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jueves, 29 de agosto de 2019

La cuarta idea

Me he terminado de leer un libro que no me ha gustado demasiado: La desaparición de Annie Thorne. El final decepciona aunque la trama enganche.

Además, no me gustan los libros en los que el protagonista ya sabe lo que pasó, pero se lo calla. ¿Por qué lo hace? ¿Por qué no lo cuenta y punto? Bueno, claro, porque es el protagonista de una novela y tienen que darte ganas de leer más. Me parece falso.

La cosa es que además del final deficiente, La desaparición de Annie Thorne tiene un problema: la autora nunca llega a la cuarta idea.

Por ejemplo, dice: «el hospital olía a desinfectante, café y sudor» (no es un ejemplo textual porque estoy acopladísima en el sofá y no tengo ganas de levantarme a buscar el Kindle). Si te preguntan «¿a qué huele un hospital?», esas son las tres primeras ideas que se te vienen a la cabeza. Las sueltas, pasas a lo siguiente y ya está: ahí tienes un tópico.

Lo dice Robert McKee en Story:
More often than not, inspiration is the first idea picked of the top of your head, and sitting on the top of your head is every film you’ve ever seen, every novel you’ve ever reed, offering clichés to pluck.

Si quieres ser buen escritor, sugiere McKee, haz una lista. Piensa en diez o doce escenas. Después selecciona.

Es una buena forma de escribir mejor. Haz listas y no te quedes en la tercera idea. Empieza, como mínimo, por la cuarta.

El hospital olía a desinfectante, café, sudor, a sopa, a los champús afrutados que llevan las residentes jóvenes, a la tela limpia de las sábanas, a lágrimas, a las patatas fritas con sabor a cebolla que eran lo último que quedaba en la máquina y que todo el mundo masticaba a mi alrededor.

El parque estaba abarrotado de niños, madres, jubilados sin nada que hacer, palomas que mendigaban las migas de los sandwiches, niñeras aburridas que les hacían ojitos a los padres divorciados.

Recordé nuestra adolescencia llena de acné, canciones melosas, donuts de chocolate, excursiones a una tienda de brujería cercana al Corte Inglés donde comprábamos material para hechizos caseros, fortuna mentolados, cartas larguísimas que escribíamos en clase y nos intercambiábamos en los recreos, unos cócteles azules dulzones que hacíamos mezclando champán y Blue Tropic.

Lo interesante siempre llega después de la cuarta idea.

martes, 14 de marzo de 2017

Cómo sobrevivir a tu primera novela, III: lo que querría haberme planteado antes

No sé muy bien cómo empezar este post. Más que nada, porque tengo la impresión de que lo que he aprendido escribiendo mi novela solo me puede servir a mí. Probablemente esa sea la primera lección: que no podemos aprender en zapatos ajenos, y que si vas a escribir una novela tienes que estar dispuesto a atravesar tu propio proceso, tu habitación 101 particular.

En mi caso, he escrito esta novela a lo largo de tres años muy difíciles. Solo ahora me estoy dando cuenta de lo difíciles que han sido. Creo, de hecho, que si he dejado el blog de lado en este tiempo ha sido, en parte, porque no quería enfrentarme a algunas partes de mi vida.

No quería enfrentarme a que al final del PIR estaba prácticamente deprimida. Hace un tiempo, Pablo me preguntó de qué estaba más orgullosa en mi vida, y le dije que de haber sacado y completado el PIR. Lo que es curioso, porque he hecho cosas mucho más difíciles en este tiempo, incluyendo terminar la novela, crear y vender varios cursos online y escalar 7a+. Pero el PIR fue una larga prueba de resistencia emocional de la que no podía escapar. 

Por supuesto, los que me leíais entonces sabréis que también fue una época intensa y luminosa. Quizá eso fue parte de la dureza. Me pasé cuatro años con la impresión de que andaba por ahí sin piel. Vi literalmente a cientos de pacientes contándome cientos de desgracias. A gente que quería matarse, a gente que se murió y a gente que quizá habría estado mejor muerta.

Después de eso, no quería enfrentarme a que en realidad mi vida en Margalef no me gustaba, ni a las cosas que iban mal con Pablo, ni a lo jodidamente duro que es emprender. No quería enfrentarme a que me he pasado los últimos años sin tomarme vacaciones y a que todavía no tengo una fuente de ingresos medianamente estable. No quería sentarme aquí y poner todo eso por escrito.

Y en medio de eso, estaba mi novela. Estaba mi Proyecto Grande y Loco que no quería abandonar pero que nunca encontraba el tiempo para abordar. La capacidad de organizarse el propio tiempo es uno de los aspectos más complicados y neurotizantes de trabajar para ti. 

Así que terminar la novela en medio de estos últimos años ha sido un acto heroico de resistencia emocional, comparable al Ironman que se está preparando Joan, el protagonista, al principio de la historia. Y ojalá alguien me lo hubiera dicho. Que estaría tan desesperada después de todo este tiempo. Que tendría ganas de llorar cuando pienso en lo cansada que estoy.

Por supuesto, todo esto depende. Depende de cómo te lo montes, de lo perfeccionista que seas y de la capacidad de concentración y productividad que tengas. Depende de lo importante que sea para ti que tu historia cierre bien y que todas las comas estén en su sitio.

Yo he aprendido de mí que soy más perfeccionista de lo que pensaba, que mi historia me importa y que se me da bastante mal ser productiva y trabajar lo bastante rápido como para no acabar quemándome.

Así que, por resumir. ¿Qué me gustaría que algún alma amable me hubiera dicho antes? Aquí va una lista de diecisiete consejos aleatorios.

  1. No escribas por escribir. Planea primero, escribe después (más sobre esto en el futuro post sobre pantsing que quiero escribir).
  2. Léete Wired for story antes de tocar una sola tecla.
  3. Esto va a ser duro. Asúmelo ya.
  4. Planea y respeta tiempos para trabajar en la novela. Practica el foco y trabaja de modo más intensivo. Nada de «ya lo haré en algún momento». «En algún momento» no aparece en el calendario.
  5. Contrata a una correctora ortotipográfica más barata.
  6. Tus personajes te van a caer mejor que muchas personas reales.
  7. Al final resolverás la historia. Tranqui.
  8. El mundo no se acaba porque muchos capítulos no te salgan bien a la primera.
  9. No puedes escribir veinticinco escenas que tienen lugar en cafeterías o bares, por mucho que la novela tenga lugar en España.
  10. Esta no es la historia de por qué la gente se desencuentra. Es la historia de por qué la gente se encuentra. Los desencuentros no tienen interés.
  11. Si las pelis de Hollywood cometen errores, tú también te lo puedes permitir.
  12. No te dejes atascar por tu propio perfeccionismo. Concéntrate en contar la historia.
  13. Vale que no te guste escribir sobre sexo, pero tampoco puedes saltártelo y esperar a que la gente lo averigüe.
  14. Siempre estás a tiempo de borrar. Pero para que eso te sirva, tienes que borrar en algún momento.
  15. Trata de depender de otras personas lo menos posible.
  16. No esperes tanto. Las ideas se decoloran cuando esperas.
  17. Si acabas esperando, no te machaques. Tiene sus ventajas.
Por supuesto, no sé cómo podría haber sabido todo esto de antemano, a no ser que esta noche se abra una ventana en el espacio-tiempo y pueda contarle estas diecisiete cosas a la Marina del pasado. Pero como me ponga a hablar con ella, no sé dónde podemos acabar.

Al final, como dice Joan, no hay carreras perfectas.

Y sí, voy a seguir citando a mis propios personajes. Probablemente durante mucho tiempo.




sábado, 11 de marzo de 2017

Cómo sobrevivir a tu primera novela, II: vista de pájaro del proceso en sí

Advertencia: esta serie de posts voy a escribirla principalmente para mí. Como ya comenté, no pretendo que sean especialmente divertidos ni didácticos. Creo que la única manera de que retome en algún momento este blog es eliminar absolutamente todas las expectativas y exigencias sobre el proceso, incluyendo: ser divertida, entretener, incluir imágenes, incluir enlaces, etc. Quizá si hago eso durante algún tiempo vuelva a considerar el tiempo aquí como una liberación, y no como una carga, y pueda volver más a menudo. Fin de la advertencia.

La escritura de EADEPC (El arte de encontrarse por casualidad) ha sido un proceso desestructurado y procrastinador, y en absoluto lo recomendaría si vas a escribir tu primera novela ahora. A mi favor diré que, como os contaba en el post anterior, en realidad nunca tuve mucha confianza en que terminaría la historia, así que empecé a escribir con poca fe y sin ningún plan previo para convertirlas en un libro completo.

Lo primero que hice fue garabatear escenas tal y como se me ocurrían, jugando con distintas posibilidades e improvisándolo prácticamente todo. En argot yanqui de escritura de ficción, eso se denomina pantsing: sentarte (sobre tus pantalones, o pants; de ahí el nombre) y escribir sin plan previo. Creo que voy a dedicar un post completo a explicar por qué NO recomiendo el pantsing casi en ninguna circunstancia, pero bueno; empecé así y ya está. De todas esas escenas que escribí, utilicé exactamente cero.

Lo segundo que hice, casi dos años después de aquellos primeros intentos de empezar, fue participar en el NaNoWriMo: una convocatoria internacional para escribir una novela de cincuenta mil palabras durante el mes de noviembre. Probablemente dedique otro post entero a explicar por qué tampoco recomiendo empezar sí tu novela. De este primer borrador completo conservé entre un quince y un veinte por ciento.

Un año después de acabar el NaNoWriMo, pude por fin dedicar un tiempo solo a escribir. Con el material y las ideas del NaNo, sumados a lo que había aprendido sobre cómo construir una historia en varios libros sobre el tema, completé un segundo borrador del que pude por fin empezar a sentirme medio orgullosa. Aproximadamente un setenta por ciento de ese borrador sobrevivió a la siguiente poda.

Después de eso, di a leer la novela a Pablo y utilicé su feedback para completar el tercer borrador: reescribí varios capítulos completos, eliminé otros, cambié de sitio algunas escenas y añadí algo de textura a la parte final, que había quedado un poco apresurada. Ahí cometí el error de dejarme pendientes las tareas menos agradables: investigar las partes técnicas de todo lo que tenía que ver con triatlón y revisar la línea temporal para que las fechas encajaran. Eso, sumado a que emprender es difícil, tenía mucho trabajo y estaba medio deprimida, hizo que tardara más de un año en retomar la novela.

En verano de 2016, por fin, me puse las pilas: completé lo que faltaba y la mandé a unos veinte betalectores. Creé un cuestionario en Google Forms para que lo rellenaran y conseguí dieciséis respuestas. Con ese nuevo feedback, terminé por fin el cuarto y definitivo borrador.

Por último, envié la novela a una editorial para la corrección ortotipográfica. Me hicieron un trabajo bastante chapucero para lo que mi nazismo lingüístico requiere, así que tuve que repasar el texto tres veces para asegurarme de que no quedaba ninguna errata.

Y ayer, por fin, mandé el manuscrito a maquetación. Cuando esté listo, solo quedará subirlo a Amazon y empezar a hacer algo de promoción a mi sufrida lista de correo.

