domingo, 16 de febrero de 2020
Nostalgia de Cádiz
Estas navidades fui con mi amiga Elsa a un bar gaditano que hay en Málaga, Er Pichi de Cai.
Nos sentamos en una mesa baja del local, diminuto y tapizado con pósters del Cádiz y de los carnavales. Me acordé de cuando llegué allí por primera vez y Erika me dijo «en otras ciudades, los niños son del Madrid o del Barça, pero aquí son todos del Cádiz».
Pedimos chicharrones, atún encebollado, papas aliñás y no recuerdo qué más, y a mí me empezó a entrar una nostalgia mala de Cádiz que todavía me dura.
Ayer me apretó aún más. Mi madre me preguntó por un psiquiatra para un amigo de allí y le escribí un whatsapp al MIR para preguntarle si tiene consulta propia. Llevamos casi cinco años sin vernos, si no lo he contado mal. Cádiz está lejos de todo en general, de Granada en particular y más aún si tienes en cuenta que con un bebé tienes que multiplicar los kilómetros por siete, como los años de perro.
No extraño solo la ciudad, sino todo el área. La geografía dispersa y confusa de la capital, Puerto Real, San Fernando, Chiclana, con todas las masas de agua y las marismas y los puentes que te desorientan hasta volverte tan loco como el viento.
No creo que pudiera volver a vivir allí ahora, y eso es lo que hace que me duela la tripa de nostalgia si lo pienso demasiado. Eso y el hecho de que mi vida allí fue algo muy concreto: la residencia, unos años limitados siguiendo el recorrido del plan de estudios, donde estaba previsto con quién trabajaría y a dónde iría cada mes de los siguientes cuatro años.
Mientras estás dentro del sistema PIR, esa es tu vida. Son tus compañeros, tus amigos, tus rutinas, y te parece mentira que vayan a cambiar algún día. Pero lo hacen, y ese mismo sistema te expulsa con la violencia de la piel echando fuera un cuerpo extraño.
La última vez que volví fue para la despedida de María, una compañera que entró durante mi tercer año de residencia. No conocía a los nuevos MIRes y PIRes; no solo eso, sino que había olvidado el nombre de algunos con los que había coincidido poquísimo tiempo allí. Ahora aquella gente desconocida ocupaba mi despacho en el Equipo de Salud Mental de la calle Escalzo; se reía con los chistes de Sebastián en las reuniones matutinas de la URA del Puerto de Santa María; aspiraba el olor reconcentrado a café y a sudor que hay en la unidad de agudos de Puerto Real.
Me pareció casi de mala educación. Hay otra gente en mi piso pequeño y precioso de Portería de Capuchinos, y otros nadan en mi calle favorita de la piscina municipal o escalan en el roco que yo ayudé a construir. De mí allí ya no queda nada.
Así que es una nostalgia multidimensional y rotunda. De lo que fue y no va a volver nunca. De no poder volver. De que mi presencia en sus calles luminosas se haya evaporado como la humedad en los calurosos días de levante.
Qué triste es vivir si uno lo piensa demasiado.
lunes, 2 de septiembre de 2013
Back home
Este momento es una buena metáfora. Porque antes mis ratos de escritura sólo nos comprendían a mí y a la escritura. Todo lo que había frente a mis ojos era un espacio vacío, y en ese espacio las palabras resonaban y encontraban su camino hasta mis dedos. Ahora en ese espacio, justo en la esquina de mi campo visual, está Pablo, y eso no es ni mejor ni peor; es. Y digo que es una metáfora porque es exactamente lo que ha pasado en mi vida: no se trata (solo) de tener a alguien a quien abrazar y querer y achuchar y atormentar con mis monólogos. Se trata de que él está al costado de mi mente, en la esquina de mi campo visual, y esa es la nueva forma que elijo de vivir mi vida.
Sé que he abandonado esto bastante tiempo, pero ha llegado septiembre y el abandono terminó: volvemos al ring con más furia que nunca. Estos últimos meses han sido difíciles, en el sentido de que no conseguía encontrar mi lugar sobre la Tierra. Madrid me tenía apartada de mi órbita y luchando por recuperar el centro, y la perspectiva de que Pablo se marchara durante vete a saber cuánto tiempo a miles de kilómetros de distancia me encadenaba voluntaria a sus huesitos. Ahora Pablo se queda, y llega el otoño, y volvemos al cole en las frescas mañanas de fin del verano, así que ha llegado el momento de retomar los proyectos como quien empieza una colección por fascículos: con la convicción de que esta vez seguiremos hasta el final.
Ayer llegamos a Cádiz a eso de las cinco, porque habíamos salido temprano de Málaga para eludir el sol de la tarde en los ojos. Colocamos las cosas, echamos una siesta rápida acucharados en la cama y nos fuimos a la playa. Soplaba un levante discreto. Ya está, pensaba yo; ahora Pablo conoce el levante, se da cuenta de lo que es Cádiz de verdad y de lo que soy yo de verdad, y se va. De vuelta a Buenos Aires, después a San Francisco, después a Honolulu, o al punto de la tierra más lejano a mí que encuentre.
