massobreloslunes: CACP V: Cosas que hacer en Denver cuando estás vivo

miércoles, 1 de mayo de 2013

CACP V: Cosas que hacer en Denver cuando estás vivo

Es la una del mediodía y estoy en un Starbucks de Denver, cerca de la estación de autobuses. Acabo de tomarme un descafeinado y una galleta de chocolate, con una absoluta falta de respeto hacia los horarios de comida americanos o españoles.

Estoy rara hoy. He venido a Denver porque, a pesar del espléndido día que hacía ayer en Boulder, hoy quizá llueva y mañana nevará; nada de trepar, entonces. Así que he quedado con Peggy, de The Primal Parent, y me he venido para acá a ver la ciudad y a hacer un poco de groupie bloguera. En un rato voy a quedar con Jeremy, otro couchsurfer con pinta de majete, para que me enseñe el centro.

Ayer pasé toda la mañana dando vueltas por Boulder. Boulder es... cómo lo diría... Tan mono que da un poco de miedo. Todo está cuidado, la gente es guapa y joven, hay miles de tiendas modernas, y cafés modernos, y restaurantes modernos. La gente en las tiendas, cafés, bares y demás te saluda con un "cómo estás, qué tal llevas tu día", que consiguen hacer sonar auténticamente amable. Todo el mundo me pregunta de dónde soy, cuánto tiempo voy a quedarme, y me aseguran que les encanta España y que se mueren de ganas de ir allí. Curiosamente, igual que esto nos suena como una exótica meca de la escalada a nosotros, a ellos España les suena igualmente exótico y deseable en lo que se refiere a roca. Cuando les digo que vengo desde allí para escalar, no sé si se imaginarán que soy una celebridad a pequeña escala que está aquí de turismo roquero.

Después estuve entrenando con Pablo en Movement, un gigantesco rocódromo al que van los famosos. Y con famosos quiero decir Lynn Hill. Que quede claro que estoy haciendo un enorme esfuerzo para no sentarme como una chalada en la puerta del roco a esperar a que vaya a entrenar y que me firme la magnesera. Si conozco a Lynn Hill en persona, igual me desmayo. Pablo y yo hicimos cinco millones de vías y después pasamos por el súper a reponer provisiones. Los supermercados aquí son una locura. Una especie de canto a la libertad de elección. El señor Hacendado lloraría de humillación al pasear por estas estanterías con dieciocho millones de tipos de TODO. A mí no sé si eso me gusta o me aberra; los supermercados me encantan tanto que si viviera aquí creo que podría echar una tarde entera para hacer la compra de la semana.

Imagino que todavía tengo que pasar más tiempo en EEUU (y ver más lugares) para hacerme una idea más o menos clara de lo que hay. Pero en Boulder mi sensación es un poco que la gente está apartada de la realidad, en un bonito mundo feliz de deportes de montaña y comida orgánica. Lo cual no tiene por qué ser necesariamente malo, que conste, pero sí me sabe a un presente sólo a medias, desconcertantemente plano. Es lo que tiene trabajar en Salud Mental en general y en Muertelandia en particular, además de pasar unos meses en Madriz: te empiezas a creer que la realidad es una cosa atestada y amenazante, y este microcosmos boulderita de calles anchas te da un poco de miedo.

En el ámbito de las malas noticias, mi Bicho Ipadero no acepta tarjetas SIM americanas, así que no voy a estar tan comunicada con el mundo como me gustaría. Lo que, por otra parte, quizá no sea una mala noticia. Ya tengo teléfono americano, sin embargo, y además es un antiguo nokia de estos que no tienes que cargar cada seis horas (¡qué sensación!).

Esta mañana, como ya he dicho, me encuentro rara. Desasosegada. Me he dejado la tarjeta de crédito en Boulder. La parte buena es que no la he perdido, así que no tendré que cancelarla y liarla parda. Creo que quizá el problema tiene que ver con la muerte neuronal que estaba experimentando en Madrid. Quizá sigue su proceso. Por una parte, aquí Madrid, Muertelandia y todas mis angustias de los últimos meses parecen pertenecer a otra vida. Por supuesto; a eso me refería con la Dimensión Desconocida. Pero hay algo aún (cierta tensión, cierto atontamiento) que no ha desaparecido, y que me aturde mientras trato de entender de qué va esto de los USA.

