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lunes, 19 de mayo de 2014

Viento




Es domingo por la noche, y el MIR y yo acabamos de cenar en el comedor del hospital: carne con patatas, pescado a la plancha y puré de verduras. Después de la cena, salimos a que se fume un cigarro y yo le propongo dar una vueltecita al hospital. Es el paseo simbólico que damos a veces en mitad de las guardias, para no salir al día siguiente pensando que te has pasado venticuatro horas encerrado.

El levante lleva días azotando Cádiz. Pablo y yo moqueamos por la alergia, la terraza está llena de arena y el ruido contra las ventanas nos destroza los nervios. Hace un calor impropio de mayo. Mi última semana trabajando se ha arrastrado como un caracol cojo, y el levante, con sus nubes de arena sobre la playa de Cortadura, parece compartir la cualidad de la angustia de estos últimos días: sabes que va a irse y, al mismo tiempo, parece que no va a acabarse nunca.

La guardia ha sido tranquila. Hemos pasado la mañana leyendo en los sofás del estar, y por la tarde han llamado un par de veces de urgencias. Aún nos quedan por ver dos pacientes antes de dormir, y nos llamarán de madrugada para otros dos, pero eso aún no lo sabemos. Ahora mismo, pensamos que casi ha acabado una guardia tranquila y que tenemos todo el tiempo del mundo para dar una vuelta.

Llevamos todo el día (y todo el mes, y todo el año, y prácticamente toda la residencia) hablando de lo mucho que nos apetece terminar. Al MIR, como a mí, no le gustan las cosas mal hechas. Al mismo tiempo, por la conversación se filtra cierto tono inquieto, como si tocáramos dos veces la alegría con las manos temiendo que se deshaga y dé paso al miedo. Como otras veces, caminamos junto al tanatorio, que hoy tiene un coche fúnebre esperando en la puerta. El maletero está abierto y al pasar miramos el interior vacío, que parece forrado de algo metálico. Yo me toco la cabeza con dos dedos: "madera, madera". "¿Para qué?", dice el MIR. "Tienes razón - contesto -. Supongo que todos terminaremos ahí, tarde o temprano". "Yo espero que más temprano que tarde", dice él, y se ríe con esa risa suya, contagiosa y carnavalera, mientras dejamos atrás nuestro tenebroso futuro.

Giramos la siguiente esquina y nos sorprende un viento frío. Yo me abrocho los botones de la bata. "Ha cambiado el viento - dice el MIR -. Ya no es levante. Ahora es sur. Esta semana que entra bajarán las temperaturas". Me pregunto cómo voy a explicárselo a Pablo, que lleva un tiempo quejándose del calor y preguntándome si a la ciudad aún le falta por mostrar algo de invierno. Cómo le cuento que esto es Cádiz, y que aquí las cosas vienen por donde las lleva el viento.

Como siempre, el aire en movimiento me recuerda las cosas que pasan, la nostalgia prematura del verano y la sensación que tuve el primer día que llegué aquí: que no existe un descanso, que no hay un lugar donde quedarse quieto. Desde que llegué supe que este no era mi hogar, porque no existe realmente un hogar en el que permanecer. El MIR y yo hablamos de nuestros planes. Pablo y yo nos vamos de viaje y después nos mudaremos a un pueblecito de Tarragona para escalar (ya os contaré más sobre eso próximamente). Me dice que va a ser genial. Yo también lo pienso, y al mismo tiempo me quejo de cómo la gente se va quedando atrás en cada sitio que dejo. Cada vez más gente y más distancia. Cada vez más contactos en el Facebook que van siendo barridos por el viento del tiempo.

Mientras entramos de nuevo en el hospital, pienso que me gusta la combinación de alegría y nostalgia que siento ahora mismo. Un poco más de una de las dos arruinaría la mezcla. Claro que me da pena dejar el PIR. Es quien he sido los últimos años. Me da pena no ver más a los pacientes y a mis amigos o, al menos, no verles de la misma forma. Al MIR debajo de su baja blanca. A Anxo en su consulta de Vejer, junto al azulejo que dice que "El cliente siempre tiene la razón". Al mismo tiempo, sé que lo que venga después sólo podrá crecer en el espacio que el PIR deja libre; y es esa libertad, ese espacio, el que no tiene más remedio que llenarse de alegría.

Al final es lo que pasa con viento. ¿Cómo vas a pelearte con él? Es lo que hay. Ni toda la pena, ni todo el miedo, ni toda la precaución del mundo lo podrían hacer cambiar de dirección. Dura lo que dura. Viene, se queda un rato y después se va. Y en la Ciudad del Viento, donde he pasado los últimos cuatro años de mi vida, ¿qué mejor cosa te puede pasar el día que terminas el PIR que el fin del levante? ¿Qué puede aliviarte más que las cosquillas del viento sur colándose por tu bata?


¿Qué mejor augurio que un cambio de viento?

viernes, 16 de mayo de 2014

Último día

Mañana es mi último día de trabajo normal del PIR. Después me queda una guardia. Después, la nada.

De alguna forma misteriosa, me estoy librando del burnout. Bueno, misteriosa no es: consiste en que esta semana apenas he visto pacientes porque me estoy despidiendo, y en que cada vez veo más real el Momento Paro: ese instante en que me levantaré por la mañana y diré: ¿qué hago hoy? Y lo decidiré, y lo haré, y punto. Me recorren las ganas de escribir como cosquillas subterráneas. Disfruto de cantar en la cocina y de comer piña mientras releo posts antiguos. Todo va mejor.

Me parece una brutal locura que el PIR se haya terminado. Los primeros tres años me los pasé creyendo que sería para siempre. Quiero decir, que yo sabía que se terminaría, pero al mismo tiempo me parecía que las decisiones que tomaba en el trabajo eran importantes, trascendentes, a largo plazo. Después llegué a cuarto y empecé a tratar al PIR como trato a este piso: un lugar en el que uno ya no se va a quedar mucho más tiempo y que, por esa razón, no se va a molestar en arreglar demasiado.

Llevo un montón de rato releyendo el blog. Lo hago para buscar una entrada que me recordó ayer Anxo, y también porque ahora que no trabajo quiero escribir, necesito ánimos y no hay nada que me dé más ánimos que darme cuenta de lo mucho que he escrito ya. Hace un tiempo leí que la gente segrega hormonas de la felicidad cuando mira sus propias fotos en Facebook. No sé si leer mi propio blog es algo parecido: todos los momentos, incluso los feos, están teñidos de un color hermoso. El segundo superpoder que pediría después del teletransporte es ser capaz de juzgar de forma objetiva mi propia escritura.

Hoy no es día de hacer balance del PIR. Es demasiado tarde para eso, ya llevo un rato con mis gafas bloqueadoras de la luz azul* y tengo sueño. Pero no puedo pasar por alto que hoy es la víspera de mi último día de trabajo durante un tiempo. Mucho tiempo, a ser posible: a partir de ahora, trabajar por cuenta ajena va a ser mi última opción. Es emocionante, esto. Mañana me levantaré temprano, me ducharé, desayunaré mis huevos revueltos y mi café con leche de arroz, y me iré a trabajar. Llegaré a una hora, cumpliré una función y me marcharé. Llevo haciendo eso cuatro años, y he de reconocer que no le falta un encanto tranquilizador, una estructura que consuela. Durante estos años, la mayoría del tiempo, me iba a dormir pensando que quizá no había hecho nada importante durante el día, pero al menos había ido a trabajar. Y con suerte eso significaba que había ayudado a alguien. No importa lo quemada que esté: no puedo quitarle al PIR el mérito de haberme hecho sentir así durante cuatro años.

Así que me voy a dormir, queridos, porque mañana hay que madrugar de forma obligatoria, por última vez en bastante tiempo. Insisto en que estoy emocionada. Como el último día de unas vacaciones inversas. El martes, después del saliente de la guardia, será un primer día de colegio al revés, y agarraré por los cuernos a mi libertad transitoria para ver lo que tiene que ofrecerme.

Después de leer un buen rato el blog, llego a esta entrada y a esta frase: "no hay palmaditas en la espalda, ni una epifanía espiritual duradera: hay un dolor constante y sordo y, en mitad de ese dolor, momentos de una luz aterradora." Define lo que es para mí la escritura, lo que es para mí la vida y, sin duda, define bastante bien lo que ha sido para mí el PIR.

Deseadme suerte.

*Verídico: uso esto por las noches. Pablo me llama Bono y me asegura (falsamente) que no volveremos a tener sexo, pero me da igual. Me da unos colocones de melatonina brutales.

miércoles, 14 de mayo de 2014

Dientes

Ayer fui a hacerme una limpieza dental. Últimamente siento una preocupación desmesurada por mis dientes. Creo que es el efecto de 1) hacerme vieja y 2) estar a punto de quedarme en paro. Lo primero tiene que ver con que hace cuatro días cumplí veintinueve años y bueno, ya se sabe: los veintitodos, el fin de una etapa, el Apocalipsis de la treintena acechando a la vuelta de la esquina. El cuerpo, que empieza a ser más traidor por su función que por su apariencia. En cuanto al paro y mis próximos merodeos por el umbral de la pobreza: si resulta que al final no consigo ganarme la vida, y acabo debajo de un puente o alquilándome por horas a Pablo para asegurarle mientras escala, al menos tendré las muelas empastadas.

El caso es que la higienista dental es majísima. Nada más entrar, me explica una peli truculenta acerca de cómo después de las comidas se acumula la placa bacteriana, el cepillo no llega a todos los rincones y la placa muta a sarro, y cómo entonces sólo un profesional podrá eliminarlo, dejando como única alternativa la piorrea y la exclusión social. La limpieza, continúa, se hace con ultrasonidos y agua. Es un poco molesta. Sólo un poco. Me pasa en aparato por los dientes, pidiéndome disculpas cuando tiene que insistir en alguna zona, y se detiene varias veces para que me enjuague con agua y colutorio. Después trae la maqueta de una dentadura para enseñarme técnica de cepillado y yo asiento frente a su implacable lógica. Me fijo en que tiene unos dientes preciosos. Son de un blanco perlado, como los de las princesas, y brillan bajo la luz fluorescente de la consulta. Me pregunto si se pasará ella misma el ultrasonido una vez por semana para mantenerlos; imagino que es importante para una higienista tener los dientes bien.

