Me gustó tanto la página del link que os dejé ayer que me he empeñado en escribir algo al respecto, aunque no sé muy bien por dónde empezar.
Secretos. ¿Tenéis alguno? Uno real, muy fuerte, muy grande, guardado en algún lugar de vuestras neuronas, protegido por un código que tiene una orden inequívoca: no contar. Nunca. A nadie.
Hace un año, mi amiga Elsa (algún día os hablaré de ella) nos pidió a cada uno de sus amigos un secreto como regalo de cumpleaños. Tenía que ser inédito, como un cuento para concurso; si lo sabía alguien más, sólo una persona, ya no valía. Entonces no comprendí para qué quería exactamente nuestros secretos. No soy cotilla, porque no me alcanza la memoria para sentir curiosidad durante mucho tiempo, así que no le veo la gracia a eso de los secretos. ¿Y qué si lo sabes? No puedes contarlo.
Ahora opino que el verdadero valor de contar un secreto es que te une a la otra persona. A veces estás con alguien con quien no has llegado más allá de una conversación superficial, y las circunstancias (un botellón, una noche de luna llena, una juerga compartida o una situación límite) te hacen que le confieses lo que nunca habrías dicho a nadie. Entonces nace una corriente cálida de solidaridad inesperada, una lucecita de comprensión mutua. Los secretos nos recuerdan lo más débil y lo más fuerte de nosotros mismos, y en ellos podemos reconocernos y hacer que nos reconozcan.
Muchas veces los extraños son mejores que los amigos, porque no nos juzgan, y supongo que en eso se basa el éxito de postsecret. Podemos liberarnos de ese secreto que nos oprime, contarlo en enormes letras, componer incluso una bonita postal para mostrarlo al mundo, y sabemos que nadie nos juzgará. Lo leerán personas de todo el mundo y nosotros, protegidos por el anonimato, seremos contemplados como lo que somos: seres humanos con debilidades, con dobles fondos en los cajones de nuestras mentes, pero por los que es posible sentir compasión. Cuando lees las postales de la web, te sientes conmovido. Incluso ante las peores declaraciones (como una mujer que afirma estar segura de que habría sido un violador de haber nacido hombre) nos sentimos hermanados en esa suciedad común que nos hace a todos humanos. Habría que vernos, sin embargo, cara a cara con la persona que escribió el post. Si fuera nuestro novio, nuestra hermana o nuestro vecino de enfrente, no creo que nos portáramos tan bien. Empezaríamos a marujear, acicatados por la realidad tangible de la persona que cuenta el secreto, impulsados a creernos mejor que ella aunque sólo sea por unos segundos.
Yo tengo algunos secretos inofensivos que puedo contar aquí. Cuando era más pequeña, me gustaba husmear en los baños ajenos. No soy la primera persona que lo hace, que conste; ya he sabido de más de uno que comparte mi hobbie (me parece incluso recordar a un columnista que afirmaba hacer lo mismo). Creedme que es divertido descubrir quién usa champú anticaspa, quién tiene hemorroides o quién necesita enormes compresas tipo pañal. Hay algo muy íntimo y oscuro en registrar baños ajenos. Se trata de descubrir cómo y dónde nos apañamos las personas para volvernos aceptables, higiénicos y atractivos. Es la línea que separa la cara que tenemos cuando nos levantamos de la que enseñamos al mundo el resto del día.
Otro de mis secretos es que hace relativamente poco que dejé de tener amigos invisibles. El último lo dejé marchar a los catorce años, cuando empecé a estar demasiado entretenida con el mundo real como para acordarme de que él estaba ahí, ocurrente, leal e infalible, alimentado por tentáculos de mi mente que se extendían más allás de mí misma. Pero lo cierto es que, de vez, en cuando, le llamo, se sienta en el borde de mi cama y mantenemos conversaciones invisibles como él, mientras cierro los ojos y empiezo a dormirme.