Teniendo en cuenta lo anterior, probablemente escriba los siguientes posts sobre el tema:

1. Consideraciones generales sobre escribir y autopublicar una novela.
2. Por qué el pantsing es una mala idea y qué hacer en su lugar.
3. ¿Deberías escribir tu novela durante el NaNoWriMo? (Respuesta corta: depende).
4. Plotting (crear un argumento) y storytelling (contar una historia): qué es, para qué sirve y cómo aprender.
5. Los errores que cometí en mi primer borrador serio y cómo evitarlos.
6. Cómo investigar para tu novela si eres una vaga.
7. Editores freelance o cómo evitar que te timen.
8 y siguientes: ni idea, porque aún no sé cómo va el resto del proceso.

Y como estoy en el bus y tengo un rato libre antes de llegar a Granada, voy a empezar ahora mismo a escribir el primero post.




jueves, 9 de marzo de 2017

Cómo sobrevivir a tu primera novela, I: introducción

Recuerdo cuando, allá por el año 2012, tuve una idea para una novela. ¿Y si en un alarde de imaginación y de distancia con mi propia realidad escribo una historia de un chico y una chica que se conocen por Internet?

Nunca tuve muy claro que fuera capaz de terminar la novela. Apuesto a que vosotros tampoco. Apuesto a que pensabais: esta va a ser como los «escritores que no escriben» de la canción de Sabina: que habla y habla de su novela pero nunca sacará nada.

Pues ahí está, la tía. 103578 palabras que han salido de mi absurda cabeza y que están a punto de emprender el viaje hacia vuestros amorosos cerebros.

He pensado en empezar una serie de posts contando cómo ha sido el proceso, por si a alguien le sirven. No van a ser posts de «primero haz A, luego B y luego C», ni pienso investigar, ni voy a poner negritas, ni nada. Van a ser absolutamente desordenados y aleatorios, porque para escribir manuales ordenaditos ya tengo mi otro blog.

Hoy iba a a contar cómo he hecho para pasar de las primeras escenas sueltas e inconexas al manuscrito más o menos coherente que tengo entre manos. «Vista de pájaro del proceso en sí», iba a llamarse el post. Como no recordaba muy bien las primeras versiones, he abierto la carpeta de documentos llamada Mi vida pequeña, que era el primer título que había pensado para la novela, y llevo un rato leyendo.

Es divertido. El otro día hablaba de la fanfiction, y las primeras versiones de la historia se parecen a eso. Hay muchos Joans (¿cuál es el plural de Joan?) y muchas Mayas; de hecho, Maya se llama de mil maneras al principio. Hay una Elsa, una Eva y una Emma. También hay un Joan llamado Ángel y otro llamado Bruno. En algunas escenas Joan es médico y Maya profesora; en otras, Joan trabaja en una tienda de móviles y Maya vive en una furgoneta. Irene, la ex de Joan, se llamaba Elena en el primer borrador. A veces es comadrona y a veces cirujana.

Y es curioso, porque ahora me parece que Joan y Maya no pueden ser distintos a como son en la novela terminada. No pueden tener otros pasados ni otros proyectos: los universos alternativos que creé al principio me parecen falsos. Me pregunto si me he quedado con la mejor versión de la historia y me respondo que, de alguna forma metafísica, la que existe es la única versión posible.

Las primeras escenas que escribí son escalofriantemente similares a mi vida. Dan un poco de vergüencita ajena, de hecho. Porque la novela actual, a la que vamos a empezar a llamar EADEPC (El Arte De Encontrarse Por Casualidad), tiene elementos de mí y de mis historias, pero ha crecido hasta existir por derecho propio, y no únicamente como una forma de exorcizar mis traumas.

Quizá el camino de mi primera novela no tiene tanto que ver con el número de borradores que he escrito y los betalectores que he utilizado, sino en cómo he conseguido metabolizar lo que pasó y sacarlo de mí. Y es bonito eso. Es una hermosa manera de sanar una herida.

Estoy fuckin' orgullosa de mi novela. En las últimas semanas, me la he releído entera cuatro veces buscando erratas para la última corrección ortotipográfica. Y aunque me sé las frases de memoria y estoy un poco hasta el potorro de Maya y de Joan a estas alturas, no me puedo creer que haya logrado escribir una historia que me suene tan verdadera. 

Es raro, lo digo por experiencia, sentirse plenamente orgulloso de algo que uno ha creado, tener la certeza de que has hecho absolutamente todo lo que podías para crear algo hermoso. Porque en general vivo con la impresión de estar poniendo en lo que hago la mitad del esfuerzo del que dispongo. Pero con EADEPC no. Ahí he luchado desde las primeras escenas inconexas hasta la última coma de la última corrección.

Y a ver, que no es la novela del año, ni del mes. Que la historia no es nada del otro mundo, porque a mí el Rey del Cosmos tampoco me dio tanta imaginación, y que aún hay diálogos que me suenan un poco raros pero que no quiero tocar para no liarla. Pero os juro de verdad de la buena que es lo mejor que he sabido hacer en este punto de mi vida: que, como dice Franzen, es la mejor novela que podía escribir en su momento, y si escribo algo mejor más adelante, será porque he cambiado lo suficiente como para ser capaz.

Es una novela artesana. Tiene kilos de cariño. Y pensaba que en este punto de la vida sentiría cierto reparo, porque me acuerdo de aquella persona que me comentó en un post algo así como «¿y si con lo estupenda que te pones hablando de escritura, después resulta que tu novela no es buena?». Pensaba que me daría miedo la gente como esa, que se apresura a juzgar las creaciones de otros porque consuela un poco saber que los demás tampoco son perfectos. 

Pero hoy, concretamente, tengo una tremenda y gozosa sensación de QUE OS DEN A TODOS. Porque yo sé lo que me he dejado por el camino escribiendo esto. Sé las paletadas de energía, y de amor, y de cuidado por los detalles que tiene EADEPC. Como me dijo Anxo hace mucho tiempo sobre la terapia: cuando no eres todo lo bueno que te gustaría, lo único que te queda es matarte a trabajar; y cuando lo has logrado, cuando te has matado a trabajar por algo, y te has pasado horas encerrada, y has reescrito y vuelto a reescribir, y has acribillado a tus betalectores con preguntas, y te has peleado a muerte con tu correctora porque osó cambiarte las comas de sitio... entonces a los haters no les queda mucho espacio, porque tú estás a tope, porque te has asalvajado en el proceso y solo puedes gritar con el pelo ardiendo y sabor a sangre en la boca y repetir: QUE OS DEN. He escrito un libro.

Por último, quiero dejar aquí un apunte friki. Cuando empecé a escribir la novela, Joan no era triatleta. Lo del triatlón ni se me había pasado por la cabeza. Las primeras escenas están escritas en febrero de 2012, y hasta noviembre de 2013 no se me ocurrió poner al pobre Joan a preparar un Ironman.

Pues la primera escena que escribí era el supuesto final de Mi Vida Pequeña, y se contaba a través de un post de Maya, que en aquel momento no se llamaba Maya, sino Elsa. Y al final del post hay varios comentarios de lectores ficticios. Y ¿sabéis cómo se llama el último comentarista? 

Ironman. 

En serio.

Esto de la ficción es un trabajo muy misterioso.

Y me voy a dormir, que mañana me voy a Madrid al máster y necesito mis neuronas en plena forma.

miércoles, 1 de febrero de 2017

Fanfiction

Si hay algo que me gustaría haber conocido en mi adolescencia es la existencia de la fanfiction: relatos que utilizan mundos y personajes de otros autores y los manipulan a su antojo. 

Qué feliz habría sido yo pudiendo escribir sin tener que imaginar demasiado: solo hilando diálogos, manipulando sentimientos y creando escena tras escena, sin el dolor de cabeza de parir una trama y a unas criaturas desde el principio.

Yo hacía fanfiction en mi cabeza, en realidad. Una de las más recurrentes era que Casper volvía a la vida y él y Christina Ricci, o como se llamara el personaje de la chica, se hacían novios. No podía tolerar la idea de que el monísimo Devon Sawa, vestido de blanco y con su peinado noventero de raya en medio, volviera a convertirse en un fantasma cabezón y traslúcido a las diez de la noche. Así que pensaba en ellos por la noche, tirada en la cama, pero antes de llegar a una conclusión satisfactoria, me quedaba frita.


Aún no entiendo del todo el mundo del fanfiction. Ni siquiera sé si "fanfiction" se escribe junto o separado. Me da la impresión de que tiene que ver con satisfacer esos anhelos que el escritor o el guionista coloca fuera de tu alcance porque son las reglas de la ficción, por alargar la temporada o porque un actor dimite y hay que matarle deprisa y corriendo (TE ESTOY MIRANDO A TI, SHONDA RHIMES).

Pero de repente puedes crear un mundo donde hacer desaparecer el anhelo de una patada. Y Harry puede estar con Hermione, y Sherlock con Watson, y puedes revivir a Mark Sloan o matar en la primera temporada al inútil de Ted Mosby. Y juegas con lo prohibido. Existen, aparentemente, subgéneros enteros de fanfiction con sexo o violencia explícitos, con orientaciones sexuales impensables en la obra original, o que mezclan vampiros con detectives y zombis con magos.

Es escribir sin reglas, por el puro placer de ver cómo se mueven los personajes de otros. Parece algo así como masturbación literaria. Y que les den a las reglas de la ficción. Que le den a que vale, ya sabemos que Casper se ha muerto, y no podemos resucitarle para siempre, porque sería muy raro, ¿qué dirían en el instituto? ¿Cómo se iba a hacer un pasaporte? Pero la vida ya es dura, así que por qué no usar la ficción para cumplir todos esos deseos que no nos atrevemos a mencionar en otra parte.

Me habría encantado pasar horas y horas de mi absurda adolescencia manipulando los mundos de otros.

Pero ahora soy mayor, y seria, y por Dios, qué vergüenza que me daría escribir la secuela apócrifa de Dirty Dancing, en la que Baby y Johny se casan y montan una escuela de baile; o mi versión de Puck, en la que se lía con Alboroto y tienen sexo secreto y desaliñado en el pensionado de Egeborg.

En serio, ¿soy la única que ve tensión sexual no resuelta ahí?

O, quien sabe: contar que en realidad Ana Frank no murió y que logró ser corresponsal de guerra en África y ganar un par de Pulitzers. Porque en mis fanfictions se ganan los Pulitzers tantas veces como A MÍ me dé la gana.

(No sé si lo de Ana Frank sería una falta de respeto) (Aunque, de hecho, Philip Roth escribió algo parecido a un fanfiction de Ana Frank, creo que en Zuckerman, encadenado)

Ahora tengo que escribir Novelas Serias, inventadas por mí al menos en un honroso treinta por ciento; el resto puede estar más o menos robado de aquí y de allá. De chicos de los que me enamoré un poco. De canciones que escucho todos los días.

Quién sabe. Quizá escriba fanfiction algún día. Parece divertido, y yo estoy mucho por la labor de divertirme últimamente. Así que puede que si os aventuráis por alguna oscura web me encontréis oculta tras un seudónimo de hombre, inventando romances secretos y prohibidos, haciendo trizas el anhelo que otros construyeron con tanto cuidado.

jueves, 19 de enero de 2017

Ser el exterior de otros

Esta mañana he mandado un mail hablando de la próxima publicación de la novela. Para los que estáis interesados: os podéis apuntar aquí y os avisaré. Si has recibido el mail de esta mañana, no hace falta que te apuntes de nuevo. Ya te he fichado y no puedes escapar, muahahah

(A ver, mentira, sí puedes escapar. Estarás siempre a un clic de la libertad. Pero una de mis reglas para la vida es: no desperdicies nunca una oportunidad para la risa malvada)

He recibido muchos mails muy cariñosos y entusiastas sobre la publicación de la novela. Gracias a todos. En este momento trágico de mi vida, en que escribo solitaria en mi piso, rodeada de gatos, comiendo legumbres para ahorrar y pasando frío por las noches, publicar la novela es una satisfacción enorme. Me emociona mucho que os haga ilusión, y confío en no decepcionaros.

