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lunes, 23 de junio de 2025

Dos años

Querido niño:

Los dos años dan comienzo, se supone, a la peor época. Los terrible two, la adoslescencia. A mí, de momento, todo lo que signifique que sigas creciendo y tengas más palabras, más personalidad, que seas más tú, ya me vale, aunque venga acompañado de rabietas.

A veces pienso en ti como en un regalo que todavía no hemos abierto del todo. Como tu hermana te saca más de cuatro años, ya sabemos, hasta cierto punto, lo que se avecina: que con el tiempo, vas a ir desarrollando tus gustos, tus intereses, y vamos a dejar de ser nosotros lo que te abramos el mundo para que seas tú quien nos lo traigas a la puerta. Aunque ese mundo sea K-Pop Demon Hunters. Así que me da por pensar en qué habrá dentro de ti, qué escondes detrás de tus frases de dos palabras. 

De momento, eres un niño ultracariñoso. Te encantan los besos, los abrazos, el api (que te cojamos en brazos), dormir pegado a tu padre como un monito bebé. Eres gracioso a reventar, y cuando sabes que has hecho algo gracioso, vas por ahí enseñándonoslo a todos con orgullo de comediante. El otro día, por ejemplo, te empezó a sangrar la nariz y fuiste al baño a ponerte una tirita, y cuando viste la risa que nos daba, te pasaste todo el día cambiándola cada vez que se te caía.

Eres muy sensible. Todo te impresiona. Papá tuvo que cambiar una rueda hace un par de semanas y te pasaste dos días repitiendo «wheel, change, daddy, brum-brum!». Salías al jardín y señalabas la rueda con la mano. Le contabas la historia a quien quisiera oírte. Ellen, tu niñera de Madeira, decía que habías tenido una mala experiencia con aviones o helicópteros en otra vida, y es verdad que te fascinan y te aterran a la vez. Dices airplane con claridad y entusiasmo, pero te lanzas a nuestros brazos hasta que pasan.

Te entretienes solo que da gusto. Pobrecito; no estás, como estaba tu hermana, acostumbrado a que te prestemos atención las veinticuatro horas, así que te sientas en el salón con tus coches y las Barbies de Alana y juegas a que todo choca con todo en medio de mucho ruido. 

Si hace un año estabas obsesionado conmigo, ahora no quieres más que a tu padre. «Api, Daddy», repites una y otra vez, y cuando te ofrezco hacerte api yo, niegas con la cabeza y te enfadas. Te tengo que pillar cansado, asustado de algo o con papá fuera de casa, y entonces sí: te me abrazas como un desesperado y apoyas tu cabecita en mi hombro. Aprovecho que eres niño y te llevo siempre casi rapado, como un recluta, porque es comodísimo y bastante tengo con peinar a tu hermana, pero también porque acaricio la alfombra suave de tu pelo rubio como el mejor antiestrés del mundo.

Hablando de tu hermana: la adoras. Quieres jugar a lo que ella juega, hacer lo que ella hacer, estar donde ella está. Te despiertas por la mañana e ignoras a todo el mundo para lanzarte encima de Alana y abrazarla. A veces te pones tan nervioso que la arañas o le haces daño, y enseguida vas muy compungido a decir «sorry, Anana» con la cabeza gacha.

Y hablando de sorry, no quieres hablar español ni para atrás. La única palabra que usas consistentemente es pito cuando te cambiamos el pañal y te agarras tus partes con la mano porque sabes que nos hace reír. También contestas bem cuando te pregunto cómo estás, o dices más cuando me pides chocolate y sabes que con el español ganas puntos. También respondes apo, ¡apo! (guapo) cuando te pregunto ¿cómo es Ati? Por lo demás, parece que hasta el griego está cogiendo ventaja: ya cuentras hasta tres (ena, dío, tía) y cuando te impacientas, nos apremias con un clarísimo pame.

Creía que saldrías clavado a tu padre, pero te pareces a mí cuando tenía tu edad, salvo que con tus ojos azules y tu pelo claro, eres mucho más guapo, (guapo, ¡guapo!). Tienes la mejor sonrisa del mundo, con tus dientecillos puntiagudos, un hoyuelo en la mejilla derecha y otro en la barbilla. Te hemos descubierto un mechón de pelo blanco en la cabeza, aunque eres tan rubio que apenas se te ve.

