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domingo, 16 de febrero de 2020

Nostalgia de Cádiz



Estas navidades fui con mi amiga Elsa a un bar gaditano que hay en Málaga, Er Pichi de Cai.

Nos sentamos en una mesa baja del local, diminuto y tapizado con pósters del Cádiz y de los carnavales. Me acordé de cuando llegué allí por primera vez y Erika me dijo «en otras ciudades, los niños son del Madrid o del Barça, pero aquí son todos del Cádiz».

Pedimos chicharrones, atún encebollado, papas aliñás y no recuerdo qué más, y a mí me empezó a entrar una nostalgia mala de Cádiz que todavía me dura.

Ayer me apretó aún más. Mi madre me preguntó por un psiquiatra para un amigo de allí y le escribí un whatsapp al MIR para preguntarle si tiene consulta propia. Llevamos casi cinco años sin vernos, si no lo he contado mal. Cádiz está lejos de todo en general, de Granada en particular y más aún si tienes en cuenta que con un bebé tienes que multiplicar los kilómetros por siete, como los años de perro.

No extraño solo la ciudad, sino todo el área. La geografía dispersa y confusa de la capital, Puerto Real, San Fernando, Chiclana, con todas las masas de agua y las marismas y los puentes que te desorientan hasta volverte tan loco como el viento.

No creo que pudiera volver a vivir allí ahora, y eso es lo que hace que me duela la tripa de nostalgia si lo pienso demasiado. Eso y el hecho de que mi vida allí fue algo muy concreto: la residencia, unos años limitados siguiendo el recorrido del plan de estudios, donde estaba previsto con quién trabajaría y a dónde iría cada mes de los siguientes cuatro años.

Mientras estás dentro del sistema PIR, esa es tu vida. Son tus compañeros, tus amigos, tus rutinas, y te parece mentira que vayan a cambiar algún día. Pero lo hacen, y ese mismo sistema te expulsa con la violencia de la piel echando fuera un cuerpo extraño.

La última vez que volví fue para la despedida de María, una compañera que entró durante mi tercer año de residencia. No conocía a los nuevos MIRes y PIRes; no solo eso, sino que había olvidado el nombre de algunos con los que había coincidido poquísimo tiempo allí. Ahora aquella gente desconocida ocupaba mi despacho en el Equipo de Salud Mental de la calle Escalzo; se reía con los chistes de Sebastián en las reuniones matutinas de la URA del Puerto de Santa María; aspiraba el olor reconcentrado a café y a sudor que hay en la unidad de agudos de Puerto Real.

Me pareció casi de mala educación. Hay otra gente en mi piso pequeño y precioso de Portería de Capuchinos, y otros nadan en mi calle favorita de la piscina municipal o escalan en el roco que yo ayudé a construir. De mí allí ya no queda nada.

Así que es una nostalgia multidimensional y rotunda. De lo que fue y no va a volver nunca. De no poder volver. De que mi presencia en sus calles luminosas se haya evaporado como la humedad en los calurosos días de levante.

Qué triste es vivir si uno lo piensa demasiado.

lunes, 2 de septiembre de 2013

Back home

A menudo, cuando no sé qué escribir, comienzo describiendo dónde estoy o lo que tengo enfrente. Ahora mismo, por ejemplo, estoy sentada en la mesa del salón de mi nuevo y temporal hogar en Cádiz. Bebo cacao vegano, resisto las ganas de levantarme a apagar la luz de la cocina y observo con el rabillo del ojo a Pablo, que lee a Paul Auster sentado en el sofá.

Este momento es una buena metáfora. Porque antes mis ratos de escritura sólo nos comprendían a mí y a la escritura. Todo lo que había frente a mis ojos era un espacio vacío, y en ese espacio las palabras resonaban y encontraban su camino hasta mis dedos. Ahora en ese espacio, justo en la esquina de mi campo visual, está Pablo, y eso no es ni mejor ni peor; es. Y digo que es una metáfora porque es exactamente lo que ha pasado en mi vida: no se trata (solo) de tener a alguien a quien abrazar y querer y achuchar y atormentar con mis monólogos. Se trata de que él está al costado de mi mente, en la esquina de mi campo visual, y esa es la nueva forma que elijo de vivir mi vida.

Sé que he abandonado esto bastante tiempo, pero ha llegado septiembre y el abandono terminó: volvemos al ring con más furia que nunca. Estos últimos meses han sido difíciles, en el sentido de que no conseguía encontrar mi lugar sobre la Tierra. Madrid me tenía apartada de mi órbita y luchando por recuperar el centro, y la perspectiva de que Pablo se marchara durante vete a saber cuánto tiempo a miles de kilómetros de distancia me encadenaba voluntaria a sus huesitos. Ahora Pablo se queda, y llega el otoño, y volvemos al cole en las frescas mañanas de fin del verano, así que ha llegado el momento de retomar los proyectos como quien empieza una colección por fascículos: con la convicción de que esta vez seguiremos hasta el final.

Ayer llegamos a Cádiz a eso de las cinco, porque habíamos salido temprano de Málaga para eludir el sol de la tarde en los ojos. Colocamos las cosas, echamos una siesta rápida acucharados en la cama y nos fuimos a la playa. Soplaba un levante discreto. Ya está, pensaba yo; ahora Pablo conoce el levante, se da cuenta de lo que es Cádiz de verdad y de lo que soy yo de verdad, y se va. De vuelta a Buenos Aires, después a San Francisco, después a Honolulu, o al punto de la tierra más lejano a mí que encuentre.

Él, por su parte, arrima un poco a la mía su silla de playa y me dice que el viento le gusta. Que le parece agradable el airecito.

Nos giramos de espaldas al mar, para que la luz no le haga polvo los ojos claros, y charlamos arrejuntados toda la tarde. Cuando queda poco para que el sol se ponga, nos damos la vuelta y nos ponemos la ropa sobre los bañadores, porque empieza a refrescar. Yo me enrollo en mi toalla seca y observamos cómo el movimiento del sol hacia el horizonte se nota a ojos vista. Detrás de nosotros, una señora mayor canta a voces: "al sol le llaman Lorenzo, y a la Luna, Catalina". "Welcome to Andalucía", se dice a sí mismo Pablo, y yo me río. "La he contratado yo, para que anime el espectáculo".

El sol baja despacio. "Still there, still there, still there", repetimos nosotros, imitando a Jesse y Céline en Before Midnight, que vimos hace ya un par de meses en un cine de Madrid. La señora cantora exclama: "está el sol hoy redondito, redondito, como una teta mía panza arriba", y nosotros nos reímos, mientras me doy cuenta de que cualquier cosa que cuente de Cádiz no podrá ser nunca una exageración. "Still there, still there, and... it's gone". Los últimos restos se zambullen como una carpa de luz sobre el agua. Nosotros recogemos las sillas y nos vamos a casa.

Hoy hemos pasado la tarde en el centro, haciendo mandaos, lo que antes consistía en mí yendo entusiasmada de un lado a otro y ahora es lo mismo, pero con Pablo de mi mano mirándome con una mezcla entre "eres una maruja y yo esta parte de ti la desconocía" y "pero te quiero. Creo". Yo estoy TAN feliz de estar de vuelta. Madrid me aberró TANTO los últimos meses, que cuando empujo sin querer a una señora y ella me sonríe, y cuando la del Zara Home me aconseja que no compre las sábanas hoy, que mañana vienen más baratas, y cuando el tendero les da una vuelta cuidadosa a los huevos en la caja para comprobar que no están rotos, se me escapa la sonrisa de los labios.

Estoy de vuelta en muchos sentidos. Estoy en casa en muchos, muchos sentidos. Ya es hora, dice Vetusta. Ya es hora de replegar las alas rumbo a casa. Casa es muchas cosas. Es Cádiz ahora, pero sólo por lo que Cádiz significa y porque aquí puedo, por fin, escuchar mis pensamientos. Soy yo aquí sentada, escribiendo de nuevo y comprobando que cabe otra persona en el extremo de mi campo visual. Y Casa es Pablo. Ahora mismo, sobre todo, casa es Pablo, y Pablo está en casa.

miércoles, 2 de enero de 2013

Año nuevo


A veces pienso que en fin de año se sale a muerte sólo para que el día uno se queden las calles vacías, y que con ese decorado de persianas bajadas y carreteras desiertas podamos creernos que empezamos una etapa verdaderamente limpia, verdaderamente nueva.

Desde que decidí que me voy a Colorado en mayo (más detalles próximamente), mi mente está en modo sacar dinero de debajo de las piedras, así que ayer no se me ocurrió otra cosa que apuntarme a la guardia de hoy. El festivo lo pagan doble y no tenía ningún problema en no ir de fiesta el 31. Así que esta mañana salí de casa a las nueve y media con la mochila, el portátil y la nariz enterrada debajo de la bufanda. Me crucé con un grupo de adolescentes borrachos de camino a la furgo. Me dolía un poco la cabeza del cava de ayer, pero estaba contenta: empezar el año madrugando me da buen rollo.

De camino al hospital iba escuchando Vetusta Morla en la furgo: Año Nuevo. Yo es que la música la contextualizo. No había visto nunca tan vacías las carreteras de la Bahía, y el cielo sobre las marismas estaba a medias azul y a medias de un gris algodonoso y empapado. Dentro de una semana ya no estaré aquí, y mientras canturreaba Vetusta y frotaba los dedos en mi ambientador de azahar y naranja pensaba que es como si me hubieran dejado a solas con Cádiz para despedirme.

La guardia transcurre tranquila. Razonablemente tranquila en escala Salud Mental, quiero decir: hemos tenido nuestros intentos de suicidio y nuestras cuatro cosas. Pero estoy con Pilar, mi psiquiatra favorita, y nos reímos de chorradas mientras remojamos en mayonesa la tortilla del comedor para hacerla comestible. "¿Os vais a olvidar de mí cuando esté en Madrid?", le pregunto, haciendo morritos, mientras me termino el arroz con leche. "Qué va, mujer. Nos vas a dar envidia".

A mí ocho meses se me hacen largos, eternos, mientras pienso en todas las cosas que van a pasar aquí sin que yo no esté. No creo que vaya a cambiar nada fundamental. El menú de los sábados en el hospital seguirá siendo chuletas con fideuá. En el roco se seguirá entrenando con Fuel Fandango o con el ska horrible del Mallorquín. Llegarán los carnavales y pasarán; llegará la semana santa y pasará; llegará la primavera y la gente empezará a conquistar las playas a golpe de silla caletera, y después el verano con su mezcla entre invasión y éxodo. Y a todo esto yo fuera, sin poder asistir un año más a todos esos pequeños grandes eventos desde mi primera fila de gaditana conversa.