Si tuviera que mandar algo a postsecret, no sé muy bien qué escribiría. Ahora mismo no hay nada que me oprima especialmente el corazón. Ya hace tiempo que le destapé a Funes todo el pastel que soy yo, y el último gran secreto que ni siquiera sabía él se lo llevó Elsa. De todas formas, confío en que vuelvan a crecerme, como hongos misteriosos y alucinógenos. Hacen la vida bastante más divertida.
lunes, 1 de agosto de 2005
sábado, 30 de julio de 2005
miércoles, 27 de julio de 2005
Improvisar es fácil: tuturututuuuu
Ayer estuve de ruta musical jazzera por mi ciudad. Primero fui a ver a Alla Yanovsky, mi profesora de piano, que tocaba en trío en la terraza del hotel Larios. Las vistas desde allí (una azotea en mitad de calle Larios) son las de Málaga tal y como es: cutre y hermosa, con sus monumentos y sus horrendos edificios que no pegan ni con cola, con sus grúas y sus murallas iluminadas.
Allí, en el bar lleno de snobs que bebían Martinis con aceituna, el jazz era poco más que un hilo musical tímido, inofensivo, que los tres músicos tocaban con automatismo de funcionarios. Jose y yo, acodados en la barra (de pie, porque las mesas estaban “reservadas” a adultos que fueran a hacer un gasto mayor que el de nuestras dos cañas), intentábamos identificar el piano, la guitarra o el contrabajo, pero no conseguíamos percibir mas que la banda sonora blandengue que los técnicos de sonido del bar se habían dignado conceder a sus distinguidos clientes (imagino que no querían subir más el volumen para que a nadie se le quitara el apetito por un terrenal solomillo oyendo el piano de Alla). Cuando acababan de ejecutar una pieza con indiscutible maestría, era difícil arrancar a los guiris o a los acomodados pijos de las mesas un aplauso que, en cualquier caso, no dejaba de ser de puro compromiso, porque en general nadie había prestado mucha atención. Un poco desencantados, Jose y yo nos fuimos a cenar al Pitta y quedamos con Alla, mi profe, en pasarnos después por el Onda Pasadena, donde volvían a tocar el guitarrista y el bajo acompañados por una batería.
Ah, el Onda Pasadena. Eso ya es otra cosa. Un auténtico antro, con sus grunges jugando a las cartas y bebiendo cerveza, sus alternativos mirando a través de sus gafas de pasta con la barbilla apoyada en la mano, sus puretillas de vaqueros y panza prominente. El escenario es pequeñito, y los músicos tienen que montarse, sin ningún glamour, los instrumentos y el equipo de sonido. Ahora bien: la acústica es magnífica. Marcelo, el guitarrista se acercó a nuestra mesa en el descanso: “¿Os gustó lo del Larios?”, preguntó. Nos encogimos de hombros: “Sí, pero no se oía mucho…”. Él resopló: “Ha sido una auténtica mierda”. Despotricó un rato sobre la organización del hotel, que nos había dejado a todos de pie cuando tiene otro bar bacío y abarrotado de taburetes en la planta de abajo; sobre el volumen insultantemente bajo de los amplificadores, sobre el pasotismo descarado del público. Luego se puso a tocar, y la pasividad de administrativo que le habíamos visto en la terraza se cambió por una animalidad (no se me ocurre una palabra mejor) de auténtica fiera melódica. Cómo tocaba, amigos, cómo tocaba. Funes y yo ya le habíamos visto en el Pasadena hacía dos veranos, justo antes de marcharme a Barcelona. En aquel concierto yo aprendí a escuchar jazz: aprendí que el jazz (aunque cierto amigo lo califique de mono revolcándose en un teclado, o algo similar) no puede escucharse como la música tradicional. Es un latido. No puedes identificar estrofas o estribillos: tienes que prestar atención al ritmo y acomodarte a él, y a partir de ahí oir cómo se va creando cada nota. Es el ahora vivo, la pura presencia budista.
¿Qué más puedo decir? A mi lado, Alla golpeaba con fuerza el suelo de madera del bar con sus zapatos planos. Había quien daba palmas, quien meneaba las piernas, quien tamborileaba con los dedos en la cerveza. En cualquier caso, era imposible quedarse quieto escuchando aquello. Yo daba golpecitos en el brazo de Jose y asentía con la cabeza. Qué bueno, madre mía.