Uno de los mails que he recibido me ha llamado mucho la atención. Me escribía una lectora contándome la pena que le da saber que Pablo y yo nos hemos separado, porque para ella éramos un ideal de relación (cito de memoria).

Es curioso. En primer lugar, habla mucho del poder de las palabras para llevar belleza a los rincones de la vida. Yo he llevado en mis 31 años sobre la Tierra una existencia pavorosamente normal. No he hecho grandes viajes, ni completado proyectos fascinantes, ni tenido tórridas aventuras. Como mucho, he hecho viajes divertidos, proyectos que no están mal y aventuras con un grado de torridez que probablemente la mayoría de vosotros también habéis vivido.

Pero ah, las palabras. A mí me pasa, conmigo misma. Leo lo que escribía aquí hace tres, cinco o diez años, y pienso: pero qué vida más guay llevaba esa chica. Cuando en realidad en el momento, mientras lo vivía, mi rutina era de lo más común.

Esta mañana he leído una frase en The Daily Stoic que creo que encaja muy bien con todo esto:

There is clarity (and joy) in seeing what others can't see, in finding grace and harmony in places others overlook. Isn't that far better than seeing the world as some dark place?

Hay claridad (y alegría) en ver lo que otros no pueden ver, en encontrar gracia y armonía en lugares que a otros les pasan desapercibidos. ¿No es mucho mejor esto que ver el mundo como un lugar oscuro?

Los humanos somos criaturas increíbles. Contenemos el mundo entero en nuestra mente. Podemos traer al aquí y al ahora todo el dolor y la alegría que hemos experimentado o que creemos que vamos a vivir. Y eso tiene una cara oscura, claro: cuando sufres porque sí, sin ningún riesgo inminente para tu integridad, porque te estás acordando de aquel chico que te partió el corazón o porque te da mucha pena no saber si habrá una quinta temporada de Sherlock (le pasó a una amiga).

Pero tiene una cara fantástica, y es que uno puede entrenar la capacidad de traer luz al presente escribiendo sobre él. Eso es lo que he hecho yo en este blog para mí misma todos estos años. Escribes, y relacionas unas cosas con otras, y bañas tu realidad con la extraña belleza de una especie de poesía. Después la recuerdas así, con ese discreto halo de luz, y tu pasado se redime.

El efecto también es visible para algunas personas de tu alrededor, como supongo que le pasó a la chica del mail. A mí me ocurre con los poetas y los cantantes, cuando pienso que me encantaría ser la chica a la que Sabina le escribió Y sin embargo o A la orilla de la chimenea.

Luego está la realidad, claro, y la realidad siempre es menos poética de lo que parece. Pasa conmigo y con Pablo, y seguro que también con Sabina y sus mujeres; al fin y al cabo, lo que dice Y sin embargo es, básicamente: pienso en ti, pero me estoy acostando con otras.

Así que este post tiene dos moralejas (oh, my god, la psicoescritura se está apoderando de mi alma y ya no puedo escribir sin leccioncitas).

La primera es que no compares tu interior con el exterior de otros. Sobre esto escribí en Psicosupervivencia hace tiempo ya. Y, sobre todo, no compares tu interior con mi exterior, el de Marina, porque yo soy una persona muy normal con una vida interior muy rica que la salva del suicidio, sí, pero que a veces es difícil compatibilizar con la alegría.

La segunda, la más importante, es que tú puedes traer a tu realidad, sea la que sea, esa misma belleza y esa luz que ves en las vidas de otros, y que muy probablemente el arte (o su sucedáneo) tenga mucho que ver con eso. Mis partes favoritas de mi vida son las que he escrito. Seguro que tú, lectora del mail de hoy, puedes escribir sobre el lugar donde quiera que estés ahora. O pintar, o hacerle fotos, o scrapbooks, o escribir con caligrafía bonita una frase que escuches hoy por la calle.

La belleza está a un paso de distancia. Y es lo más infravalorado y misericordioso de ser humano.

viernes, 10 de octubre de 2014

Escribe mejor, bitch


A veces me hago entrevistas en voz alta. Esto, que dicho así suena patético, es una técnica que leí en algún lado para establecer objetivos y averiguar cuáles quieres que sean los logros que los demás valoran de ti. Además, es un chute gratuito de neurotransmisores del placer para el cerebro: según me contó una vez mi amigo Anxo, hablar de uno mismo estimula las mismas áreas del placer que tomar drogas.

(Y sí, por eso nos mola tanto actualizar el estado de Facebook)

Hoy me ha entrevistado Victoria, de Masviva.net, y la experiencia ha sido tan satisfactoria como me esperaba, si no más. ¡Casi una hora hablando de mí, de lo estupenda que soy y del éxito de mi blog! Que es un éxito discreto, sí, pero profundo. Mi volumen de lectores es modesto, pero son tan amorosos que abultan el triple.

Ya os avisaré cuando Victoria, que es un encanto, publique la entrevista en su blog. Mientras tanto, espero que no le importe que divague un poco sobre lo que hemos hablado hoy. Me ha preguntado qué aconsejaría a la gente que quiere escribir. Tengo un post larguísimo sobre el tema aquí, pero mi opinión se resume en:

Escribe mejor, bitch.

¿Qué es escribir mejor?

Es escribir, para empezar. No seas uno de esos escritores que habla de escribir todo el rato y después no escribe. No pienses que deberías estar escribiendo: agárrate de tu propia coleta y siéntate a escribir. Escaquéate, pero vuelve siempre. Sé constante en tu inconstancia.

Es leer mucho, leer un montón. Leer a los escritores y blogueros que te gustan y averiguar por qué te gustan. Son claros y directos, ¿cómo lo consiguen? Son personales y te hacen reír, ¿dónde está el secreto? No es magia. Es técnica, trabajo y un soplo de talento. Siempre es mejor copiar algo bueno que innovar con basura.

Es revisar, revisar, revisar. Le decía a Victoria que si saber vestir es pasarse una hora pensando en qué vas a ponerte, y que luego parezca que te has puesto lo primero que has pillado, saber escribir es pasarte tres horas revisando tu texto y que parezca que te sale natural. No sale natural. NO. Escribe un borrador, olvídate del crítico y deja volar a tu imaginación... pero cuando llegue el momento de publicar, trae de vuelta al crítico y no tengas piedad.

Es, al mismo tiempo, ser bueno contigo mismo. Porque si te pasas con el crítico y te puede el perfeccionismo, nunca aprenderás de tus errores. "Lo mejor es enemigo de lo bueno", dice mi padre, y he ahí el problema de querer ser perfecto: que paralizarte no te ayuda a escribir mejor.

Es no tener miedo. Hacer caso a Hemingway cuando decía: "Write hard and clear about what hurts". Es identificar todos los "yo creo que", "en mi humilde opinión" o "bajo mi punto de vista" y tacharlos de un plumazo. Es convertir lo tibio en caliente o en frío.

Es que no te dé pereza buscar en la RAE, o leerte tres páginas de debate en un foro sobre gramática antes de decidir si quieres empezar tus frases con conjunciones. Es documentarse cuando toca. Es imaginar cuando toca.

Es ser tu mismo, sabiendo que, en realidad, tú no le interesas a nadie. Cuando un lector invierte en ti su tiempo, se pregunta "¿y qué saco yo de esto? ¿Qué tiene que ver lo que escribes tú conmigo?". Así que sé tú mismo si eso significa ser un humano empático, observador y entretenido. Si ser tú mismo quiere decir masticar tus neuras y hacer fotos con filtro a tu desayuno, entonces, por favor: ahórratelo.

Es no buscar excusas, y ser consciente de que aunque hay mucha gente escribiendo regular, hay poca gente escribiendo bien, y en en el extremo de la campana de Gauss todavía queda mucho sitio. Es escribir para la gente, no para Google. Es darlo todo cada día por hacerlo algo mejor, sabiendo que no es cuestión de suerte que te encuentren: es cuestión de practicar en la dirección correcta y tener un poquito de paciencia.

¿Quieres que te presten atención? Conviértete en alguien digno de ser atendido. ¿Quieres que te lean? Pues escribe mejor, bitch.

martes, 30 de septiembre de 2014

No toméis pastillas para el mareo

He de dejar de leer autoayuda anglosajona, sobre todo ahora que me he retirado (temporalmente) de la psicología. ¿Por qué? Pues porque esa pandilla de chungos millonarios que viven de sus ingresos pasivos te cuentan su vida como una sucesión de escalones sencillos y blancos hacia el desarrollo personal. Unas iStairs de la felicidad.

Yo me parezco más a la albahaca de mi balcón. Una semana la riego mucho y se pone estupenda. Luego se me olvida y amenaza con morir. Después un día, sin que haya habido ningún cambio en su régimen de regamiento-cuidados, decide mustiarse. Al siguiente se le pasa. Así soy yo.

Cuando empecé mi último reto de autosuperación, a saber: escribir mil palabras al día, estaba contenta. Aguanté las primeras tres semanas sin problema. Había cogido carrerilla con mi novela, y normalmente apretaba el botoncito de la app que he usado para llevar la cuenta a eso de las nueve de la mañana. Estaba contenta, orgullosa. "Así que he formado un hábito", me decía. Ya no era una albahaca ciclotímica. Me estaba convirtiendo en gurú.

Entonces me fui a Cancún, y decidí que allí también iba a seguir con mi reto. Establecí una rutina: cada noche llegábamos de ponernos como cerdos cenar en el bufé, Pablo se tendía con aire insinuante en la cama king size mientras sostenía en la boca una chocolatina del minibar y yo le decía: "Quieto ahí. Tengo que escribir". Me sentaba con el ordenador, divagaba durante un rato y para cuando terminaba, Pablo ya llevaba un rato roncando. Entonces yo me iba a dormir el sueño de los justos, sintiéndome muy satisfecha con mi fuerza de voluntad.

No iba mal hasta que apareció la biodramina. El tercer o cuarto día de nuestro viaje, decidimos hacer una excursión a Isla Mujeres, una isla cercana a Cancún, que incluía hacer snorkel con los corales y un paseo por un pueblito pintoresco. La excursión la haríamos en el Trimarán Lupita: un barco de aspecto dudoso cuya tripulación parecía estar formada por expresidiarios.

No he encontrado fotos de la tripulación

Antes de llegar al Trimarán Lupita, mi madre sacó de su bolso una caja de biodraminas: las pastillas para el mareo que me daba cuando era pequeña. Me la envolvía en un chicle Boomer de fresa ácida; a partir de entonces, los chicles Boomer me empezaron a dar mareo.
- ¿Quieres una? - me preguntó.

Reflexioné y recordé que el día anterior me había mareado por balancearme en la hamaca mientras leía.
- Sí, por favor.

Nos montamos en el Trimarán Lupita, donde saqué unas cuantas fotos a Pablo. Se había comprado una gorra y unas gafas de sol, y parecía un famoso al que persiguen los paparazzi. Era inevitable sacarle fotos.

Casi me hace pagar por la exclusiva

Aguanté sin mareo, bebiendo V8 como una posesa, hasta que llegamos a Isla Mujeres. Snorkeleamos sin estridencias y después atracamos en una calita para turistas, donde podríamos hacernos fotos con un tiburón y comer en un bufé libre.

