massobreloslunes

domingo, 27 de agosto de 2006

Átame

- Deja que te ate – susurró Amalia al oído de Carlos, mientras le mordisqueaba la nariz y los labios.
- ¿Ahora?
- Sí, ahora, ¿porqué no?

Carlos se encogió de hombros y Amalia se incorporó hasta quedar sentada sobre él, a horcajadas.
- Aún falta para que lleguen tus padres, ¿no?
- Sí – afirmó Carlos mirando el reloj -, no son ni las once… hasta la una o así no hay que preocuparse.
- Entonces deja que te ate – ella se inclinó sobre él y le acarició el pecho desnudo, ronroneando suavemente.
- Está bien – aceptó él, escurriéndose de debajo del cuerpo de ella y caminando hacia el armario. No es que le volvieran loco aquellos jueguecitos; él era más de sexo clásico, normal, sin fantasías extrañas. Solía decir que el cuerpo humano le fascinaba lo suficiente como para no necesitar juguetes. Pero sabía que a Amalia le gustaba experimentar de vez en cuando con aquel tipo de cosas: atarse, usar objetos, ver películas…

Seleccionó tres corbatas oscuras. Tampoco era cuestión de jugar al sado con su corbata del Pato Donald. Tumbada en la cama, Amalia le miraba con una media sonrisa. “Parece que estemos rodando una porno”, pensó Carlos al verla ahí, echada y desnuda, chupándose distraídamente un dedo.
- Toma – le alargó las corbatas. Ella se levantó y él se tumbó en la cama, divertido, extendiendo los brazos como un Cristo.
- ¡Bien! – Amalia aplaudió entusiasmada -. Verás, verás qué bien lo vamos a pasar…

Carlos la miró mientras ella hacía el primer nudo, el de su mano derecha. El cabecero era liso, así que Amalia le ató a la barra del somier, por debajo del colchón. Era complicado hacer buenos nudos con las corbatas, pero después de un par de intentos el brazo de él quedó firmemente sujeto, incluso algo apretado.
- Me hace daño – se quejó.
- ¿Qué gracia tiene, si no? – ella continuó impasible con la mano izquierda.

Carlos tenía que reconocer que, aunque la posición era un poco incómoda, estaba empezando a excitarse. Sobre todo, le gustaba ver a Amalia inclinada sobre él, con los pechos balanceándose suavemente y el pelo tapándole la cara, mordiéndose concentrada un labio y entrecerrando los ojos.
- Bien, bien – murmuró ella, satisfecha, una vez que hubo terminado con la izquierda -. Y ahora, amigo mío, mírame por última vez porque no me vas ver más – y Amalia ajustó con fuerza la tercera corbata alrededor de los ojos de Carlos.
- ¿Y ahora qué? – preguntó él, insinuante. Tenía que admitir que estaba muy caliente.
- Pues ahora… No sé, ya veremos – Amalia sonrió y le besó largamente en los labios. Luego le acarició el pecho desnudo, le mordisqueó los pezones, bajó hacia el pene, que empezaba a endurecerse.
- Eres muy, pero que muy mala – murmuró Carlos, entreabriendo los labios.
- ¿Te imaginas que…? – Amalia dejó la frase a medias y Carlos sonrió, pensando en vete a saber qué fantasía retorcida.
- ¿Qué?
- ¿Te imaginas que ahora te dejo aquí atado y me voy? ¿Y que luego vuelven tus padres y te encuentran así?

Amalia soltó una carcajada. Carlos rió y la buscó con la boca. Ella había parado por un momento de tocarle.
- Sería muy divertido – prosiguió ella -. Sería muy, muy divertido.
- No te volvería a hablar – afirmó él, aún sonriendo.
- Ya, ya, pero piensa que a lo mejor yo no tendría interés en volver a hablarte. Sería La Venganza – él pudo percibir las mayúsculas en el tono de ella -. Imagínatelo. Tú piensas que todo aquel asunto de los cuernos ya está olvidado y perdonado, y de repente ¡plas! Tu chica te deja atado y amordazado en la casa de tus padres.

