No exactamente, pero voy a empezar a subir los peldaños de la escalera que me llevará a la fama, el dinero, el Planeta y el Nobel (por ese orden, más o menos). El lunes que viene leeré este relatillo en el Anaïs, un bar de aquí de Granada donde se hacen muchas lecturas de cuentos, presentaciones de libros y demás. ¡Qué emoción, qué emoción! No sé si hay alguien que me lee que sea de Granada (aparte de los que ya conozco, claro), pero estáis todos invitados a darme ánimos, conocerme o intentar ligar conmigo :D.
(Vale, vale, no es exactamente un Gran Acontecimiento, pero por algo se empieza, ¿no?).
También se admiten comentarios y correcciones al cuento en cuestión.
Besitos a todos.
lunes, 17 de abril de 2006
sábado, 15 de abril de 2006
Mierda
El 6 de Abril este blog hizo un año y yo ni me acordé. Tampoco me acordé del post número 100. Qué puñetero desastre que soy.
De todas formas, felicidades a mí misma, a este blog tontorrón y sin nombre, a los ciento y pico post que llevo y a las personitas que se pasan por aquí de vez en cuando. Me alegro de haber dado una vuelta al sol subida en este cohete de palabras. Viva Internet, su libertad de expresión y sus posibilidades. No es que este blog haya llegado muy lejos, que sea muy leído o que sea excesivamente bueno, pero es mío y está escrito con bastante sinceridad y con mucha ilusión.
Espero seguir aquí muchos años más dando la brasa, mirando la realidad como un post potencial y conociendo a gente estupenda. Gracias a todos por dedicarme un ratito de vuestras vidas. Os quiero.
***************
Por otra parte, Dios está sentado en su nube, me mira y se descojona.
De todas formas, felicidades a mí misma, a este blog tontorrón y sin nombre, a los ciento y pico post que llevo y a las personitas que se pasan por aquí de vez en cuando. Me alegro de haber dado una vuelta al sol subida en este cohete de palabras. Viva Internet, su libertad de expresión y sus posibilidades. No es que este blog haya llegado muy lejos, que sea muy leído o que sea excesivamente bueno, pero es mío y está escrito con bastante sinceridad y con mucha ilusión.
Espero seguir aquí muchos años más dando la brasa, mirando la realidad como un post potencial y conociendo a gente estupenda. Gracias a todos por dedicarme un ratito de vuestras vidas. Os quiero.
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Por otra parte, Dios está sentado en su nube, me mira y se descojona.
viernes, 14 de abril de 2006
Stop
Si lo intentas con esfuerzo, puedes parar el tiempo. Te lo digo yo, que lo he hecho un par de veces. Atiende bien y te lo explico.
Tienes que escoger un día en el que no haya nada muy importante que hacer, como un día de vacaciones: un viernes santo, por ejemplo. Después tienes que esperar a una hora del día en la que no tengas nada planeado, en la que no hayas quedado (puede que acabes de volver de tomarte un helado en buena compañía, o de echar un café con las amigas) ni tengas que, digamos, cenar o ducharte para salir. Ésta puede ser una buena hora: las nueve de la noche, demasiado pronto para empezar a hacerse la cena, demasiado tarde para merendar y con un par de horas por delante antes de que llegue la hora de irte de nuevo. Entonces quizás puedas parar el tiempo.
Mejor con lluvia, sí, mejor, porque la lluvia también parará el exterior, ya que en el sur no sabemos hacer nada si llueve. Hoy los tronos no saldrán y tú puedes jugar a que no existe el tiempo. Ponte una puena canción, una canción melancólica y larga, como digamos Hurt, de los NIN. Procura no ponerte melancólica, porque estás parando el tiempo, y la melancolía no existe cuando has conseguido suspenderte en mitad de la nada y dejar quietas las manecillas del reloj. No te preocupes porque las vacaciones estén a punto de terminarse, por la inminente vuelta a las clases, a la rutina. Eso no tiene cabida en tu islita de tiempo detenido, sólo tuyo. Con los NIN y la lluvia de fondo, escribe un poco, sin pensar, haciendo de la escritura un acto continuo, sin principio ni fin, como si fuera un ritmo de respiración, un latido. No pares, no corrijas; toca el teclado como si estuvieras tocando un piano o un cuerpo. Si la canción se acaba, ponla de nuevo, porque no queremos que midas el tiempo por la duración de las canciones: escúchala una y otra vez como si fuera un único tema muy largo.
