jueves, 25 de abril de 2013
Crazy American Climbing Project: quedan tres días
lunes, 5 de septiembre de 2011
38. Sufrir (y sí, voy a volver a escribir todos los días, ¡viva y bravo!)
jueves, 25 de agosto de 2011
El viaje interior y el viaje exterior
martes, 26 de abril de 2011
Minutos
martes, 12 de abril de 2011
Pausa
martes, 5 de octubre de 2010
No me he muerto, solo estaba cansada
El domingo, último día del curso, me levanté a las cuatro de la mañana después de haber dormido como cinco horas. Medité, escuchamos la última charla, desayunamos. Ayudé a limpiar la cocina del centro y fregué como doscientos millones de platos. Fui con Funes al aeropuerto y almorzamos dos hamburguesas carísimas, más que nada por paliar un poco el mono de carne.
[Nota: quizá este sea un buen momento para confesar que llevo tres años comiendo carne. Mucha carne.]
Viajé en avión a Sevilla y di vueltas por la estación de Santa Justa haciendo tiempo para mi tren, mientras miraba alucinada los escaparates de las tiendas. Después de diez días sepultada en el campo catalán, sin escuchar más que mis pensamientos y el ruido del gong, estar allí en medio de aquellos escaparates llenos de luces y objetos me parecía absurdo. ¿Qué clase de mundo es éste, donde podemos dedicar tiendas enteras a cosas tan estúpidas como bolsos o pendientes?, pensaba. Recordé la escena de “Mi vida sin mí” en la que la protagonista dice que se da cuenta de que la manera en que tenemos organizado el mundo: los supermercados, las tiendas de ropa, las luces, la publicidad y los carteles... todo eso no es más que un intento por olvidar que vamos a morirnos.
Había pensado también en eso en Barcelona, con Funes, frente a nuestras carísimas hamburguesas con bacon y queso. Le explico a MQEN que desde que estoy intentando aprender más sobre nutrición, después de haber tenido el insight de que llevo años alimentándome a base de atún y pasta, encuentro mucha información contradictoria. La leche es buena para los huesos, la leche te chupa el calcio de los huesos. La soja es buena, la soja causa trastornos hormonales. Los cereales son sanos, los cereales te raspan los intestinos. La carne roja es necesaria, la carne roja se pudre en tu interior y crea toxinas venenosas que te llevan a la gota y al cáncer.
Expongo todo esto preocupada mientras Funes mastica los nachos de acompañamiento embadurnados de mayonesa. Después traga, me mira muy serio y me dice:
- Lo que pasa, Peq – hace una pausa, bebe zumo de piña –, es que la gente no quiere aceptar que un día tendrá que morirse.
Maldito y sabio y largo ex novio.
Durante el curso, cuando sonaba el gong para el descanso o la comida, me levantaba desde mi sitio en la segunda fila y caminaba hacia la puerta. En el camino veía los sitios de meditación de cada uno llenos de cojines y mantas. Hay gente que acumula hasta seis o siete cojines a lo largo de un curso. Yo misma tenía cinco: dos para el culo, dos para la rodilla derecha y uno para la rodilla izquierda. Después de los primeros veinte minutos de curso vas añadiendo más y más, pensando que si te colocas un poco más alta la rodilla y un poco más recta la espalda, dejará de dolerte y podrás concentrarte en la meditación.
Miro los cojines y pienso: he aquí nuestro intento para escapar del dolor.
Y al final todo es lo mismo. Las tiendas de bolsos en la estación de Santa Justa. Los alimentos biológicos, las dietas crudiveganas. Las montañas de cojines en el centro de meditación. Toda la vida intentando escapar del dolor. Hasta que al final no te queda más remedio que enfrentarte a él y atravesarlo.
El sexto día del curso estoy angustiada. Me duelen muchísimo las rodillas. Ya os conté que había ido al médico por mi rodilla izquierda, que me tiene muy mosqueada. El día seis estoy agobiada porque no sé si observar el dolor es sensato o sólo me va a llevar a quedarme inválida. Esto dicho así puede sonar raro, pero cuando no puedes hablar con nadie los pensamientos se magnifican y te asustan, como sombras chinescas proyectadas en una pared desnuda.
Así que me acerco a la profesora en el turno de preguntas. Es una india que pone cara ceñuda cuando medita, pero que sonríe mucho cuando te habla. Le explico que tengo miedo a estar forzando demasiado y haciéndome daño. “Puedes moverte cuando no estés en firme determinación” (las horas de firme determinación son horas en las que haces el propósito de no moverte). “Pero observa el dolor – me dice, sonriendo todo el rato -. El dolor no es más que una sensación”.