Carlos intentó rodearla con las piernas. Empezaba a alarmarse un poco. Amalia se libró de sus piernas y se levantó de la cama.
- ¡Sería genial! – parecía entusiasmada, como si estuviera planeando un viaje o una fiesta -. En serio, piénsalo. Qué putada.
- Tú no serías capaz de hacerme eso. Vamos, ven aquí – Carlos empezó a tironear nerviosamente de las correas de los brazos -. Ven, Amalia, quiero sentirte. Quiero hacer el amor contigo.
- Venga ya… no me vengas ahora con esas – él no podía verle la cara, pero su voz se había vuelto de repente seria, silbante -. Oh, qué gran plan sería. Espera, voy a beber agua.

La oyó levantarse y caminar hacia el baño. Desde allí escuchó su voz, resonando en las paredes cubiertas de azulejos.
- Sería un gran plan, ¿verdad? Meses fingiendo para llegar por fin a esta situación, a estar aquí en casa de tus padres y tenerte a mi merced, para luego dejarte tirado y vengarme de ti – Carlos oyó el grifo abrirse y a ella beber -. Sería muy cruel por mi parte, pero muy inteligente, ¿no crees?
- Amalia, no tiene gracia. Ven aquí.
- ¡Venga, Carlos, claro que tiene gracia! – de repente su voz volvía a ser alegre, cantarina casi -. Tiene un montón de gracia. Tiene casi tanta gracia como lo de Marta. La fiesta aquella a la que yo no pude ir, ¿te acuerdas? Yo yendo a buscarte a casa a la mañana siguiente, llevándote croissants y espidifén para la resaca, y ella saliendo de tu portal con los tacones en la mano. Fue divertidísimo.

Volvió a entrar en la habitación y se acercó a la cama. Besó a Carlos en los labios y le manoseó el pene, ya completamente flácido.
- Vaya, ¿te he cortado el rollo? – preguntó, preocupada -. Lo siento, cariño, venga, anímate… no es para tanto. Te encontrarán y os reiréis juntos de esto. Tus padres son majos.

Amalia empezó a reírse a carcajadas.
- Estoy… estoy imaginándome la cara que pondrían – apenas podía hablar de la risa -. ¡Casi me gustaría quedarme para verlo!

Carlos empezó a reír también, histéricamente. Había notado que el nudo de la mano derecha estaba un poco flojo. Si le seguía la corriente, tal vez podría desatarse.
- ¡Joder, a mi madre le daría un infarto! – exclamó. Amalia soltó una carcajada. Se retorcía de la risa, sentada al borde de la cama -. Imagínate, ¡su hijo favorito atado en la cama como un salido! – más carcajadas.

De pronto, Amalia dejó de reírse.
- Creo que voy a asegurar los nudos – dijo, y se inclinó sobre el brazo izquierdo de Carlos, mientras él luchaba frenéticamente por desatar el derecho. “Que no se dé cuenta, por favor, que no se dé cuenta”, suplicaba mentalmente. Por fin, la corbata cedió y liberó el brazo.
- ¡Ya está, ya está, soy libre! – gritó -. ¡Quita de encima, chiflada! – empujó a Amalia de la cama y se arrancó la venda de los ojos, e inmediatamente empezó a desatar su brazo derecho.
- Pero Carlos – Amalia estaba ahora de pie, al borde de la cama, mirándole con los ojos asombrados y redondos -. Si era una broma. ¿Te lo has creído en serio?
- Joder, no sé – Carlos miró la expresión compungida de ella y dudó un poco -. Pues es que no sé, es que hablabas como una loca, Amalia.
- Cariño… - su voz era infinitamente dulce, y se inclinó sobre él, abrazándole. Él dejó de manipular el nudo por un momento y la estrechó un poco -. Mi amor, yo nunca te haría eso. ¿Cómo iba a hacer algo así? Sería una putada enorme. Amor mío, yo te quiero.
- Pero, ¿y todo eso que has dicho de los cuernos? ¿No lo piensas de verdad?
- Cariño, ya hemos hablado de eso un montón de veces. Ya me lo explicaste. Fue una sola noche, una tontería. Estábais borrachos, no significó nada para ti y ya quedamos en que no vamos a echar a perder esto tan bonito que tenemos por esa chorrada. Ay, cielo, pero ¿cómo puedes ser tan tonto?