Un año más. Un año menos que dolerse de esta herida y de esta luz, dice Vetusta, y eso pienso mientras conduzco. Esta herida y esta luz. Así me siento esta mañana del 1 de enero de 2013, en mi vigésimo octavo año de viaje sobre este bonito planeta. Con una herida cada vez más honda y, al mismo tiempo, una luz cada vez más intensa.

Iba a escribir la versión de este año de los doce momentos, pero ayer se me echó el tiempo encima y hoy ya como que no pega. Algo dentro de mí se rebela. A lo mejor es una tontería, como dice Centinel, celebrar algo tan irremediable como que el planeta dé otra vuelta alrededor del sol. Pero, sea como sea, una parte de mí ha pasado página y no quiere mirar atrás. Está ocupada explorando las carreteras vacías y limpias del año nuevo. Y, sobre todo, está demasiado entusiasmada ante el futuro como para andar dando vueltas a lo que no va a regresar nunca.

domingo, 2 de diciembre de 2012

Madrid, subir de grado y las nostalgias futuras

Queridos:

Dentro de un mes y cinco días estaré viviendo en Madrid. La idea me aberra y me atrae a partes iguales. Me gustaría poder hacer las dos cosas a la vez: permanecer en mi Cádiz, con mi gente, mis marismas, mi roco y mis cuatro cosas, y a la vez conocer Madrid, más gente, más rocos, más cosas. Barajo la posibilidad de volverme en mayo, después de la primera rotación, porque la primavera gaditana es excesivamente hermosa. Vaya ánimos llevo, por otra parte, si lo primero en lo que estoy pensando antes de irme es en volver antes de tiempo.

Cuando le digo a mi madre lo bien que estoy en Cádiz, ella insiste en que en Granada también estaba bien, y en que yo estoy bien en todos lados. Creo que es una forma sutil de pedirme por favor que no me vaya a quedar aquí para siempre. Pero qué va: Granada estaba bien porque me gustaba y porque lo pasé muy bien cuando vivía allí, pero hoy por hoy Cádiz es mi hogar. Quiero decir, que yo vivo aquí. No es que mi gente de aquí sea mejor que cualquier otra gente a la que haya querido a lo largo de mi vida. Es que son mi gente de ahora. Los compis del curro, mi admirado R mayor, el MIR, las recientes adquisiciones huelguísticas que ahora se conocen con el nombre de los Patos. La Roquipandi, mi psiquiatra Pilar, mi querido Anxo. Mis pacientitos.

Todo eso sumado a lo mucho que me gustan mi vida, mi piso, mi furgo y mi Isla, a la ilusión absurda con que me levanto cada mañana sin contar estos últimos catorce días de infierno huelguístico. Sumado a mis proyectos presentes y futuros, al roco por las tardes, la bici por las marismas, los miércoles en Vejer, mis obesos de endocrino, los paseos por la playa y la búsqueda no culminada del desayuno callejero definitivo.

Aun así, me voy a Madrid. Porque hay que seguir ensanchándose. Pero no puedo evitar pensar que soy idiota si cada vez que me siento feliz y segura en una situación de mi vida me apaño para cambiarla.

Hoy he encadenado mi tercer 6b (el grado más difícil en escalada que he hecho hasta ahora, pero que no deja de ser bastante asequible, que conste). Venía pensando en que creo que subir de grado es un cambio de mentalidad. Cuando empiezas a escalar no quieres más que agarres buenos. Quieres meter la mano hasta el fondo en el canto que te da seguridad y apoyar los pies en una repisa. Creo que yo seguiré subiendo de grado si acepto que para ello tendré que escalar apoyándome en mierda pura, confiar en que las regletas les servirán a mis dedos y en que los pies de gato se apoyarán en muescas minúsculas.

Como siempre, me empeño en seguir aplicando a la vida las lecciones de la escalada. Escalar no es más que renunciar una y otra vez a la seguridad de quedarse quieto. Alcanzas cierto confort, tu cuerpo grita desesperadamente por permanecer ahí, y tu mente tiene que obligarle a moverse. Ahora quiero vivir más grado. Y creo que sólo lo lograré si supero el miedo y aprendo de una vez que hacerse fuerte consiste en necesitar cada vez menos apoyo para seguir subiendo.

jueves, 25 de octubre de 2012

Libertad y decisiones (I)

Cuando terminé tercero de carrera estuve a punto de volverme a Málaga por motivos económicos. De hecho, llegué a pedir el traslado de expediente. Cambié de idea en el calentón de una bronca familiar y me fui a Granada de una forma un poco loca. Empecé a trabajar en la maldita-maldita beca, mi madre tuvo el detalle de ayudarme con el dinero mientras me la pagaban y conseguí subsistir. Era una subsistencia precaria en la que tenía que valorar seriamente relación coste-beneficio de incluir proteínas en mi dieta, pero no estaba mal.

Más adelante, mientras reflexionaba sobre las consecuencias de esa decisión, pensé que había sido una decisión correcta por motivos equivocados. La decisión la tomé de un día para otro en mitad de una bronca, pero los resultados fueron muy buenos. Los dos últimos años en Granada aprendí mucho, trabajé y disfruté de la ciudad. Sobre todo, completé una etapa de mi vida y no la dejé a medias. Ahora echo la vista atrás y se me ponen los pelos como escarpias de pensar en haberme vuelto a Málaga. Seguramente estaría casada con J., embarazada y cubierta de mechas rubias. No me preguntéis por qué, pero creo que mi karma universal habría ido en esa dirección.

Luego decidí hacer el PIR en Cádiz. Recuerdo la primera vez que se me pasó la idea por la cabeza. Estaba todavía en Granada, en los exámenes finales de quinto, y pensando en hacer el PIR me imaginé en Cádiz: rodeada de palmeras, viento y olor a mar. No sé por qué lo de las palmeras; aquí tampoco hay tantas. Sobre todo, podía imaginarme el viento y la sensación de ciudad de vacaciones en invierno. Sentí una extraña tristeza anticipada y pensé que quizá no era una buena elección.

Mientras estudiaba en Málaga aún no tenía claro a qué ciudad me iría, pero sabía positivamente que iba a largarme de allí. Todavía ahora me es difícil explicar mi decisión. No es que no aguante a mi familia. No son perfectos, pero no están mal, en Málaga también me habría ido de casa el primer mes. Tampoco es que aquello no me guste; se vive bien, hay mucha gente a la que quiero y tiene zonas de escalada dentro de la ciudad (por otra parte, a lo mejor si me hubiera quedado allí nunca habría empezado a escalar). Pero desde el primer día que puse mi culo en el asiento de la biblioteca para estudiar el PIR lo dejé bien claro: en Málaga no me quedo Ni De Coña.

Fue difícil mantener mi decisión. J. estaba allí, mis padres estaban allí y alguno presionó sutilmente para que me quedara. Bueno, corrijo. Mantener mi decisión no fue nada difícil, en el sentido de que no dudé ni por un microsegundo que me iba a ir de Málaga. Lo difícil fue convivir con las consecuencias de mi decisión en las personas a las que quería. Todavía hoy, dos años y medio después, sigo sintiendo que haber elegido esto es como decir a todo aquello que no lo quiero. Que no me interesa. Todavía me siento mal cuando asomo la cabeza por allí apenas tres veces al año.

Hoy, mientras fregaba los platos, pensaba que fue una decisión estupenda. Cádiz es lo mejor que me ha pasado en... no sé, quizá en la vida. A lo mejor no es Cádiz. Quizá sea el trabajo, los amigos y la escalada. Pero hoy iba conduciendo desde la Isla y he visto una puesta de sol brutal, en serio, brutal: sobre mi cabeza llovían las nubes grises y algodonosas, pero a mi izquierda se abría un claro por el que se veía esconderse el sol, y la luz era amarilla y sepia, como en las fotos antiguas. He bajado la ventanilla y giraba la cabeza intentando no morir mientras conducía, y he pensado que bueno, que igual son las circunstancias, pero que Cádiz tiene algo.

Pensaba en mi decisión, y en que no sé si también fue una decisión correcta por motivos equivocados. Mis motivos para venir a Cádiz fueron inexistentes. ¿Por qué Cádiz?, me preguntaba todo el mundo. Pues porque sí, no sé. La plaza no es especialmente buena. La ciudad está a tomar por culo de todo. No hay casi de nada. Ángel, un lector de Seattle con el que he quedado el sábado para hablar por Skype, me dijo que si no tenía ADSL en mi casa me fuera a un Starbucks. Ja. Un Starbucks en la Isla, bicho. ¿Te imaginas? Si os soy cien por cien sincera, yo tenía una idea de Cádiz en mi cabeza. Me imaginaba rodeada de gente así hippy, durmiendo en las playas vírgenes, saliendo al campo y tomando el sol. Me imaginaba feliz aquí. Y, por una serie de circunstancias, todo eso se ha cumplido con creces. He dormido en las playas y en los bosques, me he rodeado de gente estupenda y Todo Va Bien.

La cosa es que querría saber qué me hizo tomar esa decisión, para seguir tomando decisiones buenas en ésta mi vida.

(El post sigue, pero lo voy a dejar aquí porque se está haciendo infernalmente largo y una tiene que dormir. Mañana seguimos)


lunes, 24 de septiembre de 2012

La marisma me dejó...


Acabo de recibir un correo de Omar Janaan, un dibujante malagueño con muy poco interés por vender sus viñetas. Desde el cariño lo digo. Porque ya hace varios meses que le escribí mostrándole mi entusiasmo imperecedero por una de sus láminas y pidiéndole que me la vendiera y enviara, por ese orden, y hasta hoy nada. La lámina en sí representaba (creo que ya os lo conté) un muro detrás de un montón de personas grises y tristes, abrumadas por la vida cotidiana. Subido al muro había un chico muy sonriente que observaba un sol brillante al otro lado. Me gustó un montón. Sentí que, en este momento concreto de mi vida, yo soy ese chico: escalando los muros de forma literal y buscando el sol que brilla.

El caso es que esta semana la he convertido oficialmente en mi semana de balneario mental. Lo que quiere decir que priorizaré el descanso, el sueño y el ejercicio suave y placentero. ¡Basta de autoexigencia! ¡Al carajo todo! (Todo esto dicho con tono de "para las manchas, ¡una solución quiero!"). Necesito mucho dormir más. Necesito manejar mi estrés personal, profesional, emocional, familiar, artístico y cutáneo, en lugar de esconderlo bajo capas de energía superpositiva. Sobre todo, necesito dormir más (¿lo he dicho ya?). Llevo meses necesitando dormir.

