massobreloslunes: Peripatética

martes, 20 de febrero de 2007

Peripatética

Caminar. Es lunes por la noche, acabo de llegar de Málaga y mis piernas me piden un paseo después de las dos horas de viaje inmóvil.
Escojo mi recorrido, visualizando las diferentes posibilidades como si se encendieran en un mapa en mi cabeza. Cada paseo no es sólo un conjunto de calles: tiene que ver con el mapa sentimental que dibuja, con el significado que esas calles han ido adquiriendo para mí en el tiempo que llevo aquí. Es asombroso lo poco que tardan las ciudades en llenarse de recuerdos. De repente me doy cuenta de que casi cualquier calle que sale de mi casa tiene ya aparejada su propia carga más o menos melancólica. Está bien: iré por Gran Vía. Gran Vía es bastante inocua. Es amplia, y a esta hora ya han cerrado las tiendas y no estará muy llena de gente.
Mientras camino, pienso. Yo soy de la escuela peripatética: cuando quiero pensar, ando. Recuerdo el primer día que viajé a Granada a reflexionar sobre mi futuro. Me daba miedo coger un autobús y perderme, así que caminé desde la estación de autobuses hasta Plaza Nueva. Entretanto decidía mi futuro. Supongo que si no hubiera hecho un uso tan abusivo de la autoayuda mientras estaba en crisis existencial, no me habría decidido por la psicología. Ésa, como otras tantas decisiones en mi vida (estudiar periodismo, dejar el periodismo, irme a Barcelona, venirme a Granada) ha resultado ser, al final, bastante aleatoria. Creo que soy muy mala tomando decisiones. No quiero decir que me arrepienta, pero cuando uno quiere decidir algo piensa que, una vez que se haya inclinado por una de las dos opciones, la vida parecerá un sendero mucho más claro, y todo se cohesionará y cobrará sentido, como en una buena trama de serie de televisión.
Nada más lejos de la realidad (me encanta esa expresión). He tomado decisión tras decisión durante años y mi vida parece aún una especie de collage mal pegado como los que hacía de pequeña (me estoy acordando de uno en particular: me estaba quedando tan mal que no hacía más que pegar unos trozos de papel sobre los anteriores hasta que la hoja tuvo medio centímetro de grosor). Sí que he aprendido cosas: a montar en bici por la ciudad (más o menos), a viajar con una mochila relativamente ligera y a llevar un ritmo aceptablemente bueno en mis coladas (omitiendo el hecho de que soy capaz de convocar a mi antojo la lluvia cuando tiendo la ropa. Regiones secas de España: la solución a vuestros problemas de agua la tengo yo en mis cuerdas de tender).
Camino y camino por Gran Vía, pensando que no sé qué les hubiera costado hacer un carril-bici aprovechando la reforma, y sin conseguir llegar a ninguna conclusión acertada sobre mi futuro más próximo. Gran Vía no es lo suficientemente larga para mis dudas existenciales. Mis pensamientos, como este texto, están demasiado llenos de paréntesis. Al final subo a casa de Adri, porque le echo de menos ahora que no pasamos las mañanas haciendo como que estudiamos (él) o estudiando (moi) y porque me estoy haciendo pis.
Bajo apenas un cuarto de hora más tarde, porque he quedado con mi compañera de piso para ir al Anaïs a escuchar una lectura de cuentos. Por el camino, pienso en qué puedo comer antes de llegar; no he cenado y me muero de hambre. Paso por la Plaza de Derecho y veo la Creperie abierta. Vacía. Entro y pido un crepe de queso y huevo, y observo al guiri-crepero freírlo con habilidad mientras suena un jazz ligerito y agradable que se escapa por la puerta hacia la plaza vacía.
Mientras me como el crepe, que es lo más delicioso que había probado en mucho tiempo, pienso que soy una desagradecida. Que eso de decir que mi vida es un collage no lo puedo decir más que siendo muy desagradecida con los amigos que te abren a tiempo las puertas de sus cuartos de baño y con las creperías que permanecen abiertas un lunes por la noche. Con las compañeras de piso extranjeras que van a oír cuentos aunque no entiendan ni papa y con los escritores que se ponen a leer y a cantar delante de un montón de desconocidos sólo por el placer de que les oigan.
E intento fijar bien el momento en mi cabeza: el momento de mí misma caminando con el crepe calentito en la mano, por las calles silenciosas, junto al jardín botánico, con el cielo encapotado de lluvia. Lo guardo para poder recordarlo cuando haga un pase mental de lo que ha sido este año y quiera verme a mí misma como la feliz protagonista de un videoclip.
Recuérdalo bien. Ése. Justo ése.

4 comentarios:

  1. ¡Salgo en tu blog!
    Nunca comento, pero siempre te leo. Yo también te he echado de menos :D

    Me voy, que hemos quedado para tomarnos un chocolate calentito.

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  2. Lo mejor de esos paseos, aún cuando a veces pueden estar cargados de ingratos recuerdos, es cuando haces clic.

    Sólo clic. Y todo cambia.

    Será por eso que ni bicicleta tengo =P

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  3. Qué envidia... echo de menos mi ciudad!

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  4. La contradicción es equilibrio... y en estos paseos llenos de pensamientos enfrentados y de sensaciones encontradas es cuando uno puede salir airoso, con la cabeza bien amueblada!!
    Salud/OS

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