massobreloslunes: La inmensa soledad fluorescente

lunes, 5 de mayo de 2008

La inmensa soledad fluorescente

Así podríamos definir mi despacho tal día como hoy, lunes, en que mi compañera se ha ausentado por motivos personales y los alumnos que tenían que venir a que les tutorizara yonosequé han decidido no presentarse. Mi despacho de eurobecaria es aceptablemente grande y confortable. El problema es que su única comunicación con el exterior es la puerta y unas pequeñas casi claraboyas que dan directamente al pasillo de la facultad. Oh, arquitectos sin piedad, que construís deliberadamente despachos diminutos sin ventanas para el último eslabón de la jerarquía académica. Total, que estoy pasando esta espléndida tarde de primavera bajo la irritante luz de los fluorescentes, parpadeando treinta veces por minuto porque me ha vuelto a subir la miopía y, con casi cinco dioptrías por ojo, la posibilidad de quedarme ciega está acercándose peligrosamente.

Estas cuatro horas de luz artificial me hacen reflexionar. El domingo estuve en el vivero de los Baños del Carmen comprándole una orquídea a mi madre. Qué bonitas son las orquídeas, elegantes y selváticas a la vez. El vivero está situado entre la carretera del paseo marítimo y la que va en dirección al centro; si conocéis Málaga, sabréis que es alargada, como si se hubiera tumbado junto al mar. Se oye el ir y venir de los coches y, aun así, el sitio está lleno de una paz que de verdad que no es fruto de mi mente bucólica. Huele a tierra mojada y a flores. Cuando nos mudamos a Málaga y yo tenía ocho o nueve años, mis padres compraron una bonita casa con un jardín enorme y antiguo, lleno de setos, árboles, macizos de plantas y flores silvestres. Había un níspero, un limonero, rosales y hierbabuena. Teníamos incluso un pozo y la dudosa tumba de un perro muerto. A la yo de entonces, que leía Ana la de Tejas Verdes y en general tenía la cabeza llena de pajas mentales, le encantaba pasear románticamente por entre las plantas y regarlas trabajosamente con la manguera de goma. Asumí el cuidado de las plantitas de hierbabuena, y por las tardes iba y venía a alimentarlas con una jarra de plástico de la cocina. Al final mis padres vendieron la casa, porque no tenían alma de jardinero ni dinero para pagar uno, y nos mudamos a nuestro adosado de patio domesticable y práctico. Personalmente, no hubiera estado dispuesta a pasar las tardes de mi adolescencia regando setos, pero ahora que lo pienso no sé si alguna vez volveré a tener mi propio pozo. Y creo que me gustaría. Voy creciendo y me voy conociendo y aceptando la criaturita meditabunda y solitaria que soy, y ahora no me cuesta imaginarme en una casa con jardín y un huerto como el de mi amiga A. Mientras esperaba la cola para pagar mi preciosa orquídea, la gente a mi alrededor charlaba de plantas: que si una se le había puesto preciosa pero otra se había perdido sin motivo, que si a ver si le pasaba un esqueje de una especie que era muy difícil de encontrar. Me parecieron charlas tranquilas y sanas. Me entraron ganas de saber de jardinería. Claro, que estamos hablando de alguien que consiguió matar de sed a un cactus el año pasado. Esto es verídico. Pero bueno.

Mientras más conozco este amplio y bonito mundo y veo sus montañas, sus ríos, sus plantas y el maravilloso silencio de su naturaleza, menos sentido le encuentro a pasar la vida bajo un fluorescente.

4 comentarios:

  1. Bueno... recuerda lo agradable que es la luz del fluorescente... sobre todo si te llamas Ned Flanders y acaba de írsete la pinza...
    Salud+OS!
    PD: Me ha encantado tu comentario en mi blog.
    Muchas gracias.
    Un beso.

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  2. Gracias a ti por estar siempre ah�. Yo es que soy de comentar poco (muy mal por mi parte).
    xDD Ese cap�tulo es muy bueno. Todo se puede mirar de otra manera, desde luego.
    Un abrazo.

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  3. Estás especialmente prolífica estos días. Y es genial poder leerte más a menudo.

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  4. Es que cuando empieza este tiempo y sale el solecito pasaríamos todo el día fuera eh??

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