En el contexto de mi enésimo plan de mejora personal, implementado para reducir el aburrimiento del celibato, he rescatado mi bicicleta de la casa de mi tía: un híbrido campo-ciudad del Decathlón muy cómoda, muy sólida y con guardabarros. "Los guardabarros son muy importantes", me decía J. Ya ves tú; como si viviéramos en Holanda o como si yo tuviera la mínima intención de coger la bici o de hacer algo en cuanto llueve un poco. No way. Pero mi bici es preciosa y le tengo mucho cariño. De hecho, si lo piensas bien, mi bici fue el paso uno en ser la Marina que soy. En tercero de carrera iba a vivir con una chica que estudiaba Bellas Artes, tenía una gata, iba a todos lados en bicicleta y era atlética, fuerte y estilosa. Quedamos un día en la plaza de Mariana Pineda y la vi acercarse rauda y veloz con su bicicleta, unas preciosas sandalias camper negras y su tatuaje de un pez en el empeine del pie. Pensé: jo, quiero ser como ella. Con bicis, gatos y tatuajes.

Al año siguiente me compré una bicicleta. La antigua Marina era una niña miedosa y precavida que se pasó semanas estudiando la dirección, inclinación y seguridad de todas las calles de Granada para saber por dónde podía ir en bici a los sitios. La antigua Marina era una absurda. Aun así, me apañé para coger bastante la bicicleta aquel año. De entonces me recuerda Silvia llegando a la danza del vientre, toda mona y hippy, y amarrando la bicicleta en la baranda del Genil.

Desde entonces, la pobre bici es un querer y no poder. Lleva un montón de años siendo usada de higos a higos. Me la llevé a Villa Dramática y la utilicé literalmente una vez. Después la arrumbé en casa de mi tía y hasta ayer. Es que a mí montar en bici, en el fondo, me da miedo. Por mi torpeza. No se me dan bien los deportes en los que hay que manipular objetos. Me da miedo pegármela subiendo un bordillo, o perder el equilibrio, desviarme y estamparme contra un coche.

Pero hoy mi vida ha cambiado. Porque hoy he descubierto que a cinco minutos literales del Zulo Autolimpiable está el entorno natural bicicletísticamente más perfecto que puede existir, a saber:

Las marismas.

Cádiz: no es para agorafóbicos.

Las marismas lo tienen todo. Un silencio tranquilo aliñado con el vientecito de poniente. Planicie absoluta: nada de "a la ida cuesta abajo - qué bien; a la vuelta cuesta arriba - qué mierda", o viceversa. Nonono: uniformidad relajante. Pocos viandantes. Kilómetros y kilómetros de camino que va dando vueltas entre los charquitos de agua salada de manera misteriosa y casi onírica. Empiezas a pedalear y punto; no tienes que pensar ni decidir ni nada. Sigues el caminito como Dorothy la del mago de Oz hasta que sientes que se te han acabado la mitad de las fuerzas; entonces te vuelves. 

La belleza era muy loca incluso para Cádiz. A mis espaldas, los edificios desaliñados de La Isla recortados contra un cielo ardiendo; frente a mí, los turquesas desvaídos y mezclados con violeta de la noche de otoño. En medio, la luna. Y yo, toda pequeña y contenta, pensando en que, como para el hombrecito de la viñeta, la parte linda de la vida está en general mucho más cerca de lo que pensamos. Poco antes de llegar al final, me he sentado en un banco de madera a mirar la luna y comer pastelitos de boniato. Es que me he comprado un libro sobre el boniato (verídico) y estoy probando recetas. Los pastelitos de boniato son como torrijas sin gluten y están exquisitos. He tenido un momento muy zen mirando la luna sobre las marismas. Luego, lo confieso, he sacado el móvil y he mirado el correo.




Mientras pedaleaba he tenido una idea sorprendente incluso para mí misma. Pero no os la puedo contar hasta que vea que es factible. Es una idea sólo parcialmente loca, pero puede ir bien. 

Y bueno, este post es literariamente un desastre. Nada más que ir poniendo frases una detrás de otra; ninguna idea impactante, nada de finales redondos ni de llevar el relato a un punto donde convergieran la bici, la luna, los pastelitos de boniato y un exquisito maromo moreno. Pero bueno: así es la vida. Ir en bicicleta para bajar el colesterol o para que te ruede el coco hacia la inspiración. No hay tanta diferencia.

Buenas noches, ciruelitos. Encontrad el muro que os separa del sol y escaladlo con valentía y con fuerza. Como si fuerais capaces de hacer un montón de dominadas. Como si no hubiera un mañana, ni ahora ni nunca.

martes, 12 de junio de 2012

Largo domingo de verano

Es domingo, son las ocho de la mañana y ya me he aburrido de dormir, así que después de obligarme un rato a permanecer horizontal dentro de la Dobloneta, decido que al carajo todo y que voy a levantarme. Guille está frito a mi lado, y Pablo e Irene también van a tardar en amanecer dentro de su Vito, así que decido vestirme e ir a tomar un café y dar un paseo, por ese orden.

El café me lo ponen en la venta de al lado, que a pesar de la hora ya está dando de desayunar a abuelitos madrugadores. Hay una terraza con mesas de piedra que da al monte y a la duna de Bolonia, y ahí que me siento con un café supercaliente tamaño barreño y una manzana. El sol sale desde detrás del cerro de San Bartolo, y la bruma alrededor de la montaña no tiene claro aún cuánta luz le va a dejar al día.

Le pregunto al camarero cuánto tardo en llegar a la playa de Bolonia andando. En mi mente hippy matutina me doy un paseo hasta allí y me baño en bolas en el Atlántico. O bueno, con bikini, lo mismo da, pero un baño matutino y helado ahora mismo no me sobraría nada. El notas me dice que a cuatro kilómetros, pero que por un caminito lateral se llega a otra playa más cercana y bonita. Visualizo playas vírgenes en mi cerebro y a mí correteando por ellas como Brooke Shields en la peli esa en la que se tiraba a su hermano. El camino no tiene pérdida, me dice el señor.

Echo a andar. Tengo un amigo que dice que él con calcetines podría irse a Laponia, porque todo el frío se le concentra en los pies. Yo es echar a andar y podría llegar a Laponia también, porque me encanta andar y esa certeza de que si te mantienes en movimiento el tiempo suficiente puedes llegar a cualquier parte.

La carretera recorre despacio las colinas amarillas. Me gusta tanto este paisaje, su sólido empeño en permanecer vivo a pesar del levante, de los meses sin agua y del salitre del mar. Veo la playa a lo lejos y las casitas salpicando el monte. A ratos me cruzo con algunas vacas marrones que han empezado a masticar hierba tempranito para ir adelantando trabajo. Camino y pienso, y me acuerdo de la vez que alguien me explicó que andando se piensa mejor porque te llega más sangre al cerebro. Si hasta hay una escuela filosófica griega que hace eso: los peripatéticos, que es un nombre genial para no sé, un grupo popero modernito.

El camino no tiene pérdida, y cuando me quiero dar cuenta me he perdido y estoy saltando una alambrada con precariedad. Se me engancha el pantalón, me escurro, me caigo, pero nadie me ve cargarme el bucolismo matutino con mi torpeza. Que vaya tela yo, aficionarme a escalar con esta capacidad para la coordinación tan limitada. Llego al otro lado y corro como una fugitiva hasta llegar otra vez a la carretera, porque lo de saltar una alambrada que en realidad probablemente esté pensada para que no se escapen las vacas me ha hecho sentir peligrosa. Me lo estoy pasando muy bien y ya escucho el mar. Troto durante unos minutos para acelerar el proceso Brooke Shields, pero el ruido de mis pasos no me deja oír el silencio, así que aminoro.

Llego al Chaparral, un área de pinos cruzada por caminos de tierra. El del bar dijo algo de un camino, creo, y sigo escuchando el mar, pero en realidad ya llevo cuarenta minutos andando y se supone que eran dos kilómetros. Aun así, empiezo a atravesar los pinos como si no hubiera un mañana. El mar ulula desde lejos como las sirenas de Ulises, pero el camino no me acerca lo más mínimo a él. Entonces me suena un whassap, que ya me vale: de paseo, sí, pero con el 3G encendido, y es Pablo que me dice que si tomamos café, y yo le digo que de acuerdo pero que tardo un rato, que me he ido a pasear y me he desviado un poco de la ruta. Aborto el proyecto Brooke Shields con lástima y doy la vuelta.

Entonces decido que voy a hacer un poco de barefooting. Que me voy a quitar los zapatos, vaya, porque desde que vi este vídeo me ronda la idea de probar el barefoot running a ver si lo toleran mis rodillas de anciana. Pero antes parece ser que tienes que hacer callo en las plantas de los pies, y yo pienso con penita que tendré que resignarme a perder el concurso de plantas de los pies suaves cuando seamos viejas que la PK y yo acordamos hace unos años.

(El concurso tiene que ver con que, según la PK, para tener pies suaves hay que usar piedra pómez y, según yo, basta con crema hidratante. Pensábamos cuidar nuestros pies con los respectivos tratamientos y compararlos cuando tuviéramos cincuenta años. Ahora escalo y quiero correr descalza por los campos, así que paso de la crema hidratante y le cedo a la PK con gusto el cetro de la suavidad plantar).

Así que bueno, me quito los zapatos y los calcetines, los amarro a mi minimochila Quechua de cinco euros y echo a andar por los caminitos de tierra. Es curioso. Un poco molesto a ratos, pero nada del otro mundo. Voy pisando con muchísimo cuidado, y de repente mi universo sensorial se amplia y aparece otro montón de sensaciones con las que antes no contaba. Me doy cuenta de que el camino de tierra, que hasta hace un momento era un todo uniforme en mi cabeza, ahora se ha descompuesto en muchos trozos que se diferencian sutilmente en textura, en material, hasta en temperatura. Voy buscando las agujas de los pinos y la tierra húmeda y prensada, evitando las piedrecitas y los trozos rotos de piña seca. Camino despacio y sin hacer ruido mientras sigo escuchando las olas traidoras detrás de mí.

Al cabo de un ratito me vuelvo a poner los zapatos. El café me espera y como siga con esto del walking zen voy a llegar a las tantas. Troto otro poco colina arriba para compensar la tardanza descalcera. Las vacas me miran divertidas, intuyendo que esta vez no me voy a molestar en saltar la alambrada de pinchos.

