massobreloslunes: Proyecto Segundo Bebé
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sábado, 9 de septiembre de 2023

La maleta de mi parto




Uno de los peores recuerdos de mi primer parto no es que Pablo se desmayara, o el dolor infernal, o que la niña naciera con dos vueltas de cordón y se la tuvieran que llevar a reanimación.

No: a mí lo que me atormenta es el recuerdo de la maleta.

Que como yo no sabía de qué iba la cosa, había empaquetado todo lo necesario para el parto, el posparto y un breve apocalipsis zombie. Esto, sumado a que Pablo por aquel entonces todavía era vegano, hizo que llegáramos al hospital con una maleta gigante, mochilas, bolsas de plástico repletas de derivados de la soja y una almohada.

Lo que yo no sabía es que en el via crucis del parto iniciado con rotura de bolsa, primero vas a la habitación, sí, pero eso no es un hotel y cuando te mandan al paritario, tienes que dejar la habitación libre.

Así que cuando por fin (POR FIN) me ofrecieron la epidural después de horas de agonizante dolor, ahí que iba yo para el paritorio en una silla de ruedas, gritando como en una sitcom y con Pablo detrás acarreando varias bolsas de equipaje.

Al entrar al paritario, una matrona hizo un comentario sobre los trastos que llevábamos y yo, que soy muy sensible a lo que piense la gente de mí, morí de la humillación.

Total, que para este parto, decidí que no me iba a pasar lo mismo y empleé una cantidad ridícula de energía mental en diseñar dos bolsas de hospital, dos. La primera era la del parto y consistía en una mochila pequeñita y cuqui con lo básico súper básico para parir: cacao para los labios, cepillo de dientes, chanclas, mi adorada máquina TENS y poco más.

(Al final, hasta aquello fue demasiado, porque entre que me pasaron a urgencias y que el niño salió por mi potorro pasaron diez minutos de reloj)

Después tenía la maleta del hospital, con mis camisones monos de lactancia, mi secador de pelo y suficientes compresas de posparto como para contener una inesperada rotura de tuberías. PRO TIP: Nunca se tienen suficientes compresas de posparto.

La idea era: llegar con mi mochila cuqui de parturienta minimalista, expulsar al inquilino y, una vez en la habitación, subir la maleta deluxe como unos auténticos pros del alumbramiento.

Le expliqué el sistema a Pablo con el mismo fervor que se debió de planear el desembarco de Normandía. Tenía que saber dónde estaban la mochila y la maleta, qué había que meter en el último momento, cómo almacenar las jeringuillas de calostro congelado que había extraído por si había que ingresar al niño y, sobre todo, que la maleta se quedaba en el coche hasta que subiéramos a planta.

El problema es que entre nuestra casa y el hospital se me rompió la bolsa, se aceleraron las contracciones y aquello pasó de ir tranquilito a CORREE POR DIOS QUE SE ME SALE EL NIÑO.

Llegamos a Urgencias, me tomaron los datos, me hicieron pasar a la sala de espera, Pablo se fue a aparcar el coche y... subió con la maleta.

Yo lo iba a matar.

Para que os hagáis una idea, había dilatado ya nueve centímetros, soltaba líquido amniótico como el cubo ese de los parques acuáticos que te tira agua encima y, aun así, lo que le dije a Pablo no fue «te quiero, mi amor, vamos a ser padres de nuevo, qué emoción». No: lo que le dije con la voz de la niña de El Exorcista fue:

—Pero ¿se puede saber qué hace aquí la maletaaAAAAAHHH?
—No sé, pensé que hacía falta...
—¡¡NO!! ¡¡No hace falta!! ¡¡Tengo un SISTEMA!

Pablo me miró con cara de no creerse lo que estaba a punto de decir.

—Quieres que... ¿la lleve al coche?
—¡¡¡POR SUPUESTO QUE QUIERO QUE LA LLEVES AL COCHAAAAAAHHHHHHH!!!

Una parte de mi mente me decía: a ver, Marina, que igual tienes al bebé en los próximos cinco minutos y Pablo se lo pierde por estar llevando la maleta. Le dije a esa parte de mi mente que se callara porque yo tenía un SISTEMA y el SISTEMA, mi dignidad y lo que pensaran de mí los profesionales random que asistiera mi parto dependía por completo de que la maleta se quedara en el coche hasta subir a planta.

La gente de la sala de espera flipaba.

Total.

Que Pablo llevó la maleta al coche y, por suerte, volvió antes de que saliera el niño, y todo fue bien, y yo usé mi mochila minimalista para apoyar el brazo cuando estaba intentando que Atlas se me agarrara a la teta.




