massobreloslunes

sábado, 8 de marzo de 2008



Una de las cosas que me ha pasado este año es que me he enamorado de Granada. Llegué aquí casi de rebote, después de que Barcelona me escupiera como al hueso de una aceituna, y la he ido conociendo despacito, como se conoce a las personas a las que acabas por querer de verdad. Me siento feliz sólo estando en ella, sin necesidad de tomar sus famosas tapas o de irme de fiesta en su célebre ambiente universitario. Ni siquiera me hace falta estar en el mirador de San Nicolás, preguntándome asombrada cómo puede ser gratis una vista así. El otro día caminaba hacia casa de mi tía, que me invita a comer casero todos los jueves. Vive en un barrio nuevo, detrás de la estación de autobuses, con calles enormes, desangeladas, llenas de adosados clónicos y de edificios de nueva construcción, salpicadas de descampados cubiertos de esas flores silvestres, amarillas, que recolectaba yo cuando era pequeña para regalárselas a mi madre. No estaba en la plaza de la Catedral, ni en el Realejo que mi querido exnovio Funes idolatra y, aun así, levanté la cabeza, vi la sierra cubierta de nieve al fondo y el sol brillando sobre el cielo intensamente azul, y me sentí muy feliz de estar allí.

Así que me encanta esta ciudad. Me gusta mi facultad, encaramada en lo alto de Cartuja, y bajar andando los días de sol y frío oliendo las flores de los almendros. Me gusta caminar por las calles desiertas del centro las noches de diario, cuando vuelvo de tomar algo o de casa de Adri, y pensar que en algún lugar de la ciudad callada y hermosa hay un techo para mí. El fin de semana pasado, en Madrid, me comía la nostalgia, pensando en cómo podía haber alguien que viviera deliberadamente allí, todo el día encapsulado en ese metro odioso de luces fluorescentes, apabullado bajo los edificios enormes y los carteles brillantes de Starbucks, existiendo en algún lugar mi ciudad pequeña, preciosa y feliz. Vale, es amor de granadina, Madrid (supongo) tiene su punto, pero no podía evitar hacer comparaciones cuando nos pedían diez euros por un desayuno o cuando veía las caras derrotadas de la gente en los vagones de metro.

Me encanta esta ciudad, no lo puedo evitar, y ni siquiera tiene que hacer nada especial para encantarme. Le tengo un amor tan platónico, tan desmedido que, como cuando tenía trece años y me colgaba por un chico de un curso superior, me basta cualquier gesto suyo para soñar durante días. Levanto la cabeza en Constitución, veo el Albayzín y la sierra al fondo, y pienso que podría quedarme aquí toda la vida, pasando frío en invierno, achicharrándome en verano, demorándome en los bares por la noche y desayunando en las plazas los domingos. Podría quedarme toda la vida vagando por las bibliotecas con los apuntes bajo en brazo, subiendo al Sacromonte a ver atardecer, mirando los colores de la fruta en la plaza de la Romanilla. Algún día encontraré la manera de rapiñarle un sueldo a esta ciudad sin trabajo y me instalaré aquí, en cualquier barrio, en cualquier piso, y me alimentaré del sol de Granada los días helados del invierno, sintiendo cómo el viento baja directamente del Mulhacén para darme en la cara. Viajaré a Nueva York, a Tokio y a Barcelona, y en la más alta habitación del más lujoso hotel de la más cosmopolita de las ciudades pensaré en Granada, durmiendo tranquila al pie de la sierra y esperándome, y de verdad de verdad que no me hará falta nada más.

4 comentarios:

  1. Ya sabes el dicho del ciego que pide limosna, no hay pena peor en la vida que ser ciego y estar en Granada.
    Yo quiero visitarla. Veremos cuando se puede.
    Salud/OS!

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  2. Granada es una de esas ciudades admiradas por mucha gente. Tiene sus granainos, su velocidad y sus cosas, pero es cierto que atrae.

    Yo recuerdo cuando me fui allí a vivir, los primeros paseos por el albaicín, el realejo. Aunque también es cierto que, tras esos 5 años en el albaicín (donde después de conocerlo no me pude ir -de esos 5 años solo he dormido 5 días fuera-), me entraba tristeza de ver lo poco que la gente de Granada quiere a su ciudad. No sé, en parte me recuerda a Madrid (que de allí soy), una ciudad insufrible pero insustituible, como la canción. Ay, y ya me pongo pedante!

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  3. Aish, te entiendo perfectamente, yo llevo así desde que llegué en 2001...

    ... Lo bueno es que yo ya he podido rapiñearle un sueldo para poder quedarme :)

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  4. *se muere de la envidia...

    Propongo la creación del CAG, o Club de Adoptados Granaitas. Seguro que juntamos una pequeña multitud :D

    Besos a todos.

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