Y esas son las dos primeras horas de mi domingo, ahí es nada. Todavía me queda un buen baño en el Atlántico (con bikini, snif), una aproximación de media hora bajo el solano al pie de vía del sector que visitaremos hoy, unas cuantas vías de estas de sufrir porque da el sol en la pared y te parece que te van a reventar los pies dentro de los gatos, una hora y pico de conducción de camino a Cádiz con un episodio de casi muerte, porque a la roulotte que llevo delante se le desprende un toldo que se revienta contra el frontal de la Dobloneta. Luego llegar, descargar la furgo, comentar el finde con el Kpot mientras tomamos café en el salón de Villa Fanática, embadurnarme de after sun porque quemada es un eufemismo para el estado de mi piel. Y aún me va a dar tiempo a subir unas cuantas fotos al blog para, como dice Khal Yeleytr, hacerme la sexy (aunque, Khal querido, yo no me hago la sexy; yo soy sexy).

Y cuando me voy a dormir sintiendo cómo me pican los hombros al roce de las sábanas, y pensando que joder conmigo, que parezco nueva quemándome al sol andaluz con veintisiete años, pienso que bueno, que igual no salvo a la Humanidad ni gano el Pulitzer ni nada, pero que la vida me cunde. Otra cosa no, pero me cunde tela.

domingo, 15 de abril de 2012

Más Cádiz

Que no es la mejor ciudad del mundo. Claro que no. Por mucho que digan los gaditas. Porque, para empezar, está en la puñetera esquina del mapa, mal comunicada con absolutamente todo, con peajes en todas las direcciones. Te abruma la agorafobia cuando no ves más que agua y marismas y marismas y agua, cuando tus ojos no tienen ni una mísera montaña donde fijar la vista. Hay sólo un Mercadona, a la gente la ahoga el paro, el puente de Carranza se atasca día sí y día no. Uno se desorienta dando vueltas por la bahía, cuando no hay levantazo hay ponientazo y muchas noches el viento entre los edificios no te deja dormir.

Me acuerdo de la primera noche que pasé en la ciudad cuando vine a buscar piso a casa de Erika. Escuchaba el levante aullar y me preguntaba qué coño pintaba yo aquí. Pensaba que me aterraría el viento y esa sensación de impermanencia que le da a todo. Y ahora es curioso lo mucho que todo esto tiene que ver conmigo. Porque Cádiz no es buena ciudad para prosperar económicamente, ni para la investigación, o la alta montaña, o la arquitectura puntera... o el periodismo, la moda, las comunicaciones y en general para casi nada que no sea el carnaval y los deportes de agua. Pero sí es una ciudad donde uno se puede reinventar un poco. A lo mejor soy yo y es la época que me ha tocado vivir aquí, pero siento a Cádiz como en otro plano de realidad: suspendida entre las marismas, permitiéndome ensayar la vida sin hacerme demasiado daño.

Hoy caminaba con el Kpot hacia un bar donde habíamos quedado para tomar un café con la gente del roco y el viento nos empujaba hasta que nos parecíamos a este señor. En los días de viento fuerte no puedes pensar bien: te limitas a sobrevivir, desorientado, y a intentar que no se te despeine demasiado el pelo. Enloquece el mar, se tambalean los coches, se levanta arena, y todo adquiere un tacto tan distinto a cualquier otro lugar donde haya vivido que es fácil creerse que las cosas no repercuten del todo.

Estoy contenta hoy. Mi reciente ruina económica está teniendo el efecto paradójico de hacerme más ligera. Creo que me había apegado demasiado a mis ahorros y a la supuesta seguridad que me daban. Ahora he decidido que bueno, que al final el dinero no es más que un instrumento y que lo importante cuando cambian las circunstancias es ser capaz de cambiar con ellas. Así que muy probablemente me compre una furgo en breve. Es pequeñita, pero yo también. Os la enseñaré cuando haya confirmado el trato. Y muy probablemente me mude a otra casa más barata o quizá a compartir piso.
Así que Cádiz, más que una ciudad, es un poco una experiencia. A ver cómo vivía yo hasta ahora sin saludar con un illooo prolongado o sin que el teclado predictivo de la Blackberry aprendiera la palabra cohone. A ver cómo vivía yo antes sin escalar. De verdad, todo es muy loco últimamente, pero es muy guay. Como si una especie de levante existencial me agitara de vez en cuando y me permitiera creer que muchas cosas son posibles.

domingo, 25 de marzo de 2012

Ganas de ballena



Esta mañana iba yo en autobús camino de Cádiz después de terminar la guardia. Ah, el saliente. Ese momento en que el hospital te deja libre después de tenerte veinticuatro horas bajo sus garras, y todo (el sol, el mar, los desayunos y hasta los perros) te parece más brillante y bonito.

Iba leyendo con los tapones de los oídos puestos, intentando obviar la música maquinera de la radio, pero al final ha sido más fuerte que mi capacidad de concentración y he cerrado el libro. Me he quedado con la mirada así un poco perdida y el cuello descolgado sobre el asiento del autobús, observando las marismas y las calles solitarias de Puerto Real. Ha hecho un fin de semana de mucho viento, algunas nubes e incluso un par de gotas del fenómeno atmosférico anteriormente conocido como lluvia. Un tiempo malo, pero ideal para estar encerrada en el hospital 24 horas viendo a gente muy rara con problemas mentales, porque piensas: vale, yo estoy jodida, pero los de fuera también.

Cuando hace levante en Cádiz, el agua de la bahía se vuelve gris amarronada y se llena de olas cortas y espumosas, y yo me imagino el mar arrastrando la arena del fondo y removiendo los bancos de peces. Hoy reflexionaba sobre eso cruzando el puente de Carranza cuando he visto una roca muy grande que quedaba al descubierto sobre las olas. Entonces he pensado: y si fuera una ballena. Fíjate qué pensamiento más absurdo, que sólo me ha durado dos segundos. Porque no hay ballenas en Cádiz, ni creo que haya posibilidad de que llegue ninguna; desde mi desconocimiento oceanográfico lo digo. Pero entonces he imaginado muy claramente cómo sería que aquella roca fuera una ballena. La he visualizado saltando a cámara lenta y salpicándolo todo de gotitas transparentes, y los pasajeros del autobús asombrados sacando los móviles para hacer fotos y colgarlas en Facebook.

Ayer estuve hablando con mi padre, que me llama los miércoles y los sábados como mínimo y un poco más desde que me tiene como número preferido y le salgo gratis. A mi padre, que es cirujano, le gusta que haga guardias. Creo que se siente orgulloso, como si me estuviera enfrentando a las cosas duras de la vida o como si él hubiera conseguido transmitirme parte de su legado. Me preguntó qué tal me van las cosas. Bueno, no sé, bien, contesté. Últimamente es lo que contesto cuando me preguntan. Bueno, no sé, bien. Hace un par de meses estaba... no sé cómo decirlo... más entusiasmada. Ahora, le explico a mi padre, es como cuando estás leyendo un libro y pasan capítulos y más capítulos, y tú sigues leyendo porque el libro no está mal, pero al mismo tiempo te preguntas: ¿cuándo se supone que va a empezar lo emocionante?

Bueno, hija, me contesta mi padre. Yo creo que la vida no da mucho más de sí.

Así que creo que tengo ganas de ballena. Porque estoy bien, claro que sí, pero a lo mejor no exactamente infeliz, sino un poco aburrida. Preguntándome si al escritor que me escribe no se le dará tan mal hilvanar buenas tramas como a mí. Y esta mañana, mientras miraba por la ventana del autobús, ha sido eso lo que he reconocido detrás del absurdo impulso de imaginar cosas raras un domingo por la mañana. El aburrimiento existencial mezclado con mi optimismo incorregible. Las ganas de que llegue algo bonito que me sorprenda, con la misma cualidad inesperada y asombrosa de una gran ballena gris en la bahía de Cádiz.

sábado, 3 de marzo de 2012

Mandaos

Ayer me eché una siesta de viernes. La siesta de viernes es aquella en la que te tumbas en el sofá con tu mantita y tu bolsa de cereales, coges el móvil para poner el despertador y dices: al carajo. Voy a dormir hasta que me duela. Y abres el ojo a la media hora, y lo vuelves a cerrar, y lo abres a la hora y ves que aún es de día y dices: yo hasta que no se haga de noche no me levanto de aquí. Y te despiertas a las siete de la tarde super relajada y a la vez completamente estúpida, con ganas de, por este orden, comerte una tableta de chocolate y morirte luego.

Después de mi siesta de viernes me puse a dar vueltas por mi casa totalmente desorientada, planteándome qué podía hacer con las horas que le quedaban a mi tarde. Me hice un café (descafeinado) y me lo tomé frente al portátil. Al final decidí salir a por lo básico: comprar una alcachofa de ducha y pasarme por el Carrefour a rellenar la nevera. Y me dije: "voy a hacer unos mandaos", que es una expresión que aquí en Cádiz se usa mucho.

Salí a la Viña encendida y ruidosa. Buscar una alcachofa de ducha. ¿Dónde compra uno una alcachofa de ducha? ¿Hay tiendas para eso? ¿Tendrán en un chino? Paseé sin rumbo por las callejuelas bulliciosas hasta encontrar una tienda de electrodomésticos donde me redirigieron a una fontanería. Entonces me entró el frenesí comprador de maruja de barrio y adquirí, por este orden: la alcachofa de ducha, un taco de fichas para anotar ideas para escribir, un flexo para la cama y una plancha rosa.

[Inciso: fragmento de mi conversación con el vendedor de planchas.
Yo: quería una plancha.
Vendedor: ¿De cocina o de planchar?
Yo: de planchar.
Vendedor: pues tenemos ésta, que sale por veinticinco euros, y esta q...
Yo: ¡quiero la rosa!
Vendedor: es una buena opción, pero también tenemos esta de aq...
Yo: ¡¡¡la rosa!! ¿Qué parte de "la rosa" no ha entendido?

Fin del inciso.]

Yo no soy muy de tiendas de barrio; lo compro todo en el Carrefour y no me conflictúo. Pero cuando venzo la pereza y me animo a ir, me gustan las tiendas especializadas en cosas. Me encanta sumergirme en esos pequeños universos regentados por personas que lo saben todo de, por ejemplo, lámparas, o artículos de baño, o lanas de colores. Dan cierta tranquilidad de que está todo controlado. Siempre me entran ganas de hacerles la misma pregunta: ¿le gusta su trabajo? Una vez se lo pregunté a la dependienta de una papelería especializada en Bellas Artes de Málaga, porque pensé que sería genial currar en un sitio tan lleno de colores y posibilidades. La chica me miró un poco extrañada y luego sonrió como si me estuviera contando un secreto, "la verdad es que sí".