Por enésima vez en los últimos meses, pienso que me he equivocado de trabajo y me admiro ante la sencillez del suyo. Tus dientes están sucios por esta razón y yo te los puedo limpiar de esta manera. Buscas dientes limpios y eso es lo que voy a darte. Los míos, obviamente, también lo están.

Creo que ya he dicho que llevo un tiempo quemada. Lo llamo así para no decir que estoy deprimida, porque eso sería (perdonad la obviedad) demasiado triste. Estoy convencida de que no es depresión, en cualquier caso. Tiene que ver con mi trabajo, y parcialmente con el otro blog; en general, tiene que ver con pasarte un montón de horas diciendo a la gente lo que tiene que hacer.

Hay personas que se creen que un psicólogo lo único que hace es escuchar, y yo a esas personas les digo, gaditanamente, que un carajo pa ti. Pruébalo un día. Hazte pasar por psicólogo. Siéntate enfrente de alguien, deja que te cuente su movida, hazle preguntas, incluso. Devuelve la pelota todas las veces que sepas:
- ¿Debo dejar a mi novio?
- No lo sé, ¿qué piensas sobre eso?

Servirá un tiempo, pero en algún punto, más tarde o más temprano, el paciente/cliente se callará, te mirará directamente y te dirá: ¿Ahora qué? ¿Qué opinas? ¿QUÉ HAGO? Y puedes evadirte todo lo que quieras, pero entonces se dará cuenta y pensará que eres un inútil: "el psicólogo en realidad no me está ayudando nada". Quiere algo. Algo tangible, una diferencia que pueda notar al llegar a casa, igual que yo noto la superficie lisa de mis dientes cada vez que paso la lengua contra ellos.

Tú haces lo que puedes. Les das tests, autorregistros, tareas, metáforas, técnicas de relajación, hipnosis, imaginación guiada. Escuchas sus soluciones, las amplías, las tuneas y les das media vuelta. Hay colegas que no están de acuerdo contigo y que creen que es presuntuoso decirle a la gente lo que debe hacer. En el fondo, tú también lo piensas, así que procuras recordar que el cliente siempre tiene la razón. Preguntas de una forma que querrías calificar como socrática y que quizá no sea más que molesta. Intentas no ser directivo. Das opciones.

Al final, resulta que en lugar de estar pensando qué hacer con la cantidad limitada de problemas que te ha tocado como humano, lidias con los problemas de un montón de gente. De forma teórica y también emocional. Los piensas como un acertijo, como un cubo de Rubik, pero a veces te pesa en el alma que la gente sufra tanto.

Así que podría haber sido higienista, si fuera capaz, claro, en esta vida o en otra, de afrontar una jornada laboral explicando una y otra vez cómo se forma el sarro. Mi padre siempre dice que pesa menos una pluma que un martillo. El problema, papá, no es lo que pesa el martillo, o el aparato de ultrasonidos, para el caso: es lo que aburre. Al final, a la psicología le pasa lo que a algunas relaciones: que con ella nunca te aburres, y todavía no te has dado cuenta de que eso no tiene por qué ser necesariamente bueno.

viernes, 25 de abril de 2014

Mentiras Buenas


Hace algunas semanas vino a mi consulta una niña por un problema que no viene al caso. Lo importante es que, justo antes de terminar la consulta, la madre hizo el típico posyaque y me dijo que, posyaque habían venido, a ver cómo podía yo ayudar a la nena a que dejara de decir mentiras.

Sin entrar a fondo en mi intervención, que incluyó a un par de marionetas haciendo de Mentira y de Verdad y luchando a muerte sobre el escritorio, os diré que le puse como tarea que escribiera un cuento. No tengo muy claro por qué, y quizá fuera estúpido: podía haberme limitado a decirle que la Mentira es Mala y la Verdad es Buena, y que ella y la Verdad tenían que trabajar duro para derrotar a la Mentira. Sin embargo, consideré importante aclarar que uno puede decir Mentiras, y es malo, pero también puede contar Cuentos, porque los Cuentos son Mentiras Buenas. Y le propuse que escribiera un cuento.

Hoy me ha traído el cuento. Tiene portada y todo. Y dos ilustraciones, y en la última hoja, de cuadros y grapada a todo lo demás, una historia de un párrafo escrita probablemente por la madre, porque ella aún está aprendiendo. La historia habla de una princesa que se encuentra a un caballo y se lo lleva a casa. El cuento no tenía título, así que, después de debatirlo un rato, hemos decidido llamarlo "La princesa y el caballo". No había príncipes, ni bodas. Me gustó.

Hace unos días estaba yo dando vueltas por la librería, buscando casi cualquier cosa para relevar a Alice Munro. Me está encantando Munro. Tanto, tanto, que me la voy a dosificar, para tener una apuesta segura cuando todo lo demás me falle. Me decidí por el último libro de Javier Cercas, "Las leyes de la frontera". Llevaba un tiempo rondándolo, porque tanto "Soldados de Salamina" como "La velocidad de la luz" me gustaron mucho. Mientras paseaba entre los montones de libros, pensaba: y que todo esto sea mentira. Que tanta gente invierta el tiempo en inventar cosas, y tanta otra gente en leerlas con interés. Qué cosa más rara.

Acabo de interrumpir la escritura de este post para mandarle un whatsapp a mi padre y decirle que me ha gustado el libro de Cercas. Mi padre y yo nos recomendamos libros con cierta frecuencia. Seguramente es, después del genético, el vínculo más potente que compartimos. Siempre me asombra cuando coincido con alguien en las lecturas: creo que la capacidad para conmoverse con el mismo tipo de ficción es un indicador potente de algún tipo de vínculo espiritual. 

También he vuelto a Fante hace un par de semanas. Le leo con más interés desde que estuve en Boulder y puedo imaginarle en la ciudad, cubierta por la nieve, paseando por Pearl y Walnut Street y con los Flat Irons al fondo. Ya comenté ayer que estoy un poco tristona desde hace unas semanas, y cuando leí "Espera a la primavera, Bandini", y fui capaz de trasladarme por unas horas al Colorado de la Gran Depresión, pensé: qué locura, esto. Fante está muerto, muy muerto, y sin embargo aquí estoy yo, al otro extremo de una conexión que cruza años y kilómetros. Él vivió su infancia miserable de hijo de inmigrantes italianos hace ya un siglo, y yo vivo el final de mi veintena acomodada al sur de España, y sin embargo aquí estamos: compartiendo un rato después del trabajo, en el autobús, donde me siento de espaldas a la marcha para que no me salude nadie conocido.

Luego está García Márquez, que se ha muerto, y mi sensación de que en realidad, no me importa tanto que esté muerto. Esto va a quedar infernalmente insensible y no quiero que se me malinterprete. Claro que es una pena morirse, para todo el mundo, aunque es el ciclo de la vida y es igual para todos. Pero quizá da menos pena que se muera él, porque no lo perdemos del todo. No perdemos casi nada, de hecho, porque lo más importante se queda con nosotros durante generaciones. Gabo nos hablará sin parar a través de los siglos.

Yo sigo escribiendo poco a poco, como una tullida, avanzando por un cuento largo en el que trabajo y que está precisamente ambientado en Boulder. Sigo trabajando en mis Mentiras Buenas. Hoy, mientras leía a Javier Cercas, me ha asaltado una vez más la certeza de que mi vida va a ser un Fracaso, así con mayúsculas, porque total, tengo casi treinta años y estoy deseando terminar lo único importante que he hecho (el PIR) para no volver jamás a la sanidad pública. Entro en el estudio de Pablo envuelta en mi mantita, con cara de perro mojado. ¿Y si no soy capaz de ganarme la vida?, le pregunto. Él me consuela, me dice que escribo muy bien, que soy una buena psicóloga, que todo va a salir estupendamente. Yo asiento a regañadientes, salgo del estudio, me siento a meditar una hora y luego a escribir. Y bueno, la pura verdad, y se me cae la cara de vergüenza de decirlo, porque llevo meses con un bloqueo literario de caballo, es que mientras estoy escribiendo no pienso en nada de eso. No me siento ni bien ni mal, ni me preocupa el futuro o me parece prometedor; simplemente se me olvida. Las dudas salen de mi cabeza y estoy en Boulder, con mis personajes, intentando imaginar lo que dirán a continuación y reconstruir la disposición de las mesas de mi cafetería favorita.

La niña de la consulta de hoy me ha regalado el cuento que ha escrito. Yo no lo he metido en su historia clínica, sinceramente, porque le he dado a elegir entre hacerlo, quedárselo ella o dármelo a mí, y me lo ha dado. Digo yo que me lo he ganado. Está ahí en mi bolso, enrollado con delicadeza para no marcar dobleces en los dibujos. He bromeado con ella diciendo que si es una escritora famosa algún día, lo venderé por mucho dinero; creo que no me ha entendido. En cualquier caso, no voy a venderlo. No sé si será una escritora famosa, y lo más probable es que no lo sea. Sí estoy segura de que va a aprender algún día la diferencia entre la Mentira y la Verdad, y elegirá con buen juicio. Lo que si espero es que sepa distinguir las Mentiras de las Mentiras Buenas, y que no deje nunca de creerse con entusiasmo las segundas.

jueves, 11 de abril de 2013

Qué hacer con

Cuando estás todos los días viendo desgracias (que se dice pronto, hay que joderse), hay preguntas que te haces a menudo y que tienes que encontrar la manera de responder. A saber: ¿qué hacer con esa constatación del sufrimiento? ¿Qué hacer con la sensación de que tú tienes mucha suerte y otros no tienen tanta? ¿Y con tu miedo? ¿Y con todas las reflexiones trascendentes que te vienen a la cabeza a lo largo del día?

Hoy he visto a un paciente al que le están friendo el cuello con radioterapia. Está muy asustado y ha perdido muchos kilos porque no puede comer. El tema es el miedo. Colocamos la desgracia en los demás: nosotros, ellos. Los pacientes graves y los moribundos se sitúan en otro plano de realidad, y parece que con el diagnóstico tiene que venir de serie la aceptación de su condición, y esa sabiduría de enfermísimo grave que nos vende Hollywood. Y la distancia sólo tiene que ver con que es la única forma de apaciguar nuestra inquietud. Pasarlos a otra categoría de humanos, porque si son de otra categoría, eso quiere decir que a mí no me va a pasar nunca. La realidad es que tienen miedo: un miedo que te cagas. Y que al señor mayor con diez mil enfermedades le importa lo mismo su vida que a ti la tuya. Aun así, tú sabes que tienes una mano de cartas mucho más afortunada en esta partida. Qué vas a hacerle. También tú te morirás un día.

