Llevo varios días con ganas de escribir, con un gusanillo en el estómago de palabras acumuladas. No es ansiedad; es como cuando esperas una ocasión especial (una excursión con el colegio, una cita) y tienes ganas de que llegue pero, al mismo tiempo, quieres aprovechar el mariposeo en el estómago el mayor tiempo posible. Esta mañana, en la facultad, me he sentado sola en la banca y he estado leyendo mientras esperaba a que entrara la profesora. Después he pasado la hora tomando apuntes a medias y escribiendo en la agenda: repasando frases de Extremoduro con el bolígrafo, anotando poemas de memoria o esbozando monigotes en los márgenes. Entonces ha sucedido: se ha formado una burbuja casi tangible a mi alrededor, de materia plateada y traslúcida, en la que estábamos mi pequeño mundo de palabras y yo.
Hacía tiempo que no me sentía así. La última vez fue en segundo de bachillerato, cuando estaba enamorada hasta los huesos de Funes y él me ignoraba olímpicamente. Recuerdo muchas mañanas heladas entre los muros de piedra del colegio en las que yo dejaba que las clases, simplemente, resbalaran, mientras escribía sin saber muy bien qué decir en una hoja que escondía ocasionalmente bajo el libro. Cuando releía aquellos textos en mi casa me encontraba con que no es que no fueran buenos, si no que ni siquiera eran aceptables: pura autocompasión, frases hechas, topicazos sobre el cielo nublado y la desazón matutina. Pero el acto de escribir en sí era cojonudo, aunque el resultado no lo fuera. paradojas de la escritura, porque otras veces creo que estoy escribiendo forzada, que me salen las frases a trompicones, que suena fatal, y cuando lo releo me sale una media sonrisa complacida al ver el resultado.
Es agradable encontrarme en una de esas épocas bsatante creativas, ligeramente teñidas de drama y con las cantidades suficientes de felicidad como para no sufrir sin excusas, sin encanto (que es la peor manera de sufrir). Ahora, por ejemplo, me he sentado en mi terraza, con las manos heladas y el atardecer detrás de las grúas en sombras. No es que esté diciendo nada demasiado importante, aunque sé que no es a mí a quien corresponde juzgar eso, pero me siento bien. El simple hecho de escribir me alivia. Ayer leí una frase en El Desorden de tu Nombre, de Juan José Millás. Decía uno de sus personajes: “los otros, de quienes no entiendo muchas cosas, pero de quienes no comprendo, sobre todo, cómo soportan la vida si no escriben”. Eso digo yo. Me pregunto cómo sobrellevan los demás el mal de amor, la autocompasión, los celos o la comida basura. Sobre el papel todo tiene igual estatus: lo bueno y lo malo quedan al mismo nivel, y son importantes sólo si son interesantes. Se deshace la moralidad a favor de la intensidad y todo deja de ser afortunado o desgraciado para convertirse en material para una historia.
Canta Sabina “Más de cien mentiras” (si os apetece, buscadla y escuchadla; es de mis canciones favoritas. No voy a pegar la letra aquí porque es muy larga… si la queréis, pedídmela y la posteo mañana). Me gusta esa canción porque habla un poco de lo que es la Vida, con mayúsculas, la vida buena y la vida mala, “el morbo, los celos, la sangre /la niebla metida en los huesos/ el lujo de no tener hambre”. Porque no dice que la vida merezca la pena porque existen el Ammor, la Ammistad, las florecitas, los pájaros y las compresas. Como siempre, Sabina va más allá (creo que eso es lo que diferencia a los buenos cantantes/escritores/artistas en general de los malos: que van más allá, que no se quedan donde está todo el mundo, aunque dé algo de miedo aventurarse) y nos habla de todo: de lo admirable, de lo cruel, de lo insólito, del “alma en oferta que nunca vendimos”. Hay amor a los hombres en esa canción, pero amor auténtico, como el que deberíamos destinar a nuestras parejas: no te quiero por lo maravilloso que eres, ni por lo que soy cuando estoy contigo, sino por que eres tú, tan vivo, tan humano, tan imperfecto, con unas virtudes que me encantan y unos defectos que te iluminan, que te vuelven de carne para que yo pueda llegar y tocarte.
Y una va escribiendo y escribiendo, enlazando ideas, llegando a conclusiones que desbaratará en la próxima media hora, cazando pensamientos veloces que cruzan su cabeza en esta tarde de otoño y seleccionando los más bonitos para que los leáis, desechando lo tópico, lo políticamente correcto (también lo incorrecto), la autocompasión, el paternalismo; acogiendo la perplejidad, lo vibrante, lo que parece nuevo aunque seguramente no lo haya sido nunca.