Salgo de allí un poco cabreada. Mi cabeza me está ofreciendo una bonita exposición de cómo va a ser mi vida sin rodillas. Condenada a no hacer nada donde intervenga la gravedad, a dedicarme a nadar y al aquagym, como las viejas. Al final me rindo frente a las sombras de mi mente. Decido que si me quedo sin rodillas, pues sin rodillas me quedé. Que me pongan prótesis, que al menos no me dolerá cuando medite.
Al día siguiente, el dolor de rodillas desaparece.
Me cuesta expresar todo lo que he aprendido y estoy aprendiendo gracias a la meditación. Sólo puedo decir que es el viaje más fascinante, el que más sentido tiene. El único que merece la pena.
Cuando acabas el primer curso llamas a la gente y les explicas que te has pasado diez días sin hablar, que la firme determinación es terrible, que estás harto del comino en las comidas y bueno, que meditar está guay y tal. Luego ya sigues practicando, vas haciendo cursos y cada vez es más difícil transmitirle a la gente lo que has aprendido. ¿Qué tal el curso?, te preguntan. Y tú: bien, bien, con sus cosas pero muy bien. Porque ese viaje de diez días que tú has hecho lo has hecho sola. ¿Quién va a entender que tú has comprendido las ataduras de tu deseo o el valor de la renuncia? ¿Cómo (y para qué) vas a explicarlo?
¿A quién va a importarle? ¿Para qué vas a escribirlo en un blog?
Porque escribes para ti, supongo. Meditas para ti. Al final estás sola, y no es malo. Al final se va toda la gente, se van todos los momentos, y sólo quedas tú. Con tus palabras, con tus rodillas. Con tu firme determinación. Con tu dolor inabarcable.
martes, 14 de septiembre de 2010
Cuarto curso de Vipassana
Tengo muchas ganas. Por qué alguien tiene ganas de encerrarse diez días en mitad de la Cataluña rural y meditar diez horas diarias en silencio, es algo que no acierto a comprender. Pero es que la paz interior engancha.
He hecho una larga lista de buenos propósitos para cuando vuelva. Bueno, tampoco es tan larga. Para empezar, escribir
Os quiero. Estad atentos el día 25 por la mañana. Es el día del metta (energía positiva que se envía al final de los cursos de Vipassana). Yo mandaré mucho, pero hay que estar disponible para recibirlo. Así que sintonizad vuestras antenitas con el buen rollo meditador.
Deseadme suerte, salud, paciencia y ecuanimidad.
Y sed buenos.
viernes, 13 de agosto de 2010
La felicidad subversiva
lunes, 2 de agosto de 2010
La píldora roja del Dhamma
viernes, 7 de agosto de 2009
Exnovios, lectores y otras víctimas del Dhamma
En cualquier caso, os quería contar lo que me pasó en el último curso de Vipassana al que fui, que no pude terminar porque mi muela del juicio decidió salir gloriosamente de mi encía entre litros de pus y kilos de dolor no ecuanimizable.
Al curso había ido yo con MQEN, el primer exnovio que ha pasado por el proceso "Marina-depresión-meditación" (y que, por cierto, está bastante contento con el cambio... el cambio depresión-meditación, no el cambio Marina-meditación, espero). Estaba muy contenta de ir con él, aunque casi le da un soponcio el día que me tuve que ir por lo de la muela y no pude avisarle, porque pensaba que me había dado una embolia y nadie quería decírselo para que no se preocupara. (¿Por qué una embolia? Pues no sé, preguntádselo a él).
El caso es que el primer día, cuando todavía se podía hablar, me encontré con una chica en el baño cuyo nombre no mencionaré aquí por cuestiones de privacidad y blablablá.
- Oye, ¿tú eres Marina? - me dijo.
- Sí, ¿y tú?
- Yo soy X., la amiga de Y., ¿te acuerdas de mí?
Resultó que nos habíamos visto en feria y que era lectora habitual del blog.
- ¿Y cómo tú por aquí?
- Pues nada, que leí sobre la Vipassana en tu blog y he decidido probar.