Ya me vais conociendo. Necesito arraigar en los sitios, aunque sea un poquito. Me pregunto si me dará tiempo a arraigar en la Dimensión Desconocida, o si es un proyecto demasiado ambicioso incluso para mí.

He de hacer un break. Jeremy, uno de mis anfitriones couchsurferos, viene para acá a tomar un café. Seguiré contando luego.

Jeremy aparece por una esquina del Starbucks en bermudas, camiseta y chanclas. Me pregunto cómo se las apañan los guiris para parecer guiris incluso en su propio país. En cualquier caso, las diferencias culturales empiezan enseguida. Si un europeo te dice que vais a tomar un café y que luego te enseñará su ciudad, tú esperas que se siente a tomar un café y después deis un paseo juntos. Si un americano te dice lo mismo, os tomaréis el café en el coche mientras conducís por la ciudad.

Jeremy habla rapidísimo. Enseguida me recuerda a la versión americana de Joaco, el asturiano: mismo entusiasmo anfetamínico, misma amabilidad desmedida. Por suerte para mis celivibraciones, no está ni la mitad de bueno. Me lleva por la ciudad enseñándome edificios modernos y estatuas de animales gigantes. Me dice que haga fotos a los animales gigantes o, todavía mejor, que él me hará fotos con los animales gigantes.

Es adorablemente naïve. Me explica que, como ahora mismo no tiene trabajo, se dedica a mirar la página de Couchsurfing una vez a la semana y a buscar a gente a la que alojar y enseñar la ciudad. Me lleva a la casa de una de las supervivientes del Titanic: la Insumergible Molly Brown. Me encanta ese apodo; me encantaría ser la Insumergible Marina Lunes. Jeremy me explica que es capaz de intuir las personalidades de la gente y enseñarles lo que piensa que va a gustarles más. Por alguna extraña razón, decide que yo soy una persona de casas, así que me lleva a la periferia de la ciudad a enseñarme chalets gigantescos. "Son casas con personalidad - me explica -. No son antiguas ni nada, pero es divertido mirarlas".

Después me pregunta si quiero algo para comer. Yo no he almorzado, así que me parece bien. Me explica que va a llevarme a comer algo "realmente americano", y cuando me quiero dar cuenta estoy delante de algo llamado toats: unas bolitas de patata con queso azul y salsa barbacoa, envueltas en harina, fritas en vete a saber qué y mojadas en nosequé otra cosa. "Y ponles ketchup", me dice. Yo me estoy divirtiendo bastante, aunque siento cómo cada una de las pelotitas agujerea ferozmente mi estómago. Jeremy se excusa: "yo no vendría aquí normalmente, pero es muy americano". Después me hace una foto con una especie de croquetas de perrito caliente que también ha pedido.

De camino a su casa me pone en el reproductor a un grupo de Denver, los Lumineers. Le explico que no los conozco porque soy una inculta musical y una basurilla, pero que eso no quiere decir que no sean famosos en Europa. Llegamos a su casa, donde ha quedado con una amiga para ir a ver jugar los play-offs a los Nuggets de Denver. Los dos están emocionadísimos. Se toman dos o tres chupitos de whiskey de canela (verídico) y después caminamos hacia el estadio mientras comparten una bebida energética con cafeína, ginseng y (al loro) un montón de vitamina B. La amiga, Emily, habla a la misma velocidad que Jeremy, y es alta, flaca y tan decididamente amistosa como todos los demás jóvenes coloradenses que he conocido hasta ahora.