Por último, entré en una tienda de congelados. Observé a la tendera mientras me servía un par de rodajas de salmón y un cuarto de gambas peladas. Pensé que el sitio tenía cierto aire de morgue, con todos aquellos alimentos helados y fríos, y concluí que no era muy posible que a la chica le gustara su trabajo. Creo que trabajar allí tiene que configurar de alguna manera tu cabeza. Seguro que esta chica después llegaba a casa y su novio le decía: "cari, qué antipática estás hoy", y ella le miraba con los ojos compungidos, incapaz de derretir su corazón congelado después de un día de frío.

Y me despido por hoy, que estoy cansada de escalar. Por cierto, esto de postear cada dos días al menos me hará practicar más a menudo con la escritura en pasado. Yuju.


lunes, 6 de febrero de 2012

Qué fácil es estar contenta un lunes cuando se tiene saliente y puedes dormir hasta que te duela

Pues parece ser que sí: que me voy a Madrid ocho meses enteritos. Qué genial. ya estoy mirando rocos y talleres de escritura. A lo mejor me hiperestimulo y me vuelvo loca; quién sabe. Para entonces llevaré dos años y medio en Cádiz y tres veranos de sol y Caleta. El verano en Cádiz te deja tocado: tu cerebro se inunda de endorfinas, te vuelves loco de atardecer a las diez y media de la noche, el viento de levante te zumba el cerebro y llegas a la conclusión de que el trabajo es muy prescindible. Luego todo eso se suma al slow de la vida gaditana y acabas disfrutando de esta mezcla entre lo sencillo y lo cutre. El caso es que cuando llegue a Madrid y vea que lo tengo disponible TODO, igual me explota el cerebro.

Lo que sí creo es que allí me enamoraré o aberraré en silencio, una de dos.

Mi última experiencia con una gran ciudad fue Barcelona, y fue mala. Claro, que por aquel entonces yo tenía dieciocho años y no sabía nada de la vida. Qué gracia, porque el sábado en la guardia estuve hablando con el MIR acerca de si uno va sabiendo más de la vida con los años o en realidad es todo el rato igual de estúpido. Supongo que uno sabe más y, al mismo tiempo, se va haciendo más consciente de la de cosas que le quedan por saber. Y sigue cometiendo errores parecidos. Por otra parte, si lo miro ahora pienso que hay algo de tierno en seguir cometiendo grandes errores: algo de inocencia ilusionada que, a pesar de todo, no quiero perder.

Me acuerdo perfectamente del primer día que llegué a Barcelona. Me bajé del tren en Plaza Catalunya y miré aquellos edificios sobredimensionados. Tuve que entrar al BBVA para que me solucionaran nosequé papeleo, y caminaba sobre los suelos de mármol como los niños de Mary Poppins en el banco de su padre. Barcelona a los dieciocho años me daba mucho, mucho miedo. Me dio tanto miedo que desde entonces me propuse vivir de Despeñaperros para abajo, y aquí me tenéis: casi todo lo al sur que se puede estar.

Iba pensando estos días en escribir un post sobre Andalucía. El otro día hablábamos en el roco de este vídeo, que para los que no queráis verlo es de un notas escalando un bloque que se tira al suelo y cae a lo loco encima de otro notas. El bloque consiste en escalar rocas pequeñas y difíciles sin cuerda, con colchones debajo y gente que se coloca para cubrirte y ayudarte a caer. El caso es que el vídeo es muy, muy gracioso, y lo que no se entiende muy bien es lo serios que se quedan los tíos después de la caída. Que eso pasa aquí, en Cádiz, y el cámara se empieza a descojonar en el momento en que el tío no sabe bien cómo bajarse del bloque, y para cuando se ha caído encima del otro ya está echando las tripas por el suelo. Lo que quiero decir es que me gusta mucho, mucho, mucho Andalucía, y más concretamente Cádiz y el carácter de aquí. Hay que pagar un precio por vivir aquí, eso está claro, y somos todos muy informales, y muy impuntuales, y no es que seamos vagos: es que estamos cansaos. Y hace mucho calor en verano, y se llena de guiris, y la gente tira los papeles al suelo y bueno, pueden parecer tópicos, pero hay diferencias con el norte y se nota. Sin embargo, a mí me compensa.

Y a pesar de esto quiero irme. Ya lo dije el otro día: nunca pensé que le iba a coger el truco a lo de mudarme. Hay una parte de mí que quiere arraigar y, de hecho, el año pasado había veces que cuando volvía de Málaga entraba en Cádiz acurrucada en posición fetal en los asientos del autobús y pensando en mayúsculas PERO SE PUEDE SABER QUÉ COJONES ESTÁS HACIENDO AQUÍ. Y justo ahora que estoy arraigando, que tengo amigos de verdad y no solo conocidos, que la del Covirán me conoce y no me roban la moto de la puerta de mi casa aunque me vaya un mes... resulta que la perspectiva de irme unos meses me encanta.

Supongo que tiene que ver con las posibilidades que esconde lo nuevo y lo rápido que se ensucia la limpieza mental de las calles. Me acuerdo de cuando Granada era nueva para mí y de lo rápido que se llenó de recuerdos. No llevaba allí ni un mes cuando ya miraba con nostalgia los bares donde había conocido a Nacho, el amigo de Josy que me robó el corazón un verano. Me hace gracia recordar también las primeras semanas en Cádiz, cuando iba de un lado a otro aturdidísima, buscando copisterías y ferreterías. Y ahora es raro que salga y no me encuentre a un paciente o a un conocido.

El tema de la vida es que tiene tantas posiblidades, tantas. Es muy rica. Y a veces se nos olvida. No es solo por las ciudades. Es rica en las personas a las que nos presenta y las experiencias que nos ofrece. Es tan rara y tan loca, tan brutalmente injusta y al mismo tiempo tan luminosa. Contiene muchas opciones y solo tenemos un cerebro y un corazón para atravesarla. Lo peor, o lo más gracioso, según se mire, es que al final todo eso, todo nuestro corazón tan dolorosamente ensanchado, nuestro cerebro tan lleno de aprendizaje y experiencia, morirá y se desintegrará. Y eso lo vuelve todo tan absurdo y, al mismo tiempo, tan importante. El borrador sin cuadro del que hablaba Kundera. La búsqueda de un sentido que se nos escapa todo el rato.

No sé. Hoy ha molado como día. Me he levantado tan contenta que me podría haber preocupado. Ha habido crepes, libros, música y una visita breve al Carrefour, que me relaja. He bailado en mi salón y he eludido otra vez las tareas de la casa. Porque en realidad, ya sabéis que yo siempre digo eso de que todo va a salir bien. Pero, si me apuráis, todo está saliendo bien, ya, ahora.

PD: Señor M., ha llegado el momento de abrirle una etiqueta a Madrid. Hu ha.

domingo, 29 de enero de 2012

Fluyeeeeendo

No me puedo creer que ya vayamos otra vez camino al verano. Que eres una exagerada, Marina, me diréis algunos. Que estamos en enero, o bueno, si me apuras en febrero casi. Pero es que ya lo cantaba Quique González en Salitre, "nunca es primavera donde tú creciste", y aquí en el sur las cosas son así. Un invierno más que clemente, con un montón de días de sol de esos en que la Caleta parece la Quinta Avenida y casi no puedes andar. Las tardes cada vez más largas, que hoy me ha sorprendido ver que a las siete todavía quedaba luz. Febrero, que es un suspiro con los carnavales; marzo y abril, que igual sorprenden con los últimos coletazos de frío y lluvia. Y en mayo es mi cumple y ya hace calor, ya puedes irte a la playa, los días ya son estremecedoramente largos. Aquí en Cádiz no hay montañas y la luz reverbera en el océano, y a mí a veces me da miedo volverme loca como los del círculo polar cuando veo que son las diez y media y todavía no se ha hecho de noche.

Así que sí, vamos camino del verano. Cuando me quiera dar cuenta estaré otra vez tumbada al sol en la silla caletera. Acabo de estar echando un ojo a algunas fotos y vídeos antiguas que tengo en el ordenador. Que de verdad: si muero de forma inesperada, por favor, que alguien queme el Mac antes de que haya tiempo de meterle mano, porque me he dado cuenta hoy de que almaceno demasiados vídeos privados cantando Shakira con la guitarra. El caso es que hay uno de este verano y se me ve mortalmente rubia de pelo y morena de piel; parezco californiana, o algo. Canto Maldita Nerea con estusiasmo, pero sonrío poco y no sé por qué.

Llevan un par de semanas picándome las ganas de ir a vivir a otro sitio. En enero del año que viene me mudo a Madrid un mínimo de cuatro meses y un máximo de siete. Voy a rotar en la Paz con una psiquiatra que practica terapia narrativa con víctimas de trauma, y después quiero irme a un hospital de día a trabajar el apego en psicóticos. Me apetece muy mucho. No es que no me guste estar en Cádiz, que sabéis que me encanta, pero también me gusta mucho mudarme. Al final uno acaba amando las cosas si las hace el número suficiente de veces. Me recuerdo lloriqueando en Granada porque echaba tanto de menos... no Málaga, porque no era Málaga, sino cierta sensación de arraigo. Después aquí, extrañando Granada. Al final, para arraigar solo hace falta echarle un poco de corazón.

Me gusta más mudarme que viajar. Creo que es porque soy de reacciones lentas y tardo mucho en cogerle el ritmo a los sitios y a las personas. Pero al final, si te mudas dos o tres veces y consigues arraigar un poco en cada sitio, desarrollas una fe abrumadora en el proceso. Sabes que con la gente hay que ir despacio pero seguro, que quizá tengas que salir cuando no te apetece o pasar cierto miedo difuso si vas sola a entrenar a un rocódromo y temes que los maromos te hagan bullying. Pero al final no queda más remedio que conectar, y conectar es devastadoramente guay.