Es difícil sostener el tiempo parado. Hace falta mucha concentración, como cuando intentas dejar la mente en blanco o mantenerte en equilibrio sobre una barra. Tarde o temprano, se romperá el hechizo, avanzará el reloj y te hartarás de escuchar la misma canción una y otra vez. Tu estómago empezará a reclamar su cena y la gata te maullará pidiendo que le llenes el comedero.
Pero bueno, durante unos minutos has parado el tiempo. Es un logro bastante enorme, si lo piensas.
Tienes que escoger un día en el que no haya nada muy importante que hacer, como un día de vacaciones: un viernes santo, por ejemplo. Después tienes que esperar a una hora del día en la que no tengas nada planeado, en la que no hayas quedado (puede que acabes de volver de tomarte un helado en buena compañía, o de echar un café con las amigas) ni tengas que, digamos, cenar o ducharte para salir. Ésta puede ser una buena hora: las nueve de la noche, demasiado pronto para empezar a hacerse la cena, demasiado tarde para merendar y con un par de horas por delante antes de que llegue la hora de irte de nuevo. Entonces quizás puedas parar el tiempo.
Mejor con lluvia, sí, mejor, porque la lluvia también parará el exterior, ya que en el sur no sabemos hacer nada si llueve. Hoy los tronos no saldrán y tú puedes jugar a que no existe el tiempo. Ponte una puena canción, una canción melancólica y larga, como digamos Hurt, de los NIN. Procura no ponerte melancólica, porque estás parando el tiempo, y la melancolía no existe cuando has conseguido suspenderte en mitad de la nada y dejar quietas las manecillas del reloj. No te preocupes porque las vacaciones estén a punto de terminarse, por la inminente vuelta a las clases, a la rutina. Eso no tiene cabida en tu islita de tiempo detenido, sólo tuyo. Con los NIN y la lluvia de fondo, escribe un poco, sin pensar, haciendo de la escritura un acto continuo, sin principio ni fin, como si fuera un ritmo de respiración, un latido. No pares, no corrijas; toca el teclado como si estuvieras tocando un piano o un cuerpo. Si la canción se acaba, ponla de nuevo, porque no queremos que midas el tiempo por la duración de las canciones: escúchala una y otra vez como si fuera un único tema muy largo.
Es difícil sostener el tiempo parado. Hace falta mucha concentración, como cuando intentas dejar la mente en blanco o mantenerte en equilibrio sobre una barra. Tarde o temprano, se romperá el hechizo, avanzará el reloj y te hartarás de escuchar la misma canción una y otra vez. Tu estómago empezará a reclamar su cena y la gata te maullará pidiendo que le llenes el comedero.
Pero bueno, durante unos minutos has parado el tiempo. Es un logro bastante enorme, si lo piensas.
martes, 11 de abril de 2006
¡¡Quiero ser escritora!! ¡¡Quiero ser escritora!!
¿A qué se dedica Marina en estas vacaciones de Semana Santa?
a) A disfrutar de lujos tipo baño limpio/cocina limpia/nevera llena (¡gratis!).
b) A buscar a su gata por toda la urbanización (la tía ha descubierto las ventajas de la libertad y se pasea a su antojo por patios y muros).
c) A quedar con sus amigas-de-la-infancia-a-las-que-adora.
d) A intentar ver tronos de refilón y sin que se note mucho, porque ella es progre y no puede admitir que le encanta la Semana Santa hasta el punto de ponerle los vellos como escarpias.
e) A leer a este señor.
No me ha gustado demasiado el blog de Rafa Fernández. Había escrito una larga crítica destructiva pero, de repente, me ha entrado cargo de conciencia y he pensado que entre blogueros no hay que despellejarse, que para eso está el gran mundo editorial. Además, yo no quería decir eso. Lo que quería decir es que, cuando estaba a punto de abandonar micabeza.com rogando a Dios que no me enviara nunca a un tío como Sigmundo, me dio por ver los vídeos. El primero que sale es el de Rafa en fin de año. Nos cuenta con su acento canario que él pasó la nochevieja solo, en calzoncillos, con un libro de Henry Miller en la mano y gritando ¡¡quiero ser escritor!! en cada campanada. Que luego se dio cuenta de que llevaba diez años pidiendo lo mismo y de que, al fin y al cabo, escritor ya era. Una mierda de escritor (son sus palabras, que conste) pero escritor, al fin y al cabo. Entonces cambió su petición por un "¡¡quiero ser escritor de éxito!!". Dado que ha ganado el premio al Mejor Blog De España y América Latina (ahí es nada), creo que su deseo se cumplió.