No sé qué le pareció el curso, porque ya os digo que me tuve que ir a mitad y después no he tenido oportunidad de hablar con ella, pero me alegró mucho saber que mi indecente proselitismo vipasssanero sirve de algo, y sobre todo de que no va a ser necesario salir con, deprimir a y convencer a todas las personas que conozco para que se animen a probar.
Espero que a J. también le sirva, que está muy pochito.
domingo, 2 de agosto de 2009
Lo que sé sobre la felicidad
Yo creo que la felicidad no existe, y que en el momento en que todos aceptemos eso, seguir adelante nos va a resultar muchísimo más fácil. La felicidad, entendida como un estado de continuo éxtasis y armonía con el mundo y con los demás, es una mentira; es como la zanahoria del burro, que nos sirve para seguir caminando pero que nunca va a estar en nuestro estómago.
¿Quién puede creerse que es posible conseguir esa supuesta felicidad? Vivimos en un mundo impredecible, aleatorio y complicado, y el final de nuestros cuerpos es morir y pudrirse. Sólo por eso, por el hecho de que algún día tendremos que despedirnos de todo (¡¡De todo!! Del sol, del mar, del sexo, del sushi, de nuestros amigos, de la hierba, de nuestra colonia favorita, de correr, de respirar... tú y yo, Obama y Beyoncé) la felicidad como un estado constante de bienestar es inconcebible. Cuanto más ordenadito y tranquilo lo tenemos todo en nuestras vidas, más fácil es que venga alguien y nos lo joda. Perdemos dinero, nuestro novio nos deja, nos diagnostican un cáncer y a tomar viento la felicidad. O, simplemente, nos levantamos una mañana con el paso cambiado y en lugar de sentirnos contentos, nos sentimos tristes, o enfadados, o desilusionados.
La vida está llena de malas sensaciones. Como mucho, podemos aspirar a pequeños momentos de tranquilidad, de alegría, de ilusión. Con práctica, podemos incluso atisbar la paz interior. Pero tampoco la paz está exenta de sensaciones desagradables; sólo la iluminación lo está, y ni siquiera tengo claro que la iluminación exista (no por nada, sino porque todavía no lo he vivido).
Ya he dicho muchas veces que para mí la meditación es el camino para la paz interior (que no para la felicidad entendida como he explicado antes). Es el camino (para mí) porque es el que he experimentado y el único que me está funcionando. Sin embargo, incluso a un nivel un poco menos espiritual, la perspectiva de la propia vida puede cambiar mucho si dejamos de pensar en términos de "sentir"y nos enfocamos en "hacer". Sentirse bien todo el rato es imposible, y es el deseo de sentirnos bien el que nos paraliza.
Es mentira que podamos elegir cómo reaccionar ante las cosas, en el sentido de que no podemos elegir nuestras sensaciones. Eso es una mentira de la psicología cognitivo-conductual: cambia tus pensamientos y cambiarás tus sensaciones. Aunque esto fuera cierto, aunque el vínculo pensamiento-sensación fuera así de sencillo y de unívoco, no podemos controlar nuestros pensamientos. Con un poco de introspección se da uno cuenta de que la mente viaja a gran velocidad y de que, además de la corriente de autohabla que solemos generar todo el día, existen otros pensamientos muchísimo más sutiles y veloces. Una sensación puede venir en respuesta a un pensamiento claramente formulado o a una percepción casi inconsciente, que ha desencadenado una oleada de recuerdos o de imágenes que nos han puesto tristes sin que nos demos cuenta.
Lo que sí podemos controlar es el hecho de intentar movernos constantemente en la dirección de aquello que nos importa. Elegir lo que nos importa en el ámbito laboral, social, familiar, físico o lo que sea y movernos en esa dirección es algo que está al alcance de cualquiera. No se trata de objetivos, porque un objetivo es algo estático, y la vida cambia todo el rato. Ir en dirección a algo es como ir al este. Siempre se puede ir hacia el este, porque el este ni llega ni se acaba nunca.
Por ejemplo: yo me muevo hacia ser una mejor profesional. Ahora mismo estoy estudiando con ese objetivo. Cuando saque mi plaza PIR, seguiré moviéndome: haré la residencia, estudiaré terapia ACT, abriré mi consulta, quizá oposite a psicóloga de la seguridad social... el número de cosas que puedo hacer para ser mejor profesional es infinito. En ese camino, probablemente tenga malos momentos. Estaré estresada, cansada, aburrida, no tendré ganas de escuchar a mis pacientes, perderé pacientes que no están contentos con mi manera de trabajar. Sin embargo, eso no querrá decir que yo no siga moviéndome en dirección a lo que me importa en todo momento. Elegir un camino profesional que sólo me reportara satisfacciones sería prácticamente imposible, y tengo que estar dispuesta a la frustración para seguir creciendo.
