y tengo algún sobresalto por mi culpa o por la de los demás. Me siento mejor tumbada en mi cama que conduciendo hacia Granada y, obviamente, podría elegir estar tumbada leyendo un libro y tomando una limonada. El problema es que entonces no iría a Granada. No me movería. Tengo que elegir entre tener sensaciones agradables y estar quieta, o no tenerlas y moverme.

La queja con la que la mayoría de los pacientes van al psicólogo tiene que ver con "me siento mal". Es lo que se llama el criterio alguedónico, y figura incluso en el DSM-IV, el manual de trastornos psicopatológicos con que se manejan los clínicos. El penúltimo criterio de cada trastorno suele ser "los síntomas descritos causan un malestar clínicamente significativo y un deterioro social, laboral o personal en la vida del sujeto". Entonces la filosofía es: me siento mal y estoy parado. Me siento mal porque me pasan cosas malas, luego cuando dejen de pasarme y me sienta bien, podré ponerme en marcha. Señor psicólogo, por favor: haga usted que me sienta bien.

Como psicóloga, pienso que es importante reconocer el dolor ajeno. No se trata de menospreciar el sufrimiento de los demás o de decir que no tienen motivos para estar tristes. Pero la tristeza es como un pasajero que va en nuestro coche separado por un cristal blindado, que deja pasar el sonido pero no le deja tocarnos: molesta, resulta cansino, pero sólo hace falta darse cuenta de que, en realidad, no puede impedir que sigamos conduciendo.

No se trata de negar que se está triste. Se trata de no asustarse del sufrimiento y de no dejar que nos paralice. Como decía Don Quijote: "Ladran, luego cabalgamos".

miércoles, 1 de abril de 2009

Me voy a meditar hasta después de Semana Santa. Aunque últimamente estoy actualizando poco o nada, al menos esta vez tengo explicación para el parón.

Un besito.

(Más información sobre la meditación Vipassana en la barra lateral, que no tengo ganas de linkar ahora)

domingo, 28 de diciembre de 2008

Estoy sentada en el salón de mi casa de Málaga. La chimenea ha ardido todo el día y creo que es la primera vez en estas vacaciones de navidad que, definitivamente, no tengo frío. Ha sido un buen día. Elsa y Arantxa han venido esta mañana y hemos dibujado mandalas. Por la tarde ha venido MQEN y hemos meditado juntos. Podía observar los pensamientos cruzando fugaces por mi cerebro: apenas ráfagas de luz en la noche oscura de la consciencia. Sólo me desconcentraba cuando pensaba en J., mi J.

Después de que MQEN se fuera he estado un rato tocando el piano. Había quedado a las once en el centro, pero ya sabía que no iría, así que he esbozado unas cuantas piezas con la sordina puesta. Mis dedos están débiles y torpes por la falta de práctica. A veces saben más que mi mente, a veces menos. Y yo pienso que la estructura de las piezas está completa en mi cabeza, sin fallos y, sin embargo, por alguna teoría aleatoria del caos, un chispazo equivocado de mis neuronas, fallo: piso entre teclas, no mantengo el ritmo, desplazo los acordes.

Después de tocar mando un mensaje a Arantxa y le digo que no voy a ir al centro. Estoy cansada, la chimenea me atrapa con el arder tranquilo de sus troncos. Luego me pongo a leer La hija de la amante, de A.M. Homes. En el libro, Homes habla de su adopción y de cómo conoció a sus padres biológicos cuando tenía treinta años. Sus padres biológicos resultan ser personajes ridículos, sórdidos, así que ella lleva setenta páginas hablando de su tristeza, de cómo se siente rota cuando su padre le oculta frente a su otra familia, cuando le regala joyas ridículas por su cumpleaños. De cómo le hace fotos a los armarios de su madre cuando va a limpiar su casa tras su muerte.

Yo estoy tranquila hoy, después de tantas horas junto a la chimenea, dibujando, meditando, leyendo. Sola y en compañía de personas a las que amo. Siento compasión por A.M. Homes, por cómo hay también sufrimiento cuando hay éxito, por cómo ni siquiera escribir puede salvarnos. Me digo que a un nivel elemental, todos estamos rotos; hasta los hijos de las familias felices. Recuerdo a Mariana hablándome de cómo nunca podría aspirar al nivel de amor y felicidad que tenían sus padres, y del miedo que le daba eso. Y, en cualquier caso, hay pocas familias felices.