Esta historia tiene tres moralejas, a elegir una:
a) Es verdad que todos somos escritores. Uno de los axiomas literarios de Marina es: si escribes, eres escritor. Bueno, malo o regular, pero escritor. Porque, al fin y al cabo, ¿qué diferencia al nobel de literatura de mí? Vale, él es mejor (de momento xD), y cuando se sienta a escribir lo hace con expectativas de que le publiquen y aclamen. Pero cuando ese tío terminó su discurso de agradecimiento, se bajó del estrado y se fue a casa, también tuvo que sacar una hoja en blanco y comenzar a escribir. Sin seguridad, sin saber si iba a quedarse atascado en el siguiente capítulo, sin saber si su nueva obra llegaría al nivel de las anteriores. Cuando yo me siento a escribir, tampoco tengo seguridad, tampoco sé si me va a salir algo medio aceptable o una puñetera mierda. Vale que a nadie le importe, pero en esencia es lo mismo. Hale, Mr.Pinter, no se crea usted tanto. Lo que quiero decir es que ese tío es escritor y yo soy escritora, aunque muera sin que me conozcan más que las decenas de personas bienintencionadas que se pasan por aquí de vez en cuando.
b) Hasta el más repugnante y capullo de los escritores pretenciosos te puede regalar un momento bonito.
c) Debería pasar mi próxima nochevieja pidiendo con cada campanada algo parecido a lo del amigo Fernández, visto el éxito.
Hale, me despido. No estoy escribiendo mucho porque asumo que todos andáis por ahí, entre playas o inciensarios, y tampoc no us fa de res que una esté aquí comiéndose la cabeza para daros de leer.
a) A disfrutar de lujos tipo baño limpio/cocina limpia/nevera llena (¡gratis!).
b) A buscar a su gata por toda la urbanización (la tía ha descubierto las ventajas de la libertad y se pasea a su antojo por patios y muros).
c) A quedar con sus amigas-de-la-infancia-a-las-que-adora.
d) A intentar ver tronos de refilón y sin que se note mucho, porque ella es progre y no puede admitir que le encanta la Semana Santa hasta el punto de ponerle los vellos como escarpias.
e) A leer a este señor.
No me ha gustado demasiado el blog de Rafa Fernández. Había escrito una larga crítica destructiva pero, de repente, me ha entrado cargo de conciencia y he pensado que entre blogueros no hay que despellejarse, que para eso está el gran mundo editorial. Además, yo no quería decir eso. Lo que quería decir es que, cuando estaba a punto de abandonar micabeza.com rogando a Dios que no me enviara nunca a un tío como Sigmundo, me dio por ver los vídeos. El primero que sale es el de Rafa en fin de año. Nos cuenta con su acento canario que él pasó la nochevieja solo, en calzoncillos, con un libro de Henry Miller en la mano y gritando ¡¡quiero ser escritor!! en cada campanada. Que luego se dio cuenta de que llevaba diez años pidiendo lo mismo y de que, al fin y al cabo, escritor ya era. Una mierda de escritor (son sus palabras, que conste) pero escritor, al fin y al cabo. Entonces cambió su petición por un "¡¡quiero ser escritor de éxito!!". Dado que ha ganado el premio al Mejor Blog De España y América Latina (ahí es nada), creo que su deseo se cumplió.
Esta historia tiene tres moralejas, a elegir una:
a) Es verdad que todos somos escritores. Uno de los axiomas literarios de Marina es: si escribes, eres escritor. Bueno, malo o regular, pero escritor. Porque, al fin y al cabo, ¿qué diferencia al nobel de literatura de mí? Vale, él es mejor (de momento xD), y cuando se sienta a escribir lo hace con expectativas de que le publiquen y aclamen. Pero cuando ese tío terminó su discurso de agradecimiento, se bajó del estrado y se fue a casa, también tuvo que sacar una hoja en blanco y comenzar a escribir. Sin seguridad, sin saber si iba a quedarse atascado en el siguiente capítulo, sin saber si su nueva obra llegaría al nivel de las anteriores. Cuando yo me siento a escribir, tampoco tengo seguridad, tampoco sé si me va a salir algo medio aceptable o una puñetera mierda. Vale que a nadie le importe, pero en esencia es lo mismo. Hale, Mr.Pinter, no se crea usted tanto. Lo que quiero decir es que ese tío es escritor y yo soy escritora, aunque muera sin que me conozcan más que las decenas de personas bienintencionadas que se pasan por aquí de vez en cuando.
