massobreloslunes

viernes, 3 de marzo de 2006

Todo tiene su explicación

Nadie lo diría al verte ahora, Asun, tan mona, con tus botas de Camper hasta media pierna, tu falda vaquera, tu flequillo desfilado que te cubre parte del ojo izquierdo y que te recoges para corregir exámenes. Ninguno de los alumnos que están sentados en las incómodas bancas de madera, odiándote en silencio, apretando el boli como si quisieran apretar tu blanco cuellecito y mirando el reloj cada dos por tres, averiguaría tus razones. Si casi pareces una de ellos, con la vocecita aniñada y esa manera de hablar medio sonriendo quien sabe si por timidez o por intentar ganarte su simpatía. Nadie tiene ni idea, Asun, pero la cuestión es que si ellos están aquí un viernes a las ocho de la mañana para hacer una práctica obligatoria (“y a quien no venga, punto menos en el examen, que lo sepáis”); si anoche se quedaron vacíos los bares que pensaban visitar, y no se bebieron las litronas que se pensaban beber, y no ligaron con la chica aquella tan guapa a la que tenían echado el ojo; si todo eso es así, lo es por una razón muy concreta. Ya has explicado la práctica y te quedas sentada en el borde de la mesa, como los profes enrollados de las teleseries americanas, viéndoles escribir en silencio o preguntarle susurrando al de al lado. Te divierte imaginar en tu cara una mueca malvada que no te atreves a poner, porque tú sí sabes por qué están aquí.
Porque los jueves, mientras atronaba el radiocasette de los del piso de arriba, y escuchabas canturrear a tu compañera de piso y la veías entrar cada dos por tres en tu habitación para preguntarte su opinión sobre la ropa que iba a ponerse (“porque esta es bonita, pero es muy de te quiero follar, ¿no te parece mejor algo menos obvio?”), tú arrastrabas tus cansados ojos por los apuntes de álgebra, o los de dibujo, o los de química, y pegabas toquecitos impacientes en el techo con el palo de una fregona. Porque el día del patrón, cuando las escaleras de la facultad se llenaban de estudiantes borrachos, vasos vacíos y vómitos, tú esquivabas los hielos medio derretidos para entrar a la biblioteca a buscar la bibliografía del enésimo trabajo para subir nota. Porque cuando todos se ponían de acuerdo para no entrar a clase el día de la fiesta de la primavera, ahí estabas tú, sola en la segunda fila como el fiel seguidor de algún grupo de rock acabado, y no sabías qué te gustaba más, si la cara de fastidio del profesor al ver que tenía que dar clase o la de tus compañeros al comprobar que habían perdido un día de apuntes y tú no estabas dispuesta a dejárselos.
Y ahora tú, Asun, ahí sentada sobre la mesa del profesor balanceando tus botas como una niña en un columpio, no tienes claro por qué hiciste todo aquello; por qué no subiste al piso de arriba, o te sentaste en las escaleras a beber vasos de cerveza a un euro, o fuiste a la fiesta de la primavera a trasegar tinto al sol. Pero sí sabes por qué estás haciendo esto, y piensas en alguna Asun camuflada entre las filas de estudiantes abúlicos que se sintió contenta anoche por no tener que inventarse una excusa para no salir. Atreviéndote por fin a esbozar esa mueca malvada, te echas hacia atrás el flequillo desfilado, bajas de la mesa de un pequeño saltito y te acercas a ellos para ir, fila por fila, recogiendo las prácticas que tienen que entregarte.

sábado, 25 de febrero de 2006

...va a efectuar su salida en el andén número...