Releo este texto y me doy cuenta de que sólo he comenzado a situarme, de que si fuera una escritora honrada y no pensara publicar esto en el blog continuaría en alguna dirección durante un par de páginas más. Pero estoy cansada. He meditado dos horas hoy. La apertura, la capacidad de sentirlo todo, también tienen un límite. Ahora prefiero irme a dormir y encontrarme con el territorio neutral de la inconsciencia. Voy a publicar esto, aun así, aunque sólo sea porque lo he escrito a ordenador y hay que aprovechar para que no se me marchen los lectores.

Entonces, buenas noches.

miércoles, 17 de diciembre de 2008

Sé que no estoy escribiendo mucho aquí. Sin embargo, soy muy muy traidora y escribo bastante en privado. En secreto. Todo empezó hace unas cuantas semanas, cuando un traidor virus estomacal me postró en la cama durante un par de días. Entre pota y pota empecé a releer los libros de Natalie Goldberg. Lo de esta mujer es muy curioso. Cree en la salvación espiritual a través de la escritura. Es meditadora zen con experiencia y relaciona su escritura con las sentadas de meditación. Yo no sé mucho de zen (de hecho no sé nada), pero estuve releyendo los libros a la nueva luz de mi (ejem) camino espiritual (doble ejem). Es curioso cómo cambian los significados de una lectura cuando empiezan a saltar a tus ojos matices diferentes, relacionados con lo que estás viviendo con tu vida en ese momento. La vida debería ser lo suficientemente larga como para releerlo todo.

Y lo que pasó fue que me entraron ganas de escribir más. Y que me di cuenta de que publicar en este blog me estaba deformando.

Me explico: escribir para un blog es hacerlo de una forma determinada, sobre una determinada temática y con una detemrinada extensión. Yo en ese sentido siempre he sido bastante anárquica, y he escrito desde minicuentos hasta historias gigantescas o post cuentavidas aburridísimos. Sin embargo, sí es cierto que escribir para otros todo el rato te condiciona. Necesitaba (necesito) un espacio de práctica, un gimnasio donde haer calentamiento para poder salir después aquí (o donde sea) a hacer una exhibición.

Además, me di cuenta de que todo, o casi todo, lo que alguna vez he escrito sobre J. he acabado por publicarlo aquí. No me pareció justo. Necesito despedirme de él y que no lo vea nadie. Necesito escribirle, porque vivir sin él es lo más difícil que tengo que aprender a hacer en este momento de mi vida, y no puedo hacerlo siempre de cara a la galería. Lo que no es culpa del blog, sino mía, obviamente. Así que últimamente me siento en el escritorio a escribirle despacio a J. (a mano, en la libreta verde que llevaba a los primeros talleres que compartimos) y me hace mucho bien. Y no creo que nunca se lo enseñe a nadie. Mucho menos a él.

Por otra parte, hay cosas que podría publicar aquí. Fragmentos de escritura en la libreta que no me disgustan. Pero, para terminarlo de arreglar, tengo el ordenador roto, y ahora mismo estoy escribiendo en la biblioteca del colegio, disimulando como si estuviera mandando un mail y mirando a un lado y a otro para que nadie lea lo que hay mi pantalla.

Esto no quiere decir que vaya a dejar el blog. Sólo quería dar señales de vida. Normalmente, cuando digo que voy a dejar el blog se me empiezan a ocurrir maravillosos posts y empiezo a aturrullar al personal (Murphy), así que prefiero dejar que las cosas se vayan asentando en mi vida literaria por su propio peso. De momento, me interesa más seguir escribiendo para mí. Creo que le daré aire a mi escritura, que se acabará beneficiando mucho. Si encuentro ordenadores libres y un poco de tiempo, quizá actualice de poco en poco. De lo contrario, no me echéis de menos :P

Os quiero siempre.

viernes, 28 de noviembre de 2008

El Contrapost (II): las sensaciones

Ahora vamos con otro concepto interesante: la evitación de las sensaciones negativas y la búsqueda de las sensaciones positivas. Esta dinámica, que puede parecer muy lógica y muy normal en el contexto cultural en el que nos movemos, es la causante de gran parte de nuestros males y nuestras patologías.