b) Hasta el más repugnante y capullo de los escritores pretenciosos te puede regalar un momento bonito.
c) Debería pasar mi próxima nochevieja pidiendo con cada campanada algo parecido a lo del amigo Fernández, visto el éxito.
Hale, me despido. No estoy escribiendo mucho porque asumo que todos andáis por ahí, entre playas o inciensarios, y tampoc no us fa de res que una esté aquí comiéndose la cabeza para daros de leer.
martes, 4 de abril de 2006
Plegarias atendidas
Desde que volvía a creer en Dios, todo era mucho más fácil. Había unificado todo lo que (según ella) iba mal en su vida y lo había achacado a una única entidad cruel y manipuladora: un Dios sádico, juguetón y malévolo que se reía de ella sentado en su nube. Una vez que hubo asumido la presencia de aquella fuerza poderosa en su destino, decidió que lo mejor era congraciarse con ella. Desde entonces, mantenía con Dios una conversación más continua y fluida que en toda su vida, más incluso que cuando era pequeña y tenía tanto miedo al infierno que no podía dormirse sin decir sus oraciones.
Así, cuando se levantaba por las mañanas, y pensaba que todo el mundo más allá de su cama era inhóspito y triste, y se colocaba el despertador recién apagado en la almohada para seguir durmiendo un poco más, le decía a Dios: "De acuerdo, tío, yo me levanto, lo juro, me levanto e intento ser feliz, pero tú tienes que hacer que hoy haya sol. Puedes colocar un par de nubes si quieres, pero no muchas, porque si no hay sol, yo te juro que me vuelvo a meter en la cama con un par de trankimazines y no salgo hasta mañana". Entonces sí, entonces encontraba las fuerzas para levantarse y se levantaba, convencida de que había oído cómo Dios, medio benévolo, medio bromista, le estrechaba la mano desde su nube para cerrar el trato. Luego cogía el coche, y entonces sus peticiones sonaban más o menos así: ·"Dios, con la putada tan grande que me has hecho, que tiene huevos, por lo menos compórtate conmigo esta mañana y consígueme un aparcamiento cerca del trabajo. Ah, y un 20 Minutos, anda". Que no es que le interesara demasiado la actualidad, pero le gustaba leer el horóscopo antes de sentarse a su mesa cada mañana.
Su día era como una especie de negociación con un padre severo, pero indulgente. Era una prisionera que pedía pequeñas gracias a su captor a cambio de no quejarse demasiado por mantenerla encerrada en su torre. “Tú, y sólo tú - le decía a su deidad particular – eres el culpable de que las cosas hayan pasado así, porque tampoco te costaba tanto que todo sucediera de otra manera, y entonces no sería todo tan desastroso ni tan catastrófico. Así que ahora no te queda otra que hacerme la vida un poquito más fácil”. Y Dios, medio avergonzado de haberse reído de ella en tantas otras ocasiones, lo hacía: le buscaba los mejores aparcamientos, le conseguía las cajeras más rápidas y los funcionarios más amables, las mesas mejor situadas y el café más sabroso.
Un tiempo después, cuando él vino a buscarla de nuevo y le dijo todo eso de “me he dado cuenta de que sin ti mi vida no tiene sentido, y quiero que estemos juntos, y quiero darte tantas cosas”, ella (los ojos dilatados, las manos temblorosas y el corazón palpitándole) le dijo que no. Después, mientras le miraba marcharse cabizbajo con las manos metidas en los bolsillos de su chaqueta, se dirigió a Dios, enfadada y divertida al mismo tiempo: “Te habías creído que ibas a librarte de mí, ¿eh?”.
Y regresó a casa, sonriendo y escuchando el tap tap de sus tacones sobre la acera.
