massobreloslunes: Extraña y Nueva Vida
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lunes, 6 de octubre de 2014

Ya no tengo miedo de algunas cosas

En esta vida puedes hacer las cosas por dos razones: por deseo y por miedo. Y curiosamente Psicosupervivencia, mi estupendo blog sobre psicología y autoayuda, era un blog basado en el miedo. Miedo a que no me fuera bien como escritora, a que nadie quisiera contratarme, a terminar debajo de un puente. Era una especie de "seguro": una plataforma profesional para ganarme la vida como se supone que debo hacerlo.

Como algunos ya sabréis, hace unos cuantos días anuncié el cierre temporal de la página. Es un cierre simbólico, porque se queda ahí para quien quiera leerse los artículos, pero viene a decir básicamente que por un tiempo voy a pasar de la psicología y a ser ser solo escritora y escaladora. No está mal.

Hace un rato hemos salido Pablo y yo a pasear. Ayer fuimos a escalar, y apretamos nivel no poder abrir tarros hoy, así que me he tomado el día de descanso. Cuando no escalo, Pablo me saca por las tardes de paseo como a las maris que tienen alto el colesterol. Paseamos por la carretera, que es algo como muy de pueblo. Al principio, caminábamos por el arcen de la calzada principal, por la que apenas pasan coches. ¿Sabes cuando vas con el coche por la montaña, y de repente ves a un señor o señora caminando, y te preguntas "a dónde irá este"? Yo ahora lo sé: el señor es de pueblo y la carretera es su calle. Pero ahora cruzamos el puente que hay frente a casa hasta otra carreterita pequeña, que cruza entre olivos junto al río y por la que sí que no pasa nunca nadie. Mientras paseamos, comemos moras silvestres, señalamos las nubes bonitas y nos desviamos cuando vemos algo interesante. Si llueve, jugamos a sacudir las gotas de lluvia que se han quedado suspendidas en las flores.

"Nuestra vida es como una droga de diseño", me decía Pablo hoy. Él no tiene angustias ni neurosis respecto a vivir aquí. En mis días malos, yo le pregunto si acabaremos solos y aislados, porque no vamos a tener hijos, la gente con hijos no querrá ser amiga nuestra y si seguimos mudándonos cada dos por tres, todos nos olvidarán. Él no se preocupa por eso y tampoco por acabar debajo de un puente. Se limita a vivir como un mercenario de la roca, escalando con quien le ofrece el mejor seguro, a declarar todo el rato que es súper-feliz y a repetir las tres palabras que sabe en catalán (perro, ensalada y agua).

Hoy, mientras olfateaba el aire de otoño y escuchaba el río, yo tampoco tenía preocupaciones. Todo va a salir bien. Esta mañana he escrito 4698 palabras de mi novela, y cuando releía antes de comer me he echado a reír un par de veces. Con mi propia novela. Con gente que solo existe en mi cabeza. ¿No es eso genial? Escribir esta novela no nace del miedo: nace del deseo, en el mejor sentido de la palabra. Y ya he dicho muchas veces que no va a ser una obra maestra de la literatura, porque es demasiado banal y desvergonzadamente romántica, pero me chupa un pie. Si vosotros también os reís leyéndola, me daré a mí misma un high five virtual y estaré más que preparada para irme debajo del puente. Total, lo tengo enfrente de mi casa.

Gracias por la parte que os toca. Me siento cuidada y querida por vosotros, mis lectores. Muchos de los suscriptores de Psicosupervivencia se han unido también a esta lista de correo: son amor. Os saludo y os doy la bienvenida. Este blog ha sido (casi) siempre fruto del deseo, así que quizá la experiencia de lectura sea diferente.

Ahora todos mis planes, mis proyectos y mis ideas se resumen en una frase: voy a escribir libros y a venderlos. Además, no pienso preocuparme por la parte dos hasta que no haya terminado la uno. Y entretanto, me pienso poner inhumana de fuerte con ayuda de un plan de entrenamiento que hemos elaborado Pablo y yo.

Así que ya sabéis. Que tiemblen las estanterías virtuales de Amazon. Y los tarros de conservas.