El tiburón estaba encerrado en una piscina y medio muerto, así que boicoteamos la actividad no haciéndonos fotos con él. En comparación con nuestro hotel y sus cuatro tipos de melón, el bufé libre parecía el rancho de la cárcel de nuestra tripulación, pero comimos algo. Entonces empecé a sentir cierta somnolencia.
- Me caigo de sueño - dije -. ¿Será el jet-lag?
- Eso es la biodramina - dijo mi madre.
- ¿Qué? ¿La biodramina da sueño?

Entonces pasé de tener algo de modorra a estar casi en coma. Sentía el medicamento fluir por mi cerebro. Me sugestiono pronto.
- Necesito tumbarme.

Pablo me llevó a la última hamaca que quedaba libre. Mi madre se sentó en una silla a leer y él se echó en el suelo. Una parte de mi cerebro registró que debía cederle el sitio a mi madre, pero todo me daba igual. Me sentía DROGADA.

Medio segundo después, Pablo me llamó.
- Cariño - dijo -, el barco se va.
- Me da igual. Me quedo aquí a vivir. Dormiré en la tumbona y comeré bufé carcelario.

Me arrastró de nuevo hacia el Trimarán Lupita, donde me tapé la cabeza con mi pareo y me quedé dormida en cubierta.

Mi tarde continuó como sigue:
- Visita a Isla Mujeres = arrastrarme a un bar y tomarme un sorbete de fresa bajo el ventilador.
- Regreso en el Trimarán Lupita = siesta.
- Llegada al hotel = ???
- Cena = ???

Entonces llegó el momento de las mil palabras. No iba a flaquear. Tenía que cumplir mi compromiso, aunque solo fuera por apuntarlo en mi app. Pablo, que estaba hecho polvo de sol y de arrastrarme por ahí, se quedó dormido enseguida, sin hacerme siquiera su numerito sexy. Yo me senté en la cama, coloqué el portátil en mis rodillas y empecé a escribir.

Lo que siguió fue seguramente la sesión de escritura más lamentable de mi vida. Consistía en escribir un párrafo, quedarme dormida, despertarme bruscamente y tener que releer el párrafo para recordar qué narices estaba escribiendo.

Después de luchar durante un rato, conseguí escribir las mil palabras y me fui a dormir. Al día siguiente, revisé el texto y encontré frases como esta:

"Me juraba que no iba a probar la rata de coco. Pero lo sigo probando."

¿Qué es la rata de coco? ¿Algún plato mexicano exótico? ¿Lo habría probado la noche anterior?

Mi error fue corregir sobre la marcha la mayoría de las burradas que escribí. Debería haberlas dejado y convertirme en una Jack Kerouac de las vacaciones de lujo.

Seguí con las mil palabras todos los días, y me mantuve alejada de los barcos y de las sustancias. El día de nuestra vuelta, con el desfase horario y el estrés del avión, me salté un día de mi desafío. Pensé: no pasa nada, ya lo recuperaré mañana.

Y hasta hoy.

Pero bueno, qué le vamos a hacer. Sigo siendo una plantita existencial. Tengo mis días y necesito un cuidado constante. Por otra parte, qué queréis que os diga: tiene mucho más encanto mi albahaca que una estúpida escalera de diseño.

lunes, 1 de septiembre de 2014

Sobre escritura y privacidad

Hoy he publicado un post en Vivir al Maximo sobre blogging. Básicamente, defiendo que (casi) cualquiera puede beneficiarse de abrir un blog, aunque sea un blog personal, misceláneo, no planificado y no remunerado como este.

Ha habido un par de comentarios acerca de la privacidad, y la conveniencia o no de contar tu vida por Internet. Ese tema me ha hecho pensar desde siempre. De alguna forma, siento que existe la creencia general de que contar tus historias o tus intimidades a) no es verdadera "literatura"; b) solo te sirve a ti para exorcizar tus neuras, y es hasta cierto punto egoísta y c) tiene terribles consecuencias negativas porque amenaza esa "privacidad" de la que todos hablamos.

Después de nueve años contando mi vida en Internet, y de poner cada vez menos barreras a que la gente que me conoce en la vida real pueda verlo, he aprendido varias cosas sobre el tema.

En primer lugar, sí que hay mérito literario en hacer atractivo un blog personal: hay miles de blogs personales, y unos se leen más y otros menos, así que algo tendrán. Hace poco empecé un diario, porque pensé que me ayudaría a mantener la cordura escribir un rato al día sin pensar que nadie iba a leerlo. Mi diario es una mierda, literariamente hablando. En serio, no aguantaríais ni dos entradas. Está lleno de frases tipo "hoy ha sido un día un poco raro... me siento un poco desmotivada, pero bueno; ya se me pasará, supongo. O no. Me duele mucho la cabeza últimamente, ¿por qué será? En fin, yo qué sé; si no pienso en ello, quizá me duela menos". Y así durante páginas y páginas.

A este blog le dedico mucho tiempo. Quiero decir tiempo por cada entrada, porque es cierto que últimamente publico con menos frecuencia. Pero escribo desde la certeza de que hay gente que va a leerme y no quiero que se aburra. Recorto, corrijo y me quedo un rato mirando al infinito para buscar la palabra adecuada. No es ficción, pero intenta ser buena escritura.

Lo segundo que he aprendido es que en mí, personalmente; en mi vida concreta, con mis circunstancias, ser abierta sobre mi mundo interior me ha traído muchas más consecuencias buenas que malas. Ahora mismo solo puedo listar un par de consecuencias negativas (enfados por veces que he metido la pata), por un millón y medio de consecuencias positivas. Y lo más positivo no es que los lectores me lleven a comprar pintaúñas, que es genial. Lo mejor, para mí, es cuando la gente me escribe al correo, o me comenta en una entrada, y me dice: "me encanta tu blog, me siento identificado/a, me ayuda a sentirme menos solo, me río mucho". A lo largo de estos años, mostrarme como soy en Internet ha ayudado a otra gente a sentirse menos sola, y para mí en eso se resume la gracia de la escritura y la lectura. Encuentras a gente que te importa y sigues sus andanzas. Que esa gente exista o no es secundario.

¿Me importa que los demás conozcan mis intimidades? En general, no. Al contrario. Me hace sentirme segura. Quiere decir que hay un montón de gente que sabe mucho de mí y, aun así, me aguanta e incluso me aprecia. No tengo grandes secretos que me hundirían la vida si se supieran. Lo único que me preocupa un poco es que algún ex-paciente encuentre algo que haya escrito sobre él y se sienta mal, y por eso he censurado o eliminado algunos posts antiguos sobre mi trabajo. También me preocupa, lógicamente, que gente de mi vida real se sienta expuesta porque escriba sobre ellos aquí, y últimamente soy un poco más cauta con eso. Pero ha sucedido pocas veces.

Leer la intimidad de otra gente ha sido importante para mí. Además de la ficción, por supuesto, ha habido personas ahí fuera capaces de desnudarse, en uno u otro sentido (y la ficción es otra forma de desnudarse, solo que un poco más sutil) y mostrarme que ellos también son humanos, son vulnerables y sufren. Me ha ayudado Geneen Roth hablando de comida y emociones, o Natalie Goldberg contando sus inseguridades después de ser una escritora publicada y famosa. Me ayuda Jonathan Franzen hablando de superar la vergüenza en un capítulo particular de su novela, o Murakami mostrándose discretamente a través de su afición a correr.

Creo que hay un deseo terrible de enseñarse en todos los escritores, incluso en los autores de ficción más recalcitrantes, y ni siquiera estoy segura de que eso sea malo. ¿Para qué estamos aquí, si no? ¿Para fingir que tenemos vidas perfectas y respetables? ¿Para estar seguros de que nadie encontrará nada "raro" buscándonos en Google? ¿Qué es raro? Cuando la gente se entera de algo sobre ti, no pasa nada grave. No se cae el mundo. Están demasiado ocupados con su propio ombligo como para dar demasiada importancia al tuyo.

Ahora que estoy escribiendo una novela, voy descubriendo lo divertido y gratificante que es crear esa misma conexión a través de un personaje que no existe. Quizá mientras mejor escritora de ficción vaya siendo, menos necesite escribir sobre mí misma. No lo sé. Pero ahora pienso que escribo sobre mí misma porque este blog es, de hecho, la novela de mi vida, y que a lo mejor no es el mayor ejercicio de creatividad del mundo, pero la gente parece disfrutarlo. A mí me gusta que me conozcáis. No me siento invadida. Además, a mi loca cabeza le queda demasiado mundo interior sin compartir como para creer de verdad que aquí lo cuento todo.

Así que bueno, por concluir algo: que cada cual haga lo que quiera con su vida y con su blog. La privacidad es como el culo: todo el mundo la tiene, y a los demás tampoco les importas tanto. Haz lo que te haga sentir mejor a ti. Es reconfortante y divertido convertir tu vida anodina en algo que los demás disfrutan; y si es ególatra, neurótico o cualquier otra denigrante palabra esdrújula, no debería obsesionarte. No creo que al final del camino nos preocupe si conseguimos mantenernos lo bastante blindados a los ojos de otros. Más bien, creo que pensaremos "¿quién me conoció lo suficiente? ¿A quién dejé entrar de verdad en este triste y cansado corazón?".

Pero no sé. Es solo una forma de verlo.

martes, 26 de agosto de 2014

La más rara del pueblo

Dicen que los ciudadanos de Konigsberg, la ciudad natal de Kant, ajustaban su reloj en función del lugar donde estuviera el filósofo en su paseo vespertino. Los ciudadanos de Margalef van a empezar a ajustar el suyo en función de la hora a la que salgo yo.

Mi Pablo está otra vez en Mallorca con Carl, su nuevo novio australiano. Creo que le gusta porque escala más fuerte que yo; le tolero el desliz por ahora, pero espero que se le pase cuando vuelva mañana. Entretanto, llevo seis días apartada del mundanal ruido, escribiendo mi novela, paseando por los alrededores y viendo capítulos de Sherlock.

La novela va genial. En serio. No es que sea genial: va a ser una novela normalita tirando a entretenida. No digáis que no os avisé. Pero va rápido, que a estas alturas es lo mejor que puedo pedirle. En una semana he escrito 27000 palabras: para que os hagáis una idea, a este ritmo ganaría Nanowrimo dos veces en un mes.

Además, he estado trabajando en posts y proyectos varios: en total, he escrito 36000 palabras en seis días. Es una barbaridad. Mi conclusión es que el secreto del éxito creativo es la falta de estímulos.

Que nadie se equivoque. Los primeros días fueron horribles. No me gusta estar sola en el pueblo, porque apenas conozco a nadie y se me da fatal la vida campestre. Carezco de curiosidad por cosas elementales: los huertos, el ganado, las anécdotas de la Guerra Civil de los vecinos. Prefiero escribir mi novela y ver Sherlock. Sé que eso es muy poco bucólico, y que no llegaré a ningún lado como cronista de la Cataluña profunda, pero es lo que hay.

Me levanto a las siete de la mañana y me hago un descafeinado. A esa hora me oigo pensar y no molestan los niños que se ponen a jugar en nuestro portal. Entonces releo lo del día anterior, corrijo lo que no me gusta y me congratulo. "Pero qué bien, Marina - me digo -, mira cómo va tomando forma tu engendro romántico-modernito tu Gran Obra de la Narrativa Contemporánea". Luego escribo un rato; para las nueve, ya he completado la Meta Mínima Diaria de 1000 palabras que me marqué hace una semana.