No me gusta viajar. A ver, no me malinterpretéis. Me gusta conocer sitios diferentes, pero odio toda la parafernalia de hacer maletas, ir a aeropuertos o estaciones y trasladar mi cuerpecillo en el tiempo y en el espacio para aparecer en un lugar lejano. Creo que no me importaría viajar si pudiera trasladarme de un lado a otro con un chasquido de dedos, como hacía la boba de Sabrina o como me imagino que hace el bobo de Harry Potter (a quien no leo por principio). Pero arrancarme sin más del sitio donde vivo y plantarme en el lugar de destino me retuerce el espíritu.
¿A qué viene esta reflexión? A que yo no quería que hubiera puente. Estaba yo en Granada toda reconvertida a estudiante modelo y maruja hogareña y, de repente, un puente, y todo el mundo levantando el vuelo de la ciudad como una bandada de aves migratorias. Después de la maratón examinadora me apetece estar en casa, con mis compañeras; salir, claro que sí, salir de tapas, y al cine, y de cervezas, y de copas... pero por favor, en una sola ciudad. Eso de andar haciendo y deshaciendo maletas no me sienta bien.
A cuenta de esto, me pregunto qué narices hago yo, en ese caso, estudiando fuera. Hace tres años yo sólo viajaba un par de veces en todo el curso: a Madrid a ver a mi familia y, con suerte, algún viajecito del colegio o un fin de semana en Cádiz con mis tíos hippies. Luego se me ocurrió la brillante idea de largarme a Barcelona, imagino que seducida por demasiadas contraportadas de libros que hablan de "empezar una nueva vida" o de "huir en busca de su destino", y mi vida se convirtio en un hacer y deshacer una maleta negra que, por cierto, tiene la manía de no sostenerse de pie y es tremendamente incómoda. Para ir de Barcelona a Málaga tenía que hacer un trayecto de media hora del campus de la Autónoma a Plaza Catalunya, otra media hora de allí a El Prat y luego, con el consabido intermedio de una horita entre facturación y embarque, otra hora y media más hasta Málaga. Un maldito infierno. También iba a Pamplona, y entonces tocaba arrastrar la dichosa maleta negra de la Vila a Plaza Catalunya, de allí a Sants y luego aguantar siete benditas horas y media (que dentro de lo que cabe no estaban mal, puesto que yo viajaba hacia El Amor; peores eran las de vuelta) hasta llegar a Pamplona. Recuerdo cómo se iba apagando la luz a través de las llanuras desiertas de Aragón, y cómo era ya noche cerrada cuando parábamos en Tudela y yo miraba las casas grises y húmedas a través de mi ventanilla y pensaba que vivir allí no debía de ser nada divertido.
Ahora que estudio en Granada es todo más fácil: veinte minutos de autobus urbano (aplastada, eso sí, entre doscientos estudiantes con maleta que se han apañado para apiñarse todos en el vehiculo) y una hora y media hasta mi hermosa ciudad maritima, sin necesidad de reservas de billete o de cancelaciones a última hora. Pero creo que, en el fondo, no hay tanta diferencia entre mis odiseas catalanas y los aceptablemente cómodos viajes Granada-Málaga. Para ambos tienes que sacar las raíces del suelo y transplantarlas a otra tierra. Ambos implican que no eres del todo ni de un sitio ni del otro, que no perteneces demasiado a ninguna parte. Cuando yo iba a Pamplona y paseaba de la mano de Funes protestando por la lluvia, miraba a todos aquellos pamploneses tan serios y tan del norte y envidiaba su pertenencia a la ciudad. Seguro que ellos no se planteaban traslados intempestivos como los que yo parecía verme obligada a hacer a todas horas. Ellos, igual que yo había hecho toda mi vida en Málaga, eran de allí, de Pamplona; esa noche irían a sus casas, se acostarían, y a la mañana siguiente saludarían al portero, llevarían a sus hijos al colegio, irían a trabajar y así por los siglos de los siglos. Yo, en menos de cuarenta y ocho horas, tendría que meter mi vida de fin de semana en la, insisto, molesta maleta negra y hacerme casi ocho horas semidormida en un bus nocturno hasta llegar otra vez a Sants.
Claro que me gusta estudiar fuera, no os creáis, aunque a veces me dé la sensación de que no hago más que lavar platos. Me gusta, sobre todo, saber que estoy construyendo mi vida como hace una araña con su telita y que puedo hacerlo exactamente a mi manera. Me gusta poder decidir cuándo me levanto y cuándo me quedo en la cama, con quién salgo, a quién dejo entrar o con quién me acuesto. Pero ya he decidido que de mayor me asentaré en algún lugar (no necesariamente Málaga; la verdad es que no descarto ninguna ciudad, ni ningún país), echaré mis raíces y sólo saldré de allí para ver a mis padres en Navidad, como los americanos, o tal vez para hacer algún viaje cultural/exótico a algún lugar no demasiado masificado del planeta.
Y quien quiera verme, que viaje él.