Ayer hice guardia con el MIR de psiquiatría. Iba a hablar bien de él, pero me ha pedido la dirección del blog y ahora me da vergüenza (¡hola, MIR!). Así que resumo diciendo que hizo de la guardia una buena guardia. Porque es un psiquiatra que escucha y que sabe hacer sentir a los pacientes que le importan. Porque es inequívocamente cálido y muy honesto. Porque aunque le cueste la misma puñetera vida quedar para tomar una caña, es la persona a la que llamo si me caigo con la moto y estoy llorando sola en el hospital a las ocho de la mañana. El MIR mola muchísimo. Y esta tarde he quedado para tomar algo con Nuria, que es BIR (Bióloga Interna Residente) y que también es mi amiga no tengo claro por qué. Las dos nos sentíamos solas al principio y las dos pusimos una voluntad tremenda en llevarnos bien: empezamos a quedar por quedar, sin coincidir nunca en ningún lado, y año y medio después seguimos llamándonos con regularidad aceptable y nos juntamos para criticar a los hombres. Hoy estaba todo cerrado y hemos terminado en un bar infumable del Mentidero, con el fútbol de fondo a toda pastilla, bebiendo un rioja de calidad dudosa mientras repetíamos "putos tíos" con una frecuencia aproximada de dos veces cada cinco minutos. Y eso está muy bien. El MIR salvó mi guardia, la BIR salvó mi domingo. Y me acuerdo ahora concretamente de los primeros meses que pasé en Cádiz, cuando pensaba: es una ciudad preciosa, pero para compartirla con gente. Quiero quedar con alguien para entrar en estos bares y pasear estas calles. En ese sentido parece que todo ha empezado a fluir bien, y me voy con el argentino a cenar vino con muffins de chocolate al Café Levante y con el Kpot a fumar tabaco de liar y a intentar descifrar los recorridos mentales de la gente. Y, en fin, esa es mi vida y es guay pero, aun así, me apetece un montón mudarme.

Que no hay prisa, ojo. Que me quedan once meses en Cádiz y luego otros diez, cuando vuelva de Madrid. Pero no es tanto. Si consigo hacer las dos rotaciones externas seguidas, este verano será mi último verano aquí, así a priori. Lo que es muy increíble, porque el verano en Cádiz está ahí a caballo entre la indolencia y la magia y una se siente muy, muy afortunada cuando cabalga en moto por el aire cálido y puede oler el mar desde cualquier parte. Aun así, me imagino en Madrid de aquí a un año. Me imagino compartiendo un piso un poco cutre con veinteañeros largos como yo, gente que a lo mejor está también un poco perdida pero que se junta por las noches para contarse el día y tomar una caña en el salón. Me imagino apuntándome a algún roco, que allí debe de haberlos buenos, y quedando los fines de semana para ir a escalar adherencias en la Pedriza (y eso que no me gustan las adherencias). Me imagino discutiendo recorridos de metro para llegar lo más rápido posible de un punto a otro, y vagando por el centro los domingos solo porque están las tiendas abiertas y porque puedo. Escuchando conciertos en el Libertad 21. Comiendo al sol en los indios de Lavapiés. Paseando por el Retiro así toda melancólica y luego escribiendo aquí en el blog y creando una etiqueta llamada "Madrid".

Así que bueno, la vida. Uno siempre está en otro lugar, supongo. Estás en un futuro donde tienes amigos con los que tomar vinos, y después, cuando esos amigos llegan, estás en otro futuro en el que vagas por otra ciudad y piensas, a su vez, en un futuro en que podrás irte con alguien a descubrir sus mejores esquinas. Y en medio de todo eso vas haciendo el viaje. Y al final lo más importante, lo mejor de todo, es la gente a la que conoces por el camino. Porque ellos son los que construyen verdaderamente las ciudades que habitas.

sábado, 22 de octubre de 2011

Turismo


Hoy te voy a enseñar Cádiz.

Empecemos desde mi balcón. Es temprano y tendrás sueño, pero merece la pena madrugar, porque aunque no sé si los amaneceres de Cádiz son los más bonitos del mundo, seguro que entran en el top ten.

Primero sal a mi terraza. Está empezando a clarear, y se ven los tejados blancos bajo el cielo azul pálido. Cádiz es blanco y azul: blanco el cielo, azules los edificios del centro. Blanca la luz, azul el mar. Mar es una palabra que vas a leer mucho hoy, así que ve acostumbrándote.

Respira, respira. Ya puedes oler la sal en el aire. Mi calle es peatonal, estrecha y un poco sucia. Esta ciudad es un poco sucia, en general; en parte porque por aquí somos así de descuidados, en parte por el viento inutilizando las papeleras. Podrás ver a algún trasnochador con la camisa abierta y los pelos tiesos, o a algún madrugador que se va a pescar o a mariscar. Empieza a conocer a la gente de Cádiz, que es alegre y desastrosa y tranquila y un poco pintas.

Venga, va, vístete. Vamos a la calle, que con un poco de suerte vemos salir el sol por detrás de la catedral. Caminemos dos minutos justos hasta el malecón: un lujo sin mérito, porque desde casi cualquier punto de Cádiz te basta andar diez minutos en línea recta para ver el mar. Ahora estamos en el Campo del Sur: no te confundas, no lo llames Paseo Marítimo, que se darán cuenta de que no eres de aquí. Es tempranito y es sábado, así que quizá haya alguna bicicleta suelta o un paseante madrugador, pero casi seguro que podrás conocer el silencio suave de las olas batiendo contra las rocas.

Paseemos un poco. Mira qué cielo lindo he puesto para ti esta mañana. Nubecitas de algodón como emborronadas con el dedo, y que a medida que amanece se van tiñendo de rosa, naranja, azul y malva. Hemos tenido suerte, porque aquí casi nunca hay nubes y la luz, esa luz antidepresiva, brillante y blanca como en los cuadros de Sorolla, te hiere las retinas y hace relucir los tejados que te enseñaba hace un rato. Ya sé que no puedes creerte lo bonito que es el paisaje que forma la curva de la ciudad bajo el cielo de colores, y esa catedral salvaje erguida entre las palmeras. Pues éste sólo es un mar, el mar de amanecer de sábado con nubes desde el Campo del Sur. Cádiz tiene miles.

Venga, cambiemos de dirección. Vamos a la Caleta. Quizá ya haya gente mariscando en las rocas si está la marea baja. Como es otoño y parece que por fin ha entrado el frío, no vas a poder ver la Caleta extrema, ese lugar que amenaza y conmueve en los meses de verano, con su pavorosa sobreocupación, sus viejas morenas jugando al bingo, sus niños calentando con pis el agua casi estancada de la playa. Ahora habrá paseantes tranquilos como nosotros, que hacen despacio el camino hacia el castillo mientras escuchan cómo les zumba en los oídos el viento de poniente. En este lugar puedes conquistar el silencio. Soy una yonqui de él, ya lo sabes, así que cuando descubrí que podía encontrarlo a diez minutos de mi casa me hice fan de este camino. Me venía en las mañanas soleadas de invierno y me apoyaba a leer en el muro de ladrillos, con los pies descalzos hundidos en la arena. Luego me metía en la orilla y me mojaba las manos y la cara: lujos de sur en enero.

Sigamos bordeando la Caleta y pasemos sin pararnos junto al Parque Genovés. Otro día tocará subir por detrás de la cascada a mirar la bahía. Pero no tenemos todo el tiempo del mundo y hay que elegir, así que vamos caminando hacia el Baluarte de la Candelaria. A medida que nos acerquemos al puerto te iré señalando los sitios: aquello es Rota, ahí está El Puerto de Santa María, ahí Puerto Real. Estás desorientado, seguro, porque Cádiz es un sitio raro, nada más que agua y más agua por todas partes, y cuando no es malecón es playa, o bahía, o marismas. No pasa nada: maréate a gusto en mi ciudad-barco. Déjate llevar. No hace falta que te orientes: estás aquí y no te vas a ir a ningún sitio.

¿Suficiente mar? Todavía queda, pero vamos a meternos un poco hacia la tierra. Aunque no vas a dejar de sentir el mar: sencillamente, no hay espacio bastante como para que dejes de olerlo e incluso de ver en el aire la luz que refleja. Pero vamos a contemplar cómo se despierta Cádiz. Las calles empiezan a llenarse de señoras que van al mercado o, mejor dicho, a la plaza. Las ves caminar esforzadas y morenas con los carritos de la compra vacíos. Luego volverán y les asomarán las hojas verdes de las zanahorias y las cebolletas por debajo de la tapa.

Las calles se atascan porque la gente se para a charlar. Se encuentran debajo de los balcones o en la puerta de las tiendas, se dicen lo mayores y guapísimos que están los mutuos niños y se cuentan cómo anda el resto de la familia. Sortea esos grupos de gaditanos socializantes y vamos a la plaza. Quizá quieras tomar un café primero: dicen que el de la Marina, en la Plaza de las Flores, es el mejor de Cádiz, así que vamos para allá, aunque sólo sea porque se llama como yo, por mirar el color de los puestos y por llevarnos media docena de claveles para ponerlos en mi salón.

¿Qué tal el café? ¿Estaba rico? Quizá te haya dado por tomar un mollete con aceite, tomate y sal. Como en Andalucía no se desayuna en ninguna parte, lo digo siempre. En la puerta de la plaza verás puestos piratas de erizos, camarones, caracoles, especias, ñoras, frutos secos. Hay quioscos de pájaros, cuchillerías, panaderías y hasta una churrería que ya a esta hora tiene una larga cola de hombres muertos de sueño, porque casi siempre son hombres los que compran churros, fíjate la próxima vez que vengas. También hay algo que a mí me parte el corazón y que no sé si se está viendo en otras ciudades: gente que vende sus cosas, las suyas, y cuando ves las mantas extendidas en el suelo y cubiertas de adornos baratos, libros viejos, cargadores de móviles y cintas VHS piensas que la vida de verdad se está poniendo muy dura. Pero no te entristezcas, hoy no; ven conmigo a la plaza y vamos a comprar pescado.

El mercado es amplio y luminoso. La fruta y la carne están en los pasillos de fuera y el pescado en el central. No te puedes creer la buena cara que tiene todo, ¿verdad? El colorido del marisco ya cocido, cómo reluce la carne blanca del cazón, las percas rosadas, el atún brillante y rojo. El bullicio, los diálogos fluidos que hablan de precios, pesos y tipos de corte. Compremos chocos, que son baratos, y un par de rodajas de salmón, que es caro pero está riquísimo, y langostinos para darnos un homenaje. Luego vamos a mi casa a meterlo todo en el frigo y a recuperar fuerzas antes de seguir.

Cojamos el coche. Tienes que verlo todo. Salir de Cádiz por la Avenida es la muerte, lo sé, pero disfruta de esta geografía curiosa, de la sensación de abandonar un barco y volver a tierra firme. Podemos salir hacia San Fernando o hacia Puerto Real y tendrás cuatro mares más para nuestra colección. Por San Fernando, el Atlántico libre a un lado y la bahía al otro; por el puente de Carranza, otros dos trozos de bahía partidos por la mitad y las gaviotas volando contigo al ras del techo de tu coche. Alucinarás todo el rato, no sabrás hacia dónde mirar, conducirás girando la cabeza como en un partido de tenis entre dos aguas. Quizá pienses, como pienso yo a veces, que te vas a volver loco de puro bonito que es todo, pero ya sabes que yo soy un poco demasiado intensa.