Luego se levantará, cerrará el ordenador, pondrá cara de persona normal y sólo los que vean cómo le brilla una chispa en la esquina de sus ojos miopes sabrán que ha estado escribiendo, como el que va a terapia o como el que tiene citas con amantes invisibles.
martes, 25 de octubre de 2005
domingo, 23 de octubre de 2005
A film by Isabel Coixet
Ayer fuimos a ver “La vida secreta de las palabras”. Dejando de lado que la película tiene un título tan hermoso como para hacerme soñar y escribir durante páginas, me gustó bastante. Es dura, eso sí. Salí de allí preguntándome cómo se hace para conocer el dolor del mundo, para saber del sufrimiento que experimentan a diario millones de personas, y seguir sobreviviendo, comprando ropa, enamorándose y soñando. No se trata de una reflexión sociopolítica, de una arenga contra el consumismo o de una queja filosófica. Es más bien una duda acerca de la materia humana, de la materia del alma: ¿de qué está hecha? ¿de chicle pegajoso y adaptable? Porque oyendo lo que oí ayer, debería pasarme días llorando, en silencio, vete a saber si rezando. En cambio, aquí estoy, escribiendo trivialidades y pensando en qué voy a hacer esta tarde y en si cierta personita va a llamarme o no. Entonces, ¿soy mala? Porque no es sólo la película: son Wilma y Katrina, es el hambre y el SIDA, son los abuelitos, las violaciones, los terroristas suicidas volando en mil pedazos.
El planeta está dolorosamente partido en dos. Aquí, en la parte superior, en la azotea, sabemos que algo espantoso está pasando en el sótano. Como no podemos, ni queremos, ir a arreglarles la vida a los de abajo, intentamos seguir con nuestras fiestas, nuestra ansiedad, nuestros libros de autoayuda y nuestra comida china. De cuando en cuando, dejamos que rueden unas monedas, en forma de donativo, hacia la parte de abajo. Otras veces ayudamos a alguien que ha conseguido subir. Otras, las peores, volvemos a echarle a patadas hacia el agujero que le ha tocado en suerte en el reparto de bolas del destino.
Tampoco creo que tengamos la culpa. No lo quiero creer. Hoy tengo un interrogante gigante en la cabeza, hecho de preguntas que vienen resonando durante siglos en cabezas más pensantes que la mía.
En la película había también trozos de argumento que no terminé de entender bien. Ya sabéis: los típicos cabos sueltos que dejan algunos guiones para hacerse los interesantes. Mientras repaso los diálogos con la mente y busco alguna pista que me permita desentrañar los misterios, me pregunto si nuestra vida no estará hecha de eso: de cuestiones que no vamos a comprender nunca del todo, de cuentos que nunca van a terminar con una palabra “Fin” en gruesas letras de molde. Yo quiero creer que las historias que componen mi vida sí acaban, que “al final todo está bien, y si no no es el final”. Luego me encuentro con inconexos capítulos que se mezclan unos con otros, con tramas absurdas que cualquier crítico deploraría si esto fuera una novela en lugar de pura existencia irrazonable. Hay muchos finales abiertos en mi historia; de esos que si ocurrieran en una película de verdad me harían preguntarme ¿ya se ha acabado? Y quedarme en la sala a oscuras leyendo los créditos para ver si me proporcionan algún tipo de clave. Y esperar durante meses a ver si ruedan la segunda parte. Y resignarme, y comprar las entradas para otra peli, y verla mientras como muy despacio un Toblerone, porque no me gustan demasiado las palomitas de maíz.
El planeta está dolorosamente partido en dos. Aquí, en la parte superior, en la azotea, sabemos que algo espantoso está pasando en el sótano. Como no podemos, ni queremos, ir a arreglarles la vida a los de abajo, intentamos seguir con nuestras fiestas, nuestra ansiedad, nuestros libros de autoayuda y nuestra comida china. De cuando en cuando, dejamos que rueden unas monedas, en forma de donativo, hacia la parte de abajo. Otras veces ayudamos a alguien que ha conseguido subir. Otras, las peores, volvemos a echarle a patadas hacia el agujero que le ha tocado en suerte en el reparto de bolas del destino.
Tampoco creo que tengamos la culpa. No lo quiero creer. Hoy tengo un interrogante gigante en la cabeza, hecho de preguntas que vienen resonando durante siglos en cabezas más pensantes que la mía.