Tengo el carnet de conducir desde hace casi cinco años y he conducido poquísimo, porque no tengo coche y por ciudad prefiero ir en mi moto. Sin embargo, intento coger el coche de mi madre de vez en cuando por carretera para no perder la práctica. Cada vez que tengo que hacer un viaje (Málaga-Granada, por ejemplo) lo paso un poco mal. No es que vaya acojonada, pero voy en tensión y me canso mucho, y tengo algún sobresalto por mi culpa o por la de los demás. Me siento mejor tumbada en mi cama que conduciendo hacia Granada y, obviamente, podría elegir estar tumbada leyendo un libro y tomando una limonada. El problema es que entonces no iría a Granada. No me movería. Tengo que elegir entre tener sensaciones agradables y estar quieta, o no tenerlas y moverme.
La queja con la que la mayoría de los pacientes van al psicólogo tiene que ver con "me siento mal". Es lo que se llama el criterio alguedónico, y figura incluso en el DSM-IV, el manual de trastornos psicopatológicos con que se manejan los clínicos. El penúltimo criterio de cada trastorno suele ser "los síntomas descritos causan un malestar clínicamente significativo y un deterioro social, laboral o personal en la vida del sujeto". Entonces la filosofía es: me siento mal y estoy parado. Me siento mal porque me pasan cosas malas, luego cuando dejen de pasarme y me sienta bien, podré ponerme en marcha. Señor psicólogo, por favor: haga usted que me sienta bien.
Como psicóloga, pienso que es importante reconocer el dolor ajeno. No se trata de menospreciar el sufrimiento de los demás o de decir que no tienen motivos para estar tristes. Pero la tristeza es como un pasajero que va en nuestro coche separado por un cristal blindado, que deja pasar el sonido pero no le deja tocarnos: molesta, resulta cansino, pero sólo hace falta darse cuenta de que, en realidad, no puede impedir que sigamos conduciendo.
No se trata de negar que se está triste. Se trata de no asustarse del sufrimiento y de no dejar que nos paralice. Como decía Don Quijote: "Ladran, luego cabalgamos".
miércoles, 1 de abril de 2009
Un besito.
(Más información sobre la meditación Vipassana en la barra lateral, que no tengo ganas de linkar ahora)
domingo, 28 de diciembre de 2008
Después de que MQEN se fuera he estado un rato tocando el piano. Había quedado a las once en el centro, pero ya sabía que no iría, así que he esbozado unas cuantas piezas con la sordina puesta. Mis dedos están débiles y torpes por la falta de práctica. A veces saben más que mi mente, a veces menos. Y yo pienso que la estructura de las piezas está completa en mi cabeza, sin fallos y, sin embargo, por alguna teoría aleatoria del caos, un chispazo equivocado de mis neuronas, fallo: piso entre teclas, no mantengo el ritmo, desplazo los acordes.
Después de tocar mando un mensaje a Arantxa y le digo que no voy a ir al centro. Estoy cansada, la chimenea me atrapa con el arder tranquilo de sus troncos. Luego me pongo a leer La hija de la amante, de A.M. Homes. En el libro, Homes habla de su adopción y de cómo conoció a sus padres biológicos cuando tenía treinta años. Sus padres biológicos resultan ser personajes ridículos, sórdidos, así que ella lleva setenta páginas hablando de su tristeza, de cómo se siente rota cuando su padre le oculta frente a su otra familia, cuando le regala joyas ridículas por su cumpleaños. De cómo le hace fotos a los armarios de su madre cuando va a limpiar su casa tras su muerte.
Yo estoy tranquila hoy, después de tantas horas junto a la chimenea, dibujando, meditando, leyendo. Sola y en compañía de personas a las que amo. Siento compasión por A.M. Homes, por cómo hay también sufrimiento cuando hay éxito, por cómo ni siquiera escribir puede salvarnos. Me digo que a un nivel elemental, todos estamos rotos; hasta los hijos de las familias felices. Recuerdo a Mariana hablándome de cómo nunca podría aspirar al nivel de amor y felicidad que tenían sus padres, y del miedo que le daba eso. Y, en cualquier caso, hay pocas familias felices.