Él, por su parte, arrima un poco a la mía su silla de playa y me dice que el viento le gusta. Que le parece agradable el airecito.
Nos giramos de espaldas al mar, para que la luz no le haga polvo los ojos claros, y charlamos arrejuntados toda la tarde. Cuando queda poco para que el sol se ponga, nos damos la vuelta y nos ponemos la ropa sobre los bañadores, porque empieza a refrescar. Yo me enrollo en mi toalla seca y observamos cómo el movimiento del sol hacia el horizonte se nota a ojos vista. Detrás de nosotros, una señora mayor canta a voces: "al sol le llaman Lorenzo, y a la Luna, Catalina". "Welcome to Andalucía", se dice a sí mismo Pablo, y yo me río. "La he contratado yo, para que anime el espectáculo".
El sol baja despacio. "Still there, still there, still there", repetimos nosotros, imitando a Jesse y Céline en Before Midnight, que vimos hace ya un par de meses en un cine de Madrid. La señora cantora exclama: "está el sol hoy redondito, redondito, como una teta mía panza arriba", y nosotros nos reímos, mientras me doy cuenta de que cualquier cosa que cuente de Cádiz no podrá ser nunca una exageración. "Still there, still there, and... it's gone". Los últimos restos se zambullen como una carpa de luz sobre el agua. Nosotros recogemos las sillas y nos vamos a casa.
Hoy hemos pasado la tarde en el centro, haciendo mandaos, lo que antes consistía en mí yendo entusiasmada de un lado a otro y ahora es lo mismo, pero con Pablo de mi mano mirándome con una mezcla entre "eres una maruja y yo esta parte de ti la desconocía" y "pero te quiero. Creo". Yo estoy TAN feliz de estar de vuelta. Madrid me aberró TANTO los últimos meses, que cuando empujo sin querer a una señora y ella me sonríe, y cuando la del Zara Home me aconseja que no compre las sábanas hoy, que mañana vienen más baratas, y cuando el tendero les da una vuelta cuidadosa a los huevos en la caja para comprobar que no están rotos, se me escapa la sonrisa de los labios.
Estoy de vuelta en muchos sentidos. Estoy en casa en muchos, muchos sentidos. Ya es hora, dice Vetusta. Ya es hora de replegar las alas rumbo a casa. Casa es muchas cosas. Es Cádiz ahora, pero sólo por lo que Cádiz significa y porque aquí puedo, por fin, escuchar mis pensamientos. Soy yo aquí sentada, escribiendo de nuevo y comprobando que cabe otra persona en el extremo de mi campo visual. Y Casa es Pablo. Ahora mismo, sobre todo, casa es Pablo, y Pablo está en casa.
miércoles, 2 de enero de 2013
Año nuevo
A veces pienso que en fin de año se sale a muerte sólo para que el día uno se queden las calles vacías, y que con ese decorado de persianas bajadas y carreteras desiertas podamos creernos que empezamos una etapa verdaderamente limpia, verdaderamente nueva.
Desde que decidí que me voy a Colorado en mayo (más detalles próximamente), mi mente está en modo sacar dinero de debajo de las piedras, así que ayer no se me ocurrió otra cosa que apuntarme a la guardia de hoy. El festivo lo pagan doble y no tenía ningún problema en no ir de fiesta el 31. Así que esta mañana salí de casa a las nueve y media con la mochila, el portátil y la nariz enterrada debajo de la bufanda. Me crucé con un grupo de adolescentes borrachos de camino a la furgo. Me dolía un poco la cabeza del cava de ayer, pero estaba contenta: empezar el año madrugando me da buen rollo.
De camino al hospital iba escuchando Vetusta Morla en la furgo: Año Nuevo. Yo es que la música la contextualizo. No había visto nunca tan vacías las carreteras de la Bahía, y el cielo sobre las marismas estaba a medias azul y a medias de un gris algodonoso y empapado. Dentro de una semana ya no estaré aquí, y mientras canturreaba Vetusta y frotaba los dedos en mi ambientador de azahar y naranja pensaba que es como si me hubieran dejado a solas con Cádiz para despedirme.
La guardia transcurre tranquila. Razonablemente tranquila en escala Salud Mental, quiero decir: hemos tenido nuestros intentos de suicidio y nuestras cuatro cosas. Pero estoy con Pilar, mi psiquiatra favorita, y nos reímos de chorradas mientras remojamos en mayonesa la tortilla del comedor para hacerla comestible. "¿Os vais a olvidar de mí cuando esté en Madrid?", le pregunto, haciendo morritos, mientras me termino el arroz con leche. "Qué va, mujer. Nos vas a dar envidia".
A mí ocho meses se me hacen largos, eternos, mientras pienso en todas las cosas que van a pasar aquí sin que yo no esté. No creo que vaya a cambiar nada fundamental. El menú de los sábados en el hospital seguirá siendo chuletas con fideuá. En el roco se seguirá entrenando con Fuel Fandango o con el ska horrible del Mallorquín. Llegarán los carnavales y pasarán; llegará la semana santa y pasará; llegará la primavera y la gente empezará a conquistar las playas a golpe de silla caletera, y después el verano con su mezcla entre invasión y éxodo. Y a todo esto yo fuera, sin poder asistir un año más a todos esos pequeños grandes eventos desde mi primera fila de gaditana conversa.