Este no es nuestro paseo nocturno. Es la bajada a Espadelles, uno de nuestros sectores favoritos.

miércoles, 17 de septiembre de 2014

El misterio de los perros fantasma



Estoy en el avión de camino a Cancún y, sin embargo, hoy quiero hablaros de algo que nos tiene intrigadísimos a Pablo y a mí: el misterio de los perros fantasma. Lo comparto con vosotros por si alguno sabe darle explicación.

Hace dos días fuimos a escalar por la mañana a Espadelles: una zona en la parte alta de las montañas que rodean Margalef. Eramos los únicos escaladores del sector, y solo se escuchaba el sonido leve del viento entre los matorrales. Trapamos un par de vías, y cuando Pablo estaba en la tercera, comenzamos a oír un ruido lejano de campanas.

“Deben de ser cencerros”, dije yo. A menudo, las zonas de escalada también son áreas de pastoreo. En Grazalema no es extraño ver invadido el sector por varias decenas de cabras y por un pastor que les grita: “¡’Vamos, cabra estúpida! ¡Me voy a cagar en tus muertos!”. [Yo también pensaba que los pastores eran gente sosegada, pero al menos el de Grazalema está muy loco]

Sin embargo, se escuchaba demasiado flojito como para que fuera un rebaño. Entonces aparecieron por detrás de unas plantas tres perros flacos con campanas en el cuello, merodeando despacio a nuestro alrededor. Miré en su dirección, esperando a ver a algún humano acompañante, pero estaban solos. Cuando se acercaron, pude ver que cada uno llevaba un collar naranja fluorescente, otro grueso de tela con un número de teléfono y un nombre, la campana y un dispositivo de plástico negro, parecido a lo que se le pone a la ropa para que no la roben.

Los perros se acercaron a mí, que estaba asegurando a Pablo desde el suelo. Tenían los ojos enrojecidos y el pelaje apagado. No me gustan mucho los perros, así que les solté un par de frases neutras (“¡Hola, perros-oveja!”) y seguí asegurando. Ellos no se detuvieron a mi alrededor, ni pidieron comida, ni ladraron; simplemente, se alejaron en la otra dirección, haciendo sonar sus campanitas.

Al cabo de un rato volvieron. Pablo ya estaba abajo, y como él no comparte mi ¿misocinia? ¿alergia perruna?, empezó a llamar a los perros oveja:
- Vengan-para-acá-gorditos-presiositos - decía. 

Los perros pasaban de él. No huían ni se acercaban; simplemente, seguían su extraño ritmo merodeador. Finalmente, se fueron por donde habían venido, hasta que el ruido de las campanas se perdió en la distancia.

Ahora, nuestra tranquila vida campestre está llena de preguntas. ¿Quiénes son esos perros? ¿De dónde vienen? ¿A dónde van? ¿Por qué llevan dos collares, una campana y una especie de antirrobo? ¿Por qué están tan flacos? ¿Por qué no interaccionan con los humanos? ¿Son perros-bomba? ¿Perros espía? ¿Practican en sectores de escalada, para después ser camuflados en misteriosas misiones secretas?

Ayer por la noche, mientras estábamos tumbados en la cama antes de dormir, Pablo dio un respingo y me dijo: 
- Boluda - lo sé: los perros son gorditos-presiositos, pero yo soy Boluda -, qué susto. Estaba quedándome dormido y pensé que el ruido del lavaplatos eran los perros de esta mañana, que habían entrado en casa.

Entre eso y Justin Bieber, me acojoné.

Ahora, a cada rato, cuando uno de los dos quiere inquietar al otro, nos decimos: “¡Qué miedo los perros fantasma! ¿Verdad? ¿Qué carajo era eso?”. Y nos morimos del susto.

Ya sé que en nuestra vida infraestimulada cualquier cosita puede sacarnos de quicio; a veces me entretengo en el puente de madera que hay frente a casa para hacer que las luces fotosensibles se enciendan cuando les pongo el pie encima. Pero ¿de qué iban esos perros? ¿Alguien lo sabe? ¿Va a convertirse Massobreloslunes en un blog de terror rural? Agradecería sinceramente la respuesta a todas o a alguna de esas preguntas.


Seguiremos informando.

martes, 26 de agosto de 2014

La más rara del pueblo

Dicen que los ciudadanos de Konigsberg, la ciudad natal de Kant, ajustaban su reloj en función del lugar donde estuviera el filósofo en su paseo vespertino. Los ciudadanos de Margalef van a empezar a ajustar el suyo en función de la hora a la que salgo yo.