Y aquí termina la primera historia (que no la última) de la vida de mi hijo sobre algo en lo que invertí una ridícula cantidad de energía emocional y espacio mental para conseguir un resultado que seguramente solo me interesa a mí.

La que le espera.

domingo, 18 de diciembre de 2022

Locura Perinatal


Pasé en el limbo preconcepcional exactamente un mes. Al mes siguiente, cuando los primeros tests de embarazo dieron negativo, empecé a lamentarme y literalmente a llorar pensando que por mi edad, iba a tener que enfrentarme a la infertilidad como siempre había sospechado.

Porque no sé si eso lo he contado aquí, pero yo he sufrido durante años de infertilidad imaginaria. 

Tendría unos veinte (¡veinte!) cuando empecé a seguir blogs de mujeres que no podían tener hijos. Más adelante, leí libros sobre el tema y todo el rato, os lo juro, me imaginaba en sus zapatos y creía que yo iba a ser una de ellas. A veces todavía me pregunto si no lo habré soñado, porque en mi mente yo he sido infértil y he vivido el miedo a no poder tener hijos nunca.

La realidad, sin embargo, es que las dos veces que he intentado quedarme embarazada ha sucedido muy, muy rápido; el segundo mes de limbo, cuando ya había dado la oportunidad por perdida, apareció una sombra en uno de mis tests de embarazo baratos de Amazon. 

Mi paranoia era tal que, a pesar de tener positivos cada vez más fuertes los siguientes días y un análisis de sangre con buenos niveles de hormona del embarazo, pasé las primeras cuatro semanas (las semanas 4-8, de hecho, si una sigue el calendario tradicional) considerándome «pre-embarazada». 

El pre-embarazo era mi estrategia emocional para no desilusionarme cuando la ecografía confirmara lo que ya sabía: que nunca había estado embarazada o que, si lo había estado, el embrión había muerto a los pocos días. Según yo, si la ecografía salía bien, ahí ya podría empezar a considerarme embarazada «de verdad».

La eco salió bien, pero por supuesto yo no me quedé tranquila porque el embrión medía un poquito menos de lo esperado y eso CLARAMENTE quería decir que dos semanas después me haría otra eco y esta vez sí: no habría bebé.

Salvo que la siguiente eco también salió perfecta, así que esa era la oportunidad perfecta para obsesionarme con... ¡las malformaciones genéticas! Literalmente entraba en el foro de la Asociación Española de Síndrome de Down para leer los testimonios de las madres y preguntarme qué haría yo si me tocaba.

A todo esto, estábamos en Tailandia esperando los resultados del Test Prenatal No Invasivo, y yo ya me había montado mi película, que iba más o menos así:

  1. Algo iba a salir mal en el test genético.
  2. Pero como solo era un cribado, tendría que hacerme una amniocentesis.
  3. Que confirmaría que algo estaba fatal con mi bebé, así que tendría que interrumpir mi embarazo...
  4. ... pero seguro que en Tailandia la ley no me lo permitía (esta era mi movida mental sin haber consultado siguiera la ley) y tendría que ir a España.
  5. Y para entonces ya estaría de un montón y sería algo mega-traumático que me dejaría destrozada.
Para colmo, los del hospital Quirón, donde me hice el test, se habían hecho la picha un lío con mis resultados, que estaban listos desde el 5 de diciembre, y andaban mareándome y diciéndome que lo subirían a la app. Y ahí me tenéis a mí, loca perdida, actualizando la app y maldiciendo a los de Quirón porque todo esto era valioso tiempo que yo estaba perdiendo para hacerme otra prueba y confirmar que mi embarazo estaba condenado como yo siempre sospeché.

Total, que los resultados están bien, y vamos a tener un niño, y yo estoy haciendo todo lo posible por salir de las garras de la locura perinatal.

Con Alana me duró la paranoia hasta el primer año de vida. Los tres últimos meses de embarazo me los pasé pensando que la niña se me iba a morir en el útero. Me despertaba por la mañana, la notaba patalear y pensaba «gracias, Alana, gracias». Luego nació y yo sabía, en lo más profundo de mi corazón, que mi bebé iba a dejar de respirar en la cuna.

No sé si todo esto tiene que ver con que en mi mente, nunca me imaginé con un hijo, y menos aún con hijos, plural. Yo pensaba que era incasable como Jo la de Mujercitas y que nadie me querría nunca, y luego estaba el tema de mi infertilidad imaginaria.

Total, que todo esto para contaros que estoy embarazada, pero que lo estoy llevando regular. 

Lo bueno es que he llegado al punto en que mi locura perinatal es muy obvia incluso para mí misma, así que en general la vivo con suficiente distancia como para que no me amargue (toda) la vida. Es como tener a una caricaturesca vecina de Aquí no hay quien viva que no para de darte la brasa, pero que es tan pesada que te hace un poco de gracia.