Así, cuando se levantaba por las mañanas, y pensaba que todo el mundo más allá de su cama era inhóspito y triste, y se colocaba el despertador recién apagado en la almohada para seguir durmiendo un poco más, le decía a Dios: "De acuerdo, tío, yo me levanto, lo juro, me levanto e intento ser feliz, pero tú tienes que hacer que hoy haya sol. Puedes colocar un par de nubes si quieres, pero no muchas, porque si no hay sol, yo te juro que me vuelvo a meter en la cama con un par de trankimazines y no salgo hasta mañana". Entonces sí, entonces encontraba las fuerzas para levantarse y se levantaba, convencida de que había oído cómo Dios, medio benévolo, medio bromista, le estrechaba la mano desde su nube para cerrar el trato. Luego cogía el coche, y entonces sus peticiones sonaban más o menos así: ·"Dios, con la putada tan grande que me has hecho, que tiene huevos, por lo menos compórtate conmigo esta mañana y consígueme un aparcamiento cerca del trabajo. Ah, y un 20 Minutos, anda". Que no es que le interesara demasiado la actualidad, pero le gustaba leer el horóscopo antes de sentarse a su mesa cada mañana.
Su día era como una especie de negociación con un padre severo, pero indulgente. Era una prisionera que pedía pequeñas gracias a su captor a cambio de no quejarse demasiado por mantenerla encerrada en su torre. “Tú, y sólo tú - le decía a su deidad particular – eres el culpable de que las cosas hayan pasado así, porque tampoco te costaba tanto que todo sucediera de otra manera, y entonces no sería todo tan desastroso ni tan catastrófico. Así que ahora no te queda otra que hacerme la vida un poquito más fácil”. Y Dios, medio avergonzado de haberse reído de ella en tantas otras ocasiones, lo hacía: le buscaba los mejores aparcamientos, le conseguía las cajeras más rápidas y los funcionarios más amables, las mesas mejor situadas y el café más sabroso.
Un tiempo después, cuando él vino a buscarla de nuevo y le dijo todo eso de “me he dado cuenta de que sin ti mi vida no tiene sentido, y quiero que estemos juntos, y quiero darte tantas cosas”, ella (los ojos dilatados, las manos temblorosas y el corazón palpitándole) le dijo que no. Después, mientras le miraba marcharse cabizbajo con las manos metidas en los bolsillos de su chaqueta, se dirigió a Dios, enfadada y divertida al mismo tiempo: “Te habías creído que ibas a librarte de mí, ¿eh?”.
Y regresó a casa, sonriendo y escuchando el tap tap de sus tacones sobre la acera.
domingo, 2 de abril de 2006
Accidente II: el testigo
- ¿A quién le toca? Ah, Meli, eres tú, no te había visto… no veas la tardecita que llevo, y encima con estos calores, que si estamos así en Marzo no te quiero yo contar cuando llegue Junio... Dime qué te pongo, guapa. Sí, han venido estupendos esta semana, maduritos, lo que pasa es que están algo caros, pero muy ricos. Que ya es difícil que salga un tomate bueno, que los de ahora no saben a nada. ¿Te llevas un kilo, entonces? Muy bien. Pues nada, hija, ¿te has enterado de la que se ha liado esta mañana? Aquí delante mismo, en el semáforo éste, que tiene más mala sombra… A ver, van doscientos gramos de más, ¿te los dejo? Pues eso, que yo siempre lo digo, que como está en cuesta la calle, la gente se embala y si se pone el semáforo en rojo se lo saltan. ¿Qué más? Pues mira, tengo de las golden, las reinetas y las fugi éstas, o fuji, o como se diga… Sí, estas son más dulces, te pongo, ¿no? Y nada, pues dos muchachos que iban en un Polo, como el de mi hijo pero en azulón, se han parado en el semáforo y uno que venía a toda pastilla desde arriba les ha dado por detrás. A ver, unas cebollitas, ¿de malla o sueltas? ¿Qué más? Sí, espera, las patatas las tengo detrás del mostrador. Y eso, Meli, como te decía, que no te puedes imaginar, un topetazo… con la puerta cerrada se ha oído aquí y hemos dado todos un bote que no veas. Llévate unas fresitas, ¿no? son de las primeras, pero vienen dulces. Mira, te pongo unas pocas y las pruebas, y ya si eso otro día