Deayuno a eso de las diez y pico, normalmente huevo frito con plátano frito y hummus, o huevos revueltos y lentejas germinadas. Leo en el iPad mientras tomo el café (descafeinado con leche de arroz), bajo al estudio y sigo escribiendo.

Al mediodía me preparo algo y como viendo Sherlock. No sé qué había estado haciendo con mi vida hasta ahora, sin ver esa serie estupenda. Es verdad que algunos capítulos tienen unos boquetes de guión terribles, y que las capacidades de Holmes se exageran un poquito, pero es divertidísima. Además, está él. Benedict Cumberbatch: solo su cara es más rara que su nombre. Al principio lo encontraba difícil de mirar, pero ahora su voz profunda y su caracterización del rarito de Sherlock me han conquistado. Irene Adler será LA mujer, pero él es EL hombre.

Que sí, que lo sé, que es más raro que un pie y no tiene pestañas.
Pero es fucking Sherlock, dude.

(Eh, que Pablo tiene un novio australiano. No me miréis así)

Luego dormito, escribo otro rato más y a las ocho, cuando ha bajado el calor pero aún queda algo de luz, salgo a dar un paseo. Camino por la carretera, que es lo más de pueblo que puedes hacer en tu vida, y a veces me desvío un poco por senderos asfaltados que se adentran en el monte y van hacia cultivos de olivos y frutales. Los lugareños pasan con sus cuatro por cuatro y me miran con desconfianza. Claro: a estas alturas debo de ser la más rara del pueblo. Mi maromo se marcha y yo apenas salgo de casa; cuando lo hago es para caminar sola con la mirada perdida y comer puñados de moras silvestres. Mientras camino, juego a que soy Katniss en Los Juegos del Hambre y los demás tributos se confabulan para matarme. Falta de estímulos, ya os digo.

Soy la más rara del pueblo, pero estoy muy contenta. Ver avanzar mi novela me llena de una alegría estúpida que compensa todo lo demás: la soledad, la rareza y este color pálido que se me está poniendo en la piel. Menos mal que en septiembre mi madre nos invita a Cancún con ella, mi hermano y su novia: pienso agarrar en una semana todo el riesgo de melanoma que he evitado este verano.

Mi adorado chico vuelve mañana. Creo que cuando supere lo de su novio Carl, estará bastante cariñosón. Yo me pienso convertir en un koala durante más o menos las catorce horas siguientes a que vuelva. Me alegro un montón de que venga, aunque no vuelva a alcanzar estos impresionantes recuentos de palabras, porque si sigo así mucho más tiempo me volveré loca. Pero ha estado bien esta semana. La Kant de Margalef, que produce prosa de calidad incierta en su oscuro estudio. El aislamiento es genial para la creación artística, aunque sea terrible para casi todo lo demás.

miércoles, 20 de agosto de 2014

RIP a mi MacBook

Ayer por la mañana, después de un mes de Nanowrimo, una incrédula relectura del borrador y unas semanas de frenética reflexión y toma de notas, decidí empezar por fin a (re)escribir mi novela. Me levanté a las ocho, me preparé un descafeinado y me senté en el secreter. En menos de dos horas, tenía 2500 palabras escritas: las dos primeras y flamantes escenas.

Me serví rápidamente algo de desayuno y, cuchara en mano, bajé corriendo al estudio para no perder el flow. Masticaba mis lentejas germinadas* mientras releía escenas, esquemas, bocetos de personajes. La energía daba vueltas a mi alrededor. Por fin lo estaba consiguiendo: había dado el primer paso importante hacia la inmortalidad literaria.

Entonces, mi ordenador se apagó.

No hizo ningún ruido raro. No avisó. No dio ningún chispazo. Simplemente, como esos ancianos esquimales que se adentran en la nieve, puso su pantalla en negro y murió.

Yo me quedé en shock.

¿Tan mala es mi novela?

Subí, lavé los platos, bajé, traté de encenderlo de nuevo. Absolutamente nada. Subí de nuevo, barrí y fregué la cocina, traté de encenderlo de nuevo y le mandé un par de whatsapp a mi novio programador, que estaba por ahí escalando con sus amigotes, en este tono:

Mi ordenador ha MUERTO!!!!!!!!! (introducir veinte emoticonos en grados variables de desesperación). Haz ALGO!!!!

Silencio. Con el doble tic verde ahí brillando acusador frente a mis ojos.

En serio
Mi vida se derrumba frente a mí
Y no estás ayudando NADA
Me las pagarás

En realidad, yo sabía que aquello tenía poca solución. Era como en Anatomía de Grey, cuando los cirujanos emocionalmente tarados tratan de reanimar a un paciente que lleva muerto media hora. Mi ordenador ya no estaba allí. Se había ido un lugar mejor. No me sorprendí, entonces, cuando Pablo volvió con una poca urgencia sorprendente y me dijo que no había nada que hacer.

Hoy hemos rescatado el disco duro de su hermosa pancita blanca para recuperar los archivos que no tenía en Dropbox. Ahora el pobre está ahí, inerte y desmontado, esperando sobre la mesa del salón a que se lo lleven al lugar de su eterno reposo.

Aquí es donde empieza esta Elegía a un Ordenador:

MacBook Blanco de Marina (MBM) llegó a mis manos hace ahora cuatro años y medio, como regalo de mis tías por haber sacado el PIR. Lo primero que me sorprendió de él fue la pureza de sus líneas y la simplicidad de su uso. Al principio extrañaba esa pausa para tomar un café que me daba mi PC entre encenderlo y poder empezar a usarlo, pero me acostumbré pronto.

MBM y yo nos mudamos juntos a Cádiz, a mi nueva vida de chica independiente. Durante mucho tiempo, se sentaba en la esquina de mi cama: el único lugar de mi piso donde se pillaba una wifi gratis. Después esa wifi se acabó, y MBM me acompañó en arriesgadas excursiones a la plaza de la Catedral, donde escribíamos juntos sentados sobre las escaleras.

En esos primeros años en Cádiz, MBM fue mi compañero más fiel, mi objeto más querido. Filmaba ridículos auto-vídeos de mí tocando la guitarra, y sacaba fotos donde la borrosidad de la webcam favorecía a mi pobre piel. Navegaba alegremente por Internet y almacenaba mis archivos y recuerdos. Sobre todo, MBM se dejaba escribir. Colocaba sus dóciles teclas blancas bajo mis dedos y me ayudaba a relatar el mundo. Juntos hablamos de amor, de amigos, de Cádiz, de escalada. Cuando nadie más quería escucharme, MBM estaba ahí para enviar mis mensajes a un vacío que resultó estar más lleno de lo que pensaba.

Viajamos juntos durante el Summer Steinbeck Hill Project. Por las noches, después de conducir, escalar y arriesgarme en raras aventuras emocionales, me sentaba con MBM en la parte trasera de la furgo y escribía. MBM me ayudaba a vivir dos veces. Después nos mudamos a Madrid y de vuelta a Cádiz. Lo extrañé en mi viaje a Colorado, pero no quise llevarle; por una parte, me preocupaba su discreto sobrepeso y, por otra, no quería perder en un descuido a mi mejor amigo inanimado.

Ahora habíamos llegado juntos a Margalef, al principio de una nueva aventura. MBM llevaba un tiempo sintiéndose cansado. A veces tardaba más de la cuenta en hacer las cosas, nivel PC rápido, y otras veces no podía instalarle programas porque su sistema operativo se estaba quedando atrás. Yo le había echado un ojo a un bonito MacBook Air, pero me negaba a desprenderme de MBM mientras siguiera haciendo su trabajo. "Si quieres le reinstalamos el sistema", me ofrecía Pablo. Yo siempre lo dejaba más adelante. Quizá, si lo hubiera hecho a tiempo, él todavía estaría con nosotros. Pero es demasiado tarde para arrepentirse.

Quiero creer que a MBM le gustaba mi novela, y que a su corazoncito metálico de computadora le dará pena no estar junto a mí para terminarla. Quizá solo sintió que su época había acabado, y que necesitaba a un amigo más joven y fuerte para llevar sobre sus hombros el peso de todos mis proyectos. Creyó que sería mejor no esperar a ser sustituido y retirarse por sí mismo: tan digno, elegante y silencioso como ha sido siempre.

MBM: espero que haya un cielo de los ordenadores buenos. Espero que tú estés en él y des con otra escritora un poco más constante y menos melodramática que yo. Estaré aquí con un nuevo amigo, pero siempre ocuparás un lugar especial en mi corazón. Hemos pasado juntos los momentos más divertidos de mis últimos cuatro años. Entretanto, hazte amigo de esa escritora del cielo que me imagino y sé tan robusto, rápido y paciente como en tus mejores tiempos. Aguanta sus parrafadas y anímale a que se siente todos los días. Esparce sus mensajes por el mundo. Ayúdale a escribir el universo.



*Esto es lo que pasa cuando convives demasiado tiempo con un vegano.

domingo, 10 de agosto de 2014

El argumento de mi novela y el fantasma de Justin Bieber

Como somos una pareja moderna, Pablo se ha ido a escalar a Mallorca con variopintas compañías couchsurferas y yo me he quedado en Margalef escribiendo.

Hoy ha sido mi primer día de lo que podríamos denominar "Maratón de Writerpreneurship Verano 2014". ¿Qué es eso de Writerpreneurship? Tiene que ver con que en estos tiempos que corren para la literatura digital, uno no puede ser solo autor: tiene que ser emprendedor, marketer y nosecuántas cosas más. En la práctica, se traduce en usar Twitter, Facebook, tener un blog y, de alguna forma, autopromocionarte sutilmente sin que a tus contactos les entren ganas de sacarse los ojos.

A mí no me molesta ser una Writepreneur o Escriemprendedora, aunque me agotan un poco las redes sociales. Pero me gusta tener las cosas (más o menos) bajo mi control. Si tuviera que mandar manuscritos a las editoriales, me tiraría de un puente. A partir de ahora, planeo escribir y editar un libro tras otro hasta alcanzar el estrellato o la muerte. También voy a seguir con la psicología, pero de forma virtual y espaciada hasta que Pablo y yo decidamos (si es que lo decidimos alguna vez) volver a la ciudad.

Hoy ha sido mi primer día de MWV2014. No tengo claro si lo he aprovechado o no. He meditado, escrito, leído, comido helado, paseado en torno al pantano y ploteado mi novela, pero todo lo he hecho de forma un poco espesa y desorganizada. ¿Qué es plotear? Es una adaptación del verbo inglés "to plot": construir de forma sólida el argumento de tu libro antes de empezar a escribirlo o, en mi caso, después de revisar el primer borrador de tu libro y decidir que hay que reescribir un ochenta por ciento.

Plotear es difícil porque no estoy acostumbrada a pensar sin escribir. Con un post es sencillo: tienes tres ideas en mente y dejas que los dedos corran. Después corriges lo que haga falta; total, no se tarda tanto en cambiar un par de párrafos. Le das a "publicar" y hordas de lectores tus cuatro amorosos fans te dan un feedback amable. Unos días después, empiezas de nuevo.

Yo pensaba que una novela sería algo parecido: me sentaría frente al ordenador y las palabras comenzarían a fluir de mis dedos. Personajes y situaciones se sucederían en vertiginoso gozo. En vez de eso, resulta que escribir sin un plan previo se parece a intentar sacarle zumo a un trozo de corcho. Te sientas y te paraliza la incertidumbre. ¿Qué escena va ahora? ¿Quién aparece en ella? ¿El protagonista tiene hermanos? ¿Cuántos? ¿Por qué dos y no tres (o tres y no cuatro)? ¿En qué trabaja? ¿Qué le gusta? ¿Hacia dónde va este diálogo/situación/narración?

