Hay pintadas espantosas, ya sabéis: esas firmas toscas de quinceañero rebelde que desfiguran las persianas de los comercios y las paredes de los edificios. Otras, sin embargo, conmueven por su contacto bruto y directo con la vida. En la persiana cerrada de un comercio cercano a mi casa puede leerse, en grandes letras violetas: “te pienso tanto, Fabricia…”. Los puntos suspensivos chorrean un poco de spray y un mucho de melancolía, y es tan hermoso: te pienso; no te quiero, ni te amo, ni te deseo; te pienso, y en ese pensamiento intento contenerte entera, y no te puedo sacar no ya de mi corazón, sino ni siquiera de mi cabeza.
No sé si los pijos que van al nuevo aulario de Derecho lo saben, pero el año pasado, mientras se construía, alguien pintó en mayúsculas sobre la pared una frase.
ESTA MOLE DE CEMENTO ME TAPA LA SIERRA, decía.
Y era tan sincerísimo, tan de "aún me queda el pataleo", que cada vez que pasábamos por delante Josy y yo nos parábamos, movíamos las manos como declamando y repetíamos aquella queja eterna en voz alta, resucitándola para que el que pasara por al lado pudiera escucharla. Claro que sí: la mole de cemento tapa la sierra y no nos hace ni puta gracia. Poned el progreso como excusa, defended que los de Derecho necesitan urgentemente un aulario, pero nos estáis tapando la sierra y eso nos toca las narices. Cada vez que yo pasaba por ahí sonreía y me quitaba mentalmente el sombrero frente al autor, y me lo imaginaba al otro lado de la calle, dibujando de memoria las cumbres de la sierra y con ganas de hacer reventar las grúas y los ladrillos que habían colocado sin consultarle.
Luego está el flautista de Gran Capitán, que se mueve y toca... nuestra música apagará nuestro fuego, afirman altivas las letras escritas a su lado. O la alcantarilla que había de camino a Políticas a la que alguien le había dibujado una sonrisa. O ese “Yonquis, os queremos. Muac muac” del que os hablé el otro día y que aún nos hace reír a Jose y a mí. O quienquiera que fuese que convirtió las vigas de un pasillo entre dos estaciones de metro de Barcelona en un larguísimo poema, con un verso en cada viga del techo, de forma que parecía que una mano invisible y enorme lo estaba escribiendo para ti en ese mismo instante.*
Las marcas de lencería no consultan a nadie para llenar las paradas de autobuses con fotos de quinceañeras en tanga. Entre eso y las pintadas (algunas, no todas), me quedo con las segundas.
*Sólo lo vi una vez. Luego lo blanquearon y a mí se me quejó el alma un poquito.
martes, 18 de octubre de 2005
domingo, 16 de octubre de 2005
Física del frío
Aunque me considero un animalito de clima cálido (alguna perezosa especie tropical, no sé bien cuál), a veces le encuentro su gracia al invierno.
Me tumbo, por ejemplo, debajo de una manta. Ahí estoy yo: un conjunto de células que han dado en llamarse Marina. Todos mis sistemas funcionan: los pulmones se hinchan rítmicamente, el estómago separa los nutrientes y los digiere entre delicados ruidos, el corazón se contrae en espasmos sanguíneos y regulares.
Si nos aproximamos más, encontramos mis células: millones de pequeñas unidades de vida, con sus núcleos, sus mitocondrias, su aparato de Golgi, interpretando complicadas cadenas de ADN, produciendo proteinas y desencadenando, una a una, las funciones que me mantienen viva. También están las neuronas, que se comunican entre sí como cables que chocan en la lluvia, con un chisporroteo de luz entre sus extremos.
Todos estos procesos tienen como resultado el calor: una calidez leve pero segura que se extiende alrededor de mi cuerpo como una placenta invisible. Puesto que estoy debajo de una manta que impide que se escape esa energía calorífica, al cabo de un rato empiezo a sentirme templadita y confortable como una sopa, y al amparo de esa temperatura placentera que mi cuerpo y la manta han construido para mí, duermo la siesta. Y es tan sencillo pero, a la vez, tan milagroso…
Me tumbo, por ejemplo, debajo de una manta. Ahí estoy yo: un conjunto de células que han dado en llamarse Marina. Todos mis sistemas funcionan: los pulmones se hinchan rítmicamente, el estómago separa los nutrientes y los digiere entre delicados ruidos, el corazón se contrae en espasmos sanguíneos y regulares.