Pateas la pelota mejor que yo y eres habilidoso con los patinetes y coches de juguete. Te encanta trepar, revolcarte, correr con tus piernecitas por toda la casa. Nos tienes destruidos, no te voy a enganañar, pero también felices. Porque eras el que faltaba, bebé, el cuarto elemento de esta familia que no siempre es perfecta, pero es la nuestra. 

Por las noches, cuando te vas a dormir, me acerco a ti y te digo al oído: te quiero. Y tú, que a esa hora ya estás tan cansado que se te olvida la papitis y que odias el español, me echas los brazos al cuello y me respondes: tero. Y luego te digo: te amo y tú contestas tamo

Pues eso, Ati. Que tero y tamo siempre. 



sábado, 22 de junio de 2024

Un año

 

 

Querido bebote:

Ya tienes un año. «Parece mentira», me dice todo el mundo. «Qué rápido pasa el tiempo». Es verdad y no es verdad: por una parte, es cierto que parece que fue ayer cuando llegaste al mundo en tres empujones, con tu cara de intensidad y tu mancha de nacimiento en forma de Tailandia. Por otra parte, ha sido un año tan extremo que a veces me parece que han pasado diez.

Tu mancha, por cierto, ya ni la veo, y cuando la veo me da mucha ternura. Es verdad que cada vez se nota menos y todo el mundo dice que desaparecerá pero, si te digo la verdad, me da hasta un poco de pena que se vaya. Tu mancha eres tú y tú eres amor.

Tienes unos ojos bestiales. Todo el mundo se queda alucinando cuando los ve. Lo miras todo con cara de sorpresa y con tu pelo rubio tieso como el plumón de un polluelo. Eres objetivamente guapo, creo, aunque es verdad que en su día pensaba que tu hermana era una bebé espectacularmente perfecta y ahora veo sus fotos de entonces y me parece normalita.

Ya te han salido siete dientes. Cada uno de ellos ha sido un suplicio que hemos tenido que regar con abundante Apiretal, porque te despertabas llorando con el dedo en la encía. Ahora los usas para el mal: te ha dado por morderme el hombro y me lo tienes como un mapa. En un intento de quitarte la costumbre, a veces me froto (un poco de) tabasco, pero ahora lo hueles y simplemente esperas a que me lo quite para morder otra vez y partirte de risa.

Porque ese es el problema contigo: eres tan extremadamente gracioso que incluso cuando me clavas a traición las afiladas agujitas de tus dientes, me tengo que reír. Es súper fácil sacarte una carcajada. Enseguida identificas cuándo estamos de broma y nos miras de medio lado, como diciendo: «Sí, lo pillo».

Te encanta manipular objetos. Te pasas horas con la cosa más tonta: una tapa y un tupper, una sartén, dos cucharas. Te veo planear y practicar tus mini-experimentos: coges algo, observas cómo funciona, repites el movimiento varias veces. Eres un bebé atento y muy despierto. 

Se nota que eres varón. Tienes una energía mucho más destructiva que tu hermana: hoy, por ejemplo, te has puesto a agitar la bandeja del lavavajillas como un maniaco y casi tiras los platos al suelo. Cambiarte el pañal es un episodio de lucha libre. Sentarte en la bañera es imposible: enseguida te pones de pie y empiezas a tirar todos los juguetes fuera y a mirar curioso cómo caen.

Eres muy dulce. Siempre quieres estar conmigo. Cuando otra persona te tiene en brazos y me acerco, me echas los brazos e inclinas el cuerpo con cara de determinación. «Romeo, Romeo», bromeo yo, porque ni Julieta fue nunca objeto de una obsesión como la tuya. Cuando me ves entrar en la habitación, se te ilumina la cara.

Todavia no andas solo, pero gateas con gran determinación, palmeando con fuerza sobre el parqué. Cuando ves algo que quieres alcanzar, empiezas a resoplar como un perrillo y vas con la energía del caballo de Atila.

Te encanta tu hermana. La miras con embeleso y todo lo que hace te da muchísima risa. Cuando se encierra en su habitación para que no entres y le desordenes sus juguetes, tú te pones a gritar al otro lado de la puerta, NA-NA-NA-NA-NA, extremadamente frustrado por no poder comerte sus muñecos.