jueves, 16 de febrero de 2006

Criando jaramagos

Estaba yo hoy durmiéndome plácidamente el telediario, con la gata acurrucada a unos centímetros de mi cabeza y la mantita polar sobre mi cuerpo encogido, cuando me ha dado por pensar en la muerte. De pronto me he incorporado y se ha dibujado claramente en mi mente una frase: “Algún día me morire. Yo. Marina.”. No es la primera vez que se me pasa por la cabeza; cada cierto tiempo, me vienen momentos de lucidez como ese y lo veo clarísimo: Marina marchándose del mundo y yendo hacia la luz, o hacia lo que sea. Adiós a ella, a su incomprensible afán por escribir, a sus intentos de cocinar el pisto perfecto, a su despiste patológico. Bye bye a sus constantes comidas de tarro: “¿hacia dónde va mi vida? ¿qué será de mí?”. Encontrará la respuesta en esos momentos: de ti no será nada, boba: serás polvo, humus, pasto de los gusanos.
Imaginaos. Metafísica de sofá a la hora del telediario.
Se me ha debido de quedar cara de tonta, ahí, incorporada bajo la manta de colores, mirando sin ver los deportes del canal cuatro y con la gata lameteándome una mano con insistencia. No pensaba en la de cosas bonitas que me perdería, ni en lo absurdos que parecen los exámenes cuando una los compara con La Muerte; sólo sabía con claridad que algún día iba a morir, y lo sentía tan real y cercano como la lengua áspera de la gata.
Ahora es cuando debería deciros que, desde ese momento de epifanía espiritual, ya no me preocupan las cosas feas de la vida, ni me deprime la primavera, ni remoloneo en la cama por las mañanas. O tal vez estaría bien hacer una lista de todo lo que me perderé cuando muera: las cañas, el sexo, los libros, las pelis. Pero sólo quería contaros eso: que hoy, a la hora de la siesta, escuchando de fondo el telediario, he pensado en la muerte y no sé por qué.

martes, 14 de febrero de 2006

Y compra tu regalo en un todo a cien

Feliz día a todos los que no estáis enamorados.
A los amantes, a los cómplices, a los amigos con derecho a roce. A los que tienen un amor platónico, a los que se odian, a los que se pelean y se desean. A los infieles y a los cornudos. A los que, si no existe, se lo inventan. A los que se atraen fatalmente. A los que “no están preparados” o “no están en ese punto”. A los no correspondidos. A los que no se quieren ni ver.
Porque si “all you need is love”, a los que no tenemos love, ¿qué nos queda?
Todo lo demás, supongo.

lunes, 6 de febrero de 2006

Divagando

El otro día me decía un chico*: “lo que me gusta de ti es que no tienes pinta de personaje y, sin embargo, eres un personaje. No pareces escritora y, sin embargo, eres escritora”.
No sé qué aspecto se supone que tiene que tener una escritora. Gafas de pasta (las tengo, pero no me las pongo mucho), pelos de colores, ropa negra, boina tipo pintor parisino… La cuestión es que yo ya me había planteado alguna vez lo que me dijo este chico: que no tengo ninguna pinta de escritora. Mi incapacidad para seguir cualquier tipo de moda me impide también vestir de una forma mínimamente estilosa, y la absoluta normalidad de mi cara me hace indistinguible de la masa. Cuando me describía a mí misma en las redacciones de lengua del colegio, todo eran adjetivos del tipo: “mediano”, “ni muy grande ni muy pequeño” o “normal”.
Mi madre siempre dice que ella quiere ser alta, delgada y espiritual, como Belén Rueda en Mar Adentro (por poner un ejemplo), pero la genética de nuestra familia juega en nuestra contra. Yo mido 1’57, y comparada con mi madre y mis tres tías soy “la alta”. Mi ex (joder, qué feo queda… digamos Funes, ese chico sin derecho al anonimato) mide 1’94, y circulaba por mi familia un chiste sobre el tema: “¿Qué le dice la abuela a la madre de Funes? Con el mismo material yo hice cuatro”.
Conclusión: no tengo pinta de escritora. Qué más quisiera yo que tenerla, y ser, digamos, una etérea pelirroja de ojos grises y enormes, o al menos una morena de rasgos pronunciados, o una tía normal capaz de arreglarse para parecer sofisticada y chic. Pero qué queréis que os diga. Soy la niña rubita y del montón que camina por Granada con su mochila a la espalda, como un caracol distraído y meditabundo.
Qué más os cuento… Para distraerme de los exámenes, me ha dado por hacer listas. Entre otras: “cosas de las que estoy orgullosa”, “situaciones vergonzosas de mi vida” o “tipos de gente que me gusta que existan en el mundo”. Si os interesa alguna de ellas, decídmelo y la publico, que no me sobran ideas para post. Aunque así, de entrada, tampoco prometen mucho.
Los exámenes no van mal. Llevo tres, creo que aprobados sin nota; podría ser mejor, pero dada la carnicería que se anunciaba este febrero, también podría ser peor.
Gracias por seguir ahí :)