Un año más. Un año menos que dolerse de esta herida y de esta luz, dice Vetusta, y eso pienso mientras conduzco. Esta herida y esta luz. Así me siento esta mañana del 1 de enero de 2013, en mi vigésimo octavo año de viaje sobre este bonito planeta. Con una herida cada vez más honda y, al mismo tiempo, una luz cada vez más intensa.
Iba a escribir la versión de este año de los doce momentos, pero ayer se me echó el tiempo encima y hoy ya como que no pega. Algo dentro de mí se rebela. A lo mejor es una tontería, como dice Centinel, celebrar algo tan irremediable como que el planeta dé otra vuelta alrededor del sol. Pero, sea como sea, una parte de mí ha pasado página y no quiere mirar atrás. Está ocupada explorando las carreteras vacías y limpias del año nuevo. Y, sobre todo, está demasiado entusiasmada ante el futuro como para andar dando vueltas a lo que no va a regresar nunca.
domingo, 2 de diciembre de 2012
Madrid, subir de grado y las nostalgias futuras
Dentro de un mes y cinco días estaré viviendo en Madrid. La idea me aberra y me atrae a partes iguales. Me gustaría poder hacer las dos cosas a la vez: permanecer en mi Cádiz, con mi gente, mis marismas, mi roco y mis cuatro cosas, y a la vez conocer Madrid, más gente, más rocos, más cosas. Barajo la posibilidad de volverme en mayo, después de la primera rotación, porque la primavera gaditana es excesivamente hermosa. Vaya ánimos llevo, por otra parte, si lo primero en lo que estoy pensando antes de irme es en volver antes de tiempo.
Cuando le digo a mi madre lo bien que estoy en Cádiz, ella insiste en que en Granada también estaba bien, y en que yo estoy bien en todos lados. Creo que es una forma sutil de pedirme por favor que no me vaya a quedar aquí para siempre. Pero qué va: Granada estaba bien porque me gustaba y porque lo pasé muy bien cuando vivía allí, pero hoy por hoy Cádiz es mi hogar. Quiero decir, que yo vivo aquí. No es que mi gente de aquí sea mejor que cualquier otra gente a la que haya querido a lo largo de mi vida. Es que son mi gente de ahora. Los compis del curro, mi admirado R mayor, el MIR, las recientes adquisiciones huelguísticas que ahora se conocen con el nombre de los Patos. La Roquipandi, mi psiquiatra Pilar, mi querido Anxo. Mis pacientitos.
Todo eso sumado a lo mucho que me gustan mi vida, mi piso, mi furgo y mi Isla, a la ilusión absurda con que me levanto cada mañana sin contar estos últimos catorce días de infierno huelguístico. Sumado a mis proyectos presentes y futuros, al roco por las tardes, la bici por las marismas, los miércoles en Vejer, mis obesos de endocrino, los paseos por la playa y la búsqueda no culminada del desayuno callejero definitivo.
Aun así, me voy a Madrid. Porque hay que seguir ensanchándose. Pero no puedo evitar pensar que soy idiota si cada vez que me siento feliz y segura en una situación de mi vida me apaño para cambiarla.
Hoy he encadenado mi tercer 6b (el grado más difícil en escalada que he hecho hasta ahora, pero que no deja de ser bastante asequible, que conste). Venía pensando en que creo que subir de grado es un cambio de mentalidad. Cuando empiezas a escalar no quieres más que agarres buenos. Quieres meter la mano hasta el fondo en el canto que te da seguridad y apoyar los pies en una repisa. Creo que yo seguiré subiendo de grado si acepto que para ello tendré que escalar apoyándome en mierda pura, confiar en que las regletas les servirán a mis dedos y en que los pies de gato se apoyarán en muescas minúsculas.
Como siempre, me empeño en seguir aplicando a la vida las lecciones de la escalada. Escalar no es más que renunciar una y otra vez a la seguridad de quedarse quieto. Alcanzas cierto confort, tu cuerpo grita desesperadamente por permanecer ahí, y tu mente tiene que obligarle a moverse. Ahora quiero vivir más grado. Y creo que sólo lo lograré si supero el miedo y aprendo de una vez que hacerse fuerte consiste en necesitar cada vez menos apoyo para seguir subiendo.
jueves, 25 de octubre de 2012
Libertad y decisiones (I)
Más adelante, mientras reflexionaba sobre las consecuencias de esa decisión, pensé que había sido una decisión correcta por motivos equivocados. La decisión la tomé de un día para otro en mitad de una bronca, pero los resultados fueron muy buenos. Los dos últimos años en Granada aprendí mucho, trabajé y disfruté de la ciudad. Sobre todo, completé una etapa de mi vida y no la dejé a medias. Ahora echo la vista atrás y se me ponen los pelos como escarpias de pensar en haberme vuelto a Málaga. Seguramente estaría casada con J., embarazada y cubierta de mechas rubias. No me preguntéis por qué, pero creo que mi karma universal habría ido en esa dirección.