te llevas más. Pues la chica al principio parecía que no tenía nada, pero luego parece ser que se había mordido la lengua, qué repelús. Pero vamos, nada grave. Lo malo es que el chico no llevaba cinturón y ha dado con la cabeza contra el parabrisas. Bueno, no te puedes imaginar, sangre por todas partes. Que ha salido la chica luego del coche y tenía los pantalones empapados, y le hemos dicho “mira a ver si tienes algo en las piernas”, y ha dicho “qué va, si es de él”. A mí se me ha bajado la tensión y todo de verlo, me he tenido que sentar aquí dentro un rato. Claro, que la sangre es muy escandalosa, que cuando se cayó mi Antonio Jesús del tobogán parecía que se había hecho una desgracia y luego fueron dos puntillos. Una berenjenita te pongo, ¿grande o pequeña? ¿Vas a hacer pisto? Ay, hija, a mí el pisto me sale muy bueno, mi Antonio siempre me está pidiendo que le haga. Nada, eso no tiene secreto más que dejarlo mucho rato a fuego lento, sin prisas, y luego cocerlo bien con el tomate, para que empape. Y una ramita de laurel, que siempre le da buen sabor. Y bueno, como te puedes imaginar, el del coche de atrás ha salido más fresco que una lechuga. Si es que eso siempre pasa: el que tiene la culpa es el que menos se hace. No, hija, setas no me quedan, champiñones tengo, ¿te pongo? A ver, van cuatrocientos gramos, ¿así va bien? Es que el lunes es mal día para la verdura, mañana va Antonio al mercado y tenemos de todo. Bueno, como te decía, el de atrás estupendamente, andando ha salido, porque le ha saltado el airbag y le ha hecho colchón… pero Meli, el chico de delante… ay madre, pobrecillo, si han llegado los de la ambulancia y ni se movía. Y la chica ni lloraba, angelito, de la impresión. Que hija, tiene delito, que vas tú tan tranquilo con tu coche, parándote en tus semáforos, y viene un chalado de éstos y te busca la ruina. ¿Pimientos rojos o verdes? ¿Qué son, para rellenar? Pues mira, te pongo estos que están más bonitos, más derechitos, y así los rellenas más fácil. ¿Qué los haces, al horno o fritos? Mujer, al horno tardan más, pero fritos son más trabajosos. Y nada, la que se ha liado aquí, te puedes figurar, que parece que nadie tiene otra cosa que hacer que mirar la desgracia ajena. Y claro, opiniones para todos los gustos, que como yo digo, eso es como el culo, que todos tenemos. Unos que si dadle agua, que si no le déis, que si movedle, que si no le mováis… Y yo es que me enciendo, porque luego al de detrás le pagará el seguro los daños y hale, a la carretera a seguir jugándose su vida y la de los demás. Aunque digo yo que ahora con eso del carnet con puntos a ver si se ponen más serios, porque esto no puede ser, hija, no puede ser. ¿Las zanahorias las quieres sueltas o en bandeja? A ver, en bandeja te salen más baratas, pero éstas son más buenecitas, te duran más luego. Las otras enseguida se ponen blandas. ¿Qué te estaba yo diciendo…? Ah, sí, el chico… pues nada, enseguida vino la ambulancia y se lo llevó, con oxígeno y eso, pero qué quieres que te diga… yo creo que ese no sale, porque tenía más mala carita, todo blanco, blanco… Y se dio un buen golpe, que dejó el cristal hecho pedazos. Así que ya ves, entretenida que hemos tenido la mañana… Luego todo el mundo hablando, que la gente es de un morboso... que parece que no tienen cosa mejor en la vida que hablar de los demás. Mejor nos iría si nos ocupásemos cada uno de lo nuestro. ¿Ya está? Pues ocho con setenta son. Nada, hija, no te preocupes, que tengo cambio, si a esta hora con eso no hay problema. Mira, guapa, un poquito de perejil te meto, que eso nunca sobra. ¿Joaquín mejor? Pues nada, bonita, dale besos. Hale, hasta la próxima, adiós.
viernes, 31 de marzo de 2006
Accidente I: la víctima
Aquí os dejo otro ejercicio del taller. Se trataba de describir un accidente desde tres puntos de vista: la víctima, un testigo y el conductor de la ambulancia. Esta es la primera entrega, y en los próximos días os dejo las otras dos, a ver qué os parecen.
