massobreloslunes

martes, 9 de agosto de 2005

Vuelvo

Lo advertí: mi regreso podía suceder en cualquier momento. Al final la desconexión no funciona y acabas volviendo a tus orígenes: el enganche a Internet. De todas formas, postear aquí me viene bien, "como mujer y como escritora"; está bien ser fiel a algo, aunque sólo sea a una URL.
Además, tenía que compartir con vosotros mi Momento Especial de Hoy:

Las Peluqueras No Son De Este Mundo, por Marina Díaz.

Creo que toda persona con un blog y un mínimo sentido de la estética y la crítica social ha escrito alguna vez un post sobre las peluquerías. Obviamente, yo no iba a ser menos.
Intento retrasar al máximo el momento de pelarme. Cuando veo que todas las capas de mi pelo se han fundido en una sola superficie despuntada y que no hay dos cabellos de la misma longitud, sacudo resignadamente la cabeza y me encamino a ese lugar de humillación, esa fuente de todo horror: la peluquería. Según el presupuesto y el interés en que me dejen mona, me voy a la esquiladora de ovejas (donde te corta el pelo una tía que está aprendiendo) o a una pelu pija (donde te dejan igual de horrible pero mucho más caro). Actualmente, lo confieso (mi imagen de progre se cae por los suelos), me pelo en Llongueras, porque la tía que me corta tiene dos raras virtudes: a) me corta sólo lo que le pido, no dos metros más y b) el horror que ella me hace es reversible: una vez llego a mi casa y me hago la raya en medio, se convierte en algo medio normal. No menospreciéis esas dos virtudes; son fundamentales.
Como os decía, me encamino a la peluquería. Del mal rato que paso, me dan hasta bajones de azúcar, así que cojo un par de caramelos. Ensayo mentalmente LA FRASE. Como sabe toda clienta de peluquerías, hay un momento en que la tía te dice: ¿cómo quieres que te corte? En ese momento crucial, ese único instante en que la peluquera te prestará un mínimo de atención, tienes que condensar la idea que tienes tú para tu inocente melena. Después ya no hay vuelta atrás. Al menos a mí, nunca jamás me han vuelto a preguntar después de iniciado un corte de pelo. Una vez que la tía se cree que sabe lo que quieres, ya no hay quien la pare. Se embala. Así que yo, como os he dicho, ensayo mucho. La frase de hoy era: “quiero el pelo lo más largo posible, las puntas desfiladas, y un flequillo recto sobre la frente pero un poco despuntado, con la raya en medio, sin que me tape un ojo ni me haga cosas raras”. Esta vez me he lucido: creo que es una de mis mejores frases de peluquería, la que muestra unas ideas más claras y una voluntad más firme.
Llego a Pijeras, me colocan una bata en la que caben tres yo y con la que parezco una especie de monjecillo siniestro, me lavan la cabeza incluyendo un orgásmico masaje capilar y me sientan en la silla de torturas giratorias. En mis últimas visitas a La Peluquería, Ese Centro de Horror, he desarrollado un método que me permite no matar a nadie al acabar el corte. Consiste en ir enviando telepáticamente mensajes asesinos a la tipa mientras ella me destroza. Hoy la secuencia de mensajes era la siguiente:
“A ver por dónde me sales hoy. Vale, vamos bien, el flequillo por ahí. Genial. Esto me lo podía haber hecho yo en mi casa. No pasa nada. A ver cómo va el resto del pelo. Joder, córtame algo. Vale, me estás haciendo un corte minimalista que nadie va a notar para que dentro de dos semanas esté aquí otra vez soltándote la pasta. Pues vas lista. ¿Qué haces? ¡No, no, por ahí no! Bueno, está bien. Tú sabrás lo que haces. Espero que luego quede bien. Vale, cierro los ojos. Tututurutuuu… ¡Dios, parezco la novia de Chucky! ¿Qué si me secas? Está bien. Cóbrame doce euros más por achicharrarme el pelo con tu supersónico secador ultra potente con la excusa de que necesitas verlo seco para poder terminar el corte. Eres una guarra chupasangres que sólo quiere arruinarme. Ay, ay, joder, te confieso lo que quieras, pero deja de echarme aire ardiente en los ojos. Ay. No, no me des volumen. Que no me des volumen, joder. No, laca no, ¡¡¡laca noooo!!!
Os preguntaréis que por qué no hago llegar a la peluquera una pequeña parte de mis mensajes telepáticos. Pues porque las peluqueras no son de este mundo. Mis repetidos intentos de comunicarme con ellas han sido como estrellar huevos en una pared de ladrillos: infructuosos y desagradables. Me da miedo que se ofendan y tomen represalias (aunque me cuesta imaginar que puedan desgraciarme adrede más de lo que lo hacen normalmente). Así que las dejo hacer, luego llego a mi casa, me cambio la raya de sitio y tan contentos.
Ya ha terminado. Miserable furcia, parezco idiota, tengo la raya encima de la oreja y no veo con los pelos que le has añadido al flequillo (y mira que te lo advertí). Vamos a ver, NO ENTIENDO la lógica según la cual te hacen un corte y te lo peinan de una forma en la que tú no te lo vas a peinar JAMÁS. ¿Cómo pretenden que sepas si te gusta o no, si no tiene nada que ver con el aspecto que tendrá una vez te lo hayas lavado en tu casa con champú Pantene y secado con tu secador de sólo unas decenas de revoluciones? ¿No lo saben? ¿En serio piensan que tú vas así siempre?
Lo siento, pero tengo que dejaros. Mi cerebro acaba de bloquearse con tanta incógnita y estoy mirando a la pantalla, balanceándome en la silla y gimiendo: ¿por qué ¿POR QUÉEE?