Luego decidí hacer el PIR en Cádiz. Recuerdo la primera vez que se me pasó la idea por la cabeza. Estaba todavía en Granada, en los exámenes finales de quinto, y pensando en hacer el PIR me imaginé en Cádiz: rodeada de palmeras, viento y olor a mar. No sé por qué lo de las palmeras; aquí tampoco hay tantas. Sobre todo, podía imaginarme el viento y la sensación de ciudad de vacaciones en invierno. Sentí una extraña tristeza anticipada y pensé que quizá no era una buena elección.
Mientras estudiaba en Málaga aún no tenía claro a qué ciudad me iría, pero sabía positivamente que iba a largarme de allí. Todavía ahora me es difícil explicar mi decisión. No es que no aguante a mi familia. No son perfectos, pero no están mal, en Málaga también me habría ido de casa el primer mes. Tampoco es que aquello no me guste; se vive bien, hay mucha gente a la que quiero y tiene zonas de escalada dentro de la ciudad (por otra parte, a lo mejor si me hubiera quedado allí nunca habría empezado a escalar). Pero desde el primer día que puse mi culo en el asiento de la biblioteca para estudiar el PIR lo dejé bien claro: en Málaga no me quedo Ni De Coña.
Fue difícil mantener mi decisión. J. estaba allí, mis padres estaban allí y alguno presionó sutilmente para que me quedara. Bueno, corrijo. Mantener mi decisión no fue nada difícil, en el sentido de que no dudé ni por un microsegundo que me iba a ir de Málaga. Lo difícil fue convivir con las consecuencias de mi decisión en las personas a las que quería. Todavía hoy, dos años y medio después, sigo sintiendo que haber elegido esto es como decir a todo aquello que no lo quiero. Que no me interesa. Todavía me siento mal cuando asomo la cabeza por allí apenas tres veces al año.
Hoy, mientras fregaba los platos, pensaba que fue una decisión estupenda. Cádiz es lo mejor que me ha pasado en... no sé, quizá en la vida. A lo mejor no es Cádiz. Quizá sea el trabajo, los amigos y la escalada. Pero hoy iba conduciendo desde la Isla y he visto una puesta de sol brutal, en serio, brutal: sobre mi cabeza llovían las nubes grises y algodonosas, pero a mi izquierda se abría un claro por el que se veía esconderse el sol, y la luz era amarilla y sepia, como en las fotos antiguas. He bajado la ventanilla y giraba la cabeza intentando no morir mientras conducía, y he pensado que bueno, que igual son las circunstancias, pero que Cádiz tiene algo.
Pensaba en mi decisión, y en que no sé si también fue una decisión correcta por motivos equivocados. Mis motivos para venir a Cádiz fueron inexistentes. ¿Por qué Cádiz?, me preguntaba todo el mundo. Pues porque sí, no sé. La plaza no es especialmente buena. La ciudad está a tomar por culo de todo. No hay casi de nada. Ángel, un lector de Seattle con el que he quedado el sábado para hablar por Skype, me dijo que si no tenía ADSL en mi casa me fuera a un Starbucks. Ja. Un Starbucks en la Isla, bicho. ¿Te imaginas? Si os soy cien por cien sincera, yo tenía una idea de Cádiz en mi cabeza. Me imaginaba rodeada de gente así hippy, durmiendo en las playas vírgenes, saliendo al campo y tomando el sol. Me imaginaba feliz aquí. Y, por una serie de circunstancias, todo eso se ha cumplido con creces. He dormido en las playas y en los bosques, me he rodeado de gente estupenda y Todo Va Bien.
La cosa es que querría saber qué me hizo tomar esa decisión, para seguir tomando decisiones buenas en ésta mi vida.
(El post sigue, pero lo voy a dejar aquí porque se está haciendo infernalmente largo y una tiene que dormir. Mañana seguimos)
lunes, 24 de septiembre de 2012
La marisma me dejó...
Acabo de recibir un correo de Omar Janaan, un dibujante malagueño con muy poco interés por vender sus viñetas. Desde el cariño lo digo. Porque ya hace varios meses que le escribí mostrándole mi entusiasmo imperecedero por una de sus láminas y pidiéndole que me la vendiera y enviara, por ese orden, y hasta hoy nada. La lámina en sí representaba (creo que ya os lo conté) un muro detrás de un montón de personas grises y tristes, abrumadas por la vida cotidiana. Subido al muro había un chico muy sonriente que observaba un sol brillante al otro lado. Me gustó un montón. Sentí que, en este momento concreto de mi vida, yo soy ese chico: escalando los muros de forma literal y buscando el sol que brilla.
Las marismas.
