Cuando alguien está tan loco por una ciudad como lo estoy yo por Granada y elige marcharse, no le queda más remedio que olvidarse un poco de ella para no sufrir. Como cuando dejas a un novio y evitas comer en los restaurantes que os gustaban para que no te atormente el desasosiego de todo lo que te estás perdiendo. Como cuando te peleas con un amigo y tienes que esconder sus rastros en tu vida para no morderte los labios cada vez que los ves.
En las personas, y en las ciudades, la vida transcurre sin ti. Las ciudades palpitan bajo los pies de sus habitantes y los corazones palpitan en los pechos de la gente a la que has amado. Así que buscas algo distinto, algo radicalmente diferente a una persona o a una ciudad. Te vas con un tímido si antes estabas con un verborreico. Te vas a que te azote el viento del mar en la tacita de plata y te acuerdas de cuando te alcanzaba el aire frío en Gran Capitán y te gustaba pensar que aquellas partículas de oxígeno en concreto llegaban directamente desde la cima del Mulhacén.
Te abstraes de la vida paralela que llevan tus personas, tus ciudades. Dejas que sigan amando a la gente a la que aman, o que sean habitadas y acariciadas por los pies de los extraños a los que tú envidias. Tú sigues con tu vida, en medio del viento, del mar, rodeada de desconocidos y de acentos que al principio te resultan exóticos. Sólo rezas y confías para que lo que algún día amaste y abandonaste permanezca ahí de alguna manera. Recibiendo en silencio el breve cupo de amor que les sigues destinando. Viviendo y dejándote vivir a ti sin perder la esperanza de algún reencuentro amable e inofensivo en un futuro a medio o largo plazo.
jueves, 15 de abril de 2010
sábado, 27 de marzo de 2010
viernes, 26 de marzo de 2010
Irreversible
Dice mi madre que le angustia lo irreversible. Como la menopausia, o como una histerectomía. Le contesto que en realidad casi todo es irreversible. Los acontecimientos se van amontonando uno detrás de otro como ladrillos pegados con superglue. Intentas trazar el recorrido de los errores, el punto de restauración del sistema antes del cual todo iba bien; te preguntas a qué momento de tu carrera, de una relación o de una amistad volverías si pudieras volver atrás. Y al final te das cuenta de que si pudieras arrancar momentos como el que arranca de una libreta las páginas que no le gustan, te quedarías sosteniendo entre tus manos las cubiertas perfectas de una vida vacía.
martes, 23 de marzo de 2010
Estatus
Es curioso cómo pasar de ser opositor a haber conseguido tu plaza te hace subir varios enteros en el escalafón social de jóvenes licenciados. Te cruzas con conocidos por la calle y es divertido ver cómo se les va cambiando la cara a medida que hablas con ellos. Algo así:
- ¡Hombre, Marina, cuánto tiempo! ¿Qué tal te va? (Cara de "en realidad me importa tres cojones, pero hay que preguntarlo para quedar bien").
- Pues bien. He terminado Psicología...
- Ahá (Cara de "y ahora te estás comiendo las patas como los pulpos, ¿a que sí?")
-... me vine a Málaga a opositar para el PIR.
- Qué bien (Cara de "qué pringada").
-... y he sacado la plaza.
- ¡Coño! - (Cara de "¡Coño!") - Ah... qué bien - (Cara de morirse de envidia cochina) -. ¿Y dónde te van a mandar? (Cara de "pobre pardilla, te vas a tener que ir al culo del mundo).
- Pues tengo el número doce así que, básicamente, donde yo quiera.
- ... (Cara de "ojalá te mueras, zorra").
Me encanta pasear por Málaga últimamente.
viernes, 19 de marzo de 2010
Verdades como puños
La mentiras matan al amor.
La distancia mata al amor.
Los celos matan al amor.
La rutina mata al amor.
La falta de sexo mata al amor.
Me parece a mí que el puto amor es delicadito de cojones.
jueves, 18 de marzo de 2010
Muerte II
Y lo peor de todo no es morirse; es morirse en una cama de hospital, en una habitación donde no se pueden abrir las ventanas, lleno de agujas y sondas, oliendo a antiséptico y cubierto por mantas delgaduchas y sábanas rasposas en las que pone "Hospital de Melilla" (y no estás en Melilla).
La muerte
¿Pensáis a menudo en la muerte? Yo sí. Especialmente cuando me meto en la cama y apago la luz, y a veces cuando me despierto de la siesta. Estoy ahí tumbada y de repente siento la finitud de mi propia vida hacerse presente como un relámpago. Y pienso: "No quiero morirme". Lo pienso en serio, con una intensidad desesperada. Y cuando estoy paralizada por el pánico me digo "tranquila, tranquila, si tú no vas a morirte nunca". Sé que es mentira, pero si no lo hago así, no me duermo.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)