Ahora tú eliges. Vamos a la sierra, si quieres, a ver pueblecitos blancos que parecen sacados de un belén, a pasear por los pinsapares y a probar alguna vía en las enormes paredes de caliza. O conduzcamos hacia la playa, en medio del paisaje insólito y terrible que dibujan los pinares y los molinos de viento. Espero que seas capaz de sentir la magia de esta tierra, aunque sople el viento de levante, que no es más que el guardián feroz de lo salvaje. Podemos mirar la duna de Bolonia desde las zona de boulder del Helechal, y después despellejarnos las yemas en bloques de arenisca y caernos riendo entre los crash pads. Y luego caminaremos hacia la playa ancha y solitaria de otoño, meteremos los pies en el agua y tomaremos cervezas en los chiringuitos vacíos. El atardecer en los campos, a la vuelta, es casi tan bonito como el amanecer en la playa, y nos espera una cena de pescado fresco, un balcón abierto y una cama deshecha que da a un patio tranquilo.

Compartiste conmigo parte de tu paraíso. Aquí tienes el mío.

martes, 14 de junio de 2011

Mala suerte y voluntad -- TMC3



Mala suerte: que la red gratuita que pillas en tu casa desde hace meses deje de funcionar justo el segundo día después de empezar el Michelian Challenge.

Voluntad: dispuesta a no defraudar a tus sufridos lectores, agarras la bici, que lleva tirada en el armario desde que te diagnosticaron rodillas de anciana, le inflas las ruedas y allá que te vas a la plaza de la Catedral a pillar wifi gratis. Todo sea por no quedar en ridículo el tercer día de tu propio y autoestablecido Desafío Micheliano.

Así que aquí estoy, en la Catedral, como las primeras semanas de mi vida gaditana. Está terminando de anochecer, porque Cádiz tiene los días más largos de la península, y el cielo es de un bonito color turquesa oscuro. En las escaleras no hay ningún guiri chateando con su novia transoceánica, así que estoy solita absorbiendo inspiración y ancho de banda. Me gusta esta catedral a espaldas del mar, con la piedra agujereada por la sal del aire, rodeada de palmeras que se balancean con la brisa. Hace una noche perfecta, y al menos el Michelian Challenge me ha servido para recordar lo feliz que es ir en bici por una ciudad que oscurece.

Hoy no tengo mucho que escribir. Es uno de esos días que terminan y te dejan con la sensación de ser Sísifo: exhausto, contemplas la piedra que por fin has conseguido subir a la montaña y sabes que mañana estará otra vez al pie de la ladera. ¿Esto es la vida? Me pregunto. ¿Esta sucesión de días? Levanto la cabeza, veo los balcones abiertos y las luces encendidas y casi puedo imaginar la sensación de estar en tu casa en una noche como ésta, con el balcón abierto y el vientecito fresco y salado entrando hasta la cocina. Si la vida es esto, esta noche está fingiendo bien, la cabrona. Se las está apañando para aparentar que tiene momentos así, calmados, perfectos, con la temperatura justa, con el psicótico viento de Cádiz parado por una vez.

A lo mejor este momento perfecto es una recompensa. Porque me siento heroica viniendo a escribir en bicicleta después de un día agotador. Siento que soy una caballera andante en su montura metálica que viene a cumplir la estúpida misión de salvar al mundo escribiendo un post. Aquí estoy, mundo. Para ti soy sólo una rubia en chanclas que escribe en su mac, con la bici a los pies como un animal que descansa. Para mí soy grande hoy, a la altura de Mariana Pineda y Juana de Arco: una heroína de la prosa de la experiencia.

Y entre fanfarrias y plantillos lo dejo ya, que no quiero más que irme a casa y echarme a dormir.

miércoles, 27 de abril de 2011

Transportada

La moto para cantar Extremoduro.
El bus para escuchar a Quique.
La moto para hablar sola.
El bus para pensar.
La moto para llegar antes.
El bus para dejar que te lleven.
La moto para no aparcar.
El bus para no aparcar.
La moto para el calor.
El bus para el frío.
La moto para sentir el aire.
El bus para mirar el mar.

Me gusta ir en moto y bus por la Ciudad del Viento.

domingo, 6 de marzo de 2011

Carnaval, carnaval

Estoy leyendo un libro sobre escritura muy interesante. Se llama "Pájaro a pájaro", y es de una tía llamada Anne Lamott de la que no había oído hablar en mi vida. En un momento dado, habla del bloqueo del escritor. Dice que estar bloqueado no le parece una expresión apropiada, porque expresa que hay un torrente de palabras que quieren salir y algo lo impide, como una barrera. Cuando no sabes qué escribir no te parece que estés bloqueado: te parece que estás vacío y que no tienes nada que decir. Es una sensación curiosa, en plan: ahora sí, ahora es verdad, me he quedado seca y nunca escribiré una novela y tendré que cerrar el blog y ni una sola palabra que merezca la pena volverá a salir jamás de mis dedos.

Así me siento yo hoy, escribiendo y borrando, escribiendo y borrando mientras tengo ganas de levantarme y fregar platos, cocinar, bailar o cualquier otra actividad que no implique a mi mente, a mis teclas y a mis dedos. La PK ha venido a verme unos días, pero ahora está dando una vuelta con un amigo suyo que vive aquí, y yo he sentido que tenía que sentarme al ordenador para dar de leer a mis sufridos fans.

Llevo unas cuantas semanas con unos niveles de angustia moderados. Me lo dice mi compañero el MIR de psiquiatría: te veo bajilla, te veo seria. Yo le miro, agradecida por el pronombre en segunda persona, me encojo de hombros e intento explicarle sin dar demasiada pena que la vida me supera.

Quien no tiene ansiedad y no sabe lo que se siente no creo que pueda entenderla nunca. La sensación de miedo indefinido, de amenaza constante, es una de las experiencias más desagradables que te puede tocar vivir. Es fácil trivializar la ansiedad cuando no se sufre, pero cuando te atenaza sientes que te darías golpes en la cabeza si eso la sacara de tu cerebro. Cuando te pasas días y más días y semanas levantándote con el corazón en la boca y viviendo como si la mafia te hubiera colocado en la cama una cabeza de caballo, comprendes que tus pacientes no sean capaces de quitarse las benzodiacepinas.

En medio de estas semanas tan difíciles ha aparecido el carnaval. Son los primeros carnavales gaditanos de mi vida y me alegro. Creo que si hubiera venido otros años a tajarme la noche del sábado en medio de la multitud disfrazada no me habría gustado tanto como ahora. Este año miro el carnaval desde mi casita en la Viña y llevo un mes escuchando a las agrupaciones de camino al Falla y las comparsas desde el televisor de los vecinos. Si me apetece, salgo; si me harto, me vengo a casa tapones de los oídos en mano.

Yo antes al carnaval no le veía mucha gracia. Pero es un espectáculo digno y hermoso, tanta gente cantando disfrazada, una ciudad entera que tiene como hobby principal hacer reír y pensar a los demás. Llevo un par de días caminando entre piratas, indios, brujas, pitufos, Wallys, plátanos gigantes. Escuchando chirigotas, comparsas, coros. Es increíble ver a esta ciudad estragada por la crisis y el paro salir a la calle a pasárselo bien. Y ahí veo el auténtico mérito del Carnaval: la capacidad de reírse de uno mismo y de devolverle a las cosas su auténtica medida. Que con o sin pacientes, con o sin best seller, con o sin pareja, de aquí a cien años estaré muerta, nadie recordará mi nombre y esto que llamo mi vida no será más que otra de las extrañas bromas cósmicas de Dios.

Y hoy, ahora, en medio del desorden alegre que llena mi casa, de los pintaúñas esparcidos por la mesa del salón, los platos sucios, la mochila de la PK tirada en el suelo, me siento contenta. Esperanzada. Como si en mi vida quedaran por pasar muchas cosas buenas. Como si todo esto de la existencia no fuera más que una excusa para reírnos un rato. Como si fuera feliz. Y como si, a pesar del vacío de escritora que me entra a veces, mi mente y mi inconsciente todavía estuvieran llenos y mis dedos todavía fueran capaces de reflejar la verdad de lo que veo.

lunes, 15 de noviembre de 2010

Seis meses


Llegué aquí el 15 de mayo, así que hoy ya ha pasado una octava parte de mi residencia. Es una barbaridad, si tenemos en cuenta lo corto que se me ha hecho. Ya llevo seis meses trabajando, seis meses viviendo sola, seis meses en Cádiz... No sé. Es raro. Tres meses más y será un curso escolar y, sin embargo, a mí me parece que acabo de llegar.

Cádiz es... no sé, es bonita. Y alegre. Granada es como más dramática. Las callejuelas del centro, las vistas imponentes desde el Albayzín, la digna contención de la malafollá. Boabdil llorando al echarle la última mirada. La Alhambra, los ríos, la sierra, los pasadizos, el peso de la historia.

Aquí, sin embargo, no hay más que luz. Una luz blanca, casi dañina, cayendo a plomo desde el cielo sobre los tejados blancos y reflejándose en el océano. Granada exhibe su belleza, la sabe y se siente orgullosa, pero a Cádiz es como si se le escapara a chorros, como si le sobrara. Quiero decir, que en el mirador de San Nicolás la gente está sentada mirando la vista, y aquí sencillamente caminan por el paseo marítimo cada mañana, bajo unos amaneceres tan brutales que parecen retocados con Photoshop.

No sé si he escogido bien. Me gusta estar aquí, me da la sensación de que encajo, pero igual es puro sesgo postdecisional. También me gusta la gente a la que hace seis meses no conocía y que ahora forma parte de mi vida. Y me gusta mi vida, porque es la que quiero llevar. Mi trabajo, mi piso, mi Dhamma, mi paleodieta, mis lunes.

En general, creo que no está nada mal para seis meses.

martes, 2 de noviembre de 2010

Viajando

Es lunes por la noche y voy camino de la estación para coger el autobús dirección Cádiz. Hay pocas cosas que me depriman más que los regresos en autobús los domingos por la noche (cámbiese domingo por lunes festivo), y si no me harté de viajes cuando estudiaba en Granada ahora me voy a Cádiz, que está a más del doble de distancia.

Mi padre conduce como si le fuera la vida en ello o como si tuviera que apagar un incendio. “Esta parte de Málaga me deprime”, me dice mientras maniobra entre los socavones de las obras del metro. Es verdad. Las luces de neón de las cafeterías brillan detrás del pavimento levantado, y parece como si viviéramos en un mundo post-apocalíptico y decadente.