Mientras pedaleaba he tenido una idea sorprendente incluso para mí misma. Pero no os la puedo contar hasta que vea que es factible. Es una idea sólo parcialmente loca, pero puede ir bien.
martes, 12 de junio de 2012
Largo domingo de verano
El café me lo ponen en la venta de al lado, que a pesar de la hora ya está dando de desayunar a abuelitos madrugadores. Hay una terraza con mesas de piedra que da al monte y a la duna de Bolonia, y ahí que me siento con un café supercaliente tamaño barreño y una manzana. El sol sale desde detrás del cerro de San Bartolo, y la bruma alrededor de la montaña no tiene claro aún cuánta luz le va a dejar al día.
Le pregunto al camarero cuánto tardo en llegar a la playa de Bolonia andando. En mi mente hippy matutina me doy un paseo hasta allí y me baño en bolas en el Atlántico. O bueno, con bikini, lo mismo da, pero un baño matutino y helado ahora mismo no me sobraría nada. El notas me dice que a cuatro kilómetros, pero que por un caminito lateral se llega a otra playa más cercana y bonita. Visualizo playas vírgenes en mi cerebro y a mí correteando por ellas como Brooke Shields en la peli esa en la que se tiraba a su hermano. El camino no tiene pérdida, me dice el señor.
Echo a andar. Tengo un amigo que dice que él con calcetines podría irse a Laponia, porque todo el frío se le concentra en los pies. Yo es echar a andar y podría llegar a Laponia también, porque me encanta andar y esa certeza de que si te mantienes en movimiento el tiempo suficiente puedes llegar a cualquier parte.
La carretera recorre despacio las colinas amarillas. Me gusta tanto este paisaje, su sólido empeño en permanecer vivo a pesar del levante, de los meses sin agua y del salitre del mar. Veo la playa a lo lejos y las casitas salpicando el monte. A ratos me cruzo con algunas vacas marrones que han empezado a masticar hierba tempranito para ir adelantando trabajo. Camino y pienso, y me acuerdo de la vez que alguien me explicó que andando se piensa mejor porque te llega más sangre al cerebro. Si hasta hay una escuela filosófica griega que hace eso: los peripatéticos, que es un nombre genial para no sé, un grupo popero modernito.
El camino no tiene pérdida, y cuando me quiero dar cuenta me he perdido y estoy saltando una alambrada con precariedad. Se me engancha el pantalón, me escurro, me caigo, pero nadie me ve cargarme el bucolismo matutino con mi torpeza. Que vaya tela yo, aficionarme a escalar con esta capacidad para la coordinación tan limitada. Llego al otro lado y corro como una fugitiva hasta llegar otra vez a la carretera, porque lo de saltar una alambrada que en realidad probablemente esté pensada para que no se escapen las vacas me ha hecho sentir peligrosa. Me lo estoy pasando muy bien y ya escucho el mar. Troto durante unos minutos para acelerar el proceso Brooke Shields, pero el ruido de mis pasos no me deja oír el silencio, así que aminoro.
Llego al Chaparral, un área de pinos cruzada por caminos de tierra. El del bar dijo algo de un camino, creo, y sigo escuchando el mar, pero en realidad ya llevo cuarenta minutos andando y se supone que eran dos kilómetros. Aun así, empiezo a atravesar los pinos como si no hubiera un mañana. El mar ulula desde lejos como las sirenas de Ulises, pero el camino no me acerca lo más mínimo a él. Entonces me suena un whassap, que ya me vale: de paseo, sí, pero con el 3G encendido, y es Pablo que me dice que si tomamos café, y yo le digo que de acuerdo pero que tardo un rato, que me he ido a pasear y me he desviado un poco de la ruta. Aborto el proyecto Brooke Shields con lástima y doy la vuelta.
Entonces decido que voy a hacer un poco de barefooting. Que me voy a quitar los zapatos, vaya, porque desde que vi este vídeo me ronda la idea de probar el barefoot running a ver si lo toleran mis rodillas de anciana. Pero antes parece ser que tienes que hacer callo en las plantas de los pies, y yo pienso con penita que tendré que resignarme a perder el concurso de plantas de los pies suaves cuando seamos viejas que la PK y yo acordamos hace unos años.
(El concurso tiene que ver con que, según la PK, para tener pies suaves hay que usar piedra pómez y, según yo, basta con crema hidratante. Pensábamos cuidar nuestros pies con los respectivos tratamientos y compararlos cuando tuviéramos cincuenta años. Ahora escalo y quiero correr descalza por los campos, así que paso de la crema hidratante y le cedo a la PK con gusto el cetro de la suavidad plantar).
Así que bueno, me quito los zapatos y los calcetines, los amarro a mi minimochila Quechua de cinco euros y echo a andar por los caminitos de tierra. Es curioso. Un poco molesto a ratos, pero nada del otro mundo. Voy pisando con muchísimo cuidado, y de repente mi universo sensorial se amplia y aparece otro montón de sensaciones con las que antes no contaba. Me doy cuenta de que el camino de tierra, que hasta hace un momento era un todo uniforme en mi cabeza, ahora se ha descompuesto en muchos trozos que se diferencian sutilmente en textura, en material, hasta en temperatura. Voy buscando las agujas de los pinos y la tierra húmeda y prensada, evitando las piedrecitas y los trozos rotos de piña seca. Camino despacio y sin hacer ruido mientras sigo escuchando las olas traidoras detrás de mí.