Si te lo inventas todo sobre la marcha, como hice yo en el NaNoWriMo, corres el riesgo de que releer tu borrador se parezca a hablar con una amigo la mañana siguiente a una gran borrachera. "¿Que hice QUÉ? ¿Que me lié con QUIÉN?". No te puedes creer que esa sucesión de despropósitos sea obra tuya. Que conste que a mí nunca me pasó eso: yo era más de potar antes de que cantidades preocupantes de alcohol llegaran a mi cerebro.

La valoración post-resaca de mi borrador me ha hecho decidir que voy a plotear como si no hubiera un mañana. Quiero saber todo lo que ocurre en esa novela y cuáles son los planes de mis personajes absurdos antes de ponerme a escribir, porque paso de escribir otras 50000 palabras y decidir después que son basura. Pero plotear es agotador: la mente da círculos una y otra vez, cada vez que resuelves un problema surge otro y al final no sabes si el resultado se parece demasiado a lo que tenías en la cabeza.

Imagino que a vosotros, queridos lectores, todos estos problemas literarios os chupan un pie, pero es que no sé de qué otra cosa escribir. Antes escribía aquí sobre lo que me pasaba, pero desde que vivo en Margalef, lo que se dice pasarme no me pasan muchas cosas. Que conste que eso es bueno. Estoy aquí precisamente para concentrar mis energías, y lo que quiero que pase ocurrirá sobre todo en los mundos imaginarios de mis libros y/o en la roca. El resto del tiempo, Pablo y yo podemos pasar con entretenimientos tan emocionantes como cruzar por primera vez el puente nuevo que han construido sobre el río, o ir a casa de la vecina a pedir un limón. El problema es que todo eso no da para muchos posts (a no ser que tengas una imaginación tan descabellada como la de Rafa Fernández, que convierte su aldea de seis habitantes en fuente constante de inspiración).

Hoy ha sido un buen día, después de todo. Aunque ploteo a velocidad de tortuga anémica, y aunque no me van a dar el premio a la imaginación del año, mi historia va teniendo algo parecido a un tono narrativo decente. Hay conflicto, hay drama, hay Tensión Sexual No Resuelta. Yo quiero escribir una novela adictiva. Una de esas que no te deja dormir por las noches; que cuando estás firmemente decidido a dejarla en la mesilla para irte a la cama, te sorprende con un giro nuevo, o con un desastre inesperado, que te obliga a girar la página. Quiero que todas las lectoras os enamoréis del protagonista y todos los lectores de la protagonista (cambiad géneros a vuestro antojo para orientaciones sexuales minoritarias; Massobreloslunes respeta la diversidad).

Ahora me voy a dormir. Cuando duermo sin Pablo me inquieto un poco. Ayer, por ejemplo, estaba intentando coger el sueño cuando se encendió una luz en el hueco de la escalera. Me acojoné, y eso que Margalef debe de tener un índice de criminalidad negativo (porque la gente te ayuda y te da verduras de sus huertos). Resultó que la luz del descansillo del edificio entra por un tragaluz que da a nuestra casa, y que eran los vecinos llegando al portal. Solo vienen unos días en verano y no estamos acostumbrados a tener compañía. Me volví a la cama, todavía con el corazón en un puño, y entonces vi que en el borde de la puerta del armario había algo escrito. Dos palabras en las que no me había fijado hasta entonces:

"Justin Bieber".

Verídico.

Me acojoné otra vez. Menos mal que ponía Justin Bieber y no, por ejemplo, "Monja Petra", la protagonista de las historias de terror que nos contaban de pequeños en los scouts. Llega a poner "Monja Petra y juro que empiezo a correr hasta llegar a Mallorca.

En fin, ciruelos y ciruelas. No es el mejor post del mundo, pero es mejor que el silencio. Dadme tiempo hasta que encuentre el tono de esta nueva época literaria de mi vida, donde no puedo hablar de ligues, amigos y pacientes porque estoy retirada en un monasterio de amor y roca. No me va a quedar más remedio que escribir sobre política.

Por cierto: una lectora que vive cerca ha contactado conmigo para escalar la semana que viene. Empezó a escalar gracias al blog, ¿no es fabuloso? Si tú también vives por la comarca y te animas, no dudes en avisarme; a no ser que seas un psicópata, claro, o el espíritu encarnado de Justin Bieber.

martes, 29 de julio de 2014

Escribiendo en el aire

Es de noche y estamos en un camping del suroeste de Francia, sentados en la furgo, preparando seitán a la plancha para la cena. Yo pico muy fino un diente del ajo gigante y violeta que hemos comprado en la tienda, y Pablo me pasa cuando se lo pido los objetos que están en su lado de nuestro salón-cocina: la sartén, el aceite, la pimienta.
- Y entonces – dice él, como si retomáramos una conversación de antes -, ¿cómo se hace para escribir sobre un recuerdo y que no quede aburrido?

Al mediodía, mientras yo dormía la siesta bajo el techo elevable de la furgo, él ha estado escribiendo. No tengo ni idea de qué. Lleva y trae de un lado a otro el ordenador y “Writing Down the Bones”, como si él y Natalie Goldberg anduvieran conspirando en secreto.
- Pues... no sé. Depende. Utilizas los detalles, supongo. ¿Qué recuerdo?
- Por ejemplo, la tarde de hoy. Pienso en cómo la contaría y suena aburrido.

Cubro con aceite el fondo de la sartén y enciendo el fuego al mínimo.

- Lo importante – digo, mientras sostengo la mano unos centímetros encima del aceite – no es contar lo que pasó, sino transmitir qué significa para ti lo que pasó. Los lectores quieren identificarse contigo, que eres el protagonista.
- ¿Y cómo se hace eso?
- A ver. ¿Qué querrías tú recordar de esta tarde?
- No sé – arruga la boca y mira hacia arriba -. La aproximación al sector, que era muy bonita. Las raíces de los árboles a las que había que agarrarse para subir, el tronco con muescas que habían colocado para que hiciera de escalera, el bosque... Luego contaría cómo tú has empezado a escalar, y de repente se puso a llover, y tú no podías seguir, y yo me estaba cagando de frío... Porque era un poco como... ¿catrasca existe acá?
- ¿Catrasca? No, ¿qué es?
- Cuando alguien es muy... no sé, que se va dando golpes con todo, y va a escalar y le llueve, y luego no puede desmontar la vía.
- ¿Torpe? ¿Gafe?
- No, no exactamente...
- ¡Yo no soy gafe! Un poco torpe sí, lo admito.
- No vos, la situación era catrasca. Bueno, pues eso quería contar, que tardamos un montón y nos mojamos, y que luego para bajarte de la vía te soltaste de la pared porque querías hacer un péndulo, y eso me levantó a mi también y nos partimos de risa. Que tú colgabas de un lado a otro gritando: “¡Uiiiiiii!”, pero luego vi toda tu cara de pánico cuando casi te das contra la pared, y nos empezamos a enredar los dos en la cuerda y parecíamos tarados.

Mientras Pablo habla, yo corto el seitán en lonchas finitas sobre la tabla de plástico naranja.
- Lo que pasa – continúa – es que todo eso lo escribo y es aburrido. Si lo leo dentro de... qué sé yo... un año, me va a parecer una estupidez. Como esa gente que tiene blogs de escalada y que cuenta: fuimos a tal sitio y a tal otro, hicimos tal y tal vía, se puso a llover y nos tuvimos que ir. ¿A quién le importa eso?
- ¿Qué es lo más importante para ti de todo eso? Pásame la sal, porfa.
- Creo... - me alarga el tarro de sal marismeña que compramos en Cádiz – que la idea es que estaba ahí asegurándote, muerto de frío, y después no me esperaba lo del péndulo. No pensaba que iba a salir volando. Después los dos nos quedamos mirando a la chica que escalaba en la vía de al lado y eso me motivó, me dieron ganas de escalar más. Pero ¿ves? Dicho así suena estúpido.
- A ver... - pongo un poco de pimienta a los champiñones que se rehogan en la otra sartén -. A veces yo empiezo a escribir un post y sé cuál va a ser el final. El cierre, por así decirlo. Ese es el mensaje del post, lo que tú quieres comunicar con él. En tu caso, yo me quedaría con... Cómo lo expresaría... Algo como “a veces para escalar no hace falta escalar”, o “para divertirse escalando no hace falta escalar”. Quizá lo diría de una forma más sutil. No sé.
- Lo tenías pensado, eso. Confiesa.

Suelto una risita.
- Empezaría contando que el camino era... “como la entrada al país de las Maravillas”, u otra imagen potente que evoque algo al lector. Diría que “nunca pensé que utilizaría las raíces de un árbol como agarres”, para que puedan imaginarte trepando por ellas. Después... no sé, quizá comenzaría con un tono bucólico, profundo, explicando lo mucho que te motiva verme escalar, porque “es casi como si escalaras tú”... pero después, todo empieza a salir mal. Yo enseguida estoy colgando de la cuerda porque no me salen los pasos, y la lluvia me está empapando las gafas y no veo. Tú tienes frío y te aburres, y piensas que vaya mierda, que cuando yo escalo NO es como si escalases tú, que tú quieres escalar, y no estar ahí parado en el pie de vía bajo la lluvia helada.

Pablo se ríe. Yo, entusiasmada, doy vueltas al seitán y sigo hablando:
- Entonces, en medio de todo eso, de tú todo negativo y mosqueado, y después de una hora para montar y desmontar la vía bajo la lluvia, a la tarada de tu novia le da tirarse en el aire a hacer un péndulo, y tú, que estabas pensando ya en tomarte un café calentito en el bar del pueblo, te encuentras volando por los aires. Describes “su repentina cara de terror al darse cuenta de que un péndulo tiene dos direcciones – yo también me estoy riendo ahora – y, aunque una de ellas estaba limpia de obstáculos, la otra la trae de vuelta contra la roca a toda velocidad”. Terminaría contando un poco sobre la chica que escalaba al lado, pero poquito, para no aburrir al lector. Después concluiría con la frase que te dije... Algo como “mientras bajábamos empapados hacia la furgo, preguntándonos cómo se diría colacao en francés, pensé que lo bueno de la escalada es que a veces escalar ni siquiera hace falta”.

Pablo esboza una media sonrisa. Yo doy la vuelta a las lonchas de seitán y subo un poco el fuego. La luz dentro de la furgo es cálida y amarilla; más allá de las ventanas, todo es oscuridad y silencio.
- Quedó muy bueno. Me gustó. Me gustó lo que escribiste en el aire.
- Gracias.
- Aunque suena demasiado a ti.
- Probablemente.

viernes, 25 de abril de 2014

Mentiras Buenas


Hace algunas semanas vino a mi consulta una niña por un problema que no viene al caso. Lo importante es que, justo antes de terminar la consulta, la madre hizo el típico posyaque y me dijo que, posyaque habían venido, a ver cómo podía yo ayudar a la nena a que dejara de decir mentiras.

Sin entrar a fondo en mi intervención, que incluyó a un par de marionetas haciendo de Mentira y de Verdad y luchando a muerte sobre el escritorio, os diré que le puse como tarea que escribiera un cuento. No tengo muy claro por qué, y quizá fuera estúpido: podía haberme limitado a decirle que la Mentira es Mala y la Verdad es Buena, y que ella y la Verdad tenían que trabajar duro para derrotar a la Mentira. Sin embargo, consideré importante aclarar que uno puede decir Mentiras, y es malo, pero también puede contar Cuentos, porque los Cuentos son Mentiras Buenas. Y le propuse que escribiera un cuento.