jueves, 4 de agosto de 2005

Me voy

(por un tiempo).
Veamos. Llevo unos cuantos días sin postear ni conectarme y me está sentando tan bien que he decidido prolongarlo un tiempo. Además, mi verano está muy animado y tampoco encuentro el momento de sentarme aquí a escribir. Os agradezco mucho a todos que paséis por aquí de vez en cuando; volveré, no sé si ya en septiembre (u octubre, más bien) o en tres días completamente enmonada. Si os aburrís, podéis leer este blog completo o acercaros a Vanilla Summer para saber cómo era yo hace un año.
No os preocupéis por mí. Mi enganche a Internet suele ser inversamente proporcional a mi nivel de felicidad, así que mientras menos aparezca, mejor me lo estaré pasando. Sólo os comunico que mis plegarias han sido escuchadas y (por fin) noto que mi vida marcha.
Muchos besos.

lunes, 1 de agosto de 2005

No se lo cuentes a nadie

Me gustó tanto la página del link que os dejé ayer que me he empeñado en escribir algo al respecto, aunque no sé muy bien por dónde empezar.
Secretos. ¿Tenéis alguno? Uno real, muy fuerte, muy grande, guardado en algún lugar de vuestras neuronas, protegido por un código que tiene una orden inequívoca: no contar. Nunca. A nadie.
Hace un año, mi amiga Elsa (algún día os hablaré de ella) nos pidió a cada uno de sus amigos un secreto como regalo de cumpleaños. Tenía que ser inédito, como un cuento para concurso; si lo sabía alguien más, sólo una persona, ya no valía. Entonces no comprendí para qué quería exactamente nuestros secretos. No soy cotilla, porque no me alcanza la memoria para sentir curiosidad durante mucho tiempo, así que no le veo la gracia a eso de los secretos. ¿Y qué si lo sabes? No puedes contarlo.
Ahora opino que el verdadero valor de contar un secreto es que te une a la otra persona. A veces estás con alguien con quien no has llegado más allá de una conversación superficial, y las circunstancias (un botellón, una noche de luna llena, una juerga compartida o una situación límite) te hacen que le confieses lo que nunca habrías dicho a nadie. Entonces nace una corriente cálida de solidaridad inesperada, una lucecita de comprensión mutua. Los secretos nos recuerdan lo más débil y lo más fuerte de nosotros mismos, y en ellos podemos reconocernos y hacer que nos reconozcan.
Muchas veces los extraños son mejores que los amigos, porque no nos juzgan, y supongo que en eso se basa el éxito de postsecret. Podemos liberarnos de ese secreto que nos oprime, contarlo en enormes letras, componer incluso una bonita postal para mostrarlo al mundo, y sabemos que nadie nos juzgará. Lo leerán personas de todo el mundo y nosotros, protegidos por el anonimato, seremos contemplados como lo que somos: seres humanos con debilidades, con dobles fondos en los cajones de nuestras mentes, pero por los que es posible sentir compasión. Cuando lees las postales de la web, te sientes conmovido. Incluso ante las peores declaraciones (como una mujer que afirma estar segura de que habría sido un violador de haber nacido hombre) nos sentimos hermanados en esa suciedad común que nos hace a todos humanos. Habría que vernos, sin embargo, cara a cara con la persona que escribió el post. Si fuera nuestro novio, nuestra hermana o nuestro vecino de enfrente, no creo que nos portáramos tan bien. Empezaríamos a marujear, acicatados por la realidad tangible de la persona que cuenta el secreto, impulsados a creernos mejor que ella aunque sólo sea por unos segundos.
Yo tengo algunos secretos inofensivos que puedo contar aquí. Cuando era más pequeña, me gustaba husmear en los baños ajenos. No soy la primera persona que lo hace, que conste; ya he sabido de más de uno que comparte mi hobbie (me parece incluso recordar a un columnista que afirmaba hacer lo mismo). Creedme que es divertido descubrir quién usa champú anticaspa, quién tiene hemorroides o quién necesita enormes compresas tipo pañal. Hay algo muy íntimo y oscuro en registrar baños ajenos. Se trata de descubrir cómo y dónde nos apañamos las personas para volvernos aceptables, higiénicos y atractivos. Es la línea que separa la cara que tenemos cuando nos levantamos de la que enseñamos al mundo el resto del día.
Otro de mis secretos es que hace relativamente poco que dejé de tener amigos invisibles. El último lo dejé marchar a los catorce años, cuando empecé a estar demasiado entretenida con el mundo real como para acordarme de que él estaba ahí, ocurrente, leal e infalible, alimentado por tentáculos de mi mente que se extendían más allás de mí misma. Pero lo cierto es que, de vez, en cuando, le llamo, se sienta en el borde de mi cama y mantenemos conversaciones invisibles como él, mientras cierro los ojos y empiezo a dormirme.
Si tuviera que mandar algo a postsecret, no sé muy bien qué escribiría. Ahora mismo no hay nada que me oprima especialmente el corazón. Ya hace tiempo que le destapé a Funes todo el pastel que soy yo, y el último gran secreto que ni siquiera sabía él se lo llevó Elsa. De todas formas, confío en que vuelvan a crecerme, como hongos misteriosos y alucinógenos. Hacen la vida bastante más divertida.