* Y no, no voy a hablar de él xD

domingo, 29 de enero de 2006

Voy a aprobarlo todo


Anoche nevó en Granada. Esta mañana me he levantado temprano para estudiar, he abierto la persiana y me he encontrado la terraza cristalizada en nieve: el tendedero, las sillas, la mesa, un cojín que nos habíamos dejado olvidado fuera. He despertado a voces a mi compañera de piso y hemos desayunado rápido para salir a pasear antes de que el sol lo derritiera todo.
La ciudad entera ha salido a la calle a ver la Alhambra y los bosques, a subirse al mirador de San Nicolás y contemplar la ciudad y las montañas. La gente sonreía, un poco avergonzada, mirando bien donde ponía los pies para no resbalarse. Los niños se peleaban a bolazos por las esquinas mientras sonaban los clic clic de las cámaras digitales. En el mirador, unos cuantos perros corrían y se perseguían moviendo enloquecidos el rabo. Volviendo a casa, el sol derretía el hielo de los tejados, que nos caía a goterones en los hombros.
Una está en su casa estudiando, con el mundo reducido a lo que miden sus apuntes, pensando que algo grande y oscuro se la va a comer con patatas en cuanto pise con sus ignorantes pies cualquier aula examinadora. De repente, dios se sacude la cabellera y lo llena todo de caspa helada. Y esa misma niña aterrada de antes se pone leotardos debajo de los pantalones y sale a recorrerse Granada, bonita y triste, quieta bajo el hielo. Nieve sobre los carteles de las tiendas, sobre los barrotes de las ventanas del Albaycín, sobre las hojas muertas caídas en el suelo. Nieve que te recuerda que Idiota, La Vida Sigue, así que mete tu nariz en los libros, sí, pero recuerda que son veinte días, que después tienes memoria, amigos, trenes, risa, bares. Chocolate caliente, que os habéis tomado hoy al volver a casa sólo para que hiciera juego con la nieve del balcón; rosas secándose entre libros que te dicen que alguien te quiere; una gata naranja y perezosa que duerme todo el día para recordarte que nada en la vida es demasiado urgente.
Y un blog, y ganas de escribir que, aunque disimulen, siguen ahí, como una pompa de jabón reventándote detrás de la garganta. Y un puñadito de lectores, poquitos pero de calidad.
Bah, bah, bah, Me río yo de los exámenes.

sábado, 14 de enero de 2006

Palabras

Este es el primer cuento que escribí en el taller. Como estoy de exámenes y no tengo mucho tiempo para escribir, os lo dejo por si os apetece leerlo :)

PALABRAS

Escribo deprisa para que se me pase más rápido el rato que me queda para verle. Apenas hace un mes que le conozco y ya se ha convertido en una pieza de mi vida, como las clases, como el sueño, como el tiempo frente al portátil: las horas con Jorge, que me espera en su casa esta noche cuando termine la clase.