(Fin del típico post “escucho-jazz-que-guay-soy”… no pretendía escribir sobre eso, porque siempre me ha parecido difícil e inútil intentar expresar la música con palabras, pero me he sentado aquí y ha sido lo primero que me ha salido, así que ahí lo tenéis).
Allí, en el bar lleno de snobs que bebían Martinis con aceituna, el jazz era poco más que un hilo musical tímido, inofensivo, que los tres músicos tocaban con automatismo de funcionarios. Jose y yo, acodados en la barra (de pie, porque las mesas estaban “reservadas” a adultos que fueran a hacer un gasto mayor que el de nuestras dos cañas), intentábamos identificar el piano, la guitarra o el contrabajo, pero no conseguíamos percibir mas que la banda sonora blandengue que los técnicos de sonido del bar se habían dignado conceder a sus distinguidos clientes (imagino que no querían subir más el volumen para que a nadie se le quitara el apetito por un terrenal solomillo oyendo el piano de Alla). Cuando acababan de ejecutar una pieza con indiscutible maestría, era difícil arrancar a los guiris o a los acomodados pijos de las mesas un aplauso que, en cualquier caso, no dejaba de ser de puro compromiso, porque en general nadie había prestado mucha atención. Un poco desencantados, Jose y yo nos fuimos a cenar al Pitta y quedamos con Alla, mi profe, en pasarnos después por el Onda Pasadena, donde volvían a tocar el guitarrista y el bajo acompañados por una batería.
Ah, el Onda Pasadena. Eso ya es otra cosa. Un auténtico antro, con sus grunges jugando a las cartas y bebiendo cerveza, sus alternativos mirando a través de sus gafas de pasta con la barbilla apoyada en la mano, sus puretillas de vaqueros y panza prominente. El escenario es pequeñito, y los músicos tienen que montarse, sin ningún glamour, los instrumentos y el equipo de sonido. Ahora bien: la acústica es magnífica. Marcelo, el guitarrista se acercó a nuestra mesa en el descanso: “¿Os gustó lo del Larios?”, preguntó. Nos encogimos de hombros: “Sí, pero no se oía mucho…”. Él resopló: “Ha sido una auténtica mierda”. Despotricó un rato sobre la organización del hotel, que nos había dejado a todos de pie cuando tiene otro bar bacío y abarrotado de taburetes en la planta de abajo; sobre el volumen insultantemente bajo de los amplificadores, sobre el pasotismo descarado del público. Luego se puso a tocar, y la pasividad de administrativo que le habíamos visto en la terraza se cambió por una animalidad (no se me ocurre una palabra mejor) de auténtica fiera melódica. Cómo tocaba, amigos, cómo tocaba. Funes y yo ya le habíamos visto en el Pasadena hacía dos veranos, justo antes de marcharme a Barcelona. En aquel concierto yo aprendí a escuchar jazz: aprendí que el jazz (aunque cierto amigo lo califique de mono revolcándose en un teclado, o algo similar) no puede escucharse como la música tradicional. Es un latido. No puedes identificar estrofas o estribillos: tienes que prestar atención al ritmo y acomodarte a él, y a partir de ahí oir cómo se va creando cada nota. Es el ahora vivo, la pura presencia budista.
¿Qué más puedo decir? A mi lado, Alla golpeaba con fuerza el suelo de madera del bar con sus zapatos planos. Había quien daba palmas, quien meneaba las piernas, quien tamborileaba con los dedos en la cerveza. En cualquier caso, era imposible quedarse quieto escuchando aquello. Yo daba golpecitos en el brazo de Jose y asentía con la cabeza. Qué bueno, madre mía.
(Fin del típico post “escucho-jazz-que-guay-soy”… no pretendía escribir sobre eso, porque siempre me ha parecido difícil e inútil intentar expresar la música con palabras, pero me he sentado aquí y ha sido lo primero que me ha salido, así que ahí lo tenéis).
domingo, 24 de julio de 2005
¿Hay alguien ahí?