Hoy me ha traído el cuento. Tiene portada y todo. Y dos ilustraciones, y en la última hoja, de cuadros y grapada a todo lo demás, una historia de un párrafo escrita probablemente por la madre, porque ella aún está aprendiendo. La historia habla de una princesa que se encuentra a un caballo y se lo lleva a casa. El cuento no tenía título, así que, después de debatirlo un rato, hemos decidido llamarlo "La princesa y el caballo". No había príncipes, ni bodas. Me gustó.

Hace unos días estaba yo dando vueltas por la librería, buscando casi cualquier cosa para relevar a Alice Munro. Me está encantando Munro. Tanto, tanto, que me la voy a dosificar, para tener una apuesta segura cuando todo lo demás me falle. Me decidí por el último libro de Javier Cercas, "Las leyes de la frontera". Llevaba un tiempo rondándolo, porque tanto "Soldados de Salamina" como "La velocidad de la luz" me gustaron mucho. Mientras paseaba entre los montones de libros, pensaba: y que todo esto sea mentira. Que tanta gente invierta el tiempo en inventar cosas, y tanta otra gente en leerlas con interés. Qué cosa más rara.

Acabo de interrumpir la escritura de este post para mandarle un whatsapp a mi padre y decirle que me ha gustado el libro de Cercas. Mi padre y yo nos recomendamos libros con cierta frecuencia. Seguramente es, después del genético, el vínculo más potente que compartimos. Siempre me asombra cuando coincido con alguien en las lecturas: creo que la capacidad para conmoverse con el mismo tipo de ficción es un indicador potente de algún tipo de vínculo espiritual. 

También he vuelto a Fante hace un par de semanas. Le leo con más interés desde que estuve en Boulder y puedo imaginarle en la ciudad, cubierta por la nieve, paseando por Pearl y Walnut Street y con los Flat Irons al fondo. Ya comenté ayer que estoy un poco tristona desde hace unas semanas, y cuando leí "Espera a la primavera, Bandini", y fui capaz de trasladarme por unas horas al Colorado de la Gran Depresión, pensé: qué locura, esto. Fante está muerto, muy muerto, y sin embargo aquí estoy yo, al otro extremo de una conexión que cruza años y kilómetros. Él vivió su infancia miserable de hijo de inmigrantes italianos hace ya un siglo, y yo vivo el final de mi veintena acomodada al sur de España, y sin embargo aquí estamos: compartiendo un rato después del trabajo, en el autobús, donde me siento de espaldas a la marcha para que no me salude nadie conocido.

Luego está García Márquez, que se ha muerto, y mi sensación de que en realidad, no me importa tanto que esté muerto. Esto va a quedar infernalmente insensible y no quiero que se me malinterprete. Claro que es una pena morirse, para todo el mundo, aunque es el ciclo de la vida y es igual para todos. Pero quizá da menos pena que se muera él, porque no lo perdemos del todo. No perdemos casi nada, de hecho, porque lo más importante se queda con nosotros durante generaciones. Gabo nos hablará sin parar a través de los siglos.

Yo sigo escribiendo poco a poco, como una tullida, avanzando por un cuento largo en el que trabajo y que está precisamente ambientado en Boulder. Sigo trabajando en mis Mentiras Buenas. Hoy, mientras leía a Javier Cercas, me ha asaltado una vez más la certeza de que mi vida va a ser un Fracaso, así con mayúsculas, porque total, tengo casi treinta años y estoy deseando terminar lo único importante que he hecho (el PIR) para no volver jamás a la sanidad pública. Entro en el estudio de Pablo envuelta en mi mantita, con cara de perro mojado. ¿Y si no soy capaz de ganarme la vida?, le pregunto. Él me consuela, me dice que escribo muy bien, que soy una buena psicóloga, que todo va a salir estupendamente. Yo asiento a regañadientes, salgo del estudio, me siento a meditar una hora y luego a escribir. Y bueno, la pura verdad, y se me cae la cara de vergüenza de decirlo, porque llevo meses con un bloqueo literario de caballo, es que mientras estoy escribiendo no pienso en nada de eso. No me siento ni bien ni mal, ni me preocupa el futuro o me parece prometedor; simplemente se me olvida. Las dudas salen de mi cabeza y estoy en Boulder, con mis personajes, intentando imaginar lo que dirán a continuación y reconstruir la disposición de las mesas de mi cafetería favorita.

La niña de la consulta de hoy me ha regalado el cuento que ha escrito. Yo no lo he metido en su historia clínica, sinceramente, porque le he dado a elegir entre hacerlo, quedárselo ella o dármelo a mí, y me lo ha dado. Digo yo que me lo he ganado. Está ahí en mi bolso, enrollado con delicadeza para no marcar dobleces en los dibujos. He bromeado con ella diciendo que si es una escritora famosa algún día, lo venderé por mucho dinero; creo que no me ha entendido. En cualquier caso, no voy a venderlo. No sé si será una escritora famosa, y lo más probable es que no lo sea. Sí estoy segura de que va a aprender algún día la diferencia entre la Mentira y la Verdad, y elegirá con buen juicio. Lo que si espero es que sepa distinguir las Mentiras de las Mentiras Buenas, y que no deje nunca de creerse con entusiasmo las segundas.

miércoles, 23 de abril de 2014

Yeah

Hoy he escrito.

Tacháan.

Me siento un poco como esa gente que tiene un accidente gravísimo y comprueba cómo, después de toda una vida de normalidad, ahora considera que es un gran logro mover un dedo del pie. He escrito. Con lo que yo he sido.

Si os soy sincera, creo que he estado un poco deprimida últimamente. A lo mejor por eso no escribía. No sé por qué he estado (y quizá sigo estando) un poco deprimida. Quizá he llegado al tope de mi capacidad para escuchar las vidas de la gente. Creo, aunque seguramente es mentira, que si el PIR durara un mes más, me tiraría por mi maravillosa terraza de noveno con vistas al mar.

Ahora, por las mañanas, atiendo a niños en Salud Mental Infanto-Juvenil, y por las tardes leo ficción y pierdo el tiempo. He leído seguidos dos libros de Alice Munro, que es lo mejor que me ha pasado en los últimos meses. He aparcado temporalmente Psicosupervivencia y, muy despacito, he empezado a considerar en serio la posibilidad de que me apeteciera escribir.

Y hoy he escrito, viva y bravo.

Nada del otro mundo. El inicio de un cuento largo, inspirado por Munro y por una canción de Steve Vai. Un intento de artículo pseudo-feminista para este blog sobre las tetas de Scarlett Johansson. Pero no se me dan bien los artículos de opinión. Me lanzo pensando: esta vez voy a ser polémica, y punto; esta vez le van a dar a todo el mundo y voy a decir lo que pienso. Después me empiezo a sentir culpable por ser tan vehemente, empiezo a suavizarlo todo y parece que estoy pidiendo perdón. Así que ahí está el artículo, en el archivo de borradores, y nunca sabréis qué pienso exactamente sobre las tetas de Scarlett.

Pero he escrito. Insisto.

Así que bueno. Feliz día del libro, y tal. Quizá mi alma no esté tan perdida para la literatura como parecía últimamente.

viernes, 29 de noviembre de 2013

Reflexiones tras ganar el NaNoWriMo

Acabo de validar mi protonovela en la página web de NaNoWriMo. Acto seguido, he buscado en Youtube la canción "Lo hicimos - We did it!" De Dora Exploradora y me he dedicado un pequeño baile de la victoria.

¿Un mes para eso? ¿En serio?

Sobre la novela.

Como ya dije, creo que es un primer borrador bastante decente. Las últimas escenas no están escritas, sólo bocetadas, pero como el argumento está cerrado y he pasado de sobra las 50000 palabras, me voy a considerar ganadora. Ahora queda parar unos días, asimilar la resaca y decidir qué hago ahora con todas esas palabras.

(¿Qué hago con todas estas palabras? He ahí la historia de mi vida)

¿Primeras conclusiones?

Escribir una novela en un mes no es tan difícil. Lo difícil es pensar una novela en un mes. Si tienes un buen hábito de escritura y sabes lo que va a ocurrir en cada escena, tipografiar cincuenta mil palabras en un mes te requerirá menos de dos horas al día. No es para tanto.

Insisto: el problema es pensar. Ha sido averiguar qué iba a pasar con mis personajes queridos lo que me ha costado verdadero trabajo. Además, cada decisión iba acompañada por dudas existenciales sobre si eso era realmente lo que debía pasar o si estaba pensando idioteces bajo presión.

A pesar de eso, surgen cosas. Tú piensas que estás tomando decisiones al azar y después, cuando relees lo que has escrito, te das cuenta de que has alcanzado un sentido más profundo. El escritor sabe más de lo que piensa sobre su obra, decía mi primer profesor de escritura. Eliges nombres, ciudades, personajes y situaciones y, de repente, entiendes las cosas como cuando un paciente te cuenta algo de su pasado y tú atas cabos y dices: "ahora sí".

Me espera un trabajo arduo de reescritura, edición y post-producción. No creo que tarde menos de un año en completar algo decente que pueda vender para empezar mi camino al bestsellerismo. Sin embargo, estoy segura de que voy a seguir trabajando en esta novela. Y cuando ese duro año termine, la Marina del futuro tendrá, atentos, Una Novela Escrita.

Cuando terminé de escribir lo que ya sabía de la novela aproximadamente una semana después de empezar, me pregunté "¿y ahora qué carajo hago?". Como un depredador del conocimiento, leí cuatro libros seguidos acerca de construir argumentos para novelas. En realidad, los libros estaban más dirigidos a autores de fantasía o de ficción comercial facilona, pero muchas de las instrucciones me sirvieron. Construye los personajes, crea conflicto, aclara motivaciones y metas. Utilicé algo de eso y también algo de "esto se me acaba de ocurrir y lo voy a meter, porque yo lo valgo", y poco a poco construí algo parecido a una trama.

Así he descubierto que yo también puedo imaginarme cosas. Antes pensaba que los argumentos se entregan enteros y perfectos a los autores, como las Tablas de la Ley a Moisés, y que a mí nadie me había dado esa imaginación y, por tanto, estaba condenada al ostracismo literario. Ahora me he dado cuenta de que los argumentos se construyen poco a poco, con mucho sudor, muchas lágrimas, mucha asociación libre y mucha sensación de "esto que estoy escribiendo es una gilipollez como un piano". Pero se construyen. Mi historia será buena, mala o regular pero Es Una Historia.

Descubrir que puedo contar historias largas o, lo que es lo mismo: descubrir que puedo escribir una novela si me lo propongo, es como descubrir que soy capaz de volar.

Por último, me he dado cuenta de una cosa:

Yo siempre he querido escribir. Además, yo siempre he querido escribir novelas Me gusta el blog. Me gusta Psicosupervivencia. Me gustan los ensayos y los cuentos. Pero lo que lleva salvándome la vida desde pequeña, lo que siempre ha marcado la diferencia entre un buen día y un día de mierda, son las novelas. Ese me parece mi destino más digno. Eso es lo que querría hacer toda mi vida si sólo me dieran una opción.