Creencias del mundo que nos rodea:

- Podemos elegir, comprar y comer la comida que nos gusta.
- Podemos elegir, comprar y utilizar la ropa que nos gusta.
- Podemos elegir y disponer de los pensamientos que nos gustan.
- Podemos elegir y experimentar las sensaciones que nos gustan.

La primera y la segunda afirmación son ciertas en su mayor parte, al menos para las personas con un poder adquisitivo medio (otra cosa es la satisfacción duradera que nos vaya a proporcionar esa comida o esa ropa, que al fin y al cabo vuelven a ser sensaciones agradables y efímeras. Pero no es ésa la cuestión).

La tercera y la cuarta, sin embargo, son parcialmente falsas. Podemos tener y experimentar tanto pensamientos como sensaciones agradables. Sin embargo, a menudo vamos a experimentar pensamientos y sensaciones que no son nada agradables. A menudo vamos a desear pensamientos y sensaciones agradables y no vamos a ser capaces de generarlos. De los pensamientos ya hablamos (más o menos) en el post anterior. Centrémonos ahora en las sensaciones (entre otras cosas, porque al fin y al cabo un pensamiento es agradable cuando nos proporciona sensaciones agradables).

Es decir, que actualmente creemos que si tenemos un trabajo gratificante, comemos sano, practicamos técnicas de relajación, viajamos a lugares hermosos, cuidamos nuestras relaciones, pensamos en positivo y dormimos bien, sólo experimentaremos sensaciones placenteras desde que nos levantemos hasta que nos acostemos. Este enfoque, además de irreal, es muy dañino. Convierte nuestra vida en una búsqueda de sensaciones agradables y una evitación de sensaciones desagradables que nos vuelve egoístas e impulsivos.

Pensadlo. Beber, fumar, drogarse y todas las adicciones: evitar sensaciones desagradables, conseguir sensaciones agradables. Enamorarse: conseguir sensaciones agradables. Los partidos de fútbol, los debates de televisión, las teleseries: conseguir sensaciones agradables. Los antidepresivos, los masajes, las técnicas de relajación, la terapia: evitar sensaciones desagradables y conseguir sensaciones agradables.

El gran problema es que hemos llegado a un punto en el que sólo "lo hago si me hace sentir bien". El coste de negarse a sentir el dolor puede ser enorme. Desde no ser capaces de emprender un proyecto importante para nuestro futuro porque va a requerirnos mucho esfuerzo, hasta evitar temas de conversación importantes porque nos hacen sentir violentos o nerviosos, o abandonar a nuestra pareja porque "ya no es como al principio". Aquí no pretendo reinstaurar una moral del sacrificio o de la resignación. Está bien querer sentirse bien. Es querer evitar el malestar a toda costa lo que acaba convirtiéndose en patológico. No sólo porque nos encierra en nosotros mismos y nos hace incapaces de hacer nada por los demás, sino porque nos llena de miedo hacia sentir y pensar "incorrectamente", estar enfermos o ser infelices.

Por cierto, hace un tiempo mi amigo Jose Luis me dijo que el peor insulto que podían lanzarle era "infeliz". En aquel momento, estuve bastante de acuerdo. Durante casi toda mi vida he pensado que ser feliz, entendido como sentirse bien la mayor parte del tiempo, no sólo era deseable, sino casi un imperativo moral para nosotros, los opulentos y afortunados habitantes del primer mundo. Ahora creo que la capacidad de aceptar el sufrimiento es mucho más importante que el bienestar. Paradójicamente, el empeño por estar bien y a gusto todo el rato nos vuelve egoístas. Es difícil mirar alrededor y ayudar a los demás si no se está dispuesto a tolerar cierta incomodidad.