En la película había también trozos de argumento que no terminé de entender bien. Ya sabéis: los típicos cabos sueltos que dejan algunos guiones para hacerse los interesantes. Mientras repaso los diálogos con la mente y busco alguna pista que me permita desentrañar los misterios, me pregunto si nuestra vida no estará hecha de eso: de cuestiones que no vamos a comprender nunca del todo, de cuentos que nunca van a terminar con una palabra “Fin” en gruesas letras de molde. Yo quiero creer que las historias que componen mi vida sí acaban, que “al final todo está bien, y si no no es el final”. Luego me encuentro con inconexos capítulos que se mezclan unos con otros, con tramas absurdas que cualquier crítico deploraría si esto fuera una novela en lugar de pura existencia irrazonable. Hay muchos finales abiertos en mi historia; de esos que si ocurrieran en una película de verdad me harían preguntarme ¿ya se ha acabado? Y quedarme en la sala a oscuras leyendo los créditos para ver si me proporcionan algún tipo de clave. Y esperar durante meses a ver si ruedan la segunda parte. Y resignarme, y comprar las entradas para otra peli, y verla mientras como muy despacio un Toblerone, porque no me gustan demasiado las palomitas de maíz.
sábado, 22 de octubre de 2005
Dice Henry Miller...
Mientras salgamos de los úteros con manos y piernas, mientras haya estrellas sobre nosotros para volvernos locos y hierba bajo nuestros pies para amortiguar la curiosidad interior, el cuerpo nos servirá, hasta cierto punto, para silbar todas las posibles tonadas.
Y digo yo…
...mientras yo salga a la calle y en la persiana del local de enfrente ponga “te pienso tanto, Fabricia”, y llueva, y brille el pavimento, y una mujer me invite a compartir el paraguas; mientras siga despertándome de vez en cuando en casas ajenas con un calor dulce a mi lado, y siga bebiendo cervezas con mis amigos, y mirando fíjamente a más de un tío, y desviándonos mutuamente las miradas como el que saca balones fuera; mientras pueda seguir desayunando en la calle de cuando en cuando, oliendo a tostadas y a café recién hecho, escuchando el sonido de la leche al calentarse; mientras la PK se quiera quedar a dormir en mi casa después de salir de fiesta y pueda sacarle fotos a la mañana siguiente, envuelta en el edredón como un enorme gusano de seda; mientras el mundo me permita seguir haciendo regalos, leyendo libros, besando, mirando el cielo, contando días, oliendo flores…
… el cuerpo me servirá, sin duda, para silbar más de una tonada hermosa.
Y digo yo…
...mientras yo salga a la calle y en la persiana del local de enfrente ponga “te pienso tanto, Fabricia”, y llueva, y brille el pavimento, y una mujer me invite a compartir el paraguas; mientras siga despertándome de vez en cuando en casas ajenas con un calor dulce a mi lado, y siga bebiendo cervezas con mis amigos, y mirando fíjamente a más de un tío, y desviándonos mutuamente las miradas como el que saca balones fuera; mientras pueda seguir desayunando en la calle de cuando en cuando, oliendo a tostadas y a café recién hecho, escuchando el sonido de la leche al calentarse; mientras la PK se quiera quedar a dormir en mi casa después de salir de fiesta y pueda sacarle fotos a la mañana siguiente, envuelta en el edredón como un enorme gusano de seda; mientras el mundo me permita seguir haciendo regalos, leyendo libros, besando, mirando el cielo, contando días, oliendo flores…
… el cuerpo me servirá, sin duda, para silbar más de una tonada hermosa.
jueves, 20 de octubre de 2005
Dice Chantal Maillard...
Intermedio
Entre una imagen tuya
y otra imagen de ti
el mundo queda detenido.
En suspenso. Y mi vida
es ese pájaro pegado al cable
de alta tensión,
después de la descarga.
Y dice también...
Acojo todos los colores, el
estío dentro de mi otoño,
porque sé que no
hay fin, que no habrá término.
Todo comienza y termina en mí.
Yo soy el infinito proyecto de mí misma
por encima de mí
me sobrevuelo.
Para vosotros. Os lo regalo.
Entre una imagen tuya
y otra imagen de ti
el mundo queda detenido.
En suspenso. Y mi vida
es ese pájaro pegado al cable
de alta tensión,
después de la descarga.
Y dice también...
Acojo todos los colores, el
estío dentro de mi otoño,
porque sé que no
hay fin, que no habrá término.