Llevo haciéndome esas preguntas desde que empecé la rotación: desde que conocí a mi primer paciente terminal y salí a la calle pensando cómo podía yo seguir viviendo cuando alguien tan cercano estaba a punto de morirse. Sigo viendo terminales y gente que sufre un montón, y ese constante contraste me agota. Yo en el rocódromo, con el corazón latiéndome a toda velocidad después de una vía difícil de pies marcados, abrazándome las rodillas sobre los colchones sucios. Mis pacientes sin poder hablar bien, comerse un bocadillo, subir escaleras sin asfixiarse, planearse la vida más allá del próximo ciclo de quimio, del próximo TAC. Yo sin poder hablar de esto con nadie. Ellos con sus náuseas, sus pelucas y sus lágrimas. Yo incapaz de escribir ficción. Ellos incapaces de imaginarse el futuro.

Lo siento. Siento no ser alegre. Siento escribir sobre esto, porque sigo con la sensación de que entonces los utilizo. En realidad, ellos no son "oncológicos", ni "terminales", ni "moribundos", ni nada. Son personas. Personas que, en su mayoría, me caen bien. Pasa de darte pena que se estén muriendo porque son humanos y empatizas con ellos, a darte pena la posibilidad de que se vayan porque te gustan y no quieres que la tierra les pierda. Porque te lo pasas bien con ellos, hablando en consulta de las cosas importantes, tratando de echar una mano. Sabiendo que los que se van, lo hacen porque les toca, y que a ti también te va a tocar. A veces es como si estar en uno u otro lado de la mesa fuera cuestión de suerte. O cuestión de tiempo.

Ayer le decía al chico con el que quedé para hablar del PIR que la estabilidad es la mentira más grande del mundo. Estabilidad es cuando todo te va bien, y entonces un día te duele la espalda, te hacen una placa, es una metástasis ósea de un cáncer gástrico y a ti te queda un año. Hoy hablaba con un compañero a la salida del roco. "No sé si ir a escalar el sábado - me decía -. La roca me da mucho miedo". También mi padre me pregunta por el viaje a Boulder y me dice que le da miedo. "A mí también, papi - le contesto -, pero es que la vida da miedo".

Supongo que así me contesto a esas preguntas. Me contesto persiguiendo a los pacientes por el hospital para poder verles un rato antes de que les den la quimio. Me contesto escalando. Me contesto yéndome a Boulder y bromeando con la posibilidad de que me descuartice un chalado en cualquier callejón. Me contesto encogiéndome de hombros y repitiéndome una frase que me gusta: cada uno tiene su propio karma. Eso es así.

El sentido de la vida, como dijo Mark Vonnegut a su padre, es ayudarnos unos a otros a cruzar esta cosa, sea lo que sea. Porque esta cosa es jodida. Y mucho.

miércoles, 10 de abril de 2013

Bosom

Uno de los cambios más curiosos que están ocurriendo últimamente en mi vida es que soy capaz de leer inglés sin (demasiado) esfuerzo. Empecé a comprar libros como una loca cuando me regalaron el Kindle y ahora ahí estoy: pasando anglopáginas con la yema del dedo como si no hubiera un mañana.

Hoy he descubierto una bonita palabra inglesa: bosom. Es el pecho de una mujer, pero en literario es algo así como "el espacio entre el pecho y la ropa, que se utiliza para guardar cosas". Creo que no tiene traducción al castellano. Lo utiliza Natalie Goldberg en "The true secret of writing" (hablando de títulos poco ambiciosos, por cierto) en la expresión "bosom friends". Algo así como amigos muy cercanos.

Cambiemos radicalmente de tercio y movámonos a esta tarde. Son las ocho y estoy sentada en la Libre, mi cafetería favorita de Madriz, hablando con un psicólogo amigo de una amiga que ha venido a preguntarme qué opino del PIR. Estudió la carrera de mayor y no tiene claro si invertir tanto esfuerzo y tiempo, perder su trabajo actual y arriesgarse a encontrarse de aquí a cinco o seis años en la calle y sin nada.

Cambiemos de tercio otra vez. Son las doce de la mañana y estoy sentada delante de M., mi paciente favorita de esta rotación. M. es una persona maravillosa a la que le ha pasado Algo Muy Malo (los lectores de la Guía Práctica Para Evitar al Psicólogo saben de lo que les hablo). Pero es una persona maravillosa. Muy sana, muy sabia, con una gran capacidad para ser feliz. Aprende, reflexiona y tiene un corazón grande. Yo la escuchaba hablar esta mañana y pensaba que tengo que encontrar la forma de agradecerle cómo me está iluminando esta rotación tan oscura.

M. me habla de la disyuntiva entre tener pocos o muchos amigos. Del dolor de mostrar los agujeros del corazón y dejar que los demás te vean a través de ellos. Yo recupero la fábula del huevo, el café y la zanahoria metidos en agua hirviendo. ¿Qué hace el sufrimiento contigo?, le pregunto. ¿Te destruye como a la zanahoria? ¿Te cubre con una coraza de rigidez y dureza, como al huevo? ¿O te permite enriquecer el agua que tienes a tu alrededor, como al café? Como siempre, yo, que tengo tendencia a ser zanahoria, defiendo la capacidad de vincularse. Defiendo la empatía y me acuerdo de un poema que leí hace tiempo en un libro de meditación Vipassana, y que decía algo así como "ojalá mi manta pudiera cubrir el sufrimiento del mundo". M. asiente. Comprende esa sensación.

Volvamos a la cafetería. Le digo al chaval que, aunque para trabajar en la pública haría falta que todos los facultativos presentes murieran de una extraña epidemia y que, aun así, es probable que el ministerio aprovechara para eliminar la psicología clínica de la oferta de servicios, el PIR merece la pena. Le hablo con entusiasmo de lo mucho que me gusta mi trabajo. Le digo que, sobre todo, tiene que pensar en sus pacientes: no en si es la formación que más le conviene a él, o la que le ofrece más posibilidades de mantenerse. Que es su obligación ética pensar en qué es lo mejor que le puede ofrecer a una persona que busca ayuda, y después esforzarse por aprenderlo.

Parezco Juana de Arco.

Después le suelto una de las grandes Frases De Anxo, de estas que él dice sin pensarlo mucho y que a mí me cambian la vida aún no sé si para bien. A saber: "La única manera de suplir nuestras carencias teóricas, técnicas y formativas como terapeutas es matarnos a trabajar". 

Ahí lo llevas.

El pobre chico asiente, da un sorbo a su zumo de naranja y papaya y me habla de psicología positiva. 

Volvamos al presente. Al bosom.

Yo a veces me preguntaba qué hace uno con tanta gente estupenda que se puede conocer en esta vida. Dónde los guardas. El sábado hablábamos Erika, Elsa y yo de la amistad. "Ésta se muere - decía yo, señalando a Elsa - y se muere un trozo de mí". Es verdad. Podemos hablar del desapego hasta aburrirnos, pero si Elsa (o la PK, o MQEN, o Aran) se van de esta tierra antes que yo, a mí el corazón se me queda cojo hasta que sea yo quien se vaya. No sería dolor, ni tristeza; sería una ausencia insustituible. Eso, como dirían en Cádiz, es así. Y creo que mi capacidad para querer de esa forma es limitada.

Pero está el bosom. En el bosom cabe mucha gente. Se puede ensanchar para llevar en él, bien calentitos, a todos los que alguna vez nos han enseñado cosas. Y, si me apuras, para ser un buen profesional tienes que encontrar la manera de llevar a tus pacientes en el bosom; al menos a algunos de ellos.

M. está en mi bosom.

Porque el corazón es limitado, pero el bosom es infinito.

Y ser PIR es la ostia.

domingo, 3 de febrero de 2013

Contrastes

Llevo un rato aquí sentada pensando sobre qué escribir. A veces me noto... no sé cómo explicarlo... descontextualizada. Como si mi escritura no estuviera relacionada con mi vida. Sobre todo hoy, que es sábado pero estoy sola en casa y sin ganas de salir. Podría ser cualquier día. Creo que la gente se está manifestando en Génova, y no me importaría ir si tuviera con quién. Ahora mismo, sin embargo, estoy sentada con Mia sobre el regazo (es tan ligera esta gata; parece de pluma) y no tengo intención de levantarme para manifestarme por nada.

He pasado la mañana comprando pintaúñas con Laura, una lectora que podría ser amor pero es odio, porque me acaba de presentar una marca maravillosa de esmaltes a diecisiete euros el tarro. Aun así, lo hemos pasado muy bien. Laura es estupenda, es preciosa y divertida hasta hacerte llorar. La expresión "tengo la vejiga como la gaita de Hevia" ha llegado hoy a mi vida para quedarse.

Sin embargo, aquí estoy yo sentada y pensando otra vez en la muerte.

Ayer por la mañana estaba en un ordenador del curro, grabando un CD con instrucciones de relajación para una paciente terminal. Había estado practicando con ella unos minutos antes y, madre mía: su cuerpecito tumbado inmóvil en una cama es bastante más de lo que cualquiera debería soportar. Bajaba yo después las doce plantas hasta psiquiatría pensando: "por favor, por favor, que sea capaz de hacer esto, que tenga fuerzas, por favor", y no sabía ni a quién se lo estaba pidiendo, porque no creo para nada en el Hombre del Espacio. No escribo esto para que penséis que soy fuerte, ni valiente, ni que pobrecita yo. He elegido estar ahí y no creo que sea más fuerte ni más valiente que nadie. Mi sensación con esto es muy rara. Al principio no sentía más que una piedad espantosa y mal entendida, un horror sin fisuras. Ahora es algo más parecido a una percepción global de todo. Algo un poco más ecuánime. Como si mirara a los moribundos y comprendiera de forma intuitiva que yo estaré ahí también en algún punto. Que hoy te toca a ti y mañana a mí, y que todo forma parte de algo más grande, más colectivo, como si estuviéramos desempeñando papeles aleatorios en una obra de teatro gigante.

Mientras grababa el CD se acercó mi tutora. "¿Para quién es eso?", preguntó. "Para una paciente de la catorce, que tiene mucho dolor". "¿Cómo estás llevando el tema del dolor?". Me encogí de hombros. "El dolor no lo llevo mal - contesté -. Lo que llevo fatal es la muerte". Me llevó a un despacho y estuvo hablando conmigo un rato. Que si onco es duro, que si es normal que se pase mal, etcétera. "Si sales de ésta, todo lo demás te va a parecer muy fácil. Incluida tu vida".