Como no podía escribir, me he puesto a leer textos antiguos: cuentecillos, paranoias, y hasta el principio de una novela que empecé hace ahora tres años (qué barbaridad, cómo pasa el tiempo). ¿Qué de qué va la novela? Es una chorrada adolescente, que cuenta mi vida con penosa obviedad, solo que reencarnada en una chica más guapa, más alta y más ligona que yo. Típico ejercicio de proyección-remodelación del novelista. Aun así, no os creáis, algunas cosas me gustan. Se lee bastante bien, el estilo es fluido, los diálogos con creíbles y hay momentos en los que llego incluso a lucirme con la parte estética (sin pasarme).
¿Qué será de mí? ¿Por donde encontrará el camino esta joven escritora? De momento, mi mente está seca. Para colmo, hoy me he acabado “Trainspotting” y he entrado en mi clásica mini-depresión-post-libro-que-me-gusta. Lo compré después de leer “Porno”, su continuación, que cayó primero en mis manos por azares de la vida. Como ya había visto “Trainspotting”, me enteré perfectamente de la novela, y después de engullirla en tres o cuatro días de saturación lectora (tiene más de quinientas páginas) me precipité a la librería a por su precuela. Así que llevo casi novecientas páginas con los mismos entrañables protagonistas, sumergida en el sórdido ambiente de Leith e intentando comprender el curioso argot de Edimburgo, y ya es como si esos tristes degenerados fueran un poco de mi familia. Ahora todo ha terminado y me siento sola. La maldición del lector entusiasta, la llamaría yo.
Como decía antes, estoy seca de ideas. Este calor de invernadero que asola Málaga me está matando. Paso la mitad del día durmiendo y la otra mitad dando vueltas por Internet, con cara de alucinada y rebuscando en blogs ajenos la inspiración que no encuentro para el mío. Para colmo, esto está solitario que te cagas. Ni un comentario en el último post. Menos mal que he puesto el contador para cerciorarme de que alguien visita este sitio, porque sino lo cerraba por soledad y santas pascuas. Por cierto, ¿quiénes son esos visitantes fantasmas que no comentan pero sí leen? Me gustaría conoceros. Podéis comentar; no muerdo.
En fin. Mi vida en pause, como desde hace ya demasiado tiempo. Ya sabía yo que esto de la nueva yo no podía durar mucho.
Por cierto: ¿alguna recomendación para leer en verano? Joven literófila busca amante de papel desesperadamente. Más bien grueso, si puede ser.
¿Qué será de mí? ¿Por donde encontrará el camino esta joven escritora? De momento, mi mente está seca. Para colmo, hoy me he acabado “Trainspotting” y he entrado en mi clásica mini-depresión-post-libro-que-me-gusta. Lo compré después de leer “Porno”, su continuación, que cayó primero en mis manos por azares de la vida. Como ya había visto “Trainspotting”, me enteré perfectamente de la novela, y después de engullirla en tres o cuatro días de saturación lectora (tiene más de quinientas páginas) me precipité a la librería a por su precuela. Así que llevo casi novecientas páginas con los mismos entrañables protagonistas, sumergida en el sórdido ambiente de Leith e intentando comprender el curioso argot de Edimburgo, y ya es como si esos tristes degenerados fueran un poco de mi familia. Ahora todo ha terminado y me siento sola. La maldición del lector entusiasta, la llamaría yo.
Como decía antes, estoy seca de ideas. Este calor de invernadero que asola Málaga me está matando. Paso la mitad del día durmiendo y la otra mitad dando vueltas por Internet, con cara de alucinada y rebuscando en blogs ajenos la inspiración que no encuentro para el mío. Para colmo, esto está solitario que te cagas. Ni un comentario en el último post. Menos mal que he puesto el contador para cerciorarme de que alguien visita este sitio, porque sino lo cerraba por soledad y santas pascuas. Por cierto, ¿quiénes son esos visitantes fantasmas que no comentan pero sí leen? Me gustaría conoceros. Podéis comentar; no muerdo.