Releo este texto y me doy cuenta de que sólo he comenzado a situarme, de que si fuera una escritora honrada y no pensara publicar esto en el blog continuaría en alguna dirección durante un par de páginas más. Pero estoy cansada. He meditado dos horas hoy. La apertura, la capacidad de sentirlo todo, también tienen un límite. Ahora prefiero irme a dormir y encontrarme con el territorio neutral de la inconsciencia. Voy a publicar esto, aun así, aunque sólo sea porque lo he escrito a ordenador y hay que aprovechar para que no se me marchen los lectores.
Entonces, buenas noches.
miércoles, 17 de diciembre de 2008
Y lo que pasó fue que me entraron ganas de escribir más. Y que me di cuenta de que publicar en este blog me estaba deformando.
Me explico: escribir para un blog es hacerlo de una forma determinada, sobre una determinada temática y con una detemrinada extensión. Yo en ese sentido siempre he sido bastante anárquica, y he escrito desde minicuentos hasta historias gigantescas o post cuentavidas aburridísimos. Sin embargo, sí es cierto que escribir para otros todo el rato te condiciona. Necesitaba (necesito) un espacio de práctica, un gimnasio donde haer calentamiento para poder salir después aquí (o donde sea) a hacer una exhibición.
Además, me di cuenta de que todo, o casi todo, lo que alguna vez he escrito sobre J. he acabado por publicarlo aquí. No me pareció justo. Necesito despedirme de él y que no lo vea nadie. Necesito escribirle, porque vivir sin él es lo más difícil que tengo que aprender a hacer en este momento de mi vida, y no puedo hacerlo siempre de cara a la galería. Lo que no es culpa del blog, sino mía, obviamente. Así que últimamente me siento en el escritorio a escribirle despacio a J. (a mano, en la libreta verde que llevaba a los primeros talleres que compartimos) y me hace mucho bien. Y no creo que nunca se lo enseñe a nadie. Mucho menos a él.
Por otra parte, hay cosas que podría publicar aquí. Fragmentos de escritura en la libreta que no me disgustan. Pero, para terminarlo de arreglar, tengo el ordenador roto, y ahora mismo estoy escribiendo en la biblioteca del colegio, disimulando como si estuviera mandando un mail y mirando a un lado y a otro para que nadie lea lo que hay mi pantalla.
Esto no quiere decir que vaya a dejar el blog. Sólo quería dar señales de vida. Normalmente, cuando digo que voy a dejar el blog se me empiezan a ocurrir maravillosos posts y empiezo a aturrullar al personal (Murphy), así que prefiero dejar que las cosas se vayan asentando en mi vida literaria por su propio peso. De momento, me interesa más seguir escribiendo para mí. Creo que le daré aire a mi escritura, que se acabará beneficiando mucho. Si encuentro ordenadores libres y un poco de tiempo, quizá actualice de poco en poco. De lo contrario, no me echéis de menos :P
Os quiero siempre.
viernes, 28 de noviembre de 2008
El Contrapost (II): las sensaciones
Creencias del mundo que nos rodea:
- Podemos elegir, comprar y comer la comida que nos gusta.
- Podemos elegir, comprar y utilizar la ropa que nos gusta.
- Podemos elegir y disponer de los pensamientos que nos gustan.
- Podemos elegir y experimentar las sensaciones que nos gustan.
La primera y la segunda afirmación son ciertas en su mayor parte, al menos para las personas con un poder adquisitivo medio (otra cosa es la satisfacción duradera que nos vaya a proporcionar esa comida o esa ropa, que al fin y al cabo vuelven a ser sensaciones agradables y efímeras. Pero no es ésa la cuestión).
La tercera y la cuarta, sin embargo, son parcialmente falsas. Podemos tener y experimentar tanto pensamientos como sensaciones agradables. Sin embargo, a menudo vamos a experimentar pensamientos y sensaciones que no son nada agradables. A menudo vamos a desear pensamientos y sensaciones agradables y no vamos a ser capaces de generarlos. De los pensamientos ya hablamos (más o menos) en el post anterior. Centrémonos ahora en las sensaciones (entre otras cosas, porque al fin y al cabo un pensamiento es agradable cuando nos proporciona sensaciones agradables).