Tiene razón. La imagen de mi paciente tumbada me acompaña todo el rato en estos días. Es como un contraste constante con mi realidad y no me pone triste. Al contrario. Me hace sentir tan, tan contenta de tener todavía un futuro. Tan contenta de cualquier cosa, de todas las estupideces mínimas, de poder caminar escuchando música y cantando en voz alta cuando el trepidar del metro disimula mi voz. Te das cuenta de que lo estabas enfocando mal. De que todo lo que defines como molesto, u horrible, o angustioso, no es más que vida, afortunados pedazos de vida humana, oportunidades para olerlo todo, saborearlo todo, sentirlo todo.

Ayer hablaba con Cris sobre esto y sobre todo lo que haríamos y diríamos si nos fuéramos a morir en tres meses. Confesaríamos nuestros amores silenciosos, seríamos valientes y honestas. "Lo que pasa es que no nos vamos a morir en tres meses", dijo Cris. "Ya".

Yo no creo que haya que vivir como si te fueras a morir mañana. Sería todo demasiado loco y extremo. Sí hay que vivir como si te fueras a morir en algún punto. A lo mejor no es tan difícil. A lo mejor basta con comprender que todo está iluminado y que no se trata de buscar lo positivo. No hay positivo ni negativo. Hay vida, eso es todo, y las cosas van pasando y tú sólo te tienes que quedar ahí, lo más presente y atento posible. Disfrutar de esto que estás viviendo: experimentar tu tristeza y tu miedo con la misma profundidad que tu alegría y darte cuenta de que los momentos son preciosos. Todos. Es hermoso el momento en que te enamoras y también cuando te parten el corazón. Son hermosos el calor y el frío, el placer y el dolor.

Pensadlo así: casi todo está bien cuando no estás muerto.

Buenas noches y feliz domingo.

miércoles, 9 de enero de 2013

Madrid y la muerte

Estoy sentada en el escritorio de la habitación de mi primo, en Coslada. Al otro lado de la pared escucho cómo mis tíos agitan los dados en los cubiletes del parchís mientras ven Puenteviejo. Todavía no he podido mudarme al piso de Lavapiés, así que estoy aquí de refugiada política. Aunque tardo hora y media en llegar al curro, mi tía es amor, me hace lentejas y lava el olor a humedad gaditana de toda la ropa que traigo.

Me resulta complicado escribir hoy. Hay tantos datos nuevos en mi cerebro que no sé por dónde empezar. Quizá deba hacerme caso a mí misma y utilizar los detalles para ver hasta dónde me llevan.

Son las nueve de la mañana y estoy en la estación de Chamartín. Hoy entro más tarde, pero a partir de mañana tendré que salir de casa a las siete menos cuarto. El termómetro marca menos tres grados y las Cuatro Torres se pierden en la niebla. Yo salgo de la estación y bajo unas escaleras para cruzar bajo una carretera enorme. Llevo en la mano un café con leche de la enésima franquicia madrileña y me lo voy bebiendo a sorbitos.

En ese momento, tengo una revelación: voy a trabajar con personas con cáncer. CÁNCER. No sé si había contado eso aquí. En la rotación que estoy haciendo ahora te asignan a un dispositivo dentro del hospital, y a mí me ha tocado psicooncología y dolor crónico. En princpio, ni me iba ni me venía; pensé que aprendería de cualquier lugar. Pero hoy he caído en la cuenta.

Gente con cáncer. Gente que igual se muere. Me he dicho: a ver, Marina, si tú te encariñas con un apio, qué cojones piensas hacer cuando tus pacientes empiecen a palmar.  Luego he pensado: bueno, no se morirán tanto. Seguro que la mayoría sobrevive. La lucha contra el cáncer, los avances de la ciencia y tal.

A última hora, ya me habían asignado a mi primer paciente y, adivinad qué: se está muriendo.

Íbamos con la psiquiatra por las habitaciones y nos presentaba a los pacientes que íbamos a tener cada uno. Y yo, que ya sabía que el mío se estaba muriendo, pensaba cada vez "por favor, que no sea éste, que es muy joven, que parece agradable, que me cae muy bien".

A la salida del hospital, miraba otra vez las torres. Pensaba que son grandiosas. Realmente grandiosas. Te pueden gustar o no, pero nada puede negar el hecho de que los humanos han conseguido apilar uno sobre otro un montón de pisos hasta llegar casi a los 250 metros. Un cuarto de kilómetro en vertical. Pensaba en mi paciente y en la putada que tiene que ser saber que te vas en breve y que te vas a perder todo esto. Toda esta locura humana tan absurda y tan bella.

Las torres, la niebla, los menos tres grados bajo cero. El café caliente entre las manos, los cientos de coches cruzando las calles, la cara de la dependienta del Rodilla cuando te tiende un sandwich de pan integral y pavo. Las lentejas de mi tía, el parchís, caminar con calcetines sobre el parqué templado sabiendo que fuera hace frío. Escribir, leer, escalar, los amigos, los abrazos, los besos, las celivibraciones y las vibraciones obscenas. Todo eso se queda y tú te vas.

Sé que no es un buen primer post madrileño. Podría escribir con más ánimos sobre las miles de horas de transporte público que me estoy chupando, mis complejos andaluces y mi miedo a que empiecen a llamarme "la Juani" o lo mucho que echo de menos los molletes con tomate, pero hoy mi verdad es esa. Ya llegará la alegría, porque siempre llega, pero hoy Madrid es Madrid y la muerte, y no puedo ni quiero hacer nada para esconderos eso.

miércoles, 19 de diciembre de 2012

Actualizando, que es gerundio

Esta mañana me he ido a la secretaría de docencia de mi hospital y he anunciado que o me solucionaban lo de las rotaciones, o me iba a Sevilla a liarla. Después les he dicho: "que sepáis que la que se pasó toda la semana gritando con el megáfono era yo, así que si digo que voy a liarla, la lío". Verídico. Dos horas después, me habían mandado la autorización por fax desde Sevilla. ¿Tenía que ser así o les he intimidado con mi fama revolucionaria?. Ahora me siento tan culpable de haberles gritado a las administrativas que les he comprado una bolsa de caramelos para pedirles disculpas. Pero son sin azúcar, y me preocupa que piensen que les estoy llamando gordas y se ofendan.

Moraleja 1: es difícil ser bueno.

Moraleja 2: me voy a Madrid. Dado mi actual talante revolucionario, me preocupa que con la que está cayendo allí se me vaya la pinza y termine en el calabozo.

También tengo ya mis recetas de Roacután, que ahora se llama Mayesta pero que promete ser igual de agresivamente efectivo. Viva y bravo dos.

Por otra parte, Ángel (mi lector de Seattle, que ya no está en Seattle) y yo nos encontramos celebrando el primer Micromeeting Gaditano de Emprendedores (MGE). A diferencia de otros emprendedores mentalmente pajilleros que sólo asisten a cursos teóricos sin hacer nunca nada, el MGE consta de un pequeño porcentaje de teoría y un alto volumen de práctica, así que he puesto a Ángel a currar como un esclavo en mi página mientras le sobornaba con ricas ensaladas de mango y promesas de llevarle a escalar hemos pasado la tarde trabajando en el nuevo diseño de Psicosupervivencia. El plan es reabrir la página en reyes con la seriedad y consistencia que el tema se merece. Hoy le he encargado el logo a un tipo que te los hace por cinco dólares y estoy muy entusiasmada.

Ahora Ángel está tecleando una review para su página de ebooks mientras yo escribo esto. Cuando estaba redactando en inglés el brief de mi logo para el notas de los cinco dólares, había un par de palabras que no tenía claras y se las he preguntado. Y mola, porque también podría haberlas mirado en wordreference, pero está bien tener a alguien cerca que te pueda echar una mano. Hoy me siento contenta porque Ángel, como la gran mayoría de los lectores del blog con los que he contactado, es amor y me está ayudando mucho, y porque nada de eso sería posible sin que existiera este rinconcito.

Así que en agradecimiento a massobreloslunes y al tremendo y positivo impacto que ha tenido en mi vida, le he comprado también su dominio y en breve nos vamos a trasladar a massobreloslunes.com ¡¡Viva y bravo!!

Hoy ha sido un día feliz.

Besos y mil gracias a todos por los comentarios de apoyo del post anterior. ¡La etiqueta Madrid estará pronto on fire!

lunes, 17 de diciembre de 2012

El anti-Almendro

Estoy triste. Resulta que me han dejado sin vacaciones de navidad. Como la huelga sigue convocada, la gerencia ha suspendido los permisos de los residentes y nos tenemos que quedar todos aquí, a no ser que decidamos no cobrar esos días. El resultado será como el anuncio del Almendro, pero al revés (se queedaaaa... en Cádiz se queeeeda.... por Navidad).

Hoy me siento pobre. Siento que no tengo suficiente dinero ni suficiente tiempo. Se me pasan los días y no doy abasto para hacer todo lo que quiero. Se me mezclan las tareas en la cabeza y me siento perdida. Lo peor del asunto es que no sé si me van a atrasar la rotación de Madrid por estar en huelga, es decir: que a lo mejor no puedo irme en enero, como tenía planeado. Eso me perturba. No puedo hacer planes y no quiero perder tiempo de mi rotación. Esto me parece una coacción miserable y me da mucha rabia.

Mi trabajo me encanta, pero desde que empecé la huelga me estoy sintiendo institucionalmente mal. No sé si me explico. El ambiente laboral no es bueno. Todo el mundo está quemado y acaban tirando la toalla antes de empezar, y quienes más lo sufren los pacientes. Los residentes somos el último mono. Me siento ignorada en los diferentes dispositivos, y es raro: tengo libertad para hacer lo que quiera, pero no deja de ser una libertad parcial. Sigo estando obligada a cumplir con horarios, reuniones y formalismos. Sigo construyendo a medias proyectos que se van a quedar en nada cuando me vaya.

En fin. Hoy estoy un poco así. Es lo que toca. Mezclar la Navidad del Mal con la penuria económica y el esclavismo laboral no es nada bueno. Espero que se me pase en unos días y pueda volver a llenar este blog con mi optimismo proverbial.


