massobreloslunes: Amigos

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Amigos

- Tienes que leer este artículo - dice Rosa en cuanto escucha entrar a Vicente por la puerta.
- ¿Qué? - él se está quitando la chaqueta y los zapatos, que cambia por unas zapatillas de felpa azul. Entrar en el piso, calentito y recubierto de parqué, es un poco como entrar en un útero.
- Este artículo - Rosa está sentada en la mesa de la cocina. Vicente se agacha un poco, le da un beso breve y levanta los ojos hacia la olla que hierve sobre la vitrocerámica de inducción -. Albóndigas, hay albóndigas.
- Estoy muerto de hambre.

Se desplaza hacia el fondo de la cocina casi como bailando, arranca el pico de la barra de pan que asoma por la panera y abre la olla. Le sorprende un poco que Rosa no le diga que se esté quieto. Claro, que él eso nunca lo ha entendido: si no quieres que coma pan, no compres pan. Lo que no puedes es ir todos los días a por una barra blanca, calentita y crujiente y pedirme que me controle. Que no soy de piedra.
- Dice que la clave para que un matrimonio sea feliz es la amistad. Que llega un punto en el que la pareja tiene que ser más amiga que amante.
- ¿El artículo dice eso?
- Sí.

Vicente se encoge de hombros.
- A ver, qué pasa, por qué pones esa cara, ¿eh? No es tan raro.
- Yo qué sé, Rosa...
- ¿Yo no soy tu amiga?

Vicente la mira ahí sentada en medio de la cocina. Hace apenas unos meses que hicieron la obra y el hijo mayor insistió en que pusieran los muebles en naranja. Demasiado moderno, decía Rosa, pero como no sabe negarse a lo que le pide el niño, naranja lo pusieron. Y ahora él la ve allí, con el vestido ligero que se pone para estar por casa, el pelo recogido en una pinza, sosteniendo la revista en la mano, y le parece un poco extranjera, como deportada.
- A ver, mi amiga, mi amiga... eres mi mujer. Es que amigos es otra cosa.
- Por ejemplo, si tú tienes un problema me lo cuentas a mí primero, ¿no?

Vicente duda si coger otro trozo de pan para mojarlo en las albóndigas. Luego decide que no, que en realidad sí que está bien contenerse un poquito.
- ¿Un problema? Pues sí, claro, ¿a quién se lo voy a contar? ¿Al frutero?
- Vale, pues eso es lo que tienes que hacer. Y yo también. Que tengamos una relación de confianza, de intimidad.

Vicente se rasca la cabeza.
- ¿Viene el niño a comer?
- Desde luego, hijo mío, no se puede hablar contigo de nada, ¿eh? - Rosa se levanta de la mesa, apaga el fuego y saca los platos del aparador para servir las albóndigas. Él coge los cubiertos, los platos y los vasos y los lleva al cuarto de estar.

Almuerzan escuchando la voz del noticiario. Mientras mira a Rosa, Vicente piensa que se ha perdido algo, porque cualquiera diría que se está enfurruñada. Ella también come pan, aunque lo corta en pedacitos muy, muy pequeños, como si no quisiera que su estómago lo viera. La mira debatirse con cada bocado, alternar la carne con la ensalada, rebañar un poquito menos de salsa del que le gustaría, y siente una repentina ternura. Agarra un pedazo grande de pan, lo empapa en salsa y se lo acerca a Rosa.
- Ay, ¿qué haces? Quita, que eso es mucho.
- Venga, boba, abre... di "aaahhh", que viene el avión...

Rosa abre la boca para protestar y Vicente aprovecha para meterle el trozo de pan. Después le pasa un dedo por la barbilla para quitarle la salsa que se le ha quedado en la comisura. Terminan de comer en silencio, pero Rosa tiene un amago de sonrisa privada, como cuando la travesura de un niño te hace gracia pero no quieres que se entere para que no la repita.

Por la tarde no tiene muy claro por qué lo hace, pero cuando baja al estanco a por tabaco y después a la frutería a por unos plátanos que le ha encargado Rosa, Vicente decide que va a comprar también una piruleta roja, de esas en forma de corazón, y con el mismo ánimo valiente que no tiene claro de dónde sale decide llamar a la puerta en vez de abrir con la llave. Cuando aparece Rosa delante con el trapo en la mano, los rizos pegados a la nuca por el sudor y cara de "pero se puede saber quién es a esta hora", extiende la mano con la piruleta como un colegial pelota.
- ¿Quieres ser mi amiga? - le dice.

Y cuando ella coge la piruleta con una mano mientras le sacude suavemente con el trapo, y suelta un "pero qué tonto estás", y después se da la vuelta riéndose otra vez medio en silencio, Vicente piensa que vaya chorradas que escriben las revistas, y que no tiene muy claro si ha pillado bien lo de la amistad, pero que se podría pasar el resto de su vida sonsacándole a Rosa sonrisas secretas, y que a lo mejor con eso ya les basta a los dos.

9 comentarios:

  1. Respuestas
    1. ¡Gracias, pequeño saltamontes! Un beso y feliz jueves.

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  2. joooooo... me has hecho llorar al punto de la mañana!!! eh! que ayer fuí a yoga y estoy muy blandita.....

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    1. Jajaja ¿el yoga te pone tierna? No te pegan nada los llantos matutinos. Pero bueno; habrás ido al curro con los ojos brillantes. Besos!

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  3. Buffff, que preciosidad. Yo tambien ando con la lágrima fácil pero desde luego lo merece por enternecedor. Creo que en el fondo es lo que todos buscamos.
    Un besillo

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    1. ¡Gracias! Lo de la lágrima fácil yo no sé si es un efecto colectivo del otoño o qué, pero yo ando más tonta... Y sí, todos buscamos piruletas sorpresa. Un besito.

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  4. Muy bonito! Y yo también pienso que una amistad fuerte es imprescindible en una pareja.

    :*

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