Si nos aproximamos más, encontramos mis células: millones de pequeñas unidades de vida, con sus núcleos, sus mitocondrias, su aparato de Golgi, interpretando complicadas cadenas de ADN, produciendo proteinas y desencadenando, una a una, las funciones que me mantienen viva. También están las neuronas, que se comunican entre sí como cables que chocan en la lluvia, con un chisporroteo de luz entre sus extremos.
Todos estos procesos tienen como resultado el calor: una calidez leve pero segura que se extiende alrededor de mi cuerpo como una placenta invisible. Puesto que estoy debajo de una manta que impide que se escape esa energía calorífica, al cabo de un rato empiezo a sentirme templadita y confortable como una sopa, y al amparo de esa temperatura placentera que mi cuerpo y la manta han construido para mí, duermo la siesta. Y es tan sencillo pero, a la vez, tan milagroso…
viernes, 14 de octubre de 2005
Paisaje con grúa al fondo
Me siento a escribir sin argumento, sin una idea que vertebre las frases que van saltando a mi cabeza como si alguien me las estuviera dictando en el oído.
Te vas, desaparece tu perfil detrás de la puerta y yo pienso que no me puedo permitir ponerme triste. Me lío un cigarro y me siento en la terraza a despedirme de un sol que amenaza con ocultarse de aquí a poco entre las nubes. Hay personas, me digo, que son como este sol de media tarde: hieren si te dan directamente en la cara, pero cuando se van te dejan muerta de frío. Fumo despacito y escucho el ruido de la obra, y se me viene otra metáfora fácil a la cabeza. La vida. La vida es como esta obra: es fea y ruidosa, pero parece que lleva a alguna parte. Qué va, me sale enseguida; la vida no es fea, la vida es preciosa, pero sí que está llena de ruido, y sí que muchas veces no le ves el final a todo ese traqueteo de máquinas, a ese ir y venir de albañiles renegridos por entre los cimientos.
El cigarrito de después, se me ocurre luego. ¿De después de qué? De que te partan el corazón. Bah, no es para tanto, boba, no es para tanto. No dramatices. Tampoco tenías el corazón tan entero como para que te lo partieran. Tampoco dejaste que saliera demasiado de su herrumbrosa caja de costillas.
¿Qué voy a hacer hoy? me pregunto a mí misma con interés. No sé, me contesto: fregaré los platos con música (me encanta la montaña de platos cuando es el pretexto para escucharse entero un buen disco), saldré a dar un paseo, me apuntaré al taller de escritura que vi el otro día anunciado. Me meteré en una librería y me regalaré un buen libro, un libro largo y absorbente, de esos que te hacen sentir acompañada con el simple gesto de meterlos en el bolso cada vez que sales.
El amor, me digo, a punto de atacar con otra comparación lapidaria de las que se me están ocurriendo hoy. El amor es como este cigarro que me estoy fumando: si no le das las caladas con fuerza, con entusiasmo, se apaga y no hay forma de que tire. Por otra parte, si te dan un cigarro apagado no hay forma de encenderlo, por más que te apliques a la tarea de aspirar de la boquilla. Hace falta un fuego inicial, una chispa. Y que no haya viento. Y un poco de suerte.
Consejo número veintiséis: escribe inflexible y claro sobre lo que duele. Me meto en el salón, porque en la terraza se ha ido el sol y empieza a hacer frío. Me echo la manta de Mariana sobre las rodillas, esa que no me llegó a regalar, pero que se olvidó en el cuarto que compartimos y que yo me apropié desvergonzadamente. Cuando estoy a punto de terminar llega Josy y se sienta a mi lado. Me debato entre quedarme aquí esbozando aforismos inútiles o hablar un rato con ella: la eterna lucha entre realidad y literatura, entre palabras y personas.
Finalmente, cierro el portátil y nos vamos a la cocina a fregar platos, a hacer té y a escuchar al Canelita.
Sí que es bonita la vida, ya lo creo.