Os quiero y os mando besitos.

martes, 11 de diciembre de 2012

Siete chorradas que todo psicólogo ha tenido que escuchar alguna vez

Aclaraciones previas a este post:

1) Me encanta mi trabajo, es genial y no lo cambiaría por nada del mundo.
2) Cada curro tiene su idiosincrasia, y estoy segura de que todos los gremios están hartos de cosas. Seguro que los fisioterapeutas odian que les pidan masajes o los médicos que les hagan consultas chungas de pasillo.
3) En general, la gente que me rodea respeta y valora mi trabajo.
4) Aunque no fuera así, me la pela porque yo lo respeto y lo valoro, me parece el más flipante del mundo y me acuesto todos los días dando gracias al cielo por haberlo elegido.

Dicho esto, hoy vamos a tener un arrebato sobre las diez chorradas que todo psicólogo ha escuchado alguna vez y lo que pensamos de ellas en realidad.

1. ¡No me psicoanalices! 

Vale. Lo pillo. Pillo que para ti todos los psicólogos psicoanalizan. Entiendo que no tienes que saber que el psicoanálisis está más pasado de moda que hacerse la permanente, ni que hay como veinte millones de orientaciones psicoterapéuticas más recientes e interesantes. Aun así, no te estoy psicoanalizando. Te miro y/o te escucho, punto, y muy probablemente mientras lo hago mi cerebro está pensando en dibujitos antiguos de Mickey Mouse, como el de Homer.

2. Yo es que no creo en los psicólogos.

Aquí lo que me pone de mala leche no es el concepto en sí, sino lo mal que se expresa la gente. Puedes decirme que no crees que los psicólogos sean útiles. Puedes decir que no piensas que la mayoría de la gente necesite un psicólogo. Pero no creer en los psicólogos es imposible. Estamos aquí y no necesitamos de tu fe para existir. No somos Papá Noel.

La última respuesta que estoy ensayando cuando me dicen eso es ésta:







3. Yo no soy psicólogo, pero... (seguida por cualquier tipo de afirmación acerca de la vida/ las relaciones/ el comportamiento humano/ etc).

No hace falta que aclares que no eres psicólogo. Da tu opinión y ya. Todos intentamos explicar el comportamiento de los demás y el nuestro, y tu explicación es tan válida como la mía. De nuevo: no voy por ahí juzgando a la gente, ni la psicología me da una visión arácnida perspicaz sobre Absolutamente Todo.

4. Yo soy muy psicólogo/ mis amigos me dicen que soy su psicólogo/ yo tenía que haber sido psicólogo.

No. Lo sentimos, pero no. Dar consejos a tu colega no te convierte en psicólogo. Escuchar a tu hermano y luego decirle "pues yo lo que haría sería tal y cual" no te convierte en psicólogo. Puede que tengas paciencia, puede que sepas escuchar, puede que los demás confíen en ti, pero no tienes ni puñetera idea de lo que se hace en la consulta de un psicólogo. Si todo va bien, me voy a pasar diez años formándome para ser clínica, y lo más seguro es que cuando llegue allí no haya hecho más que empezar. El comportamiento humano es complejísimo. Una intervención psicológica bien hecha es algo muy, muy delicado. Nadie dice "yo soy muy médico". Ser psicólogo no es una característica de personalidad: es una profesión.

5. Oye, tú que eres psicóloga, ¿qué hago con (situación compleja de la vida)?

No tengo ningún problema en escuchar e intentar aconsejar a la gente. Me gusta, de hecho. Lo que pasa es que está comprobado que los consejos gratuitos de un psicólogo conocido se van a la basura la mayor parte de las veces. Es una cuestión de encuadre. Lo mismo que te digo yo te lo dice un terapeuta prestigioso a setenta euros la sesión y te lo crees más; eso es así. La disposición para el cambio no es igual cuando uno va a la consulta de un profesional que cuando el profesional está enfrente tomándose un cafelito. Así que si quieres cuéntame lo que sea, pídeme opinión, pero no me la pidas "como psicóloga", porque es imposible que te la dé. No soy tu psicóloga: soy tu colega o tu amiga.

6. Y tú entonces ¿qué haces con tus pacientes? ¿charlar?

Sí, básicamente hago eso. Charlo. De la vida y tal. De Belén Esteban, Iker Casillas y la última temporada de Amar en Tiempos Revueltos. Yo entiendo que lo mío no sea tan espectacular como, qué te digo yo, intubar a un tío en parada cardiorrespiratoria, pero también es una intervención, y es complicada, y tiene consecuencias. Yo dialogo, converso, utilizo las palabras, pero no charlo.

7. Entonces, la diferencia entre un psicólogo y un psiquiatra ¿cuál es? ¿que tú no puedes medicar?

Sí, bueno. Y la carrera que hemos estudiado y tal. Ya sabes: medicina, psicología... no están exactamente superpuestas.

Mi amiga Luna siempre dice que ella no quiere medicar. Yo tampoco. Creo que no poder medicar es un estímulo para ser más creativo con todas las otras herramientas de las que dispones. Te deja desnudo. No puedes recurrir al socorrido "bueno, pues te voy a poner algo para que duermas mejor".

Que conste que me llevo muy bien con los psiquiatras en general y que los MIRes de Cádiz, en particular, son Puro Amor. Que conste también que una medicación bien puesta puede ayudar mucho, mucho.


Hale, fin de mi volunto. Seguro que me faltan frases, porque hay muchas. Pero en realidad, cuando me dicen alguna de las anteriores no me cabreo. Me encojo de hombros y pienso que está bien así. Que no sepan de psicología. En primer lugar, porque eso quiere decir que nunca han necesitado un psicólogo, y eso es genial. En segundo lugar, porque me mola que no se sepa exactamente lo que hacemos. Que podamos convertirnos, como dice Batalecotal, en la mano en la sombra. Anxo hablaba el otro día de la humildad necesaria en esto. Casi nunca se te atribuyen los cambios; casi siempre hay otra forma más lógica de explicarlo. Pero tú estás ahí y sabes lo que hay. Sabes lo que sabes y lo que curras. Y, sobre todo, sabes que en psicoterapia, como en muchos otros campos del conocimiento, una tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia.

lunes, 10 de diciembre de 2012

Magia



Estoy tratando a una paciente de digestivo que tiene un dolor. Un dolor aquí, como diría Obélix, señalándose el estómago. Con ella intento practicar hipnosis en condiciones precarias: primero, porque de hipnosis no sé más que lo poco que me explica Anxo con enorme entusiasmo; segundo, porque para hacer algo así en el hospital tienes que echar fuera a la familia de tu paciente, a la de al lado, decirle a la compañera de cuarto que baje la tele, encontrar la forma de que el aparato de la sonda deje de pitar, avisar a las auxiliares para que no entren justo ahora a sacar sangre y, en medio de toda esa locura, abrir un hueco para el relax y la paz interior.

Yo le digo a mi paciente que respire. Que visualice su dolor y cree un espacio alrededor. Que deje entrar aire, que imagine una luz azul que llega desde su nariz hacia su estómago y que no es que elimine el dolor, pero sí lo envuelve en algo bonito.

A mi paciente no le sirve un carajo y le duele igual. He de aprender más sobre la hipnosis.

Sin embargo, hoy me acuerdo de ella porque me he despertado con un dolor aquí, y no sé por qué. Es hostil, este puto frío húmedo. Me levanto cada día gruñendo después de resistirme media hora a sacar los brazos de debajo de la manta. Mi habitación se queda tan fría que si me dijeran que es el espíritu del anterior inquilino muerto, me lo creería. Hoy a primera hora me sentía gorda. Después he dado una sesión clínica y me han preguntado nosequé chorrada sobre la eficiencia y la eficacia. Después otra paciente me ha mirado fijamente desde su lado de la mesa y me ha dicho "me estás cambiando la vida", y yo casi lloro. Eso es eficacia.

Al mediodía vuelvo a casa con el ánimo por los suelos. Tengo otra sesión el jueves y, poniendo en marcha mis propios consejos sobre la superprocrastinación, he empezado hoy. El tema es "Medicina basada en la evidencia", y tengo que relatar una búsqueda bibliográfica intensiva. Creo que hablar de la reproducción de las babosas sería más interesante. Así que aterrizo en mi casa, me preparo unos huevos revueltos y me siento frente al ordenador. Entonces leo un mail de Ángel, mi pupilo barrita coach, que me recomienda este blog. Y hago clic. Y lo leo, y de repente me vuelve así de repente el amor por la vida, el recuerdo de las cosas buenas y la compasión por el mundo.

Ese tío, el tal Holden Caulfield, me parece un genio blogueramente hablando. Un mojabragas, por supuesto pero, ¿qué bloguero no intenta serlo? Y puestos a mojar bragas, es mejor si uno lo hace con ese estilo y esa capacidad de observación sincera de los detalles. Me parece un genio porque en cinco minutos escasos de lectura de post ha convertido un día de mierda en un día fabuloso. Es frustrante, no creáis: yo aquí escribiendo desde que era chica, literalmente, y aunque estoy más que orgullosa de lo que hago, todavía no he encontrado la forma de tocar todas las teclas tan a la vez y con tanta armonía como ese chico.

Así que ataco mi sesión con energía, y después de un par de horas de trabajo fructífero, cierro el portátil y me voy al roco. Y adivinad el coche de quién veo en la puerta, y adivinad quién es la idiota que se baja de la furgo casi tambaleándose y con el cerebro cortocircuitado. Sí, la misma. La rubia, que se queda mirando al chico en cuestión con sonrisa de descerebrada y después se pone a escalar como si el mundo fuera a acabarse mañana y ser capaz de colgarse de un agarre romo fuera condición necesaria para salir bien parada en el Apocalipsis.

Al menos la cosa mejora, porque en el roco pasa que hay picos de actividad, y lo mismo coincidimos diez jipis que de repente todo el mundo decide que es la hora de irse y nos quedamos tres. Así que cuando me quiero dar cuenta ese maldito engendro de Satán cuyo nombre ni siquiera voy a mencionar se ha largado, y con él casi todos los demás, y estamos Juanjo, el valenciano loco que me tira literalmente de la risa mientras escalo, un chico italiano peinado por su enemigo y yo. La puerta de la nave se ha quedado abierta y entra el fresquito nocturno. Me gusta mucho entrenar con Juanjo. Me río y aprieto: dos en uno. El italiano se va y nos quedamos marcándonos vías y haciendo bloque, y me doy cuenta de que ha dejado de importarme la hora que es, o la sesión clínica, o el engendro de Satán: estoy disfrutando de este momento de una forma total.