Te quiero mucho, bebote. Este año no ha sido fácil. Hemos pasado muchas horas juntos, tú y yo: contigo en la teta, contigo en brazos, contigo en el suelo, contigo, contigo. Ahora ya no tomas teta y puedes estar más con otros, y aunque me alegro de haber recuperado el sueño y cierta independencia, también extraño esos momentos en que éramos solo tú y yo. 

Eres mi hijo precioso. Eres una parte fundamental de esta familia. Has llegado el último y eras exactamente la pieza que nos faltaba. Ya estamos todos: verás qué bien lo pasamos. 

Gracias por existir. Te quiero siempre.

viernes, 25 de agosto de 2023

La Siesta Unicornio



Cuidar de un recién nacido es duro. Duermes mal, comes como puedes, estás todo el día pegada al niño y si das la teta, entonces el nombre correcto para el asunto es esclavitud.

Pero la Madre Naturaleza es sabia y no quiere que los padres se suiciden en masa, así que nos ha regalado las Siestas Unicornio.

Una Siesta Unicornio es aquella que, por su duración, se distingue de las demás que suele echarse tu hijo.

Es decir, que si tienes una pequeña marmota que duerme por sistema más de hora y media, tu Siesta Unicornio será la que pase de las dos horas y media o tres.

Si, como a mí, te ha tocado un bebé que a los cuarenta y cinco minutos abre el ojo, todo lo que se pase de dos horas es Siesta Unicornio.

(Entre los cuarenta y cinco minutos y las dos horas es Siesta Especial, que se agradece pero no es tan rara como para recibir la Denominación de Origen Unicorneal. 

La SU es como ver un partido de fútbol en el que tu equipo va ganando: te gustaría disfrutarlo, pero te puede la tensión.

Esta tensión va cambiando de forma y motivo y se desarrolla de la siguiente manera:

- Fase 1: dura lo que duran una siesta media de tu hijo. Aquí te pones a hacer las cosas que habías planeado de forma eficiente porque sabes que en breve se te acaba el rollo. Tu nivel de bienestar es el esperable: tienes un respiro, puedes mover los brazos sin que se te caiga nadie y te oyes pensar.

- Fase 2: es la primera extensión de la siesta hasta, digamos, una hora extra. Hasta aquí entra en la categoría de Siesta Especial.

Tú te sientes un poco desorientada porque no habías querido planear por encima de tus posibilidades, pero encuentras algo que hacer y te pones a ello ultra tensa porque no quieres disfrutar demasiado, no vaya a ser que se despierte el bebé y te lo fastidie. 

Aclaración: aunque sea una tarea de la casa, tú la disfrutas, porque casi cualquier cosa (lavar platos con un podcast, cocinar, tender tranquilamente mientras te da el aire) es mejor que cuidar de un niño pequeño. 

Por eso no cuela cuando, por ejemplo, estoy con nuestros dos hijos y Pablo se va a fregar platos con los auriculares en los oídos. Eso es básicamente un spa. Que se lo agradezco y alguien tiene que hacerlo, pero sé perfectamente que la que se está comiendo el marrón soy yo.

- Fase 3: aquí la siesta llega ya a límites apenas explorados en la capacidad de dormir de tu bebé. Cuando se cruza la barrera de las dos horas y media, ya te das cuenta de que estás frente a una Siesta Unicornio y aquí ya sí que no sabes qué hacer. 

¿Es el momento de tomarte un momento para ti? Pero ¿y si cuando te hayas servido tu té y abierto tu libro se despierta el niño? Es cruel para la parte de ti que lleva anulada desde que el bebé nació. Le has mostrado un fragmento de libertad, un bocado del delicioso pastel del placer, y ahora te lo llevas.

Y además, si eres como yo y vives en el drama, empezarás a considerar la posibilidad de que le haya pasado algo al niño.

Y ahí, ¿qué haces?

¿Entras a ver si respira, sabiendo que hay un 99% de posibilidades de que se despierte?

¿Te pones a ver Netflix y a relajarte sabiendo que es posible que TU HIJO HAYA MUERTO?

Al final, te convences a ti misma de que el niño está bien y tratas de hacer algo interesante/divertido.