Mi Pablo está otra vez en Mallorca con Carl, su nuevo novio australiano. Creo que le gusta porque escala más fuerte que yo; le tolero el desliz por ahora, pero espero que se le pase cuando vuelva mañana. Entretanto, llevo seis días apartada del mundanal ruido, escribiendo mi novela, paseando por los alrededores y viendo capítulos de Sherlock.

La novela va genial. En serio. No es que sea genial: va a ser una novela normalita tirando a entretenida. No digáis que no os avisé. Pero va rápido, que a estas alturas es lo mejor que puedo pedirle. En una semana he escrito 27000 palabras: para que os hagáis una idea, a este ritmo ganaría Nanowrimo dos veces en un mes.

Además, he estado trabajando en posts y proyectos varios: en total, he escrito 36000 palabras en seis días. Es una barbaridad. Mi conclusión es que el secreto del éxito creativo es la falta de estímulos.

Que nadie se equivoque. Los primeros días fueron horribles. No me gusta estar sola en el pueblo, porque apenas conozco a nadie y se me da fatal la vida campestre. Carezco de curiosidad por cosas elementales: los huertos, el ganado, las anécdotas de la Guerra Civil de los vecinos. Prefiero escribir mi novela y ver Sherlock. Sé que eso es muy poco bucólico, y que no llegaré a ningún lado como cronista de la Cataluña profunda, pero es lo que hay.

Me levanto a las siete de la mañana y me hago un descafeinado. A esa hora me oigo pensar y no molestan los niños que se ponen a jugar en nuestro portal. Entonces releo lo del día anterior, corrijo lo que no me gusta y me congratulo. "Pero qué bien, Marina - me digo -, mira cómo va tomando forma tu engendro romántico-modernito tu Gran Obra de la Narrativa Contemporánea". Luego escribo un rato; para las nueve, ya he completado la Meta Mínima Diaria de 1000 palabras que me marqué hace una semana.


Deayuno a eso de las diez y pico, normalmente huevo frito con plátano frito y hummus, o huevos revueltos y lentejas germinadas. Leo en el iPad mientras tomo el café (descafeinado con leche de arroz), bajo al estudio y sigo escribiendo.

Al mediodía me preparo algo y como viendo Sherlock. No sé qué había estado haciendo con mi vida hasta ahora, sin ver esa serie estupenda. Es verdad que algunos capítulos tienen unos boquetes de guión terribles, y que las capacidades de Holmes se exageran un poquito, pero es divertidísima. Además, está él. Benedict Cumberbatch: solo su cara es más rara que su nombre. Al principio lo encontraba difícil de mirar, pero ahora su voz profunda y su caracterización del rarito de Sherlock me han conquistado. Irene Adler será LA mujer, pero él es EL hombre.

Que sí, que lo sé, que es más raro que un pie y no tiene pestañas.
Pero es fucking Sherlock, dude.

(Eh, que Pablo tiene un novio australiano. No me miréis así)

Luego dormito, escribo otro rato más y a las ocho, cuando ha bajado el calor pero aún queda algo de luz, salgo a dar un paseo. Camino por la carretera, que es lo más de pueblo que puedes hacer en tu vida, y a veces me desvío un poco por senderos asfaltados que se adentran en el monte y van hacia cultivos de olivos y frutales. Los lugareños pasan con sus cuatro por cuatro y me miran con desconfianza. Claro: a estas alturas debo de ser la más rara del pueblo. Mi maromo se marcha y yo apenas salgo de casa; cuando lo hago es para caminar sola con la mirada perdida y comer puñados de moras silvestres. Mientras camino, juego a que soy Katniss en Los Juegos del Hambre y los demás tributos se confabulan para matarme. Falta de estímulos, ya os digo.

Soy la más rara del pueblo, pero estoy muy contenta. Ver avanzar mi novela me llena de una alegría estúpida que compensa todo lo demás: la soledad, la rareza y este color pálido que se me está poniendo en la piel. Menos mal que en septiembre mi madre nos invita a Cancún con ella, mi hermano y su novia: pienso agarrar en una semana todo el riesgo de melanoma que he evitado este verano.