Te vas, desaparece tu perfil detrás de la puerta y yo pienso que no me puedo permitir ponerme triste. Me lío un cigarro y me siento en la terraza a despedirme de un sol que amenaza con ocultarse de aquí a poco entre las nubes. Hay personas, me digo, que son como este sol de media tarde: hieren si te dan directamente en la cara, pero cuando se van te dejan muerta de frío. Fumo despacito y escucho el ruido de la obra, y se me viene otra metáfora fácil a la cabeza. La vida. La vida es como esta obra: es fea y ruidosa, pero parece que lleva a alguna parte. Qué va, me sale enseguida; la vida no es fea, la vida es preciosa, pero sí que está llena de ruido, y sí que muchas veces no le ves el final a todo ese traqueteo de máquinas, a ese ir y venir de albañiles renegridos por entre los cimientos.
El cigarrito de después, se me ocurre luego. ¿De después de qué? De que te partan el corazón. Bah, no es para tanto, boba, no es para tanto. No dramatices. Tampoco tenías el corazón tan entero como para que te lo partieran. Tampoco dejaste que saliera demasiado de su herrumbrosa caja de costillas.
¿Qué voy a hacer hoy? me pregunto a mí misma con interés. No sé, me contesto: fregaré los platos con música (me encanta la montaña de platos cuando es el pretexto para escucharse entero un buen disco), saldré a dar un paseo, me apuntaré al taller de escritura que vi el otro día anunciado. Me meteré en una librería y me regalaré un buen libro, un libro largo y absorbente, de esos que te hacen sentir acompañada con el simple gesto de meterlos en el bolso cada vez que sales.
El amor, me digo, a punto de atacar con otra comparación lapidaria de las que se me están ocurriendo hoy. El amor es como este cigarro que me estoy fumando: si no le das las caladas con fuerza, con entusiasmo, se apaga y no hay forma de que tire. Por otra parte, si te dan un cigarro apagado no hay forma de encenderlo, por más que te apliques a la tarea de aspirar de la boquilla. Hace falta un fuego inicial, una chispa. Y que no haya viento. Y un poco de suerte.
Consejo número veintiséis: escribe inflexible y claro sobre lo que duele. Me meto en el salón, porque en la terraza se ha ido el sol y empieza a hacer frío. Me echo la manta de Mariana sobre las rodillas, esa que no me llegó a regalar, pero que se olvidó en el cuarto que compartimos y que yo me apropié desvergonzadamente. Cuando estoy a punto de terminar llega Josy y se sienta a mi lado. Me debato entre quedarme aquí esbozando aforismos inútiles o hablar un rato con ella: la eterna lucha entre realidad y literatura, entre palabras y personas.
Finalmente, cierro el portátil y nos vamos a la cocina a fregar platos, a hacer té y a escuchar al Canelita.
Sí que es bonita la vida, ya lo creo.
jueves, 13 de octubre de 2005
Lo siento
Pensaba postear, lo juro... Lo llevaba preparadito en mi tresymedio y no era mal post... Pero en este ciber tienen tapada la disquetera con cinta aislante.
Cabrones.
Mañana por la noche, ¿de acuerdo?
Cabrones.
Mañana por la noche, ¿de acuerdo?
sábado, 8 de octubre de 2005
Marina in the Mirror
Estoy pagando por escribir en un ciber y no sé exactamente por qué quiero hacerlo ni qué va a salir. Sólo sé que es sábado y que hay una luz blanca y extraña de nublado; que ya no tengo nada que hacer hasta que lleguen las ocho y me vaya a la fiesta de la PK; que me estaba asfixiando a pesar de las vistas de noveno de mi piso. Así que he bajado aquí, he blogueado un poco (no sabéis cuánto lo echo de menos desde que estoy en Granada) y me he dicho: va, Marina, escribe un poco, escribe sin pensar durante un cuarto de hora y luego lo publicas sin corregir, con dos cojones.
Es la segunda vez que pasan el mismo disco de Shakira desde que entré aquí, y me acuerdo de que yo escuchaba Shakira cuando tenía catorce años, pero no ahora, señora dueña del ciber, no ahora. Cuando yo tenía catorce años me fui a Mallorca con mi amiga Caro y oíamos este disco tumbadas sobre las rígidas sábanas blancas de la habitación de hotel. No recuerdo mucho de ese viaje: bucear en las calitas con gafas redondas y tubos de plástico; bajar por las noches al bar del hotel e intentar sin éxito encontrar un amor de verano; un calor pegajoso que no se iba nunca y un sopor extraño de isla que me daba ganas de dormir durante todo el día. No fue un gran viaje.