En fin. Mi vida en pause, como desde hace ya demasiado tiempo. Ya sabía yo que esto de la nueva yo no podía durar mucho.
Por cierto: ¿alguna recomendación para leer en verano? Joven literófila busca amante de papel desesperadamente. Más bien grueso, si puede ser.
sábado, 23 de julio de 2005
Cuesta abajo
No me encuentro muy bien. No me gustan los post autocompasivos, pero era o esto o no actualizar hasta vete a saber cuándo, así que ahí va. Relato de un bajón, por Marina Díaz.
Empezó ayer con los viejitos, imagino, porque el ambiente es bueno y te ríes con ellos, pero yo tengo un exceso de imaginación morbosa y no puedo dejar de imaginármelos, dentro de unos cuentos años, postrados en una cama, haciéndose sus necesidades encima y sumidos en la oscuridad. Veo sus caras esforzándose en recordar un nombre o en reconocer el color del lápiz que están utilizando y pienso que cada vez será peor. Aunque intento desterrar esas lúgubres reflexiones a un nivel inferior de conciencia, supongo que van sedimentándose sin remedio y lastrándome la moral.
De todas formas, no toda la culpa la tiene el Alemán, como llaman por allí a la enfermedad maldita. En mi casa me eché una siesta tremenda, una de esas en las que luchas durante horas contigo misma porque te quieres levantar y no puedes. Luego ensayé al piano durante una hora. Ayer el terral volvió a caer sobra mi ciudad, y me chorreaba el sudor por la nuca mientras destrozaba a Mozart. Luego fui a clase, y cuando me vi luchando con una línea de pentagrama como los abuelitos luchan con las sumas, pensé: “soy idiota. Tengo veinte años y me estoy gastando una pasta en aprender a tocar el piano, y no soy capaz siquiera de descifrar unas miserables notas en clave de sol. Hay veinticincomil millones de chavales en el conservatorio que se descojonarían si me vieran”. Alla, mi profe de piano, me habló de Julia, una chica que daba clases con ella cuando yo empecé. Ganó un concurso de canciones del Ayuntamiento y tiene una propuesta para grabar con Sony. Flipa, chaval. “También les hablo de ti a mis otros alumnos, no te creas – me dice-. Les cuento que daba clases a una chica a la que le gustaba mucho escribir y que ahora está en Barcelona”. Le dije el primer día que volví a clases, hace una semana, que me había ido a Granada, pero creo que se le ha olvidado. No la corrijo y lo dejo estar. Barcelona suena mejor. Cuando bajo las escaleras de su edificio con mi archivador de partituras bajo el brazo, me siento vieja. Luego me acuerdo de mi madre: “no empieces ya a sentirte vieja, porque a partir de ahora cada vez tendrás más años y sólo podrá ir a peor”.
Hoy he pasado la mañana durmiendo y soñando que me inventaba chistes malos. Por la tarde he pintado la barandilla de la escalera, intentando descaradamente colocarme con el disolvente y sin conseguir nada más que marearme. Ahora me voy con Funes al cine; si la peli no es buena, esto no tendrá remedio, así que cruzo los dedos para que hayamos acertado eligiendo.
Empezó ayer con los viejitos, imagino, porque el ambiente es bueno y te ríes con ellos, pero yo tengo un exceso de imaginación morbosa y no puedo dejar de imaginármelos, dentro de unos cuentos años, postrados en una cama, haciéndose sus necesidades encima y sumidos en la oscuridad. Veo sus caras esforzándose en recordar un nombre o en reconocer el color del lápiz que están utilizando y pienso que cada vez será peor. Aunque intento desterrar esas lúgubres reflexiones a un nivel inferior de conciencia, supongo que van sedimentándose sin remedio y lastrándome la moral.