Llego a la estación, agarro mi maleta, yergo la cabeza y me voy hacia el autobús. Soy una adulta, pienso. El viernes estuve con unos compañeros de colegio tomando una tapa, y en un momento, mientras recordábamos historias de cuando éramos pequeños, uno de ellos dijo “qué niños éramos... y qué niños somos. Seguimos siendo niños, niños que pagan facturas”.

Me pregunto si hay un momento en el que una se mira al espejo y dice “coño, una mujer”. A mí todavía no me pasa. Me miro y no me veo muy distinta a cuando tenía quince, dieciséis, diecisiete años. Me creo que si me pusiera unos vaqueros anchos, una sudadera y unas zapatillas podría pasar por una de las que van al instituto que hay junto a mi casa. Cuando lo cierto es que ya a veces la gente me llama de usted, y no sólo los pacientes.

Espero a que llegue el conductor del autobús en el andén, apoyada en la máquina de agua mineral. Todo sigue brillando con una luz que me resulta siniestra, supongo que por no haberme acostumbrado todavía al cambio de hora. A mi lado pasan los estudiantes que van hacia Granada. Los andenes contienen la posibilidad del lugar a donde viajan. Ahora mismo nada me diferencia de las personas que van a otra ciudad, pero en realidad, puesto que el viaje es un trámite, es como si un abismo separara a los que esperan en el andén 24 de los que estamos en el 19. Envidio un poco a los estudiantes. Para empezar, porque su viaje dura la mitad que el mío. Para continuar, porque recuerdo la alegría privada y absurda que me invadía cuando veía aparecer Granada, posada tranquila a los pies de la Sierra.

Luego me subo al autobús y me coloco junto a una ventanilla. Miro hacia fuera, pero en realidad estoy observando mi reflejo. Veo cómo mi pecho se levanta y baja mientras respiro, y es como si fuera otra persona la que respirara, como si no reconociera la piel blanca que se mueve sobre mis músculos.

Las dos primeras horas me las paso viendo series en el mac. Después paramos en Algeciras, bajo, estiro las piernas, subo y enfilamos hacia Jerez, cruzando la sierra de los Alcornocales. En ese momento, mientras cruzas el parque natural vacío de pueblos, es cuando te parece que te alejas del mundo, que en lugar de ir a otra ciudad viajas a un territorio perdido y lejano.

La sensación de alejarse despacio es terapéutica. Ha sido un fin de semana turbulento en algunos aspectos, y volver es raro siempre, no importa la de veces que te vayas. Mientras me deslizo hacia la esquina del mapa que es Cádiz es como si sintiera alrededor el aire cada vez más limpio. Sé que es una ilusión, que en unos años Cádiz estará igual de lleno de recuerdos que todo lo demás. Ensuciar las ciudades de pasado es cuestión de tiempo. Pero ahora me gusta viajar hasta allí, parar en San Fernando y después cruzar el puente entre el océano y la bahía, seguir recto por la Avenida y llegar a Cádiz antiguo, que es como una ciudadela rodeada de mar, casi como un barco enorme. Cuando llegas allí, te bajas porque el autobús se ha quedado sin tierra que recorrer, y eso te da una reconfortante sensación de objetivo cumplido, de posibilidades agotadas.

Y cojo un taxi, llego a mi casa, la saludo, la ventilo, me lavo los dientes, paso tres pueblos de deshacer la maleta, me meto en la cama. Otro regreso. Mi vida corriendo a la misma velocidad que las ruedas del bus sobre la carretera. Y recuerdo una frase de nosequién (¿Monterroso?). Qué absurdos recipientes de tristeza somos todos.

lunes, 26 de julio de 2010

Personajes de Cádiz, I: Vieja Loca

Todas las mañanas cojo el autobús exactamente a las ocho horas y trece minutos, excepto una vez a la semana (aprox.), que me permito esperar al siguiente para ahorrar algunos minutos de infumable desayuno corporativo. Cádiz es en general un caos, pero el autobús pasa con puntualidad inglesa. Y con puntualidad inglesa hace todas las mañanas su aparición en la parada Vieja Loca.

Vieja Loca tiene un aspecto razonablemente normal. Andará allá por los sesenta y pocos y es rechoncha, con el pelo corto, la piel morena y las típicas batitas de verano de las que la vecina comenta "qué batita más mona", y después Vieja Loca contesta: "uy, sí, y es de fresquita... por cuatro euros me la compré en el Piojito*".

Vieja Loca llega todos los días a eso de las ocho y once minutos y se sienta en la parada muy sonriente. Entonces empieza el que intuyo es el momento cúspide de su día. La secuencia transcurre así:

1. Pasa el autobús.
2. Le abre la puerta a Vieja Loca y a los posibles demás viajeros.
3. Vieja Loca saca una voz que parece el cantante de los Estopa, saluda jovialmente al conductor y le grita algo así como: "¡¡¡Borrasho!!! ¡¡¡Yo no me monto contigo que llevas ya tres cervezas en lo alto!!!".
[Variantes: "¿Ya te has tomado tu carajillo?", "¿Cuántas copas llevas ya?", o mi favorita: "¡¡¡Borrashoooo!!! ¡¡¡Que eres un borrashoooo!!!".]
4. El conductor se ríe, también jovialmente, y le pregunta a Vieja Loca si va a subir.
5. Vieja Loca contesta con el mismo tono cazallero: "¡No, voy a esperar a mi hija!".
6. Los dos se ríen, se despiden y el autobús se va.

Yo pensaba que esta escena, de por sí bizarra, sucedía sólo cuando pasaba el dos por delante de Vieja Loca. Inmediatamente después pasa el siete, que es el que cojo yo, y la dejo ahí sentada con la suposición razonable de que pillará el siguiente dos que pase. Sin embargo, el otro día llegué bastante tarde y perdí el autobús de las 8.13 y el de las 8.20. Y cuál no sería mi sorpresa al ver que Vieja Loca seguía allí después de subirme yo al de las 8.30, saludando como una chalada a todos los conductores.

Vieja Loca, en serio, ¿tienes una hija? ¿a qué hora llega? ¿por qué no llegas a esa hora en lugar de quince minutos antes? ¿por qué te dedicas a mancillar jovialmente el honor de los autobuseros gaditanos? ¿no tienes vecinas de la escalera con las que charlar?

Es por gente como Vieja Loca por lo que la vida no deja de sorprenderme. Gracias, Vieja Loca.

*El Piojito, o Piohito, es el mercadillo de Cádiz (N. de la T.).

martes, 13 de julio de 2010

La rutina, mi tía y la silla caletera


Hoy me he comprado una silla de playa, una de estas bajitas de lona a rayas. En Cádiz casi todo el mundo tiene silla. Imagino que es porque cuando salta el levante y te tumbas en la toalla no haces más que comer arena; en la silla, sin embargo, sólo te da el viento, y puedes mantener una dignidad razonable mientras comentas con tu vecina que hay que ver el levante que lo de detrás lo pone delante.

El caso es que después de darle vueltas durante dos meses a si era excesivamente marujil-viñero lo de la silla, me he liado la manta a la cabeza y me he comprado una a rayas rojas y naranjas. La he sacado del plástico al llegar a mi casa y la he colocado en el centro del salón para probarla. Lo bien que voy a estar yo en la Caleta por las tardes en mi silla naranja con un libro en las rodillas, he pensado al sentarme. Se me van a poner hombros caleteros, que son los hombros siempre rojizos porque es donde te da el sol de media tarde. Después me he tumbado en el sofá a leer, luego he estado hablando por teléfono con MQEN y, por último, he abierto el Open Office para intentar escribir algo.

Últimamente tengo averiado el chip de la ficción. Que no es que lo haya tenido yo nunca súper activo, que soy más una escritora realista (prosa de la experiencia, que diría García Montero). Pero en mis tiempos era capaz de escribir algún que otro cuento, no como ahora, más concretamente desde que me puse con el PIR, que no me sale nada que no sea mi vida. Que es bastante estupenda, cierto, pero no deja de ser unidimensional, y para contar la única vida que me ha tocado vivir sobre la tierra, pues escribo un diario.

Y yo hoy estaba empeñada en escribir ficción, pero no me salía. Tampoco se pueden escribir cuentos con prisas, la verdad. Me puede la impaciencia. Así que me he sentado en mi silla de playa a ver si se me ocurría algo. Oye, en la gloria se estaba ahí, con el balcón abierto y el vientecito de poniente, que me traía el olor del mar y de la hierbabuena que compré el otro día en la Plaza de las Flores. Y me he acordado de mi tía Maripaz, la de Madrid, que lleva treinta años pasándose las noches de verano en la terraza de su piso de Torre del Mar, jugando a las cartas, comiendo pipas, charlando y mirando pasar a la gente.

Me pregunto cómo es la vida cuando se compone de esas rutinas tan prolongadas. Que hoy en día se nos está yendo un poco la pinza con la ausencia de rutina y parece que vivimos vidas revueltas, sacudidas, como si tuviéramos miedo de quedarnos quietos mientras el mundo se agita y se expande a nuestro alrededor. Me pregunto si la rutina es una vida limitada o si esconde la profundidad del espacio que proporciona, del amplio margen para el ensayo de los gestos, las conversaciones; de colocarle al tiempo unos límites tan amplios que te parezca que no pasa. Me acuerdo de las noches de verano mirando por la ventana y esperando a que pasara el camión de la basura y, mucho más tarde, a que llegaran mis primos de estar de marcha en el Copo.

Sigo filosofando sentada en mi silla de playa, en mitad de mi mini-salón. Pienso en mi tía y en las cantidades industriales de amor que tengo para ella. Me llama casi todos los días y me pregunta cómo me va y qué me he hecho de comer o de cenar. Luego yo le pregunto a ella: ¿tú qué vas a poner? No qué has hecho, no, sino qué vas a poner, que es una construcción mucho más bonita. Y me explica sus platos perfeccionados a lo largo de años y años de ser ama de casa. Voy a poner lentejas, pero el chorizo lo cuezo aparte, porque así le quito la grasa y engordan menos. ¿Y tú qué lentejas pones? Yo las chiquititas. Yo también, a mí me gustan más. Sí, quedan más tiernas y se deshacen menos.

Al final me levanto y me digo: bah, Marina. Escribe cualquier cosa. Cualquier mierda, actualiza, para eso tienes el blog, para actualizar con chorradas y mantenerte activa. Empieza por la silla de playa. Y me encuentro con que me conmueve pensar en mi tía de Madrid, que ahora no puede estar de pie porque tiene una hernia en la columna y le duelen las piernas, pero que al menos puede seguir sentándose en la terraza en las noches de verano, incluso aunque ya sus hijos no vuelvan tarde del Copo.

Y pienso que no es ficción, vale, pero menos da una piedra.