Mi adorado chico vuelve mañana. Creo que cuando supere lo de su novio Carl, estará bastante cariñosón. Yo me pienso convertir en un koala durante más o menos las catorce horas siguientes a que vuelva. Me alegro un montón de que venga, aunque no vuelva a alcanzar estos impresionantes recuentos de palabras, porque si sigo así mucho más tiempo me volveré loca. Pero ha estado bien esta semana. La Kant de Margalef, que produce prosa de calidad incierta en su oscuro estudio. El aislamiento es genial para la creación artística, aunque sea terrible para casi todo lo demás.

domingo, 10 de agosto de 2014

El argumento de mi novela y el fantasma de Justin Bieber

Como somos una pareja moderna, Pablo se ha ido a escalar a Mallorca con variopintas compañías couchsurferas y yo me he quedado en Margalef escribiendo.

Hoy ha sido mi primer día de lo que podríamos denominar "Maratón de Writerpreneurship Verano 2014". ¿Qué es eso de Writerpreneurship? Tiene que ver con que en estos tiempos que corren para la literatura digital, uno no puede ser solo autor: tiene que ser emprendedor, marketer y nosecuántas cosas más. En la práctica, se traduce en usar Twitter, Facebook, tener un blog y, de alguna forma, autopromocionarte sutilmente sin que a tus contactos les entren ganas de sacarse los ojos.

A mí no me molesta ser una Writepreneur o Escriemprendedora, aunque me agotan un poco las redes sociales. Pero me gusta tener las cosas (más o menos) bajo mi control. Si tuviera que mandar manuscritos a las editoriales, me tiraría de un puente. A partir de ahora, planeo escribir y editar un libro tras otro hasta alcanzar el estrellato o la muerte. También voy a seguir con la psicología, pero de forma virtual y espaciada hasta que Pablo y yo decidamos (si es que lo decidimos alguna vez) volver a la ciudad.

Hoy ha sido mi primer día de MWV2014. No tengo claro si lo he aprovechado o no. He meditado, escrito, leído, comido helado, paseado en torno al pantano y ploteado mi novela, pero todo lo he hecho de forma un poco espesa y desorganizada. ¿Qué es plotear? Es una adaptación del verbo inglés "to plot": construir de forma sólida el argumento de tu libro antes de empezar a escribirlo o, en mi caso, después de revisar el primer borrador de tu libro y decidir que hay que reescribir un ochenta por ciento.

Plotear es difícil porque no estoy acostumbrada a pensar sin escribir. Con un post es sencillo: tienes tres ideas en mente y dejas que los dedos corran. Después corriges lo que haga falta; total, no se tarda tanto en cambiar un par de párrafos. Le das a "publicar" y hordas de lectores tus cuatro amorosos fans te dan un feedback amable. Unos días después, empiezas de nuevo.

Yo pensaba que una novela sería algo parecido: me sentaría frente al ordenador y las palabras comenzarían a fluir de mis dedos. Personajes y situaciones se sucederían en vertiginoso gozo. En vez de eso, resulta que escribir sin un plan previo se parece a intentar sacarle zumo a un trozo de corcho. Te sientas y te paraliza la incertidumbre. ¿Qué escena va ahora? ¿Quién aparece en ella? ¿El protagonista tiene hermanos? ¿Cuántos? ¿Por qué dos y no tres (o tres y no cuatro)? ¿En qué trabaja? ¿Qué le gusta? ¿Hacia dónde va este diálogo/situación/narración?

Si te lo inventas todo sobre la marcha, como hice yo en el NaNoWriMo, corres el riesgo de que releer tu borrador se parezca a hablar con una amigo la mañana siguiente a una gran borrachera. "¿Que hice QUÉ? ¿Que me lié con QUIÉN?". No te puedes creer que esa sucesión de despropósitos sea obra tuya. Que conste que a mí nunca me pasó eso: yo era más de potar antes de que cantidades preocupantes de alcohol llegaran a mi cerebro.

La valoración post-resaca de mi borrador me ha hecho decidir que voy a plotear como si no hubiera un mañana. Quiero saber todo lo que ocurre en esa novela y cuáles son los planes de mis personajes absurdos antes de ponerme a escribir, porque paso de escribir otras 50000 palabras y decidir después que son basura. Pero plotear es agotador: la mente da círculos una y otra vez, cada vez que resuelves un problema surge otro y al final no sabes si el resultado se parece demasiado a lo que tenías en la cabeza.