Por fin, tu bebé se despierta y tú suspiras, aliviada. Pues sí que era una Siesta Unicornio y no la muerte. Pero claro, ahora ya ha terminado. Esas tres gloriosas horas de tiempo libre se han marchado para siempre. Si hubieras sabido que las tenías, te habrías organizado. Lo que pasa es que entonces la maternidad no sería el proceso desquiciante que es.

Y sí: estoy escribiendo este post en una Siesta Unicornio, rezando para que el niño aguante hasta que lo publique y con los dedos agarrotados de tensión.

Mejor lo termino aquí, por lo que pueda pasar. 

sábado, 19 de agosto de 2023

Atlas

Vale, que sí. Que ahora lo veo. Que si escribo una entrada con todas mis paranoias respecto a estar embarazada y luego desaparezco, lo lógico es pensar: «Marina tenía razón y el bebé murió». 

Bueno, pues tranquilidad, que no. El bebé está bien. Nació el 22 de junio, justo en su fecha prevista, en un parto más corto que muchas visitas al baño para hacer un number two. Tiene casi dos meses, está gordito y precioso y es, como un gran porcentaje de bebés de esta edad, molesto pero adorable.

Se llama Atlas, que soy consciente de que es un nombre raro y quizá un poco pretencioso, pero que era el único que nos cuadraba a los tres. Tiene los ojos azules y un antojo en la frente con la forma de Tailandia, que me tuvo preocupadísima las primeras horas tras el parto hasta que múltiples fuentes me aseguraron que se le quitaría. 

Es raro tener un segundo hijo, porque con el primero no tienes con qué compararlo y piensas que eso que sientes esas primeras semanas, el proto-apego inexplicable y las ganas de olerle todo el rato, es amor. Pero luego el bebé crece y poco a poco se va convirtiendo en una personita exquisitamente compleja y luminosa, y te das cuenta de que al bebé no es que no lo quieras ahora, pero esa un amor tan minúsculo en comparación con el tamaño que alcanzará en un tiempo que no sabes muy bien qué hacer con él.

Así que a ratos miro a Atlas desorientada y me pregunto: ¿quién eres tú, bebé? ¿De dónde vienes? Alana ahora me parece inevitable; soy incapaz de imaginar, no ya mi vida sin ella, sino un planeta donde no ha nacido. Atlas, por el contrario, todavía es optativo. Todavía tengo fresco el recuerdo de la vida sin él. Aún es demasiado fino el velo que separa su presencia de la posibilidad de que no hubiera ocurrido nunca.

Lo quiero, claro, y mira que es difícil querer en el posparto. Estoy en esa fase en que desapareces. No eres una persona, no tienes gustos ni aficiones, y tu futuro se difumina porque eres incapaz de imaginarlo. Te conviertes en una incubadora humana y te preguntas por qué nadie te avisó de que los primeros meses de la maternidad se reducen a mantener vivo a tu bebé, un empeño que es una mezcla extraña entre agotador y aburrido. 

Ayer miraba por la ventada y vi un barco cruzando el mar delante de Telendos, la isla que hay frente a la nuestra. «Mira —pensé—, la gente va en barco. La gente entra y sale, y va a restaurantes, y hace planes, y se ducha sin tener que pedir disculpas a su pareja por dejarle cinco minutos con el marrón de la descendencia al completo». Sentí la inmensidad de la pérdida de mí misma, que en realidad no es más que la pérdida del tiempo para hacer las cosas que creo que son yo. 

Lo bueno es que la segunda vez ya sabes que todo pasa. Sabes que poco a poco el niño irá durmiendo, y llegará un punto en que podrás acostarlo temprano y recuperar un poco de espacio. Que dejará el pecho. Que podrá quedarse con otros. Que, poco a poco (y esto es lo más mágico) podrás hacer esas cosas que deseas con ese niño. Y muchas más. Y te abrirá el mundo. Y se convertirá en un chorro de luz cegadora en mitad de tu vida, un cajero automático de ternura del que puedes sacar (casi) siempre que quieras.

Así que me resigno a esta temporal ausencia de Marina y, al mismo tiempo, cuando hoy he podido poner a dormir al enano después de una sesión maratoniana de teta, me he preguntado: «¿qué puedo hacer que sea mío? ¿Qué es solo para mí?».

Y aquí estoy.