**********************
Llévame a casa, le dije justo después de que me anunciara que no iba a dejarla. Claro, dijo él, solícito, incapaz de negarme aquella última gracia de condenado, casi contento de poder quedar, en el último momento, como una buena persona. Le miré buscar las llaves del coche por el apartamento mientras me ponía los zapatos y me limpiaba el rímel con un pañuelo de papel.
Me gustaba ser su copiloto, y mientras observaba sus gestos precisos de conductor, pensé que ya no iba a ser su copiloto nunca más y torcí un poco más la cabeza hacia la ventanilla. Él sintonizó a ciegas alguna emisora, una canción de pop inofensivo
Con la cabeza apoyada en el respaldo del asiento, pensé que ojalá se desprendiera de ella un cabello largo y rizado y fuera a parar a la bonita tapicería oscura. Imaginé a su novia (novia con todas las letras, novia de ir al cine, de pasear de la mano, de presentar a los padres, de llevar en una foto de carnet dentro de la cartera) encontrando el pelo y preguntando de quién era. Él podría dar cualquier excusa, porque también tiene amigas a las que llevar en el coche, y compañeras de facultad, y primas, y hermanas, pero se podría pálido de repente y no podría disimular la verdad. Ella sacudiría la cabeza, incrédula “no, no puedo creerlo, no puedo creer que me hayas hecho esto”, lloraría un poco, gritaría bastante y luego saldría del coche dando un portazo y esfumándose en la niebla de las cosas que no importan. Luego él vendría a buscarme y nos iríamos lejos de allí, y entonces yo dejaría de ser la amante (amante de citas clandestinas a mitad de semana, de sexo ansioso y desesperado, de roces inofensivos en la calle y violentos mordiscos una vez traspasado el umbral de la puerta) y me convertiría en la novia (novia de parques y cines y padres).
Sentí más que nunca la fuerza de la gravedad pegándome al asiento del coche, el cinturón partiéndome el pecho en dos como una frontera. Él movía la palanca de cambios con sus hermosas manos morenas, giraba de vez en cuando la cabeza hacia el retrovisor y callaba. Allí sentada, deseé que algo congelara ese momento, que nos suspendiera a los dos en aquel coche y nos sellara juntos para siempre, porque todo aquello (la música, el dolor, el rímel y mis fantaseos con cabellos descolgados) no estaba mal, era pura tristeza y podía sobrellevarla con elegancia de actriz de cine, pero después de eso vendría bajarme en la puerta de mi casa y decirle adiós, buscar las llaves en el bolso y enfrentarme a toda una vida hecha de días sin él. Miré por la ventanilla a los estudiantes caminando con las carpetas bajo el brazo, a las fruteras sacudiendo el polvo a la mercancía de la puerta, a los ancianos comentando las obras desde los bancos, y quise que las leyes de la física se retorcieran y abrieran una grieta en la tranquila cotidianeidad de aquella tarde de marzo.
Concentrada como estaba en aislarnos dentro de aquella cabina de metal, en inmortalizarnos como dos figuras de cera tal y como estábamos en ese momento (quietos, silenciosos, casi enfadados, pero compartiendo los metros cúbicos de aire del interior), el choque no me sorprendió mucho. Ninguno de los dos gritamos cuando, al pararnos en el semáforo, el Ibiza blanco nos embistió por detrás. Yo me incliné bruscamente hacia delante y quedé sostenida por el cinturón de seguridad a pocos centímetros del salpicadero. Me mordí la lengua y la sentí líquida dentro de la boca, derramándose en un elegante hilo de sangre por la comisura de mis labios. Él salió despedido sin que el cinturón que olvidó ponerse (no sé si por pena o por pura prisa) lo impidiera, y su frente impactó contra el cristal delantero, dejándolo partido en trocitos como una tela de araña. Luego volvió a su sitio y quedó inmóvil sobre el asiento, con la cabeza descolgada como cuando duermes en un autobús, y todos los cristales del mundo le cayeron encima.
Despacio, quejándome un poco por un dolor difuso en las costillas, le agarré suavemente por los hombros y le tendí boca arriba sobre mis muslos, sosteniéndole con cuidado la cabeza. Quedó inmóvil en mis piernas, hermoso, como dormido. Así sí, mi amor, pensé, mientras le acariciaba delicadamente la cara, cruzada por diminutos hilos de sangre. Así sí.