Imagino que a vosotros, queridos lectores, todos estos problemas literarios os chupan un pie, pero es que no sé de qué otra cosa escribir. Antes escribía aquí sobre lo que me pasaba, pero desde que vivo en Margalef, lo que se dice pasarme no me pasan muchas cosas. Que conste que eso es bueno. Estoy aquí precisamente para concentrar mis energías, y lo que quiero que pase ocurrirá sobre todo en los mundos imaginarios de mis libros y/o en la roca. El resto del tiempo, Pablo y yo podemos pasar con entretenimientos tan emocionantes como cruzar por primera vez el puente nuevo que han construido sobre el río, o ir a casa de la vecina a pedir un limón. El problema es que todo eso no da para muchos posts (a no ser que tengas una imaginación tan descabellada como la de Rafa Fernández, que convierte su aldea de seis habitantes en fuente constante de inspiración).

Hoy ha sido un buen día, después de todo. Aunque ploteo a velocidad de tortuga anémica, y aunque no me van a dar el premio a la imaginación del año, mi historia va teniendo algo parecido a un tono narrativo decente. Hay conflicto, hay drama, hay Tensión Sexual No Resuelta. Yo quiero escribir una novela adictiva. Una de esas que no te deja dormir por las noches; que cuando estás firmemente decidido a dejarla en la mesilla para irte a la cama, te sorprende con un giro nuevo, o con un desastre inesperado, que te obliga a girar la página. Quiero que todas las lectoras os enamoréis del protagonista y todos los lectores de la protagonista (cambiad géneros a vuestro antojo para orientaciones sexuales minoritarias; Massobreloslunes respeta la diversidad).

Ahora me voy a dormir. Cuando duermo sin Pablo me inquieto un poco. Ayer, por ejemplo, estaba intentando coger el sueño cuando se encendió una luz en el hueco de la escalera. Me acojoné, y eso que Margalef debe de tener un índice de criminalidad negativo (porque la gente te ayuda y te da verduras de sus huertos). Resultó que la luz del descansillo del edificio entra por un tragaluz que da a nuestra casa, y que eran los vecinos llegando al portal. Solo vienen unos días en verano y no estamos acostumbrados a tener compañía. Me volví a la cama, todavía con el corazón en un puño, y entonces vi que en el borde de la puerta del armario había algo escrito. Dos palabras en las que no me había fijado hasta entonces:

"Justin Bieber".

Verídico.

Me acojoné otra vez. Menos mal que ponía Justin Bieber y no, por ejemplo, "Monja Petra", la protagonista de las historias de terror que nos contaban de pequeños en los scouts. Llega a poner "Monja Petra y juro que empiezo a correr hasta llegar a Mallorca.

En fin, ciruelos y ciruelas. No es el mejor post del mundo, pero es mejor que el silencio. Dadme tiempo hasta que encuentre el tono de esta nueva época literaria de mi vida, donde no puedo hablar de ligues, amigos y pacientes porque estoy retirada en un monasterio de amor y roca. No me va a quedar más remedio que escribir sobre política.

Por cierto: una lectora que vive cerca ha contactado conmigo para escalar la semana que viene. Empezó a escalar gracias al blog, ¿no es fabuloso? Si tú también vives por la comarca y te animas, no dudes en avisarme; a no ser que seas un psicópata, claro, o el espíritu encarnado de Justin Bieber.

jueves, 17 de julio de 2014

El Dúplex de Lujo, Vol. I

Hace un par de días vinieron a vernos unos amigos de Cádiz, y cuando vieron nuestra casa, fliparon. "No nos imaginábamos algo así", decían. Yo también pensaba que venirme a vivir a un pueblo supondría estar en una casa antigua, con muebles apolillados y cuadros horribles en las paredes. En lugar de eso, hemos dado con un dúplex precioso que en cualquier ciudad te costaría una pasta, y que nosotros alquilamos por 100 euros más de lo que valía mi habitación en Madrid.

"La meva casa es diu Riu". Ya he repetido esta frase un montón de veces en mi catalán precario, porque mi casa tiene nombre y se llama Río. Da al Montsant: el río que pasa por delante de Margalef y en que Pablo y yo nos bañamos después de escalar. También da a los huertos de los vecinos y al monte.