Todo comienza y termina en mí.
Yo soy el infinito proyecto de mí misma
por encima de mí
me sobrevuelo.
Para vosotros. Os lo regalo.
martes, 18 de octubre de 2005
Poesía básica
Hay pintadas espantosas, ya sabéis: esas firmas toscas de quinceañero rebelde que desfiguran las persianas de los comercios y las paredes de los edificios. Otras, sin embargo, conmueven por su contacto bruto y directo con la vida. En la persiana cerrada de un comercio cercano a mi casa puede leerse, en grandes letras violetas: “te pienso tanto, Fabricia…”. Los puntos suspensivos chorrean un poco de spray y un mucho de melancolía, y es tan hermoso: te pienso; no te quiero, ni te amo, ni te deseo; te pienso, y en ese pensamiento intento contenerte entera, y no te puedo sacar no ya de mi corazón, sino ni siquiera de mi cabeza.
No sé si los pijos que van al nuevo aulario de Derecho lo saben, pero el año pasado, mientras se construía, alguien pintó en mayúsculas sobre la pared una frase.
ESTA MOLE DE CEMENTO ME TAPA LA SIERRA, decía.
Y era tan sincerísimo, tan de "aún me queda el pataleo", que cada vez que pasábamos por delante Josy y yo nos parábamos, movíamos las manos como declamando y repetíamos aquella queja eterna en voz alta, resucitándola para que el que pasara por al lado pudiera escucharla. Claro que sí: la mole de cemento tapa la sierra y no nos hace ni puta gracia. Poned el progreso como excusa, defended que los de Derecho necesitan urgentemente un aulario, pero nos estáis tapando la sierra y eso nos toca las narices. Cada vez que yo pasaba por ahí sonreía y me quitaba mentalmente el sombrero frente al autor, y me lo imaginaba al otro lado de la calle, dibujando de memoria las cumbres de la sierra y con ganas de hacer reventar las grúas y los ladrillos que habían colocado sin consultarle.
Luego está el flautista de Gran Capitán, que se mueve y toca... nuestra música apagará nuestro fuego, afirman altivas las letras escritas a su lado. O la alcantarilla que había de camino a Políticas a la que alguien le había dibujado una sonrisa. O ese “Yonquis, os queremos. Muac muac” del que os hablé el otro día y que aún nos hace reír a Jose y a mí. O quienquiera que fuese que convirtió las vigas de un pasillo entre dos estaciones de metro de Barcelona en un larguísimo poema, con un verso en cada viga del techo, de forma que parecía que una mano invisible y enorme lo estaba escribiendo para ti en ese mismo instante.*
Las marcas de lencería no consultan a nadie para llenar las paradas de autobuses con fotos de quinceañeras en tanga. Entre eso y las pintadas (algunas, no todas), me quedo con las segundas.
*Sólo lo vi una vez. Luego lo blanquearon y a mí se me quejó el alma un poquito.
No sé si los pijos que van al nuevo aulario de Derecho lo saben, pero el año pasado, mientras se construía, alguien pintó en mayúsculas sobre la pared una frase.
ESTA MOLE DE CEMENTO ME TAPA LA SIERRA, decía.
Y era tan sincerísimo, tan de "aún me queda el pataleo", que cada vez que pasábamos por delante Josy y yo nos parábamos, movíamos las manos como declamando y repetíamos aquella queja eterna en voz alta, resucitándola para que el que pasara por al lado pudiera escucharla. Claro que sí: la mole de cemento tapa la sierra y no nos hace ni puta gracia. Poned el progreso como excusa, defended que los de Derecho necesitan urgentemente un aulario, pero nos estáis tapando la sierra y eso nos toca las narices. Cada vez que yo pasaba por ahí sonreía y me quitaba mentalmente el sombrero frente al autor, y me lo imaginaba al otro lado de la calle, dibujando de memoria las cumbres de la sierra y con ganas de hacer reventar las grúas y los ladrillos que habían colocado sin consultarle.
Luego está el flautista de Gran Capitán, que se mueve y toca... nuestra música apagará nuestro fuego, afirman altivas las letras escritas a su lado. O la alcantarilla que había de camino a Políticas a la que alguien le había dibujado una sonrisa. O ese “Yonquis, os queremos. Muac muac” del que os hablé el otro día y que aún nos hace reír a Jose y a mí. O quienquiera que fuese que convirtió las vigas de un pasillo entre dos estaciones de metro de Barcelona en un larguísimo poema, con un verso en cada viga del techo, de forma que parecía que una mano invisible y enorme lo estaba escribiendo para ti en ese mismo instante.*
Las marcas de lencería no consultan a nadie para llenar las paradas de autobuses con fotos de quinceañeras en tanga. Entre eso y las pintadas (algunas, no todas), me quedo con las segundas.