Pienso que quiero hablar de Barcelona, que un día de estos escribiré un post sobre aquello y sobre largos sábados como éste en los que no tenía ninguna fiesta esperándome al final de la tarde. Quiero hablar de Barcelona en un alarde de exhibicionismo emocional. Bah, me digo, a quién le importa. El otro día lo intenté, lo juro: me senté frente al portátil con los dientes apretados, respirando despacito, e intenté contar un poco cómo fueron aquellos seis meses que me cambiaron la vida, cómo aprendí exactamente a qué sabe la soledad. Me salió un texto largo, vomitado, parecido a este, que rezumaba un dolor tan insoportable que no me atreví a publicarlo. Concluía con las palabras "Y eso es todo. No hay lecciones bonitas que aprender sobre esta historia", pero hoy pienso que sí que las hay, que algo me ha traído desde allí hasta aquí, hasta este ordenador extraño en una ciudad que sigue siendo extraña y que eso, de alguna forma, tiene un sentido.
Sólo me quedan cuatro minutos del cuarto de hora que me prometí y he hecho trampa: he releido todo lo anterior para ver qué tal estaba quedando y he cambiado un par de cosas. No mucho, apenas unas comas. Y me pregunto dónde está mi equilibrio entre la compañía y la soledad, porque estoy con gente y me muero por irme a mi cuarto a escribir un rato, o a leer, o a tumbarme en la cama a soñar despierta un poco. Pero luego llega un sábado como el de hoy, con una mañana libre y larga para vagar sola por mi solitario piso, y acabo escribiendo en un ciber, totalmente perdida, creyendo erróneamente por trigesimooctava vez que esto me va a salvar la vida. Qué va, Marina: las tablas salvavidas no están hechas de palabras; están hechas de corcho, o de madera como mucho, y de entre estas letras no te va a salir una balsa con una sábana en medio, como las de los dibujitos, para que tú te montes en ella y te vayas flotando como una náufraga momentáneamente salvada.
Exagero, como siempre, así que no os preocupéis. Dentro de un par de horas me juego el cuello a que me estoy riendo. Dentro de cuatro me lo vuelvo a jugar a que estoy borracha. Sin embargo, qué queréis que os diga: me da miedo, me da miedo quedarme sola un mísero sábado y atisbarme a mí misma en el espejo, como en el laberinto de la Historia Interminable, y encontrarme vete tú a saber qué monstruo bíblico. Quién es la que aparece cuando no hay ruido. Quién es esa que sale cuando me callo la boca.
En fin, qué se yo... Voy a cumplir lo prometido y a publicarlo sin corregirlo, lo juro. De aquí, de esta maraña hastiada de comas, de este batiburrillo sin pulir, es de donde parte la verdadera yo. Creo.
Es la segunda vez que pasan el mismo disco de Shakira desde que entré aquí, y me acuerdo de que yo escuchaba Shakira cuando tenía catorce años, pero no ahora, señora dueña del ciber, no ahora. Cuando yo tenía catorce años me fui a Mallorca con mi amiga Caro y oíamos este disco tumbadas sobre las rígidas sábanas blancas de la habitación de hotel. No recuerdo mucho de ese viaje: bucear en las calitas con gafas redondas y tubos de plástico; bajar por las noches al bar del hotel e intentar sin éxito encontrar un amor de verano; un calor pegajoso que no se iba nunca y un sopor extraño de isla que me daba ganas de dormir durante todo el día. No fue un gran viaje.
