massobreloslunes: Mi relación complicada con los hoteles

miércoles, 14 de diciembre de 2022

Mi relación complicada con los hoteles


Creo que fue a Rosa Montero a la que le leí que hay dos tipos de personas: a las que les encantan los hoteles y las que los odian.

Yo soy del tipo A. Me encantan, me encantan, ME ENCANTAN los hoteles. Me gusta su impersonalidad, lo vacío de sus habitaciones y la sensación de estar aislada. En una habitación de hotel llegas, cierras la puerta, pones el cartel de no molestar y se acabó: te dejan tranquila hasta que llegue el momento del check-out.

No hay ningún sitio donde me sienta más segura que en un hotel. Imagino que si fuera una fugitiva de la mafia, un sicario podría entrar y encontrarme como en cualquier otro lugar, pero así a priori me siento como dentro de un capullo protegido por recepcionistas, limpiadoras y esas puertas de tarjeta que no se abren bien ni con la tuya. 

Curiosamente, no duermo especialmente bien en los hoteles, pero porque yo no duermo especialmente bien en ningún lado. El problema suelen ser las millones de lucecitas que hay en sus habitaciones: que si la salida de emergencia, que si el teléfono junto a la cama, que si la televisión. Desenchufo todo lo desenchufable, pero siempre suele quedar algo que inunda la habitación de una luminescencia fantasmal. Aun así, no me importa: mi amor permanece inalterable. 

Me gustan las duchas, que suelen ser fabulosas. El punto débil de los AirBnBs suelen ser las duchas; imagino que porque todo lo demás lo puedes ir cambiando/limpiando sin mucho esfuerzo, pero si el edificio tiene problemas de fontanería, poco puedes hacer. Me gusta la posibilidad casi nunca utilizada de pedir al servicio de habitaciones. Me encanta cuando hay cafeteras, aunque nunca tengan descafeinado y la leche evaporada que ofrecen sea repugnante.

Con los hoteles soy como la amante de un truhán: hago la vista gorda a todos sus defectos y me concentro solo en cómo me hacen sentir cuando estoy dentro.

No soy fan de los especiales o modernitos como el de la foto de arriba. El hotel no tiene que distraerte de la experiencia de estar en el hotel. Me gustan elegantes, pero sobrios, como una página en blanco o una cocina minimalista de encimeras impolutas.

Por desgracia, Pablo no comparte mi fascinación. Dice que los AirBnBs son más grandes, más cómodos, que tienen cocina, que normalmente hasta salen más baratos. Lo peor es que tiene toda la razón del mundo y por eso casi siempre acabamos en un AirBnB, aunque solo sea porque yo ya #soyunaseñora y comer en restaurantes más de dos días seguidos me pone el estómago del revés. 

Aun así, a veces me salgo con la mía. Últimamente, solo me quedan como excusa los días que tenemos que dormir junto a un aeropuerto, por la comodidad del shuttle y porque los AirBnBs cercanos al aeropuerto suelen ser antros en barrios discutibles. Encima, esos son los peores hoteles y Pablo se reafirma en su creencia de que los odia.

Algún día, cuando mi hija crezca y yo sea una elegante señora de mediana edad, me iré por ahí un par de días al mes a probar distintos hoteles, bañarme en la enérgica presión de sus duchas, ponerme como una moto con su café cafeinado y saltar en la cama mientras espero al servicio de habitaciones.

PD: En otro momento hablaré de AirBnB y la extrema ambivalencia y amordio que siento hacia sus apartamentos.

1 comentario:

  1. Me has hecho pensar con la frase de Rosa Montero. A mi me gustan, pero como mi casa y mi cama, nada de nada.
    Me gusta no tener que hacer las camas, me gustan los " amenities", el bufé de desayuno (cuando es bueno)...pero luego al llegar a casa, me alegro también.
    Besitos.

    ResponderEliminar