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Llévame a casa, le dije justo después de que me anunciara que no iba a dejarla. Claro, dijo él, solícito, incapaz de negarme aquella última gracia de condenado, casi contento de poder quedar, en el último momento, como una buena persona. Le miré buscar las llaves del coche por el apartamento mientras me ponía los zapatos y me limpiaba el rímel con un pañuelo de papel.
Me gustaba ser su copiloto, y mientras observaba sus gestos precisos de conductor, pensé que ya no iba a ser su copiloto nunca más y torcí un poco más la cabeza hacia la ventanilla. Él sintonizó a ciegas alguna emisora, una canción de pop inofensivo
Con la cabeza apoyada en el respaldo del asiento, pensé que ojalá se desprendiera de ella un cabello largo y rizado y fuera a parar a la bonita tapicería oscura. Imaginé a su novia (novia con todas las letras, novia de ir al cine, de pasear de la mano, de presentar a los padres, de llevar en una foto de carnet dentro de la cartera) encontrando el pelo y preguntando de quién era. Él podría dar cualquier excusa, porque también tiene amigas a las que llevar en el coche, y compañeras de facultad, y primas, y hermanas, pero se podría pálido de repente y no podría disimular la verdad. Ella sacudiría la cabeza, incrédula “no, no puedo creerlo, no puedo creer que me hayas hecho esto”, lloraría un poco, gritaría bastante y luego saldría del coche dando un portazo y esfumándose en la niebla de las cosas que no importan. Luego él vendría a buscarme y nos iríamos lejos de allí, y entonces yo dejaría de ser la amante (amante de citas clandestinas a mitad de semana, de sexo ansioso y desesperado, de roces inofensivos en la calle y violentos mordiscos una vez traspasado el umbral de la puerta) y me convertiría en la novia (novia de parques y cines y padres).
Sentí más que nunca la fuerza de la gravedad pegándome al asiento del coche, el cinturón partiéndome el pecho en dos como una frontera. Él movía la palanca de cambios con sus hermosas manos morenas, giraba de vez en cuando la cabeza hacia el retrovisor y callaba. Allí sentada, deseé que algo congelara ese momento, que nos suspendiera a los dos en aquel coche y nos sellara juntos para siempre, porque todo aquello (la música, el dolor, el rímel y mis fantaseos con cabellos descolgados) no estaba mal, era pura tristeza y podía sobrellevarla con elegancia de actriz de cine, pero después de eso vendría bajarme en la puerta de mi casa y decirle adiós, buscar las llaves en el bolso y enfrentarme a toda una vida hecha de días sin él. Miré por la ventanilla a los estudiantes caminando con las carpetas bajo el brazo, a las fruteras sacudiendo el polvo a la mercancía de la puerta, a los ancianos comentando las obras desde los bancos, y quise que las leyes de la física se retorcieran y abrieran una grieta en la tranquila cotidianeidad de aquella tarde de marzo.
Concentrada como estaba en aislarnos dentro de aquella cabina de metal, en inmortalizarnos como dos figuras de cera tal y como estábamos en ese momento (quietos, silenciosos, casi enfadados, pero compartiendo los metros cúbicos de aire del interior), el choque no me sorprendió mucho. Ninguno de los dos gritamos cuando, al pararnos en el semáforo, el Ibiza blanco nos embistió por detrás. Yo me incliné bruscamente hacia delante y quedé sostenida por el cinturón de seguridad a pocos centímetros del salpicadero. Me mordí la lengua y la sentí líquida dentro de la boca, derramándose en un elegante hilo de sangre por la comisura de mis labios. Él salió despedido sin que el cinturón que olvidó ponerse (no sé si por pena o por pura prisa) lo impidiera, y su frente impactó contra el cristal delantero, dejándolo partido en trocitos como una tela de araña. Luego volvió a su sitio y quedó inmóvil sobre el asiento, con la cabeza descolgada como cuando duermes en un autobús, y todos los cristales del mundo le cayeron encima.
Despacio, quejándome un poco por un dolor difuso en las costillas, le agarré suavemente por los hombros y le tendí boca arriba sobre mis muslos, sosteniéndole con cuidado la cabeza. Quedó inmóvil en mis piernas, hermoso, como dormido. Así sí, mi amor, pensé, mientras le acariciaba delicadamente la cara, cruzada por diminutos hilos de sangre. Así sí.
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