De todas formas, no toda la culpa la tiene el Alemán, como llaman por allí a la enfermedad maldita. En mi casa me eché una siesta tremenda, una de esas en las que luchas durante horas contigo misma porque te quieres levantar y no puedes. Luego ensayé al piano durante una hora. Ayer el terral volvió a caer sobra mi ciudad, y me chorreaba el sudor por la nuca mientras destrozaba a Mozart. Luego fui a clase, y cuando me vi luchando con una línea de pentagrama como los abuelitos luchan con las sumas, pensé: “soy idiota. Tengo veinte años y me estoy gastando una pasta en aprender a tocar el piano, y no soy capaz siquiera de descifrar unas miserables notas en clave de sol. Hay veinticincomil millones de chavales en el conservatorio que se descojonarían si me vieran”. Alla, mi profe de piano, me habló de Julia, una chica que daba clases con ella cuando yo empecé. Ganó un concurso de canciones del Ayuntamiento y tiene una propuesta para grabar con Sony. Flipa, chaval. “También les hablo de ti a mis otros alumnos, no te creas – me dice-. Les cuento que daba clases a una chica a la que le gustaba mucho escribir y que ahora está en Barcelona”. Le dije el primer día que volví a clases, hace una semana, que me había ido a Granada, pero creo que se le ha olvidado. No la corrijo y lo dejo estar. Barcelona suena mejor. Cuando bajo las escaleras de su edificio con mi archivador de partituras bajo el brazo, me siento vieja. Luego me acuerdo de mi madre: “no empieces ya a sentirte vieja, porque a partir de ahora cada vez tendrás más años y sólo podrá ir a peor”.
Hoy he pasado la mañana durmiendo y soñando que me inventaba chistes malos. Por la tarde he pintado la barandilla de la escalera, intentando descaradamente colocarme con el disolvente y sin conseguir nada más que marearme. Ahora me voy con Funes al cine; si la peli no es buena, esto no tendrá remedio, así que cruzo los dedos para que hayamos acertado eligiendo.
miércoles, 20 de julio de 2005
Él también es paciente conmigo
Ejercicios de escritura nocturna: Imagina a tu ángel de la guarda. Descríbele, ¿qué aspecto tiene? ¿Qué funciones cumple? Ahora imagina que le conoces: ¿cómo es? ¿qué hacéis juntos? Escribe durante media hora.
Mi ángel de la guarda es un ángel del tipo AA: Animador de Artistas. Se dedica básicamente a hacerme escribir. La mayor parte de mis problemas no le importan demasiado; él sólo coge mi dedito extendido hacia alguna injusticia de la vida y lo empuja con suavidad en dirección a la pantalla de mi ordenador. Cada vez que termino un cuento o un texto que me gusta, me aplaude estrepitosamente y me masajea los hombros, provocando que las endorfinas inunden mi cerebro y me hagan creer que vuelo. Así, mediente una rudimentaria técnica de refuerzo-castigo, mi AA consigue que vuelva, después de todo y pase lo que pase, a teclear sobre estas patitas de mosca que son las letras.
También tiene otras funciones. Se ríe tanto de mí que me obliga a que me ría yo misma. Me esconde las llaves, me tira los vasos y me mancha la ropa, pero sé que sólo pretende que me de cuenta de que estoy perdida, o no estoy centrada, o no voy en la dirección correcta. Me susurra al oído por dónde debo ir, y a veces le escucho y otras paso meses canturreando en voz alta para no tener que hacerle caso. Al final, sin embargo, casi siempre tiene razón.
Me imagino que me lo encuentro. Se materializa aquí mismo, al lado de la cama, mientras escribo. No me asusta porque se vuelve corpóreo muy despacio, para que me de tiempo a acostumbrarme a su figura. Se levanta y viene hacia donde estoy. “Ven – me dice – tengo que enseñarte algo”. Él es un ángel de los de enormes alas en la espalda, aunque quizás vista con vaqueros y zapatillas de deporte, como los que salen en las películas americanas. Pero alas tiene seguro, porque me agarra entre sus brazos y me saca volando a través de la ventana.