Pienso que quiero hablar de Barcelona, que un día de estos escribiré un post sobre aquello y sobre largos sábados como éste en los que no tenía ninguna fiesta esperándome al final de la tarde. Quiero hablar de Barcelona en un alarde de exhibicionismo emocional. Bah, me digo, a quién le importa. El otro día lo intenté, lo juro: me senté frente al portátil con los dientes apretados, respirando despacito, e intenté contar un poco cómo fueron aquellos seis meses que me cambiaron la vida, cómo aprendí exactamente a qué sabe la soledad. Me salió un texto largo, vomitado, parecido a este, que rezumaba un dolor tan insoportable que no me atreví a publicarlo. Concluía con las palabras "Y eso es todo. No hay lecciones bonitas que aprender sobre esta historia", pero hoy pienso que sí que las hay, que algo me ha traído desde allí hasta aquí, hasta este ordenador extraño en una ciudad que sigue siendo extraña y que eso, de alguna forma, tiene un sentido.
Sólo me quedan cuatro minutos del cuarto de hora que me prometí y he hecho trampa: he releido todo lo anterior para ver qué tal estaba quedando y he cambiado un par de cosas. No mucho, apenas unas comas. Y me pregunto dónde está mi equilibrio entre la compañía y la soledad, porque estoy con gente y me muero por irme a mi cuarto a escribir un rato, o a leer, o a tumbarme en la cama a soñar despierta un poco. Pero luego llega un sábado como el de hoy, con una mañana libre y larga para vagar sola por mi solitario piso, y acabo escribiendo en un ciber, totalmente perdida, creyendo erróneamente por trigesimooctava vez que esto me va a salvar la vida. Qué va, Marina: las tablas salvavidas no están hechas de palabras; están hechas de corcho, o de madera como mucho, y de entre estas letras no te va a salir una balsa con una sábana en medio, como las de los dibujitos, para que tú te montes en ella y te vayas flotando como una náufraga momentáneamente salvada.
Exagero, como siempre, así que no os preocupéis. Dentro de un par de horas me juego el cuello a que me estoy riendo. Dentro de cuatro me lo vuelvo a jugar a que estoy borracha. Sin embargo, qué queréis que os diga: me da miedo, me da miedo quedarme sola un mísero sábado y atisbarme a mí misma en el espejo, como en el laberinto de la Historia Interminable, y encontrarme vete tú a saber qué monstruo bíblico. Quién es la que aparece cuando no hay ruido. Quién es esa que sale cuando me callo la boca.
En fin, qué se yo... Voy a cumplir lo prometido y a publicarlo sin corregirlo, lo juro. De aquí, de esta maraña hastiada de comas, de este batiburrillo sin pulir, es de donde parte la verdadera yo. Creo.
miércoles, 5 de octubre de 2005
Dos por uno
1. Sueño que estoy en el balneario con mi familia y con J., uno de mis amores platónicos de la infancia. El agua es muy azul y las columnas están cubiertas de una luiz dorada. Mis padres se pelean, pero se pelean como si estuvieran casados y en el fondo quisieran reconciliarse. Cuando estoy empezando a entristecerme, J. me coje a caballito y se tira al agua, y me lleva a lomos como un delfín domesticado. Va muy rápido y parece que no le cuesta ningún esfuerzo; yo me río a carcajadas, pero al mismo tiempo contengo la respiración para no tragar agua, mientras a mi lado se levantan olas de un profundo color turquesa.
Llegamos a una especie de anfiteatro parcialmente hundido en el mar, al otro lado de una pequeña bahía. Nos sentamos en dos rocas, el uno frente al otro, y veo que tiene la piel cubierta de pecas; en la realidad no es así, pero en el sueño sí, y puedo ver pecas incluso en sus uñas. Su piel reluce como la piedra de las columnas, y yo estoy emocionada por la posibilidad de gustarle al fin, después de tantos años. De pronto unas excavadoras comienzan a destruir el anfiteatro, y a mí me da pena, pero sé que no puede ser de otra manera.
2. Me duelen los gemelos de andar por Granada. Me gusta caminarme esta ciudad, porque es tan pequeña que te da la sensación de que la tienes entera bajo las piernas, como un animal domesticado. Estar aquí o allí, en una punta u otra del centro, está separado sólo por diez o quince minutos de caminata enérgica, y eso da más libertad que cualquier coche, porque no hay atasco que te detenga, ni calle peatonal que se te resista.
Es estupendo Octubre, cuando las clases parecen más un entretenimiento que una obligación y todo se me mezcla: las tapas con las bolsas del Mercadona cargadas hasta arriba; una escapadita al cine con ir, poco a poco, desmontando las cajas que aún adornan el pasillo de mi piso. El tiempo y sus ratos transcurren con una placidez blanda, como si el verano no se hubiera terminado del todo.