Afortunadamente, por la carretera pasan como tres coches al día

Lo que más me gusta de la casa nueva es mi habitación. Todos los adultos deberíamos tener una habitación, como cuando éramos adolescentes: un lugar con paredes que llenar de fotos y de pósters, estanterías para colocar libros y adornos y, sobre todo, una puerta que cerrar. Cuando era pequeña, siempre pensaba que pobres mis padres, conformándose con una aburrida habitación para los dos en la que solo se podía dormir (por favor: que nadie haga referencia a las otras cosas que mis padres hacían en ese dormitorio. Llevo 29 años con la idea de mis padres teniendo sexo haciendo esas cosas sepultada en un búnker de mi mente, y pienso seguir así).

Mi habitación, de hecho, es casi un apartamento. Está dividida en dos por un armario, y tengo una cama en la parte de detrás y el estudio delante. La cama no la uso (todavía aguanto al porteño robándome la manta a medianoche), pero el estudio son diez metros cuadrados de puro éxtasis. Os lo enseño:



Al fondo está el secreter que compré hace dos años en una tienda de segunda mano. Un secreter es un escritorio con secretos: se abre y cierra, tiene cajones misteriosos y da a cualquier habitación un aire decimonónico y decadente. Este es el mío:

No era el más decadente, pero sí el más barato

En él se acomodan: mi portátil; la máquina de escribir rosa, que compré hace tiempo en un mercadillo; un pingüino de peluche que me regaló una amiga y que se llama como mi ex jefe, y otras cosas que me inspiran: fotos o mi llavero de Matilda.

También tengo un sofá para mí solita. Está muy bien para echarse siestas lejos de la mirada de censura de Pablo.

Es pequeñito, pero yo también

El cuadro sobre el sofá es horroroso, lo sé, pero por alguna razón está pegado al armario.

Luego tengo una estantería de Ikea. 



Desde que Ikea conquistó España, sus muebles están en muchos pisos de alquiler, lo que hace que te sigas sintiendo en casa aunque vivas en lugares distintos. Esta estantería, por ejemplo, me da buen rollo porque es igual que la que tenía en mi piso de San Fernando: el Zulo Autolimpiable.

En mi estantería tengo: libros variados; todos los papeles importantes (primer recuadro a la izquierda); al Buda para ver si un día de estos me animo a meditar; el tarot de Osho un microscopio; la caja con esmaltes de uñas... "No hay mañana" es la frase que usaba cuando empecé a escalar para motivarme, y me sigue pareciendo un buen lema. El abanico me recuerda a Andalucía, la postal es de Boulder, el cuadrito que hay detrás de la vela es de Granada y en el marcapáginas pone: "No hay como Cádiz para el mar. No hay como el mar para el amor". Era la frase que me animaba cuando estaba ultra-sola en Cádiz y echaba de menos a Pablo aunque aún no le conociera.

[Ahora diría "No hay como Utah para el desierto. No hay como el desierto para el amor]

Aquí voy a escribir miles de posts, varias novelas fabulosas y otros textos impredecibles.

Me pregunto si Virginia Woolf pensaba que tener una habitación propia era importante para las mujeres en particular o para los escritores en general. No sé si es por ser mujer, pero en el último año me he dado cuenta de que tengo que poner límites para no fusionarme con Pablo y seguir escribiendo. Es raro, porque se supone que el deseo de escribir no debería tener que ver con la arquitectura, pero sin una habitación es difícil sentirse lo bastante sola.

En Cádiz, por ejemplo, escribía en el salón; Pablo entraba y salía a veces, y la puerta estaba directamente en mi línea de visión. Cuando comíamos, tenía que quitar el portátil de la mesa. Sentarme allí y saber que la oportunidad de comunicarme y de ser escuchada estaba a unos pasos de distancia me quitaba las ganas de escribir. ¿Quién quiere esforzarse para lanzar palabras al vacío si tiene un oyente de verdad, con ojos y boca, que responde a lo que le dices y te da una opinión benévola?

Ahora tengo la hipótesis de que si me siento aquí el rato suficiente y miro al monte, olvidando que hay una puerta a muchos, muchos metros de mi secreter, la urgencia por decir algo al mundo me ayudará a escribir. Aquí aún no conocemos a mucha gente. No nos gusta ir al bar, y eso nos hace un poco raros. Vamos de casa a la roca y de la roca a casa. En algún lado tendré que colocar mis ganas de charlar con alguien.