Acabamos a las diez y media porque no podemos más. "Maldita navidad", comenta Juanjo al salir, no sé bien a santo de qué. "¿No te gusta?", le pregunto. Los antinavidistas debemos unirnos entre nosotros. "Bueno", me explica, "la odio por odiar algo, pero en realidad me pongo tierno. Está oscuro, los colores son bonitos, hace fresco y veo a mis amigos". Me sonríe debajo de su capucha verde. Le doy un abrazo de despedida, le planto un beso en la mejilla y me voy a mi coche contenta. Mientras conduzco hacia la Isla tratando de distinguir los faros de los coches con mis gafas mal graduadas, pienso que a mi día de hoy he sido capaz de darle espacio, como mi paciente a su dolor de estómago. Sencillamente respiras y dejas que entre la magia, y aparece en forma de agradecimiento, de textos bonitos o de bloques compartidos con un valenciano adorable. Y eso mola muchísimo. La vida mola muchísimo.

No puedo terminar este post absolutamente inconexo sin mencionar a Toni, que también creó magia esta mañana tan gris cuando me regañaba en los comentarios por haberle dejado sin mi dosis de mí. Aquí va el almíbar, Toni. Algún día mis lectores os daréis cuenta de la enorme importancia que tenéis en mis días, modo peloteo off. Porque como dice Murakami en De qué hablo cuando hablo de correr, siento que mi prioridad en la vida no es entablar una relación con una persona específica, sino con un número indeterminado de lectores. Y en eso ando. Y no tendría sentido sin vosotros. Así que aquí sigo, comprometiéndome con esto cada día, intentando llevar cualquier vida siempre y cuando me permita escribir cada vez un poquito mejor.

Y está bien así.

martes, 4 de diciembre de 2012

Diez cosas que he aprendido de la #huelgaEIR

Hoy al mediodía hemos suspendido la huelga para negociar. Yo me incorporé el lunes, porque dado el bajito seguimiento de mi hospital, hacíamos menos daño a la administración que a nosotros mismos. Andábamos reorganizándonos como patos luchadores y planeando calendarios eróticos sólo con las batas cuando se ha anunciado que las hostilidades se suspendían momentáneamene para negociar.

He estado catorce días en huelga. Si me lo dicen hace un mes, no me lo creo. Ni idea de cuánto dinero he perdido, pero calculo que el equivalente a un MacBook Air o a diez pares de pies de gato La Sportiva. Aun así, estoy contenta porque, como ya os dije, no podía no luchar. Y porque de la huelga también se aprende, como de todo. No sé si conseguiremos nuestras reivindicaciones, pero en el camino recorrido he aprendido algunas cosas. Estas son las diez más importantes.

1. Si te pones a luchar, lucha a lo grande. Que te concentres una vez a la semana cinco minutos vestido de negro y hagas luto por la administración pública o por la extinción del petirrojo macho, a los de arriba se la pela. Los adjuntos nos dicen que hemos hecho una huelga muy loca, pero a mí me parece bien así. Si quieres que te escuchen, paraliza hospitales, boicotea congresos, grítale a la consejera de Sanidad y crea un grupo de Facebook con trece mil jipis compartiendo ideas y locuras. Así, sí.

2. Cada uno lucha como es. En estos catorce días he visto surgir personalidades que desconocía. Gente a la que parece que se la suda todo y que después lucha con energía inhumana. Gente que sube mucho y se quema rápido. Yo lucho como soy: conciliadora, irregular, creativa, bastante loca. Estoy contenta de cómo he luchado, incluso aunque las primeras frases de mi jefe al reincorporarme al curro hayan sido: "Marina, ¡¡eres famosa!! ¡¡Te he visto en Youtube!!".

3. Lo colectivo es fundamental. Yo soy individualista como un lobo estepario y, aun así, tengo que reconocer que sin los demás no somos nada. Un residente solo es mierda pura. Cuatro mil residentes cabreados son una fuerza brutal. Además, la cooperación siempre es la mejor opción, aunque temamos cooperar en ausencia del otro. Si algo va a sacarnos de la crisis será reconocer al que tenemos al lado y trabajar juntos.

4. El humor te salva. Si algo ha evitado que me suicide en estos catorce días ha sido descojonarme viendo los vídeos motivacionales de 300, enviar fotos en pleno chute de colacao o reírme de la muñeca hinchable de las manifas a la que hemos bautizado como Chusi, en honor a nuestra consejera. Reírse es el bien. Reíros siempre.

5. Hay gente muy cabrona y muy insolidaria y, además, mi compasión está poco desarrollada. Si me hubieran dicho hace un mes que pensaría cosas como "Quiero Matar Esquiroles Ahora", me habría reído. Pero sienta muy, muy mal pasar dos semanas desgañitándote en la puerta de un hospital y mirar luego las caras resabiadas de los que piensan en serio que no hacer huelga merece respeto. Pues mira: no. Te respetaré cuando consigamos algo y tú renuncies a ello porque no te lo has ganado. Hasta entonces, mi respeto queda en suspenso.

6. También hay gente muy linda y buena, y esos son los imprescindibles. Los Patos (residentes resistentes de Cádiz) quizá no sean excepcionales siempre, pero han demostrado que pueden serlo mucho cuando se lo proponen. Bravo por ellos.

7. Tengo una capacidad muy loca para el liderazgo y no me lo estoy inventando. Los Patos me llaman Mamá Pata. Verídico.

8. Las palabras tienen un poder brutal. Esto ya lo sabía, pero me ha asombrado darme cuenta de cómo algo dicho o escrito de la forma adecuada puede cambiar la mentalidad de un grupo entero.

9. Hay futuro para el mundo. En serio. La gente tiene energía y ganas de cambiar las cosas; sólo hay que saber darle una dirección adecuada.

10. Quiero currar para mí. Así nunca más tendré que hacer huelga.

Buenas noches pequeños, y deseadnos suerte en las negociaciones ;)

domingo, 25 de noviembre de 2012

Cansada

Quiero que termine ya la huelga.

No por el dinero. El dinero es lo de menos. Quiero trabajar y ver a mis pacientes. Les echo un montón de menos, queda poco para que termine el rotatorio y aún tenemos muchas cosas por hacer. Quiero ir a Vejer con Anxo a pasar consulta. Quiero recuperar mi rutina y mi energía, seguir escribiendo para Psicosupervivencia y entrenar en el roco. Quiero escalar. Estoy muy cansada de todo esto. Estoy muy cansada de tener que justificar día tras día tras día una protesta que ni siquiera debería tener lugar porque lo que se está haciendo con nosotros es ILEGAL. Estoy harta de currar para un sistema que no me valora a mí ni a todos mis compañeros, personitas brillantes, trabajadoras y dulces que llevan toda la semana partiéndose los cuernos con unos niveles de tensión enormes. Juro por Dios que me voy a hacer autónoma porque no pienso volver a hacer una huelga en mi vida.

Estoy vacía de temas en estos días. En el tiempo que paso en casa no hago mucho más que intentar dormir, comer con cierto orden y conectarme al Facebook para enterarme de cómo van las cosas. Claro que tiene cosas bonitas esto. Conocer a los compañeros, empuñar el megáfono con soltura, sentir que estás donde tienes que estar en el momento en que tienes que hacerlo. Que se te acerque una señora a darte su DNI para que le ayudes a firmar en señal de apoyo. Irte de cañas con los demás huelguistas el viernes por la noche porque no queréis más que olvidaros de todo y beber como si no hubiera un mañana, y terminar la noche charlando con un intensivista majísimo que promete llevarte a hacer surf. Saber que amas tanto tu trabajo que te cuesta pasear por el hospital sin pasarte por las habitaciones de los pacientes.

Pero la cuestión no es poner las cosas en una balanza. Personalmente, siento que no tengo opción. Que mientras esta huelga no se desconvoque o el resto de Andalucía no esté de acuerdo, no puedo permitir que otros luchen por mis derechos mientras yo no hago nada. Lo siento por mi hucha, por mis tareas pendientes y mis nervios destrozados. No me moverán.

Espero poder venir pronto a contaros otras cosas. Tened un muy feliz lunes y recordad a esta niña tan indignada como triste.

jueves, 22 de noviembre de 2012

Seguimos en la lucha

Donando sangre para nuestros pacientes hoy en el Hospital Puerta del Mar. Dándolo todo por ellos. Como siempre.

(Y sí, por si alguno se lo pregunta, yo soy la del megáfono xDDDD)

Tres días

El primer día es fácil. Hay mucha gente. Vas a Sevilla. Cantas, bailas, gritas, hablas para la cámara y le haces rimas a la consejera.

El segundo día es peliagudo. Ahora estamos menos. Muchos se han descolgado. No sabes muy bien qué decir ni cómo ponerte en la entrada de tu hospital y la gente te mira raro. Lo primero que aprendes es que nadie sabe qué es un residente. Que la consejera recuerda que estáis en formación y que tenéis que agradecer que cobráis por formaros en vez de pagar. A ti te entran ganas de decirle que vale: que cambie el sistema y contrate a facultativos para hacer el trabajo que haces tú. Después recuerdas que tú cuestas tres veces menos que un facultativo y empiezas a entender las cosas.

Poco a poco vas encontrando tu sitio. Extiendes pancartas. Empiezas a gritar un poco. Alguien saca una cacerola. Te entusiasmas. En dos minutos se hace un escote y se compra un megáfono, pilas y media docena de silbatos. Alguien dice que no hagamos ruido, por los pacientes, pero la gente quiere hacer ruido. Estamos muy cabreados y queremos que se note. Para esto les importan los pacientes; para otras cosas, parece que no tanto.

De alguna forma, el segundo día por la tarde se deciden muchas cosas. Se cruzan mensajes de facebook y de twitter. Se cualgan vídeos. Se hacen apuestas sobre cuántos seremos mañana.

Entonces llega el tercer día, y para tu sorpresa la gente es más puntual que el primero, y hay más gente, y se grita más, y los ciudadanos empiezan a enterarse de qué es un residente. Se enteran de que residente es el que te ve en la puerta de urgencias a las tres de la mañana, o el que te atiende solo en una consulta de especialista, o el que procesa las muestras para análisis en el laboratorio, o el que te lleva la nutrición o las medicinas. Que un residente trabaja tanto o más que un facultativo.