Jose y yo salimos el sábado y tomamos unas cervezas en el Bohemia. Está saliendo por fin de su crisis existencial y todo él reluce de pura inspiración. Luego me pide que le enseñe el Paseo de los Tristes porque, como yo, se ha visto seducido por su nombre, hermoso y melancólico como toda Granada.
En el camino nos desviamos por la cuesta de Gomérez para ver la Puerta de las Granadas, y tardamos media hora en subirla porque vamos explorando las callecitas adyacentes: blancas bajo la luz de los faroles, desiertas como decorados vacíos de una película antigua. Nos reímos al leer una pintada en un muro: "Yonquis, os queremos. Muac Muac". Llegamos arriba y leemos la inscripción de la entrada: Jose en silencio, yo recitando ampulosamente como cuando hacía teatro de pequeñita.
Cuando llegamos por fin al Paseo de los Tristes, nos sentamos al borde del Darro y miramos un rato la Alhambra (como tantos y tantos millones de ojos en esta ciudad, turística de puro bonita).
- Qué dolor más dulce – dice Jose, al cabo de un rato.
- ¿Cuál? – pregunto, y sé la respuesta, aunque no encuentro exactamente las palabras.
- Entristecerse en Granada.
- Sí – asiento, seriamente.
Llegamos a una especie de anfiteatro parcialmente hundido en el mar, al otro lado de una pequeña bahía. Nos sentamos en dos rocas, el uno frente al otro, y veo que tiene la piel cubierta de pecas; en la realidad no es así, pero en el sueño sí, y puedo ver pecas incluso en sus uñas. Su piel reluce como la piedra de las columnas, y yo estoy emocionada por la posibilidad de gustarle al fin, después de tantos años. De pronto unas excavadoras comienzan a destruir el anfiteatro, y a mí me da pena, pero sé que no puede ser de otra manera.
2. Me duelen los gemelos de andar por Granada. Me gusta caminarme esta ciudad, porque es tan pequeña que te da la sensación de que la tienes entera bajo las piernas, como un animal domesticado. Estar aquí o allí, en una punta u otra del centro, está separado sólo por diez o quince minutos de caminata enérgica, y eso da más libertad que cualquier coche, porque no hay atasco que te detenga, ni calle peatonal que se te resista.
Es estupendo Octubre, cuando las clases parecen más un entretenimiento que una obligación y todo se me mezcla: las tapas con las bolsas del Mercadona cargadas hasta arriba; una escapadita al cine con ir, poco a poco, desmontando las cajas que aún adornan el pasillo de mi piso. El tiempo y sus ratos transcurren con una placidez blanda, como si el verano no se hubiera terminado del todo.
Jose y yo salimos el sábado y tomamos unas cervezas en el Bohemia. Está saliendo por fin de su crisis existencial y todo él reluce de pura inspiración. Luego me pide que le enseñe el Paseo de los Tristes porque, como yo, se ha visto seducido por su nombre, hermoso y melancólico como toda Granada.
En el camino nos desviamos por la cuesta de Gomérez para ver la Puerta de las Granadas, y tardamos media hora en subirla porque vamos explorando las callecitas adyacentes: blancas bajo la luz de los faroles, desiertas como decorados vacíos de una película antigua. Nos reímos al leer una pintada en un muro: "Yonquis, os queremos. Muac Muac". Llegamos arriba y leemos la inscripción de la entrada: Jose en silencio, yo recitando ampulosamente como cuando hacía teatro de pequeñita.
Cuando llegamos por fin al Paseo de los Tristes, nos sentamos al borde del Darro y miramos un rato la Alhambra (como tantos y tantos millones de ojos en esta ciudad, turística de puro bonita).
- Qué dolor más dulce – dice Jose, al cabo de un rato.
- ¿Cuál? – pregunto, y sé la respuesta, aunque no encuentro exactamente las palabras.
- Entristecerse en Granada.