Carlos suspiró. Pues claro, era idiota. No sería capaz de hacerle una putada así de grande.
- Oh, Carlos, lo siento, siento haberte asustado – ella no paraba de besarle la nariz, los ojos, la boca -. Pensaba jugar un poco más, vestirme incluso, pero luego iba a parar la broma.
- Yo sí qué lo siento, mi niña… es que actúas muy bien – Carlos sonrió y la abrazó -. Venga, vamos a olvidarnos del tema.
- Vale… pero voy a atarte otra vez, que de verdad me apetece, me excita un montón.

Carlos la miró fijamente. Tenía los ojos muy abiertos y sonreía con los labios cerrados. Le besó y le arañó la espalda, y después le mordió el cuello mientras movía la mano arriba y abajo de su pene. Oh, Dios, era increíble la facilidad que tenía aquella chica para ponerle cachondo. La rodeó con el brazo izquierdo, extendió el brazo derecho y dejó que lo atara de nuevo.

Amalia le miró, le besó y sonrió. Se separó con suavidad del brazo izquierdo y lo ajustó a la otra esquina de la cama.
- Joder, no pensé que fuera tan fácil convencerte otra vez - dijo, mientras soplaba el mechón rebelde que le caía frente a los ojos -. Ahora ya sé que tengo que apretar bien el nudo.

lunes, 14 de agosto de 2006

Admirado Paul Auster

Así que ha elegido el camino de la pureza. Y ésta, en literatura, ¿con qué tiene que ver? ¿Con el lenguaje?

Cierto. Mi lucha, mi ambición es la claridad, la limpieza; mi sueño es escribir un libro tan transparente que el lector sienta que el médium entre él y la historia no son ni siquiera las palabras, que se sienta dentro de ellas, metido en algo invisible. Al tiempo, el proceso de la escritura tiene que ver con la música, el sonido, el ritmo; relacionar un párrafo con otros, para que la gente no lea sólo con la mente, sino también con el cuerpo. Los lectores muy sensibles captan esa música. Yo no sé en qué parte del proceso surge eso, pero sé cuándo lo hago bien y cuándo lo hago mal.

EPS, 23 de julio de 2006

Deshaucio

Cada vez que me mudo me extraña de nuevo la sensación del deshaucio. Me refiero a la conciencia de que ya no puedes vivir en esa casa. Las habitaciones que antes habitaste, los pasillos que recorrías, las duchas en que te lavabas o el frigorífico donde guardabas la comida ya no son tuyos. Durante un tiempo no serán de nadie y luego pasarán a otros. Estás en la calle, tan cerca, separada por unos pocos metros de aire y paredes de hormigón, y lo que antes era tan cotidiano (llegar de la facultad, abrir la puerta, colgar el abrigo) ya no va a volver a suceder. No allí, al menos.
Escribo esto porque no puedo creerme que haya perdido el derecho a recorrer tus pasillos, a tumbarme en tus sillones, a lavarme en tus grifos. A habitar en ti. Porque, igual que todas las casas en las que he vivido, tú vas a estar tan cerca y, sin embargo, tan lejos...