*Sólo lo vi una vez. Luego lo blanquearon y a mí se me quejó el alma un poquito.
domingo, 16 de octubre de 2005
Física del frío
Aunque me considero un animalito de clima cálido (alguna perezosa especie tropical, no sé bien cuál), a veces le encuentro su gracia al invierno.
Me tumbo, por ejemplo, debajo de una manta. Ahí estoy yo: un conjunto de células que han dado en llamarse Marina. Todos mis sistemas funcionan: los pulmones se hinchan rítmicamente, el estómago separa los nutrientes y los digiere entre delicados ruidos, el corazón se contrae en espasmos sanguíneos y regulares.
Si nos aproximamos más, encontramos mis células: millones de pequeñas unidades de vida, con sus núcleos, sus mitocondrias, su aparato de Golgi, interpretando complicadas cadenas de ADN, produciendo proteinas y desencadenando, una a una, las funciones que me mantienen viva. También están las neuronas, que se comunican entre sí como cables que chocan en la lluvia, con un chisporroteo de luz entre sus extremos.
Todos estos procesos tienen como resultado el calor: una calidez leve pero segura que se extiende alrededor de mi cuerpo como una placenta invisible. Puesto que estoy debajo de una manta que impide que se escape esa energía calorífica, al cabo de un rato empiezo a sentirme templadita y confortable como una sopa, y al amparo de esa temperatura placentera que mi cuerpo y la manta han construido para mí, duermo la siesta. Y es tan sencillo pero, a la vez, tan milagroso…
Me tumbo, por ejemplo, debajo de una manta. Ahí estoy yo: un conjunto de células que han dado en llamarse Marina. Todos mis sistemas funcionan: los pulmones se hinchan rítmicamente, el estómago separa los nutrientes y los digiere entre delicados ruidos, el corazón se contrae en espasmos sanguíneos y regulares.
Si nos aproximamos más, encontramos mis células: millones de pequeñas unidades de vida, con sus núcleos, sus mitocondrias, su aparato de Golgi, interpretando complicadas cadenas de ADN, produciendo proteinas y desencadenando, una a una, las funciones que me mantienen viva. También están las neuronas, que se comunican entre sí como cables que chocan en la lluvia, con un chisporroteo de luz entre sus extremos.
Todos estos procesos tienen como resultado el calor: una calidez leve pero segura que se extiende alrededor de mi cuerpo como una placenta invisible. Puesto que estoy debajo de una manta que impide que se escape esa energía calorífica, al cabo de un rato empiezo a sentirme templadita y confortable como una sopa, y al amparo de esa temperatura placentera que mi cuerpo y la manta han construido para mí, duermo la siesta. Y es tan sencillo pero, a la vez, tan milagroso…
viernes, 14 de octubre de 2005
Paisaje con grúa al fondo
Me siento a escribir sin argumento, sin una idea que vertebre las frases que van saltando a mi cabeza como si alguien me las estuviera dictando en el oído.
Te vas, desaparece tu perfil detrás de la puerta y yo pienso que no me puedo permitir ponerme triste. Me lío un cigarro y me siento en la terraza a despedirme de un sol que amenaza con ocultarse de aquí a poco entre las nubes. Hay personas, me digo, que son como este sol de media tarde: hieren si te dan directamente en la cara, pero cuando se van te dejan muerta de frío. Fumo despacito y escucho el ruido de la obra, y se me viene otra metáfora fácil a la cabeza. La vida. La vida es como esta obra: es fea y ruidosa, pero parece que lleva a alguna parte. Qué va, me sale enseguida; la vida no es fea, la vida es preciosa, pero sí que está llena de ruido, y sí que muchas veces no le ves el final a todo ese traqueteo de máquinas, a ese ir y venir de albañiles renegridos por entre los cimientos.
El cigarrito de después, se me ocurre luego. ¿De después de qué? De que te partan el corazón. Bah, no es para tanto, boba, no es para tanto. No dramatices. Tampoco tenías el corazón tan entero como para que te lo partieran. Tampoco dejaste que saliera demasiado de su herrumbrosa caja de costillas.