Es decir, que actualmente creemos que si tenemos un trabajo gratificante, comemos sano, practicamos técnicas de relajación, viajamos a lugares hermosos, cuidamos nuestras relaciones, pensamos en positivo y dormimos bien, sólo experimentaremos sensaciones placenteras desde que nos levantemos hasta que nos acostemos. Este enfoque, además de irreal, es muy dañino. Convierte nuestra vida en una búsqueda de sensaciones agradables y una evitación de sensaciones desagradables que nos vuelve egoístas e impulsivos.
Pensadlo. Beber, fumar, drogarse y todas las adicciones: evitar sensaciones desagradables, conseguir sensaciones agradables. Enamorarse: conseguir sensaciones agradables. Los partidos de fútbol, los debates de televisión, las teleseries: conseguir sensaciones agradables. Los antidepresivos, los masajes, las técnicas de relajación, la terapia: evitar sensaciones desagradables y conseguir sensaciones agradables.
El gran problema es que hemos llegado a un punto en el que sólo "lo hago si me hace sentir bien". El coste de negarse a sentir el dolor puede ser enorme. Desde no ser capaces de emprender un proyecto importante para nuestro futuro porque va a requerirnos mucho esfuerzo, hasta evitar temas de conversación importantes porque nos hacen sentir violentos o nerviosos, o abandonar a nuestra pareja porque "ya no es como al principio". Aquí no pretendo reinstaurar una moral del sacrificio o de la resignación. Está bien querer sentirse bien. Es querer evitar el malestar a toda costa lo que acaba convirtiéndose en patológico. No sólo porque nos encierra en nosotros mismos y nos hace incapaces de hacer nada por los demás, sino porque nos llena de miedo hacia sentir y pensar "incorrectamente", estar enfermos o ser infelices.
Por cierto, hace un tiempo mi amigo Jose Luis me dijo que el peor insulto que podían lanzarle era "infeliz". En aquel momento, estuve bastante de acuerdo. Durante casi toda mi vida he pensado que ser feliz, entendido como sentirse bien la mayor parte del tiempo, no sólo era deseable, sino casi un imperativo moral para nosotros, los opulentos y afortunados habitantes del primer mundo. Ahora creo que la capacidad de aceptar el sufrimiento es mucho más importante que el bienestar. Paradójicamente, el empeño por estar bien y a gusto todo el rato nos vuelve egoístas. Es difícil mirar alrededor y ayudar a los demás si no se está dispuesto a tolerar cierta incomodidad.
Hoy en día estamos viviendo un impresionante auge de la autoayuda y la búsqueda de la realización personal. Esto debería ser bueno; sin embargo, paradójicamente, la mayoría de las personas que acuden a este tipo de recursos tienen como objetivo básico autoayudarSE y realizarSE. Hay pocos que vayan a relajarse o a meditar porque quieren ser capaces de ayudar a los demás o porque no quieren hacer más daño a su alrededor con su sufrimiento. Es más: curiosamente, ahora están popularizándose mucho las corrientes autoayudísticas del pensamiento positivo y la felicidad programada (tipo "El Secreto" y pelis similares), que básicamente proclaman que si uno piensa con la suficiente energía en aquello que desea, acabará materializándose. Estas ideas tienen el gran atractivo de prometer el paraíso en la tierra, y el gran peligro de terminar ignorando todo lo negativo y doloroso (incluidos mendigos, ancianos e incluso niños llorones) porque perjudica nuestras vibraciones y nos hace atraer acontecimientos "malos".
Por otro lado, gracias a Quiensea, la meditación Vipassana se está extendiendo como la pólvora, y ciertas terapias de tercera generación como la ACT (Acceptance and Commitment Therapy, o Terapia de Aceptación y Compromiso), también están empezando a pegar fuerte. En la Vipassana uno medita por sí mismo y por los demás, siendo consciente de que es "bueno para uno, bueno para todos". La ACT tiene una importante carga de orientación a valores que va más allá del conseguir sentirse bien y pretende acercar al individuo a donde realmente quiere estar, sin rechazar pensamientos o emociones del amplio espectro del sentimiento humano.
Así que estamos en un momento interesante: o hacemos todos caso a los gurús del buen rollito y seguimos mirándonos el ombligo por siempre jamás o meditamos todos y generamos la compasión suficiente como para salvar este mundo dolorido. A ver qué pasa :)
Si os interesa el tema, más información sobre meditación Vipassana aquí y sobre terapia ACT aquí.
jueves, 9 de octubre de 2008
Santa indiferencia
El curso de meditación ha tenido unos efectos muy raros en mí. De repente veo a todo el mundo a mi alrededor como si fueran marcianos haciendo cosas de marcianos. Esto no se debe, como muchos podríais pensar, a que aquello sea un secta ni nada parecido. Sectas a mí. He leído demasiados libros de Gran Angular como para distinguir una a diez kilómetros a la redonda. Creo que más bien se debe a que una se pasa diez días metida ahí en la profunda paz del Dhamma, rodeada de personas estupendas y alegres que sólo tienen como finalidad mejorarse a sí mismas y ayudar a los demás a hacerlo, y el mundo exterior, con sus vicios y sus ansias, le parece un poco raro.