jueves, 3 de agosto de 2006

It could be you

- ¿Qué te parece? - me dijo él, ilusionado, después de bajar del coche y caminar un rato por las calles del pueblo.
- Maravilloso - contesté yo, entrelazando entusiasmada mi mano con la suya -. No podrías haber encontrado un sitio mejor.
- Sí, ¿verdad? - sonrió y me arrastró un poco más allá, en dirección a la plaza -. Fíjate en estas calles. En estas casas.
Realmente, era difícil encontrar un lugar así. Debía de haberle costado horas de husmear en internet, de preguntar a sus amigos de la asociación de viajeros, de mirar fotografías.
Aquel lugar era absoluta, rematada, indiscutiblemente soso. No había un ápice de atractivo en sus calles o en sus casas. La forma de construcción era monótona, el enlosetado de lo más vulgar, ni una sola de las especies de plantas que adornaban los balcones habría llamado la atención.
- La iglesia es de construcción reciente, pero no moderna - apuntó él -. Estaba muy vieja y la reconstruyeron, pero no hay nada destacable en su arquitectura: lo suficientemente moderna como para no tener interés histórico, pero no tanto como para ser vanguardista.
- Vaya - estaba realmente admirada -. ¿Y la gastronomía?
- Nada del otro mundo - afirmó él -. El clima no es bueno para los embutidos, la contaminación y la pesca han esquilmado el río y la calidad del suelo no da buenos productos de huerta. Cualquier cosa de aquí la podrías comer en la ciudad.
- Te quiero - no pude evitar decirle mientras le plantaba un beso en plena cara y volvíamos al coche para coger nuestras maletas.
Caminamos por aquellas calles en absoluto pintorescas, absorbiendo con todas nuestras fuerzas la total falta de interés turístico, la ausencia de cualquier cosa que pudiera hacer memorable nuestra visita. Sabíamos que teníamos que aprovechar. El turismo de soledad cada vez se estaba poniendo más de moda.

jueves, 27 de julio de 2006

Trapos sucios

Una de las cosas que te hace darte cuenta de que la vida, de hecho, pasa, es que cada cierto tiempo miras atrás y te avergüenzas un poco de lo que hacías o decías en el pasado. Esto pasa con mucha frecuencia cuando tienes, digamos, trece, catorce o quince años, y cada año te crees que has llegado definitivamente a la adultez y que el año anterior eras una cría vergonzosa. Yo pensaba que uno de los síntomas de estar, por fin, madurando, sería que dejaría de avergonzarme constantemente de las cosas que hago o digo. Sin embargo, he encontrado una lista de diez cosas que, a día de hoy, YA me avergüenzan. En un alarde de desmitificación de esa criatura sensible e ilustrada que creéis que soy, voy a escribirla a continuación.

1. La melodía de mi móvil es Shakira cantando Hips don’t lie. Además, me he pasado un día entero meditando si bajarme el tono en real o en polifónico.
2. En algún rincón de mi mente, quiero ser como Shakira.
3. En algún otro rincón de mi mente, quiero ser Jennifer Aniston (obsérvese la ausencia del cómo en esta frase).
4. Mi móvil tiene una foto de mi gata como fondo de pantalla. En las dos pantallas.
5. He pasado grandes momentos en compañía de novoyadecirquién (no se trata de ir avergonzando también a mis allegados) viendo Menuda noche y riéndome de los niños (insisto: niños) que salen.
6. Creo que las películas que más veces he visto en mi vida son Sister Act 2 y Dirty Dancing. En otro rincón de mi mente, estoy convencida de que son obras maestras del séptimo arte.
7. Ayer fui a ver Cars y lloré. Mucho.
8. Duermo con mi oso. Es más, ahora que en mi habitación da toda la solana matutina y que la gata del vecino se mete subrepticiamente en mi cuarto por las noches, duermo con mi madre.
9. He estado enganchada a tres ediciones de operación triunfo. TRES.
10. Escribo en un foro sobre gatos. A diario.

(Y vale, sí, este tipo de post es una especie de versión bloguera de la programación de la tele en verano. No esperéis mucho más durante estos meses)
(También quería que os riérais un poco ;)

domingo, 23 de julio de 2006

Lecciones de Marina sobre el amor. Vol 1

Gerva me contó una vez que su padre siempre decía que el amor es como una copa. Una vez que se rompe, puedes intentar arreglarla, pero nunca es lo mismo.
No sé si la vida se deja reducir a metáforas tan simplistas, pero sí es cierto que una vez que haces daño a alguien, nunca es lo mismo. Luego intentas arreglarlo y es como cuando tratas de salir de las arenas movedizas; cada vez te hundes más y más, y esta metáfora sí que no es buena, porque es más que hundirse: es como clavarse pinchos, intentar desenredarse de una zarza, donde cada movimiento produce más daño, y más sangre.
Por eso, aunque te consideres más o menos una buena persona, hay veces que tienes que aceptar que has hecho daño. Hay veces en que lo mejor es apartarse y dejar que sea la vida, y no tú, quien cure las heridas. No puedes pretender edificar sobre cimientos podridos. Tampoco puedes querer volver a vivir en una casa que abandonaste.
No puedes pretender salvar a quien tú misma has hundido.
He dicho.