sábado, 30 de julio de 2005

Impactada

De momento os dejo el link. Después ya veré si posteo sobre ello o si habla por sí solo.

miércoles, 27 de julio de 2005

Improvisar es fácil: tuturututuuuu

Ayer estuve de ruta musical jazzera por mi ciudad. Primero fui a ver a Alla Yanovsky, mi profesora de piano, que tocaba en trío en la terraza del hotel Larios. Las vistas desde allí (una azotea en mitad de calle Larios) son las de Málaga tal y como es: cutre y hermosa, con sus monumentos y sus horrendos edificios que no pegan ni con cola, con sus grúas y sus murallas iluminadas.
Allí, en el bar lleno de snobs que bebían Martinis con aceituna, el jazz era poco más que un hilo musical tímido, inofensivo, que los tres músicos tocaban con automatismo de funcionarios. Jose y yo, acodados en la barra (de pie, porque las mesas estaban “reservadas” a adultos que fueran a hacer un gasto mayor que el de nuestras dos cañas), intentábamos identificar el piano, la guitarra o el contrabajo, pero no conseguíamos percibir mas que la banda sonora blandengue que los técnicos de sonido del bar se habían dignado conceder a sus distinguidos clientes (imagino que no querían subir más el volumen para que a nadie se le quitara el apetito por un terrenal solomillo oyendo el piano de Alla). Cuando acababan de ejecutar una pieza con indiscutible maestría, era difícil arrancar a los guiris o a los acomodados pijos de las mesas un aplauso que, en cualquier caso, no dejaba de ser de puro compromiso, porque en general nadie había prestado mucha atención. Un poco desencantados, Jose y yo nos fuimos a cenar al Pitta y quedamos con Alla, mi profe, en pasarnos después por el Onda Pasadena, donde volvían a tocar el guitarrista y el bajo acompañados por una batería.
Ah, el Onda Pasadena. Eso ya es otra cosa. Un auténtico antro, con sus grunges jugando a las cartas y bebiendo cerveza, sus alternativos mirando a través de sus gafas de pasta con la barbilla apoyada en la mano, sus puretillas de vaqueros y panza prominente. El escenario es pequeñito, y los músicos tienen que montarse, sin ningún glamour, los instrumentos y el equipo de sonido. Ahora bien: la acústica es magnífica. Marcelo, el guitarrista se acercó a nuestra mesa en el descanso: “¿Os gustó lo del Larios?”, preguntó. Nos encogimos de hombros: “Sí, pero no se oía mucho…”. Él resopló: “Ha sido una auténtica mierda”. Despotricó un rato sobre la organización del hotel, que nos había dejado a todos de pie cuando tiene otro bar bacío y abarrotado de taburetes en la planta de abajo; sobre el volumen insultantemente bajo de los amplificadores, sobre el pasotismo descarado del público. Luego se puso a tocar, y la pasividad de administrativo que le habíamos visto en la terraza se cambió por una animalidad (no se me ocurre una palabra mejor) de auténtica fiera melódica. Cómo tocaba, amigos, cómo tocaba. Funes y yo ya le habíamos visto en el Pasadena hacía dos veranos, justo antes de marcharme a Barcelona. En aquel concierto yo aprendí a escuchar jazz: aprendí que el jazz (aunque cierto amigo lo califique de mono revolcándose en un teclado, o algo similar) no puede escucharse como la música tradicional. Es un latido. No puedes identificar estrofas o estribillos: tienes que prestar atención al ritmo y acomodarte a él, y a partir de ahí oir cómo se va creando cada nota. Es el ahora vivo, la pura presencia budista.
¿Qué más puedo decir? A mi lado, Alla golpeaba con fuerza el suelo de madera del bar con sus zapatos planos. Había quien daba palmas, quien meneaba las piernas, quien tamborileaba con los dedos en la cerveza. En cualquier caso, era imposible quedarse quieto escuchando aquello. Yo daba golpecitos en el brazo de Jose y asentía con la cabeza. Qué bueno, madre mía.
(Fin del típico post “escucho-jazz-que-guay-soy”… no pretendía escribir sobre eso, porque siempre me ha parecido difícil e inútil intentar expresar la música con palabras, pero me he sentado aquí y ha sido lo primero que me ha salido, así que ahí lo tenéis).