Al cabo de un ratito me vuelvo a poner los zapatos. El café me espera y como siga con esto del walking zen voy a llegar a las tantas. Troto otro poco colina arriba para compensar la tardanza descalcera. Las vacas me miran divertidas, intuyendo que esta vez no me voy a molestar en saltar la alambrada de pinchos.
Y esas son las dos primeras horas de mi domingo, ahí es nada. Todavía me queda un buen baño en el Atlántico (con bikini, snif), una aproximación de media hora bajo el solano al pie de vía del sector que visitaremos hoy, unas cuantas vías de estas de sufrir porque da el sol en la pared y te parece que te van a reventar los pies dentro de los gatos, una hora y pico de conducción de camino a Cádiz con un episodio de casi muerte, porque a la roulotte que llevo delante se le desprende un toldo que se revienta contra el frontal de la Dobloneta. Luego llegar, descargar la furgo, comentar el finde con el Kpot mientras tomamos café en el salón de Villa Fanática, embadurnarme de after sun porque quemada es un eufemismo para el estado de mi piel. Y aún me va a dar tiempo a subir unas cuantas fotos al blog para, como dice Khal Yeleytr, hacerme la sexy (aunque, Khal querido, yo no me hago la sexy; yo soy sexy).
Y cuando me voy a dormir sintiendo cómo me pican los hombros al roce de las sábanas, y pensando que joder conmigo, que parezco nueva quemándome al sol andaluz con veintisiete años, pienso que bueno, que igual no salvo a la Humanidad ni gano el Pulitzer ni nada, pero que la vida me cunde. Otra cosa no, pero me cunde tela.
domingo, 15 de abril de 2012
Más Cádiz
domingo, 25 de marzo de 2012
Ganas de ballena

Esta mañana iba yo en autobús camino de Cádiz después de terminar la guardia. Ah, el saliente. Ese momento en que el hospital te deja libre después de tenerte veinticuatro horas bajo sus garras, y todo (el sol, el mar, los desayunos y hasta los perros) te parece más brillante y bonito.
sábado, 3 de marzo de 2012
Mandaos
Después de mi siesta de viernes me puse a dar vueltas por mi casa totalmente desorientada, planteándome qué podía hacer con las horas que le quedaban a mi tarde. Me hice un café (descafeinado) y me lo tomé frente al portátil. Al final decidí salir a por lo básico: comprar una alcachofa de ducha y pasarme por el Carrefour a rellenar la nevera. Y me dije: "voy a hacer unos mandaos", que es una expresión que aquí en Cádiz se usa mucho.
Salí a la Viña encendida y ruidosa. Buscar una alcachofa de ducha. ¿Dónde compra uno una alcachofa de ducha? ¿Hay tiendas para eso? ¿Tendrán en un chino? Paseé sin rumbo por las callejuelas bulliciosas hasta encontrar una tienda de electrodomésticos donde me redirigieron a una fontanería. Entonces me entró el frenesí comprador de maruja de barrio y adquirí, por este orden: la alcachofa de ducha, un taco de fichas para anotar ideas para escribir, un flexo para la cama y una plancha rosa.
[Inciso: fragmento de mi conversación con el vendedor de planchas.
Yo: quería una plancha.
Vendedor: ¿De cocina o de planchar?
Yo: de planchar.
Vendedor: pues tenemos ésta, que sale por veinticinco euros, y esta q...
Yo: ¡quiero la rosa!
Vendedor: es una buena opción, pero también tenemos esta de aq...
Yo: ¡¡¡la rosa!! ¿Qué parte de "la rosa" no ha entendido?
Fin del inciso.]
Yo no soy muy de tiendas de barrio; lo compro todo en el Carrefour y no me conflictúo. Pero cuando venzo la pereza y me animo a ir, me gustan las tiendas especializadas en cosas. Me encanta sumergirme en esos pequeños universos regentados por personas que lo saben todo de, por ejemplo, lámparas, o artículos de baño, o lanas de colores. Dan cierta tranquilidad de que está todo controlado. Siempre me entran ganas de hacerles la misma pregunta: ¿le gusta su trabajo? Una vez se lo pregunté a la dependienta de una papelería especializada en Bellas Artes de Málaga, porque pensé que sería genial currar en un sitio tan lleno de colores y posibilidades. La chica me miró un poco extrañada y luego sonrió como si me estuviera contando un secreto, "la verdad es que sí".
Por último, entré en una tienda de congelados. Observé a la tendera mientras me servía un par de rodajas de salmón y un cuarto de gambas peladas. Pensé que el sitio tenía cierto aire de morgue, con todos aquellos alimentos helados y fríos, y concluí que no era muy posible que a la chica le gustara su trabajo. Creo que trabajar allí tiene que configurar de alguna manera tu cabeza. Seguro que esta chica después llegaba a casa y su novio le decía: "cari, qué antipática estás hoy", y ella le miraba con los ojos compungidos, incapaz de derretir su corazón congelado después de un día de frío.