Además, el tercer día ya conoces las caras, ya sabes dónde se guardan las pancartas, hay que comprar más pilas al megáfono pero ya os sabéis bien el camino hasta el chino, ya no te da vergüenza pedir firmas. Te repartes, subes fotos al facebook, te apañas para reírte, vas a la facultad de medicina, acabas entrando en la sala donde se diseccionan los muertos y aunque te mueres del asco viendo tu primer cadáver, Chispas, te tienes que reír, porque tu compañero, que acaba de soltarles a los estudiantes un discurso tipo Braveheart, ahora está en el pasillo abanicándose con las hojas de firmas y diciéndote que se le va a salir el estómago por la boca.

El tercer día ya sois un grupo. Ya se cuelgan en el Facebook vídeos de discursos épicos de 300 o de El Señor de los Anillos. Ya se tienen chistes compartidos, se planea para mañana y tú sabes que hay un alto porcentaje de gente que ha erradicado la duda de su mente. Tú misma te has abstraído. Has dejado de hacer cálculos. El dinero te da igual, y asaltarás tu hucha de monedas de dos euros si es necesario. Estás luchando por tu dignidad. Estás luchando porque todas esas horas, esos marrones, esos pacientes y esas dudas que te llevas comiendo durante casi tres años no se las lleve el viento.

Te das cuenta de que eres más que tú, más que un residente: eres un reflejo de lo que está pasando con la juventud en este país de los huevos. Que no os respeta nadie. Que trabajéis en lo que trabajéis, no tenéis derecho ni a respirar. Que da igual que seas un médico y estés salvando vidas, o un psicólogo que lleva a sus espaldas el peso de la locura ajena, o un biólogo, un farmacéutico; lo que sea. No tienes derecho a nada. No tienes derecho a pedir, a costa del montón de dinero que te está costando esta huelga, que te dejen hacer igual que a los adjuntos cuyo puesto sustituyes con tanta alegría: trabajar MÁS cobrando lo mismo.

El tercer día es un follón de emociones. Te quieres ir a la cama, pero no quieres. Tienes miedo de lo que vaya a pasar mañana. Piensas que esto no sirve de nada. Piensas que estáis haciendo historia. Quieres de verdad que esto se termine en alguna dirección, porque te sientes agotada. No te puedes despegar del ordenador.

Y al final, igual que ayer, se te saltan las lágrimas a última hora. A lo mejor es porque te tienes que poner con la regla. Pero miras el facebook y las fotos de tus compañeros y ves sus sonrisas. En medio de la que les está cayendo, les ves sonreír de verdad, con la boca y con los ojos. Y esas sonrisas indefensas de chicos que en dos, tres o cuatro años estarán en la puta calle y que están luchando ahora para no tener un presente de mierda además de un futuro de mierda, te parten el corazón.

Pero al menos hoy tienes claro por qué es.


 Y la rubia en medio con el megáfono xD


(Voy a parar con la segunda persona, que me acabaré pareciendo a Paul Auster).

martes, 20 de noviembre de 2012

Corazón partido

El icono de la página de Facebook de los residentes recortados de mi hospital es un corazón roto. Imagino que lo han elegido por similitud semántica con el tema de los recortes, pero para mí es muy revelador.

A los residentes se nos está partiendo el corazón.

Hoy hemos empezado una huelga indefinida y lo hemos celebrado plantándonos en Sevilla. Era bonito de ver. Una marea de gente joven con batas blancas gritando, bailando y sonriendo. Hemos caminado por el centro hasta los servicios centrales del SAS y allí hemos gritado un buen rato con las manos en alto. Ha sonado el himno de Andalucía y a mí, que en el fondo soy una sentimental, se me han saltado las lágrimas.



Estas cosas me ponen triste. Las manifestaciones. Ves a tanta gente linda, inquieta, creativa y solidaria, pisoteada por los de arriba sin ningún miramiento. Que los residentes nos cabreemos tiene tela, porque tragamos mucho. Somos un colectivo tan adoctrinado en la vocación, con un sentido del deber tan acusado, que llegamos al hospital dispuestos a aguantar lo que nos echen. Vemos a cientos de pacientes, hacemos guardias sin dormir, cubrimos los puestos de los adjuntos. Para que un residente se ponga en huelga, tiene que estar muy cabreado.

Hablo de lo mucho que me gusta mi trabajo, y es verdad. No importa cuánto me esfuerce: ni en un millón de años podré devolverles a mis pacientes lo que ellos me han dado a mí. Lo que no cuento es que curro en un sistema a quien mi esfuerzo se la pela mortal. Cómo veo día tras día que los recursos se distribuyen para apagar fuegos a corto plazo, y no para generar a largo plazo cambios reales. Conseguí evitar mi primera cirugía bariátrica, Chispas, con D.: un señor adorable que me agradece infinito darle la esperanza de que lo puede conseguir solo. El dinero que se ahorra el SAS en no operar a UN obeso equivale casi a la mitad de mi sueldo bruto anual, pero eso no importa, porque cuando me vaya en diciembre no se va a quedar nadie ahí para dar esperanza a otro montón de gente que "no puede" perder peso.

Hablo de lo mucho que aprendo cada día, pero no hablo de que puedo contar con los dedos de una mano las veces que un adjunto, o mi tutora, o mi jefe, me han dicho que valoran mi trabajo, que aprueban lo que hago en consulta o que mi función en el servicio es importante. No cuento que después de que en agosto me pasara lo peor que le puede pasar a un psicólogo, nadie se puso en contacto conmigo para preguntarme cómo me sentía. No hablo de que me piden que haga posters y comunicaciones que queden bien en mi currículum sin que el contenido de esos posters le importe a nadie un carajo.

Todo eso me da rabia, y por eso a veces, cuando la gente me dice que tengo que estar agradecida de poder currar en los tiempos que corren, me entran ganas de mandarlos a tomar viento. Porque yo ahora mismo no tengo más opción que quedarme en esta empresa con las condiciones que me impongan hasta mayo de 2014, si no quiero perder el trabajo que ya he hecho para obtener el título de especialista. 

La mayoría de las veces me da igual trabajar un día detrás de otro sintiendo que no importa lo bien o lo mal que lo haga, porque ya se ha decidido que ahí no tengo futuro. Otras es jodidamente frustrante. Es una de las razones por las que he vuelto a volcarme en Psicosupervivencia; porque si no siento que dedico al menos parte de mi esfuerzo a algo mío, a algo que perdure, me voy a volver loca.

Oficialmente, estamos en huelga para que se nos reconozca el derecho a ampliar la jornada a treinta y siete horas y media como a todo el mundo, en lugar de quitarnos dinero de nuestro ya justito sueldo para cuadrar las cuentas del SAS. Extraoficialmente, yo estoy en huelga por mi dignidad. Porque me gustaría que por una puta vez en la vida a los jóvenes de este país se nos tratara con respeto. Tenemos vidas humanas en nuestras manos, joder. Criaturas que vienen a consulta y ponen en tus manos su sangre, sus órganos y sus emociones. Toleramos unos niveles de estrés y sobrecarga laboral muy altos. Y desde arriba lo único que nos dicen es que tenemos suerte porque la especialidad se nos pague y no se haya convertido en un master privado.

Tócate los pies.

Me voy a dormir con sentimientos encontrados. Estoy contenta de haber compartido un día con tanta gente dispuesta a sacrificarse por lo que cree, pero estoy triste cuando pienso en nuestros gritos abajo, en la calle, y las ventanas cerradas arriba. Sólo me queda pensar que si al final esas ventanas no se abren, tendremos que gritar lo bastante fuerte como para romper los cristales.

lunes, 29 de octubre de 2012

Ángel y la curiosidad

El sábado por la tarde conocí a Ángel: un lector extremeño que vive en Seattle y que me escribió hace ya dos años para preguntarme sobre la Vipassana. Desde entonces nos mantenemos en contacto intermitente, pero el despiste y las diferencias horarias han atrasado el encuentro por Skype hasta el sábado a las seis de la tarde, hora española, o nueve de la mañana, hora seattlense. Yo estaba nerviosilla. Había visto Anatomía de Grey para ambientarme, porque transcurre en Seattle, y llevaba un rato haciendo tiempo frente al ordenador. No tenía claro cómo iba a resultar eso de hablar por Skype con alguien a quien no había visto nunca.

Cero motivos para la preocupación: Ángel es un encanto. Él se tomó el café matutino y yo mi descafeinado de media tarde. Hablamos un poco de todo: de la vida, el trabajo y el futuro. Intenta mirar el mundo con los ojos anchos; tanto, que en breve deja su curro y se va a viajar por Asia. Os lo voy a preguntar honestamente: ¿no es genial la vida? ¿No es genial que yo esté aquí en San Fernando y pueda hablar de proyectos internacionales con un notas que está en la otra punta del globo?

Hoy te quiero dedicar este post, Ángel. Me gustaron tu sonrisa y tu curiosidad, así que quiero responderte mejor a una de las preguntas que me hiciste cuando hablamos. Más bien es la respuesta ampliada, porque ya te la contesté parcialmente el otro día. Me preguntabas cómo hacía para sobrellevar las penas de mis pacientes además de las mías. Es una pregunta que me han hecho muchas veces. Cuando uno contesta lo mismo muchas veces, acaba respondiendo de forma automática y no se plantea que quizá hayan surgido nuevas respuestas a esa pregunta.

Te contesté de forma estándar. A saber: que a mí me producen mucha más angustia las noticias de la tele que mis pacientes, porque a ellos al menos les puedo ayudar en algo. Que procuro darme cuenta de que cada persona tiene su propio karma o, lo que es lo mismo, su propia colección de momentos para vivir asignados sobre la tierra. Que cuando veo que alguien mejora un poquito es muy gratificante.

Pero ayer pensaba en mis pacientes de la semana y me di cuenta de una cosa. No me llevo el sufrimiento a casa porque no es sólo sufrimiento. Casi nadie sólo sufre. Hay algo que se llama "buscar la parte sana", y quiere decir que está bien darse cuenta de qué áreas de la vida del paciente funcionan todavía bien. La mayoría tiene momentos de mucha luz. Es verdad que los hay que te dan cien patadas y te caen fatal, y también los que no hacen más que quejarse, y quejarse, y quejarse. Pero incluso a esos les puedes encontrar el punto. Se trata de sentarte con ellos e intentar encontrar lo que se le da bien. Y después, algo de lo que reíros juntos.