domingo, 24 de julio de 2005

¿Hay alguien ahí?

Como no podía escribir, me he puesto a leer textos antiguos: cuentecillos, paranoias, y hasta el principio de una novela que empecé hace ahora tres años (qué barbaridad, cómo pasa el tiempo). ¿Qué de qué va la novela? Es una chorrada adolescente, que cuenta mi vida con penosa obviedad, solo que reencarnada en una chica más guapa, más alta y más ligona que yo. Típico ejercicio de proyección-remodelación del novelista. Aun así, no os creáis, algunas cosas me gustan. Se lee bastante bien, el estilo es fluido, los diálogos con creíbles y hay momentos en los que llego incluso a lucirme con la parte estética (sin pasarme).
¿Qué será de mí? ¿Por donde encontrará el camino esta joven escritora? De momento, mi mente está seca. Para colmo, hoy me he acabado “Trainspotting” y he entrado en mi clásica mini-depresión-post-libro-que-me-gusta. Lo compré después de leer “Porno”, su continuación, que cayó primero en mis manos por azares de la vida. Como ya había visto “Trainspotting”, me enteré perfectamente de la novela, y después de engullirla en tres o cuatro días de saturación lectora (tiene más de quinientas páginas) me precipité a la librería a por su precuela. Así que llevo casi novecientas páginas con los mismos entrañables protagonistas, sumergida en el sórdido ambiente de Leith e intentando comprender el curioso argot de Edimburgo, y ya es como si esos tristes degenerados fueran un poco de mi familia. Ahora todo ha terminado y me siento sola. La maldición del lector entusiasta, la llamaría yo.
Como decía antes, estoy seca de ideas. Este calor de invernadero que asola Málaga me está matando. Paso la mitad del día durmiendo y la otra mitad dando vueltas por Internet, con cara de alucinada y rebuscando en blogs ajenos la inspiración que no encuentro para el mío. Para colmo, esto está solitario que te cagas. Ni un comentario en el último post. Menos mal que he puesto el contador para cerciorarme de que alguien visita este sitio, porque sino lo cerraba por soledad y santas pascuas. Por cierto, ¿quiénes son esos visitantes fantasmas que no comentan pero sí leen? Me gustaría conoceros. Podéis comentar; no muerdo.
En fin. Mi vida en pause, como desde hace ya demasiado tiempo. Ya sabía yo que esto de la nueva yo no podía durar mucho.
Por cierto: ¿alguna recomendación para leer en verano? Joven literófila busca amante de papel desesperadamente. Más bien grueso, si puede ser.