Y me despido por hoy, que estoy cansada de escalar. Por cierto, esto de postear cada dos días al menos me hará practicar más a menudo con la escritura en pasado. Yuju.
lunes, 6 de febrero de 2012
Qué fácil es estar contenta un lunes cuando se tiene saliente y puedes dormir hasta que te duela
domingo, 29 de enero de 2012
Fluyeeeeendo
sábado, 22 de octubre de 2011
Turismo

martes, 14 de junio de 2011
Mala suerte y voluntad -- TMC3

miércoles, 27 de abril de 2011
Transportada
domingo, 6 de marzo de 2011
Carnaval, carnaval
lunes, 15 de noviembre de 2010
Seis meses

Llegué aquí el 15 de mayo, así que hoy ya ha pasado una octava parte de mi residencia. Es una barbaridad, si tenemos en cuenta lo corto que se me ha hecho. Ya llevo seis meses trabajando, seis meses viviendo sola, seis meses en Cádiz... No sé. Es raro. Tres meses más y será un curso escolar y, sin embargo, a mí me parece que acabo de llegar.
martes, 2 de noviembre de 2010
Viajando
Es lunes por la noche y voy camino de la estación para coger el autobús dirección Cádiz. Hay pocas cosas que me depriman más que los regresos en autobús los domingos por la noche (cámbiese domingo por lunes festivo), y si no me harté de viajes cuando estudiaba en Granada ahora me voy a Cádiz, que está a más del doble de distancia.
Mi padre conduce como si le fuera la vida en ello o como si tuviera que apagar un incendio. “Esta parte de Málaga me deprime”, me dice mientras maniobra entre los socavones de las obras del metro. Es verdad. Las luces de neón de las cafeterías brillan detrás del pavimento levantado, y parece como si viviéramos en un mundo post-apocalíptico y decadente.
Llego a la estación, agarro mi maleta, yergo la cabeza y me voy hacia el autobús. Soy una adulta, pienso. El viernes estuve con unos compañeros de colegio tomando una tapa, y en un momento, mientras recordábamos historias de cuando éramos pequeños, uno de ellos dijo “qué niños éramos... y qué niños somos. Seguimos siendo niños, niños que pagan facturas”.
Me pregunto si hay un momento en el que una se mira al espejo y dice “coño, una mujer”. A mí todavía no me pasa. Me miro y no me veo muy distinta a cuando tenía quince, dieciséis, diecisiete años. Me creo que si me pusiera unos vaqueros anchos, una sudadera y unas zapatillas podría pasar por una de las que van al instituto que hay junto a mi casa. Cuando lo cierto es que ya a veces la gente me llama de usted, y no sólo los pacientes.
Espero a que llegue el conductor del autobús en el andén, apoyada en la máquina de agua mineral. Todo sigue brillando con una luz que me resulta siniestra, supongo que por no haberme acostumbrado todavía al cambio de hora. A mi lado pasan los estudiantes que van hacia Granada. Los andenes contienen la posibilidad del lugar a donde viajan. Ahora mismo nada me diferencia de las personas que van a otra ciudad, pero en realidad, puesto que el viaje es un trámite, es como si un abismo separara a los que esperan en el andén 24 de los que estamos en el 19. Envidio un poco a los estudiantes. Para empezar, porque su viaje dura la mitad que el mío. Para continuar, porque recuerdo la alegría privada y absurda que me invadía cuando veía aparecer Granada, posada tranquila a los pies de la Sierra.
Luego me subo al autobús y me coloco junto a una ventanilla. Miro hacia fuera, pero en realidad estoy observando mi reflejo. Veo cómo mi pecho se levanta y baja mientras respiro, y es como si fuera otra persona la que respirara, como si no reconociera la piel blanca que se mueve sobre mis músculos.
Las dos primeras horas me las paso viendo series en el mac. Después paramos en Algeciras, bajo, estiro las piernas, subo y enfilamos hacia Jerez, cruzando la sierra de los Alcornocales. En ese momento, mientras cruzas el parque natural vacío de pueblos, es cuando te parece que te alejas del mundo, que en lugar de ir a otra ciudad viajas a un territorio perdido y lejano.
La sensación de alejarse despacio es terapéutica. Ha sido un fin de semana turbulento en algunos aspectos, y volver es raro siempre, no importa la de veces que te vayas. Mientras me deslizo hacia la esquina del mapa que es Cádiz es como si sintiera alrededor el aire cada vez más limpio. Sé que es una ilusión, que en unos años Cádiz estará igual de lleno de recuerdos que todo lo demás. Ensuciar las ciudades de pasado es cuestión de tiempo. Pero ahora me gusta viajar hasta allí, parar en San Fernando y después cruzar el puente entre el océano y la bahía, seguir recto por la Avenida y llegar a Cádiz antiguo, que es como una ciudadela rodeada de mar, casi como un barco enorme. Cuando llegas allí, te bajas porque el autobús se ha quedado sin tierra que recorrer, y eso te da una reconfortante sensación de objetivo cumplido, de posibilidades agotadas.