No sé por qué me ha citado con tanta urgencia. Nos hemos visto esta mañana en mi facultad; ha venido a verme y hemos tomado café sentados en los escalones, con el aire frío y el sol despertándonos la cara. Como no podemos besarnos, concentramos la sensualidad en el beso de saludo y el de despedida: le veo aparecer, flaquito, con su barba de un par de días, levantando la mano para saludarme como si me conociera de hace más tiempo, y me dejo caer junto a su cuello mientras le doy un único beso largo de amiga íntima. Después sonreímos, hablamos, nos preguntamos qué tal nos va el día. Se echa dos sobres de azúcar en el café, lo remueve, derrama la mitad en el plato y me mira desde detrás de sus pestañas, agrupadas en zigzag como cuando acabas de salir de la piscina. Le miro la boca y pienso en cuándo le voy a poder besar como la noche que nos conocimos. Puede que nunca. A lo mejor ya ha cerrado definitivamente la veda para mí.

No sé si es sincero, si juega, si miente. Me habla de Julia, pero siempre de pasada, como si mencionara a su hermana o a su madre, a una persona que forma inevitablemente parte de su vida. A mí me gusta imaginarla. No le pregunto por ella porque prefiero construirla de la nada, como si fuera mía en lugar de suya. Julia, delgada, morena; guapa, pero no despampanante. Estudia… ciencias, seguro que es de ciencias. De ambientales, quizás, o ingeniera. Es seria con un punto de dulzura, y buena. Puede que haga deporte. No puedo imaginar su relación con Jorge porque no soy capaz de pensarle a él mirando a otra que no sea yo, y no es que me haya mirado tanto como para considerarle mío; sencillamente, no sé cómo habla en otro lenguaje que no sea el que él y yo compartimos.

Yo soy la otra, hay que joderse. Soy la otra porque soy la lista, la literata, la cómplice. Julia es la novia no sé por qué; a lo mejor sólo supo estar en el lugar adecuado en el momento adecuado. Pero dejemos en paz a Julia; ella no tiene la culpa. Ella pasea inocentemente su carpeta por el campus, se va de tapas con Jorge, se acuesta con él, duerme tranquilamente a su lado. Yo escribo y él me lee, él escribe y yo le leo, y de eso, de palabras, se construye algo tembloroso e ingrávido que no sé bien si se puede llamar relación.

No sé a dónde lleva esto, ni quiero saberlo. Sólo quiero verle cruzarse por mi vida de vez en cuando. Me acuerdo de la primera noche, cuando nos conocimos. “Me fascinabas tanto que necesitaba tocarte”, me dijo él, poco después del primer beso. “Hacer el amor contigo – dijo luego -, ha sido como hacerlo con todas tus palabras”. Yo boqueé un par de veces como un pez fuera del agua y me dije: “te ha camelado y te hará sufrir”. Y una parte de mí, la dramática, la que adora verse metida en situaciones escabrosas, sonrió y dijo “Está bien. Cuando hay dolor es porque hay vida”.

Después nos hemos visto un par de veces, con Julia vigilándonos invisible como una maestra severa. Beso de saludo, beso de despedida, en la mejilla, cogiéndonos las manos o tocándonos la cintura. Beso de propina cuando nos alejamos para marcharnos, de los que se tiran al aire con la punta de los dedos. Los otros besos, los de verdad, se los lleva Julia. Pero no estoy enfadada con ella, no la odio, no quiero que desaparezca. La acepto en Jorge igual que acepto el color de sus ojos o el desigual dibujo de su barba. Yo no soy quién para decirle a la vida cómo organizarse. Me siento frente a Jorge y una cerveza, o frente a Jorge y un café, y doy y recibo palabras. No me importa, creedme, porque me fío más de ellas que de los besos. Quizás intento atraparle en mi túnel de palabras para que se quede conmigo, aunque tampoco pasa nada si se va; Julia no es mala chica, le cuidará bien. Tal vez lo que importa de todo esto no es Julia, ni Jorge, ni yo. Tal vez son sólo las palabras; las que escribo yo, las que escribe él, las que nos decimos, las que nos callamos; las que me salen ahora mismo mientras muevo el boli bajo la luz halógena de las lámparas, con las piernas torcidas y un ligero dolor en el cuello.

Me ha dicho que vaya a su casa después de clase. No sé por qué, si habíamos quedado el sábado. Creo que acaba de leer mi último texto.

Voy a mirar el reloj, a ver si ha llegado ya la hora de irse.