En estos días seguiré enseñando la casa y hablando poco a poco de mi proyecto de vida. Al final vamos a acortar el European Rock Trip a un mes (las grandes novelas no se escriben solas) y probablemente salgamos la semana que viene, si conseguimos despegar el culo de este piso y esta roca. Voy a extrañar mi habitación propia cuando estemos por ahí. Pero bueno. Si todo va como debe, estará esperándome a la vuelta.

[Nota: después de una experiencia desagradable con una lectora, voy a moderar los comentarios, así que no saldrán inmediatamente cuando los escribáis. Tened paciencia y los publico en cuanto los apruebe. Aprobaré todo lo que no me falte al respeto a mí o a otro lector. ¡Gracias por vuestra comprensión!]

sábado, 12 de julio de 2014

Sobre cómo acabé viviendo en un pueblo de 110 habitantes

Últimamente actualizo este blog tan poco que no sé muy bien qué os he contado y qué no, así que empecemos desde el principio.

El año pasado, cuando volvimos a Cádiz después de mi extraña época en Madrid, Pablo y yo vivíamos mirando a una luz al final del túnel llamada "cuando termine el PIR". Se convirtió en un caldero dorado lleno de posibilidades difusas. De algún lugar de ese caldero, surgió una idea: pasar algún tiempo escalando, antes de que nuestras articulaciones digan basta, el metabolismo nos traicione y yo entre en la menopausia. Lo sé, tengo veintinueve, pero veintinueve son casi treinta, treinta son casi cuarenta y cuarenta es casi la menopausia. ¡No hay tiempo que perder!

No creáis que nos sentamos en la mesa del salón a hacer listas de posibilidades y a barajar pros y contras. La cosa fue más o menos así:

Primero pensamos en pasar un tiempo largo viajando. El problema de ese plan era que... bueno, que yo no quiero viajar. Quiero trabajar. Por trabajar entendemos escribir. Llevo cuatro años con las ganas de escribir más quemándome en los dedos: tengo mi novela a medias y unas cuantas ideas para escribir otras. No voy a perder el tiempo en estupideces como viajar. Además, soy básicamente pobre. Me mantiene el Estado. Tengo que buscarme la vida y no puedo gastarme mis ahorros en mariposear por el planeta.

Entonces se nos ocurrió un plan B: vayámonos a vivir cerca de algún sector de escalada. Yo podría escribir, Pablo trabajaría a distancia y nos pondríamos inhumanamente fuertes. Esa idea flotaba en nuestra mente de forma imprecisa cuando un día, escalando en Loja, nos encontramos con unos amigos de Cádiz y les contamos nuestros planes. "Deberíais iros a Margalef - dijeron -. Hemos estado allí este verano y es lo mejor". Nos contaron que el pueblo era precioso, la escalada genial, la gente estupenda y, en fin, que era un paraíso en la tierra con millones de vías hermosas.

"Ok", dijimos nosotros. "Lo miraremos."

Fast forward a las navidades. De repente, descubro que me han salido días libres de debajo de la manga porque el SAS me debe horas. Pensamos en irnos a trepar a Tenerife, pero sale carísimo. "¡Vayamos a Margalef! - le digo a Pablo -, y así vemos si nos gusta para mudarnos allí". Confirmamos en 8a.nu que era buena época para escalar en la zona, reservamos habitaciones en una casa rural y para allá que nos fuimos con la Dobloneta.

Margalef era como el Disneyland de la escalada. Hermosas formaciones de piedra asomaban entre los pinos y los matorrales. Todas las mañanas, decenas de escaladores desafiaban al frío y a los elementos y se ponían a trepar por moles inhumanas. Pablo y yo hacíamos lo que podíamos.

Moles inhumanas. No, nosotros no escalamos eso

A eso de las cinco, cuando anochecía, volvíamos a nuestra casa rural, que estaba calentita por la estufa de butano, y nos dedicábamos a leer, a decir chorradas o a dibujar en Paper. Luego cenábamos los increíbles platos caseros que preparaba la dueña de la casa y nos íbamos a dormir prontito bajo kilos de mantas.

Volvimos a Cádiz. Un tiempo después,  Pablo se fue un día a escalar con unos colegas, en la furgo equipada de uno de ellos. Volvió diciendo que quería una furgo equipada y que por qué no comprábamos una y viajábamos aunque fuera un par de meses. Después podíamos irnos a Margalef, o a donde fuera que nos gustara, y yo escribiría unos cuantos best sellers que nos solucionaran la vida.