Jeremy me ofrece coger un autobús para llegar al centro, que está a cuatro calles (literalmente). Este chico es tan inocente en su personificación del tópico que dan ganas de darle abrazos. Y me siento un poco así como vieja y europea, con ganas de decirle: siglos de historia me contemplan, chaval, y aquí estás tú, con tus animales gigantes, tus bolitas de patata y tu fobia al pasear. Pero mola. Me ha molado esta tarde, en serio, aunque sólo sea porque los Lumineers son awesome.

Ahora estoy otra vez en el Starbucks, que se está convirtiendo en algo así como mi nave nodriza en Denver. Escucho a los Lumineers en bucle y escribo, mientras examino mi extraño estado interior. Me está faltando algo estos días y no se qué es. Cierta pertenencia, supongo. Cierto no terminar de hacerme una idea de dónde estoy. A veces pienso que soy bastante más lenta que la mayoría de la gente para adaptarme a los sitios. Por otra parte, quizá viajar no se trata de adaptarse, y quizá por eso me resulta complicado. No me gusta limitarme a ver cuatro museos, hacer fotos y absorber información. Yo quiero enterarme. Me gusta saber cómo vive la gente y qué cosas les importan.

Denver, en cualquier caso, tiene una vibración amable. Un poco más real que Boulder, no sé si me explico. Un sitio como muy... No sé. Muy Normal. Si es que eso tiene algún sentido. Hasta ahora, Denver es un poco como los Lumineers.

Esta noche me quedo en casa de John, otro couchsurfer que medita Vipassana y que al menos no parece pertenecer al conjunto de denverinos borrachuzos con los que me he topado hasta ahora. Mi plan es vagabundear un rato y después cenar algo en alguna cafetería mientras leo. En realidad, ahora mismo no le pido al viaje más que eso: relajarme. Quiero estar relajada, y simplemente dar vueltas, tomar un número absurdo de cafés y mirar a la gente. Mañana por la mañana desayunaré con Peggy, y después quizá vaya a ver museos sobre indios, vaqueros y la fiebre del oro. El jueves para Boulder otra vez, y si el tiempo es clemente, pasaremos el finde acampando y escalando en algún lugar que se prevé abrumadoramente bonito.

Seguiremos informando.

Mañana nieva, por cierto.

Nota: estoy escribiendo esto desde la aplicación del BI, y no me deja hacer algunas cosas, como colocar las fotos en su sitio o poner enlaces, así que lo siento si no estoy aprovechando cien por cien las posibilidades del medio blog.

Sobre las fotos: la primera es Boulder, con su Shiny Happy People. La segunda soy yo con los animales gigantes. En la tercera salimos Jeremy y yo, y en la cuarta brindan Jeremy y Emily por la victoria de los Nuggets. En realidad, supongo que cualquier persona con un coeficiente normal podría haber deducido todo esto, pero bueno :D Ah, y si queréis de verdad conectar con mi estado de ánimo actual, escuchad Ho Hey, de los Lumineers.







4 comentarios:

  1. Qué bien suena todo! A mí también me gustan los supermercados como concepto, y suelo pasarme un tiempo obsceno en las grandes superficies. A mí la verdad es que me gusta más mudarme, vivir en un sitio por seis meses, un año, que viajar. No sé por qué, pero me pasa cómo a ti, no me acostumbro y siento que es una experiencia un poco 'vacía' (aunque como diría Woody Allen, como experiencia vacía es de las mejores). Pero tres semanas es bastante. Es curioso, pero Emily tiene exactamente la pinta que me había imaginado después de leer tu descripción.

    Y no me quiero extender más, que no creo que tengas tiempo para leer comentarios superfluos. Mola leerte, sigue pasándolo bien :)

    :*

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  2. P.D. Ah, no sabía que "Ho hey" era esta canción, es bonita y muy conocida! :*

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  3. En los EEUU no se camina por la calle, que luego viene la policía y te pregunta (de manera amable), que a dónde vas. Y los supermercados son lo más :)

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  4. Si ese chaval es el que no está ni la mitad de bueno que el asturiano, o el asturiano es un dios del Olimpo o no sé qué está pasando aquí.

    Cos, profundidad mental de un caracol.

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