Hoy en día estamos viviendo un impresionante auge de la autoayuda y la búsqueda de la realización personal. Esto debería ser bueno; sin embargo, paradójicamente, la mayoría de las personas que acuden a este tipo de recursos tienen como objetivo básico autoayudarSE y realizarSE. Hay pocos que vayan a relajarse o a meditar porque quieren ser capaces de ayudar a los demás o porque no quieren hacer más daño a su alrededor con su sufrimiento. Es más: curiosamente, ahora están popularizándose mucho las corrientes autoayudísticas del pensamiento positivo y la felicidad programada (tipo "El Secreto" y pelis similares), que básicamente proclaman que si uno piensa con la suficiente energía en aquello que desea, acabará materializándose. Estas ideas tienen el gran atractivo de prometer el paraíso en la tierra, y el gran peligro de terminar ignorando todo lo negativo y doloroso (incluidos mendigos, ancianos e incluso niños llorones) porque perjudica nuestras vibraciones y nos hace atraer acontecimientos "malos".

Por otro lado, gracias a Quiensea, la meditación Vipassana se está extendiendo como la pólvora, y ciertas terapias de tercera generación como la ACT (Acceptance and Commitment Therapy, o Terapia de Aceptación y Compromiso), también están empezando a pegar fuerte. En la Vipassana uno medita por sí mismo y por los demás, siendo consciente de que es "bueno para uno, bueno para todos". La ACT tiene una importante carga de orientación a valores que va más allá del conseguir sentirse bien y pretende acercar al individuo a donde realmente quiere estar, sin rechazar pensamientos o emociones del amplio espectro del sentimiento humano.

Así que estamos en un momento interesante: o hacemos todos caso a los gurús del buen rollito y seguimos mirándonos el ombligo por siempre jamás o meditamos todos y generamos la compasión suficiente como para salvar este mundo dolorido. A ver qué pasa :)

Si os interesa el tema, más información sobre meditación Vipassana aquí y sobre terapia ACT aquí.

jueves, 9 de octubre de 2008

Santa indiferencia

Queridos blogonautas:

El curso de meditación ha tenido unos efectos muy raros en mí. De repente veo a todo el mundo a mi alrededor como si fueran marcianos haciendo cosas de marcianos. Esto no se debe, como muchos podríais pensar, a que aquello sea un secta ni nada parecido. Sectas a mí. He leído demasiados libros de Gran Angular como para distinguir una a diez kilómetros a la redonda. Creo que más bien se debe a que una se pasa diez días metida ahí en la profunda paz del Dhamma, rodeada de personas estupendas y alegres que sólo tienen como finalidad mejorarse a sí mismas y ayudar a los demás a hacerlo, y el mundo exterior, con sus vicios y sus ansias, le parece un poco raro.

Esto me preocupa. No quiero irme a los Himalayas y meterme a monja. Ni siquiera haciendo como un amigo de mis tíos, que se ha retirado a un monasterio en Francia y ha conseguido que le dejen comer carne, bajarse pelis de Internet y llevarse la bicicleta. Pero hacía mucho tiempo que no tenía esta sensación tan intensa de NO QUIERO ESTAR AQUÍ, NO QUIERO, NO QUIERO. Es como si el entusiasmo (o la ansiedad) de la gente por sus ocupaciones (estudios, trabajos y demás) me pareciera un poco ajeno, y no fuera capaz de incorporarme a esa ola de interés y aplicarla a lo que es mi vida ahora mismo. Aunque tampoco es que haya otra cosa que me apetezca especialmente hacer. Y esto está muy mal, porque meditando intento conseguir ecuanimidad, no esta indiferencia enorme y tristona.

Yo qué sé. Supongo que se me pasará; en cualquier caso, a lo mejor sólo estoy intentando enfocar espiritualmente algo que no es más que una depresión posvacacional como otra cualquiera. O la crisis de fin de carrera. O el otoño. Pero es que ha sido un verano TAN genial. TAN relajado. Y ahora muero TANTO de amor (que sí, que ya lo contaré, pero cuando tenga más tiempo, y ganas, y una buena idea para hacer un post bonito bonito).