(Y ahora, por supuesto, estoy temiendo que con este post he gafado el embarazo y que seguro que algo va a salir terriblemente mal)

Menos mal que he esperado tanto para contarlo aquí que apenas os quedan seis meses de esta tortura. Intentaré que mis siguientes posts sobre el tema sean más optimistas.

PD: La foto es de todos los tests de embarazo que me hice hace dos meses. Lo mejor del asunto es que aún ahora, con un bebé del tamaño de una naranja en mi barriga, todavía los miro y pienso que no están lo suficientemente oscuros y que probablemente no estoy embarazada. Lo que yo os diga: loca como una p*ta regadera.

sábado, 22 de octubre de 2022

Cambiar pañales



Cuando la gente habla de tener dos hijos, un tema que sale mucho es el de los pañales.

«Espera a que el primero ya no lleve pañales; así no tienes que cambiárselos a los dos a la vez». 

«Si tardas mucho tiempo en ir a por el segundo, te dará pereza volver a cambiar pañales». 

La pañalfobia parece universal y es también por lo que la gente se empeña en enseñar al niño a usar el váter lo antes posible, lo que puede estar bien o ser una pésima idea si no está preparado.

Yo no lo entiendo. A mí cambiar pañales me parece, con muchísima diferencia, lo menos molesto de la maternidad.

[Aclaro que estoy hablando de cambiar pañales normales de plástico de toda la vida. No hay un solo universo en el que uso los de tela, y me da igual que por culpa de gente como yo las generaciones posteriores vayan a vivir en un vertedero y tengan que mudarse a Marte.]

Cambiar pañales es simple. Cualquiera puede hacerlo. Tiene un número de variables limitadas que puedes perfeccionar: con un presupuesto razonable, consigues buenos pañales, una crema efectiva y toallitas sin perfume que te hacen sentir buena madre que respeta el ph de su progenie.

Compara esto con, por ejemplo, la nutrición, y saber qué es bueno o malo para tu hijo, o con la educación y los millones de respuestas posibles que hay para cada pequeño conflicto. 

Cuando cambiar un pañal, además, está clarísimo que lo has hecho bien. No dudas de si el bebé ha comido suficiente o necesita echar más gas. El culo estaba sucio y ahora está limpio y huele bien. Puedes tener tu conciencia tranquila.

Los pañales se cambian rápido y ni siquiera en situaciones precarias, como un baño público sin cambiador y un bebé con diarrea, sobrepasan tu capacidad de respuesta. Hasta el episodio más grotesco se queda en una anécdota de la que después te ríes. No te produce instintos homicidas como cuando el bebé no te deja dormir o el niño de dos años se niega a ponerse el pijama. 

Y sí, es más cómodo que tu hijo haga pis y caca en el váter, pero la época de transición es muy molesta. Vives con miedo a te la líe, así que vas registrando en tu cerebro dónde está el váter más próximo y preguntándole cada treinta segundos si necesita hacer pis. Te vas a dormir preguntándote si esta será la noche donde tendrás que ponerte a cambiar sábanas con los ojos pegados. 

Mi hija ya hace tiempo que no lleva pañales y está muy bien. Hay algo adorable, además, en un niño diciendo «voy a hacer pis» y sentándose en el váter con los piececitos colgando; no me digáis que solo me pasa a mí, porque por algo los anuncios de papel higiénico usan niños desde tiempos inmemoriales.

Aun así, cuando tenga que volver a cambiar pañales, estaré bien. Como decimos en Andalucía, que tó fuera eso

jueves, 6 de octubre de 2022

El Limbo Preconcepcional



Estamos intentando tener un segundo hijo. Es algo que no debería contar porque como que lo gafa y le añade presión, supongo, pero lo cuento porque tengo un plan y es el siguiente:

  1. Intentar tener un hijo durante seis ciclos (ahora mismo vamos por el segundo). 
  2. Si no me he quedado embarazada, valorar mi estado mental. ¿Me he convertido en una loca obsesionada por las tiras de ovulación? ¿Está mi vida detenida en un Limbo Preconcepcional del que necesito salir? ¿O, por el contrario, me encuentro bien, tranquila y contenta de tener una Semana Oficial del Sexo todos los meses y no me importa seguir intentándolo?
  3. Si estoy bien, probar otros seis meses y pasar al punto cinco. 
  4. Si estoy locaza, ir directamente al punto cinco. 
  5. Se acaban los intentos de procreación. Pablo se hace una vasectomía. Seguimos con nuestras vidas.
¿Por qué este abordaje racional y cuasi-clínico de la situación? ¿No sería mejor «dejar que las cosas fluyan, y que sea lo que tenga que ser?