jueves, 13 de julio de 2006

Rompiendo el hielo

Vas instalándote en las vacaciones como quien se instala en una casa nueva. Al fin y al cabo, llevas mes y medio paseando tu cuerpecito de biblioteca en biblioteca, arrastrándolo bajo el calor de la tarde en Granada y metiéndole a presión conocimientos más o menos útiles. Eso de encontrarte de repente sin nada que hacer, ociosísima y tumbadísima en casa, con la playa a dos pasos y empalmando una siesta con otra te resulta, cuando menos, raro. Pero te acomodas, porque es fácil acomodarse a esto, no es como si te meten en un campo de concentración o te ponen a trabajar en la mina, pongamos por caso. Es fácil acostumbrarse al playeo matutino con la Albina, vuelta y vuelta al sol como los espetos; a los desayunos con tranquilidad y DVD de Friends en versión original; a las noches viendo cortos en la terraza del Larios y tomando tapas en el Beato. Pasa tan rápido el tiempo aquí en Málaga... cada verano se empalma con el anterior en una sucesión de tiempo ininterrumpido y no te das cuenta de que entre uno y otro hay un curso entero, y de un año para otro la gente termina las carreras, corta con sus novios/as, se opera las tetas o se va de casa. Y tú ahí, intentando hacer tu vida como quien hace un tapiz.
Es raro volver a casa, siempre es raro. Hasta la gata lo nota, la pobre, recluida por voluntad propia en mi cuarto y bufándole al perro cada vez que osa acercarse por sus dominios. Mi familia me ha dijado sola y se han pirado, cada uno a un sitio, porque en esta casa siempre fuimos todos un poco a nuestra bola. Yo abro la nevera y echo de menos mi comida, mi té de vainilla, mi bolognesa vegetal, y hago una compra a mi estilo pero no es lo mismo. Marina, eres una nostálgica de mierda y una nostálgica absurda, porque llevas un mes repitiendo que quieres Málaga y quieres verano y quieres casita, y ahora estás aquí dando vueltas en una casa vacía y extrañando las comidas para gorda de Ana, los desnudos intempestivos de Mariano y hasta los platos sucios de Josy. Extrañando las bajadas a media mañana del Albaicín, con los ojos hinchados de haber dormido poco y la conciencia tan intranquila como la entrepierna.
A lo mejor es así como yo hago las cosas. J. dice que a él le gustan las despedidas "a la francesa", que cuando algo acaba asume que ya se ha acabado y pasa a lo siguiente. Muy bonito, muy vitalista, muy progre. Servidora, si no dramatiza un poco, revienta. Si no hace unos pocos de aspavientos cada vez que empieza un verano, acaba un curso, empieza el año, llegan las navidades, se cambia de casa y etc etc etc, Marina se muere. Como dijo Santi el otro día, "Marina es muy de Querido diario.
Este va a ser mi tercer verano bloguero. Es raro bloguear en verano, asistir a las crisis existenciales de todos los blogueros que se quedan en casa muriéndose de calor y de aburrimiento e intentar sacar algo de creatividad de tu cabecita derretida. Todos los veranos me propongo escribir más, y casi nunca lo hago. Como mucho, me mantengo.
No encuentro la forma de terminar el post, y me noto un poco oxidada después de tanto tiempo sin escribir. Simplemente, quería contaros cómo me va y poner fin al parón de exámenes, que estaba empezando a atraparme con el típico círculo vicioso de "como no tengo ganas de escribir, no escribo, y como no escribo, no tengo ganas de escribir". Este post sólo intenta romper el hielo para poder empezar otra vez con más fuerza.
A veces, la mejor manera de terminar es poner un punto. Y ya está. Punto. Ahí lo tenéis. Punto.