En fin. Tranquilidad. Tengo un libro de Paul Auster, una caja de Campurrianas y a la PK en Granada. La vida no puede ser tan mala, después de todo.

martes, 7 de octubre de 2008

Resumiendo

He estado en un curso de Vipassana. Stop. Experiencia estupenda. Stop. De vuelta en Granada. Stop. Sin ganas de empezar el curso y/o la maldita-maldita beca. Stop. Muriendo de amor. Stop. Ya os contaré. Stop. Sin PC en casa. Stop. Se me ha acabado la hora de Internet. Stop. Iremos volviendo a nuestro ritmo habitual. Stop. Si esto fuera un telegrama de verdad, me saldría carísimo. Cambio y corto.

miércoles, 17 de septiembre de 2008

Este verano he dejado de escribir. Ya lo hice otra vez porque sentía que necesitaba darme un respiro, y me sentó bien. En esta ocasión, sin embargo, no hay ninguna razón concreta: simplemente, no tenía ganas. Volví de Italia muy feliz, me fui a meditar y regresé aún más feliz. ¿Quién quería escribir? Hace un tiempo pensé que la relación entre felicidad y literatura tiene forma de U invertida: si soy muy feliz o muy desgraciada, no escribo. Necesito una cantidad moderada de desdicha que me dé el primer impulso, pero no tanta como para abrumarme y quedarme bloqueada en mi pena.

Por otra parte, a veces tengo dudas sobre si la escritura es buena o mala para mí. Quiero decir, que todo esto de tener un blog, de crear un personaje que soy yo y no soy yo al mismo tiempo, de buscar mi verdad aun al precio de partir (o resquebrajar) corazones ajenos, no sé si me acerca a la felicidad o me aleja de ella. Y yo soy de las que entre la felicidad y el arte, prefieren la felicidad. Así que me pregunto si escribir es conciencia o ego, ignorancia o iluminación. Si deforma las proporciones de la confusión existencial o, por el contrario, arroja un poco de luz sobre la oscuridad de estar vivo. Si me siento bien cuando escribo porque me hace bien, o es autocomplacencia transitoria.

Por otra parte, el amor.

El amor es como una importante misión de guerra. Uno se pasa toda la vida esperando a que se la asignen y, cuando por fin llega el momento, no sabe si estará a la altura. El problema no es el amor; es que lo que exige de nosotros es tan grande, tan valiente y tan suicida que la mayoría no queremos ni sabemos darlo. Entonces nos conformamos con sucedáneos de medio pelo con los que trampeamos, más o menos, la angustia de nacer y morir solos en este mundo tan raro. Y yo, de momento, no estoy a la altura. Me doy cuenta una y otra vez, y lo intento, y me equivoco, y a veces pienso que sólo voy a poder amar a alguien que, de vez en cuando, pueda prestarme el amor que a mí me falta y ponerlo por los dos.

Llevo un rato con las manos suspendidas sobre el teclado, pensando en cómo pretendo unir lo primero que he escrito con lo último, la escritura con el amor (por no hablar de Paul Auster, que realmente ha sido quien ha inspirado todo esto con su hermosa última novela, "El hombre en la oscuridad"). He empezado el post sin saber muy bien qué quería decir y me he hecho un poco la picha un lío.

Después de pensarlo unos minutos, se me ocurre que a lo mejor escribo porque no sé amar. Si supiera amar, a los demás y a mí misma; si mi corazón fuera compasivo y mi mente estuviera tranquila; si no necesitara que nadie me convenciera de que soy única, especial, maravillosa, y de que sube al cielo cuando me toca y llora mi ausencia... si no pasara todo eso, no tendría que escribir, porque no necesitaría demostrarme que dentro de mí hay una corriente de energía tranquila y potente, que no tiene principio ni tiene fin, que está ahí corriendo como el agua del subsuelo y sólo espera a que yo saque el pico y me ponga a buscarla.