Yo sé que hay gente que fluye. Que tiene sexo y ya está, y de repente un día está embarazada y ni se había dado cuenta de que le tenía que venir la regla.

En mi caso es imposible porque me he tomado la Píldora Roja de la Conciencia Procreadora, que es un término que me acabo de inventar y que significa que sé cuáles son mis días fértiles y cuando me tiene que venir la regla. Esa información no la puedes olvidar. Es literalmente imposible para mí tener sexo y no saber exactamente si ese mes podría o no estar embarazada. 

Si no estoy previniendo de forma activa un embarazo, estoy en el Limbo Preconcepcional, y el Limbo Preconcepcional es lo peor. 

¿En qué consiste?

Fase 1: la regla

La primera semana tienes la regla y eso significa que no estás embarazada, por lo al principio puedes ponerte un poco tristona. 

Pero si eres como yo, te sobrepones y piensas: «¡otro ciclo = otra oportunidad! ¿Qué puedo hacer este mes?». Compras un nuevo suplemento y te pones calcetines para dormir, que la medicina china dice que es bueno para la fertilidad. Cruzas los dedos y esperas.

Fase 2: tus cinco días al mes de vida normal

En este momento, no estás embarazada, no tienes la regla y tampoco eres fértil, así que puedes, más o menos, hacer tu vida. Una parte de ti sigue pensando en cómo aumentar tus posibilidades: tomas más suplementos y comes bien para que tu cuerpo sienta que vives en la abundancia pro-bebés, pero en general estos son los cinco mejores días del mes. 

Fase 3: la maquinación sexual

Tu ovulación se acerca y tú empiezas a calcular cómo os vais a organizar para el sexo. Tenéis una hija y no es tan fácil: habrá que hacerlo por las mañanas, mientras está en la guardería pero, ¿y si cae en fin de semana? Para ti lo ideal es el sexo madrugador matutino, pero tu marido lo odia. El sexo nocturno tiene menos probabilidades de fecundarte. ¿Y llamar a la canguro para que se lleve a la niña al parque? 

Mientras maquinas, empiezas a acechar a tu maromo. «¿Estás preparado?». Él te mira sin tener la más mínima idea de qué estás hablando, hasta que se acuerda: ah, sí, lo del hijo. Suspira, pero al mismo tiempo se alegra porque después de todo, ¡SEXO!

No solo eso: sexo fácil. Sexo en el que puede acercarse a ti sin haberse duchado en tres días, con calzoncillos de abuelo y los calcetines puestos, que tú le saltarás encima como si fuera Maxi Iglesias. 

Fase 4: la Semana Oficial del Sexo

Aquí hay de todo: polvos espectaculares que te hacen pensar que oye, después de todo no está tan mal lo de intentar concebir, y otros en los que lo que quieres es dormir, o leer, o prepararte un sándwich, y te sientes culpable por la poca poesía que le estás poniendo al asunto.

Cuando, por fin, confirmas que has ovulado y que ya no podéis hacer más este mes, se lo dices a tu marido. Secretamente, suspiráis aliviados y volvéis a vuestra lamentable frecuencia sexual de pareja casada que, después de todo, es la mar de cómoda.

Fase 5: La espera

Ahora ya solo te queda esperar. Te haces amiga online de mujeres desconocidas que comparten demasiada información sobre su moco cervical. Miras fijamente tu app de fertilidad esperando que te dé alguna pista. Deseas que el día que os quedasteis fritos en plenos preliminares le hubierais puesto más ganas al asunto, porque SEGURO que ESE era el día en que tu óvulo rodó trompas de falopio abajo en todo su glorioso esplendor.

La espera, al menos, no requiere de ti nada más que... esperar. Y tarde o temprano se acaba. Si estás embarazada, empieza otro catálogo de miseria humana que, al menos, es distinto. Si no lo estás, vuelta a la casilla de salida.

Con Alana tuvimos suerte y el Limbo Preconcepcional fue breve, pero ahora tengo treinta y siete añazos y poca paciencia. Si no me voy a quedar embarazada, prefiero centrar cuando antes mi energía en la iluminación, el Pulitzer y tener hombros como cabezas de bebé. De ahí mi plan pim-pam-pum en cinco pasos y mi despreocupación al compartir esto con vosotros.

Ahora mismo estoy en la fase de espera: a entre tres y seis días de saber si me he quedado o no embarazada. Tengo montones de síntomas aunque es físicamente imposible tener síntomas a estas alturas, así que me he resignado a que mi tendencia a somatizar me confundirá a menudo en este proceso. 

Ya os contaré.