Esto me preocupa. No quiero irme a los Himalayas y meterme a monja. Ni siquiera haciendo como un amigo de mis tíos, que se ha retirado a un monasterio en Francia y ha conseguido que le dejen comer carne, bajarse pelis de Internet y llevarse la bicicleta. Pero hacía mucho tiempo que no tenía esta sensación tan intensa de NO QUIERO ESTAR AQUÍ, NO QUIERO, NO QUIERO. Es como si el entusiasmo (o la ansiedad) de la gente por sus ocupaciones (estudios, trabajos y demás) me pareciera un poco ajeno, y no fuera capaz de incorporarme a esa ola de interés y aplicarla a lo que es mi vida ahora mismo. Aunque tampoco es que haya otra cosa que me apetezca especialmente hacer. Y esto está muy mal, porque meditando intento conseguir ecuanimidad, no esta indiferencia enorme y tristona.
Yo qué sé. Supongo que se me pasará; en cualquier caso, a lo mejor sólo estoy intentando enfocar espiritualmente algo que no es más que una depresión posvacacional como otra cualquiera. O la crisis de fin de carrera. O el otoño. Pero es que ha sido un verano TAN genial. TAN relajado. Y ahora muero TANTO de amor (que sí, que ya lo contaré, pero cuando tenga más tiempo, y ganas, y una buena idea para hacer un post bonito bonito).
En fin. Tranquilidad. Tengo un libro de Paul Auster, una caja de Campurrianas y a la PK en Granada. La vida no puede ser tan mala, después de todo.
martes, 7 de octubre de 2008
Resumiendo
miércoles, 17 de septiembre de 2008
Por otra parte, a veces tengo dudas sobre si la escritura es buena o mala para mí. Quiero decir, que todo esto de tener un blog, de crear un personaje que soy yo y no soy yo al mismo tiempo, de buscar mi verdad aun al precio de partir (o resquebrajar) corazones ajenos, no sé si me acerca a la felicidad o me aleja de ella. Y yo soy de las que entre la felicidad y el arte, prefieren la felicidad. Así que me pregunto si escribir es conciencia o ego, ignorancia o iluminación. Si deforma las proporciones de la confusión existencial o, por el contrario, arroja un poco de luz sobre la oscuridad de estar vivo. Si me siento bien cuando escribo porque me hace bien, o es autocomplacencia transitoria.
Por otra parte, el amor.
El amor es como una importante misión de guerra. Uno se pasa toda la vida esperando a que se la asignen y, cuando por fin llega el momento, no sabe si estará a la altura. El problema no es el amor; es que lo que exige de nosotros es tan grande, tan valiente y tan suicida que la mayoría no queremos ni sabemos darlo. Entonces nos conformamos con sucedáneos de medio pelo con los que trampeamos, más o menos, la angustia de nacer y morir solos en este mundo tan raro. Y yo, de momento, no estoy a la altura. Me doy cuenta una y otra vez, y lo intento, y me equivoco, y a veces pienso que sólo voy a poder amar a alguien que, de vez en cuando, pueda prestarme el amor que a mí me falta y ponerlo por los dos.
Llevo un rato con las manos suspendidas sobre el teclado, pensando en cómo pretendo unir lo primero que he escrito con lo último, la escritura con el amor (por no hablar de Paul Auster, que realmente ha sido quien ha inspirado todo esto con su hermosa última novela, "El hombre en la oscuridad"). He empezado el post sin saber muy bien qué quería decir y me he hecho un poco la picha un lío.
Después de pensarlo unos minutos, se me ocurre que a lo mejor escribo porque no sé amar. Si supiera amar, a los demás y a mí misma; si mi corazón fuera compasivo y mi mente estuviera tranquila; si no necesitara que nadie me convenciera de que soy única, especial, maravillosa, y de que sube al cielo cuando me toca y llora mi ausencia... si no pasara todo eso, no tendría que escribir, porque no necesitaría demostrarme que dentro de mí hay una corriente de energía tranquila y potente, que no tiene principio ni tiene fin, que está ahí corriendo como el agua del subsuelo y sólo espera a que yo saque el pico y me ponga a buscarla.