¿Qué voy a hacer hoy? me pregunto a mí misma con interés. No sé, me contesto: fregaré los platos con música (me encanta la montaña de platos cuando es el pretexto para escucharse entero un buen disco), saldré a dar un paseo, me apuntaré al taller de escritura que vi el otro día anunciado. Me meteré en una librería y me regalaré un buen libro, un libro largo y absorbente, de esos que te hacen sentir acompañada con el simple gesto de meterlos en el bolso cada vez que sales.
El amor, me digo, a punto de atacar con otra comparación lapidaria de las que se me están ocurriendo hoy. El amor es como este cigarro que me estoy fumando: si no le das las caladas con fuerza, con entusiasmo, se apaga y no hay forma de que tire. Por otra parte, si te dan un cigarro apagado no hay forma de encenderlo, por más que te apliques a la tarea de aspirar de la boquilla. Hace falta un fuego inicial, una chispa. Y que no haya viento. Y un poco de suerte.
Consejo número veintiséis: escribe inflexible y claro sobre lo que duele. Me meto en el salón, porque en la terraza se ha ido el sol y empieza a hacer frío. Me echo la manta de Mariana sobre las rodillas, esa que no me llegó a regalar, pero que se olvidó en el cuarto que compartimos y que yo me apropié desvergonzadamente. Cuando estoy a punto de terminar llega Josy y se sienta a mi lado. Me debato entre quedarme aquí esbozando aforismos inútiles o hablar un rato con ella: la eterna lucha entre realidad y literatura, entre palabras y personas.
Finalmente, cierro el portátil y nos vamos a la cocina a fregar platos, a hacer té y a escuchar al Canelita.
Sí que es bonita la vida, ya lo creo.
Te vas, desaparece tu perfil detrás de la puerta y yo pienso que no me puedo permitir ponerme triste. Me lío un cigarro y me siento en la terraza a despedirme de un sol que amenaza con ocultarse de aquí a poco entre las nubes. Hay personas, me digo, que son como este sol de media tarde: hieren si te dan directamente en la cara, pero cuando se van te dejan muerta de frío. Fumo despacito y escucho el ruido de la obra, y se me viene otra metáfora fácil a la cabeza. La vida. La vida es como esta obra: es fea y ruidosa, pero parece que lleva a alguna parte. Qué va, me sale enseguida; la vida no es fea, la vida es preciosa, pero sí que está llena de ruido, y sí que muchas veces no le ves el final a todo ese traqueteo de máquinas, a ese ir y venir de albañiles renegridos por entre los cimientos.
El cigarrito de después, se me ocurre luego. ¿De después de qué? De que te partan el corazón. Bah, no es para tanto, boba, no es para tanto. No dramatices. Tampoco tenías el corazón tan entero como para que te lo partieran. Tampoco dejaste que saliera demasiado de su herrumbrosa caja de costillas.
¿Qué voy a hacer hoy? me pregunto a mí misma con interés. No sé, me contesto: fregaré los platos con música (me encanta la montaña de platos cuando es el pretexto para escucharse entero un buen disco), saldré a dar un paseo, me apuntaré al taller de escritura que vi el otro día anunciado. Me meteré en una librería y me regalaré un buen libro, un libro largo y absorbente, de esos que te hacen sentir acompañada con el simple gesto de meterlos en el bolso cada vez que sales.
El amor, me digo, a punto de atacar con otra comparación lapidaria de las que se me están ocurriendo hoy. El amor es como este cigarro que me estoy fumando: si no le das las caladas con fuerza, con entusiasmo, se apaga y no hay forma de que tire. Por otra parte, si te dan un cigarro apagado no hay forma de encenderlo, por más que te apliques a la tarea de aspirar de la boquilla. Hace falta un fuego inicial, una chispa. Y que no haya viento. Y un poco de suerte.
Consejo número veintiséis: escribe inflexible y claro sobre lo que duele. Me meto en el salón, porque en la terraza se ha ido el sol y empieza a hacer frío. Me echo la manta de Mariana sobre las rodillas, esa que no me llegó a regalar, pero que se olvidó en el cuarto que compartimos y que yo me apropié desvergonzadamente. Cuando estoy a punto de terminar llega Josy y se sienta a mi lado. Me debato entre quedarme aquí esbozando aforismos inútiles o hablar un rato con ella: la eterna lucha entre realidad y literatura, entre palabras y personas.
Finalmente, cierro el portátil y nos vamos a la cocina a fregar platos, a hacer té y a escuchar al Canelita.
Sí que es bonita la vida, ya lo creo.
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