Primero sobrevuela la bahía. Se tiende bocarriba en el aire, a pocos metros del mar, conmigo tumbada sobre él como sobre un colchón de playa. “Mira el cielo”, me dice. A poca distancia, detrás de nosotros, se reflejan las luces hirientes de los sardineros. Hay más estrellas que en cualquiera de las noches que he pasado en el campo; él es capaz de convocarlas todas, porque está hecho del mismo material que ellas. Yo cierro los ojos, y debajo de mí el rumor de las olas es como el de una tubería subterránea, con el agua gorgoteando entre las rocas y los pececillos siseando por debajo. Puedo verlos, alumbran como ascuas plateadas; las hago señas para que se alejen de los sardineros y me recuesto otra vez sobre mi ángel a mirar el cielo. Star gazing, pienso. Gaze es mirar fijamente, y Stargazing era el pie de foto de una ilustración del Rey León que tenía en un libro de colorear. Pienso en si mis antepasados me estarán observando desde arriba, como Mufasa a Simba. Luego recuerdo a Momo e intento escuchar la música de las estrellas, que es la música que suena dentro del corazón de cada uno.
Al cabo de un rato, mi ángel, que me conoce y sabe que estoy a punto de quedarme dormida, da un quiebro en el aire y empieza a volar de nuevo. Ahora me lleva a mirar por la ventana de las casas donde vive gente a la que quiero. Todos duermen. Veo a mis amigos de Málaga, los recientes y los antiguos. Luego, a toda velocidad, me lleva a Granada para que contemple durmiendo a los de allí. Pasamos por Toledo, donde descansa Mariana, y por Mallorca, para ver a Ana. Nos damos una vuelta por Barcelona. A toda velocidad, nos acercamos a Irlanda a ver a la PK, que está tumbada con el ceño un poco fruncido y me recuerda a las noches que dormí a su lado cuando estábamos en los scouts. Mi ángel me mira fijamente: “¿Ves?” me dice “todos duermen. Están lejos, pero están bien, ¿lo entiendes?”. Le miro y asiento.
Por hoy ya está bien, así que el ángel me trae de nuevo a casa y me sienta frente al ordenador. “Ahora escríbelo todo”, casi me ordena. Vuelve a sentarse en la cama y se desvanece, otra vez muy despacio, para que me de tiempo a decirle adiós con la mano mientras se va.
La idea de este post se la tengo que agradecer a Pipe, que ha escrito uno mucho mejor sobre el mismo tema en su blog. No dejéis de visitarle, es muy bueno.
Mi ángel de la guarda es un ángel del tipo AA: Animador de Artistas. Se dedica básicamente a hacerme escribir. La mayor parte de mis problemas no le importan demasiado; él sólo coge mi dedito extendido hacia alguna injusticia de la vida y lo empuja con suavidad en dirección a la pantalla de mi ordenador. Cada vez que termino un cuento o un texto que me gusta, me aplaude estrepitosamente y me masajea los hombros, provocando que las endorfinas inunden mi cerebro y me hagan creer que vuelo. Así, mediente una rudimentaria técnica de refuerzo-castigo, mi AA consigue que vuelva, después de todo y pase lo que pase, a teclear sobre estas patitas de mosca que son las letras.
También tiene otras funciones. Se ríe tanto de mí que me obliga a que me ría yo misma. Me esconde las llaves, me tira los vasos y me mancha la ropa, pero sé que sólo pretende que me de cuenta de que estoy perdida, o no estoy centrada, o no voy en la dirección correcta. Me susurra al oído por dónde debo ir, y a veces le escucho y otras paso meses canturreando en voz alta para no tener que hacerle caso. Al final, sin embargo, casi siempre tiene razón.
Me imagino que me lo encuentro. Se materializa aquí mismo, al lado de la cama, mientras escribo. No me asusta porque se vuelve corpóreo muy despacio, para que me de tiempo a acostumbrarme a su figura. Se levanta y viene hacia donde estoy. “Ven – me dice – tengo que enseñarte algo”. Él es un ángel de los de enormes alas en la espalda, aunque quizás vista con vaqueros y zapatillas de deporte, como los que salen en las películas americanas. Pero alas tiene seguro, porque me agarra entre sus brazos y me saca volando a través de la ventana.