Hago una pausa y localizo en mi estantería la libreta que me regaló J. cuando cumplí 21 años. Las tapas son de cartón de maqueta, y en una de las hojas centrales ha escrito una frase parecida a lo que he dicho antes: "Las capacidades son como una capa de agua en el subsuelo: no pertenecen a nadie, pero hay que cavar para encontrarlas". La frase no es suya, sino de Natalie Goldberg, pero me resulta curioso que la eligiera para incluirla en la libreta, rodeada de pozos dibujados a lápiz con su trazo delicado y nervioso. Como si profetizara que a lo largo de nuestra intensa y tumultuosa relación, yo necesitaría a menudo escribir para encontrar agua bajo mis pies, porque él (o yo cuando está él, mejor dicho) me había dejado muerta de sed.
Escribo porque cuando lo hago soy invencible y nadie puede hacerme daño. Y esto no es un tópico, aunque lo parezca. Nunca me ha preocupado registrar mis cuentos, porque no me da miedo quedarme sin ideas, igual que nunca se me ha ocurrido que mi pareja pueda aburrirse de mí (tendré otros defectos, pero no soy, insisto, NO SOY aburrida). Si alguien registrara todo este blog a su nombre, abriría otro y seguiría escribiendo.
Nota: Con este último párrafo se me ha vuelto a ir la olla y llevo tres horas intentando acabar el post, así que lo voy a dejar como está.
domingo, 30 de marzo de 2008
Domingo
Cuando me siento a meditar últimamente es como si llorara en silencio. Mi cuerpo está quieto y parezco tranquila, respirando despacio con las manos juntas en el regazo. Pero por dentro no paro de llorar: lloro por todo lo que he tenido y he perdido, por las personas a las que he amado y que se han ido, por los buenos momentos que he vivido y que no van a volver. Estoy allí sentada y las lágrimas ruedan por mi garganta, y noto el dolor en los ojos, la tensión en las mandíbulas, el hilillo de aire asfixiado que consigo hacer llegar hasta mis pulmones. También paso miedo. Miedo a no ser feliz, a no merecer el amor que me dan, a no estar a la altura, a volverme loca. El miedo es rígido, como una costra que paraliza mis músculos, que me debilita y hace que no desee otra cosa que levantarme, comer algo, sentarme a ver una peli. Pero permanezco sentada y lo recorro, lo observo, confío en que desaparecerá si soy capaz de mirarle a los ojos el tiempo suficiente. Lloro callada y paso miedo porque prefiero que el dolor salga ahí, donde yo puedo verlo, a que se enquiste en mi mente y me confunda hasta hacerme dañar a las personas que quiero.
Hablo con mi madre. Me dice que ni siquiera por ser feliz tiene que agobiarse uno. "Lo importante", añade, "es estar mal y permanecer ecuánime". Es graciosa mi madre budista. Dicen que la deuda kármica con los padres es la deuda más grande que alguien puede contraer, porque nos han dado la vida y nos han mantenido vivos cuando no podíamos hacerlo por nosotros mismos. La única manera que tenemos de saldar en parte esa deuda es dar a conocer a nuestros padres el dhamma (el camino hacia la liberación, la ley de la naturaleza). Mi madre me ha dado la vida y el dhamma, así que debo de tener una deuda kármica con ella de varios millones de vidas. Pienso que tiene razón. Que esta obsesión por la felicidad que tenemos actualmente las personas no es mejor que la obsesión por el dinero (al fin y al cabo, quien se obsesiona por el dinero lo hace porque cree sinceramente que va a darle la felicidad). Que lo normal es no ser feliz todo el rato, y lo importante es permanecer calmado, sabiendo que también eso pasa.
El otro día me preguntó Adri qué es lo que espero yo de la vida, cuál es el sentido de mi vida. Le dije que yo sólo quiero la suficiente paz interior como para disfrutar de las cosas que tengo. Seguir aprendiendo, seguir creando, conocer a gente buena a la que poder amar. Viajar de vez en cuando, sin estridencias. Leer mucho. Tener tiempo para dormir la siesta. Poco más.
Y ya me voy a dormir, que no quiero que el cambio de hora me descoloque los biorritmos.