Además, para mí los pacientes son problemas. Como el cubo de Rubik que tanto nos gusta: son puzles que tienes que resolver. Apañártelas para encontrar las llaves que generan el cambio. Eso hace que enfoque el asunto desde una forma intelectual además de emocional, y que casos que podrían ser dramáticos se conviertan en interesantes. La terapia es una manipulación benevolente, y en mis mejores días gesticulo con las manos sobre la mesa cuando se marchan de la consulta, mientras murmuro "bailad, marionetas, ¡bailad!".

Por último, tengo mucha suerte. Forrest Gump decía que la vida es como una caja de bombones, y es verdad que uno tiene que abrir su propia caja para ver con qué se va encontrando. Pero en mi trabajo puedes observar cómo mucha gente desenvuelve sus bombones. Es como vivir muchas vidas a la vez. Dicen que nadie escarmienta en cabeza ajena, pero si abres bien los ojos y los oídos sí que aprendes algo. Se te ensancha la perspectiva. Percibes que esto es cíclico y que, a largo plazo, la mayoría de los problemas no tienen ninguna importancia.

Así que esta es la forma en la que yo afronto el sufrimiento de los demás. Busco luz, pienso e intento aprender. Y después salgo y me voy a escalar, para desconectar un rato y para ver si así se me ensanchan las espaldas y puedo seguir llevando en peso los secretos ajenos.

miércoles, 24 de octubre de 2012

Creando recuerdos

Parece ser que hay un ejercicio de terapia no sé si familiar o estratégica que consiste en prescribir a la familia que cree recuerdos. Se supone que, igual que uno se esfuerza por salir guapo en las fotos para mirarlas luego, hará su vida más agradable si la piensa como material de futuros recuerdos. Yo últimamente tengo a menudo la sensación de estar creando recuerdos. Porque algunos momentos de mi vida cotidiana son de una belleza impactante, y no belleza de puestas de sol, que también, sino belleza humana, mental, sensible: llamémosle belleza vital.

En eso pienso en la guardia del sábado con el MIR, que es amor. Es la única persona del mundo capaz de quitarte la angustia de los falsos viernes pre-guardias y hacerte llegar con ganas al hospital. La tarde es muy tranquila y la pasamos charlando entre la cafetería y los escalones al sol, junto a la puerta lateral del edificio antiguo. ¿Cuántas horas seguidas charlamos?, me pregunto después. Si echas la cuenta, pueden haber sido cuatro o cinco, de forma relajada pero ininterrumpida. Tomamos cocacolas sentados frente al tanatorio. Recordamos a los pacientes que compartíamos en Agudos. Entablamos amistad con una gata romana y flaca que se frota entusiasmada contra nuestras piernas.

Por la noche quedamos con la adjunta para tomar algo en la cafetería. A ella no le gusta el sandwich de pollo, así en general, pero se pide uno, porque ha educado a todo el personal de la cafetería para que se lo haga a su manera: con dos tostadas en lugar de con tres, sin mantequilla y muy tostadito. Mientras se lo preparan, le ponen una tapa de croquetas y se toma una cerveza con el codo apoyado en la barra. Lo hace en todas las guardias, todas las noches. Es absurdo, es decir: podría limitarse a pedir algo que sí le gustara en vez de traer en jaque a los camareros con el sandwich de pollo. Pero el sandwich es su cosa, y le da motivos para esperar un rato acodada en la barra y charlar con quien quiera que se esté quejando en ese momento de tener que aplastarle las rebanadas de pan bimbo con la espátula.

Cada uno tiene su cosa en las guardias, ¿verdad, MIR?, le comento mientras nos acercamos a la cafetería. Creo que mi cosa van a ser los colacaos de media noche, digo luego; desde que descubrí que la cafetería abre 24 horas no me puedo resistir a un colacao calentito justo antes de meterme entre las sábanas tiesas de la habitación de residentes. Pero después de la cena lo que me apetecen son conguitos, no sé por qué, y el MIR y yo cruzamos el vestíbulo desierto en dirección a la máquina de vending, que sólo puede ofrecerme unos M&Ms normales. Me los como con entusiasmo mientras el MIR fuma, intento que la gata se coma un yogur que he robado del comedor y la bautizo como Julia, por algo tan sencillo como que el gato de la adjunta del sandwich se llama Julio.

Nos vamos al dormitorio y charlamos otro rato. A ver si no llaman, dice el MIR, colocando con cuidado el busca sobre la mesilla de noche. Ya verás como no, contesto, ya verás como todo va a ir bien. Tú siempre haces que sienta que las cosas van a salir bien: me haces sentir segura. A pesar de que creo firmemente en lo que digo, a las dos suena la musiquilla de Nokia y nos levantamos sin una queja, y mientras caminamos por los pasillos desiertos que comunican el edificio viejo con el nuevo, miro la marca de las sábanas en la mejilla del MIR y pienso en la poquísima vergüenza que tiene el hospital recortándonos dinero de las guardias a los residentes. Después vemos al paciente, me deleito en la calma bondadosa del MIR y volvemos a la cama. Antes, eso sí, paso por la cafetería para tomarme mi colacao de media noche. Porque es mi cosa. Buenas noches, le deseo por segunda vez al MIR antes de dormir. Piensa en cosas bonitas. Tú también, me dice él. Piensa en Julia.

Últimamente, cuando tengo que hacer algo que no me apetece, como sacar la ropa de invierno, o lavar los platos, o acercarme a dar apoyo moral al roco nuevo que estamos construyendo aunque no sepa soldar hierros, me digo: Marina, ésta es tu vida, es la única que tienes y es tu responsabilidad hacer que funcione. Y me pongo al lío. Y, en general, estoy orgullosa de esta vida que estoy construyendo: de su gente, sobre todo, y de que sé que en el futuro me acordaré del MIR y de mí, juntos y contentos en las guardias de sábado, burlando la muerte sentados a las puertas del tanatorio y tentando a los gatos perdidos con colacaos de medianoche.


martes, 18 de septiembre de 2012

Reflexiones poco coherentes sobre currar en un hospital, volumen 1

Es curioso, pero la enfermedad mental me genera mucha más compasión que la física. Es ir por el hospital viendo a todos esos ancianos pluripatológicos y mi sensación, más que de comprensión y solidaridad por su sufrimiento, es que algo va muy, muy mal. "La esperanza de vida ha aumentado gracias a los avances en medicina", me dice mi madre, orgullosa, y yo pienso que para ser una especie de zombi dolorido que se mantiene vivo a base de insulina, estatinas y antihipertensivos, aliñado con analgésicos que van del gelocatil a la morfina, y regado todo ello con una generosa dosis de omeprazol que evite que se te agujeree el estómago, prefiero morirme.

Hoy estábamos atendiendo a un anciano en la interconsulta. Interconsulta quiere decir que te avisan de otros servicios del hospital porque los pacientes necesitan ayuda psicológica o psiquiátrica. Del rollo de "paciente ingresado durante un año dice estar deprimido" (lógico) o "paciente de 27 años con intervención de quiste medular que ha resultado en paraplejia verbaliza sintomatología ansiosa" (y quién no). El anciano de hoy, más que deprimido, estaba cabreado. "Si es que yo no he bebido nunca alcohol, señorita", decía, "ni fumado tabaco. Yo esperaba poder disfrutar de mi vejez y mi vejez me ha engañado". Luego decía que se le estaba clavando la cuña en la espalda y gritaba algo como "¿usted se cree que se le puede hacer esto a un cristiano?".

Su puntito histriónico lo tenía, el buen señor.

Los martes por la tarde me quedo en la UCI pediátrica, y como ahora paso toda la mañana dando vueltas por el hospital, procuro salir a comer fuera para despejarme. Hoy estaba el día un poco nublado, y como ahora me he vuelto nortéfila, casi agradecía el punto melancólico y el relativo fresquito del mediodía. Camino hacia la orilla de la playa, extiendo el pañuelo con estrellitas que llevaba en el cuello esta mañana y me siento encima con las piernas cruzadas. Me tomo mi cartón de gazpacho del Mercadona y unos pastelitos de bonitato y salmón que cociné ayer en el horno.

Después entro otra vez en el hospital, me pongo la bata, suspiro. Lo de ponerse la bata está lleno como de resignación, y al mismo tiempo te da cierto poder extraño. La bata dentro del hospital te cambia. Los médicos te saludan aunque no te conozcan, la gente te deja sitio en el ascensor, todo el que te ve caminar asume que tienes algo que hacer y que es importante.

Me resulta curioso que, a estas alturas de la vida y después de haber jurado que no quería ser médico, esté trabajando ahora en un hospital. Me siento un poco como jugando a Anatomía de Grey, y tengo que esforzarme por recordar que mi misión en esta vida no es entender cómo se insuliniza a un paciente. Me doy cuenta una vez más de que las cosas que nos interesan a mí y a mis locos compañeros de Salud Mental, en general al resto de la gente le importa un pimiento. A mí me resulta extraño lo de los médicos. ¿Cómo se pueden disociar los síntomas físicos de la vida de la persona? ¿Por qué no les entra curiosidad por saber qué hace que la obesa mórbida no pueda dejar de comer, o que el adolescente se niegue a controlarse la diabetes?

Puede sonar raro, pero me sentía mucho más cómoda en Agudos. Los locos son ciento cincuenta millones de veces más interesantes, sorprendentes, variados y (para mi gusto) dignos de compasión que los enfermos somáticos. Que te cuenten que les duele mucho la planta de los pies porque no les llega el riego sanguíneo no se puede comparar a que te cuenten que, de repente, todos los policías de la comisaría del pueblo se han convertido en zombis. Supongo que sobre gustos no hay nada escrito.

En general, en estos días, al llegar a casa tengo que sacudirme el poso de la enfermedad como si fuera un olor persistente que se te ha quedado pegado. Mirarme los pies y congratularme de que no tengan úlceras, agradecer a mi páncreas su funcionamiento razonablemente eficiente, tocarme la cintura para asegurarme de que no acumulo michelines que me van a llevar a la diabetes. Recordar que nada de lo que haga es un seguro para que la vejez no me traicione y, a la vez, que no debo aplazar las cosas.

Interesante currar en un hospital, cierto. Pero me alegro de que mañana sea miércoles, que son los días de Vejer, de la terapia con Anxo y de esos momentos en los que te das cuenta de que las palabras son tan poderosas como las estatinas, y de que con cuatro paredes, imaginación y un poco de amor por el riesgo y de amor a secas, en una buena consulta de psicologia puede pasar cualquier cosa.