Y cojo un taxi, llego a mi casa, la saludo, la ventilo, me lavo los dientes, paso tres pueblos de deshacer la maleta, me meto en la cama. Otro regreso. Mi vida corriendo a la misma velocidad que las ruedas del bus sobre la carretera. Y recuerdo una frase de nosequién (¿Monterroso?). Qué absurdos recipientes de tristeza somos todos.
lunes, 26 de julio de 2010
Personajes de Cádiz, I: Vieja Loca
martes, 13 de julio de 2010
La rutina, mi tía y la silla caletera

Hoy me he comprado una silla de playa, una de estas bajitas de lona a rayas. En Cádiz casi todo el mundo tiene silla. Imagino que es porque cuando salta el levante y te tumbas en la toalla no haces más que comer arena; en la silla, sin embargo, sólo te da el viento, y puedes mantener una dignidad razonable mientras comentas con tu vecina que hay que ver el levante que lo de detrás lo pone delante.
El caso es que después de darle vueltas durante dos meses a si era excesivamente marujil-viñero lo de la silla, me he liado la manta a la cabeza y me he comprado una a rayas rojas y naranjas. La he sacado del plástico al llegar a mi casa y la he colocado en el centro del salón para probarla. Lo bien que voy a estar yo en la Caleta por las tardes en mi silla naranja con un libro en las rodillas, he pensado al sentarme. Se me van a poner hombros caleteros, que son los hombros siempre rojizos porque es donde te da el sol de media tarde. Después me he tumbado en el sofá a leer, luego he estado hablando por teléfono con MQEN y, por último, he abierto el Open Office para intentar escribir algo.
Últimamente tengo averiado el chip de la ficción. Que no es que lo haya tenido yo nunca súper activo, que soy más una escritora realista (prosa de la experiencia, que diría García Montero). Pero en mis tiempos era capaz de escribir algún que otro cuento, no como ahora, más concretamente desde que me puse con el PIR, que no me sale nada que no sea mi vida. Que es bastante estupenda, cierto, pero no deja de ser unidimensional, y para contar la única vida que me ha tocado vivir sobre la tierra, pues escribo un diario.
Y yo hoy estaba empeñada en escribir ficción, pero no me salía. Tampoco se pueden escribir cuentos con prisas, la verdad. Me puede la impaciencia. Así que me he sentado en mi silla de playa a ver si se me ocurría algo. Oye, en la gloria se estaba ahí, con el balcón abierto y el vientecito de poniente, que me traía el olor del mar y de la hierbabuena que compré el otro día en la Plaza de las Flores. Y me he acordado de mi tía Maripaz, la de Madrid, que lleva treinta años pasándose las noches de verano en la terraza de su piso de Torre del Mar, jugando a las cartas, comiendo pipas, charlando y mirando pasar a la gente.
Me pregunto cómo es la vida cuando se compone de esas rutinas tan prolongadas. Que hoy en día se nos está yendo un poco la pinza con la ausencia de rutina y parece que vivimos vidas revueltas, sacudidas, como si tuviéramos miedo de quedarnos quietos mientras el mundo se agita y se expande a nuestro alrededor. Me pregunto si la rutina es una vida limitada o si esconde la profundidad del espacio que proporciona, del amplio margen para el ensayo de los gestos, las conversaciones; de colocarle al tiempo unos límites tan amplios que te parezca que no pasa. Me acuerdo de las noches de verano mirando por la ventana y esperando a que pasara el camión de la basura y, mucho más tarde, a que llegaran mis primos de estar de marcha en el Copo.
Sigo filosofando sentada en mi silla de playa, en mitad de mi mini-salón. Pienso en mi tía y en las cantidades industriales de amor que tengo para ella. Me llama casi todos los días y me pregunta cómo me va y qué me he hecho de comer o de cenar. Luego yo le pregunto a ella: ¿tú qué vas a poner? No qué has hecho, no, sino qué vas a poner, que es una construcción mucho más bonita. Y me explica sus platos perfeccionados a lo largo de años y años de ser ama de casa. Voy a poner lentejas, pero el chorizo lo cuezo aparte, porque así le quito la grasa y engordan menos. ¿Y tú qué lentejas pones? Yo las chiquititas. Yo también, a mí me gustan más. Sí, quedan más tiernas y se deshacen menos.
Al final me levanto y me digo: bah, Marina. Escribe cualquier cosa. Cualquier mierda, actualiza, para eso tienes el blog, para actualizar con chorradas y mantenerte activa. Empieza por la silla de playa. Y me encuentro con que me conmueve pensar en mi tía de Madrid, que ahora no puede estar de pie porque tiene una hernia en la columna y le duelen las piernas, pero que al menos puede seguir sentándose en la terraza en las noches de verano, incluso aunque ya sus hijos no vuelvan tarde del Copo.
Y pienso que no es ficción, vale, pero menos da una piedra.