(Lo que es un tema, claro está, porque soy psicóloga)

Tampoco se trata de pensar en blanco y negro. No son profesiones incompatibles. Pero creo que debo empezar a tratar la ficción como mi prioridad. Yo sé que cambio a menudo de opinión, como un pobre barquito a merced de los elementos y que, de hecho, hace unos meses anuncié que dejaba este blog para dedicarme de lleno a Psicosupervivencia. Pero la pura verdad es que desde que no escribo aquí y, en general, desde que no escribo nada que no tenga que ver con la psicología, se me ha secado el alma.

Esa ha sido la otra cosa importante que he recuperado con el NaNoWriMo: la alegría de escribir. De repente, mi trabajo y toda la desmotivación que sentía sobre él, la sensación de pérdida, la tristeza y el cansancio se han desvanecido. Me sentía contenta porque estaba escribiendo otra vez. He pasado bastantes horas delante del ordenador, con la mirada perdida y sin saber qué carajo poner en el siguiente capítulo. También he tenido momentos de odiar mi historia, a los personajes y a los concursos de Internet. Pero ha habido momentos grandiosos, divertidos, en los que miraba a la pantalla y pensaba, como Truman Capote, que soy tan buena que no puedo ni respirar.

(Ninguno de los dos extremos es cierto. No soy una basura. Tampoco soy Truman Capote, obvio)

Resumiendo...

Me ha gustado mucho ganar el NaNoWriMo. Ha sido fuckin' divertidísimo. Me ha sacado a patadas de mi zona de confort. He aprendido cosas nuevas. Estaba vacía y me he llenado de nuevo. De palabras, de significados y de la magia insana de inventar un mundo que es sólo tuyo y al que únicamente tú tienes acceso. Es un vicio. Mi vocación es esa. Yo quiero contar historias y es lo que he querido siempre. No sé en qué se traduce eso en términos de realidad, o de cambios conductuales a corto plazo, pero tampoco creo que eso sea lo más importante. Lo más importante es ese conocimiento íntimo, que se queda conmigo ahora y para siempre, pase lo que pase.

En Estados Unidos conocí a un chico que llevaba la pequeña pieza metálica de un fisurero colgada del cuello. Me gustó el adorno y le pregunté qué quería decir para él. "Esto se queda conmigo - explicó -. Es mi forma de recordar que, pase lo que pase, siempre seré un escalador. Aunque no volviese a escalar una pared en mi vida. Soy un escalador, y eso no va a cambiar". De la misma forma, aunque no vuelva a escribir una palabra en mi vida, soy una escritora. Eso no va a cambiar. Lo sabía antes del NaNo, pero, ¿qué puedo decir? Ojalá los humanos pudiéramos aprender las lecciones de la vida una sola vez.

A todas aquellas almas benévolas que se han apuntado a la lista de correo: no habéis recibido nada porque aún no he mandado nada. Dije que sólo información relevante y nada de spam. Todo llegará.

Se os quiere, siempre.

martes, 26 de noviembre de 2013

Siete mil palabras

Eso es lo que me queda para terminar el NaNoWriMo, oh, ciruelos y ciruelas. Parece que quizá este año, por fin, llegue al final de esta aventura de otoño.

Ya haré una reflexión profunda sobre escribir una novela en treinta días, pero he de admitir que la experiencia es, cómo decirlo... desigual. Hoy estás en la cima del mundo y mañana te quieres tirar a la basura. La web tiene un foro donde las nanovíctimas se consuelan unas a otras; uno de los subforos se llama "NaNoWriMo ate my soul" (NaNoWriMo se comió mi alma), y en él la gente se queja de lo hartos que están de escribir. Hace unos días, alguien comenzó un hilo titulado "My novel is so bad", en el que había que terminar la frase con cómo de mala crees que es tu novela. Había algunos muy buenos, como "mi novela es tan mala que una editorial para autopublicación la ha rechazado", o "mi novela es tan mala que el gato caminando por el teclado, de hecho, la mejoró".

Hoy yo tenía uno de esos días de querer tener un gato para que caminara por el teclado. Me parecía todo de lo más unidimensional. Estaba asqueada de los personajes, de mi estúpida historia, de los agujeros enormes que deja en tu argumento escribir a este ritmo y, en fin, de no escribir nada importante ni sesudo que legar a la Humanidad. Así que he decidido leer todo lo que llevaba escrito hasta ahora, y de paso ajustar el recuento de palabras. He tardado tres horas, y al final de esas tres horas puedo decir sin pudor que MI NOVELA MOLA.

Ya lo he dicho. Para haberlo escrito en menos de un mes, está muy bien. Es una novela que yo querría leer si la hubiera escrito otra persona. Sigue teniendo agujeros de tipo tunel de tren en la trama, y algunas frases escritas con prisa me dan ganas de sacarme los ojos pero, en general, no es un primer borrador del que avergonzarse. Para nada.

Además de cierto orgullo, otra emoción me ha inundado a medida que leía del tirón toda mi sarta de despropósitos. No sé bien cómo definirla. Estaba entusiasma, o conmovida, o una mezcla de ambos. Me acordaba de un post que leí el otro día en el foro. En él, Adhara mencionaba este post y hablaba de cómo cada vez que abandonas una idea por pensar que todavía no está lo suficiente madura o que no es lo suficientemente seria, Dios mata a una novela. Y es verdad.

Sé que en unos días, cuando se me pasen la Dignidad y el Entusiasmo que sentía hoy al releer lo que he escrito, volverá la Vergüenza. Y la Vergüenza me dirá que nadie en su sano juicio escribiría algo tan intrascendente y trivialmente contemporáneo como lo que he escrito hoy. Cuando la pura verdad es que sólo ahora puedo escribir de lo que escribo ahora. Sólo si supero esa Vergüenza y escribo de lo que quiero escribir ahora, verán la luz mis pobres personajes, esas criaturas tiernas y perdidas que tienen una historia que contar. Quizá no sea la historia con más trascendencia del mundo, pero es la suya, y a ellos les importa. A mí también.

Para los que tienen curiosidad: en la novela hay blogs, y viajes, y ciudades, y amor. Hay diálogos campechanos y párrafos no muy largos, para que nadie se agote. No hay nada experimental ni innovador, del tipo no utilizar la letra E. Hay referencias a mi culturilla cutre de chica despistada. No hay sesudas reflexiones filosóficas. Hay sexo. Hay trucos sucios para enganchar vuestro interés. Hay neologismos absurdos, chistes malos y siglas. Muchas siglas.

Mi novela es lo más.

Me quedan siete mil palabras y (lo más difícil) todo un arco argumental que cerrar antes de declararme oficialmente ganadora. Yes, baby. Después os contaré cuáles son mis planes para su (auto)publicación y distribución. Si pasas por aquí, querido lector, y no puedes soportar la idea de no ser el primero en enterarte el día que la publique, por favor: apúntate a la lista de correo hecha para la ocasión. Soy demasiado vaga como para spamearte.

Emocionada me hallo.

Besos para todos.

jueves, 31 de octubre de 2013

Por qué no escribo

¿Dónde está Marina? Esa pregunta recorre sin parar la blogosfera circula por las cabezas de los tres lectores que me quedan. En este blog hay un silencio casi absoluto. Psicosupervivencia avanza a trancas y barrancas. La gente que me conoce sabe que no me he muerto. Y se preguntan: ¿dónde está esta chica? Se le llenaba la boca con la escritura y lo importante que era para ella su blog. ¿En serio nos ha abandonado por su nuevo novio? Y se contestan: qué va. Estará escribiendo una novela, o algo.

Nada más lejos de la realidad (me encanta esa expresión).

¿Qué estoy haciendo con mi vida?

1. Trabajar. Penosamente. Quiero terminar el PIR. Me quedan seis meses. Cada uno de estos días de trabajo se desliza despacio, como una gota al final de una estalactita. Necesito terminar el PIR, lo digo en serio y, mientras eso llega, me agobio por tener que dedicarle mis mejores horas al SAS. Estoy hasta el potorro de ser residente, y me da igual quién lea esto. Jefes, tutores y compañeros: estoy. hasta. el. potorro.

Esa situación laboral me tiene la energía por los suelos. Llego a casa a las tres y pico con ganas de dormir la siesta y morirme, por ese orden. Yo sé que esto es muy de buscar excusas, pero creo de corazón que la cosa escritora va a mejorar cuando pueda sacudirme de encima las manos pegajosas de la sanidad pública.

2. Morir de amor. Lo que nadie te dice cuando encuentras al amor de tu vida es la de tiempo que requiere. De repente es como descubrir una afición nueva. O una religión. Desde que estoy con Pablo, soy una conversa: me he convertido al Pablismo. Y claro, el Pablismo tiene sus rituales, como los veinte minutos de acurrucamiento matutino pre-laboral, las pausas para abrazos en cualquier actividad compartida, las excursiones al Royalty para tomar tarta de limón y (oh, sí, wait for it) el SEXO.

Por no hablar de la escalada a dos. Pero de eso trataremos en el siguiente punto.

De momento, vamos a dejarlo en que amar requiere tiempo y un preocupante y profundo cambio de estado mental. Nunca me había sentido tan unida a alguien como a este chico. Es muy raro. No se trata sólo de sentir cosas y hacer cosas; como ya he explicado en algún otro post, siento que se ha ampliado mi conciencia. Que yo sigo pensando lo mismo, pero que esos pensamientos resuenan en Pablo, y que de alguna manera también pienso sus cosas. Es raro. Entra en la cama a las cinco de la mañana, después de haber estado trabajando toda la noche, y sus pies están helados, como imagino que estarán los pies de los cadáveres. Yo se los caliento con los míos mientras le susurro "muahaha, ¡¡siente lo que es ser mujer!!", y sé que estaba tan concentrado frente al ordenador que se le ha olvidado que tenía frío, y que puedo imaginar perfectamente que le pase algo así.

Quiero mucho a este chico, lo digo en serio.

Pero, volviendo al tema, que se me olvida, el amor me ocupa tiempo. Porque, además, yo soy una novia entregada. Soy una novia ardiente como una Juana de Arco del amor. Tonterías, las justas.

3. Escalar, entrenar, etc. Cuidado con lo que deseas. Es decir: si deseas un novio que ame enfermizamente la escalada, cuidado, porque podrías acabar con un novio que ame enfermizamente la escalada. Y si quieres a alguien con quien entrenar y trepar, cuidado, porque podrías terminar compartiendo entrenamientos inhumanos de cuatro horas con un argentino chiflado que, cuando estás hasta el mismo e intentas estirar en el suelo, te pregunta, como quien no quiere la cosa, si has hecho suspensiones en los romos y lo bien que te vendrían unos abdominales antes de acabar.

Mirad qué bien que nos lo pasamos.



El problema es que la escalada es una amante mucho más exigente que Pablo.

Escalar es genial, pero pulveriza una proporción de tiempo y energía enorme. Que no me importaba cuando no tenía que hacer un hueco en mi agenda con el rótulo "besos", pero ahora se suma a todo lo demás.

4. Poco más. En serio. Es que no sé dónde se van mis días. Me acuesto hecha polvo y sin haber parado un momento, ni a tirarme en el sofá a ver Grey, ni a leer. Nada. Alguien se está fumando mi tiempo, y lo digo en serio.

Y os dejo, porque como parte integral de mi enésimo intento por volver a mi camino, ahora estoy levantándome con las gallinas y escribiendo antes de irme al trabajo. Y, como sospechaba, no hay nada bueno en eso, porque justo ahora, que estoy aquí más a gusto que un arbusto, tengo que levantar mi culo en pijama de la silla e irme al hospital a escuchar una charla de tres horas sobre la entrevista estructural de Otto Kernberg.

Matadme.