Con la idea de la furgo en la mente, volvimos a Margalef en febrero para mis últimas vacaciones como PIR. Allí decidimos que sí, que nos gustaba y que nos íbamos unos meses. "Total - pensábamos -, si nos hartamos, siempre nos podemos ir. No nos vamos a comprar una casa, ni a aceptar un trabajo, ni a meter a ningún hijo en el colegio." Así que antes de darnos cuenta, teníamos a la fantástica dueña de la casa rural buscándonos casa en el pueblo.

Mientras, en Cádiz...

... nos obsesionamos buscando una furgo. Durante más o menos un mes, vivimos y respiramos furgos. Aumentábamos el presupuesto cada día. Se nos antojaba TODO. Después de mucho dar vueltas y de un par de experiencias traumáticas con vendedores dudosos, Pablo se plantó en Lleida y se trajo a la que hemos bautizado como Tofuneta: porque, entre otras cosas, tiene una nevera que mi querido novio vegano atiborra de tofu antes de cada excursión.

La furgo en todo su esplendor. También la usamos para secuestrar personas

De alguna forma, firmamos el contrato de un piso en Margalef para seis meses prorrogables. Una parte de mí era consciente de que nuestros planes sonaban surrealistas. "¿Qué vas a hacer cuando termines?", me preguntaban amigos y familares. Esperaban una respuesta como: "hacer la tesis/ montar una privada/ ver si sale algo". Yo contestaba: "nos vamos de viaje con la furgo y luego a vivir a un pueblo". La gente meneaba la cabeza, con una divertida mezcla entre envidia y escepticismo.

El 19 de mayo terminé el PIR y me quedé como se deben de quedar las madres después del parto: a gusto. Pasamos el siguiente mes en Cádiz: mi intención era terminar millones de proyectos y acabé no haciendo ninguno. Pero bueno; shit happens, y al menos fui a la playa.

Llegó la hora de la mudanza, y Pablo y yo, que siempre nos habíamos considerado minimalistas, nos dimos cuenta de que en nuestras dos furgos apenas nos cabían los trastos. Llevábamos, entre otras cosas: dos escritorios, una silla, un colchón de matrimonio, un crashpad para hacer búlder, lámparas, muchos más libros de los que estoy dispuesta a admitir y sus trastos aparatos de cocina vegana. Después de un viaje de once horas conduciendo una furgo cada uno, en el que casi nos matamos mandándonos mensajes de voz por whatsapp, llegamos a Margalef.



Así es como hemos acabado viviendo en un pueblo de 110 habitantes (112 ahora).

Si uno analiza la concatenación de hechos, es bastante rara. ¿Y si no nos hubiéramos encontrado con nuestros colegas en Loja? ¿Y si los billetes para Tenerife hubieran sido más baratos? Entonces no estaría mirando el hermoso paisaje del Priorat por la ventana desde mi nuevo estudio. Porque YES, tengo un estudio, y después de medio año escribiendo en el salón, es estupendo poder encerrarme en una habitación como cuando era adolescente.

Pero de nuestro piso os hablaré más adelante. De momento, quedaos con esta introducción a lo que llamaremos mi ENV: Extraña y Nueva Vida.

Próximamente...

... "Nuestro espectacular dúplex", o "Por qué mi piso de pueblo de 110 habitantes es la mejor casa que he tenido nunca, incluyendo la de mis padres".

... "Viviendo en la naturaleza", o "Cómo Pablo ha salido hace dos horas a dar un paseo y me acaba de escribir diciendo que cree que se ha perdido".

... "Escalar (casi) todos los días", o "Me estoy poniendo más fuerte que el vinagre y nunca pensé que eso me pasaría a mí".

... "Mi futuro profesional", o "Paso de la psicología: voy a escribir novelas".

... "European Rock Trip", o "No sé si dos meses conviviendo en la Tofuneta acabarán en matrimonio o en separación definitiva".

(Nota: por quincuagésimoctava vez en los últimos meses, me propongo escribir más a menudo. ¿Lo conseguiré? ¿Decepcionaré de nuevo a mis tristes decenas de lectores? Descúbrelo apuntándote a la lista de correo)