- Sí – asiento, seriamente.
sábado, 1 de octubre de 2005
Post precocinado listo para descongelar
Preparadito en su diskete como los deberes de una niña buena. Hala, para que os quejéis luego ;)
29 de septiembre de 2005
Me levanto temprano para ir al hospital antes de marcharme a Granada. La primera vez que madrugas después del verano siempre tiene ese matiz entre tristón y excitado del comienzo de curso, lo inesperado del frío y el cielo todavía oscuro. Me desperezo, desayuno y deambulo en pijama por mi casa dormida, terminando la maleta sin prestar mucha atención a lo que meto.
Mi madre y yo hemos quedado con la ginecóloga en Urgencias, junto a la zona de partos, y continuamente entran y salen mujeres con barrigas enormes; al principio pienso que están todas de parto, pero la mayoría viene sólo a que monitoricen el latido del corazón del feto para confirmar que todo va bien. Se sientan de tres en tres en una habitación pequeñita, con las grandes panzas llenas de sensores y cables, y el sonido sincopado y submarino del corazón de sus hijos se extiende por el pasillo adyacente, donde esperamos mi madre y yo apoyadas contra la pared. De pronto sale una matrona de quirófano con un diminuto bulto envuelto en una sábana verde. Lo miro un poco incrédula. “Es un niño”, casi pregunto a mi madre, que lo mira también y sonríe. La comadrona sale al vestíbulo a avisar a la familia, y cuando entra de nuevo nosotras estiramos el cuello para intentar ver al bebé. Ella parece dudosa, pero sonríe y retira un poco la tela. El niño tiene la carita arrugada, los ojos cerrados y un puño apretado por delante del pequeño rostro de pez. Brilla aún de pegajoso líquido amniótico. Le observamos mientras escuchamos los corazones de los otros bebés que, en unos días, saldrán al mundo como él.
Es como estar en las mismas puertas de la vida.
Me gustaría preguntarle qué o a quién ha visto al otro lado, de dónde viene, qué nos trae. Es tan nuevecito. No hay ni una sola huella del mundo en su cara. Pero eso lo pienso después, mientras le recuerdo, completamente indefenso, tan inmóvil. En el momento sólo puedo intentar retener en mi mente la imagen de su rostro, que parece saber más que todos los nuestros, que viene directamente desde la raíz del misterio.
Entra la familia de la parturienta con cara de nervios, de haber dormido poco. Conjeturo que son los padres, la hermana, el cuñado y la abuela, que va un poco rezagada. No parecen ni muy ricos, ni muy pobres, ni muy felices, ni muy marginales. Normalidad en estado puro. Salen al cabo de unos minutos, sonriendo como sólo se sonríe cuando nace un niño o cuando te enamoras: desvergonzada, incontroladamente. Enhorabuena, murmuramos cuando pasan, y esbozamos una sonrisa sin ser capaces de darle esa cualidad sobrehumana que tiene la suya. Gracias, contestan, un poco aturdidos. La abuela solloza en silencio.
Una nueva vida, pienso después, mientras viajo hacia Granada por primera vez en el curso. Ruego para que sea una señal que me está enviando vete a saber quién. También para mí empezará una nueva vida o, aún mejor, una versión de la anterior con más utilidades y prestaciones, como los programas informáticos. Llego a mi piso y lo encuentro vacío, con dos vueltas de llave y las cajas esparcidas por el pasillo, e intento hacerme a la idea de que empiezo otra vez a vivir sola. Hago listas mentales: tengo que limpiar, ir al supermercado, deshacer cajas, plantar hierbabuena en el balcón, comprar una silla que no me destroce la espalda. Estiro los brazos, como para aprovechar mejor este espacio que tengo para mí sola, y me siento a contemplar la Vega en nuestra enorme terraza. Aunque la vista sería mejor si no hubiera una grúa enorme justo enfrente, me gusta mirar cómo se mueve e imaginarme que doy un paseo montada en ella.
Una nueva vida, me repito, o una versión mejorada de la antigua. Genial. Voy a echarme una siesta, que tendré que coger fuerzas. Sólo un ratito; luego me pondré a limpiar y a colocar la ropa y los libros.
Me despierto dos horas más tarde justo a tiempo para ver cómo se esfuma el sol por detrás de los edificios. Por hoy ya no podré hacer nada, porque he quedado en media hora, pero no me siento ni un poquito culpable. El curso está tan nuevo, tan por estrenar. Tengo todo el tiempo del mundo.