Hago una pausa y localizo en mi estantería la libreta que me regaló J. cuando cumplí 21 años. Las tapas son de cartón de maqueta, y en una de las hojas centrales ha escrito una frase parecida a lo que he dicho antes: "Las capacidades son como una capa de agua en el subsuelo: no pertenecen a nadie, pero hay que cavar para encontrarlas". La frase no es suya, sino de Natalie Goldberg, pero me resulta curioso que la eligiera para incluirla en la libreta, rodeada de pozos dibujados a lápiz con su trazo delicado y nervioso. Como si profetizara que a lo largo de nuestra intensa y tumultuosa relación, yo necesitaría a menudo escribir para encontrar agua bajo mis pies, porque él (o yo cuando está él, mejor dicho) me había dejado muerta de sed.

Escribo porque cuando lo hago soy invencible y nadie puede hacerme daño. Y esto no es un tópico, aunque lo parezca. Nunca me ha preocupado registrar mis cuentos, porque no me da miedo quedarme sin ideas, igual que nunca se me ha ocurrido que mi pareja pueda aburrirse de mí (tendré otros defectos, pero no soy, insisto, NO SOY aburrida). Si alguien registrara todo este blog a su nombre, abriría otro y seguiría escribiendo.

Nota: Con este último párrafo se me ha vuelto a ir la olla y llevo tres horas intentando acabar el post, así que lo voy a dejar como está.

domingo, 30 de marzo de 2008

Domingo

No sé qué contaros hoy. Estoy pasando por momentos duros, pero es una dureza con sentido, un dolor que sé que va a terminarse. Después del sube y baja emocional de los últimos meses, ha llegado la resaca, en forma de nostalgia, de angustia y de pena. Así que intento meditar todos los días, escribir algo, pasar tiempo sola, leer.

Cuando me siento a meditar últimamente es como si llorara en silencio. Mi cuerpo está quieto y parezco tranquila, respirando despacio con las manos juntas en el regazo. Pero por dentro no paro de llorar: lloro por todo lo que he tenido y he perdido, por las personas a las que he amado y que se han ido, por los buenos momentos que he vivido y que no van a volver. Estoy allí sentada y las lágrimas ruedan por mi garganta, y noto el dolor en los ojos, la tensión en las mandíbulas, el hilillo de aire asfixiado que consigo hacer llegar hasta mis pulmones. También paso miedo. Miedo a no ser feliz, a no merecer el amor que me dan, a no estar a la altura, a volverme loca. El miedo es rígido, como una costra que paraliza mis músculos, que me debilita y hace que no desee otra cosa que levantarme, comer algo, sentarme a ver una peli. Pero permanezco sentada y lo recorro, lo observo, confío en que desaparecerá si soy capaz de mirarle a los ojos el tiempo suficiente. Lloro callada y paso miedo porque prefiero que el dolor salga ahí, donde yo puedo verlo, a que se enquiste en mi mente y me confunda hasta hacerme dañar a las personas que quiero.

Hablo con mi madre. Me dice que ni siquiera por ser feliz tiene que agobiarse uno. "Lo importante", añade, "es estar mal y permanecer ecuánime". Es graciosa mi madre budista. Dicen que la deuda kármica con los padres es la deuda más grande que alguien puede contraer, porque nos han dado la vida y nos han mantenido vivos cuando no podíamos hacerlo por nosotros mismos. La única manera que tenemos de saldar en parte esa deuda es dar a conocer a nuestros padres el dhamma (el camino hacia la liberación, la ley de la naturaleza). Mi madre me ha dado la vida y el dhamma, así que debo de tener una deuda kármica con ella de varios millones de vidas. Pienso que tiene razón. Que esta obsesión por la felicidad que tenemos actualmente las personas no es mejor que la obsesión por el dinero (al fin y al cabo, quien se obsesiona por el dinero lo hace porque cree sinceramente que va a darle la felicidad). Que lo normal es no ser feliz todo el rato, y lo importante es permanecer calmado, sabiendo que también eso pasa.

El otro día me preguntó Adri qué es lo que espero yo de la vida, cuál es el sentido de mi vida. Le dije que yo sólo quiero la suficiente paz interior como para disfrutar de las cosas que tengo. Seguir aprendiendo, seguir creando, conocer a gente buena a la que poder amar. Viajar de vez en cuando, sin estridencias. Leer mucho. Tener tiempo para dormir la siesta. Poco más.

Y ya me voy a dormir, que no quiero que el cambio de hora me descoloque los biorritmos.