Primero sobrevuela la bahía. Se tiende bocarriba en el aire, a pocos metros del mar, conmigo tumbada sobre él como sobre un colchón de playa. “Mira el cielo”, me dice. A poca distancia, detrás de nosotros, se reflejan las luces hirientes de los sardineros. Hay más estrellas que en cualquiera de las noches que he pasado en el campo; él es capaz de convocarlas todas, porque está hecho del mismo material que ellas. Yo cierro los ojos, y debajo de mí el rumor de las olas es como el de una tubería subterránea, con el agua gorgoteando entre las rocas y los pececillos siseando por debajo. Puedo verlos, alumbran como ascuas plateadas; las hago señas para que se alejen de los sardineros y me recuesto otra vez sobre mi ángel a mirar el cielo. Star gazing, pienso. Gaze es mirar fijamente, y Stargazing era el pie de foto de una ilustración del Rey León que tenía en un libro de colorear. Pienso en si mis antepasados me estarán observando desde arriba, como Mufasa a Simba. Luego recuerdo a Momo e intento escuchar la música de las estrellas, que es la música que suena dentro del corazón de cada uno.
Al cabo de un rato, mi ángel, que me conoce y sabe que estoy a punto de quedarme dormida, da un quiebro en el aire y empieza a volar de nuevo. Ahora me lleva a mirar por la ventana de las casas donde vive gente a la que quiero. Todos duermen. Veo a mis amigos de Málaga, los recientes y los antiguos. Luego, a toda velocidad, me lleva a Granada para que contemple durmiendo a los de allí. Pasamos por Toledo, donde descansa Mariana, y por Mallorca, para ver a Ana. Nos damos una vuelta por Barcelona. A toda velocidad, nos acercamos a Irlanda a ver a la PK, que está tumbada con el ceño un poco fruncido y me recuerda a las noches que dormí a su lado cuando estábamos en los scouts. Mi ángel me mira fijamente: “¿Ves?” me dice “todos duermen. Están lejos, pero están bien, ¿lo entiendes?”. Le miro y asiento.
Por hoy ya está bien, así que el ángel me trae de nuevo a casa y me sienta frente al ordenador. “Ahora escríbelo todo”, casi me ordena. Vuelve a sentarse en la cama y se desvanece, otra vez muy despacio, para que me de tiempo a decirle adiós con la mano mientras se va.
La idea de este post se la tengo que agradecer a Pipe, que ha escrito uno mucho mejor sobre el mismo tema en su blog. No dejéis de visitarle, es muy bueno.
martes, 19 de julio de 2005
Uterina
Ayer estábamos a cuarenta grados a las dos de la mañana, así que Funes y yo decidimos darnos un baño nocturno en la piscina. Había una luna ovoide y feucha, y el viento caliente soplaba sobre el agua mientras nosotros nos buscábamos buceando por debajo. Al salir, el aire sobre la piel húmeda daba frío y, en contraste, el agua parecía casi caliente. "Así es como debe sentirse un bebé fuera del útero", dije. Me sumergí y me acurruqué, e intenté conectar con la yo feto que pasó así nueve meses. Tal vez la postura y las sensaciones podían despertar el antiquísimo recuerdo, almacenado en algun área oxidada de mi cerebro, y hacerme sentir de nuevo la tranquilidad submarina, la ausencia completa de deseo, la satisfacción flotante de antes de nacer. Pataleé un poco como imaginé que lo haría un niño. Salí a respirar, y vi que Funes me imitaba al otro lado de la piscina, encogiendo sus largos brazos y piernas y formando un bulto picudo. Volví a hundirme y por un momento casi lo sentí: el silencio, el calor húmedo, la ligereza. La paz.
Luego salí, me sequé a mí misma con mi adquirida autonomía humana, me vestí sola. Ya no eres una niña, me dije. Ya no vas a volver a sentirte segura nunca más. Suspiré y me acurruqué junto a mi chico. "Qué le vamos a hacer", pensé.
Luego salí, me sequé a mí misma con mi adquirida autonomía humana, me vestí sola. Ya no eres una niña, me dije. Ya no vas a volver a sentirte segura nunca más. Suspiré y me acurruqué junto a mi chico. "Qué le vamos a hacer", pensé.
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