29 de septiembre de 2005
Me levanto temprano para ir al hospital antes de marcharme a Granada. La primera vez que madrugas después del verano siempre tiene ese matiz entre tristón y excitado del comienzo de curso, lo inesperado del frío y el cielo todavía oscuro. Me desperezo, desayuno y deambulo en pijama por mi casa dormida, terminando la maleta sin prestar mucha atención a lo que meto.
Mi madre y yo hemos quedado con la ginecóloga en Urgencias, junto a la zona de partos, y continuamente entran y salen mujeres con barrigas enormes; al principio pienso que están todas de parto, pero la mayoría viene sólo a que monitoricen el latido del corazón del feto para confirmar que todo va bien. Se sientan de tres en tres en una habitación pequeñita, con las grandes panzas llenas de sensores y cables, y el sonido sincopado y submarino del corazón de sus hijos se extiende por el pasillo adyacente, donde esperamos mi madre y yo apoyadas contra la pared. De pronto sale una matrona de quirófano con un diminuto bulto envuelto en una sábana verde. Lo miro un poco incrédula. “Es un niño”, casi pregunto a mi madre, que lo mira también y sonríe. La comadrona sale al vestíbulo a avisar a la familia, y cuando entra de nuevo nosotras estiramos el cuello para intentar ver al bebé. Ella parece dudosa, pero sonríe y retira un poco la tela. El niño tiene la carita arrugada, los ojos cerrados y un puño apretado por delante del pequeño rostro de pez. Brilla aún de pegajoso líquido amniótico. Le observamos mientras escuchamos los corazones de los otros bebés que, en unos días, saldrán al mundo como él.
Es como estar en las mismas puertas de la vida.
Me gustaría preguntarle qué o a quién ha visto al otro lado, de dónde viene, qué nos trae. Es tan nuevecito. No hay ni una sola huella del mundo en su cara. Pero eso lo pienso después, mientras le recuerdo, completamente indefenso, tan inmóvil. En el momento sólo puedo intentar retener en mi mente la imagen de su rostro, que parece saber más que todos los nuestros, que viene directamente desde la raíz del misterio.
Entra la familia de la parturienta con cara de nervios, de haber dormido poco. Conjeturo que son los padres, la hermana, el cuñado y la abuela, que va un poco rezagada. No parecen ni muy ricos, ni muy pobres, ni muy felices, ni muy marginales. Normalidad en estado puro. Salen al cabo de unos minutos, sonriendo como sólo se sonríe cuando nace un niño o cuando te enamoras: desvergonzada, incontroladamente. Enhorabuena, murmuramos cuando pasan, y esbozamos una sonrisa sin ser capaces de darle esa cualidad sobrehumana que tiene la suya. Gracias, contestan, un poco aturdidos. La abuela solloza en silencio.
Una nueva vida, pienso después, mientras viajo hacia Granada por primera vez en el curso. Ruego para que sea una señal que me está enviando vete a saber quién. También para mí empezará una nueva vida o, aún mejor, una versión de la anterior con más utilidades y prestaciones, como los programas informáticos. Llego a mi piso y lo encuentro vacío, con dos vueltas de llave y las cajas esparcidas por el pasillo, e intento hacerme a la idea de que empiezo otra vez a vivir sola. Hago listas mentales: tengo que limpiar, ir al supermercado, deshacer cajas, plantar hierbabuena en el balcón, comprar una silla que no me destroce la espalda. Estiro los brazos, como para aprovechar mejor este espacio que tengo para mí sola, y me siento a contemplar la Vega en nuestra enorme terraza. Aunque la vista sería mejor si no hubiera una grúa enorme justo enfrente, me gusta mirar cómo se mueve e imaginarme que doy un paseo montada en ella.
Una nueva vida, me repito, o una versión mejorada de la antigua. Genial. Voy a echarme una siesta, que tendré que coger fuerzas. Sólo un ratito; luego me pondré a limpiar y a colocar la ropa y los libros.
Me despierto dos horas más tarde justo a tiempo para ver cómo se esfuma el sol por detrás de los edificios. Por hoy ya no podré hacer nada, porque he quedado en media hora, pero no me siento ni un poquito culpable. El curso está tan nuevo, tan por estrenar. Tengo todo el tiempo del mundo.
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